viernes, mayo 09, 2025
sábado, marzo 15, 2025
Diálogos contrarreloj
Prólogo
a Diálogos contrarreloj, libro en PDF
disponible gratuitamente en esta liga:
El género de la entrevista quizá nunca ha tenido gran visibilidad pese a que
es, a mi modesto parecer, uno de los más importantes en el ejercicio
periodístico. Tan valioso me parece que lamento su aparición tardía, su auge ya
muy entrado el siglo XX. He fantaseado incluso sobre lo que sería de la
civilización actual si la entrevista nos hubiera acompañado desde siempre.
¿Imaginan una entrevista a Sócrates? ¿Qué respondería Nerón frente a una grabadora?
¿Y Dante o Juana de Arco o Cervantes o Napoleón o Bolívar o Mary Shelley? Por
supuesto que a partir de sus escritos y u o de los escritos de sus
contemporáneos nos enteramos de sus ideas, de sus índoles, pero en tales
aproximaciones se nos esconden pliegues de la personalidad capaces de perfilar
los mejor, más ampliamente. Sólo como nota adicional señalo que no se me oculta
la existencia histórica de un género, el coloquio, que puede ser considerado
abuelo de la entrevista actual. Algunos casos famosos pueden ser los Diálogos platónicos o el Elogio de la locura.
La
entrevista, pues, apareció tarde, y más la grabada en video, valiosa porque en
ella no sólo escuchamos las respuestas, el ping-pong de preguntas y respuestas,
sino también la gestualidad del entrevistado, su humor comunicado mediante la
expresividad de las manos y la postura en el sofá. Es por esta razón por la que
he visto casi completas las entrevistas de Joaquín Soler Serrano a muchos
artistas famosos entabladas entre los setenta y parte de los ochenta. Escuchar
y ver en esos programas la soltura de Fuentes y Vargas Llosa, la contención de
Onetti y Rulfo, la lucidez de Borges y Carpentier, la excentricidad de Dalí, la
calidez de Yupanqui y muchos artistas más es un goce que podemos repetir cuantas
veces queramos gracias al repositorio de YouTube. E igual ocurre con las
entrevistas fraguadas en otras lenguas: las disfrutamos gracias a la muleta de
los subtítulos; oír/ver a Hannah Arendt, a Vladimir Nabokov, a Jean Paul
Sartre, a Cioran, a Clarice Lispector, a Umberto Eco y muchos más es un
privilegio de nuestro tiempo, un lujo para los devotos del periodismo esmaltado
de perdurabilidad.
Ahora
bien, debo aclarar que el gusto de la entrevista me nació por los libros. Es
decir, la entrevista me sedujo primero en el papel antes que en el soporte
audiovisual, y fue en los libros y no tanto en los periódicos donde hallé las
mejores muestras del género. Recuerdo particularmente cincotítulos que todavía
conservo, cómo no: Protagonistas de la
literatura mexicana, de Emmanuel Carballo; Conversaciones con escritores, de Federico Campbell; Perspectivas mexicanas desde París. Un
diálogo con Carlos Fuentes, de James R. Forston; Los nuestros, de Luis Harss, y El
oficio de escritor, colectivo.
Fueron
estos libros los que apuntalaron en mí una certeza: para el joven escritor
autodidacto que fui, escuchar con los ojos, quevedianamente, aquellos diálogos
era acopiar un amplio corpus de opiniones y posicionamientos estéticos, pero,
más importantes aún, una cantidad inaudita de referencias a libros y autores.
En otras palabras, leía las entrevistas más que nada para enterarme de lo que
habían leído los entrevistados, para anotar en mi agenda innumerables
pendientes bibliográficos. Luego, claro, vinieron más libros de la misma
naturaleza: las dos largas entrevistas de Fernando Sorrentino a Borges y Bioy,
el libro Conversaciones con
interrogatorios a Cioran (colectivo) e incluso la saga Todo México de Elena Poniatowska y las charlas de Ricardo Rocha y
Silvia Lemus con artistas e intelectuales. Y muchos más, incluidos los
productos en video de Cristina Pacheco, Fernando Sánchez Dragó o Cristina
Mucci, por citar sólo tres casos notables de buenas entrevistas televisivas.
Esta
justificación de mi gusto por la entrevista no podría estar completa si no
añado que tiene la apariencia de ser un género fácil, pero lejos está de serlo.
