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martes, febrero 27, 2024

Morgan en Publishers









No sabía de la existencia de Publishers, revista dedicada al trabajo editorial (“La publicación internacional por excelencia dedicada a la industria del libro en español”, dice en su cintillo de portada). La editan en Sevilla, y en su número 48, correspondiente a febrero de 2024, me hacen ver que publicaron un breve comentario sobre Leyenda Morgan (UANL, 2023). Sea quien haya sido el reseñista, le dejo aquí mi gratitud.

sábado, noviembre 18, 2023

Podcast sobre Leyenda Morgan










 

No soy de medios audio, visuales ni audiovisuales, por eso el auge de los podcasts no me ha seducido. Esto no significa, sin embargo, marginarme si alguien me convida a trabajar en un producto de esa índole, como pasó con la propuesta del comunicólogo regiomontano Gabriel Contreras, quien me invitó a dialogar sobre la reedición de mi libro Leyenda Morgan (UANL, 2023) para, con ese material, armar un podcast. Ya quedó, y aquí lo dejo al alcance de quien guste escucharlo. Las respuestas que di, si alguien las prefiere leídas, son las siguientes, y creo son útiles para acceder a la materia de la literatura criminal en general y a mi libro de cuentos en particular.

1

Mi primer contacto con la literatura policial, detectivesca o criminal se dio, como supongo les ocurre a muchos lectores incipientes, con los cuentos de Edgar Allan Poe, particularmente con el primer cuento de la historia de la literatura policial: “Los crímenes de la calle Morgue” en la edición de Porrúa de la colección Sepan cuantos. Allí también hay otros cuentos policiales famosos, como “La carta robada”, y en esas historias me asombró la acumulación de pistas y la tremenda capacidad de Auguste Dupin para atar las pistas y esclarecer el misterio. Supe entonces que todo escenario de un crimen o todo relato detallado de un delito esconden mensajes, comunican, y la tarea del investigador es decodificar bien los indicios, interpretar las huellas.

Poco después, en la misma colección Sepan cuantos de Porrúa, leí los cuentos de Conan Doyle que tienen como protagonista, ya lo sabemos, al detective más famoso de la literatura, Sherlock Holmes. Son historias algo mecánicas, de estructura algo rígida, dirigida al público europeo del siglo XIX, cuando todavía lo policial no había alcanzado la popularidad que luego tendría. Gracias a Holmes se afianzó en mí la certeza de que lo más importante en una historia de este tipo son las pistas, y que el investigador astuto debe ser capaz de conjeturar lo que comunican.

Con los años seguí leyendo de todo, y no faltaron libros policiacos, aunque no muchos, pues hasta la fecha no me considero un lector o escritor de este tipo de literatura, sino un lector a secas que en el camino ha leído y escrito algunos relatos policiales. Cayó en mis manos, por ejemplo, el libro escrito por Borges y Bioy firmado con el seudónimo H. Bustos Domecq, que exagera hasta lo paródico los recursos de la narrativa detectivesca de enigma. También me gustó mucho Rodolfo Walsh, su libro Variaciones en rojo. De los mexicanos, comencé con Bernal y Taibo II, y con el paso del tiempo se han sumado autores más recientes. También debo decir que el cine y series de televisión me han orientado y estimulado para animarme a escribir cuentos policiacos.

Debo agregar que para mí es muy importante la noción de principio, medio y fin. No me agradan las historias deshuesadas, los finales nebulosos, demasiado abiertos o mañosamente resueltos, sin pistas previas. Un último detalle: cuando pensé en escribir algo policial, pensé en combinar el relato de enigma con el policial duro. Es decir, que en una misma historia hubiera una pregunta y elementos que aludieran a la viscosidad de la violencia común, no la relacionada con el narco, sino con los robos, extorsiones y demás tropelías que siempre han existido.

