No sabía de la existencia de Publishers, revista dedicada al trabajo editorial (“La publicación internacional por excelencia dedicada a la industria del libro en español”, dice en su cintillo de portada). La editan en Sevilla, y en su número 48, correspondiente a febrero de 2024, me hacen ver que publicaron un breve comentario sobre Leyenda Morgan (UANL, 2023). Sea quien haya sido el reseñista, le dejo aquí mi gratitud.
martes, febrero 27, 2024
sábado, noviembre 18, 2023
Podcast sobre Leyenda Morgan
No
soy de medios audio, visuales ni audiovisuales, por eso el auge de los podcasts no me ha seducido. Esto no
significa, sin embargo, marginarme si alguien me convida a trabajar en un
producto de esa índole, como pasó con la propuesta del comunicólogo
regiomontano Gabriel Contreras, quien me invitó a dialogar sobre la reedición
de mi libro Leyenda Morgan (UANL,
2023) para, con ese material, armar un podcast.
Ya quedó, y aquí
lo dejo al alcance de quien guste escucharlo. Las respuestas que di, si alguien las prefiere leídas, son las
siguientes, y creo son útiles para acceder a la materia de la literatura
criminal en general y a mi libro de cuentos en particular.
1
Mi
primer contacto con la literatura policial, detectivesca o criminal se dio,
como supongo les ocurre a muchos lectores incipientes, con los cuentos de Edgar
Allan Poe, particularmente con el primer cuento de la historia de la literatura
policial: “Los crímenes de la calle Morgue” en la edición de Porrúa de la
colección Sepan cuantos. Allí también hay otros cuentos policiales famosos,
como “La carta robada”, y en esas historias me asombró la acumulación de pistas
y la tremenda capacidad de Auguste Dupin para atar las pistas y esclarecer el
misterio. Supe entonces que todo escenario de un crimen o todo relato detallado
de un delito esconden mensajes, comunican, y la tarea del investigador es
decodificar bien los indicios, interpretar las huellas.
Poco
después, en la misma colección Sepan cuantos de Porrúa, leí los cuentos de Conan
Doyle que tienen como protagonista, ya lo sabemos, al detective más famoso de
la literatura, Sherlock Holmes. Son historias algo mecánicas, de estructura
algo rígida, dirigida al público europeo del siglo XIX, cuando todavía lo
policial no había alcanzado la popularidad que luego tendría. Gracias a Holmes
se afianzó en mí la certeza de que lo más importante en una historia de este
tipo son las pistas, y que el investigador astuto debe ser capaz de conjeturar
lo que comunican.
Con
los años seguí leyendo de todo, y no faltaron libros policiacos, aunque no
muchos, pues hasta la fecha no me considero un lector o escritor de este tipo
de literatura, sino un lector a secas que en el camino ha leído y escrito
algunos relatos policiales. Cayó en mis manos, por ejemplo, el libro escrito por
Borges y Bioy firmado con el seudónimo H. Bustos Domecq, que exagera hasta lo
paródico los recursos de la narrativa detectivesca de enigma. También me gustó
mucho Rodolfo Walsh, su libro Variaciones
en rojo. De los mexicanos, comencé con Bernal y Taibo II, y con el paso del
tiempo se han sumado autores más recientes. También debo decir que el cine y
series de televisión me han orientado y estimulado para animarme a escribir
cuentos policiacos.
Debo
agregar que para mí es muy importante la noción de principio, medio y fin. No
me agradan las historias deshuesadas, los finales nebulosos, demasiado abiertos
o mañosamente resueltos, sin pistas previas. Un último detalle: cuando pensé en
escribir algo policial, pensé en combinar el relato de enigma con el policial
duro. Es decir, que en una misma historia hubiera una pregunta y elementos que aludieran
a la viscosidad de la violencia común, no la relacionada con el narco, sino con
los robos, extorsiones y demás tropelías que siempre han existido.
2
Lo
primero fue imaginar al personaje, diseñar sus rasgos físicos y su psicología.
