No
son raros los pleitos entre escritores. Aunque en general no se dispute nada,
salvo quizá la posición del ego o a lo sumo unas cuantas monedas, nunca han faltado las pullas en
el terreno de las letras. La bronca más famosa que registran los anales de
la literatura en español fue la entablada tripartitamente por Quevedo, Góngora
y Lope de Vega en el Siglo de Oro. Estos monstruos se tiraron tan duro que
pasaron a la historia como maestros del insulto poético, aunque para entender
hoy sus sablazos es necesario disponer de ediciones críticas preparadas por
especialistas. Véase por ejemplo el arranque de este soneto de Quevedo a
Góngora: “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas,
Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo
de camino…”, donde la alusión al tocino buscó denigrar los presuntos orígenes
judíos del poeta andaluz, dada la prohibición judaica a la ingesta de carne de cerdo.
Nunca
han faltado pues mandobles escritos entre la gente dedicada a las letras. Esto
se ha dado en las grandes ligas y en las ligas pequeñas, y lo atribuyo a los
celos o la envidia en un mundillo, el literario, donde la mayor parte de las
veces lo único que se gana es prestigio o “trascendencia”, de allí que los encontronazos
sólo se consumen en el espacio simbólico: hablar mal de un colega como medio para
bajarlo de peldaños que en teoría no merece. La historia de la literatura está
llena de estos casos e incluso hay libros que, entre anécdotas y pasajes biográficos,
recogen los dardos tirados o recibidos por tal o cual escritor. Nadie se salva
en este caso, el espacio literario es muy rijoso, inclinado al chismorreo y a
la carnicería crítica, como por cierto lo mostró hace poco Javier Cercas en una
columna titulada “Ruiz Zafón y el mundillo literario”. Pueden buscarla para
observar lo que señala.
Durante
la semana pensé en este tema porque estoy leyendo un libro que luego espero
comentar. En uno de sus pasajes el autor habla de los corros europeos que en el siglo
XIX servían a los escritores para desahogar sus tirrias. Luego me cayó,
gracias al algoritmo que sabe mejor que yo todo lo que me interesa, un
excelente video que cita frases de escritores contra escritores donde de manera
sintética queda expuesta la malditez verbal a la que me he referido desde
hace dos párrafos. No resisto la tentación de transcribir las frases que
acumula, pues algunas son muy buenas, hayan sido ciertas o no. Las enumero tal
y como aparecen en el videíto, casi como peleas de box:
Jorge
Luis Borges contra Gabriel García Márquez: “Cien
años de soledad es una gran novela, aunque creo que con cincuenta años
hubiera sido suficiente”.
Roberto
Bolaño contra Isabel Allende: “Me parece una mala escritora simple y llanamente,
y llamarla escritora es un acto de
generosidad. Su literatura es anémica, como muchos latinoamericanos… no va a
vivir mucho tiempo”.
William
Faulkner contra Ernest Hemingway. “Nunca a usado una palabra que pudiera mandar
al lector al diccionario”.
Ernest
Hemingway contra William Faulkner. “Pobre Faulkner. ¿Realmente cree que las
grandes emociones provienen de las grandes palabras?”
Cyril
Connolly contra George Orwell. “No podía soplarse la nariz sin tener que
moralizar sobre la industria del pañuelo”.
Truman
Capote contra Jack Kerouac. “Eso que él hace no es escribir, es teclear”.
Virginia
Woolf contra James Joyce. “Ulises me
parece un libro analfabeto, mal educado: el libro de un trabajador autodidacta,
egoísta, insistente, crudo, sorprendente y finalmente nauseabundo”.
Evelyn
Waugh contra Marcel Proust. “Estoy leyendo a Proust por primera vez y me
sorprende descubrir que era un deficiente mental. Nadie me lo advirtió”.
Oscar
Wilde contra George Bernard Shaw. “Es un hombre excelente: no tiene enemigos y
ninguno de sus amigos lo quiere”.
Mark
Twain contra Edgar Allan Poe y Jane Austen. “Para mí, la prosa de Edgar Allan
Poe es ilegible, como la de Jane Austen. Bueno, no, hay una diferencia: podría
leer la prosa de Poe si me pagaran, pero la de Jane no. Jane es completamente
imposible. Es una verdadera lástima que le permitieran morir una muerte
natural”.
Dos, me parece, son las ofensas más ingeniosas: la de Connolly y la de Wilde, y la más ruda y sin duda cruel es la de Twain contra Austen. En fin. La pregunta que me hago es simple: si estos tipos que son considerados genios y clásicos de la literatura se decían tales lindezas, ¿qué podemos esperar para nosotros? Supongo que nada, ni insultos, lo cual podría ser el peor insulto.