2

Lo primero fue imaginar al personaje, diseñar sus rasgos físicos y su psicología. Gradualmente fui añadiendo detalles a su aspecto. Sabía que debía ser policía judicial con poca instrucción, con un pasado familiar algo disfuncional y precario, además de no muy exigente con su ética. También, que debía ser muy sagaz y valiente, intuitivo. Me impuse desde el principio la idea de hacerlo antisocial, poco dado a la conversación, solitario, nada sentimental y ajeno por completo a las delicadezas. Una de las obligaciones más enfáticas que me propuse cumplir fue vincularlo estrechamente con gustos populacheros, nada culteranos, pues he leído y visto películas en las que el policía, luego de pasar todo el día en los barrios bajos, en los tugurios, en los lupanares, en los callejones oscuros y mugrientos entre delincuentes, soplones y demás canallas, llega a su departamento de soltero insalvable, se sirve un whisky, pone música clásica en el estéreo y acaricia a un gatito o a un perro french. Yo no quería eso, pues imagino que un policía judicial mexicano al uso tiene en general gustos elementales, oye música populachera, come tacos, bebe cerveza y todo su mundo real y simbólico es rasposo.

En el camino también pensé en la formación intelectual de mi protagonista, por llamar de algún modo a su formación. En lugar de tener referencias sobre la Divina Comedia, como ocurre con ciertas películas gringas en las que un investigador deduce que los crímenes se relacionan con clásicos, mi policía sólo debía tener preparación elemental. Imaginé entonces que en lugar de libros muy sesudos, mi policía se había pasado la vida leyendo novelitas semanales de puesto de periódicos, literatura baratísima, historietas mexicanas. Como le pasó al Quijote con las novelas de caballería, mi investigador se ve embrujado por los cómics que devora y eso lo lleva a imaginar que él puede convertirse en protagonista de esas publicaciones. Así, mi libro Leyenda Morgan es un libro de cuentos, pero con algunos rasgos de novela, como un solo personaje en todas las historias, una sola atmósfera, una estructura similar en donde se trata de respetar el principio-medio-fin y un presente narrativo en todo el libro. En este sentido, se me ocurrió que el presente narrativo de todo el libro se da mientras el policía bebe cerveza en una cantina, y entre cada vuelta a ese presente el personaje imagina delitos que ha esclarecido en el pasado, siempre con la sensación de que son parte de una historieta.

Esto va de la mano a la idea de añadir imágenes de cómic al libro, portadas como de historieta popular mexicana a cada cuento y también una página de historieta en cada cuento pero no como ornamento, no como ilustración, sino como parte de la trama para reforzar la idea de que mi policía se imagina protagonista de una novela policiaca semanal. Este libro ganó el premio nacional de cuento del INBA-SLP 2005, y los jurados, Ana Clavel, Daniel Sada y Hernán Lara Zavala destacaron que esta narrativa textual con algunos elementos icónicos era una novedad. El premio de San Luis es convocado desde 1974, y quizá mi libro sea el único de corte policial que lo ha ganado.

3

No soy especialista, como académico, en literatura policiaca de México ni de ninguna parte. A lo mucho soy un lector esporádico de este tipo de obras. Sé que en los años recientes han aparecido autores valiosos como Élmer Méndoza, Eduardo Antonio Parra o Vicente Alfonso, por mencionar sólo a tres muy destacados, pero son muchos más. Ellos han continuado la obra de Usigli, Bernal, María Elvira Bermúdez, algo de Ibargüengoitia, algo de Leñero y, por supuesto, de Taibo II y Juan Hernández Luna. Creo sin embargo que todavía falta mucho para alcanzar la fuerza y la abundancia de literaturas policiacas o criminales como las de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y, en América Latina, Argentina. Ahora bien, esto no es una competencia, y México puede hacer aportes que ya de alguna manera está haciendo al incorporar a la literatura circunstancias de la realidad hiperviolenta del crimen organizado. Pero no es fácil trabajar con la violencia extrema, pues de allí puede salir una literatura tan truculenta que puede resultar inverosímil. No digo “inverosímil” porque no pueda ser creída como literatura, sino porque siempre sospecharemos que es una creación artificial del escritor, ya que sería al menos raro que un novelista haya “vivido” esas experiencias para después contarlas. Tal vez el género más adecuado para contra la hiperviolencia sea el ensayo, como lo han demostrado con sus libros Sergio González Rodríguez, Héctor Domínguez Ruvalcaba y Oswaldo Zavala.

