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sábado, marzo 15, 2025

Diálogos contrarreloj


 











Prólogo a Diálogos contrarreloj, libro en PDF disponible gratuitamente en esta liga:

El género de la entrevista quizá nunca ha tenido gran visibilidad pese a que es, a mi modesto parecer, uno de los más importantes en el ejercicio periodístico. Tan valioso me parece que lamento su aparición tardía, su auge ya muy entrado el siglo XX. He fantaseado incluso sobre lo que sería de la civilización actual si la entrevista nos hubiera acompañado desde siempre. ¿Imaginan una entrevista a Sócrates? ¿Qué respondería Nerón frente a una grabadora? ¿Y Dante o Juana de Arco o Cervantes o Napoleón o Bolívar o Mary Shelley? Por supuesto que a partir de sus escritos y u o de los escritos de sus contemporáneos nos enteramos de sus ideas, de sus índoles, pero en tales aproximaciones se nos esconden pliegues de la personalidad capaces de perfilar los mejor, más ampliamente. Sólo como nota adicional señalo que no se me oculta la existencia histórica de un género, el coloquio, que puede ser considerado abuelo de la entrevista actual. Algunos casos famosos pueden ser los Diálogos platónicos o el Elogio de la locura.

La entrevista, pues, apareció tarde, y más la grabada en video, valiosa porque en ella no sólo escuchamos las respuestas, el ping-pong de preguntas y respuestas, sino también la gestualidad del entrevistado, su humor comunicado mediante la expresividad de las manos y la postura en el sofá. Es por esta razón por la que he visto casi completas las entrevistas de Joaquín Soler Serrano a muchos artistas famosos entabladas entre los setenta y parte de los ochenta. Escuchar y ver en esos programas la soltura de Fuentes y Vargas Llosa, la contención de Onetti y Rulfo, la lucidez de Borges y Carpentier, la excentricidad de Dalí, la calidez de Yupanqui y muchos artistas más es un goce que podemos repetir cuantas veces queramos gracias al repositorio de YouTube. E igual ocurre con las entrevistas fraguadas en otras lenguas: las disfrutamos gracias a la muleta de los subtítulos; oír/ver a Hannah Arendt, a Vladimir Nabokov, a Jean Paul Sartre, a Cioran, a Clarice Lispector, a Umberto Eco y muchos más es un privilegio de nuestro tiempo, un lujo para los devotos del periodismo esmaltado de perdurabilidad.

Ahora bien, debo aclarar que el gusto de la entrevista me nació por los libros. Es decir, la entrevista me sedujo primero en el papel antes que en el soporte audiovisual, y fue en los libros y no tanto en los periódicos donde hallé las mejores muestras del género. Recuerdo particularmente cincotítulos que todavía conservo, cómo no: Protagonistas de la literatura mexicana, de Emmanuel Carballo; Conversaciones con escritores, de Federico Campbell; Perspectivas mexicanas desde París. Un diálogo con Carlos Fuentes, de James R. Forston; Los nuestros, de Luis Harss, y El oficio de escritor, colectivo.

Fueron estos libros los que apuntalaron en mí una certeza: para el joven escritor autodidacto que fui, escuchar con los ojos, quevedianamente, aquellos diálogos era acopiar un amplio corpus de opiniones y posicionamientos estéticos, pero, más importantes aún, una cantidad inaudita de referencias a libros y autores. En otras palabras, leía las entrevistas más que nada para enterarme de lo que habían leído los entrevistados, para anotar en mi agenda innumerables pendientes bibliográficos. Luego, claro, vinieron más libros de la misma naturaleza: las dos largas entrevistas de Fernando Sorrentino a Borges y Bioy, el libro Conversaciones con interrogatorios a Cioran (colectivo) e incluso la saga Todo México de Elena Poniatowska y las charlas de Ricardo Rocha y Silvia Lemus con artistas e intelectuales. Y muchos más, incluidos los productos en video de Cristina Pacheco, Fernando Sánchez Dragó o Cristina Mucci, por citar sólo tres casos notables de buenas entrevistas televisivas.

Esta justificación de mi gusto por la entrevista no podría estar completa si no añado que tiene la apariencia de ser un género fácil, pero lejos está de serlo. Por supuesto, implica lo que ya sabemos: preparación del entrevistador, habilidad para preguntar y repreguntar, prudencia para no liarse a dimes y diretes con el entrevistado y, al final, oficio para desgrabar/transcribir adecuadamente las declaraciones cuando van a la prensa o al libro. Es una técnica, en suma. Obviamente, no todo entrevistado o no todo tema se abordan igual. En el caso del mundo artístico, a diferencia del político, la incisividad es menos imperativa, pues por lo general las opiniones son íntimas, personales, sin implicaciones vinculadas al interés concreto de las comunidades, el llamado “bien común”.

Incluso puede darse el caso de entrevistas a réprobos que no son severamente interrogados. Para explicar esto traigo el ejemplo de mi amigo Ricardo Ragendorfer, periodista boliviano-argentino, quien alguna vez declaró que al entrevistar a represores de la dictadura nunca los contradecía ni les repreguntaba con énfasis, sino que llevaba los diálogos apaciblemente. Lo contrario, enfrascarse con ellos en un toma y daca de posicionamientos, ponía en riesgo el desarrollo e incluso la viabilidad de la conversación, así que lo mejor era dejarlos hablar con un resultado paradójico y notable: los criminales soltaban la lengua y evidenciaban su monstruosidad no tanto porque se exhibieran como monstruos, sino como personas normales con familia, fervor religioso y despreocupación. En otros casos, no interrogarlos perrunamente permitía que, con preguntas bien orientadas, respondieran hasta llegar a zonas inquietantes de la condición humana. Es el caso de la esposa de un represor (está en YouTube como “Mujeres de lesa humanidad. Capítulo 1: El héroe”) que ya entrada en confianza habló sobre su truculento esposo como si se tratara de un querubín.

Las entrevistas con artistas o, más específicamente, con escritores suelen tener otra tonalidad. Hay excepciones, pero en general discurren sin sobresaltos. Los casos raros dependen más que nada de la personalidad del entrevistado o del entrevistador, como ocurrió en el diálogo trunco entre Nicolás Alvarado y James Ellroy (en YouTube aparece como “Cioran, James Ellroy, Nicolás Alvarado”). Fuera de estos casos disruptivos, la mayoría avanza bien, sin turbulencia.

