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sábado, diciembre 13, 2025

Literatura lagunera: conferencia completa










Conferencia completa titulada “Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes”, que en julio ofrecí en Durango (Feria Duranguense del Libro) y en octubre en Torreón (La Tinta Cafebrería). En este espacio ya había publicado un fragmento. Va aquí el texto completo al que le faltan las imágenes que proyecté de modo presencial, además de los gestos y los énfasis que sin remedio se pierden en la exposición escrita:


Medio siglo de literatura lagunera. Hitos y pendientes

Jaime Muñoz Vargas


Preámbulo necesario

De entrada, una pregunta retórica: ¿por qué el título de esta anotación se refiere a medio siglo? ¿Antes de 1975 no había literatura en La Laguna? Por supuesto, sí la había. No mucha, pero la había. Hacia mediados de los setenta destacaban varios escritores locales, todos con poca o nula proyección nacional. Eran escritores que desde su juventud, en la década de los cuarenta, se habían hecho notar como poetas o ensayistas sobre todo en las páginas de nuestros diarios. Las dos o tres librerías de viejo que todavía existen en Torreón dan fe, por los ex libris, de que aquellos autores tenían bibliotecas muy decorosas, y varios acometieron la publicación de sus propios trabajos en ediciones presumiblemente pagadas y cuidadas por ellos mismos, y es muy probable que su repercusión en la vida cultural de la comarca no haya pasado de los círculos sociales en los que se movían.

El producto más notable de aquella época —estoy hablando de los cincuenta y los sesenta—, fue la revista Cauce, alimentada y editada por el grupo organizado bajo mismo nombre. Su periodicidad era variable, como ocurre con casi todas las publicaciones culturales de provincia, y sus contenidos se ceñían al tratamiento de temas literarios o filosóficos, comentarios sobre libros, poemas y textos en prosa que no llegaban a ser cuentos. El mayor logro de Cauce fue recoger material de y sobre Pedro Garfias, quien vivió un breve periodo de su vida en Torreón.

En la década de los setenta, los integrantes de Cauce, quienes se dedicaban a la docencia, al periodismo o a profesiones cercanas al derecho y la administración, ya eran hombres entrados en años, y colaboraban con artículos y columnas en la prensa local, con poca producción bibliográfica. Aunque no en todos los casos, sus trabajos literarios no eran ingenuos. Tenían, sin embargo, un cierto tono oratorio, muy solemne, a veces con demasiadas concesiones al color local y una mirada conservadora. Sus modelos no eran malos, sólo algo anticuados. Digamos que en el caso de la poesía, por ejemplo, Darío o Nervo todavía andaban por allí, en sus creaciones. La idea del verso medido y rimado marcaba a fuego su labor literaria, y con dificultad se animaron a la práctica de la narrativa, por eso no les heredamos cuentos ni novelas.

Nuestra región no tenía un movimiento literario efervescente, pero algo había y se manifestaba sobre todo en los pocos rincones culturales que ofrecían las páginas de la prensa local. Los nombres que puedo mencionar entre aquellos escritores son Enrique Mesta, Salvador Vizcaíno, Rafael del Río, Emilio Herrera, Joaquín Sánchez Matamoros, Raymundo de la Cruz, José León Robles y algunos más, ninguna mujer. Debo subrayar que Enriqueta Ochoa fue alumna de Rafael del Río, pero su radicación, su formación y lo mejor de su producción ulterior no se dieron en nuestra región, y un desarrollo similar se había dado años antes en las carreras de Magdalena Mondragón y Francisco L. Urquizo.

Reviso ahora, por periodos, cómo avanzó nuestra literatura, el arte que más logros ha dado a La Laguna, lo que es posible probar estadísticamente si nos atenemos a un dato: la cantidad de premios nacionales que ha obtenido en la disciplina. Todo se ha logrado casi desde la Nada, sin muchos respaldos institucionales, a puro pulmón individual.


Los setenta y un taller de arranque

Hacia mediados de los setenta La Laguna tuvo una grata noticia: se había inaugurado la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y gracias a esto el INBA, instancia administradora de tales espacios, impulsó varios programas de trabajo en La Laguna. Uno de ellos fue la creación del Taller Literario de La Laguna, Talitla, gestionado por el escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, y cuyo moderador fue el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. El Talitla sesionaba cada quince días en dos sedes, las Casas de la Cultura de Torreón y de Gómez Palacio. Allí comenzó a brotar una nueva mirada, con modelos literarios más modernos. Los integrantes de aquel taller no crearon alguna revista sólida ni formaron bloque en algún suplemento cultural de periódico, pero sí comenzaron a escribir de otra manera, más actualizada. Entre sus participantes estuvieron Joel Plata, Antonio Jáquez (quien luego tendría una brillante carrera como reportero en la revista Proceso), Jorge Rodríguez, Rocío Lazalde, Marco Antonio Jiménez y Francisco José Amparán. Los más destacados, pues ganaron premios nacionales y publicaron fuera de nuestro espacio, fueron los dos últimos, autores que ya basaban su escritura en modelos contemporáneos. El caso de Amparán fue tan restallante que se convirtió de golpe en el narrador más conocido de La Laguna en el contexto nacional, esto sin abandonar su residencia en nuestra región. Amparán —o Panchín, como se le conocía— ganaría el premio de cuento de SLP en 1985 y hasta 2010 siguió publicando literatura en abundancia además de artículos para la prensa.

A finales de los setenta se da otro rasgo favorable para la literatura del Nazas: La Opinión, el diario más antiguo de la región, comenzó a acusar en sus páginas editoriales la presencia de colaboradores con una postura más cercana a lo que ya desde entonces se ubicaba bajo el abanico del llamado progresismo. Para identificarse usaron el acrónimo Codeliex (Comité de defensa de la libertad de expresión). No todos eran escritores, pero entre sus intereses intelectuales no dejaban de aparecer el cine, el teatro, la política, la filosofía y obviamente la literatura. El periódico estaba bajo la dirección de Velia Margarita Guerrero, quien tenía una mirada abierta en relación con lo social, de suerte que, entre otras iniciativas, tuvo en sus páginas el servicio informativo de CISA, la agencia informativa de la revista Proceso, fundada en 1976, y la columna diaria de Manuel Buendía.

Había sólo un taller literario y cuatro o cinco librerías; las universidades y los ayuntamientos aún no publicaban nada, pero, pese a esto, los setenta terminaban con buenos augurios para la década siguiente.