Por supuesto, implica lo que ya sabemos: preparación del entrevistador,
habilidad para preguntar y repreguntar, prudencia para no liarse a dimes y diretes
con el entrevistado y, al final, oficio para desgrabar/transcribir
adecuadamente las declaraciones cuando van a la prensa o al libro. Es una
técnica, en suma. Obviamente, no todo entrevistado o no todo tema se abordan
igual. En el caso del mundo artístico, a diferencia del político, la
incisividad es menos imperativa, pues por lo general las opiniones son íntimas,
personales, sin implicaciones vinculadas al interés concreto de las
comunidades, el llamado “bien común”.
Incluso
puede darse el caso de entrevistas a réprobos que no son severamente
interrogados. Para explicar esto traigo el ejemplo de mi amigo Ricardo
Ragendorfer, periodista boliviano-argentino, quien alguna vez declaró que al
entrevistar a represores de la dictadura nunca los contradecía ni les
repreguntaba con énfasis, sino que llevaba los diálogos apaciblemente. Lo
contrario, enfrascarse con ellos en un toma y daca de posicionamientos, ponía
en riesgo el desarrollo e incluso la viabilidad de la conversación, así que lo
mejor era dejarlos hablar con un resultado paradójico y notable: los criminales
soltaban la lengua y evidenciaban su monstruosidad no tanto porque se
exhibieran como monstruos, sino como personas normales con familia, fervor
religioso y despreocupación. En otros casos, no interrogarlos perrunamente
permitía que, con preguntas bien orientadas, respondieran hasta llegar a zonas
inquietantes de la condición humana. Es el caso de la esposa de un represor
(está en YouTube como “Mujeres de lesa humanidad. Capítulo 1: El héroe”) que ya
entrada en confianza habló sobre su truculento esposo como si se tratara de un
querubín.
Las
entrevistas con artistas o, más específicamente, con escritores suelen tener
otra tonalidad. Hay excepciones, pero en general discurren sin sobresaltos. Los
casos raros dependen más que nada de la personalidad del entrevistado o del
entrevistador, como ocurrió en el diálogo trunco entre Nicolás Alvarado y James
Ellroy (en YouTube aparece como “Cioran, James Ellroy, Nicolás Alvarado”).
Fuera de estos casos disruptivos, la mayoría avanza bien, sin turbulencia.
He
tenido el privilegio de entrevistar, pero he preferido leer entrevistas antes
que hacerlas. Es, como tanto en la vida, una elección. Además, por mi trabajo
de escritor me han sido planteadas varias entrevistas. Aunque sin exagerada
frecuencia, desde hace casi treinta años me han buscado periodistas y
estudiantes para dialogar sobre temas cercanos a mi enciclopedia y mi quehacer
permanente o coyuntural. Por cuestiones de tiempo y espacio, y dadas las
facilidades que hoy plantean las herramientas digitales, desde que recuerdo me
acostumbré a aceptar las preguntas (no hay razón para no hacerlo) y las he
solicitado por escrito para responderlas igualmente, mediante mi teclado, “a la
mayor brevedad posible”, para decirlo con una manida fórmula de la burocracia.
Completas o recortadas, muchas aparecieron en la prensa, algunas en libros y
otras tantas, las estudiantiles, sólo sirvieron, supongo, para obtener
calificaciones escolares. Salvo algunas pocas, no conservé las que fueron
publicadas, pero dado que las respuestas fueron escritas directamente por mí,
guardé los documentos en una carpeta digital y ahora los envaso en este libro.
Gracias a las preguntas pude desarrollar ideas que están espigadas ya en textos
más directos, como los de mi columna o mis artículos. Las entrevistas que aquí
traigo pueden ser tomadas como testimonios más o menos rápidos que develan en
algo lo que soy y pienso, así que su interés, si lo tiene, es complementario al
interés, si lo tiene, que pueden despertar mis publicaciones literarias y
periodísticas. En el título uso el adjetivo “contrarreloj” porque así fue como
respondí, apremiado por la promesa de devolver a tiempo los cuestionarios
respondidos.
En
todos los casos he contestado las entrevistas con respeto, incluso las
planteadas por estudiantes, pues siempre fui consciente de que los
entrevistadores se acercaron confiados en mi competencia para contestar. Esto
me recuerda que en no pocas ocasiones, cuando los temas no fueron de mi incumbencia,
rechacé las entrevistas con pena y agradecimiento, nunca por menosprecio al
entrevistador. Este libro es una edición nacida de mi pura iniciativa, casi
puedo decir que engendrada sólo para hacer provechoso alguno de mis ocios
vacacionales. La fecha de la primera entrevista que aquí traigo, 1999,
coincide, no sé si casualmente, con el momento en el que opté por alejarme del ejercicio
periodístico más intenso, el periodismo que no sólo trabaja con materiales
propios de la actualidad, sino que también permite el estimulante diálogo con
colegas en mesas de redacción e imprentas. Seguí en el periodismo, es verdad,
pero desde entonces y hasta hoy sólo me avine a la modalidad opinativa, como
articulista y columnista.
