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viernes, diciembre 19, 2025

Una (¿primera?) compilación policial













Sabido es que hasta no hace mucho tiempo la literatura policial, detectivesca y criminal (llamémosle provisionalmente de estas tres maneras en consideración a sus vertientes más señaladas) no tenía muchos cultores en México. Puede decirse que mientras en otros países los autores de esta literatura escribían sagas a la manera de Agatha Christie y Georges Simenon, en México no fue sino hasta la aparición de Belascoarán Shayne cuando surgió el primer creador dedicado casi exclusivamente al género: Paco Ignacio Taibo II. Por supuesto que antes lo trabajaron algunos otros escritores como Antonio Helú, María Elvira Bermúdez, Rodolfo Usigli y Rafael Bernal, pero ninguno con un proyecto compacto y seriado al modo del de Taibo II. Esto, lo sé, puede ser debatible, pues Helú había creado veinte años antes a Máximo Roldán, pero, a diferencia de Belascoarán Shayne, no tuvo una secuencia larga de apariciones literarias ni alta gravitación entre los lectores, lo que sí logró Taibo II con su investigador protagónico y sus pesquisas del crimen.

En 1955, hace justos setenta años, apareció publicada por Ediciones Libro-Mex un libro peculiar: Los mejores cuentos policiacos mexicanos. Esta compilación, no necesariamente antológica, fue organizada por María Elvira Bermúdez (Durango, 1916-Ciudad de México, 1988), quien además de prologarla incluyó uno de sus cuentos. Luego del prólogo, la maestra Bermúdez —por cierto duranguense ilustre pero lamentablemente no muy conocida— añadió una bibliografía que es casi nomás una hemerografía. Cita allí, aunque por desgracia sin anotar fechas, una publicación mexicana de índole policial. La mayor parte de los ítems se refieren a cuentos publicados por diversos autores en la revista Selecciones Policiacas y de Misterio. De ella tomó Bermúdez el grueso de los cuentos seleccionados, seis en total, por lo que es lógico conjeturar que, salvo esta publicación, no abundaban los libros del género ni más revistas.

En la nota “El semillero ‘noir’ en México” (suplementó Confabulario, El Universal, sin fecha en línea), Perla Holguín Pérez comparte excelentes datos sobre la revista mencionada. Dice por ejemplo que “Selecciones Policiacas y de Misterio fue la primera revista mexicana dedicada exclusivamente a la narrativa policial y de misterio. En ella se incluyeron tanto cuentos como novelas; comenzó a publicarse en marzo de 1946 y se mantuvo en circulación hasta 1953, posteriormente, con algunos cambios hasta 1961. Fue creada por el escritor, guionista y director cinematográfico Antonio Helú (San Luis Potosí, 1900-Ciudad de México, 1972)”.

Llamar “semillero” a tal publicación es exacto, pues la compilación de Bermúdez casi se nutre de cuentos previamente publicados en aquellas páginas (cuatro de las seis piezas del libro fueron acogidas en su primera aparición por Selecciones…). Llama la atención que la compiladora tome como base para armar el racimo de ficciones casi un solo medio; esto significa que lo policial no tenía mucha salida en otras revistas o libros contemporáneos, lo que de paso mueve a suponer que la reunión elaborada por Bermúdez es la primera de su tipo en nuestro país.

El breve libro (141 pp.) abre con un epígrafe de Alfonso Reyes, quien en el 55 aún vivía (le faltaban cuatro años para morir): “¡Interés de la fábula y coherencia en la acción! Pues, ¿qué más exigía Aristóteles? La novela policial es el género clásico de nuestro tiempo”. Traer estas palabras del polígrafo regiomontano parece un espaldarazo ante la conocida minusvaloración del género policial que todavía se daba aquí en aquella época: si Reyes lo reconoce —parece decir la compiladora—, significa que el género es bueno.

El prólogo de Bermúdez tiene un aire de justificación: se siente en él que además de explicar las características de lo policial, lo válida ante un lector, suponemos, todavía algo rejego para aceptarlo como literatura y no como artificio de segundo orden. “En la epopeya moderna (como tal califica Roger de Caillois la literatura policiaca) el deus es machina que pone en claro todos los enigmas y crea la más pura armonía entre los hechos, las cosos y los seres, encarna en el detective, al que yo una vez consideré también como un moderno desfacedor de entuertos que se arma caballero el emprender la cruzada contra el crimen: ha trocado le lanza per la lupa y el escudo por el revólver, pero continúa siendo un caballero”. Se refiere aquí a la literatura de enigma, sin efusión de sangre, bajos fondos ni tipos duros, es decir, a los juegos de lógica a la manera holmesiana.

Luego, acota (recordemos que explica esto en 1955): “En España y en los países hispanoamericanos el acervo literario detectivesco es muy raquítico en virtud, precisamente, de la ausencia de esas circunstancias [grandes urbes y sofisticados equipos forenses]. Pero, a mi parecer, la subestimación del escritor latino, y en particular, del mexicano, hacia el tema policiaco, tiene causas mucho más profundas: el inglés y el estadounidense tienen para la ley un respeto y una confianza que, sean o no espontáneos y sinceros, marcan siempre su fisonomía colectiva. Cuando son víctimas de un atropello, acuden a la autoridad y dejan a su cargo la reparación del daño y el castigo del delincuente”.

La situación es muy distinta, dice Bermúdez, en nuestros países, tanto que lo policial acá no es literatura digna de “amoroso cultivo”. Añadió: “El latino, el hispano-americano y sobre todos, el mexicano, se distinguen en cambio por un escepticismo sin recato hacia el poder de la justicia abstracta y por un desdén amargo hacia la actuación de los depositarios de la justicia concreta. Para el mexicano, revancha es sinónimo de justicia; y la revancha sólo de sí mismo puede dimanar y convertirse en acto. Por ese motivo, es él en persona quien venga los agravios que le han sido inferidos; y también por esa causa, le tiene sin cuidado la persecución de la justicia”.