En lo personal, creo que los mejores temas para lo policial tienen que ver con el delito común, con los fraudes, con los robos, con los homicidios por celos o por venganzas familiares. Quizá eso es un material más fácil de explorar y explotar por el escritor y no tanto el submundo de la hiperviolencia donde se mueve el crimen organizado.

4

Ni siquiera he pensado en mi policía judicial como un antihéroe. Quizá ciertos lectores se identifican con él porque en el fondo todos apetecemos no tener miedo, movernos y dialogar con quien sea sin que nos tiemble la voz. En lo personal creo que mi personaje es desagradable, pero tampoco tuve muchas opciones al construirlo. Haberlo hecho amable, educado, cordial, justo, sensible, lo hubieran convertido en un fantasma. El tipo es un tipo terrestre, formado en su circunstancia, sin muchos principios ni valores. No lo propongo como modelo de nada en la realidad, sino como un sujeto que, algo hiperbolizados, tiene algunos rasgos comunes a los guardianes de la ley en nuestro país, peones que buscan su acomodo en el inmenso ajedrez de la corrupción.

5

Un rasgo que también quise sumar a Leyenda Morgan quizá no es muy visible, pero yo sé que de alguna manera está allí. Desde hace mucho soy admirador de la literatura picaresca española, y creo que en gran medida nuestra realidad está llena de Lazarillos de Tormes y de Buscones de Quevedo. Quizá en la literatura ya no aparecen tantos pícaros, pero en la realidad estamos llenos de personajes de este tipo, logreros, gandallas, transas, vivos. Ahora bien, no creo que esos personajes sólo rondan en los bajos fondos de la sociedad, sino que son ubicuos. Esto significa que para mí el pícaro puede vivir y lucir sus mañas en el barrio, pero también es pícaro quien hace transas en las altas esferas políticas o empresariales. Si algo caracteriza a la realidad mexicana es eso, la superabundancia de pícaros. Son pícaros los compas de la tiendita que nos despachan kilos de 900 gramos, pero también son pícaros los banqueros que nos hacen cargos oscuros en la tarjeta. Por eso mismo casi nadie está limpio en mi libro Leyenda Morgan, todos se mueven allí como gesticuladores, son mentirosos seriales y sujetos con moral torcida. La mirada del lector se centra en el protagonista porque es el protagonista, pero casi todos los personajes con los que trata harían lo mismo si pudieran.

Esto no significa que mi libro se asuma como un tratado sociológico o una obra con mensaje concientizador. No fue ese mi propósito al escribirlo, sino articular historias en las que con ciertas dosis de humor negro se refleja de manera algo esperpéntica la realidad en la que creo que nos movemos. Es por ello un objeto literario, no académico, aunque alguien quiera leerlo de cualquier otra manera. La idea más remota de este libro me nació al escuchar una conferencia sobre derechos humanos. Recuerdo que la ponente habló de los procesos judiciales y dijo que si las evidencias de un delito no están bien levantadas, no habrá castigo, pues el debido proceso obliga a que el delito quede perfectamente demostrado. Como las escenas del crimen se contaminan, como las autoridades no peinan adecuadamente los lugares donde se comete un delito, eso a la larga provoca la imposibilidad del castigo, la impunidad. Mi personaje no es un corrupto mayor, es un pícaro centavero y un traidor casi secreto de su oficio, pero si multiplicas esa picardía individual por miles o millones, es por eso que vivimos en una realidad muy dada a la injusticia, a la impunidad.

6

Los argentinos hablan de “códigos” y de “no tener códigos” cuando un delincuente traiciona a otro o pasa ciertas líneas, como no cumplir un acuerdo, robar lo robado o meterse con familiares. Creo que esta insistencia en la “ética” entrecomillada es herencia de los grupos mafiosos del sur de Italia, lo que tanto resalta y seduce en la saga de El Padrino. No creo que en México sea tan claro hablar de este tipo de códigos. Acá siento que no hay mucho prurito o cargo de conciencia si alguien traiciona a alguien, si se rompe con la ética. Mi personaje es un tipo torcido, que ni siquiera repara en la existencia de una mínima ética. Lo único que busca y muchas veces logra es obtener una ganancia particular tras dar con la solución de un misterio. En él jamás resalta un remordimiento, la idea de que transgredió algo. Para él, lo más normal es lo anormal, medrar, usar su cargo para centavear. Por eso también vive y trabaja solo; esto le permite no rendir cuentas a nadie.