Decidí reunir las entrevistas porque son, sustancialmente, un diálogo con el sujeto que me habita, con el hombre que inevitablemente soy. Las respuestas aquí aglutinadas son, y también por ello las escribí y guardé, un intento por retener lo que pensé luego de recibir el estímulo de las preguntas. Hasta donde me fue posible, organicé cronológicamente el material; casi todo se relaciona con temas literarios, de modo que es importante tener en consideración que algunas ideas se trepan en la circunstancia que atravesaba yo al contestar un interrogatorio. Creo que nada más es necesario consignar, sólo agradecer desde ya a mis entrevistadores y, en este último renglón, a quien se tome el tiempo de leer lo que considere atendible.
jueves, mayo 23, 2024
El sexto piso
Hoy
cumplo sesenta y obviamente esto me asombra. Finalmente, el tiempo sí ha pasado y sí sigue
pasando: yo soy ahora para mí mismo la prueba de tal plúmbea verdad. Antes, uno ve el
paso del tiempo en el exterior: las personas, las cosas, los relatos sobre el
pasado. Hoy ya no necesito esas constancias foráneas: lo veo en mi propio ser, en mi
alma y, sobre todo, en mi cuerpo, que ya comienzan a parecer los muros de la
patria quevediana.
Nadie
me previno sobre el desajuste que se da a la edad que hoy tengo. Por un lado,
la mente está en un buen momento, piensa mejor que nunca, puede sentir qué idea
es afortunada o intuir el mejor rumbo para una reflexión. Supongo que esto es la
madurez.
Por otro, el cuerpo se cansa de otro modo, más y peor, y lo que antes jamás dolió ahora se manifiesta con frecuencia casi diaria. Esta dualidad opera esencialmente mal, y debería ser al revés: que el cuerpo duela y se canse en la juventud, cuando estamos fuertes para resistir y las ideas suelen ser superficiales, y que en la edad avanzada la máquina funcione bien para pensar a gusto, sin rechinidos en las articulaciones. Pero bueno, la experiencia es el peine de Bonavena: nos es dado cuando ya no queda pelo.
Uno llega a los sesenta —supersticioso número cerrado— y es como llegar a una colina desde donde se ve otro horizonte, un horizonte en declive, de bajadita. Hacia allá hay que caminar ahora, siempre tratando de no resbalar, de que el descenso sea inevitablemente lento pero firme hasta donde sea posible.
Es
la hora, ya, de los sueños prioritarios. Al margen deberá quedar todo lo que no
sea aquello que juzgo fundamental, y esto significa que lo que sigue debe estar
invadido de palabras, de páginas leídas y de cuartillas escritas, de viajes, de
lucha contra el amargor y procura de la mayor alegría que pueda amasar para asir la “felicidad inteligente” que proponía Alfonso Reyes.
Sé
que apetecer demasiado a estas alturas es peligroso, pues la salud, la mala en
este caso, ya está acechando. Trataré de cerrarle la puerta y de lograr que el
engranaje de mi organismo funcione y dé para poder con todo lo que falta, que
siempre es más de lo debido.
Tengo a mis hijas, tengo a mi esposa, tengo a mis padres guardados en el corazón, tengo familiares muy queridos, tengo trabajo, tengo amigos, tengo libros y lápices para subrayarlos, tengo un lugar para vivir, tengo una computadora, tengo recuerdos y tengo muchos deseos de caminar con el mejor ánimo hasta la colina que sigue: la de los setenta. Sea.
lunes, mayo 13, 2024
Himno del IMSS en Bellas Artes
El lunes 13 de mayo de 2024 fue interpretado el himno del Instituto Mexicano del Seguro Social, cuya letra escribí en el año 2000; la música es del maestro Ricardo Serna García. El acto tuvo como sede el Palacio Nacional de Bellas Artes. Comparto aquí la liga.
jueves, diciembre 07, 2023
Voces de la calle
Liga para descargar gratuitamente el PDF del cuadernillo Voces de la calle. Pulse en la palabra libro.
sábado, noviembre 18, 2023
Podcast sobre Leyenda Morgan
No
soy de medios audio, visuales ni audiovisuales, por eso el auge de los podcasts no me ha seducido. Esto no
significa, sin embargo, marginarme si alguien me convida a trabajar en un
producto de esa índole, como pasó con la propuesta del comunicólogo
regiomontano Gabriel Contreras, quien me invitó a dialogar sobre la reedición
de mi libro Leyenda Morgan (UANL,
2023) para, con ese material, armar un podcast.