Más allá de las puntuales observaciones de Bermúdez, es un hecho que fue hasta los setenta cuando nuestro noir comenzó a despuntar con mayor llegada a los lectores, y no se diga lo que pasó a partir de los noventa con narradores como Juan Hernández Luna y sobre todo Élmer Mendoza, quienes en un momento (vigente hasta la fecha) de inseguridad extrema en el país atrajeron a una legión de escritores que aún hoy escriben, publican, participan en encuentros y ferias, y extraen, con diferente fortuna, jugo al tema de la violencia y las vicisitudes para perseguirla y castigarla, sea legal o ilegal la procuración de tal justicia.

Las piezas engarzadas por Bermúdez muestran una especie de “estado de la cuestión” hasta 1955. “Las tres bolas de billar”, de Antonio Helú (“pionero de la literatura policiaca en México”, según Bermúdez), es un relato que aparece en La obligación de asesinar (1937), quizá uno de los primeros libros de cuentos policiales mexicanos, si no es que el primero. Su trama es un poco enredada e inverosímil, pues aborda un triple asesinato en la sede de un YMCA, dentro de su área de juegos. Matan a unos sujetos con bolazos de billar e inmediatamente después del hecho ocurre que Máximo Roldán, quien se encontraba allí, resuelve el caso anudando las pistas que dejó el hecho. Lo importante aquí es el desafío intelectual que plantea la resolución del delito, no el delito en sí, por eso el cuento termina cuando se aclara el enigma sin que importen las consecuencias del desaguisado.

Le sigue “De muerte natural”, de un icono del policial mexicano: Rafael Bernal (Ciudad de México, 1915-Berna, Suiza, 1972), el famoso autor de El complot mongol (1969). Como en el cuento anterior, aquí lo importante es el enigma que resuelve el pintoresco Teódulo Batanes: gracias al fortuito encuentro de una aguja hipodérmica (cuando no eran desechables) y otras pruebas logra descifrar un crimen cometido en una casa de recuperación atendida por monjas. El tono es similar al de Helú, socarrón, como si una muerte fuera el hecho ideal sólo para divertirse con la aclaración del enigma. La trama plantea cierta inocencia, la aclaración de un delito a partir de una causalidad muy próxima a la casualidad.

Más o menos el mismo tono picaresco (por picaresco me refiero al de la picaresca española) de los dos cuentos anteriores tiene “El muerto era un vivo”, que como subtítulo apunta entre paréntesis que se trata de “Una aventura de Péter Pérez, el genial detective de Peralvillo”, escrito Pepe Martínez de la Vega (SLP, 1907-Ciudad de México, 1954). Otra vez, a esclarecer una muerte acudirá el investigador. El tono es de cierta chacota desde el principio y el narrador omnisciente lo sostiene en figuras jocosas aunque gratuitas: “Tras de cerciorarse del nombre de la calle por donde iba, el ciclista se detuvo frente al número 135 y se acercó al timbre eléctrico para hacer lo que los líderes hacen con el obrero a la hora de cobrarle la cuota sindical: oprimirlo”. O: “El espectáculo que se ofreció a la vista de Péter y del sargento era horrible, tan horrible como el mercado de San Juan, pongamos por caso”. Se refiere al crimen de un comerciante en el que Juan Vélez, una especie de Watson chilango que trabaja junto a Péter Pérez, se adelanta y acusa a la esposa del asesinado, pero ya sabemos que no tiene razón, pues el apego al rígido esquema de Conan Doyle reserva el éxito al investigador más ducho, en este caso Péter Pérez, “el genio de Peralvillo”.

“El príncipe Czerwinski”, de Antonio Castro Leal (SLP, 1896-Ciudad de México, 1981), rompe en tres sentidos con la tesitura de los cuentos anteriores. Primero, no es estrictamente policial, sino de espionaje; segundo, no se ubica en la capital de México, sino en Varsovia, Polonia; y tercero, su prosa acusa una textura literaria más refinada, incluso poética, elegante. Tres diplomáticos, uno ruso, otro yanqui y otro mexicano (como en los chistes), hacen amistad en la aburrida capital polaca. Se reúnen en un hotel, donde aparece una mujer hermosísima que es pareja del príncipe Czerwinski. La dama engaña al noble con los tres diplomáticos, aunque en diferentes días, no simultáneamente. Luego acontece que matan al príncipe y los amigos tiemblan ante la posibilidad de ser culpados, pues los tres son amantes escalonados de la misma mujer. El caso no tiene un detective ni una investigación, y se resuelve sin más por intereses de Estado. La estructura del cuento no es la adecuada, pues el asesinato, factor que detona la tensión, aparece muy tarde. El autor se detiene con regodeo en la descripción del ambiente y pasa con dilación al eje de la historia (de hecho, el príncipe del título tiene una participación harto lateral). Pese a esto, es un cuento atractivo principalmente porque disloca la tendencia marcada por los relatos procedentes.

Rubén Salazar Mallén (Coatzacoalcos, 1905-Ciudad de México, 1986) es el autor del quinto relato, “El caso del usurero”. Tiene un tono parecido al de los tres primeros cuentos, y el escenario es de nuevo la Ciudad de México. Desde su arranque se nota de mejor factura, pues ya en su comienzo ha sido cometido un crimen: mataron a un usurero en su oficina. Otra vez, un policía aclara mal el delito, y un investigador ajeno a la estructura oficial se encarga de resolverlo sumando pistas y tejiendo buenas conjeturas. Lo que busca ser exhibido en este cuento todavía es el trabajo de ingenio, la construcción del enigma y su resolución, sin que se vaya más allá en lo social o político. Así, el enigma está como recortado del contexto, es más divertimento que otra cosa.