He tenido el privilegio de entrevistar, pero he preferido leer entrevistas antes que hacerlas. Es, como tanto en la vida, una elección. Además, por mi trabajo de escritor me han sido planteadas varias entrevistas. Aunque sin exagerada frecuencia, desde hace casi treinta años me han buscado periodistas y estudiantes para dialogar sobre temas cercanos a mi enciclopedia y mi quehacer permanente o coyuntural. Por cuestiones de tiempo y espacio, y dadas las facilidades que hoy plantean las herramientas digitales, desde que recuerdo me acostumbré a aceptar las preguntas (no hay razón para no hacerlo) y las he solicitado por escrito para responderlas igualmente, mediante mi teclado, “a la mayor brevedad posible”, para decirlo con una manida fórmula de la burocracia. Completas o recortadas, muchas aparecieron en la prensa, algunas en libros y otras tantas, las estudiantiles, sólo sirvieron, supongo, para obtener calificaciones escolares. Salvo algunas pocas, no conservé las que fueron publicadas, pero dado que las respuestas fueron escritas directamente por mí, guardé los documentos en una carpeta digital y ahora los envaso en este libro. Gracias a las preguntas pude desarrollar ideas que están espigadas ya en textos más directos, como los de mi columna o mis artículos. Las entrevistas que aquí traigo pueden ser tomadas como testimonios más o menos rápidos que develan en algo lo que soy y pienso, así que su interés, si lo tiene, es complementario al interés, si lo tiene, que pueden despertar mis publicaciones literarias y periodísticas. En el título uso el adjetivo “contrarreloj” porque así fue como respondí, apremiado por la promesa de devolver a tiempo los cuestionarios respondidos.

En todos los casos he contestado las entrevistas con respeto, incluso las planteadas por estudiantes, pues siempre fui consciente de que los entrevistadores se acercaron confiados en mi competencia para contestar. Esto me recuerda que en no pocas ocasiones, cuando los temas no fueron de mi incumbencia, rechacé las entrevistas con pena y agradecimiento, nunca por menosprecio al entrevistador. Este libro es una edición nacida de mi pura iniciativa, casi puedo decir que engendrada sólo para hacer provechoso alguno de mis ocios vacacionales. La fecha de la primera entrevista que aquí traigo, 1999, coincide, no sé si casualmente, con el momento en el que opté por alejarme del ejercicio periodístico más intenso, el periodismo que no sólo trabaja con materiales propios de la actualidad, sino que también permite el estimulante diálogo con colegas en mesas de redacción e imprentas. Seguí en el periodismo, es verdad, pero desde entonces y hasta hoy sólo me avine a la modalidad opinativa, como articulista y columnista.

Decidí reunir las entrevistas porque son, sustancialmente, un diálogo con el sujeto que me habita, con el hombre que inevitablemente soy. Las respuestas aquí aglutinadas son, y también por ello las escribí y guardé, un intento por retener lo que pensé luego de recibir el estímulo de las preguntas. Hasta donde me fue posible, organicé cronológicamente el material; casi todo se relaciona con temas literarios, de modo que es importante tener en consideración que algunas ideas se trepan en la circunstancia que atravesaba yo al contestar un interrogatorio. Creo que nada más es necesario consignar, sólo agradecer desde ya a mis entrevistadores y, en este último renglón, a quien se tome el tiempo de leer lo que considere atendible.

jueves, mayo 23, 2024

El sexto piso

 

















Hoy cumplo sesenta y obviamente esto me asombra. Finalmente, el tiempo sí ha pasado y sí sigue pasando: yo soy ahora para mí mismo la prueba de tal plúmbea verdad. Antes, uno ve el paso del tiempo en el exterior: las personas, las cosas, los relatos sobre el pasado. Hoy ya no necesito esas constancias foráneas: lo veo en mi propio ser, en mi alma y, sobre todo, en mi cuerpo, que ya comienzan a parecer los muros de la patria quevediana.

Nadie me previno sobre el desajuste que se da a la edad que hoy tengo. Por un lado, la mente está en un buen momento, piensa mejor que nunca, puede sentir qué idea es afortunada o intuir el mejor rumbo para una reflexión. Supongo que esto es la madurez.

Por otro, el cuerpo se cansa de otro modo, más y peor, y lo que antes jamás dolió ahora se manifiesta con frecuencia casi diaria. Esta dualidad opera esencialmente mal, y debería ser al revés: que el cuerpo duela y se canse en la juventud, cuando estamos fuertes para resistir y las ideas suelen ser superficiales, y que en la edad avanzada la máquina funcione bien para pensar a gusto, sin rechinidos en las articulaciones. Pero bueno, la experiencia es el peine de Bonavena: nos es dado cuando ya no queda pelo.

Uno llega a los sesenta supersticioso número cerrado y es como llegar a una colina desde donde se ve otro horizonte, un horizonte en declive, de bajadita. Hacia allá hay que caminar ahora, siempre tratando de no resbalar, de que el descenso sea inevitablemente lento pero firme hasta donde sea posible.

Es la hora, ya, de los sueños prioritarios. Al margen deberá quedar todo lo que no sea aquello que juzgo fundamental, y esto significa que lo que sigue debe estar invadido de palabras, de páginas leídas y de cuartillas escritas, de viajes, de lucha contra el amargor y procura de la mayor alegría que pueda amasar para asir la “felicidad inteligente” que proponía Alfonso Reyes.

Sé que apetecer demasiado a estas alturas es peligroso, pues la salud, la mala en este caso, ya está acechando. Trataré de cerrarle la puerta y de lograr que el engranaje de mi organismo funcione y dé para poder con todo lo que falta, que siempre es más de lo debido.

Tengo a mis hijas, tengo a mi esposa, tengo a mis padres guardados en el corazón, tengo familiares muy queridos, tengo trabajo, tengo amigos, tengo libros y lápices para subrayarlos, tengo un lugar para vivir, tengo una computadora, tengo recuerdos y tengo muchos deseos de caminar con el mejor ánimo hasta la colina que sigue: la de los setenta. Sea.

lunes, mayo 13, 2024

Himno del IMSS en Bellas Artes

 











El lunes 13 de mayo de 2024 fue interpretado el himno del Instituto Mexicano del Seguro Social, cuya letra escribí en el año 2000; la música es del maestro Ricardo Serna García. El acto tuvo como sede el Palacio Nacional de Bellas Artes. Comparto aquí la liga.

sábado, noviembre 18, 2023

Podcast sobre Leyenda Morgan










 

No soy de medios audio, visuales ni audiovisuales, por eso el auge de los podcasts no me ha seducido. Esto no significa, sin embargo, marginarme si alguien me convida a trabajar en un producto de esa índole, como pasó con la propuesta del comunicólogo regiomontano Gabriel Contreras, quien me invitó a dialogar sobre la reedición de mi libro Leyenda Morgan (UANL, 2023) para, con ese material, armar un podcast. Ya quedó, y aquí lo dejo al alcance de quien guste escucharlo. Las respuestas que di, si alguien las prefiere leídas, son las siguientes, y creo son útiles para acceder a la materia de la literatura criminal en general y a mi libro de cuentos en particular.