Ya quedó, y aquí
lo dejo al alcance de quien guste escucharlo. Las respuestas que di, si alguien las prefiere leídas, son las
siguientes, y creo son útiles para acceder a la materia de la literatura
criminal en general y a mi libro de cuentos en particular.
1
Mi
primer contacto con la literatura policial, detectivesca o criminal se dio,
como supongo les ocurre a muchos lectores incipientes, con los cuentos de Edgar
Allan Poe, particularmente con el primer cuento de la historia de la literatura
policial: “Los crímenes de la calle Morgue” en la edición de Porrúa de la
colección Sepan cuantos. Allí también hay otros cuentos policiales famosos,
como “La carta robada”, y en esas historias me asombró la acumulación de pistas
y la tremenda capacidad de Auguste Dupin para atar las pistas y esclarecer el
misterio. Supe entonces que todo escenario de un crimen o todo relato detallado
de un delito esconden mensajes, comunican, y la tarea del investigador es
decodificar bien los indicios, interpretar las huellas.
Poco
después, en la misma colección Sepan cuantos de Porrúa, leí los cuentos de Conan
Doyle que tienen como protagonista, ya lo sabemos, al detective más famoso de
la literatura, Sherlock Holmes. Son historias algo mecánicas, de estructura
algo rígida, dirigida al público europeo del siglo XIX, cuando todavía lo
policial no había alcanzado la popularidad que luego tendría. Gracias a Holmes
se afianzó en mí la certeza de que lo más importante en una historia de este
tipo son las pistas, y que el investigador astuto debe ser capaz de conjeturar
lo que comunican.
Con
los años seguí leyendo de todo, y no faltaron libros policiacos, aunque no
muchos, pues hasta la fecha no me considero un lector o escritor de este tipo
de literatura, sino un lector a secas que en el camino ha leído y escrito
algunos relatos policiales. Cayó en mis manos, por ejemplo, el libro escrito por
Borges y Bioy firmado con el seudónimo H. Bustos Domecq, que exagera hasta lo
paródico los recursos de la narrativa detectivesca de enigma. También me gustó
mucho Rodolfo Walsh, su libro Variaciones
en rojo. De los mexicanos, comencé con Bernal y Taibo II, y con el paso del
tiempo se han sumado autores más recientes. También debo decir que el cine y
series de televisión me han orientado y estimulado para animarme a escribir
cuentos policiacos.
Debo
agregar que para mí es muy importante la noción de principio, medio y fin. No
me agradan las historias deshuesadas, los finales nebulosos, demasiado abiertos
o mañosamente resueltos, sin pistas previas. Un último detalle: cuando pensé en
escribir algo policial, pensé en combinar el relato de enigma con el policial
duro. Es decir, que en una misma historia hubiera una pregunta y elementos que aludieran
a la viscosidad de la violencia común, no la relacionada con el narco, sino con
los robos, extorsiones y demás tropelías que siempre han existido.
2
Lo
primero fue imaginar al personaje, diseñar sus rasgos físicos y su psicología.
Gradualmente fui añadiendo detalles a su aspecto. Sabía que debía ser policía
judicial con poca instrucción, con un pasado familiar algo disfuncional y
precario, además de no muy exigente con su ética. También, que debía ser muy
sagaz y valiente, intuitivo. Me impuse desde el principio la idea de hacerlo
antisocial, poco dado a la conversación, solitario, nada sentimental y ajeno
por completo a las delicadezas. Una de las obligaciones más enfáticas que me
propuse cumplir fue vincularlo estrechamente con gustos populacheros, nada
culteranos, pues he leído y visto películas en las que el policía, luego de
pasar todo el día en los barrios bajos, en los tugurios, en los lupanares, en
los callejones oscuros y mugrientos entre delincuentes, soplones y demás canallas,
llega a su departamento de soltero insalvable, se sirve un whisky, pone música clásica
en el estéreo y acaricia a un gatito o a un perro french. Yo no quería eso,
pues imagino que un policía judicial mexicano al uso tiene en general gustos
elementales, oye música populachera, come tacos, bebe cerveza y todo su mundo
real y simbólico es rasposo.