La última pieza del menú es “La clave literaria”, de la autora de la compilación. Es la última y es la mejor si nos atenemos a las fórmulas del cuento policial de enigma. Salvo por el uso de enclíticos que lo hacen parecer anticuado en el flanco del estilo (“desvióse”, “registróse”), está bien armado y tiene una resolución ingeniosa. El detective es amateur, un periodista que viaja a una pequeña ciudad de Hidalgo. Traba diálogo con el dueño del hotel, un español con inclinaciones falangistas y gustoso de la literatura. A medio cuento, matan al viejo, y el periodista, de apellido Zozaya, descubre al asesino mediante una pista de orden literario (un busto de Cervantes), de allí el título. Una frase del relato llama la atención: cuando el periodista y el español conversan, descubren que ambos tienen gusto por la literatura policial, y el mexicano pondera las historias del género con estas palabras: “Algunas no son tan corrientes como se supone; además, la lucha contra el crimen es siempre apasionante…”. Destaco el “como se supone”, una idea que la autora pone en boca de su personaje.

Más allá de la calidad que hoy puedan tener las piezas de Los mejores cuentos policiacos mexicanos en la percepción de los lectores, es meritorio que la compiladora/autora María Elvira Bermúdez haya armado y prologado este librito extraño, quizá la primera reunión de cuentos de su tipo publicada mucho antes de que el noir llagara a gozar de una especie de boom en nuestro país.

La maestra Bermúdez, no es ocioso traerlo aquí, publicó otra compilación en 1989, póstuma y también prologada: Cuento policiaco mexicano: breve antología (Premiá), pero esta es otra historia. La autora fue ensayista y narradora. Creció y radicó en la Ciudad de México. Estudió Leyes en la Escuela Libre de Derecho. Fue actuaria de la Suprema Corte de Justicia; secretaria de Acción Social del PRI; profesora de enseñanza especial de la SEP. miembro de la Asociación de Escritores de México y del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Colaboró en América, Cuadernos Americanos, Diorama de la Cultura, El Nacional, Excélsior, México en la Cultura, Nivel y Revista Mujeres. Medalla Magdalena Mondragón 1983. Escribió algunas notas preliminares y prólogos para la colección “Sepan cuantos...”, de Porrúa, de la narrativa de Arthur Conan Doyle, Julio Verne y Edgar Allan Poe.

sábado, julio 06, 2024

El camino a Norte negro













Larga, callada y fructífera ha sido la andadura de Gerardo García Muñoz (Torreón, Coahuila, 1959) para llegar a Norte negro. Catorce miradas a una narrativa criminal mexicana (UANL-Ibero Torreón, Monterrey, 2023, 274 pp.). No dudo en subrayar que este conjunto de ensayos lo confirma como uno de los más salientes especialistas del género negro en nuestro país, temática que por otro lado arreció su producción en las más recientes décadas, dos al menos. García Muñoz aborda en su nuevo libro, en amplios y documentados ensayos, novelas y cuentos de escritoras y escritores nacidos o no nacidos, pero sí radicados, en alguna de las seis entidades del norte mexicano. Son, o somos, Martín Solares, Vicente Alfonso, Eduardo Antonio Parra, Hugo Valdés, Orfa Alarcón, Norma Yamille Cuéllar, Gabriel Trujillo Muñoz, Daniel Salinas Basave, José Salvador Ruiz, Ricardo Vigueras, César Silva Márquez, Imanol Caneyada, Carlos René Padilla y yo, que he sido colado a la indagación del ensayista lagunero.

Ahora bien, podría aquí recorrer cada uno de los ensayos que componen Norte negro, pero sé que Jessica Ayala y el autor sobrevolarán su contenido. Prefiero por lo tanto hablar brevemente sobre la trayectoria de Gerardo García, sobre lo que ha hecho para construir este libro ambicioso y bien logrado. La semblanza de solapa señala que es profesor asociado de Español y Humanidades en Prairie View A&M University, en Houston, Texas; obtuvo el doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Estatal de Arizona. Ha enseñado también en el Instituto Tecnológico de La Laguna y en la Universidad Iberoamericana Torreón. Entre otros, ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de la invención (Tierra Adentro, 1994), El Almirante redivivo (Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila, 1997), Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (Universidad Iberoamericana, Torreón, 2003), El enigma y la conspiración (UA de C, 2010), La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana (Conaculta, 2010), coeditado con Fernando Fabio Sánchez. Ha colaborado en las revistas Acequias, Temas y Variaciones de Literatura, Dura: Revista de literatura criminal hispana, entre otras. Su principal línea de interés es la literatura criminal y detectivesca en español.

Pese a lo sucinta, la semblanza es compendiosa, sirve para el propósito de ver desde un dron el territorio intelectual ocupado por García Muñoz. Quiero añadir a lo anterior algunos rasgos que amplían el perfil del ensayista. Vivió la mayor parte de su vida del lado oriental del bosque Venustiano Carranza, por la avenida Escobedo. Su formación se dio en escuelas públicas: el colegio España, la Secundaria Federal Número 1, la Preparatoria Venustiano Carranza, el Tecnológico de La Laguna. Aquí nos asalta una primera rareza. Nuestro escritor tiene título profesional de ingeniero, a lo que sumó la maestría en esa misma disciplina. Estaba ya bien encarrilado, incluso como profesor, dentro de la ingeniería cuando lo jaló otra materia: la literatura. La causa remota de tal llamado estaba en su infancia y su adolescencia: Gerardo fue un tremendo lector de novelas, y si lo adjetivo así no exagero. Entre sus obligaciones escolares siempre tuvo libros de narrativa a merced, sobre todo los que de la benemérita colección Sepan cuantos… le traían a Torreón sus hermanos José y Roberto, quienes estudiaban, respectivamente, veterinaria e ingeniería en el Distrito Federal. Todos hemos visto esos libros de Porrúa, las temibles dos columnas y el renglón cerrado de sus páginas, pero, de niño, Gerardo no se amilanó y en la Sepan cuantos…. ascendió montañas como Los miserables y La guerra y la paz, entre muchas otras. Es por ejemplo, entre quienes conozco, uno de los pocos que han atravesado Los bandidos de Río Frío, y esto lo hizo en la adolescencia.