Ochenta, todo se acelera

Los ochenta fueron un periodo de aceleración de la literatura lagunera. Hay en estos diez años al menos cinco o seis hitos que bien vale traer acá. Uno de los primeros se dio cuando el ayuntamiento de Torreón comenzó el auspicio de algunas publicaciones en formato de libro. No fueron numerosos, pero al menos determinaron que el presupuesto público destinado a la cultura también podía ser canalizado hacia la publicación. Entre otros, recuerdo la reedición de una novela de Magdalena Mondragón y un breve poemario de Saúl Rosales.

Y a propósito de Saúl, su regreso de 1981 a La Laguna, su tierra, es un hecho bisagra para la literatura lagunera. Había vivido veinte años en la capital del país y tras su vuelta comenzó a proponer un corpus de lecturas que determinaría un salto sustancial y definitivo a lo moderno entre los jóvenes aspirantes a escritores.

Saúl Rosales se reinstaló en La Laguna y comenzó a laborar en el diario La Opinión como corrector de estilo; pronto, también, arrancó su trabajo como profesor en la carrera de Comunicación del Iscytac, universidad privada. Entre 1982 y 1983, junto con Agustín Velarde y Enrique Rioja del Olmo encabezó el proyecto de la Opinión Cultural, suplemento dominical de La Opinión. Ya hacia 1984 asumió solo el trabajo de editor. Se trataba de un tabloide de ocho páginas encartado cada semana entre las páginas del periódico. Este fue un medio de vanguardia en la región, ya que sus contenidos se alejaban de los modelos más o menos asentados entre los lectores. De golpe, aparecieron textos de y sobre escritores que en aquel momento marcaban el tono de la actualidad, de las vanguardias, del Boom. Muchos lectores, entre los que me incluyo, conocieron en aquellas páginas a Mayakovski, Brecht, Faulkner, Cortázar, Vallejo, Borges, por citar sólo algunos nombres que en general jamás habían circulado en la prensa lagunera. Junto con esto, el editor compartía obras de y sobre nuestros clásicos, como Cervantes y Sor Juana. Asimismo, y esto fue el rasgo más relevante del tabloide, las páginas se abrieron a la escritura de muchos colaboradores, la mayoría jóvenes que en aquel espacio encontramos un vehículo para volcar nuestro apetito por publicar lo que escribíamos y en general se apartaba o quería apartarse de la estética todavía predominante en nuestro entorno, la del color local y el verso rimado. En las páginas de aquel suplemento aparecieron los primeros poemas y ensayos de Gilberto Prado, sólo para señalar el caso más saliente de aquella emergencia literaria.

A la par de la Opinión Cultural, Saúl Rosales orientó el trabajo del grupo literario Botella al Mar, al que pertenecí desde su primera reunión. Modestia al margen, fue la asociación de su tipo más destacada de La Laguna en los ochenta, sobre todo en su segundo lustro. Excluyo mis aportes, si es que alguno tuve en aquel momento, pero basta decir que nos convertimos en colaboradores asiduos del suplemento editado en La Opinión y comenzamos a ganar premios literarios. En todo, Gilberto Prado fue siempre el más adelantado: publicó el primer libro del grupo (Exhumación de la imagen, un poemario autofinanciado) y antes de que cerrara la década ganó dos certámenes nacionales de ensayo.

Los ochenta vieron igualmente otros avances. Creció la infraestructura cultural de La Laguna con el rescate y la restauración del Teatro Martínez y poco después la del Teatro Nazas, instituciones que pronto se convirtieron en escenarios de numerosas actividades artísticas. Circularon tres revistas de corte cultural: Suma, de particulares, La Paloma Azul, de la Casa de la Cultura de Torreón, y El Juglar, del Departamento de Difusión Cultural de la UAdeC, y fueron convocados dos concursos locales de literatura: el Magdalena Mondragón de cuento y ensayo propuesto por la UAdeC, y los Juegos Florales del Iscytac para los géneros de cuento, poesía y ensayo; ambos certámenes despertaron fuerte interés en la comunidad lagunera.


Noventa, momento de talleres y revistas

La década de los noventa tuvo en las revistas un enclave importante para la literatura lagunera. En 1990 apareció Brecha, revista que contuvo un suplemento cultural llamado La Tolvanera, que recogió abundantes textos de todos los géneros y sirvió de foro para la literatura crítica y creativa. Poco tiempo después fue lanzada la Revista de Coahuila, que abrió parte de sus páginas sobre todo a la crítica literaria con tendencia a la polémica y a veces al destazamiento. El Teatro Martínez lanzó Estepa del Nazas, revista exclusivamente literaria, que coordinó Saúl Rosales casi desde su arranque hasta 2015. Hacia 1997 salió el primer número de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana cuyos contenidos literarios y académicos se sostienen hasta la fecha. La misma Ibero Torreón comenzó también su trabajo editorial en libros académicos y de creación literaria.

A principios de la década desapareció el grupo Botella al Mar, pero en esos años nacieron otros talleres literarios, como el del Teatro Martínez, el de la UAdeC (que venía de finales de los ochenta) y el de la Ibero Torreón. Estos espacios fueron dinamo de numerosas vocaciones, tanto que allí se formaron escritores que más de veinte años después gozan de lectores y reconocimiento, como Vicente Alfonso, Daniel Herrera, Miguel Báez, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Angélica López Gándara, Idoia Leal, Salvador Sáenz, Daniel Lomas y, mucho más recientemente, Elena Palacios y Alfredo Castro, la mayoría ya publicados al menos una vez por sellos foráneos.

También en este periodo se afianzó el crecimiento de la infraestructura cultural, en donde destaca la articulación del Museo Arocena. El TIM abrió el primer grupo de lectura formal de La Laguna: el Café Literario que hasta hoy sigue en funciones.

 

Nuevo milenio, andanada de libros y de premios 

La llegada del nuevo milenio trajo como noticia literaria para nuestra región un aumento considerable de las publicaciones en libro. El ayuntamiento de Torreón impulsó la edición de colecciones y la Ibero Torreón fortaleció su trabajo editorial; en general, ambas instituciones han continuado, sin solución de continuidad, con esta labor.

Fue creada por aquellos años una Escuela de Escritores encabezada por la escritora Teresa Muñoz, y varios escritores laguneros ganaron importantes premios nacionales. La popularización de internet trajo como posibilidad la creación de blogs, a la que adhirieron muchos escritores, aunque la mayoría pronto los abandonó. Varios escritores de nuestra región, como Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Gilberto Prado, Vicente Alfonso y Frino, cambiaron de radicación y se fueron a vivir, por estudios o trabajo, a otras ciudades del país o de Estados Unidos y Canadá.