En
el camino también pensé en la formación intelectual de mi protagonista, por
llamar de algún modo a su formación. En lugar de tener referencias sobre la
Divina Comedia, como ocurre con ciertas películas gringas en las que un
investigador deduce que los crímenes se relacionan con clásicos, mi policía
sólo debía tener preparación elemental. Imaginé entonces que en lugar de libros
muy sesudos, mi policía se había pasado la vida leyendo novelitas semanales de
puesto de periódicos, literatura baratísima, historietas mexicanas. Como le
pasó al Quijote con las novelas de caballería, mi investigador se ve embrujado
por los cómics que devora y eso lo lleva a imaginar que él puede convertirse en
protagonista de esas publicaciones. Así, mi libro Leyenda Morgan es un libro de
cuentos, pero con algunos rasgos de novela, como un solo personaje en todas las
historias, una sola atmósfera, una estructura similar en donde se trata de
respetar el principio-medio-fin y un presente narrativo en todo el libro. En
este sentido, se me ocurrió que el presente narrativo de todo el libro se da
mientras el policía bebe cerveza en una cantina, y entre cada vuelta a ese
presente el personaje imagina delitos que ha esclarecido en el pasado, siempre
con la sensación de que son parte de una historieta.
Esto
va de la mano a la idea de añadir imágenes de cómic al libro, portadas como de
historieta popular mexicana a cada cuento y también una página de historieta en
cada cuento pero no como ornamento, no como ilustración, sino como parte de la
trama para reforzar la idea de que mi policía se imagina protagonista de una
novela policiaca semanal. Este libro ganó el premio nacional de cuento del
INBA-SLP 2005, y los jurados, Ana Clavel, Daniel Sada y Hernán Lara Zavala
destacaron que esta narrativa textual con algunos elementos icónicos era una
novedad. El premio de San Luis es convocado desde 1974, y quizá mi libro sea el
único de corte policial que lo ha ganado.
3
No
soy especialista, como académico, en literatura policiaca de México ni de
ninguna parte. A lo mucho soy un lector esporádico de este tipo de obras. Sé
que en los años recientes han aparecido autores valiosos como Élmer Méndoza,
Eduardo Antonio Parra o Vicente Alfonso, por mencionar sólo a tres muy
destacados, pero son muchos más. Ellos han continuado la obra de Usigli,
Bernal, María Elvira Bermúdez, algo de Ibargüengoitia, algo de Leñero y, por
supuesto, de Taibo II y Juan Hernández Luna. Creo sin embargo que todavía falta
mucho para alcanzar la fuerza y la abundancia de literaturas policiacas o
criminales como las de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y, en América
Latina, Argentina. Ahora bien, esto no es una competencia, y México puede hacer
aportes que ya de alguna manera está haciendo al incorporar a la literatura
circunstancias de la realidad hiperviolenta del crimen organizado. Pero no es
fácil trabajar con la violencia extrema, pues de allí puede salir una
literatura tan truculenta que puede resultar inverosímil. No digo “inverosímil”
porque no pueda ser creída como literatura, sino porque siempre sospecharemos
que es una creación artificial del escritor, ya que sería al menos raro que un
novelista haya “vivido” esas experiencias para después contarlas. Tal vez el
género más adecuado para contra la hiperviolencia sea el ensayo, como lo han
demostrado con sus libros Sergio González Rodríguez, Héctor Domínguez Ruvalcaba
y Oswaldo Zavala.
En
lo personal, creo que los mejores temas para lo policial tienen que ver con el
delito común, con los fraudes, con los robos, con los homicidios por celos o
por venganzas familiares. Quizá eso es un material más fácil de explorar y
explotar por el escritor y no tanto el submundo de la hiperviolencia donde se
mueve el crimen organizado.
4
Ni
siquiera he pensado en mi policía judicial como un antihéroe. Quizá ciertos
lectores se identifican con él porque en el fondo todos apetecemos no tener
miedo, movernos y dialogar con quien sea sin que nos tiemble la voz. En lo
personal creo que mi personaje es desagradable, pero tampoco tuve muchas opciones
al construirlo. Haberlo hecho amable, educado, cordial, justo, sensible, lo
hubieran convertido en un fantasma. El tipo es un tipo terrestre, formado en su
circunstancia, sin muchos principios ni valores. No lo propongo como modelo de
nada en la realidad, sino como un sujeto que, algo hiperbolizados, tiene
algunos rasgos comunes a los guardianes de la ley en nuestro país, peones que
buscan su acomodo en el inmenso ajedrez de la corrupción.