1

Mi primer contacto con la literatura policial, detectivesca o criminal se dio, como supongo les ocurre a muchos lectores incipientes, con los cuentos de Edgar Allan Poe, particularmente con el primer cuento de la historia de la literatura policial: “Los crímenes de la calle Morgue” en la edición de Porrúa de la colección Sepan cuantos. Allí también hay otros cuentos policiales famosos, como “La carta robada”, y en esas historias me asombró la acumulación de pistas y la tremenda capacidad de Auguste Dupin para atar las pistas y esclarecer el misterio. Supe entonces que todo escenario de un crimen o todo relato detallado de un delito esconden mensajes, comunican, y la tarea del investigador es decodificar bien los indicios, interpretar las huellas.

Poco después, en la misma colección Sepan cuantos de Porrúa, leí los cuentos de Conan Doyle que tienen como protagonista, ya lo sabemos, al detective más famoso de la literatura, Sherlock Holmes. Son historias algo mecánicas, de estructura algo rígida, dirigida al público europeo del siglo XIX, cuando todavía lo policial no había alcanzado la popularidad que luego tendría. Gracias a Holmes se afianzó en mí la certeza de que lo más importante en una historia de este tipo son las pistas, y que el investigador astuto debe ser capaz de conjeturar lo que comunican.

Con los años seguí leyendo de todo, y no faltaron libros policiacos, aunque no muchos, pues hasta la fecha no me considero un lector o escritor de este tipo de literatura, sino un lector a secas que en el camino ha leído y escrito algunos relatos policiales. Cayó en mis manos, por ejemplo, el libro escrito por Borges y Bioy firmado con el seudónimo H. Bustos Domecq, que exagera hasta lo paródico los recursos de la narrativa detectivesca de enigma. También me gustó mucho Rodolfo Walsh, su libro Variaciones en rojo. De los mexicanos, comencé con Bernal y Taibo II, y con el paso del tiempo se han sumado autores más recientes. También debo decir que el cine y series de televisión me han orientado y estimulado para animarme a escribir cuentos policiacos.

Debo agregar que para mí es muy importante la noción de principio, medio y fin. No me agradan las historias deshuesadas, los finales nebulosos, demasiado abiertos o mañosamente resueltos, sin pistas previas. Un último detalle: cuando pensé en escribir algo policial, pensé en combinar el relato de enigma con el policial duro. Es decir, que en una misma historia hubiera una pregunta y elementos que aludieran a la viscosidad de la violencia común, no la relacionada con el narco, sino con los robos, extorsiones y demás tropelías que siempre han existido.

2

Lo primero fue imaginar al personaje, diseñar sus rasgos físicos y su psicología. Gradualmente fui añadiendo detalles a su aspecto. Sabía que debía ser policía judicial con poca instrucción, con un pasado familiar algo disfuncional y precario, además de no muy exigente con su ética. También, que debía ser muy sagaz y valiente, intuitivo. Me impuse desde el principio la idea de hacerlo antisocial, poco dado a la conversación, solitario, nada sentimental y ajeno por completo a las delicadezas. Una de las obligaciones más enfáticas que me propuse cumplir fue vincularlo estrechamente con gustos populacheros, nada culteranos, pues he leído y visto películas en las que el policía, luego de pasar todo el día en los barrios bajos, en los tugurios, en los lupanares, en los callejones oscuros y mugrientos entre delincuentes, soplones y demás canallas, llega a su departamento de soltero insalvable, se sirve un whisky, pone música clásica en el estéreo y acaricia a un gatito o a un perro french. Yo no quería eso, pues imagino que un policía judicial mexicano al uso tiene en general gustos elementales, oye música populachera, come tacos, bebe cerveza y todo su mundo real y simbólico es rasposo.

En el camino también pensé en la formación intelectual de mi protagonista, por llamar de algún modo a su formación. En lugar de tener referencias sobre la Divina Comedia, como ocurre con ciertas películas gringas en las que un investigador deduce que los crímenes se relacionan con clásicos, mi policía sólo debía tener preparación elemental. Imaginé entonces que en lugar de libros muy sesudos, mi policía se había pasado la vida leyendo novelitas semanales de puesto de periódicos, literatura baratísima, historietas mexicanas. Como le pasó al Quijote con las novelas de caballería, mi investigador se ve embrujado por los cómics que devora y eso lo lleva a imaginar que él puede convertirse en protagonista de esas publicaciones. Así, mi libro Leyenda Morgan es un libro de cuentos, pero con algunos rasgos de novela, como un solo personaje en todas las historias, una sola atmósfera, una estructura similar en donde se trata de respetar el principio-medio-fin y un presente narrativo en todo el libro. En este sentido, se me ocurrió que el presente narrativo de todo el libro se da mientras el policía bebe cerveza en una cantina, y entre cada vuelta a ese presente el personaje imagina delitos que ha esclarecido en el pasado, siempre con la sensación de que son parte de una historieta.

Esto va de la mano a la idea de añadir imágenes de cómic al libro, portadas como de historieta popular mexicana a cada cuento y también una página de historieta en cada cuento pero no como ornamento, no como ilustración, sino como parte de la trama para reforzar la idea de que mi policía se imagina protagonista de una novela policiaca semanal. Este libro ganó el premio nacional de cuento del INBA-SLP 2005, y los jurados, Ana Clavel, Daniel Sada y Hernán Lara Zavala destacaron que esta narrativa textual con algunos elementos icónicos era una novedad. El premio de San Luis es convocado desde 1974, y quizá mi libro sea el único de corte policial que lo ha ganado.

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No soy especialista, como académico, en literatura policiaca de México ni de ninguna parte. A lo mucho soy un lector esporádico de este tipo de obras. Sé que en los años recientes han aparecido autores valiosos como Élmer Méndoza, Eduardo Antonio Parra o Vicente Alfonso, por mencionar sólo a tres muy destacados, pero son muchos más. Ellos han continuado la obra de Usigli, Bernal, María Elvira Bermúdez, algo de Ibargüengoitia, algo de Leñero y, por supuesto, de Taibo II y Juan Hernández Luna. Creo sin embargo que todavía falta mucho para alcanzar la fuerza y la abundancia de literaturas policiacas o criminales como las de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y, en América Latina, Argentina. Ahora bien, esto no es una competencia, y México puede hacer aportes que ya de alguna manera está haciendo al incorporar a la literatura circunstancias de la realidad hiperviolenta del crimen organizado. Pero no es fácil trabajar con la violencia extrema, pues de allí puede salir una literatura tan truculenta que puede resultar inverosímil. No digo “inverosímil” porque no pueda ser creída como literatura, sino porque siempre sospecharemos que es una creación artificial del escritor, ya que sería al menos raro que un novelista haya “vivido” esas experiencias para después contarlas. Tal vez el género más adecuado para contra la hiperviolencia sea el ensayo, como lo han demostrado con sus libros Sergio González Rodríguez, Héctor Domínguez Ruvalcaba y Oswaldo Zavala.