La primera década del nuevo milenio fue en general de asentamiento de lo proyectado al final de los noventa, pero resultó notoria la desaparición o caída en desgracia de las publicaciones periódicas relacionadas con la cultura en general y con la literatura en particular.


Quince años finales

Los quince años que van de 2010 a la fecha han fortalecido el cuerpo disperso pero sólido de la literatura lagunera. No hay grupos destacables, pero las individualidades han ramificado sus logros en varios sentidos: han sido ganadores de muchos más premios y becas, han publicado en sellos comerciales de gran difusión, han obtenido grados académicos de maestría y doctorado y con frecuencia publican en medios de prensa nacionales con gran llegada al lector. Se ha dado el caso, incluso, de que han sido traducidos a idiomas como el griego, el inglés y el italiano. Un ejemplo en el que convergen todos estos méritos es el de Vicente Alfonso, sin duda el escritor que más proyección internacional ha alcanzado en la historia de nuestra literatura.

Dos fenómenos destacables junto a la saludable inercia, aunque siempre insuficiente, de los talleres y las ediciones hemero y bibliográficas, es el de los clubes de lectura que se han popularizado en la región; están configurados sobre todo por mujeres, y poco a poco han asentado este tipo de trabajo literario nada desdeñable en una región con un número siempre escaso de lectores. El otro fenómeno es el de la publicación de autor. Gracias a las posibilidades de la impresión por demanda, que permite tirajes de veinte ejemplares en adelante, muchos escritores han nutrido el ambiente editorial lagunero con sus libros de cuentos, poemas, novelas, ensayos y obras de otros géneros. En esto ha ayudado la aparición de una figura que prácticamente no existía hace veinte años en La Laguna: la del editor, profesión bien asumida por jóvenes como Ruth Castro, Mariana Ramírez, Fernando de la Vara, Germán Cravioto y Nadia Contreras, entre otros.


Algunos pendientes

La Laguna literaria es un bicho extraño. No ha tenido gran apoyo aparte del recibido por los directamente interesados en la lectura y la escritura, pero se mantiene fuerte y rica en propuestas y logros. Todo ha sido fruto de la espontaneidad, más mérito de individuos que de instituciones. No es mala idea pensar que es hora de añadir a los hitos ya citados, muchos de los cuales son un buen punto de partida, otro tipo de realizaciones, para lo cual se requieren las iniciativas públicas y privadas. Por ejemplo, la formalización en el mundo académico de alguna instrucción relacionada con lo literario, el asentamiento de una feria del libro en La Laguna, el impulso a la publicación de más libros y la creación de librerías y talleres en otras ciudades laguneras además de Torreón, nuevos concursos y quizá un encuentro que atraiga personalidades capaces de estimular a los jóvenes escritores de la región.

Se ha logrado mucho casi sin nada, tanto que La Laguna es una rara potencia literaria pese a que se trata de una región sin capitales políticas, pero es un hecho que a todo se podrían sumar nuevos emprendimientos, proyectos que trasciendan lo individual y den por fin un soporte social a la literatura lagunera. Que así sea.

sábado, marzo 16, 2024

Crónicas con calle y libros


 










Creo que no se ha destacado lo suficiente un rasgo del buen cronista: la erudición. El otro, que tenga “calle”, es bien conocido porque es lo primero que suponemos a la hora de imaginarlo. Digo la erudición porque es la única manera de procesar la infinita cantidad de estímulos que dispara la realidad, de suerte que no sería posible hacerles frente si no se contara con un filtro, con una capacidad de interpretación capaz de convocar, al alimón, disciplinas como el periodismo, la literatura, la sociología, la antropología, la lingüística, la filosofía y no sé cuántos saberes más. José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis, Juan Villoro, por citar sólo tres casos mexicanos, son ejemplos de lo que afirmo: calle y libros, libros y calle son claves en la hechura de la crónica.

En La Laguna pasa lo propio con Saúl Rosales y Vicente Alfonso: son cronistas con calle y a la vez con la cabeza muy bien amueblada. Un caso más reciente y no menos notable es el del periodista y escritor Iván Hernán Benítez (Torreón, 1981), autor de Con el barrio puesto (Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2023, 107 pp.). Vaya libro, para mi gusto uno de los mejores publicados el año pasado en nuestra región. Lo he leído y no puedo no celebrar la calidad de su prosa, la precisión de su mirada, la enciclopedia que lo alienta, la solidaridad sin chantaje de su propósito y, en fin, el cúmulo de aciertos en la captación de los temas que escudriña.

Lo recorro pieza por pieza, para no omitir ninguna de las doce.

“Un loco de pasta dura” cuenta los encuentros del cronista con Carlos, un antiguo vecino suyo de la infancia que, luego de golpearlo en la niñez, cae en la droga para no salir ya nunca de allí. El cronista recorre la vida en permanente desmoronamiento del drogo, esto gracias a los accidentales encuentros callejeros entre ambos. Desde esta primera pieza advertimos las destrezas de Iván Hernán Benítez: una prosa vigorosamente literaria, un talento nato para captar detalles con todos los sentidos y una colocación perfecta del radar sensible: jamás juzga al grifo, y, sin enunciarlo, de manera muy hábil, nos enseña a comprender ese destino vapuleado por la adversidad. Sin lloriqueo, sin panfleto y con una delgada película de autoescarnio, el cronista traza un relato a un tiempo feroz y conmovedor, con una especie de chanfle compasivo, para decirlo en argot futbolero. En un mundo donde domina la mirada cínica y la burla neoliberal ante la indefensión ajena, el autor de esta crónica nos muestra que se puede ser solidario con el desventurado sin incurrir en el lloriqueo que haría fácil la descalificación de su trabajo.

Semejante al servicio de un hospital es el que ofrece el monte de piedad en “Rutina de empeños dorados”. Las enfermedades, sin embargo, tienen que ver en este caso con los malestares y las dolencias del bolsillo, no con los achaques del cuerpo. Benítez ha sabido establecer un parangón que sostiene con pericia comparativa: así como se asiste a un hospital, así como se busca la cura gracias a la intercesión de un médico, los pignorantes desfilan en las ventanillas del montepío para que los valuadores los curen o al menos palien los malestares crónicos o repentinos. Con la comparación hospital-montepío se logra un humor sobrio y contenido que alivia de pesadez la crónica previsible sobre la tragedia de empeñar bienes para salir al paso de una urgencia como quien recibe primeros auxilios, en este caso monetarios. Otra vez, hay aquí una rara distancia/cercanía entre el cronista y el motivo de su crónica. Otro texto, además, literario, escrito con estilo sinuoso, alusivo y rico en imágenes que incluso transitan lo poético.