5
Un
rasgo que también quise sumar a Leyenda Morgan quizá no es muy visible, pero yo
sé que de alguna manera está allí. Desde hace mucho soy admirador de la
literatura picaresca española, y creo que en gran medida nuestra realidad está
llena de Lazarillos de Tormes y de Buscones de Quevedo. Quizá en la literatura
ya no aparecen tantos pícaros, pero en la realidad estamos llenos de personajes
de este tipo, logreros, gandallas, transas, vivos. Ahora bien, no creo que esos
personajes sólo rondan en los bajos fondos de la sociedad, sino que son
ubicuos. Esto significa que para mí el pícaro puede vivir y lucir sus mañas en
el barrio, pero también es pícaro quien hace transas en las altas esferas
políticas o empresariales. Si algo caracteriza a la realidad mexicana es eso,
la superabundancia de pícaros. Son pícaros los compas de la tiendita que nos despachan
kilos de 900 gramos, pero también son pícaros los banqueros que nos hacen cargos
oscuros en la tarjeta. Por eso mismo casi nadie está limpio en mi libro Leyenda Morgan, todos se mueven allí
como gesticuladores, son mentirosos seriales y sujetos con moral torcida. La
mirada del lector se centra en el protagonista porque es el protagonista, pero
casi todos los personajes con los que trata harían lo mismo si pudieran.
Esto
no significa que mi libro se asuma como un tratado sociológico o una obra con
mensaje concientizador. No fue ese mi propósito al escribirlo, sino articular
historias en las que con ciertas dosis de humor negro se refleja de manera algo
esperpéntica la realidad en la que creo que nos movemos. Es por ello un objeto
literario, no académico, aunque alguien quiera leerlo de cualquier otra manera.
La idea más remota de este libro me nació al escuchar una conferencia sobre
derechos humanos. Recuerdo que la ponente habló de los procesos judiciales y dijo
que si las evidencias de un delito no están bien levantadas, no habrá castigo,
pues el debido proceso obliga a que el delito quede perfectamente demostrado.
Como las escenas del crimen se contaminan, como las autoridades no peinan
adecuadamente los lugares donde se comete un delito, eso a la larga provoca la
imposibilidad del castigo, la impunidad. Mi personaje no es un corrupto mayor,
es un pícaro centavero y un traidor casi secreto de su oficio, pero si
multiplicas esa picardía individual por miles o millones, es por eso que
vivimos en una realidad muy dada a la injusticia, a la impunidad.
6
Los
argentinos hablan de “códigos” y de “no tener códigos” cuando un delincuente
traiciona a otro o pasa ciertas líneas, como no cumplir un acuerdo, robar lo
robado o meterse con familiares. Creo que esta insistencia en la “ética”
entrecomillada es herencia de los grupos mafiosos del sur de Italia, lo que
tanto resalta y seduce en la saga de El
Padrino. No creo que en México sea tan claro hablar de este tipo de códigos.
Acá siento que no hay mucho prurito o cargo de conciencia si alguien traiciona
a alguien, si se rompe con la ética. Mi personaje es un tipo torcido, que ni
siquiera repara en la existencia de una mínima ética. Lo único que busca y
muchas veces logra es obtener una ganancia particular tras dar con la solución
de un misterio. En él jamás resalta un remordimiento, la idea de que
transgredió algo. Para él, lo más normal es lo anormal, medrar, usar su cargo
para centavear. Por eso también vive y trabaja solo; esto le permite no
rendir cuentas a nadie.
7
Es
cierto, mi libro es una mixtura de elementos cultos y populares. Me da pena
decir que un rasgo culto está en la textura de la prosa, en su tono, y en la
idea cervantina que ya mencioné: así como el Quijote enferma con novelas de
caballería, mi policía es engatusado por los cómics policiacos. Los elementos
populares son muchos: las canciones que oye mi policía (sólo Los Cadetes de
Linares), las películas que ve (de los hermanos Almada), su apodo de beisbolista
y en general el contexto en el que se mueve, los lupanares, las cantinas, los
mercados, las taquerías. En todo esto creo que influyó el hecho de que yo me
muevo en dos planos: tengo algún contacto con la alta cultura (por ejemplo, con
los libros) y también con la calle, con la realidad más inmediata de la comarca
lagunera.