En lo personal, creo que los mejores temas para lo policial tienen que ver con el delito común, con los fraudes, con los robos, con los homicidios por celos o por venganzas familiares. Quizá eso es un material más fácil de explorar y explotar por el escritor y no tanto el submundo de la hiperviolencia donde se mueve el crimen organizado.

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Ni siquiera he pensado en mi policía judicial como un antihéroe. Quizá ciertos lectores se identifican con él porque en el fondo todos apetecemos no tener miedo, movernos y dialogar con quien sea sin que nos tiemble la voz. En lo personal creo que mi personaje es desagradable, pero tampoco tuve muchas opciones al construirlo. Haberlo hecho amable, educado, cordial, justo, sensible, lo hubieran convertido en un fantasma. El tipo es un tipo terrestre, formado en su circunstancia, sin muchos principios ni valores. No lo propongo como modelo de nada en la realidad, sino como un sujeto que, algo hiperbolizados, tiene algunos rasgos comunes a los guardianes de la ley en nuestro país, peones que buscan su acomodo en el inmenso ajedrez de la corrupción.

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Un rasgo que también quise sumar a Leyenda Morgan quizá no es muy visible, pero yo sé que de alguna manera está allí. Desde hace mucho soy admirador de la literatura picaresca española, y creo que en gran medida nuestra realidad está llena de Lazarillos de Tormes y de Buscones de Quevedo. Quizá en la literatura ya no aparecen tantos pícaros, pero en la realidad estamos llenos de personajes de este tipo, logreros, gandallas, transas, vivos. Ahora bien, no creo que esos personajes sólo rondan en los bajos fondos de la sociedad, sino que son ubicuos. Esto significa que para mí el pícaro puede vivir y lucir sus mañas en el barrio, pero también es pícaro quien hace transas en las altas esferas políticas o empresariales. Si algo caracteriza a la realidad mexicana es eso, la superabundancia de pícaros. Son pícaros los compas de la tiendita que nos despachan kilos de 900 gramos, pero también son pícaros los banqueros que nos hacen cargos oscuros en la tarjeta. Por eso mismo casi nadie está limpio en mi libro Leyenda Morgan, todos se mueven allí como gesticuladores, son mentirosos seriales y sujetos con moral torcida. La mirada del lector se centra en el protagonista porque es el protagonista, pero casi todos los personajes con los que trata harían lo mismo si pudieran.

Esto no significa que mi libro se asuma como un tratado sociológico o una obra con mensaje concientizador. No fue ese mi propósito al escribirlo, sino articular historias en las que con ciertas dosis de humor negro se refleja de manera algo esperpéntica la realidad en la que creo que nos movemos. Es por ello un objeto literario, no académico, aunque alguien quiera leerlo de cualquier otra manera. La idea más remota de este libro me nació al escuchar una conferencia sobre derechos humanos. Recuerdo que la ponente habló de los procesos judiciales y dijo que si las evidencias de un delito no están bien levantadas, no habrá castigo, pues el debido proceso obliga a que el delito quede perfectamente demostrado. Como las escenas del crimen se contaminan, como las autoridades no peinan adecuadamente los lugares donde se comete un delito, eso a la larga provoca la imposibilidad del castigo, la impunidad. Mi personaje no es un corrupto mayor, es un pícaro centavero y un traidor casi secreto de su oficio, pero si multiplicas esa picardía individual por miles o millones, es por eso que vivimos en una realidad muy dada a la injusticia, a la impunidad.

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Los argentinos hablan de “códigos” y de “no tener códigos” cuando un delincuente traiciona a otro o pasa ciertas líneas, como no cumplir un acuerdo, robar lo robado o meterse con familiares. Creo que esta insistencia en la “ética” entrecomillada es herencia de los grupos mafiosos del sur de Italia, lo que tanto resalta y seduce en la saga de El Padrino. No creo que en México sea tan claro hablar de este tipo de códigos. Acá siento que no hay mucho prurito o cargo de conciencia si alguien traiciona a alguien, si se rompe con la ética. Mi personaje es un tipo torcido, que ni siquiera repara en la existencia de una mínima ética. Lo único que busca y muchas veces logra es obtener una ganancia particular tras dar con la solución de un misterio. En él jamás resalta un remordimiento, la idea de que transgredió algo. Para él, lo más normal es lo anormal, medrar, usar su cargo para centavear. Por eso también vive y trabaja solo; esto le permite no rendir cuentas a nadie.

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Es cierto, mi libro es una mixtura de elementos cultos y populares. Me da pena decir que un rasgo culto está en la textura de la prosa, en su tono, y en la idea cervantina que ya mencioné: así como el Quijote enferma con novelas de caballería, mi policía es engatusado por los cómics policiacos. Los elementos populares son muchos: las canciones que oye mi policía (sólo Los Cadetes de Linares), las películas que ve (de los hermanos Almada), su apodo de beisbolista y en general el contexto en el que se mueve, los lupanares, las cantinas, los mercados, las taquerías. En todo esto creo que influyó el hecho de que yo me muevo en dos planos: tengo algún contacto con la alta cultura (por ejemplo, con los libros) y también con la calle, con la realidad más inmediata de la comarca lagunera.

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En todos los cómics imaginados por el Teniente Morgan hay una frase que opera como subtítulo: “La ley nunca descansa”. Por supuesto es una ironía. Mi policía representa a la ley, pero es quien menos va a ejercerla. Podría pensarse que él es una sinécdoque del Estado criminal: la parte por el todo. Él no es tonto, al contrario, no tiene lecturas, no tiene formación, pero es muy inteligente. Lamentablemente pone su sagacidad al servicio sólo de sí mismo, nunca de la ley. 

domingo, agosto 28, 2022

Uno de mis abuelos












Quesque hoy es el Día del Abuelo, así que bueno, venga un breve recuerdo. Al de mi flanco paterno, Zeferino, de rulfiano nombre, no lo conocí, pues él ya había muerto cuando aterricé en este mundo. Al que sí conocí fue al padre de mi madre, de nombre Eduardo Vargas Rodríguez. Esta foto es la única que tengo solo con alguno de mis abuelos, y supongo que data de 1966, cuando yo rondaba los dos años de edad. Creo de hecho que es de mi cumpleaños, pero la verdad no sé. Mi abuelo nació, según mi madre, en 1904 (como Alejo Carpentier, como Agustín Yáñez); era oriundo de Sierra Mojada, Coahuila, pero pronto se avecindó con su familia en San Pedro de las Colonias, Coahuila, donde estudió la primaria. Sólo probablemente, sin asegurar nada, he pensado que mi abuelo pudo haber visto en San Pedro a Francisco I. Madero, quien por aquellos tiempos vivía en aquel municipio; fue allí, precisamente y como sabemos, donde el político parrense escribió La sucesión presidencial. Pero insisto, esta es sólo una suposición de mi parte.