Su voracidad lectora y una memoria que juzgo harto receptiva permitieron a nuestro autor manejarse como intelectual todoterreno: por un lado, dominaba la ingeniería a un grado más que sobresaliente, y, por otro, mantenía en combustión interna su pasión como lector de literatura. La inusual contienda forzó que un día renunciara a la matemática y la física para ceder toda la plaza a las letras.

Lo conocí en 1988. Recuerdo que aquella vez en su mano traía Noticias del imperio, recién publicada. Me desconcertó saber que, pese al librote de Fernando del Paso, era ingeniero y maestro del Tec de La Laguna, y pronto pude advertir que se trataba de un lector total. No pasó mucho tiempo para que se acercara a la escritura. Comenzó con reseñas bibliográficas, y pronto descubrió la hospitalidad del ensayo, género en el que se acomodó como en su casa. El primero que publicó fue el referido a Adolfo Bioy Casares. Luego vinieron sus trabajos sobre Augusto Roa Bastos, Julio Ramón Ribeyro y otros numerosos escritores. A finales del siglo pasado se estableció en Las Cruces, Nuevo México, para transitar la maestría. Luego en Tempe, Arizona, para el doctorado, donde se especializó en literatura criminal con una tesis que a la postre sería cimiento del libro El enigma y la conspiración. De allí, migró por unos pocos años, ya como profesor de literatura, a Minnesota, y tiempo después, hasta esta fecha, al este de Texas.

En el camino ha participado en numerosos congresos, ha publicado en importantes revistas, se casó con su amada Martha Yadira Díaz y por suerte no se ha olvidado de la polvosa región que lo vio nacer, leer y comenzar a escribir, pues nos visita al menos un par de veces al año.

Hoy, en esta vuelta, nos convida Norte negro, libro que ciertamente, reitero, lo ratifica como especialista en literatura criminal, pero más lo confirma como el voraz y memorioso lector que es desde su lagunera infancia, aquella infancia y adolescencia transcurridas frente al Álgebra de Baldor y las novelas de Porrúa despachadas en una casa amarilla de la avenida Escobedo.

Felicidades a Gerardo por este nuevo producto de su trabajo.

Comarca Lagunera, a 2 de julio de 2024

Nota. Texto leído el 2 de julio de 2024 en la presentación de Norte negro celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Gerardo García Muñoz, Jessica Ayala Barbosa y yo.

miércoles, junio 19, 2024

Narrativa turbo de Juan Romagnoli

 





















Los nombres de los géneros son convencionales. Los aceptamos para saber más o menos de qué hablamos, pero en el fondo da lo mismo el molde, sea el que sea. Podría decirse pues que lo importante no es el continente, sino el contenido. Así, y más allá de las pequeñas variantes que pueda suponer una escritura u otra, llamamos al relato corto de distintas maneras sólo para que la desorientación no nos abrume: microficción, microrrelato, micronarración, narración breve, cuento súbito, cuento brevísimo, minificción…

Pasa algo similar con ese género nacido ambiguo que solemos llamar novela corta, noveleta o, con regodeo galicista, nouvelle. ¿Por qué no llamarle micronovela? Fuera del gélido contexto académico da igual no ceder a la manía nominativa, creo, pues en el caso de la micronovela lo importante, también, es el contenido, no el recipiente que la acoge ni su rótulo. Veamos dos libros con relatos de esta índole.

La micronovela Una bala lleva tu nombre (Macedonia, Morón, 2024, 48 pp.), de Juan Romagnoli (La Plata, 1962), es un relato convincente, eficaz y tenso, legible a velocidad turbo, lo que calza muy bien con su trama de road movie.  Dos delincuentes, Gómez y la Rubia, algo así como Bonnie & Clyde del Gran Buenos Aires, perpetran un robo en Adrogué. El relato comienza cuando, dinero en mano, recién comienzan su escapatoria en el entorno oeste de la capital argentina. No han hecho ni un disparo, pero de todos modos se cuidan de la policía mientras avanzan en su huida. Pasan en esa agitación por Campana y otros lugares cercanos. Su idea es, de hotelito en hotelito, escurrirse por el norte hacia la frontera con Brasil. El problema, sin embargo, no es rajar ante el pálido acecho de la justicia, sino de Tino, expareja de la Rubia. En esto se basa el suspenso de la aerodinámica narración.

Lamentablemente para Tino, quien gozó los favores de la Rubia mientras Gómez mordía barrote, la pareja de ladrones sabe que el tercero en discordia los perseguirá, y ni la Rubia quiere regresar con él ni Gómez desea tenerlo cerca. Contar más es adelantar con imprudencia, “espoilear”, como se dice ahora. Sólo es necesario añadir que Romagnoli ha escrito un cortometraje textual en el que la velocidad juega un rol fundamental: velocidad en los autos, velocidad en las decisiones de los protagonistas, velocidad en la resolución del conflicto. Sólo falta añadir a esto la velocidad en la lectura de quien pase su mirada por las páginas de Una bala lleva tu nombre. El final llegará pronto y, estoy seguro, nadie se sentirá defraudado.

Del mismo autor, el libro Eran viejos conocidos (Macedonia, Morón, 2024, 56 pp.) presenta las mismas características a la obra anterior y añade otra que enfatiza la peculiaridad del género. Esta nueva característica es, precisamente, la que fuerza el uso de la etiqueta “micronovela” y no “macrocuento”. Si bien por extensión se podría pensar todavía en un cuento largo, en Eran viejos conocidos hay un protagonista, Tomás, que sirve como eje de la historia, pero es el despliegue de hechos y personajes distribuido en capítulos brevísimos lo que amplía y desborda las lindes del cuento. Es una sola historia, en efecto, como si fuera una sola bala, pero es expansiva, se abre a muchas subhistorias, lo que añade el ingrediente novelístico.

