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miércoles, mayo 24, 2023

Veinte años de Corazón de nuez

 











Prácticamente no hay año sin que piense en su reedición, pero sistemáticamente la he pospuesto como tanto se pospone en esta vida. Publicado por primera vez en 2003, Corazón de nuez y otros relatos tuvo un tiraje corto. Yo lo edité y lo imprimió mi amigo Antonio López en Impresora Meridiano. En menos de un año, ese primer y único tiraje quedó agotado y a la fecha creo que conservo un solo ejemplar de archivo.

Una anécdota notable con este trabajo es la que se dio en la Feria del Libro de Torreón 2003 que organizaba entonces la Ibero Torreón. En las juntas de planeación, a las que yo asistía como parte del equipo organizador, alguien comentó la necesidad de presentar un libro para niños, el que fuera, pues para entonces ya estaban amarradas las presentaciones de autores como Noé Jitrik, Luis Humberto Crosthwite, Federico Campbell, entre otros. Fue allí cuando se me ocurrió plantear que estaba por salir el libro de mi hija, y luego de explicar la situación, todos aceptaron su presentación en el marco de la Feria del Libro. Hubo campaña de medios, carteles y toda la promoción pertinente. Lo asombroso fue que los autores consagrados tuvieron, como ocurre siempre con la literatura, una cantidad de público buena, la de nuestros estándares laguneros, cincuenta, sesenta personas por sesión.

En la presentación de Corazón de nuez estuvimos el pediatra de mi hija, Ricardo Acosta; uno de sus maestros, el doctor en pedagogía Sergio Raúl García, y yo. Ricardo Acosta hijo, que tenía siete años entonces y hoy es ya un gran pianista, tocó una pieza. No exagero si digo que pocas veces he asistido a una presentación de libro más concurrida; entre madres y niños había allí (el auditorio de la Ciudad Deportiva de Torreón) aproximadamente 250 personas, lo que rebasó nuestras expectativas. Previendo que la niña no iba a poder dedicar libros con rapidez, antes le hicimos un sello de goma y con eso salimos del apuro. Fue, por todo, un sábado inolvidable. Hoy Renata Iberia, mi hija, tiene 26 años y muchísimo ha cambiado; al repasar con ella sus cuentos de Corazón de nuez —alguna vez reseñados por Vicente Alfonso— no dejamos de reír: qué libertad lucen, qué linda forma tienen los niños de vincularse, sin prejuicios que hagan dique, con las palabras y la imaginación.