Gradualmente fui añadiendo detalles a su aspecto. Sabía que debía ser policía
judicial con poca instrucción, con un pasado familiar algo disfuncional y
precario, además de no muy exigente con su ética. También, que debía ser muy
sagaz y valiente, intuitivo. Me impuse desde el principio la idea de hacerlo
antisocial, poco dado a la conversación, solitario, nada sentimental y ajeno
por completo a las delicadezas. Una de las obligaciones más enfáticas que me
propuse cumplir fue vincularlo estrechamente con gustos populacheros, nada
culteranos, pues he leído y visto películas en las que el policía, luego de
pasar todo el día en los barrios bajos, en los tugurios, en los lupanares, en
los callejones oscuros y mugrientos entre delincuentes, soplones y demás canallas,
llega a su departamento de soltero insalvable, se sirve un whisky, pone música clásica
en el estéreo y acaricia a un gatito o a un perro french. Yo no quería eso,
pues imagino que un policía judicial mexicano al uso tiene en general gustos
elementales, oye música populachera, come tacos, bebe cerveza y todo su mundo
real y simbólico es rasposo.
En
el camino también pensé en la formación intelectual de mi protagonista, por
llamar de algún modo a su formación. En lugar de tener referencias sobre la
Divina Comedia, como ocurre con ciertas películas gringas en las que un
investigador deduce que los crímenes se relacionan con clásicos, mi policía
sólo debía tener preparación elemental. Imaginé entonces que en lugar de libros
muy sesudos, mi policía se había pasado la vida leyendo novelitas semanales de
puesto de periódicos, literatura baratísima, historietas mexicanas. Como le
pasó al Quijote con las novelas de caballería, mi investigador se ve embrujado
por los cómics que devora y eso lo lleva a imaginar que él puede convertirse en
protagonista de esas publicaciones. Así, mi libro Leyenda Morgan es un libro de
cuentos, pero con algunos rasgos de novela, como un solo personaje en todas las
historias, una sola atmósfera, una estructura similar en donde se trata de
respetar el principio-medio-fin y un presente narrativo en todo el libro. En
este sentido, se me ocurrió que el presente narrativo de todo el libro se da
mientras el policía bebe cerveza en una cantina, y entre cada vuelta a ese
presente el personaje imagina delitos que ha esclarecido en el pasado, siempre
con la sensación de que son parte de una historieta.
Esto
va de la mano a la idea de añadir imágenes de cómic al libro, portadas como de
historieta popular mexicana a cada cuento y también una página de historieta en
cada cuento pero no como ornamento, no como ilustración, sino como parte de la
trama para reforzar la idea de que mi policía se imagina protagonista de una
novela policiaca semanal. Este libro ganó el premio nacional de cuento del
INBA-SLP 2005, y los jurados, Ana Clavel, Daniel Sada y Hernán Lara Zavala
destacaron que esta narrativa textual con algunos elementos icónicos era una
novedad. El premio de San Luis es convocado desde 1974, y quizá mi libro sea el
único de corte policial que lo ha ganado.
3
No
soy especialista, como académico, en literatura policiaca de México ni de
ninguna parte. A lo mucho soy un lector esporádico de este tipo de obras. Sé
que en los años recientes han aparecido autores valiosos como Élmer Méndoza,
Eduardo Antonio Parra o Vicente Alfonso, por mencionar sólo a tres muy
destacados, pero son muchos más. Ellos han continuado la obra de Usigli,
Bernal, María Elvira Bermúdez, algo de Ibargüengoitia, algo de Leñero y, por
supuesto, de Taibo II y Juan Hernández Luna. Creo sin embargo que todavía falta
mucho para alcanzar la fuerza y la abundancia de literaturas policiacas o
criminales como las de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y, en América
Latina, Argentina. Ahora bien, esto no es una competencia, y México puede hacer
aportes que ya de alguna manera está haciendo al incorporar a la literatura
circunstancias de la realidad hiperviolenta del crimen organizado. Pero no es
fácil trabajar con la violencia extrema, pues de allí puede salir una
literatura tan truculenta que puede resultar inverosímil. No digo “inverosímil”
porque no pueda ser creída como literatura, sino porque siempre sospecharemos
que es una creación artificial del escritor, ya que sería al menos raro que un
novelista haya “vivido” esas experiencias para después contarlas. Tal vez el
género más adecuado para contra la hiperviolencia sea el ensayo, como lo han
demostrado con sus libros Sergio González Rodríguez, Héctor Domínguez Ruvalcaba
y Oswaldo Zavala.