7

Es cierto, mi libro es una mixtura de elementos cultos y populares. Me da pena decir que un rasgo culto está en la textura de la prosa, en su tono, y en la idea cervantina que ya mencioné: así como el Quijote enferma con novelas de caballería, mi policía es engatusado por los cómics policiacos. Los elementos populares son muchos: las canciones que oye mi policía (sólo Los Cadetes de Linares), las películas que ve (de los hermanos Almada), su apodo de beisbolista y en general el contexto en el que se mueve, los lupanares, las cantinas, los mercados, las taquerías. En todo esto creo que influyó el hecho de que yo me muevo en dos planos: tengo algún contacto con la alta cultura (por ejemplo, con los libros) y también con la calle, con la realidad más inmediata de la comarca lagunera.

8

En todos los cómics imaginados por el Teniente Morgan hay una frase que opera como subtítulo: “La ley nunca descansa”. Por supuesto es una ironía. Mi policía representa a la ley, pero es quien menos va a ejercerla. Podría pensarse que él es una sinécdoque del Estado criminal: la parte por el todo. Él no es tonto, al contrario, no tiene lecturas, no tiene formación, pero es muy inteligente. Lamentablemente pone su sagacidad al servicio sólo de sí mismo, nunca de la ley. 

lunes, diciembre 09, 2019

Vicente Francisco Torres sobre Morgan
























Vicente Francisco Torres, acaso uno de los principales críticos mexicanos de literatura policial, publicó en 2019 un ensayo que acabo de recibir y de leer. Su título es “El relato criminal mexicano en antologías” (Dura, revista de literatura criminal hispana), y al referirse a uno de mis cuentos publicado en Latinoir (NitroPress-UANL, 2018), señala, para mi asombro, que “es todo un acierto que muestra a un narrador que tiene garra de autor policial”. Cierto que me gusta, pero nunca me he sentido particularmente inclinado a trabajar este género de historias. Pasó que escribí Leyenda Morgan aguijado por mi curiosidad, pero jamás quise, ni quiero, aunque en el futuro reincida en esto, ser narrador del inframundo criminal. Me sorprende y agradezco pues que el maestro Torres haya considerado mis cuentos en su largo periplo crítico por la narrativa policial de nuestro país. Pasados quince años después de escritas, esas historias han encontrado a otro crítico de la talla de Federico Campbell, quien también les vio algo bueno.
Maestro de la Universidad Autónoma Metropolitana, Vicente Francisco Torres escribió lo siguiente:

… El cuento con que aquí participa me hizo ir a mi librero en donde estaba Leyenda Morgan. Cinco casos de sensacional policiaco (2009), que incluso tenía yo en una segunda edición de 2011 en donde ya había un cuento menos. Me sumergí con entusiasmo en el libro y encontré a un detective parecido a Filiberto García, el protagonista de El complot mongol. El teniente Morgan tiene un habla coloquial y desenfadada. Por momentos, como Filiberto García, pisa el dintel de los criminales. Si bien estos cuentos se apegan a las disquisiciones del relato de enigma, su lenguaje, sus escenarios, sus personajes, su visión del mundo y sus mismos temas los ubican en el género negro porque su detective no restaura un orden burgués, sino muestra el mundo, lo patea y se marcha en busca de las curvas de una mujer, la penumbra de un bar o el refugio de una rockola en donde siempre suenan Los Cadetes de Linares.
En estos días en que se hermana la narrativa negra con la historieta, es notable que en Leyenda Morgan aparezca no una adaptación de la narrativa, sino lo que dicen las imágenes de Rubén Escalante Alonso puede leerse como parte del relato.
Primitivo Machuca Morales, a disgusto con su nombre, adoptó el alias de Morgan que le dieron en su adolescencia por el parecido que tenía con el beisbolista Joe Morgan. Abandonó los estudios y entró en la policía de Torreón. Un día alguien le dijo Teniente Morgan y desde entonces se le conoce así. Es un hombre brutal, homofóbico, misógino y que resuelve su vida sexual en los lupanares de Torreón. Tiene un antiguo Impala con el motor arreglado para devorar kilómetros, come tacos de suadero y saborea el chamorro de botana. Fuma cigarros Raleigh, usa botas texanas, gusta de las películas de Mario Almada, bebe cerveza Indio y lee novelas ilustradas de las que venden en los puestos de periódico, llenas de erotismo, violencia y romance. Sabe que los policías que trabajan con él son corruptos y ladrones pero la moral suya no es intachable. Siempre que resuelve un caso se queda con el botín o extorsiona a los delincuentes antes de dejarlos ir. Esta es su visión de la vida: “El mundo estaba descompuesto, irremediablemente descompuesto y él no había nacido para enderezar los miles y miles de torcidos destinos que habitaban sobre la cáscara del globo. Que se pudriera todo, que se pudriera más y más al cabo ya estaba podrido y nada se podría salvar”.
Los escenarios de sus cuentos son adecuados (callejones, menudearías, bares, table dances, chiqueros) y, junto con la caracterización de Morgan que va creciendo historia tras historia hace que los relatos de este volumen formen un todo unitario.
Aunque sus escenarios, lenguaje y tema son brutales, al estilo de la narrativa negra, Muñoz Vargas tiene recursos típicos del relato de enigma. Si en el cuento ajedrecístico un asesino sale del cine para cometer su crimen y regresa mientras dura todavía la película para tener coartada, en “A sangre y lodo”, que transcurre en su parte central en una porqueriza, el matancero sale del billar cuando todos están embebidos en una apuesta. Va, mata y regresa. Nadie se dio cuenta porque estaban hipnotizados por el juego. En la última página de este libro notable hay unas líneas reveladoras de la conciencia que tiene el autor sobre su trabajo:

Escribí los cinco cuentos de Leyenda Morgan entre agosto y diciembre de 2004; ignoro si es prudente señalar que de aquellos meses a la fecha se ha deteriorado notablemente el estado de la seguridad pública en La Laguna y, acaso, en la mayor parte del país. Expertos y diletantes coinciden en afirmar que el principal motor de la violencia sin orillas es la impunidad. Más allá de lo literario, este libro quiso resaltar a escala y con algo de sorna aquel virus de nuestra cultura que fue más o menos manejable hasta hace poco. La desgracia, sin embargo, se ha fugado a estadios de sicosis en algunas regiones del país, de ahí que el relato policial sea apenas una caricatura de lo que nos acontece y quién sabe a dónde vaya a derivar.

Esto significa que el teniente Morgan, con los recursos que ha trabajado, ya no tendrá lugar en el mundo de violencia sin cuento que Muñoz Vargas ha visto nacer.

martes, septiembre 12, 2017

La novela judicial













En busca de otro documento encontré la reseña que escribió el maestro Federico Campbell sobre Leyenda Morgan, el libro policial con el que en 2005 gané el premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí convocado por el INBA. Las palabras de Campbell fueron (para mí) elogiosas y ya no pude agradecerlas, pues él murió en febrero de 2014. El comentario del maestro tijuanense apareció el 28 de marzo de 2010 en la columna “La hora del lobo” de la revista Milenio Semanal, y ahora, tras hallarlo, he decidido subirlo al blog y compartirlo. El monito que adereza este post es de mi amigo Rubén Escalante Alonso, quien me ayudó a ilustrar el libro. Un detalle peculiar es que se trata de un libro de cuentos, pero dada su estructura compacta se hibridó sustancialmente con la novela, de ahí el encabezado.