8
En todos los cómics imaginados por el Teniente Morgan hay una frase que opera como subtítulo: “La ley nunca descansa”. Por supuesto es una ironía. Mi policía representa a la ley, pero es quien menos va a ejercerla. Podría pensarse que él es una sinécdoque del Estado criminal: la parte por el todo. Él no es tonto, al contrario, no tiene lecturas, no tiene formación, pero es muy inteligente. Lamentablemente pone su sagacidad al servicio sólo de sí mismo, nunca de la ley.
miércoles, septiembre 27, 2023
domingo, agosto 28, 2022
Uno de mis abuelos
Quesque hoy es el Día del Abuelo, así
que bueno, venga un breve recuerdo. Al de mi flanco paterno, Zeferino, de
rulfiano nombre, no lo conocí, pues él ya había muerto cuando aterricé en
este mundo. Al que sí conocí fue al padre de mi madre, de nombre Eduardo Vargas
Rodríguez. Esta foto es la única que tengo solo con alguno de mis abuelos, y
supongo que data de 1966, cuando yo rondaba los dos años de edad. Creo de hecho
que es de mi cumpleaños, pero la verdad no sé. Mi abuelo nació, según mi madre,
en 1904 (como Alejo Carpentier, como Agustín Yáñez); era oriundo de Sierra
Mojada, Coahuila, pero pronto se avecindó con su familia en San Pedro de las
Colonias, Coahuila, donde estudió la primaria. Sólo probablemente, sin asegurar
nada, he pensado que mi abuelo pudo haber visto en San Pedro a Francisco I. Madero,
quien por aquellos tiempos vivía en aquel municipio; fue allí, precisamente y
como sabemos, donde el político parrense escribió La sucesión presidencial. Pero insisto, esta es sólo una suposición de mi parte.
Mi abuelo murió a mediados de los setenta, así que me dio tiempo de verlo para ahora recordarlo. Mi madre nos llevaba con frecuencia a saludarlo, yo tendría ocho o nueve años, y debo confesar que me infundía miedo, pues era un señor hosco, muy poco dado a la sonrisa, de voz áspera. Había tenido éxito en los negocios, sumaba una buena cantidad de propiedades y usaba unos lentes de cristal verdoso que hacían imposible ver cómo nos miraba. En las fiestas era espléndido, patriarcal, y ordenaba la preparación de abundante comida, mucho trago y música ininterrumpida de mariachi o conjunto norteño en vivo. El recuerdo más presente que de él tengo es el siguiente: una vez mi madre me llevó a saludarlo o a cualquier otro asunto, y al entrar a su oficina (la oficina que había acondicionado en su casa) vi que tenía abierta su caja fuerte. Yo era un niño, supongo que de aproximadamente ocho años, y mi abuelo no se preocupó en cerrar la pesada puerta de la caja. Pude ver, como en las películas de hacendados, monedas de oro (quizá de los llamados “centenarios”), papeles seguramente importantes (escrituras), algunos fajos de billetes y una pistola. Es difícil olvidar esos símbolos de poder, por ello la imagen de aquella visión ha perdurado en mi memoria. Sé que nunca manejó autos, aunque tuvo muchos, y que sus parrandas eran largas y musicales, aunque esporádicas. A Carmen, su esposa, es decir, a mi abuela y madre de mi madre, la recuerdo también con suficiente claridad. Murió por las mismas fechas, allá por el 75, y era el envés de don Lalo: afectuosa, tierna, frágil, abnegada. Por mi abuelo llevo como segundo nombre Eduardo. Por último, algo había en don Lalo que le daba un aire al actor Carlos López Moctezuma, de ahí que me infundiera miedo.
jueves, diciembre 31, 2020
Eternas gracias
¿Cómo hizo mi madre para tener siete hijos y no perder la serenidad? ¿Ocultaba y disimulaba bien el estrés o realmente se mantenía tranquila? Por supuesto que a veces se enojaba, pero era por hechos nimios, cuando nos hacía pequeño encargo (“Tiende tu cama”, “Lava esos dos platos”) y no la obedecíamos. Nunca, que yo recuerde, me transmitió una sensación de inseguridad. Aunque jamás hubo de más, siempre se las arregló para que tuviéramos lo básico: el alimento, la ropa, la escuela… Si algo me comunicó, creo, fue siempre la certeza de que lo indispensable jamás nos faltaría mientras ella estuviera allí.