En
lo personal, creo que los mejores temas para lo policial tienen que ver con el
delito común, con los fraudes, con los robos, con los homicidios por celos o
por venganzas familiares. Quizá eso es un material más fácil de explorar y
explotar por el escritor y no tanto el submundo de la hiperviolencia donde se
mueve el crimen organizado.
4
Ni
siquiera he pensado en mi policía judicial como un antihéroe. Quizá ciertos
lectores se identifican con él porque en el fondo todos apetecemos no tener
miedo, movernos y dialogar con quien sea sin que nos tiemble la voz. En lo
personal creo que mi personaje es desagradable, pero tampoco tuve muchas opciones
al construirlo. Haberlo hecho amable, educado, cordial, justo, sensible, lo
hubieran convertido en un fantasma. El tipo es un tipo terrestre, formado en su
circunstancia, sin muchos principios ni valores. No lo propongo como modelo de
nada en la realidad, sino como un sujeto que, algo hiperbolizados, tiene
algunos rasgos comunes a los guardianes de la ley en nuestro país, peones que
buscan su acomodo en el inmenso ajedrez de la corrupción.
5
Un
rasgo que también quise sumar a Leyenda Morgan quizá no es muy visible, pero yo
sé que de alguna manera está allí. Desde hace mucho soy admirador de la
literatura picaresca española, y creo que en gran medida nuestra realidad está
llena de Lazarillos de Tormes y de Buscones de Quevedo. Quizá en la literatura
ya no aparecen tantos pícaros, pero en la realidad estamos llenos de personajes
de este tipo, logreros, gandallas, transas, vivos. Ahora bien, no creo que esos
personajes sólo rondan en los bajos fondos de la sociedad, sino que son
ubicuos. Esto significa que para mí el pícaro puede vivir y lucir sus mañas en
el barrio, pero también es pícaro quien hace transas en las altas esferas
políticas o empresariales. Si algo caracteriza a la realidad mexicana es eso,
la superabundancia de pícaros. Son pícaros los compas de la tiendita que nos despachan
kilos de 900 gramos, pero también son pícaros los banqueros que nos hacen cargos
oscuros en la tarjeta. Por eso mismo casi nadie está limpio en mi libro Leyenda Morgan, todos se mueven allí
como gesticuladores, son mentirosos seriales y sujetos con moral torcida. La
mirada del lector se centra en el protagonista porque es el protagonista, pero
casi todos los personajes con los que trata harían lo mismo si pudieran.
Esto
no significa que mi libro se asuma como un tratado sociológico o una obra con
mensaje concientizador. No fue ese mi propósito al escribirlo, sino articular
historias en las que con ciertas dosis de humor negro se refleja de manera algo
esperpéntica la realidad en la que creo que nos movemos. Es por ello un objeto
literario, no académico, aunque alguien quiera leerlo de cualquier otra manera.
La idea más remota de este libro me nació al escuchar una conferencia sobre
derechos humanos. Recuerdo que la ponente habló de los procesos judiciales y dijo
que si las evidencias de un delito no están bien levantadas, no habrá castigo,
pues el debido proceso obliga a que el delito quede perfectamente demostrado.
Como las escenas del crimen se contaminan, como las autoridades no peinan
adecuadamente los lugares donde se comete un delito, eso a la larga provoca la
imposibilidad del castigo, la impunidad. Mi personaje no es un corrupto mayor,
es un pícaro centavero y un traidor casi secreto de su oficio, pero si
multiplicas esa picardía individual por miles o millones, es por eso que
vivimos en una realidad muy dada a la injusticia, a la impunidad.