La novela judicial
Federico Campbell

Jaime Muñoz Vargas, que escribe en La Opinión-Milenio de Torreón su columna “Ruta Norte”, ha propuesto a los numerosos y atentos lectores del género policiaco un conjunto de cuentos muy divertidos y originales: Leyenda Morgan, que acaba de publicar Ana María Jaramillo en una editorial de escritores: Ediciones Sin Nombre.
Se ha dicho que en México la novela judicial no es creíble porque en nuestro país los policías son los delincuentes o porque no se sabe dónde termina el policía y empieza el asaltante, el ladrón, el torturador o el sicario. La verosimilitud de la novela judicial depende de la cultura jurídica que se tenga en el país donde sucede la historia o bien de la manera en que el mexicano vive e introyecta la ley. Si detectives de la ficción, como Auguste Dupin y Sherlock Holmes, dieron su fama al género por los brillantes razonamientos que tejían sólo a partir de la composición de lugar que deducían del escenario, hoy en día sabemos que cada vez que hay un crimen lo más probable es que los indicios hayan sido alterados, modificados (como en el caso Colosio), borrados e incluso robados. En este contexto palpita Leyenda Morgan, volumen de cuentos policiacos que combina víscera y neurona.
Jaime Muñoz Vargas ha publicado crónicas, cuentos, poemas, ensayos y novelas. Su primera novela, El principio del terror, tiene como marco la Revolución francesa. Se trata de la vida imaginaria de Nicolas-Jacques Pelletier, el primer guillotinado real, hacia 1792. Es un monólogo descarnado, crudo, narrado con oscura elegancia. Juegos de amor y malquercencia, su segunda novela, obtuvo en 2001 el muy codiciado premio Jorge Ibargüengoitia. Nos revela hechos ocurridos en el norte de México y está construida con un habla mucho más coloquial. Desde el comienzo (y no desde el “inicio”) advierte que “todo es relato y ambas disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro”.
Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante: es un asiduo lector de revistas policiales de monitos: y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones. Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías.
Leyenda Morgan obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí en 2005. El jurado (Daniel Sada, Ana Clavel, Hernán Lara Zavala) dictaminó que se trata de “un libro orgánico y notablemente estructurado, escrito con una prosa ágil, paródica y humorística que contribuye a la innovación del género al incorporarse a la estética de la novela negra y del cómic a la tradición cuentística mexicana”.

sábado, septiembre 18, 2010

Columna El síndrome de Esquilo



Esta es la columna El síndrome de Esquilo publicada hoy por Vicente Alfonso en El Siglo de Torreón; gracias a Vicente por el cebollazo:

Un judicial en el metro

Vicente Alfonso

El 12 de septiembre me enteré, por un correo de Jaime Muñoz Vargas, de que el libro de cuentos Leyenda Morgan fue elegido para formar parte del programa capitalino "Para leer de boleto en el Metro". Se hará una reedición de 10 mil ejemplares que serán distribuidos gratuitamente entre los usuarios del sistema de transporte colectivo de la Capital.
Hasta donde tengo noticia, el único registro lagunero que había entrado en este programa editorial había sido ¡Buen viaje! Décimas, sonetos, octavas y liras para niños escrito por Frino en 2008 y publicado también durante este año.
Jaime Muñoz nos tiene acostumbrados a este tipo de "vuelacercas" (para decirlo en lenguaje beisbolero). Ahí nomás, con el mismo título, ganó hace algunos años el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí. Además, sus novelas El principio del Terror y Juegos de amor y malquerencia fueron ampliamente difundidas.
El caso es que en cinco historias, Leyenda Morgan construye o reconstruye los ambientes sórdidos del Torreón nocturno.
El hombre a quien apodan Morgan es un policía judicial con buen instinto de investigador e implacablemente corrupto: sabe cómo se mueven las cosas en la sombra. Si detectives como Sherlock Holmes confían en que la escena del crimen les dará elementos suficientes para disipar cualquier interrogante, Morgan sabe que en México (y en La Laguna) cada vez que alguien muere lo más probable es que la evidencia sea alterada, modificada, borrada y para decirlo pronto, robada.
Con anécdotas atractivas que por momentos coquetean con la crónica de rincones que todos los laguneros conocemos (o deberíamos conocer), Leyenda Morgan es una prueba palpable y legible de uno de los productos que exporta La Laguna: buena literatura.
Leyenda Morgan fue publicado por primera vez por Ediciones sin Nombre, la editorial que navega al timón de José María Espinosa y Ana María Jaramillo, que entre sus autores cuenta a Esther Seligson y a Federico Campbell.
Fue precisamente el maestro Campbell quien escribió en su columna "La hora del lobo" estas líneas respecto al libro que hoy nos ocupa:
"Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
"El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante, es un asiduo lector de revistas policiales de monitos y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones.
"Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías".
vicente_alfonso@yahoo.com.mx