Mi abuelo murió a mediados de los setenta, así que me dio tiempo de verlo para ahora recordarlo. Mi madre nos llevaba con frecuencia a saludarlo, yo tendría ocho o nueve años, y debo confesar que me infundía miedo, pues era un señor hosco, muy poco dado a la sonrisa, de voz áspera. Había tenido éxito en los negocios, sumaba una buena cantidad de propiedades y usaba unos lentes de cristal verdoso que hacían imposible ver cómo nos miraba. En las fiestas era espléndido, patriarcal, y ordenaba la preparación de abundante comida, mucho trago y música ininterrumpida de mariachi o conjunto norteño en vivo. El recuerdo más presente que de él tengo es el siguiente: una vez mi madre me llevó a saludarlo o a cualquier otro asunto, y al entrar a su oficina (la oficina que había acondicionado en su casa) vi que tenía abierta su caja fuerte. Yo era un niño, supongo que de aproximadamente ocho años, y mi abuelo no se preocupó en cerrar la pesada puerta de la caja. Pude ver, como en las películas de hacendados, monedas de oro (quizá de los llamados “centenarios”), papeles seguramente importantes (escrituras), algunos fajos de billetes y una pistola. Es difícil olvidar esos símbolos de poder, por ello la imagen de aquella visión ha perdurado en mi memoria. Sé que nunca manejó autos, aunque tuvo muchos, y que sus parrandas eran largas y musicales, aunque esporádicas. A Carmen, su esposa, es decir, a mi abuela y madre de mi madre, la recuerdo también con suficiente claridad. Murió por las mismas fechas, allá por el 75, y era el envés de don Lalo: afectuosa, tierna, frágil, abnegada. Por mi abuelo llevo como segundo nombre Eduardo. Por último, algo había en don Lalo que le daba un aire al actor Carlos López Moctezuma, de ahí que me infundiera miedo.

jueves, diciembre 31, 2020

Eternas gracias

 








¿Cómo hizo mi madre para tener siete hijos y no perder la serenidad? ¿Ocultaba y disimulaba bien el estrés o realmente se mantenía tranquila? Por supuesto que a veces se enojaba, pero era por hechos nimios, cuando nos hacía pequeño encargo (“Tiende tu cama”, “Lava esos dos platos”) y no la obedecíamos. Nunca, que yo recuerde, me transmitió una sensación de inseguridad. Aunque jamás hubo de más, siempre se las arregló para que tuviéramos lo básico: el alimento, la ropa, la escuela… Si algo me comunicó, creo, fue siempre la certeza de que lo indispensable jamás nos faltaría mientras ella estuviera allí.

Como la vida, le debo la fortuna de haber atravesado una carrera universitaria. Ella me inició en el proceso de estudiar cuando de su mano me llevó al kínder. Es un día que jamás he olvidado: en agosto de 1970 llegamos al “Jardín de Niños Pdte. López Mateos” de la colonia Santa Rosa, en Gómez Palacio; yo tenía seis años, y me dejó allí, metido en un aula junto a muchos niños y dos educadoras. Cuando se dio la vuelta y salió, recuerdo que corrí a alcanzarla, gritando y llorando, pero me detuvieron e, impotente, vi que mi madre se alejaba. De inmediato me tranquilizaron y allí comenzó mi peregrinaje escolar.

Salí del kínder público, luego pasé a la primaria, la secundaria y la preparatoria también públicas, donde fui, como lo he dicho siempre, sin vergüenza, un estudiante menos que mediocre. Digamos que era mal alumno, pero como sucede con algunos beisbolistas, sabía pegar de hit a la hora buena. Y así sobreviví sin reprobar ningún año hasta que llegó el momento de elegir carrera y universidad.

Por razones que omito describir, opté por Comunicación, una carrera que en su menú incluía muchas materias de literatura. Lamentablemente, esa carrera era ofrecida en La Laguna por una escuela privada y, a su modo, inaccesible para la economía familiar y más para mi madre, quien en casa era la encargada de administrar todo lo relacionado con nuestras escuelas. Tras conversarlo con ella, me alentó, agarré valor y fui a la universidad. Hablé con la directora de la carrera, le mostré mi papeleta de prepa, y no muy convencida vio mi promedio de 8.5. Por suerte, la boleta mostraba sólo el promedio total, y ella no podía saber que en el camino había aprobado once materias en exámenes extraordinarios. La directora me oyó y entendió que en realidad me interesaba la carrera, así que me abrió la puerta desde la primera entrevista. Pero había un problema no menor: el dinero. Pagar la colegiatura completa me resultaba imposible. Dudó un poco, mencionó de nuevo mi promedio y al final dijo que me otorgaría un 20% de beca. Creo que le caí bien.

Volví feliz a casa, y le di a mamá el notición: fui aceptado y me dieron una beca. Ella preguntó: “¿Y cuánto hay que pagar con ese 20% menos?”. Compartí la cifra y, tranquila, respondió: “Creo que es muy alta”. Ella echaba cuentas en su cabeza, y de alguna forma sumaba y restaba lo necesario para sacarme a flote sin descuidar a sus otros seis hijos.

Volví con la directora, me disculpé y le dije que no podría estudiar porque la colegiatura seguía siendo elevada. Sin más, agrandó la beca: 40%. Fui con mi madre, hicimos cuentas y la cosa seguía mal. Volví con la directora, le di las gracias, y subió la beca a 60%. Regresé con mi madre (tomaba dos camiones para ir de un lado al otro, hacía una hora de viaje), y lo mismo: imposible. La directora, al verme entrar de nuevo a su oficina, se anticipó y dijo: “80%”. Tras compartir el nuevo porcentaje con mi madre, hicimos cuentas y dijo “Sí, eso sí se puede”, y así fue como entré a la carrera.

Consciente de lo que significaba, y orgullosa también, mi madre estuvo discretamente atenta a mis necesidades de estudiante universitario. Jamás dejó de estar pendiente de la colegiatura y, entre otras herramientas, me compró la hermosa cámara Pentax K1000 para los ocho semestres que duró la clase de fotografía con el profe Jáuregui. En ese tiempo comencé a comprar libros como loco, y recuerdo que cada vez que me veía llegar decía, alegre pero fingiendo resignación: “Ay, tú y tus libros”.

Le debo tanto a mamá que siempre me quedo corto al recordar sus hazañas familiares.