jueves, febrero 22, 2018

Arena movediza de la crónica













Uno de los géneros periodísticos o literarios o periodístico-literarios que más problemas ha causado a quienes intentan definirlo es la crónica. Lo podemos comprobar si nos asomamos a otros géneros: cuando alguien dice “entrevista”, sabemos aproximadamente de qué habla; si alguien dice “poesía”, también. No quiero decir con esto que todo sea siempre claro y quede bien delimitado, pues a partir de las definiciones académicas se pueden dar cruces, mixturas, mestizajes de toda índole, lo que a veces hace imposible definir tal o cual texto. A esta circunstancia debemos añadir la cuota, a veces no pequeña, de variaciones en el significado de una palabra, de suerte que terminamos obligados a manejarnos con tiento si nombramos tal o cual texto de una forma o de otra. Como Novelas ejemplares, por ejemplo, Cervantes designó piezas que hoy quizá no nos atreveríamos a llamar de tal manera, sino cuentos o relatos, quizá, ya que nos parecería difícil que doce “novelas” cupieran en un solo libro. Lo que pasa es que el género que hoy conocemos como cuento no empezó a ser llamado así sino hasta mucho tiempo después, bien entrado el siglo XIX. Era imposible, por ello, que Cervantes llamara cuento a “El licenciado vidriera” y a todas las demás historias reunidas en aquel famoso libro.
Una palabra y el objeto que designa, debo decir, suelen ser movedizos, de ahí lo difícil que es a veces definir un producto del espíritu como, en este caso, la crónica. Saúl Rosales ha emprendido un notable acercamiento a este propósito en Cronistas, historiadores y crónicas, libro que sin duda plantea una discusión acerca de la palabra crónica y del quehacer de los cronistas antiguos y contemporáneos. ¿Es o debe ser lo mismo la crónica de hace quinientos años que la de hoy? ¿Es necesario ese mismo tipo de cronista en la actualidad? ¿El cronista actual es un solo tipo de cronista o hay muchos tipos de cronista? Mi duda parte de definiciones como la de Covarrubias, coetáneo de Cervantes, quien en 1611 definía así el género que nos ocupa: “coronica. Está corrompido el vocablo de chronica, chronicorum (…) Vulgarmente llamamos coronica, la historia que trata de la vida de algún Rey, o vidas de reyes, dispuesta por los años, y discurso del tiempo (…) Los Reyes y Príncipes deben leer, o escuchar las coronicas donde están las hazañas de sus pasados, y lo que deben imitar y huir…”. Sobre el cronista, el mismo Covarrubias señala que es “el que escribe historias, o annales de las vidas y hazañas de los Reyes”. Creo que no es necesario advertir que esta crónica no es la que defiende Saúl Rosales, pues sin que se llame crónica ni sean cronistas las que la escriben, ella ha sido sustituida por los aparatos de propaganda llamados “oficinas de comunicación social” que hoy registran escrupulosamente “las vidas y las hazañas” de alcaldes, gobernadores y demás prominencias. En este sentido, sospecho que al cronista oficial al modo antiguo, cuando lo hay, le tocaría hacer hoy otro trabajo, o incluso desaparecer dado que ya hay, por un lado, oficinas de comunicación social, y, por otro, medios de comunicación cuya omnipresencia no deja casi nada sin registro documental, el mismo registro documental que más adelante será, y de hecho ya es, apoyo clave para los historiadores. A la crónica oficial, vale apuntar, le queda ya muy poca cancha para maniobrar, si acaso la que proponía el diccionario de la academia hacia 1817, quinta edición: “crónica. s.f. Historia en que se observa el orden de los tiempos”, es decir, algo parecido a lo que hoy entendemos por “cronología”, que no ha cambiado mucho en la sexta acepción del mismo diccionario en su última edición: “Narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los acontecimientos”, o la de cronista, que en su segunda acepción es definido como “Historiador oficial de una institución”.
En su advertencia, el escritor lagunero señala que “Este libro pretende contribuir a que se reinstaure la auténtica crónica en ciudades, pueblos, aldeas, congregaciones —que las hay, y tienen sus ‘cronistas’— y villorrios, con el propósito de que se enriquezca su historia”. La crónica que Saúl Rosales define, defiende y practica en su libro tiene menos que ver, sospecho, con los cronistas oficiales que con los cronistas de la prensa tradicional y moderna, ésa que se expresa en los periódicos importantes y ahora también en muchos espacios de internet. Como un cronista que hace 500 años deseara satirizar la coronación de un rey, el cronista oficial de un gobierno “emanado” del PRI no podría escribir, o escribiría con serias dificultades, casi con riesgo de su cabeza, por ejemplo, “La espera del candidato algo tiene de cruz y de calvario”, pero crónicas parecidas sí han articulado usuarios del oficio que son contemporáneos nuestros, cronistas tan dispares como Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Pedro Lemebel, Martín Caparrós, Ricardo Ragendorfer, Pedro Mairal, Juan Villoro, Juan Pablo Meneses, Emilio Fernández Cicco… quienes, como ocurre con el llamado periodismo gonzo, no escatiman subjetividad —dado que ser esto, subjetivo, es inevitable—, humor, ánimo literario ni perruna defensa de un yo libre y participante.
Tras recordar, en su introducción, de qué lejanos libros viene la palabra crónica y tras informarnos qué significa para él y no ha significado para los cronistas apellidados “oficiales”, Saúl Rosales comparte 26 crónicas escritas en diferentes momentos de su vida. Estas crónicas, presiento, toman mucha distancia de la tesitura empleada mayoritariamente por el croniquismo oficial contemporáneo y mexicano, ése que en urbes gigantes y villorrios nace obligado a urdir el cronicón del mandarín o, en su defecto, pergeñar cronologías hueras. Rosales propone pues 26 crónicas modernas, periodísticas y literarias a la vez (por su estilo), crónicas que dan cuenta de su calidad, la del autor, de testigo espontáneo y libre en el momento en el que lo contado se desarrollaba, de ahí que podamos llamarlas crónicas laguneras: “Septiembre de las inundaciones del Nazas”, “Torreón de identidad de ladrillo”, “Reencuentro con el arte de Pilar Rioja”, “Moreleando edición 2013”, “Rusos en la estepa del Nazas”... En todas ellas y las que no menciono se deja ver fielmente lo que Federico Campbell apetece de la crónica en su Periodismo escrito (SEC, 2016): “Es la narración de un acontecimiento de interés colectivo en la que el cronista se puede permitir comentarios y acotaciones, ejercer su estilo personal y utilizar todos los recursos de la literatura narrativa”. Las crónicas de Saúl Rosales son pues, para mí, modelos no tanto de lo que podría hacer un cronista oficial —quien tranquilamente podría ya no existir si se dedica sólo a sancochar cronología—, sino el periodista profesional, el escritor o el simple interesado en asentar un testimonio personalísimo sobre cualquier suceso de interés plural.
Como ocurre con otros de Saúl Rosales —Don Quijote, periodistas y comunicadores; Jales sobre habla lagunera…—, Cronistas, historiadores y crónicas es un libro pertinente por su intención didáctica y su factura literaria. Me gusta pensar en la idea de que, si es leído, entusiasmará a muchos lectores que a partir de estas páginas podrán construir crónicas que hoy nos regocijen o conmuevan o cuestionen y mañana sirvan para edificar con más y mejores ladrillos nuestra historia.