miércoles, diciembre 30, 2009

Una entrevista y 25 añotes



Mis respuestas a una entrevista de Mayela Ortega, reportera de La Opinión. Esto puede servir como resumen de mi 2009, año en el que llegué, para decirlo con el estilacho de los cronistas de "sociales", a mis bodas de plata frente a los teclados (la chula foto que encabeza este post es mía):
o
¿Qué opinión tiene del reconocimiento que recibió?
Creo que el reconocimiento “Testimonio ciudadano Santiago Lavín Cuadra” reafirma mi laguneridad, pues en este 2009 he recibido las distinciones de las ciudades donde nací, Gómez Palacio, y donde vivo desde los trece años, Torreón. En general soy escéptico con los premios y con los reconocimientos; quiero decir que los tomo con gusto, pero procuro no creer demasiado en ellos para no perder piso. Los laureles no añaden nada a la calidad de la obra, que al final deberá defenderse por sí sola, con o sin premios.
o
¿Cómo se sintió al enterarse de tal logro?
Me dio gusto, más porque de Gómez Palacio siempre he sentido una especie de sutil desdén todavía manifiesto en la presidencia de Ricardo Rebollo. Allí nací, allí pasé una etapa fundamental de mi vida y allí tengo todavía a buena parte de mi parentalia. Creo que, después de todo, algo mínimamente bueno he hecho para darle a la literatura de Gómez un poco de presencia nacional. En este caso quiero agradecer el reconocimiento al grupo Unidos por Gómez Palacio y al ayuntamiento. Además, a Sergio Pérez Corella, quien propuso mi candidatura. Debo decir, aparte, que con él y otros artistas y promotores laguneros estamos tratando de alentar la construcción de nuevos espacios culturales en Gómez Palacio.
o
¿Qué labores en el año lo han llevado a tener la distinción de los gomezpalatinos?
Hasta donde tengo entendido, el reconocimiento no es otorgado por el esfuerzo de un año, sino por trayectoria completa. Esto significa que me dieron esa placa por los 25 años que tengo como escritor, periodista, maestro y editor. Me dio mucho gusto, además, compartir ceremonia con otros galardonados como el doctor Héctor Mayagoitia, Carlos Ramos y Pedro Salinas el ex futbolista.
o
¿Cómo concluye este año en lo laboral y en lo personal?
Ha sido un año muy raro, pues, como sabemos, estuvo plagado de malas noticias en seguridad, economía y salud. Pese a ello, en lo personal me fue relativamente bien. Poco a poco se dieron las carambolas para que al final mi balance sea positivo al menos en el estricto terreno de lo literario: publiqué un libro de cuentos (Leyenda Morgan) y una novela (Parábola del moribundo), ambos en México, además de participar en cuatro libros colectivos; gané otro premio nacional de literatura, hice el viaje a Europa, presenté uno de mis libros en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, me dieron los reconocimientos de ciudadano distinguido en Torreón y Gómez Palacio, cumplí 25 años de publicar en forma recurrente, mi columna de La Opinión llegó a mil entregas y armé otro par de libros inéditos. A eso hay que añadir los trabajos de edición y presentación de libros, mi colaboración en el Icocult Laguna y lo más importante: mi chamba como papá de tres niñas y compañero de mi esposa. Sin planearlo, el 2009 fue un buen año para mí. Lástima que haya sido un desastre en términos macro.
o
¿Qué planes tiene para 2010?
Básicamente lo mismo: trabajar, trabajar y trabajar. No hay de otra. Espero seguir en la misma dinámica, continuar con mi columna, publicar un par de libros, presentar en Torreón los libros pendientes y hacer un viaje a Sudamérica, esta vez a Chile. Insisto: los reconocimientos son bienvenidos, pero no significan que uno deba tirarse a la hamaca, sino lo contrario: imponen una mayor responsabilidad a quien los obtiene.