En “El crucero de las variedades”, Benítez asiste a los puntos de la ciudad atestados de automóviles. Allí, gracias a la dictadura de los semáforos, el cronista toma nota de todo lo que se mueve en torno de los vehículos: pordioseros, vendedores-hormiga, discapacitados varios y artistas circenses se disputan en sorda lucha la atención de los conductores y el dividendo más importante: alguna moneda. El cronista husmea varios cruceros y con implacable pluma nos describe la esperpéntica de la miseria congregada delante de los semáforos que dan tiempo para causar piedad, placer y asombro, aunque sería más preciso decir que lástima de manera destacada. Sin explicitarlo, crea un contraste entre el mundo del privilegio sobre ruedas y el mundo de la vulnerabilidad jugándose el pellejo. Otra gran crónica.

Cuerpo de crónica y elementos de artículo y hasta de ensayo exhibe “Una masacre que no fue”, texto en el que Benítez asedia el sentido que el periodismo nacional dio a las palabras tragedia, masacre, atrocidad, barbarie y demás a propósito de la desgracia ocurrida en el estadio de futbol Corregidora en un histórico partido entre Querétaro y Atlas. Como recordamos, en aquel choque se desataron todos los demonios de la violencia en el estadio y, como ocurre siempre en estos casos, la ganadora del partido, y por goleada, fue la impunidad.

“El privilegio de morir en casa” está más cerca del artículo que de la crónica, aunque en efecto hay rasgos de este género en los párrafos del texto. Aborda con brillo verbal e inteligencia las diferentes posibilidades de la muerte entre nosotros: lo mismo por enfermedad que por masacre, lo mismo por la pandemia que por edad. Es hasta aquí el texto con mayor carga de parecer subjetivo.

Tiene un fragmento como de memoria personal de la violencia, la que vio de niño en los rumbos de su casa ubicada por el siempre peligroso poniente de Torreón. Esto le sirve como marco de lo que comenzó el 26 de octubre de 2006, “El día que mataron a Gaviria”. Con eso comenzó la carnicería que vivió La Laguna en aquellos años, el antecedente primero de lo que después serían las masacres de 2010, en la planitud del horrible calderonato que desató a todos los demonios (como breve paréntesis personal, fui al lugar donde mataron a Gaviria y a Elfego. Había llovido, en efecto, y la sangre no se había secado cuando la vi).

Sin duda, una de las mejores piezas del libro es “Hay que hacerse culerita”, indagación sobre la pobreza material y simbólica subyacente en las groserías. Mucho de sociólogo tiene Benítez, pero también en este caso de lexicógrafo con oído de “músico callejero”, como decía Borges. El autor recorre aquí los usos y costumbres de la palabrota, el nexo entre el déficit de los medios económicos y los verbales, y junto a esto la incorporación de la mujer, hoy, al habla de carretonero.

Otra de las mejores piezas de Con el barrio puesto es “Pásele p’atrás (estampas al interior de un camión de ruta)”, crónica en la que igualmente, como en otras, hay una cuidadosa dosis de sociología. La tragedia de viajar en nuestro transporte público es expresada con humor amargo y una suerte de estoicismo ante la petrificación de la incomodidad. El cronista sabe captar los tumbos de la realidad dentro de los vejestorios móviles y nos pinta un mural de la desdicha cotidiana implicada en la condición de pasajero.

“Byung Chul-Han o el perfume del otro” es una reflexión veloz sobre la obra del filósofo coreano-alemán. El examen pasa revista a las ideas generales del pensador, como el arribo a la mentalidad que arrastra hacia el exceso de “positividad” y su contracara de negación del dolor, o el advenimiento de una era en la que los objetos físicos han cedido su lugar en las preferencias del respetable público a las “no-cosas” encarnadas (es un decir) en la información digital que a su vez supone mecanismos de control que no nos incomodan. Un ensayo, más que una crónica.

“La seducción del infinito” describe lo que se reveló al cronista en la etapa global del aislamiento por el pánico al coronavirus: el ajedrez. Se trata en realidad de un reportaje pleno de aciertos, apretadamente informado sobre “el deporte de reyes”. Es el texto más largo del conjunto y uno de los más inquietantes, pues nos describe un mundo cuya existencia, creo, ignorábamos quienes estamos lejos tanto de escaques como de trebejos.

Un análisis del trabajo infantil es “Para ayudar a la jefita”. Benítez explora el caso de los niños que se ven forzados a buscar unos pesos en chambas que sólo sirven para sacar la cabeza, aunque sea un poco, de la miseria. Un motivo poderoso que impulsa la huida hacia adelante de los niños que trabajan es la necesidad de dar algo a la mamá, de sacarla del agujero al menos para que también de allí asome la cabeza. En textos como éste se nota bien un rasgo caro en la escritura de Benítez: la distancia. Uno sabe que escribe lo que escribe porque le duele, pero no nos chantajea, no incurre en trazos lacrimógenos. Al contrario, analiza los hechos con una suerte de conmovedora frialdad, valga el oxímoron.

“Réquiem por un diario amarillo sangre”, última pieza del conjunto, es un recuerdo del diario La Opinión de la Tarde, vespertino que hace algunos lustros trabajó con la materia informativa del crimen desorganizado de una manera hoy extinta (ex tinta), pues ya sería imposible pensar en columnas como la “Galería de malandros”, aporte que devino sección de sociales a la inversa.