Comarca Lagunera, 21, febrero y 2018

Cronistas, historiadores y crónicas, Saúl Rosales, s/e, Torreón, 2017, 142 pp.

Nota. La foto que encabeza este post es de mi autoría.

miércoles, febrero 14, 2018

La máquina de Campbell
























Si desea bajar directamente el PDF del libro, use esta liga.
Hace más de cuarenta años, en la plenitud de los setenta, publicar en libro era más difícil que ahora. Hoy, si un escritor junta sus cuartillas no sólo tiene más opciones para imprimirlas en libro, sino que suma la posibilidad casi infinita de ayudarse con las nuevas tecnologías. Los blogs, los libros en PDF distribuidos por mail y otros conductos no son lo más exitoso, pero ayudan a despresurizar el ansia editorial, el deseo de conseguir aunque sea pocos lectores. Antes esto no era posible, pues la única ruta de la difusión estaba en la palabra impresa sobre papel. Esta es la razón por la que entre nosotros no dejan de ser beneméritas ciertas colecciones populares como la Sepan cuantos… de Porrúa, la colección Austral de Espasa-Calpe, o la serie Del Volador de Joaquín Mortiz, que tantos y tantos libros hicieron llegar a todos los rincones de la patria.
En los tres últimos casos citados me referí a editoriales de alcance nacional, a empresas. Junto a ellas, más en un plano independiente y a veces hasta personal, hubo siempre intentos por publicar tanto como era posible. Uno de ellos, harto meritorio, fue el que abrazó el maestro Federico Campbell, quien en los setenta puso dinero, tiempo y esfuerzo para alcanzar algo que en este momento parece increíble: publicar por primera vez a muchos escritores jóvenes, todos ellos todavía “sin nombre”.
En efecto, Campbell, ya para entonces un escritor y periodista reconocido aunque todavía no tan famoso, emprendió la locura de apoyar a varios muchachos que se fueron corriendo la voz y que cuartillas en mano luego derivaron en La Máquina de Escribir, nombre que puso el maestro de Tijuana a la aventura editorial que sirvió de primer trampolín para escritores que luego llevarían por nombre David Huerta, Juan Villoro, Carmen Boullosa, Fabio Morábito, Esther Seligson, Coral Bracho, Jorge Aguilar Mora, Álvaro Uribe, Margo Glantz, entre otros.
Basado en aquella experiencia y para aprovechar el cuarto aniversario luctuoso del maestro Campbell, Vicente Alfonso, el escritor lagunero que fue el último gran discípulo en la vida del tijuanense, me invitó a participar, como editor y autor, en una publicación colectiva que evoca los libros de La Máquina de Escribir y que contiene doce textos de y sobre el autor de Pretexta. El tiraje en papel es pequeño, pero Vicente y la maestra Carmen Gaitán, viuda del maestro, han decidido que circule libremente en PDF, lo que facilita sobremanera la llegada de este material a quien lo quiera. Yo mismo, si me lo solicitan a rutanortelaguna@yahoo.com.mx, puedo enviarlo.
Mañana 15 de febrero se cumple un año más, el cuarto, de la muerte física de Federico Campbell. Compartir gratis un libro que lo homenajea es un proyecto que él mismo hubiera celebrado, sin duda.

