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sábado, agosto 30, 2025

Vertientes hacia el español









En la cafebrería La Tinta ofrecí ayer una conferencia llamada “Biografía del español”. Su propósito fue meramente divulgativo, y en un punto creí necesario mostrar ejemplos de las lenguas que han alimentado nuestro diccionario. Creo que no está de más compartir aquí el vistazo de algunas palabras en función de su origen. Me atuve a la cronología y a casos de palabras de uso todavía común. Hay, por supuesto, un montón de detalles que aquí no es viable comentar. Obviamente son apenas unas muestras, ejemplos que pueden servir para que el lector no muy enterado conozca de un jalón las vertientes que han desembocado en nuestro idioma.

Lenguas prerromanas: camino, cabaña, arroyo, alud, gusano, bruja, páramo, camisa, braga, salmón, perro, cerveza.

Griego: afonía, biblioteca, cronómetro, fotografía, dermatología.

Latín: afiliación, benefactor, capital, discordia, exhumación, filicidio, impune, introspección, justificar, magnánimo, nonato, omnívoro, perfumar, sonámbulo, transferencia, ventrílocuo, curriculum vitae, alter ego, a priori, in situ, grosso modo, rara avis, ex profeso, motu proprio, per secula seculorum, sine die, ad libitum, statu quo, sine qua non, in fraganti, ergo, modus vivendi, alma mater, ultimatum.

Germánico: guerra, espía, espuela, estribo, dardo, estaca, ganar, yelmo, Ricardo, Elvira, Adolfo, Alfonso, Gonzalo, Fernando, Eduardo, Alberto, Rodrigo, Raúl, Hilda.

Árabe: cenit, algoritmo, almanaque, alquimia, química, alcohol, azufre, aceite, ámbar, amarillo, azul, almohada, alfiler, algodón, alcachofa, aduana, alcalde, tarifa, alcantarilla, acequia, alberca, adoquín, azotea, albañil, albañal, alforja, alcahuete, almuerzo, cifra, zafiro, alfajor, alarido, algarabía, alhelí, adobe, alhaja, almacén, alfombra, asesino, azafata, arroba, ojalá, Andalucía, Guadalajara, ajedrez.

Taíno: canoa, cacique, caimán, huracán, caníbal, maní, tiburón, caoba, maíz, guayaba, Cuba, Haití

Náhuatl: chocolate, tomate, aguacate, chicle, chile, mole, papalote, totopo, tianguis, cacahuate, chilpayate, escuincle, coyote, ajolote, azquel, epazote, camote, tamal, Xóchitl, México, Tacubaya, Cuauhtémoc, nopal, ocelote, comal, molcajete, moyote, popote, chichi, achichincle, apapachar, cuate, esquite, itacate, mezcal, chayote, zapote, chapulín, pinacate, mayate, elote, ejote, guacamole, huitlacoche...

Quechua: cancha, carpa, cóndor, chacra, chala, choclo, coca, gaucho, guanaco, inca, llama, mate, ojota, palta, pampa, papa, poroto, quena, tambo, vicuña, vincha, yuyo, zapallo.

Guaraní: ananá, jaguar, mandioca, ñandú, pororó, yacaré, yarará.

Francés: amateur, ballet, chef, coñac, chofer, bulevar, corsé, menú, collage, glamur, chic, cliché, debut, naif, silueta, dossier, boutique, sommelier, champiñón, vedette, cabaret, buró, champaña, chalet, carnet, garaje, restaurante, bikini, premier, calcomanía, tour, élite, maniquí.

Italiano: piano, ópera, batuta, soprano, payaso, adagio, soneto, centinela, pizza, paparazzi, espagueti, salchicha, bancarrota, novela, caricatura.

Inglés: estándar, escáner, estrés, esmog, whisky, hotdog, home office, kit, shok, test, celebrity, mall, blue jeans, happy hour y shopping, futbol, córner, beisbol, out, golf, rugby, basquetbol, box, ring, voleibol, club, bluetooth, blog, software, mouse, chat, password, mercadotecnia, stock, thriller, primetime, celebrity, reality show, single, hobby, spoiler, boy scout, clutch, esnob.

Japonés: sushi, karate, tsunami, manga, samurai, karaoke, kimono.

Ruso: molotov, vodka.

Esquimal: iglú, kayak.

Checo: robot. 

miércoles, marzo 12, 2025

Ser o no ser


 






Como lector frecuente de libros viejos y ya inhallables en muchos casos, me he topado con páginas por supuesto olvidadas y aún meritorias. Es el caso de Lope-Calderón y Shakaspeare. Comparación de dos estilos dramáticos (Ediciones Teatro Clásico de México, 1969), título de Álvaro Custodio, escritor español exiliado en México de 1944 a 1973. Había nacido en Écija, Andalucía, hacia 1914, y murió en 1992 cerca de Madrid. Tengo además un ensayo suyo en el que analiza el corrido mexicano, que me intrigó cuando lo leí. Se dedicó principalmente a la escritura teatral y al guion cinematográfico, aunque también dejó una novela y numerosos ensayos.

