Tuve ayer el gusto de asistir
a la entrega del reconocimiento Magdalena Mondragón para el escritor Vicente
Alfonso (Torreón, 1977), esto en la ceremonia llamada “Ciudadanía Distinguida” que
año tras año ofrece nuestro ayuntamiento para premiar a personalidades de la
cultura, el deporte, la ciencia y la beneficencia. Que Vicente haya recibido el
galardón que lo reconoce en el rubro artístico es hoy un acto de justicia y, desde
hacía varios años, era asimismo un imperativo para nuestro municipio, pues se trata del escritor
lagunero con más proyección no sólo nacional. Las traducciones de sus libros a lenguas
como el alemán, griego e italiano, además de sus exitosas ediciones en español, confirman
que se trata de un narrador de excepción, el más adelantado de los escritores
nacidos a la vera del Nazas.
Novelista, cuentista, cronista
y reseñista, Vicente ha trabajado una obra no sólo abundante, ya tan numerosa
en páginas que es imposible no reconocer su disciplinado oficio. Pero más allá de
la cantidad, la calidad de su obra ha persuadido a escritores como Federico
Campbell, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Sergio Pitol e Ignacio Solares —por mencionar sólo a cinco entre muchos más— de que se trata de un autor que aduna
inteligencia y sensibilidad. En efecto, este escritor de Torreón ha logrado en
cerca de treinta años de trabajo ininterrumpido combinar el ejercicio literario,
el periodístico y el docente, pues no son pocos los talleres y cursos que ha impartido y sigue impartiendo sin fatiga en universidades y espacios culturales de nuestro país. Para decirlo
con un adjetivo socorrido en estos casos: es un escritor todoterreno.
No es difícil imaginar en qué se ha basado la cauda de méritos acumulados hasta hoy por Vicente, cuando está a punto de cumplir, el 3 de mayo de 2027, su primer medio siglo de vida. Creo que su cosecha de libros, lectores y reconocimientos se sostiene en un talento peculiar, sin duda, pero no exclusivamente. Además de su vocación, Vicente ha organizado sus días y sus años para no desviarse de un objetivo fijo: escribir siempre con la mayor exigencia. Para lograrlo, su caso es el caso de un volcamiento pleno a la literatura, a la investigación, a la curiosidad como cimientos que luego, al teclear, materializan el esfuerzo en libros muy bien nacidos.
Es rica la obra de Vicente Alfonso, y seguirá creciendo, pues es todavía joven y ya está más armado que “las mandíbulas de un tigre”, para decirlo con una imagen de Miguel Ángel Asturias. Reconocerla en su ciudad era una urgencia que la medalla Magdalena Mondragón ha comenzado a subsanar. Felicidades para él y para su familia.