Hoy, 31 de diciembre de 2020, cumpliría 90 años. Felicidades y eternas gracias, ma.


miércoles, marzo 04, 2020

Rescate de la lap top
























Cada tanto respondo cuestionarios de estudiantes de secundaria, preparatoria o profesional, preguntas que los jóvenes formulan con la ayuda de sus maestros de literatura o español. Son pues pequeños encargos, nada complicado, chambitas para ayudar a que ciertos jóvenes obtengan una nota y nada más. Trato sin embargo de ser atento, de no estropear sus propósitos y responder lo mejor que puedo. Así pues, mientras armaba el libro Entre las teclas (2016) llegó un par de solicitudes estudiantiles. Lo extraño es que, pese a la sencillez e incluso la ingenuidad de los formularios, las preguntas y las respuestas andan cerca del tema que aborda este libro. Hice pues una pequeña edición a los cuestionarios y quedó esto que ahora reciclo sólo para que no se quede en los intestinos de mi lap top.

¿Cómo nació ese deseo por la literatura? 
El deseo por dedicarme a la literatura nació, como suele ocurrir con muchas vocaciones, de manera misteriosa. Sólo puedo explicar mi gusto por las letras como algo accidental, felizmente azaroso. Tuve una infancia muy ordinaria, llena de calle y de juegos, de escuelas públicas y de vagancia adolescente, y aunque me gustaba convivir con amigos de la cuadra, al mismo tiempo comencé a leer, a sentir asombro ante la palabra escrita. En mi casa no había libros ni lectores, pero mi madre compraba a diario el periódico La Opinión y gracias a esas páginas comencé a tomarle gusto a la lectura. En mi temprana adolescencia me convertí en terco coleccionista y lector de revistas deportivas, y ya para entonces buena parte de mi vida se relacionó con eso: leer pasó a ser una actividad importante para mí. Nunca renuncié al mundo, me gustaba la calle, los amigos, pero en secreto también me sentí precozmente fascinado por las letras impresas. Fue hasta los 16 o 17 años cuando sentí la curiosidad de escribir. Arranqué a ciegas, sin ninguna instrucción previa, y ya a los 18, cuando ingresé a estudiar mi carrera, sospechaba que la literatura debía ser parte de mi vida. A partir de entonces conocí maestros y amigos que orientaron mis lecturas y comencé a escribir y a publicar con frecuencia en periódicos, revistas y libros. Tengo 52 años, y de ellos he invertido más de treinta en la práctica de la lectura, la escritura y la publicación. Esto parece mucho, pero no: sigo aprendiendo, sigo sintiendo que jamás terminaré de descifrar los secretos de la creación literaria.

¿En qué o en quién está basado su primer libro?
Se llama El augurio de la lumbre, y es un libro que casi desde que fue publicado, en 1990, a mis 26 años, dejó de agradarme. Son diez cuentos realistas, no autobiográficos, todos ubicados en el contexto lagunero y la mayoría con personajes jóvenes; en los cuentos no calco la realidad vivida o experimentada por mí; las historias parecen reales pero son ficciones, inventos de mi imaginación. Casi todos los escritores se arrepienten de sus primeros libros, y yo no soy lo excepción, también me arrepiento un poco de El augurio… Aunque, por otro lado, no dejo de guardarle algo de cariño, el cariño de un autor que se compadece de sus obras aunque las vea muy feas.

¿Cuál es el género que prefiere aparte del que usted escribe?
Yo prefiero narrar, contar historias, inventar personajes, y aunque no tuve talento para hacer poesía, creo que ella, la poesía, es el género más importante de la literatura.

¿Cuál es el lugar más adecuado para inspirarse?
Ninguno. Escribo donde puedo y cuando puedo. Se trata de un trabajo, así que aquí no existe la “inspiración”, sino la disciplina, la tenacidad, la paciencia. Aunque parezca raro, escribir es como trabajar en cualquier otra cosa. El plomero o el dentista o el abogado o la cocinera hacen lo que hacen, como el escritor, estén o no estén “inspirados”.

¿Alguno de los personajes de sus libros está relacionado con usted?
Sí y no. Pueden participar de algunos rasgos de mi personalidad o reproducir alguna experiencia vivida por mí, pero no son “yo”. Cuando escribo mis relatos no cuento mi autobiografía: invento, ficcionalizo mi experiencia. Ahora bien, como lo que invento parece real —incluso lo ubico mayoritariamente en escenarios reales de La Laguna— algunos lectores creen que estoy contando mi vida. Esto es falso.

¿Tiene algún proyecto en mente?
Muchos. Siempre tengo ideas en proceso. Algunas llegan a su fin y se convierten en libros; otras, lamentablemente, no.

¿Cuál es?
Debo afinar este año una novela ya terminada y tratar de escribir otra. Por suerte tengo varios libros ya listos para ir a la imprenta, así que de publicar no me preocupo tanto.

¿Qué es lo que más le gusta de ser escritor?
Que jamás dejo de asombrarme, que la necesidad de escribir me mantiene alerta y permanentemente impresionado con el más importante invento de la humanidad: el lenguaje.

¿Qué tan alto le gustaría llegar?
No me interesa llegar alto. De hecho, no me interesa llegar a ningún peldaño. Llegaré hasta donde lo permitan mis aptitudes y mi esfuerzo, trataré de cumplir mi vocación. Si lo hago, aunque no sea leído ni famoso, habré llegado a donde quise: ser escritor. Con eso basta.

¿Cuál libro fue de gran inspiración para usted?
Hay muchos, pero creo que un detonador de mi amor juvenil por la literatura fue la novela El reino de este mundo, del cubano Alejo Carpentier. Cuando la leí, lloré conmovido ante la belleza de las palabras y me dije: quiero escribir, quiero intentar esa belleza.

¿Cuál es su propósito en la vida de las personas con sus libros?
Me da gusto tener lectores, decirles algo distinto, hacerles apreciar ciertas realidades no tan visibles. El centro de mis libros, aunque no lo parezca, es ese extraño animal llamado ser humano.

¿Cuánto y cuál ha sido la inversión de la creación de un libro?
La pregunta es “cuál ha sido la inversión de la creación de un libro”. ¿Cuál libro? ¿Cualquier libro? No entiendo bien la pregunta, pues además queda difuso si te refieres a la creación en términos de escritura o a la creación en términos de maquila. Si es la primera, se trata de algo incuantificable, pues habría que considerar muchos gastos implícitos en el proceso de creación, como comida, luz, papel, agua, wifi, extensión en tiempo del proyecto, etcétera. Si es la segunda forma de creación (la maquila), también varía mucho, pues depende del tamaño, calidad, extensión y tiraje del libro.