Del género fantástico —no creo que sea ciencia ficción al uso—, el relato narra un acontecimiento largamente imaginado por la humanidad: la llegada a nuestro globo de seres extraterrestres. El revuelo que provoca la noticia es visto desde la modesta realidad de Mendoza, Argentina, donde vive Tomás. Nuestro protagonista sigue desde aquella provincia vitivinícola las noticias que fluyen a través de los medios de comunicación. Lee y escucha lo que se sabe y se especula sobre los visitantes, y lo que los políticos y los científicos sueltan a confusos chorros por los afluentes del periodismo. La historia avanza y tiene un vuelco cuando un dato inquietante brota al público: los extraterrestres son neandertales alguna vez secuestrados de la Tierra y llevados a un planeta remoto donde no se extinguieron y, claro, siguieron su extraña evolución. Otro elemento significativo es la aparición, no sin humor, de Diana, una científica mendocina que casualmente trabaja en la NASA y tiene cierto parentesco con Tomás. Hasta su inesperado cierre, el relato se precipita en acontecimientos que colocan a Mendoza en el centro de la actualidad mundial. De nuevo, pues, el autor ha contado vertiginosamente una historia cuyos capítulos nos bombardean como luz estroboscópica.

En las dos obras mencionadas, la novela corta, llamada “micronovela” por su autor, nos abre la ventana a un tipo de narración mestizo en el que la amplitud y la pluralidad de la novela se comprimen y avanzan como la pedrada que suele ser el cuento. Es, en todo caso, una mixtura atrayente y harto atendible, una fusión que calza bien al tiempo que vivimos de fragmentarismo, rapidez y eficacia literaria.

sábado, noviembre 04, 2023

Colección Vientos del Pueblo


 











Hace un par de semanas tuve la oportunidad de presentar en Querétaro, dentro del Segunda Semana de Novela Negra F.G. Haghenbeck, un puñado de cuadernillos ilustrados que son parte de la colección Vientos del Pueblo, del FCE. Se trata, como quizá ya lo sabemos, de una serie de publicaciones breves lanzadas al mercado con precios que oscilan entre los 11 y no más de 20 pesos cada una. El escritor sonorense César Gándara y yo los comentamos a los flancos de Luis Arturo Salmerón, coordinador de la colección.

Los títulos de los que hablamos son los que tienen tema policiaco o criminal, y fueron estos siete:

1. “Los crímenes de la calle Morgue”, de Edgar Allan Poe. Sobre él, basta citar el lugar común: es el primer relato policial de la historia.

2. “Con tinta sangre”, del argentino Juan Sasturain, narra el regreso de Cárter a un centro nocturno del Caribe. Habla con el barman Milpalmeras de un hecho ocurrido hace muchos años: en la disputa de la cantante Almita, Bradley y él bolerista Spinoza hablan en un privado del Guayaba Club: Spinoza se hace un tajo y escribe un bolero con su sangre, pero algo pasa y muere: el asunto es saber si se desangró o alguien colaboró para matarlo. La sorpresa, sin embargo, tiene más que ver con el presente de Almita que con todos los demás personajes.

3. “Vidas criminales”, del español Juan Madrid, es la historia de dos recién salidas de la cárcel, Rufina y Dolorcitas. Ambas tienen vocación por el delito, no las detiene nada, como Nikitas del estropicio y la maldad gratuita. En Madrid se dan vuelo cometiendo delitos, matan sin asomo de sentimientos. La maldad está aquí hiperbolizada, es excesiva. El torcido policía que las persigue, Jenaro Iturriaga, tiene gran voracidad sexual, la pureza ética no es lo suyo.

4. “Sfumato. Más azul” es de Elia Barceló, también española. Un asesino serial mata mujeres y deja cuadros a medio pintar. El detective Molina no sabe nada de arte, pero indaga entre galeristas. La historia se combina con otra paralela, como si fueran dos en una: Leonardo da Vinci en Amboise, Francia, explicado, ya viejo y enfermo, los secretos de su arte a un discípulo; aquí rige la idea del misterio como base del arte.

5. Del mexicano Antonio Malpica, “El crítico” narra la investigación de un asesinato. Lo perpetró “El crítico”, un asesino serial que mata escritores, los descuartiza y envía a la policía libros llenos de enmiendas a mano. Solana, el investigador, es acompañado por Ibáñez y una becaria, van a la librería Gandhi, donde en las gavetas está un cuerpo descuartizado. Cierran la librería y mandan llamar a varios escritores. Entre libros, se da la indagación y los amoríos de Ibáñez y la becaria. Al final el crimen no es resuelto, queda abierta la resolución de la historia.

6. En “Subasta”, de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, una narradora en primera persona cuenta su secuestro, la subasta siniestra en la que será ofrecida. La raptaron, como a otros, en un taxi. Para salvarse, recuerda un viejo recurso de su niñez: rodearse de viscosidades de gallos para evitar ser tocada. En la subasta se caga, se mea, y nadie la compra. La tiran a una especie de periférico. Un cuento siniestro.

7. Por último, en “El intérprete griego” aparece Mycroft, hermano de Sherlock Holmes. Es más sagaz que Sherlock según Sherlock. Indagan el caso de un intérprete de griego que se ve involucrado en el intento de robar una fortuna a una familia ateniense. Se sabe que Conan Doyle buscaba bajar el precio a Sherlock, por eso hizo aparecer a su hermano, un tipo más astuto (recordemos que el famoso escritor terminaría matando a su más famoso detective, lo que provocó el enojo de sus lectores).

En total estos siete cuadernillos no alcanzan un precio de cien pesos. Son las publicaciones literarias más baratas y atendibles que hay hoy en nuestras librerías. En Torreón las encontramos en la librería Educal.

lunes, junio 12, 2023

Leyenda Morgan














Gracias al maestro Enrique Medina por su reseña a mi Leyenda Morgan (UANL, Monterrey, 2023). El comentario fue publicado en la edición de Página 12, Buenos Aires, Argentina, el 12 de junio de 2023. Aquí la reseña.