Por todo, Con el barrio puesto (título hermoso, además) es un libro redondo, atendible sin regateo ninguno. Llegadle.

miércoles, octubre 25, 2023

Segunda Semana en Querétaro









Para participar en la Segunda Semana de Novela Negra F.G. Haghenbeck, el fin de semana pasado estuve como relámpago en Querétaro, no más de 24 horas, sueño incluido. Llegué a las 9 de la mañana del sábado y desde ese momento todo fue rápido y curioso. Sin bañarme, en mis jugos porque la habitación todavía no estaba disponible, desayuné en el hotel Señorial, en el centro histórico, con mis amigos Ricardo Vigueras, Elpidia García y José Juan Aboytia, del Colectivo Zurdo Mendieta, juarense. Luego los cuatro salimos a caminar un poco por la ciudad, y a mediodía, ya con cuarto asignado, caí como árbol en la cama para dormitar un momento. Se hizo el mediodía y bajé a comer, y allí me encontré con Élmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra y mi paisano Vicente Alfonso, quienes luego nos desplazamos a una excelente librería ubicada a la vuelta del hotel. Regresé, me bañé y salí a todo correr hacia el centro cultural donde presentaría mi “Leyenda Morgan” (UANL, 2023, segunda edición). Ricardo Vigueras y Carlos René Padilla comentaron el libro, y luego participé en una mesa con Luis Arturo Salmerón y César Gándara; los tres conversamos sobre los folletos relacionados con lo policial/criminal de la colección "Vientos del Pueblo", del FCE. Después, ya como parte del público, escuché con atención las palabras de Carlos René Padilla, José Juan Aboytia y Eduardo Antonio Parra sobre el quinceañero Zurdo Mendieta, protagonista de varias novelas de Élmer Mendoza, allí presente. Siguió entonces la premiación al ganador del certamen de novela “Otra vuelta de tuerca”, que este año ya fue internacional y quedó en las manos de mi amigo saltillense Alejandro Pérez Cervantes por su novela “Yo, Judas”. Por último, ese mismo sábado se dio la entrega de la presea “Filiberto” a la mejor novela negra de México en 2022, que se agenció Vicente Alfonso, mi multipremiado paisano y amigo, con la novela “La sangre desconocida”. Al final nos reunimos en una casa para la cena final de la Semana Negra, lo que extendió mi vigilia hasta la una de la mañana ya del domingo. A las 6 salí al aeropuerto de Querétaro con destino a la Ciudad de México, y a las 12 de la Ciudad de México a Torreón, a donde llegué molido como a las 2 de la tarde. Fue un viaje tan pesado como satisfactorio, pues pude hablar de lo mío y saludar tanto a buenos camaradas escritores como a personas como Yuyú Fernández, que tanto colaboró para que estas jornadas de literatura negra salieran adelante. Ojalá que me reiteren la invitación el año que entra.

miércoles, septiembre 20, 2023

Acequias, salida 91

 











Ya son 91 las salidas de Acequias, revista de acceso libre de la Ibero Torreón. Su editorial más reciente (otoño de 2023) describe así los contenidos. Dice:

Aunque en su modalidad estrictamente electoral la política se ha convertido es uno de los muchos teatros de la mercadotecnia, no deja de ser importante como medio para transformar la realidad. La política y su consecuencia, la construcción de gobiernos, sigue siendo pues fundamental para edificar circunstancias sociales que favorezcan la justicia y la equidad. Por esto, aunque los procesos electorales den hoy la impresión de celebrarse al margen del interés de la población, es imperativo que la ciudadanía se involucre en sus vaivenes al menos en el plano de lo informativo, esto para no dejarse llevar por la superficialidad de las noticias falsas o los memes. Estar hoy informados, no caer en la red de la indiferencia, es lo mínimo que debe hacerse para, como señala Víctor Hugo Morales, “trabajar de ciudadano”.

En el presente número de Acequias ofrecemos varias colaboraciones que de una manera no directa, pero sí visible, ayudan a pensar en el ser humano y su condición. Publicamos la lectio brevis de este periodo escolar, el de Otoño. La ofreció Gustavo Antonio González, SJ, nuevo responsable de la Dirección General del Medio Universitario en la Ibero Torreón. La lectio brevis, en este caso sobre el valor de la tolerancia, es la simbólica primera clase que se ha convertido ya en una costumbre dentro de nuestra institución.

Sigue una conferencia de Mario López Barrio, SJ, que reflexiona sobre la generalizada desdicha del ser humano en el tiempo que corre. Pese a que en teoría la humanidad tiene un sinnúmero de satisfactores y puertas al desahogo de sus apetitos, al final siempre parece moverse en un túnel oscurecido por la depresión y su consecuencia: la infelicidad.

Cuatro reseñas se suman al lote de colaboraciones. Dos con tema afín, las de Laura Elena Parra López y de Vicente Alfonso, una más de Renata Iberia Muñoz sobre un libro poético desgarrador y, la última, de Yolanda Natera sobre el más reciente título de la escritora lagunera Angélica López Gándara. También, un artículo de Miguel Báez Durán sobre Encuentros fortuitos, su nuevo libro, una coedición de la UANL con nuestra universidad.

Dos cuentos cierran este número, uno de Fernando Fabio Sánchez sobre le etapa de mayor violencia en La Laguna, y otro de Lorenzo Ignacio Madera sobre los azares de la vida amorosa.

miércoles, mayo 24, 2023

Veinte años de Corazón de nuez

 











Prácticamente no hay año sin que piense en su reedición, pero sistemáticamente la he pospuesto como tanto se pospone en esta vida. Publicado por primera vez en 2003, Corazón de nuez y otros relatos tuvo un tiraje corto. Yo lo edité y lo imprimió mi amigo Antonio López en Impresora Meridiano. En menos de un año, ese primer y único tiraje quedó agotado y a la fecha creo que conservo un solo ejemplar de archivo.

Una anécdota notable con este trabajo es la que se dio en la Feria del Libro de Torreón 2003 que organizaba entonces la Ibero Torreón. En las juntas de planeación, a las que yo asistía como parte del equipo organizador, alguien comentó la necesidad de presentar un libro para niños, el que fuera, pues para entonces ya estaban amarradas las presentaciones de autores como Noé Jitrik, Luis Humberto Crosthwite, Federico Campbell, entre otros. Fue allí cuando se me ocurrió plantear que estaba por salir el libro de mi hija, y luego de explicar la situación, todos aceptaron su presentación en el marco de la Feria del Libro. Hubo campaña de medios, carteles y toda la promoción pertinente. Lo asombroso fue que los autores consagrados tuvieron, como ocurre siempre con la literatura, una cantidad de público buena, la de nuestros estándares laguneros, cincuenta, sesenta personas por sesión.