¿Cuáles han sido sus ganancias como escritor?
No sé exactamente, pero no son grandes. Mis mayores ingresos por trabajos de escritura han provenido de dos fuentes: los concursos y el periodismo. En los concursos he podido ganar de golpe premios más o menos grandes y así tener dinero extra para algo (un auto, enganchar una casa…). En el periodismo, como autor de una columna que aparece dos veces a la semana, el ingreso no es grande pero sí constante.

¿Se dedica a otra cosa además de la escritura?
Sí, soy maestro y editor.

¿Cuáles han sido sus ganancias en ese otro trabajo? (si lo tiene)
No son muy grandes, pero sí constantes, seguras. De hecho, son la principal y casi única fuente de manutención que tengo para mi familia y para mí.

¿Cree que es posible vivir solo de escribir y publicar libros?
En la inmensa mayoría de los casos, no. Casi todos los escritores necesitan fuentes alternas de ingreso.

¿Conoce algún otro escritor que viva de su escritura?
He tratado a Paco Ignacio Taibo II y a Juan Villoro, aunque no tengo amistad con ellos. Creo que ambos viven de lo que escriben y publican, pero no podría asegurarlo totalmente.

¿Qué opina de los escritores de best-seller juveniles que viven de eso?
Que cada quien, de acuerdo a sus capacidades y objetivos, encuentra sus fuentes de subsistencia: el plomero en la plomería, el carpintero en la carpintería, el abogado en el derecho, el piloto en la aviación, el taquero en los tacos, el narcotraficante en el delito, el escritor de libros de mercado en la seudoliteratura o el seudoperiodismo. Cada quien se acomoda en donde quiere y/o puede.

sábado, diciembre 21, 2019

Anhelo de los Converse













No me muevo en círculos selectos, así que los fines de semana hago el esfuerzo por distender lo más que se pueda el asunto del vestido pese a que ya de por sí no soy obsesivo en ese rubro. Los tenis son, por ello, parte de mi atuendo en los días ajenos a la obligación de la camisa y demás almidonamientos.
Alguna vez un joven reparó en mis Converse negros. Dijo que le parecían feísimos, de darketo o algo así. No batallé mucho para estar de acuerdo con él, pero le objeté un par de detallitos que no le expliqué allí, pues yo deseaba que la aclaración fuera escrita, y es ésta, breve.
Más allá de que puedan parecer horribles o lo que sea, uso Converse por una razón práctica y otra sentimental. La primera, evidentemente, se relaciona con la comodidad: son tenis (los argentinos les llaman “zapatillas”) ligeros, casi como pantuflas; andar con ellos es no sentir el peso del zapato, caminar como descalzo, lo que por supuesto mitiga mis recurrentes dolores en las plantas.
La segunda razón es menos inmediata y se remonta a mi adolescencia. Consciente o inconscientemente, creo que casi todo lo que hacemos, deseamos, rechazamos, se fragua en la niñez o en la adolescencia, así que esas dos etapas suelen acompañarnos el resto de la vida. En mi caso, y creo que en el de mi setentera generación, los Converse equivalían a tenis de lujo, los mejores que podían usarse en aquel tiempo. Era una época todavía no globalizada, de pocas importaciones, así que el usuario de unos Converse era visto con verdadera envidia por sus coetáneos. Los tenis mexicanos eran pésimos (Canadá, Dunlop…), y unos Converse sólo podían ser nuestros si se pagaba una fortuna en las fayucas o si la familia o algún amigo de la familia viajaba a los Estados Unidos para traernos de contrabando el anhelado par.
Tan codiciados eran que una fábrica mexicana hizo una copia, los Súper Faro. Eran chafísimas y quedaban hechos pedazos a la primera usada, además de que se les veía a leguas un acabado tosco. Entre calzar Súper Faro y no tener nada, era mejor lo segundo. No obstante, tuve unos, y confieso que al segundo día ya eran un despojo.
Que recuerde, pues, jamás tuve en la adolescencia, lo digo con retrospectiva tristeza, unos Converse. No había tíos que viajaran a la frontera, no había plata para comprar en la fayuca a precio de oro los productos “americanos”, así que toda esa ilusionada etapa la atravesé con aquel modesto deseo insatisfecho.
¿Y qué pasó muchos años después, a mis cuarenta y pico? Nada: que los zapatos me producen dolores en las plantas de los pies, que necesito usar tenis muy seguido, y que los Converse ya están en todos lados a cerca de mil pesos el par. Por tanto, esos tenis son la combinación perfecta para hacer que mis achaques y mi nostalgia tengan un satisfactor más allá de que sí, es cierto, ante los ojos de muchos parezca un calzado irremisiblemente feo.
Pero acá entre nos, ya por último: influido como estoy por mi pasado, creo que los Converse son espectaculares, el mejor tenis jamás inventado por la humanidad.

domingo, septiembre 04, 2016

El cuento y el éxtasis













Mi paisano y admirado amigo Vicente Alfonso me hizo la siguiente entrevista sobre Ojos en la sombra (Conaculta, 2015). A poco más de un año de la publicación del libro en la colección El Guardagujas, estas fueron mis respuestas.

—¿Nace Ojos en la sombra como un proyecto o es una compilación de relatos que surgen de forma independiente?
—La escritura de los diez cuentos que componen Ojos en la sombra se dio en mi periodo más productivo como cuentista: de 2000 a 2004. En ese lustro armé seis libros de cuento, dos de ellos todavía inéditos. Luego, en 2005, tuve la suerte de recoger algún fruto, pues en una semana de octubre recibí la noticia de que gané tres premios nacionales, el de San Luis Potosí entre ellos. O sea, el esfuerzo no estuvo tan mal encaminado pese a que es un género casi marginal, ajeno al glamour de las editoriales poderosas. Recuerdo que al escribir los cuentos pensaba en proyectos más o menos compactos: Leyenda Morgan sería un libro de cuentos policiales; Arte de miniaturía (inédito) y Monterrosaurio, de microrrelatos; hay otro inédito con cuentos dizque sexosos; donde tuve problema fue con una tanda de veinte relatos con tema intelectualoide. Era un libro gordo e inmanejable, así que decidí partirlo en los dos que ahora son Las manos del tahúr (publicado por Ficticia) y Ojos en la sombra (publicado por el Conaculta en su colección El Guardagujas). Puede decirse pues que estos dos libros en realidad llegaron en un parto de gemelos.