Teniente Morgan

Enrique Medina

La novela policial, mirada de costado en sus inicios por alguna crítica “seria” o “exigente”, y luego revalorizada como un auténtico género literario, tuvo diferentes etapas antes de consolidarse. Pasando de los enigmas de los escritores ingleses a la narrativa dura norteamericana, sin dejar de lado la complejidad del francés Simenón, muchos han sido los creadores que grabaron a fuego libros señeros con personajes que han quedado como clásicos en la mente de los lectores. Al Sam Spade de Dashiell Hammett, al Philip Marlowe de Raymond Chandler, al Mr. Ripley de Patricia Highsmith, al Hércules Poirot de Agatha Christie, y rematando con el brutal Mike Hammer de Mickey Spillane, dejando espacio para los que falten mencionar, vale sumar ahora al Teniente Morgan del mexicano Jaime Muñoz Vargas.

Leyenda Morgan se titula el libro. Con habilidad, el autor ha sabido construir un personaje con características muy marcadas y curiosas en una singular narrativa que no sólo crea un personaje para deleitar con sus aventuras, sino que, en sí mismo ya de por sí, es una considerable creación que se yergue por mérito propio en las páginas que lo dibujan. El modo que tiene el protagonista para presentarse: “Morgan, Teniente Morgan”, imitando al agente de inteligencia 007 con su “Bond, James Bond”, es la clave para ingresar a este fascinante mundo de acontecimientos descalabrantes. Rudas, sangrientas, por momentos escalofriantes, estas historias se desenvuelven en un decorado oscuro y siniestro que el autor describe con absoluta maestría en una narración que peca, muy bien, de tosca inocencia y sutil ferocidad.

El protagonista es un personaje cuyos rudos y sangrientos episodios atrapan completamente. Siendo un nadie lavacoches, de suerte pasa a vestir el uniforme azul de policía. De ahí, gracias al milagro de un muy sonado caso de secuestro, en el que participa apenas dándose cuenta, pero sabiendo aprovechar los coletazos del periodismo amarillista que lo erige héroe por haber perdido parte de la oreja derecha, debido a un balazo cómplice en el trámite, rápido, de reflejos bien aceitados, y gracias a verse en los diarios que lo muestran héroe, el protagonista deja de ser un policía de cuadra y pasa a convertirse en investigador judicial. Y ya, apenas si le falta hacerse acreedor de rasgos que lo singularicen. Magistral, el autor lo describe terminante y con feliz rúbrica.

Morgan, que en realidad tiene un nombre chato y sin brillo, se erige teniente y calza botas picudas de tacón cubano, fuma cigarrillos Raleigh, bebe mucha cerveza marca “Indio”, empuña una pistola “Beretta” de nueve milímetros y quince tiros, y maneja un Impala que a veces niega venirse a razones. Y por si fuera poco, es fanático de la música rock de su juventud. Estas características que lo identifican con aspaviento entre sus pares, sólo son los detalles pintorescos que le dan color y simpatía; pero también tiene otras que sólo comparten el autor y los lectores: y es una profunda vocación de corrupto, asesino y coimero. 

Cada aventura es una delicia de ingeniosidad y estilo. Así como coimea desvergonzadamente, también es estafado por algún asesino falto de palabra. Pero también sabe prorratear una recompensa desmesurada como si lidiara con un tendero de barrio popular. En otra historia es alquilado para actuar como sicario, pero, extrañamente, elimina al contratante. Los relatos se hacen atractivos porque el lector también debe meterse a detective y descubrir la conclusión junto al Teniente Morgan, cuando él, recurriendo al clásico estilo de los finales policiales, pasa a explicar el caso cerrando el episodio. Admirable libro y notable escritor.

El novelista Guillermo Arriaga, guionista, entre otras, de las películas Amores perros y 21 gramos, ha escrito sobre Muñoz Vargas: “Su narrativa suda, huele, moja, ensucia de sangre, lágrimas, semen. Y encima de todo esto es, además, un escritor elegante. Su prosa es limpia, precisa; al estilo de los grandes contadores de historias, no se queda en un regodeo estéril del lenguaje. Quien lea este libro tendrá el viejo placer de encontrarse con una historia contada de manera espléndida, con un escritor que sabe su oficio, un maestro que usa el lenguaje con sabiduría”. 

Cabe destacar las ilustraciones de Rubén Escalante Alonso, que dibuja el personaje con hondura y patetismo, como si se lo hubiera cruzado en algunos de esos aciagos piringundines de terror. Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964. Es editor y maestro de la Universidad Iberoamericana Torreón. Ha publicado una veintena de libros, narraciones como El principio del terror, Juegos de amor y malquerencia, Las manos del tahúr; y también de periodismo Tientos y mediciones, Entre las teclas. Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven, y San Luis Potosí, entre otros. Leyenda Morgan fue editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León.

sábado, mayo 14, 2022

Subsuelo de Salsipuedes












Ricardo Ragendorfer (La Paz, Bolivia, 1957) es uno de los periodistas más respetados en la Argentina actual. Su reputación se debe a la calidad de sus investigaciones y al estilo siempre picoso, siempre mordaz y siempre preciso de su escritura. Pero hay un plus en el que esta valoración de su trabajo tiene, creo, otro anclaje relevante: no opera en una parcela cómoda de la realidad, sino en el lado opuesto, en la zona temática más peligrosa del periodismo, la sección que en México lexicalizamos como “policial”. Ahora bien, el suyo no ha sido un periodismo de lo policial al uso, es decir, aquel que recoge y transcribe el parte de la autoridad para convertirlo de manera servil en nota tratada por lo común con prosa fósil sobre un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes. Todos los países tienen ese periodismo bautizado como “amarillista”.