En la presentación de Corazón de nuez estuvimos el pediatra de mi hija, Ricardo Acosta; uno de sus maestros, el doctor en pedagogía Sergio Raúl García, y yo. Ricardo Acosta hijo, que tenía siete años entonces y hoy es ya un gran pianista, tocó una pieza. No exagero si digo que pocas veces he asistido a una presentación de libro más concurrida; entre madres y niños había allí (el auditorio de la Ciudad Deportiva de Torreón) aproximadamente 250 personas, lo que rebasó nuestras expectativas. Previendo que la niña no iba a poder dedicar libros con rapidez, antes le hicimos un sello de goma y con eso salimos del apuro. Fue, por todo, un sábado inolvidable. Hoy Renata Iberia, mi hija, tiene 26 años y muchísimo ha cambiado; al repasar con ella sus cuentos de Corazón de nuez —alguna vez reseñados por Vicente Alfonso— no dejamos de reír: qué libertad lucen, qué linda forma tienen los niños de vincularse, sin prejuicios que hagan dique, con las palabras y la imaginación.

miércoles, julio 08, 2020

Acequias 81




















Como cada cuatro meses, ha sido puesta en circulación Acequias, revista de la Ibero Torreón. Contiene material variado en términos genéricos y temáticos. Acceder a su contenido es fácil: sólo hay que ingresar a la web matriz de la Ibero Torreón y allí se encuentra, gratuita, la liga para la revista.
Nunca en la historia de la humanidad había ocurrido lo que todavía no termina: una parálisis global causada por un agente infeccioso microscópico. Los gobiernos del mundo, incluso los más desarrollados, tuvieron que improvisar, y quedó en evidencia que en ningún caso los sistemas de salud habían pensado en una emergencia de tamañas proporciones. Dada la pandemia, el futuro del planeta se vislumbra atravesado por una pregunta sencilla y desafiante: ¿vamos a seguir igual? Hay, con matices, una coincidencia de opiniones: algo se ha hecho muy mal, se han depredado los recursos del planeta y se ha creado una forma de vida individualista, excluyente y dilapidadora. Si algo bueno ha dejado la crisis sanitaria es, quizá, una lección involuntaria: no sabemos cómo será el futuro, pero sí que, así sea por mera supervivencia, deben ser modificadas estructuras de comportamiento que vayan más allá del consumo y piensen con responsabilidad individual y colectiva.
Esta aparición 81 de Acequias ofrece “La epidemia de la soledad”, ensayo de Laura Elena Parra López sobre un hecho que se ciñe a la dinámica social contemporánea: el aislamiento (otra epidemia) al que son aherrojados quienes ya no pueden “producir”. Luego, en “Vistazos a la pandemia”, un recorrido por opiniones de ocho de intelectuales sobre el abordaje que sus gobiernos (de España y América Latina) han dado a la crisis sanitaria.
“Rabia alborozada, crónica de una marcha feminista”, de Lucila Navarrete Turrent, reconstruye la marcha del 8M en La Laguna, acontecimiento que sin duda merecía un trabajo escrito que dejara un testimonio sobre la lucha feminista en nuestra comunidad. De María Guadalupe Puente Muruato, “Aporofobia, violencia pasiva” describe los aportes de Adela Cortina sobre el rechazo al pobre.
A este número se suman “Crónica de una laguna”, de Fernando Fabio Sánchez, quien recorre con mirada poética/histórica la realidad de nuestra región. “El expediente Denegri” es una minuciosa reseña de Vicente Alfonso sobre la más reciente novela de Enrique Serna. Alejandro Badillo colabora con “Pequeñas migraciones”, una reflexión sobre el cambio de aires físico y literario.
Cierran esta edición “Schopenhauer: música, fronteras y razón”, de Salvador Sánchez Pérez, ensayo sobre el valor de la música en la obra del filósofo alemán, el cuento “La chanchería”, del escritor argentino Javier Ramponelli y “Cinco instantes”, primera publicación del joven Alberto Garza.

sábado, diciembre 29, 2018

Crónica de una noche redonda












He dicho en varios lugares —tantos cómo he podido— que la literatura lagunera goza de excelentes cultores pese a sus pocas circunstancias favorables, es decir, pese a que no tiene editoriales, escuelas de letras, suplementos literarios en los periódicos e incluso lo básico: suficientes librerías. Por eso celebro, insisto, que nuestra estepa haya sido y siga siendo tierra fértil de escritores que aquí y allá han producido una obra diversa y por suerte, ya, asaz reconocida.
Esto que afirmo lo comprobé el pasado 26 de diciembre. Como quizá algunos saben, mis amigos Fernando Fabio Sánchez y Gerardo García Muñoz, ambos laguneros, trabajan en universidades de EUA y vienen cada que pueden a su tierra. Siempre nos vemos para conversar, pero ahora planeamos presentar un libro en fecha anómala sólo para ver si funcionaba, casi como un experimento. Decidimos presentar el libro Latinoir (Nitro-Press/UANL, 2018) en un bar, dado que los centros culturales vacacionan, y hacer ruido en las redes sociales. La sorpresa que nos llevamos en lo relativo a la asistencia fue mayúscula: además de amables lectores conocidos y desconocidos, se apersonaron amigos escritores y académicos que son testimonio vivo de lo que afirmé hace algunos renglones. Entre los escritores asistentes, sumados los de quienes presentamos, fácilmente había una producción de cerca de cien libros de ensayo, poesía, cuento, novela, periodismo, teatro y varia invención.   Asimismo, aproximadamente treinta premios nacionales e internacionales de literatura, varios doctorados y maestrías en letras y un académico de la lengua. Se trató entonces de un público apabullante y enorgullecedor.
Estuvieron allí Saúl Rosales, Gilberto Prado Galán, Frino, Vicente Alfonso, Édgar Valencia, Nazul Aramayo, Lucila Navarrete Turrent, Talía Romero, Chantal Aguilar y no lagunera, pero igualmente escritora y académica, Iliana Olmedo, esposa de Vicente; modestia al margen, estaba también mi hija mayor, cuasi egresada de letras inglesas por la UNAM.
Lo que Fernando Fabio Sánchez, Gerardo García y yo emprendimos como un divertimento se convirtió pues en una reunión espontánea de laguneros que aquí y allá, cómo ya dije, han encontrado sus destinos en la vida literaria y seguramente tienen todavía muchísimos libros y premios en sus respectivos carcajes. Bienvenidos sean.