lunes, febrero 12, 2018

Federico Campbell. Las claves de la memoria




















Federico Campbell. Las claves de la memoria, documental que narra la vida y obra del escritor, será proyectado para conmemorar el 4° aniversario de su fallecimiento

Dirigido por Felipe Serrano Sámano, se exhibirá en el Cine Tonalá de Tijuana el jueves 15 de febrero

El CECUT recibirá más de mil volúmenes de su biblioteca donados por Carmen Gaitán

Ediciones El Equilibrista editará, junto con la UNAM, un volumen de ensayos con los textos más íntimos del autor, sus amigos publicarán una plaqueta conmemorativa.

Con el propósito de recordar al escritor tijuanense Federico Campbell en el cuarto aniversario de su muerte, se llevarán a cabo diversas acciones en honor del autor, escritor fundamental en las letras mexicanas contemporáneas.
El documental Federico Campbell. Las claves de la memoria, narra la historia de la Tijuana adolescente que le tocó vivir al escritor y cómo se fue transmutando en su mítica Ítaca. En la cinta se hace referencia a su entorno familiar y literario y se habla de su quehacer como escritor, periodista y crítico, exploró los claros oscuros del poder y del sistema en el que la delincuencia organizada, los empresarios y políticos son “hermanos de sangre”.
Asimismo, describe sus aportaciones en la naciente nueva literatura española del siglo XX, su entrañable relación con Juan Rulfo y Leonardo Sciascia y su afecto por la literatura intimista como creador. Finalmente, el amor profundo de un hombre que recreó y creó su Ítaca-Tijuana que en el tiempo convirtió en la amada e inalcanzable República de las Letras
Por otra parte, se concretará la donación de más de mil volúmenes —de poesía, teatro y guiones de cine— que su viuda, Carmen Gaitán Rojo, hizo al Centro Cultura Tijuana.  Esta selección la realizó el propio Federico Campbell a lo largo de su vida y muchos de estos libros están dedicados al autor por escritores de la talla de Juan Gelman, David Huerta, José Emilio Pacheco, José Luiz Martínez, entre otros.
En lo referente a publicaciones, ediciones El Equilibrista realizará una coedición con Publicaciones de la UNAM, para editar un volumen de sus ensayos con los textos más íntimos del autor, no los políticos ni literarios, aquellos en los que aborda más los sentimientos. La selección corrió a cargo del escritor Vicente Alfonso, quien, junto a Jaime Muñoz, han preparado la edición de una plaqueta con testimonios sobre la persona y obra de Campbell, con autores como Carmen Boullosa, David Huerta, Elmer Mendoza, Juan Villoro y Martín Solares.
Federico Campbell Quiroz (Tijuana, Baja California 1941-Ciudad de México 2014), estudió derecho y filosofía en la UNAM y periodismo en el Macalester Collage, Minnesota, Estados Unidos. Fundó la editorial La Máquina de Escribir. Como traductor, Campbell se ocupó de la obra de autores destacados, por ejemplo: Harold Pinter, David Mamet o Leonardo Sciascia. Fue becario de la Fundación Guggenheim en 1995 y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fonca en 1999. Obtuvo el Premio Bellas Artes de Narrativa de Colima en el 2000 por su novela Transpeninsular, recibió el Premio Nacional de Literatura Letras de Sinaloa 2011 y en ese mismo año se hizo acreedor de la Medalla de Bellas Artes y el nombramiento como Creador Emérito de Baja California en 2009. Entre sus obras se encuentran Infame Turba, Conversaciones con escritores, La memoria de Sciascia, La clave Morse, Tijuanenses, Pretexta o el cronista enmascarado, El imperio del adiós, Padre y memoria, La era de la criminalidad, Periodismo escrito y Regreso a casa.
Felipe Parra Sámano, director de Federico Campbell. Las claves de la memoria, es egresado de filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), crítico, curador de arte y documentalista. Realiza y produce de manera independiente series de documentales sobre escritores, artistas plásticos, compositores y bailarines y coreógrafos. Entre sus trabajos se encuentran las cintas que hizo sobre el compositor José Ángel Espinoza “Ferrusquilla”, el músico Heriberto Soberanes, la escritora Inés Arredondo, el fotógrafo Fernando Brito, y el escritor Élmer Mendoza y dirigió José Guadalupe Posada. De jicotes y calaveras (2015). Como articulista ha colaborado en la revista de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en la sección cultural del semanario Río Doce, revista Literal, periódico unomásuno, entre otros. Ha publicado ensayos sobre Juan Carlos Onetti, Malcom Lowry, Raymond Chandler, Luis Barragán, Élmer Mendoza, Juan Rulfo, y es curador del concurso de pintura Antonio López Sáenz.