Hay otro tratamiento de lo criminal y es el que Ragendorfer ha puesto en práctica. Es el periodismo que ve —en un robo, una violación, un asesinato, una extorsión, un secuestro, un enfrentamiento de bandas y todo aquello que habitualmente hace chorrear el morbo de los consumidores de noticias menos exigentes— sólo la punta de icebergs que debajo de su línea de flotación esconden podredumbres misceláneas, vasos comunicantes entre los más variados actores de la delincuencia, sean los mismos delincuentes ya tipificados como tales, sean las autoridades que no les van a la zaga en materia de protervia o ambos en operaciones conjuntas.

De ese tipo de investigación han nacido cientos de reportajes espesos de datos y varios libros igualmente densos de información como La Bonaerense (escrito a cuatro manos con Carlos Dutil), La secta del gatillo, Los doblados y Patricia, de la lucha armada a la seguridad, entre otros. Uno de ellos, la compilación de artículos El otoño de los genocidas, lo reseñé aquí hace poco más de dos años. No repetiré lo que ya escribí sobre el autor, pero me permito un énfasis: leer a Ragendorfer tiene algo de adictivo sobre todo para quienes nos movemos en áreas del conocimiento, como la literatura, mucho menos viscosas. Sus textos nos permiten explorar, acompañados por guiños estilísticos plenos de mordacidad, el accionar nada abstracto, nada literaturizado, del hampa que hoy se desenvuelve con esquemas de trabajo que mucho aportarían en las cátedras de administración empresarial.

Aparte del periodismo, Ragendorfer también ha trabajado en espacios audiovisuales, casi todos disponibles en Youtube, casi todos inscritos en la temática criminal; además, como lo veremos aquí, ha incursionado ya en la narrativa ficcional con La maldición de Salsipuedes (Ediciones B, Buenos Aires, 2015, 216 pp.), su primera novela. Creo que se trata de un gran debut, lo que era más o menos previsible dadas las herramientas de reportero que domina. Digo más o menos porque no siempre es fácil pasar de la narrativa periodística a la de ficción, y al revés. Parecen lo mismo, pero no, y más allá de explicar por qué esto es así, se puede ver estadísticamente que no hay muchos novelistas que desplacen su escritura al reportaje o la crónica, ni coronistas o reporteros que se instalen sin conflicto en el sillón del novelista.

Ciertamente, Ragendorfer “incurre por primera vez en la ficción” con una novela que en lo temático no queda muy lejos de sus dominios. De hecho, la trama, los personajes y el lenguaje tienen la marca de RR, y si hay algunas diferencias con sus relatos reales publicados sobre todo en la prensa, estas son una mayor soltura del estilo, un humor (negrísimo) más visible y el hecho de entreverar con más complejidad el tiempo y el espacio de una historia concebida por la imaginación, no por la realidad. Ahora bien, detengámonos en la última diferencia: ¿esta historia, esta ficción, está muy lejos de la realidad? Hasta donde puedo ver, no. Al leer La maldición de Salsipuedes sentí que asistía al relato de una historia verídica, nada o casi nada distante de las espinosas tramas que con nombres, lugares y circunstancias reales Ragendorfer ventila a diario en espacios periodísticos.

No se trata pues de un divertimento. Aunque sepamos que lo contado es ficción y esta ficción se despliega en clave socarrona, lo interesante de la novela es la matriz investigativa que supone: la del delito común como punta de iceberg. Como en la realidad, Ragendorfer desliza la suspicacia, la duda, en la ficción: en la pequeña ciudad de Salsipuedes hay un asesinato que parece motivado por razones pasionales, pero, al rascar sobre su superficie, el asunto comienza a evidenciar un aspecto de raíz arbórea. Bajo el caso de un crimen de alcoba hay un submundo en el que se intersectan intereses económicos, políticos e ideológicos cuya conexión pone en movimiento los engranajes de la impunidad. Así, cualquier parecido con la vida real no es mera coincidencia.

Dividida en dos partes, 23 capítulos y un apartado que hace las veces de introducción, La maldición de Salsipuedes se erige como ejemplo de la putrefacción que pueden esconder los pueblitos en los que al parecer hay mucha gente de bien y nadie quiebra un plato. Aunque Salsipuedes (en una de las páginas se describe el origen de este pintoresco nombre) sí existe en la Provincia de Córdoba, debemos asumir que, por un lado, no importa la elección del lugar para instalar allí el origen de la historia, y, por otro, es funcional a los propósitos de la narración que sea un lugar algo oculto en el que viven varias familias adineradas, una casta con perfil conservador.

En Salsipuedes asesinan a Sara Palma de Materazzi, esposa de Florencio Materazzi, prestigiado odontólogo del lugar, quien en el momento del crimen participa en un torneo de paddle celebrado en Colonia, Uruguay. El desaguisado desata la voracidad de la prensa y es allí cuando Rudy Lavilla Grau, el abogado de Materazzi, contrata los servicios de Urtaín, un ex subcomisario de la Policía Federal ahora dedicado a ver insípidos casos de una aseguradora (más adelante, en otros capítulos, sabemos cuáles fueron las zancadillas del destino que frenaron la carrera de Urtaín en el servicio público). El ex subcomisario es contratado por Lavilla Grau para que investigue el crimen de la mujer y evitar el chismorreo de la prensa, y esta es la razón por la que se apersona en la Provincia de Córdoba. Poco a poco, Urtaín comienza a escarbar, y con base en la cosecha de algunos datos vislumbra las marranadas que burbujean en el fondo de la calamidad.

Vemos entonces que Urtaín pesca el nombre del mexicano (un tal Jesús, seudónimo de Alejandro Lara) que le afloja un mesero, y dado que su recolección avanza bien, comienzan los misteriosos obstáculos: matan a Farías, el mesero, y él, Urtaín, recibe una agresión que lo manda al hospital; luego, un albañil es encontrado culpable del crimen, pero Urtaín sabe que se trata de un chivo expiatorio a quien le han extraído la confesión de la culpa con procedimientos que en México sintetizó la técnica del tehuacanazo.