sábado, abril 28, 2018

Dos malicias narrativas en Chernóbil
























Son muchas las virtudes que es posible destacar en Chernóbil (México, 2018, 177 pp.), primera novela de Ileana Olmedo, obra con la que ganó el Premio internacional de narrativa Siglo XXI-UNAM-Colegio de Sinaloa 2017. Entre otras, la habilidad para contar simultáneamente el destino de varios personajes cuyas vidas, unidas al principio, estallan y se disparan hacia realidades completamente distintas, se desperdigan y se convierten en jirones hasta desconfigurar la llamada (sé que de manera conservadora) “célula fundamental de la sociedad”: la familia.
Chernóbil es una ficción articulada en formato de diario personal. Daniela Arenas, fotógrafa de la Ciudad de México, es quien lo escribió durante, al menos, tres décadas, de 1986 a 2016. Decir, empero, que se trata de “un diario personal” es engañoso, pues en realidad se trata de muchos diarios, todos escritos, eso sí, por la misma mano. En el amanecer de la narración, Daniela recibe la noticia de que su hermana Paula se ha suicidado, lo que la obliga a viajar. Al volver a casa, reencuentra los diarios acumulados durante varios años y es allí donde se nos insinúa la estrategia de lectura para este libro: Daniela, quien en el presente narrativo sigue llevando un diario, consigna allí que vagabundea entre las páginas de sus viejos diarios y es por ese medio que accedemos a su mundo y al de su familia. Nosotros somos, por ello, los ojos de Daniela leyendo los antiguos diarios de Daniela.
Turbada por la muerte de su hermana, la autora ficcional de los diarios deja errar la mirada, a saltos, por su propia escritura. Todo comienza en el primer diario, regalo de su padre. La fecha inaugural del registro coincide con la hecatombe de Chernóbil, y a partir de allí, simbólicamente, la catástrofe de la planta nuclear ucraniana avanza tomada de la mano de la catástrofe vivida por la familia Arenas y acotada en los diarios.
Iliana Olmedo tenía dos caminos para adentrarse en el contenido de su escritura, el cronológico y el no cronológico. Suena simple, pero de esta decisión dependía gran parte del efecto que debía producir, y produce, el libro. Quizá para el lector hubiera sido más cómodo seguir una línea uniforme de tiempo, de pasado a presente, pero la autora optó el camino no cronológico. El pespunte entre las páginas de los distintos diarios, justificado, como digo, al principio de la historia, compromete al lector en el armado del rompecabezas y le crea una sensación de incertidumbre y dislocamiento, lo mismo que acaso siente Daniela al deslizar su mirada por el pasado retenido en los volúmenes que ella misma fue colmando de palabras. La historia, por todo, avanza a trancos cortos, de un año a otro, que son como rendijas que se abren y se cierran para que vislumbremos la fragmentación de la familia Arenas constituida por las mencionadas Daniela y Paula, además de Rafael, su hermano, y sus padres Fernando y Patricia. El efecto de la composición entrecortada es el de, si se pudiera decir así, un sutil caos. Los personajes están bien delineados, son inconfundibles en términos de carácter (como en el caso de la madre y su neurosis), pero su andanza por la vida se nos va iluminando con estroboscopio, a marchas y contramarchas. No podía ser de otra manera, pues los diarios de Daniela son ojeados por Daniela, como ya lo señalé, sin un orden preciso, azarosamente, como quien, en la perplejidad del luto, quiere abrazar el sentido de su pasado y el de su familia de un solo vistazo. Este recurso supone, por todo, un lector cómplice, lo que no sería tan necesario si la novela se hubiera ajustado a una cronología convencional, del antes al ahora.
Digno de resaltar en Chernóboil es el estilo. Como en la estructura temporal cronológica o no cronológica, aquí nos enfrentamos a otro dilema: el que siempre nos plantea el narrador en primera persona. ¿Cómo debe hablar (o escribir) un narrador en primera persona? Es común, lo sabemos, que como lectores demos ciertas permisos a este narrador, como que escriba/piense con cierto vuelo lírico, o que reflexione con imágenes literarias y demás, siempre y cuando no se torne inverosímil sobre todo en el plano del léxico. Es un artificio, una convención literaria, y por esto los lectores muchas veces debemos suspender nuestra incredulidad o al menos mitigarla, pues de otra manera el relato no cuajaría. Ileana Olmedo resolvió la disyuntiva entre lo lírico y lo no lírico de una manera harto sensata: si lo que leemos es escritura en un diario, justo era que el estilo se apegara a la sencillez, a la economía de recursos, para que fuera creíble. Y más allá de esto, otra malicia: Chernóbil no tiene un estilo, sino varios, pues entre segmento y segmento de los diarios hay matices, tonalidades, registros que se ciñen a la madurez de quien vacía sus experiencias en los diarios: no es lo mismo, claro, una página de 1986 a otra de 2000 a otra de 2016. Uno siente el cambio, la simplicidad o la agudeza de las observaciones según convenga a la edad de la Daniela que “redacta”.
Por supuesto, muchas otras virtudes fortalecen las páginas de Chernóbil, como su sentido general relacionado con el tema, creo, de la desconfiguración social, de la disolución y de la pérdida simbolizada por el extinto pueblo de Príapiat (colmena de los trabajadores de Chernóbil) y por la familia de Daniela Arenas, principalmente de Fernando, el padre, especialista mexicano en energía nuclear que termina siendo arrasado, pese a la distancia y aunque parezca increíble, por el desastre ucraniano, símbolo del desastre científico. Eso y más contiene la novela, pero basten estas palabras para alentar a que todos seamos pronto sus azorados cómplices.

Nota. Comentario leído el jueves 26 de abril de 2018 ante estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Autónoma de Coahuila, Torreón. Acompañé en la mesa a Iliana Olmedo, la autora, y a Vicente Alfonso, quien presentó junto conmigo. Esta actividad fue organizada por el Instituto de Educación y Cultura de Torreón a través de Ruth Castro, su coordinadora de literatura.