martes, septiembre 12, 2017

La novela judicial













En busca de otro documento encontré la reseña que escribió el maestro Federico Campbell sobre Leyenda Morgan, el libro policial con el que en 2005 gané el premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí convocado por el INBA. Las palabras de Campbell fueron (para mí) elogiosas y ya no pude agradecerlas, pues él murió en febrero de 2014. El comentario del maestro tijuanense apareció el 28 de marzo de 2010 en la columna “La hora del lobo” de la revista Milenio Semanal, y ahora, tras hallarlo, he decidido subirlo al blog y compartirlo. El monito que adereza este post es de mi amigo Rubén Escalante Alonso, quien me ayudó a ilustrar el libro. Un detalle peculiar es que se trata de un libro de cuentos, pero dada su estructura compacta se hibridó sustancialmente con la novela, de ahí el encabezado.

La novela judicial
Federico Campbell

Jaime Muñoz Vargas, que escribe en La Opinión-Milenio de Torreón su columna “Ruta Norte”, ha propuesto a los numerosos y atentos lectores del género policiaco un conjunto de cuentos muy divertidos y originales: Leyenda Morgan, que acaba de publicar Ana María Jaramillo en una editorial de escritores: Ediciones Sin Nombre.
Se ha dicho que en México la novela judicial no es creíble porque en nuestro país los policías son los delincuentes o porque no se sabe dónde termina el policía y empieza el asaltante, el ladrón, el torturador o el sicario. La verosimilitud de la novela judicial depende de la cultura jurídica que se tenga en el país donde sucede la historia o bien de la manera en que el mexicano vive e introyecta la ley. Si detectives de la ficción, como Auguste Dupin y Sherlock Holmes, dieron su fama al género por los brillantes razonamientos que tejían sólo a partir de la composición de lugar que deducían del escenario, hoy en día sabemos que cada vez que hay un crimen lo más probable es que los indicios hayan sido alterados, modificados (como en el caso Colosio), borrados e incluso robados. En este contexto palpita Leyenda Morgan, volumen de cuentos policiacos que combina víscera y neurona.
Jaime Muñoz Vargas ha publicado crónicas, cuentos, poemas, ensayos y novelas. Su primera novela, El principio del terror, tiene como marco la Revolución francesa. Se trata de la vida imaginaria de Nicolas-Jacques Pelletier, el primer guillotinado real, hacia 1792. Es un monólogo descarnado, crudo, narrado con oscura elegancia. Juegos de amor y malquercencia, su segunda novela, obtuvo en 2001 el muy codiciado premio Jorge Ibargüengoitia. Nos revela hechos ocurridos en el norte de México y está construida con un habla mucho más coloquial. Desde el comienzo (y no desde el “inicio”) advierte que “todo es relato y ambas disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro”.
Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante: es un asiduo lector de revistas policiales de monitos: y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones. Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías.
Leyenda Morgan obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí en 2005. El jurado (Daniel Sada, Ana Clavel, Hernán Lara Zavala) dictaminó que se trata de “un libro orgánico y notablemente estructurado, escrito con una prosa ágil, paródica y humorística que contribuye a la innovación del género al incorporarse a la estética de la novela negra y del cómic a la tradición cuentística mexicana”.