Como
la vida, le debo la fortuna de haber atravesado una carrera universitaria. Ella
me inició en el proceso de estudiar cuando de su mano me llevó al kínder. Es un
día que jamás he olvidado: en agosto de 1970 llegamos al “Jardín de Niños Pdte.
López Mateos” de la colonia Santa Rosa, en Gómez Palacio; yo tenía seis años, y
me dejó allí, metido en un aula junto a muchos niños y dos educadoras. Cuando
se dio la vuelta y salió, recuerdo que corrí a alcanzarla, gritando y llorando,
pero me detuvieron e, impotente, vi que mi madre se alejaba. De inmediato me tranquilizaron
y allí comenzó mi peregrinaje escolar.
Salí
del kínder público, luego pasé a la primaria, la secundaria y la preparatoria
también públicas, donde fui, como lo he dicho siempre, sin vergüenza, un estudiante
menos que mediocre. Digamos que era mal alumno, pero como sucede con algunos
beisbolistas, sabía pegar de hit a la hora buena. Y así sobreviví sin reprobar
ningún año hasta que llegó el momento de elegir carrera y universidad.
Por
razones que omito describir, opté por Comunicación, una carrera que en su menú incluía muchas materias de literatura. Lamentablemente, esa carrera era ofrecida en La
Laguna por una escuela privada y, a su modo, inaccesible para la economía
familiar y más para mi madre, quien en casa era la encargada de administrar
todo lo relacionado con nuestras escuelas. Tras conversarlo con ella, me
alentó, agarré valor y fui a la universidad. Hablé con la directora de la
carrera, le mostré mi papeleta de prepa, y no muy convencida vio mi promedio de
8.5. Por suerte, la boleta mostraba sólo el promedio total, y ella no podía
saber que en el camino había aprobado once materias en exámenes extraordinarios.
La directora me oyó y entendió que en realidad me interesaba la carrera, así
que me abrió la puerta desde la primera entrevista. Pero había un problema no
menor: el dinero. Pagar la colegiatura completa me resultaba imposible. Dudó un
poco, mencionó de nuevo mi promedio y al final dijo que me otorgaría un 20% de
beca. Creo que le caí bien.
Volví
feliz a casa, y le di a mamá el notición: fui aceptado y me dieron una beca.
Ella preguntó: “¿Y cuánto hay que pagar con ese 20% menos?”. Compartí la cifra
y, tranquila, respondió: “Creo que es muy alta”. Ella echaba cuentas en su
cabeza, y de alguna forma sumaba y restaba lo necesario para sacarme a flote
sin descuidar a sus otros seis hijos.
Volví
con la directora, me disculpé y le dije que no podría estudiar porque la
colegiatura seguía siendo elevada. Sin más, agrandó la beca: 40%. Fui con mi
madre, hicimos cuentas y la cosa seguía mal. Volví con la directora, le di las
gracias, y subió la beca a 60%. Regresé con mi madre (tomaba dos camiones para
ir de un lado al otro, hacía una hora de viaje), y lo mismo: imposible. La
directora, al verme entrar de nuevo a su oficina, se anticipó y dijo: “80%”. Tras
compartir el nuevo porcentaje con mi madre, hicimos cuentas y dijo “Sí, eso sí
se puede”, y así fue como entré a la carrera.
Consciente
de lo que significaba, y orgullosa también, mi madre estuvo discretamente
atenta a mis necesidades de estudiante universitario. Jamás dejó de estar
pendiente de la colegiatura y, entre otras herramientas, me compró la hermosa
cámara Pentax K1000 para los ocho semestres que duró la clase de fotografía con
el profe Jáuregui. En ese tiempo comencé a comprar libros como loco, y recuerdo
que cada vez que me veía llegar decía, alegre pero fingiendo resignación: “Ay, tú
y tus libros”.
Le
debo tanto a mamá que siempre me quedo corto al recordar sus hazañas familiares.
Hoy,
31 de diciembre de 2020, cumpliría 90 años. Felicidades y eternas gracias, ma.
miércoles, marzo 04, 2020
Rescate de la lap top

sábado, diciembre 21, 2019
Anhelo de los Converse
jueves, junio 22, 2017
domingo, septiembre 04, 2016
El cuento y el éxtasis
Mi paisano y admirado amigo Vicente Alfonso me hizo la siguiente entrevista sobre Ojos en la sombra (Conaculta, 2015). A poco más de un año de la publicación del libro en la colección El Guardagujas, estas fueron mis respuestas.