miércoles, febrero 14, 2018

La máquina de Campbell
























Si desea bajar directamente el PDF del libro, use esta liga.
Hace más de cuarenta años, en la plenitud de los setenta, publicar en libro era más difícil que ahora. Hoy, si un escritor junta sus cuartillas no sólo tiene más opciones para imprimirlas en libro, sino que suma la posibilidad casi infinita de ayudarse con las nuevas tecnologías. Los blogs, los libros en PDF distribuidos por mail y otros conductos no son lo más exitoso, pero ayudan a despresurizar el ansia editorial, el deseo de conseguir aunque sea pocos lectores. Antes esto no era posible, pues la única ruta de la difusión estaba en la palabra impresa sobre papel. Esta es la razón por la que entre nosotros no dejan de ser beneméritas ciertas colecciones populares como la Sepan cuantos… de Porrúa, la colección Austral de Espasa-Calpe, o la serie Del Volador de Joaquín Mortiz, que tantos y tantos libros hicieron llegar a todos los rincones de la patria.
En los tres últimos casos citados me referí a editoriales de alcance nacional, a empresas. Junto a ellas, más en un plano independiente y a veces hasta personal, hubo siempre intentos por publicar tanto como era posible. Uno de ellos, harto meritorio, fue el que abrazó el maestro Federico Campbell, quien en los setenta puso dinero, tiempo y esfuerzo para alcanzar algo que en este momento parece increíble: publicar por primera vez a muchos escritores jóvenes, todos ellos todavía “sin nombre”.
En efecto, Campbell, ya para entonces un escritor y periodista reconocido aunque todavía no tan famoso, emprendió la locura de apoyar a varios muchachos que se fueron corriendo la voz y que cuartillas en mano luego derivaron en La Máquina de Escribir, nombre que puso el maestro de Tijuana a la aventura editorial que sirvió de primer trampolín para escritores que luego llevarían por nombre David Huerta, Juan Villoro, Carmen Boullosa, Fabio Morábito, Esther Seligson, Coral Bracho, Jorge Aguilar Mora, Álvaro Uribe, Margo Glantz, entre otros.
Basado en aquella experiencia y para aprovechar el cuarto aniversario luctuoso del maestro Campbell, Vicente Alfonso, el escritor lagunero que fue el último gran discípulo en la vida del tijuanense, me invitó a participar, como editor y autor, en una publicación colectiva que evoca los libros de La Máquina de Escribir y que contiene doce textos de y sobre el autor de Pretexta. El tiraje en papel es pequeño, pero Vicente y la maestra Carmen Gaitán, viuda del maestro, han decidido que circule libremente en PDF, lo que facilita sobremanera la llegada de este material a quien lo quiera. Yo mismo, si me lo solicitan a rutanortelaguna@yahoo.com.mx, puedo enviarlo.
Mañana 15 de febrero se cumple un año más, el cuarto, de la muerte física de Federico Campbell. Compartir gratis un libro que lo homenajea es un proyecto que él mismo hubiera celebrado, sin duda.

lunes, febrero 12, 2018

Federico Campbell. Las claves de la memoria




















Federico Campbell. Las claves de la memoria, documental que narra la vida y obra del escritor, será proyectado para conmemorar el 4° aniversario de su fallecimiento

Dirigido por Felipe Serrano Sámano, se exhibirá en el Cine Tonalá de Tijuana el jueves 15 de febrero

El CECUT recibirá más de mil volúmenes de su biblioteca donados por Carmen Gaitán

Ediciones El Equilibrista editará, junto con la UNAM, un volumen de ensayos con los textos más íntimos del autor, sus amigos publicarán una plaqueta conmemorativa.

Con el propósito de recordar al escritor tijuanense Federico Campbell en el cuarto aniversario de su muerte, se llevarán a cabo diversas acciones en honor del autor, escritor fundamental en las letras mexicanas contemporáneas.
El documental Federico Campbell. Las claves de la memoria, narra la historia de la Tijuana adolescente que le tocó vivir al escritor y cómo se fue transmutando en su mítica Ítaca. En la cinta se hace referencia a su entorno familiar y literario y se habla de su quehacer como escritor, periodista y crítico, exploró los claros oscuros del poder y del sistema en el que la delincuencia organizada, los empresarios y políticos son “hermanos de sangre”.
Asimismo, describe sus aportaciones en la naciente nueva literatura española del siglo XX, su entrañable relación con Juan Rulfo y Leonardo Sciascia y su afecto por la literatura intimista como creador. Finalmente, el amor profundo de un hombre que recreó y creó su Ítaca-Tijuana que en el tiempo convirtió en la amada e inalcanzable República de las Letras
Por otra parte, se concretará la donación de más de mil volúmenes —de poesía, teatro y guiones de cine— que su viuda, Carmen Gaitán Rojo, hizo al Centro Cultura Tijuana.  Esta selección la realizó el propio Federico Campbell a lo largo de su vida y muchos de estos libros están dedicados al autor por escritores de la talla de Juan Gelman, David Huerta, José Emilio Pacheco, José Luiz Martínez, entre otros.
En lo referente a publicaciones, ediciones El Equilibrista realizará una coedición con Publicaciones de la UNAM, para editar un volumen de sus ensayos con los textos más íntimos del autor, no los políticos ni literarios, aquellos en los que aborda más los sentimientos. La selección corrió a cargo del escritor Vicente Alfonso, quien, junto a Jaime Muñoz, han preparado la edición de una plaqueta con testimonios sobre la persona y obra de Campbell, con autores como Carmen Boullosa, David Huerta, Elmer Mendoza, Juan Villoro y Martín Solares.
Federico Campbell Quiroz (Tijuana, Baja California 1941-Ciudad de México 2014), estudió derecho y filosofía en la UNAM y periodismo en el Macalester Collage, Minnesota, Estados Unidos. Fundó la editorial La Máquina de Escribir. Como traductor, Campbell se ocupó de la obra de autores destacados, por ejemplo: Harold Pinter, David Mamet o Leonardo Sciascia. Fue becario de la Fundación Guggenheim en 1995 y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fonca en 1999. Obtuvo el Premio Bellas Artes de Narrativa de Colima en el 2000 por su novela Transpeninsular, recibió el Premio Nacional de Literatura Letras de Sinaloa 2011 y en ese mismo año se hizo acreedor de la Medalla de Bellas Artes y el nombramiento como Creador Emérito de Baja California en 2009. Entre sus obras se encuentran Infame Turba, Conversaciones con escritores, La memoria de Sciascia, La clave Morse, Tijuanenses, Pretexta o el cronista enmascarado, El imperio del adiós, Padre y memoria, La era de la criminalidad, Periodismo escrito y Regreso a casa.
Felipe Parra Sámano, director de Federico Campbell. Las claves de la memoria, es egresado de filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), crítico, curador de arte y documentalista. Realiza y produce de manera independiente series de documentales sobre escritores, artistas plásticos, compositores y bailarines y coreógrafos. Entre sus trabajos se encuentran las cintas que hizo sobre el compositor José Ángel Espinoza “Ferrusquilla”, el músico Heriberto Soberanes, la escritora Inés Arredondo, el fotógrafo Fernando Brito, y el escritor Élmer Mendoza y dirigió José Guadalupe Posada. De jicotes y calaveras (2015). Como articulista ha colaborado en la revista de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en la sección cultural del semanario Río Doce, revista Literal, periódico unomásuno, entre otros. Ha publicado ensayos sobre Juan Carlos Onetti, Malcom Lowry, Raymond Chandler, Luis Barragán, Élmer Mendoza, Juan Rulfo, y es curador del concurso de pintura Antonio López Sáenz.