sábado, mayo 06, 2017

Campbell maestro




















En la era de los tutoriales, o sea ésta, es imposible no encontrar instrucciones para hacerlo todo, desde encender el tabaco en una pipa o preparar chilaquiles hasta desarmar una computadora. Los manuales o los “hágalo usted mismo” del antiguo régimen han pasado pues a convertirse en libros acaso no muertos, pero sí moribundos. Hay, sin embargo, de manuales a manuales, libros que han sobrevivido a la estocada de las nuevas tecnologías. En otras palabras, no es lo mismo un manualito para aprender punto de cruz, superado ya por los videos caseros de YouTube, que otro para clarificar los detalles finos del oficio periodístico, como es el que paso a comentar.
Periodismo escrito (Secretaría de Cultura, México, 2016, 292 pp.), de Federico Campbell (Tijuana, 1941-México, 2014), es un libro sumamente valioso tanto para los jóvenes periodistas como para quienes —como el sujeto que aquí teclea— todavía invierten horas-aula tratando de enseñar este inagotable oficio. Cargado de una experiencia apabullante como periodista y escritor, Campbell es un muy confiable instructor a la hora de compartir sus secretos sobre los quehaceres ejercitados en el universo de los periódicos y las revistas.
Aunque parece el mismo libro publicado a finales del siglo pasado, este Periodismo escrito es en realidad casi otro libro. Su autor lo amplió con materiales que hacen del conjunto un megatutorial, un recorrido por el periodismo que combina el placer de la mirada cordialmente didáctica con el rigor que solemos demandar a los manuales sobre temas complejos.
Dividido en dos grandes parcelas, Periodismo escrito aborda en la primera la temática, digamos, teórica del asunto. Describe pormenorizadamente los géneros, la nota informativa, la entrevista, la crónica, el reportaje, el artículo, la columna, la reseña y el editorial. Aquí mismo el autor intercala apuntes formateados en pequeños ensayos que amplían la información técnica y suministran “nortes” que permiten visualizar mejor qué es y cómo debe ser ejecutado cada género (ojo, porque aquí Campbell incluyó un aporte de su amigo Vicente Alfonso, nuestro paisano lagunero). La segunda parte es una especie de ampliación, un delicioso plus con artículos-ensayos sobre el oficio periodístico y sus colindancias literarias.
Periodismo escrito es un gran libro. Celebro su renovada vuelta a los anaqueles.