6
Los
argentinos hablan de “códigos” y de “no tener códigos” cuando un delincuente
traiciona a otro o pasa ciertas líneas, como no cumplir un acuerdo, robar lo
robado o meterse con familiares. Creo que esta insistencia en la “ética”
entrecomillada es herencia de los grupos mafiosos del sur de Italia, lo que
tanto resalta y seduce en la saga de El
Padrino. No creo que en México sea tan claro hablar de este tipo de códigos.
Acá siento que no hay mucho prurito o cargo de conciencia si alguien traiciona
a alguien, si se rompe con la ética. Mi personaje es un tipo torcido, que ni
siquiera repara en la existencia de una mínima ética. Lo único que busca y
muchas veces logra es obtener una ganancia particular tras dar con la solución
de un misterio. En él jamás resalta un remordimiento, la idea de que
transgredió algo. Para él, lo más normal es lo anormal, medrar, usar su cargo
para centavear. Por eso también vive y trabaja solo; esto le permite no
rendir cuentas a nadie.
7
Es
cierto, mi libro es una mixtura de elementos cultos y populares. Me da pena
decir que un rasgo culto está en la textura de la prosa, en su tono, y en la
idea cervantina que ya mencioné: así como el Quijote enferma con novelas de
caballería, mi policía es engatusado por los cómics policiacos. Los elementos
populares son muchos: las canciones que oye mi policía (sólo Los Cadetes de
Linares), las películas que ve (de los hermanos Almada), su apodo de beisbolista
y en general el contexto en el que se mueve, los lupanares, las cantinas, los
mercados, las taquerías. En todo esto creo que influyó el hecho de que yo me
muevo en dos planos: tengo algún contacto con la alta cultura (por ejemplo, con
los libros) y también con la calle, con la realidad más inmediata de la comarca
lagunera.
8
En todos los cómics imaginados por el Teniente Morgan hay una frase que opera como subtítulo: “La ley nunca descansa”. Por supuesto es una ironía. Mi policía representa a la ley, pero es quien menos va a ejercerla. Podría pensarse que él es una sinécdoque del Estado criminal: la parte por el todo. Él no es tonto, al contrario, no tiene lecturas, no tiene formación, pero es muy inteligente. Lamentablemente pone su sagacidad al servicio sólo de sí mismo, nunca de la ley.
lunes, diciembre 09, 2019
Vicente Francisco Torres sobre Morgan
martes, septiembre 12, 2017
La novela judicial
sábado, septiembre 18, 2010
Columna El síndrome de Esquilo

Hasta donde tengo noticia, el único registro lagunero que había entrado en este programa editorial había sido ¡Buen viaje! Décimas, sonetos, octavas y liras para niños escrito por Frino en 2008 y publicado también durante este año.
Jaime Muñoz nos tiene acostumbrados a este tipo de "vuelacercas" (para decirlo en lenguaje beisbolero). Ahí nomás, con el mismo título, ganó hace algunos años el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí. Además, sus novelas El principio del Terror y Juegos de amor y malquerencia fueron ampliamente difundidas.
El caso es que en cinco historias, Leyenda Morgan construye o reconstruye los ambientes sórdidos del Torreón nocturno.
El hombre a quien apodan Morgan es un policía judicial con buen instinto de investigador e implacablemente corrupto: sabe cómo se mueven las cosas en la sombra. Si detectives como Sherlock Holmes confían en que la escena del crimen les dará elementos suficientes para disipar cualquier interrogante, Morgan sabe que en México (y en La Laguna) cada vez que alguien muere lo más probable es que la evidencia sea alterada, modificada, borrada y para decirlo pronto, robada.
Con anécdotas atractivas que por momentos coquetean con la crónica de rincones que todos los laguneros conocemos (o deberíamos conocer), Leyenda Morgan es una prueba palpable y legible de uno de los productos que exporta La Laguna: buena literatura.