El tema de  los cuentos iniciales de Ojos en la sombra es la rivalidad entre creadores. Pienso en Bioy Casares y Borges, en Mozart y Salieri ¿Puede la envidia ser un motor artístico?
—Buena parte de esos cuentos tiene personajes que se dedican a lo que me he dedicado: escritores, maestros, académicos, editores, periodistas. Son sujetos que me quedan cerca, que conozco y puedo describir con cierta facilidad. Pero eso no es lo importante, sino sus pasiones y la forma en la que las exteriorizan. Si vamos entonces al fondo temático de estos cuentos notamos que en todos hay un sedimento de envidia, frustración, recelo, miedo, incertidumbre, es decir, asuntos que le atañen a cualquier ser humano, sea o no artista. En lo personal, creo que la envidia puede detonar algo bueno cuando hay talento en quien envidia; sin talento, la envidia es una pasión brutal, autodestructiva. Por eso, hay que envidiar a quienes de alguna manera podamos imitar, no a quienes poseen algo que nosotros jamás tendremos. Yo no puedo envidiar a un matemático, a un chef, a un músico o a un alpinista, pues carezco de las facultades mínimas indispensables para intentar siquiera una imitación mediocre de sus disciplinas. En tal caso prefiero la admiración en lugar de la envidia.

Uno de tus personajes afirma que “en estos tiempos la investigación literaria está más devaluada que la monarquía absoluta”. ¿Compartes esta opinión? ¿Por qué?
Suelo no compartir muchas opiniones de mis personajes, pero en este caso creo que no estoy tan en desacuerdo. El personaje dice “monarquía absoluta” para referirse a algo viejo, caduco. Él cree que, aunque ame la investigación literaria, para el mundo ya no importa, es una actividad sólo provista de significado para un espacio muy chico, el de la academia, y aun ahí es usada como arma para la supervivencia laboral, el ascenso curricular y otras pequeñas mezquindades, no para producir verdaderos estudios. Digamos que puedo o no estar de acuerdo con este personaje, pero sí me es simpática su actitud de pesadumbre ante el poco valor que se le da al trabajo académico.

¿Cuál es tu procedimiento para escribir un cuento?
—De manera muy general puedo decir que veo venir desde lejos una frase, un personaje, una situación, una atmósfera y a partir de allí sospecho que puede brotar un cuento. No fuerzo nada, no me obligo burocráticamente a escribir, sino que dejo que la idea se vaya imponiendo en mi interior y termine por hacerme manita de puerco hasta llevarme al teclado. Durante un tiempo muy irregular pienso la trama, diseño peripecias, armo un esquema en greña. Luego, cuando llega la hora de escribir, surgen siempre nuevos obstáculos y nuevas soluciones. Lo fundamental para mí es construir todo para que el final dé una idea de congruencia y de contundencia. Quizá me gusta escribir cuentos porque en este género lo más importante es el final. Siempre he dicho que no me gusta escribir, sino terminar de escribir, pero para terminar de escribir primero hay que escribir, así que cuando llego al final de un cuento siempre gozo una sensación de placer casi venérea. El final de un cuento es, entonces, un éxtasis, lo mejor que he podido experimentar como escritor.

¿Te sientes más cómodo como cuentista o como novelista?
—Como cuentista, creo, pero eso no quiere decir que la novela me resulte ingrata. Allí se cocina distinto: el placer está en destapar la cazuela a medio camino y comprobar con el olfato que avanza vaporosamente bien la elaboración del caldo.

¿Cuáles son tus cuentistas de cabecera?
—Tengo muchos: Rulfo, Arreola, Valadés, Monterroso, Revueltas, José Agustín, José Joaquín Blanco, Samperio, De la Borbolla, Serna, Parra, Lara Zavala, Fadanelli, Marcial Fernández, Ribeyro, Lugones, Borges, Pérez Zelaschi, Walsh, Piglia, Abelardo Castillo, Sorrentino, Luisa Valenzuela, Giardinelli, David Lagmanovich, Fabián Vique, Giselle Aronson, Toño Cruz, Orlando Van Bredam, el chileno Diego Muñoz, los futboleros Fontanarrosa, Sasturain y Sacheri. De otras lenguas he disfrutado a Poe, Chejov, Conan Doyle, Nabokov, Schwob, Papini y Faulkner. Entre los laguneros aprecio a Saúl Rosales, Daniel Herrera, Daniel Lomas, Miguel Báez, Fernando Fabio Sánchez, Carlos Reyes, Carlos Velázquez, Angélica López y a ti; y del norte en general, a Herbert, Boone, Trujillo Muñoz, Crosthwite, José Salvador Ruiz y Julio Pesina.

¿Sientes que vivir lejos de la capital ha determinado tu carrera como escritor?
—Creo que sí. Por el lado de la creación, esto me ha obligado a pensar en mi entorno, La Laguna, tratando de no incurrir en rancheridades. Por el lado de las oportunidades y pese a las comunicaciones de hoy, uno aprende acá a rascarse con uñas menos afiladas, pues hay escasas oportunidades, escasos contactos. Este desafío en el desierto no es tan malo, pues todos los días pone a prueba la vocación.

La literatura de países sudamericanos, en especial la argentina, ha influido en tu obra: en una época sin internet ¿cómo se dio para ti el descubrimiento de los autores argentinos?
—Como en muchos casos, comenzó con Cortázar y poco después con Borges. Pero antes, por el gusto del tango y la milonga y mi admiración juvenil —no desaparecida— al Che y al poema Martín Fierro. Luego sumé otros gustos de la cultura argentina y ahora mi conocimiento de ese país corre al parejo que el del mexicano. Me interesan su literatura, su música, su política, su geografía y su futbol tanto como los de México.

¿Piensas que para estas generaciones es más fácil acceder a los títulos con poca circulación? 
—Internet ha facilitado el acceso a todo, incluido el que conduce a la literatura. Pongo un ejemplo: en mi juventud alguien nos puso un caset con la voz de Borges diciendo sus poemas. La reunión terminó y todos los amigos, en broma, imitábamos esa voz cada vez que lo citábamos. Creo que todos hubiéramos querido tener el caset, escucharlo más, pero por cuestiones prácticas no se pudo. De Borges hoy están en YouTube sus poemas, sus conferencias, sus entrevistas. Cualquiera tiene a la mano lo que se le antoje. En los tiempos de mi formación todo era más lento, pero no lo sabíamos pues no podíamos adivinar lo que habría poco después. Los jóvenes que nacieron con internet no se asombran porque les falta la experiencia anterior, la preinternética. Ahora es normal lo que en mi juventud hubiera sido apabullante, casi monstruoso.

Eres un tuitero asiduo: ¿puede un tuit ser literatura?
—Tengo fama de tuitero asiduo pero no creo serlo para justificar ese prestigio mal habido. Tal vez mi gusto por tuitear viene en declive, no sé, el caso es que ahora tuiteo de vez en cuando y sólo en las noches, cuando ya cansado de la jornada me derrumbo en la cama y —parafraseo el tango “Malevaje”— en vez de leer me pongo a tuitear. Sí, un tuit puede ser literatura como lo es un aforismo, un epigrama, un cuento brevísimo y otros géneros micro. Si algo está bien escrito y conmueve, estimula, agrada estéticamente, es o puede ser literatura.