De este último género, el dedicado a los dos clásicos españoles y al inglés, que recién leí, le sirve para destacar los rasgos más salientes de sus obras y además para observar las circunstancias históricas en las que fueron escritas. En cuanto a calidad, se inclina por Shakaspeare, lo que no es tan raro en muchos expertos del arte teatral. En uno de los pasajes dice lo siguiente, y es aquí en donde quiero detenerme. “Lope no tiene una comedia que pueda caracterizar su enorme producción; según Menéndez Pelayo ‘habiéndolo intentado todo y habiendo dejado en todas partes impresa su garra de león, rara vez logró perfección suma: a su ingenio, a fuerza de tener extensión, le faltó profundidad’”.

Las palabras de Menéndez y Pelayo citadas por Custodio se parecen a una afirmación que he leído en otros lados. Encierran una amenaza para el escritor, ya que lo fuerzan a crear alguna obra, al menos una, con la cual se le pueda identificar. De no hacerlo, una producción grande pero sin ese parteaguas corre el albur de ser ninguneada por la posteridad.

Tan falso esto no es, y a las pruebas podemos remitirnos con algunas creaturas salientes en medio de una producción abundante: El Quijote, Los Miserables, Los hermanos Karamazov, Madame Bovary, La metamorfosis, Pedro Páramo, Cien años de soledad son libros que se confunden con el nombre de sus autores, tanto como si en ellos hubiera quedado una impronta imposible de superar por los mismos creadores en otras obras de su hechura.

Supongo que urdir ese libro no es fácil. Más: supongo que para alcanzar una cumbre así ni siquiera es posible la premeditación. El genio no se propone obras maestras; simplemente las ejecuta y el tiempo decide si alguna cuajó en eso o no cuajó. Obviamente lo segundo ocurre con muchísima mayor frecuencia.

miércoles, octubre 21, 2020

MI altar para Cuatro ingenios


 











Extraña, curiosa, arbitrariamente se comporta la glándula de nuestra sensibilidad cuando se trata de elegir. Entre mis libros hay algunos de mejor acabado material que otros, por supuesto, obras cuya apariencia física —y cuyo precio también— obliga a calificarlas de preciosistas. Tengo, vaya un par de casos, El renacimiento en Italia o la edición de lujo preparada para dar arranque a las Obras completas de Alfonso Reyes, pero he comprobado que, como objetos, no logran seducirme tanto como mi humilde, austera, discretísima segunda edición de Cuatro ingenios, volumen de bolsillo que la Colección Austral, de Espasa Calpe, publicó en 1950 con el número 954.

Es muy curioso. Una secreta amistad he logrado entablar con este librito de camisa verde y no tan amplia cantidad de páginas (141). Lo compré a diez insignificantes pesos en una librería de viejo, y ese precio se mantiene invicto, a lápiz, en el ángulo superior derecho de la primera página. Pero su apariencia no importa, o, si importa, lo hace de un modo que encierra algo de paradoja: el recipiente es modesto; el papel no se diga; el tamaño, más todavía. Con esas cartas credenciales se puede pensar que dicho libro no alcanza los méritos para merecer alguna veneración. Sin embargo, es precisamente por eso que Cuatro ingenios significa para mí infinitamente más de lo que vale su papel. Desde que lo compré, no recuerdo cuándo, sentí que sólo el arte de la edición era capaz de envasar en recipientes tan humildes la mayúscula obra de un escritor tan admirado y querible. Cuatro ingenios me revela, casi como amuleto ya, que la palabra literaria no requiere de soportes materiales de gran lujo para ofrendar al lector su sabia savia. Cuando la prosa tiene ese calado, esa firmeza, ese temple y esa hondura del intelecto y del alma, cualquier pedazo de papel es capaz de convertirse en un palacio.

Sé que los ensayos recogidos en estas páginas los puedo encontrar diseminados en este o en aquel tomos del regiomontano; sé que allá el líquido de la palabra puede lucir en vasos de glamorosa apariencia, pero también sé que en esta edición de Espasa Calpe argentina mi lectura fraterniza con una curiosa y delicada sensación de orgullo, de una íntima felicidad que ahora comparto. Deambular por los renglones de este libro, revisitarlo una y otra veces, eso ha sido para mí un goce que, reitero, raya en el fetichismo (por cierto, el único que me puedo permitir: el fetichismo de los libros). Leer sobre el Arcipreste, sobre Lope, sobre Quevedo y sobre el padre Gracián, avistar el esbozo de sus biografías, penetrar llevado de la mano en sus recintos vitales, hacer todo eso en la superficie de un libro tan pequeño y ordinario me permite reconsiderar el valor del espíritu y, en contraste, el menosprecio de la materia. Si la literatura es capaz de brillar, pienso, en recintos ajenos a la opulencia, ¿por qué no hacer lo mismo con la vida? El alma de Reyes, una pequeña parte, digamos, habita en mi edición de Cuatro ingenios. Nada impide pues que yo trate de ser yo sin ornamentos, sin lujos, como quizá alguna vez lo anheló, en un famoso prólogo, un no menos célebre espíritu gemelo de don Alfonso: Michael de Montaigne.