Leyenda Morgan fue publicado por primera vez por Ediciones sin Nombre, la editorial que navega al timón de José María Espinosa y Ana María Jaramillo, que entre sus autores cuenta a Esther Seligson y a Federico Campbell.
Fue precisamente el maestro Campbell quien escribió en su columna "La hora del lobo" estas líneas respecto al libro que hoy nos ocupa:
"Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
"El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante, es un asiduo lector de revistas policiales de monitos y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones.
"Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías".
miércoles, diciembre 30, 2009
Una entrevista y 25 añotes

Creo que el reconocimiento “Testimonio ciudadano Santiago Lavín Cuadra” reafirma mi laguneridad, pues en este 2009 he recibido las distinciones de las ciudades donde nací, Gómez Palacio, y donde vivo desde los trece años, Torreón. En general soy escéptico con los premios y con los reconocimientos; quiero decir que los tomo con gusto, pero procuro no creer demasiado en ellos para no perder piso. Los laureles no añaden nada a la calidad de la obra, que al final deberá defenderse por sí sola, con o sin premios.
¿Cómo se sintió al enterarse de tal logro?
Me dio gusto, más porque de Gómez Palacio siempre he sentido una especie de sutil desdén todavía manifiesto en la presidencia de Ricardo Rebollo. Allí nací, allí pasé una etapa fundamental de mi vida y allí tengo todavía a buena parte de mi parentalia. Creo que, después de todo, algo mínimamente bueno he hecho para darle a la literatura de Gómez un poco de presencia nacional. En este caso quiero agradecer el reconocimiento al grupo Unidos por Gómez Palacio y al ayuntamiento. Además, a Sergio Pérez Corella, quien propuso mi candidatura. Debo decir, aparte, que con él y otros artistas y promotores laguneros estamos tratando de alentar la construcción de nuevos espacios culturales en Gómez Palacio.
¿Qué labores en el año lo han llevado a tener la distinción de los gomezpalatinos?
Hasta donde tengo entendido, el reconocimiento no es otorgado por el esfuerzo de un año, sino por trayectoria completa. Esto significa que me dieron esa placa por los 25 años que tengo como escritor, periodista, maestro y editor. Me dio mucho gusto, además, compartir ceremonia con otros galardonados como el doctor Héctor Mayagoitia, Carlos Ramos y Pedro Salinas el ex futbolista.
¿Cómo concluye este año en lo laboral y en lo personal?
Ha sido un año muy raro, pues, como sabemos, estuvo plagado de malas noticias en seguridad, economía y salud. Pese a ello, en lo personal me fue relativamente bien. Poco a poco se dieron las carambolas para que al final mi balance sea positivo al menos en el estricto terreno de lo literario: publiqué un libro de cuentos (Leyenda Morgan) y una novela (Parábola del moribundo), ambos en México, además de participar en cuatro libros colectivos; gané otro premio nacional de literatura, hice el viaje a Europa, presenté uno de mis libros en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, me dieron los reconocimientos de ciudadano distinguido en Torreón y Gómez Palacio, cumplí 25 años de publicar en forma recurrente, mi columna de La Opinión llegó a mil entregas y armé otro par de libros inéditos. A eso hay que añadir los trabajos de edición y presentación de libros, mi colaboración en el Icocult Laguna y lo más importante: mi chamba como papá de tres niñas y compañero de mi esposa. Sin planearlo, el 2009 fue un buen año para mí. Lástima que haya sido un desastre en términos macro.
¿Qué planes tiene para 2010?
Básicamente lo mismo: trabajar, trabajar y trabajar. No hay de otra. Espero seguir en la misma dinámica, continuar con mi columna, publicar un par de libros, presentar en Torreón los libros pendientes y hacer un viaje a Sudamérica, esta vez a Chile. Insisto: los reconocimientos son bienvenidos, pero no significan que uno deba tirarse a la hamaca, sino lo contrario: imponen una mayor responsabilidad a quien los obtiene.