miércoles, mayo 07, 2014

El tino de Arreola














Publicado en el libro Vuelo sobre las profundidades (Lumen, México, 2010), José Agustín recuerda su relación con Juan José Arreola. Lo conoció en el DF, cuando el autor de La feria fundó el taller literario Mester en el que participaron Federico Campbell, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Tita Valencia, José Carlos Becerra y Hugo Hiriart, entre muchos otros. Como se ve, Arreola vio pasar en su taller de enderezado y pintura a muchos jóvenes que luego se convertirían en escritores más que reconocidos y reconocibles en nuestra República de las Letras.Pese a formar un grupo compacto en torno a Arreola, impresiona que ninguno se parezca significativamente a él, que todos puedan ser percibidos hoy, más bien, distantes de la estética seguida por su preceptor de aquellos días. La clave de esta diferenciación se encuentra, según puedo ver, en un párrafo de José Agustín: “A fines de 1963 escribí un cuentito, en primera persona y franco lenguaje coloquial, sobre un repugnante porro universitario que hacía funciones mercenarias de rompehuelgas. Tenía el horrendo título de ‘El Nicolás’ y para mí era importante porque me había abierto toda una temática, personajes y un nuevo uso del lenguaje. Arreola dijo que el texto se redondeaba bien y que el lenguaje se manejaba adecuadamente, se trataba de un buen cuento, pero como él detestaba a ese tipo de jóvenes abusivos mi lectura lo había disgustado. Yo no me sentí mal; en el fondo me impresionó que reconociera el valor del cuento a pesar de que le disgustaba”.
La importancia del testimonio trasciende lo anecdótico, pues muestra a un maestro de escritura literaria que orienta y acepta más allá de sus ya bien afincados gustos. En efecto, “El Nicolás” es un sujeto abyecto, un cabrón pintado con desparpajada prosa por José Agustín. El relato se ubica pues en las antípodas de lo que produjo Arreola, pero algo vio el maestro de Jalisco que le sirvió para palomearlo pese a la irritación que le provocaban esos bichos y, tal vez, esa prosa.
Lo que vio es, en ese instante, la frescura de una prosa nada academicista, nada tiesa, sino abiertamente cercana a la oralidad callejera de aquel jipioso momento. Arreola escuchó en José Agustín el latido de una generación renovadora, y lejos de frenarla o torcer su rumbo, la entendió y la impulsó como nadie lo había hecho hasta entonces y como nadie, creo, lo hizo después.
Si algo le debe México, pues, a don Juan José, no es sólo su obra publicada, sino su capacidad para ver y oír a los jóvenes que pusieron textos frente a sus ojos. Arreola supo qué hacer con ellos, y la prueba está en que todos nos han dejado libros importantes como De perfil y Pretexta y Galaor y muchísimos más.

sábado, febrero 15, 2014

Rato con Campbell














Cuando Federico Campbell me regaló La invención del poder yo abrazaba un par de sentimientos: por un lado, me embargaba una felicidad inédita, la sorpresa de haber abierto solo y desde provincia, sin ayuda, las puertas de una editorial capitalina; por otro, la tristeza de haber quedado en la orillita de un premio nacional de novela que me hubiera ayudado muchísimo no sólo en lo literario, sino, principalmente, en lo económico. Cuento. En 1998 me hallaba en el salón de clases de la Ibero Torreón cuando recibí el aviso de una secretaria para que me apersonara en una oficina, pues me iban a llamar desde la capital del país. No usaba celular, todavía no eran tan populares, así que suspendí un momento la clase y fui a esperar la misteriosa llamada. Pocos minutos después, una voz que dijo trabajar para la editorial Planeta me explicó que yo era finalista del premio Joaquín Mortiz para primera novela, y que, si podía, me esperaban en el restaurante tal del DF, eso el día tal a la hora tal. En mi casa les habían dado el teléfono de la universidad. Me animé a viajar, a ver de cerca ese posible triunfo literario. Para entonces, las finanzas familiares no andaban nada bien (nunca han andado bien), pero hice el esfuerzo y viajé en bus toda una madrugada. Llegué a un hotel modesto y cuando al fin estuve en la ceremonia, los ejecutivos de la editorial me recibieron con amabilidad. Yo era prácticamente el único provinciano que se había colado hasta el último dictamen. Luego de dos o tres declaraciones a la prensa, las autoridades anunciaron al ganador, que no fui yo. Se fueron así cuarenta mil pesos que necesitaba sobremanera, pues mi primera hija tenía un año y mi trabajo no daba para mucho. Apechugué, de cualquier forma, y acepté la invitación a comer donde estuvieron autoridades de la editorial, finalistas y jurados. Poco después me anunciaron un premio de consolación: que me publicarían en la Serie del Volador, lo que no ha dejado de enorgullecerme, pues fui de los últimos que aparecieron allí. Alguien me presentó a Campbell, quien platicó amablemente conmigo por un ratito y me dio un libro, La invención del poder, con una dedicatoria que luego del mensaje y la fecha remataba con la mención del lugar: “México-Tenochtitlan”. Pocas veces me he sentido tan triste. Pocas veces me he sentido tan contento. Así es la literatura.