Urtaín es centrifugado de la investigación por los mismos que lo contrataron, pues sólo querían simular una investigación, y es aquí donde él decide seguir el rastro por la libre: descubre que cuatro tipos en los que media “amistad”, todos cercanos a Sara Palma de Materazzi, han trabajado en tareas represivas durante la última dictadura (76-83), uno de ellos el obispo Emilio Rádkovic. Todos saben que Urtaín sabe o que al menos sospecha, así que buscan neutralizarlo. Él huye para adelante, pues continúa su indagación, lo que lo pone cada vez en mayor riesgo. Los cuatro tipos que lo siguen conforman una parvada de buitres (un abogado, un dentista, un político y un religioso) que, dadas sus funciones durante el eufemístico Proceso de Reorganización Nacional, aprovecharon la coyuntura y se hicieron de propiedades muebles e inmuebles de víctimas del terrorismo de estado. En la dictadura no sólo hubo, entonces, apropiación de recién nacidos, sino otra apropiación que también es grave y en muchos casos permanece intocada hasta la fecha, con prestanombres: la del patrimonio ajeno.

Ciertas fallas en la estructura de la sociedad tetrapartita, cierta traición, ciertas preferencias sexuales inconfesas, la presencia de un sicario mexicano al que también es pertinente liquidar, el apoyo de un periodista y la ayuda de una colaboradora sorpresa permiten que Urtaín dé con el tuétano del misterio. Pero antes de llegar a esto, lamentablemente, la maldición de Salsipuedes cobra algunas víctimas.

Una ficción de esta índole, como dije párrafos atrás, no es tan ficticia cuando montamos su patrón, una especie de plantilla, sobre la realidad: debajo del poder, en lo profundo de la prosperidad, allá en los mantos subterráneos del éxito material, no es improbable encontrar abusos, atrocidad, despojo, mierda en suma. Ricardo Ragendorfer ha incurrido por primera vez en la ficción con una muy buena novela.

Comarca Lagunera, 8, 2 y 2022 

lunes, diciembre 09, 2019

Vicente Francisco Torres sobre Morgan
























Vicente Francisco Torres, acaso uno de los principales críticos mexicanos de literatura policial, publicó en 2019 un ensayo que acabo de recibir y de leer. Su título es “El relato criminal mexicano en antologías” (Dura, revista de literatura criminal hispana), y al referirse a uno de mis cuentos publicado en Latinoir (NitroPress-UANL, 2018), señala, para mi asombro, que “es todo un acierto que muestra a un narrador que tiene garra de autor policial”. Cierto que me gusta, pero nunca me he sentido particularmente inclinado a trabajar este género de historias. Pasó que escribí Leyenda Morgan aguijado por mi curiosidad, pero jamás quise, ni quiero, aunque en el futuro reincida en esto, ser narrador del inframundo criminal. Me sorprende y agradezco pues que el maestro Torres haya considerado mis cuentos en su largo periplo crítico por la narrativa policial de nuestro país. Pasados quince años después de escritas, esas historias han encontrado a otro crítico de la talla de Federico Campbell, quien también les vio algo bueno.
Maestro de la Universidad Autónoma Metropolitana, Vicente Francisco Torres escribió lo siguiente:

… El cuento con que aquí participa me hizo ir a mi librero en donde estaba Leyenda Morgan. Cinco casos de sensacional policiaco (2009), que incluso tenía yo en una segunda edición de 2011 en donde ya había un cuento menos. Me sumergí con entusiasmo en el libro y encontré a un detective parecido a Filiberto García, el protagonista de El complot mongol. El teniente Morgan tiene un habla coloquial y desenfadada. Por momentos, como Filiberto García, pisa el dintel de los criminales. Si bien estos cuentos se apegan a las disquisiciones del relato de enigma, su lenguaje, sus escenarios, sus personajes, su visión del mundo y sus mismos temas los ubican en el género negro porque su detective no restaura un orden burgués, sino muestra el mundo, lo patea y se marcha en busca de las curvas de una mujer, la penumbra de un bar o el refugio de una rockola en donde siempre suenan Los Cadetes de Linares.
En estos días en que se hermana la narrativa negra con la historieta, es notable que en Leyenda Morgan aparezca no una adaptación de la narrativa, sino lo que dicen las imágenes de Rubén Escalante Alonso puede leerse como parte del relato.
Primitivo Machuca Morales, a disgusto con su nombre, adoptó el alias de Morgan que le dieron en su adolescencia por el parecido que tenía con el beisbolista Joe Morgan. Abandonó los estudios y entró en la policía de Torreón. Un día alguien le dijo Teniente Morgan y desde entonces se le conoce así. Es un hombre brutal, homofóbico, misógino y que resuelve su vida sexual en los lupanares de Torreón. Tiene un antiguo Impala con el motor arreglado para devorar kilómetros, come tacos de suadero y saborea el chamorro de botana. Fuma cigarros Raleigh, usa botas texanas, gusta de las películas de Mario Almada, bebe cerveza Indio y lee novelas ilustradas de las que venden en los puestos de periódico, llenas de erotismo, violencia y romance. Sabe que los policías que trabajan con él son corruptos y ladrones pero la moral suya no es intachable. Siempre que resuelve un caso se queda con el botín o extorsiona a los delincuentes antes de dejarlos ir. Esta es su visión de la vida: “El mundo estaba descompuesto, irremediablemente descompuesto y él no había nacido para enderezar los miles y miles de torcidos destinos que habitaban sobre la cáscara del globo. Que se pudriera todo, que se pudriera más y más al cabo ya estaba podrido y nada se podría salvar”.
Los escenarios de sus cuentos son adecuados (callejones, menudearías, bares, table dances, chiqueros) y, junto con la caracterización de Morgan que va creciendo historia tras historia hace que los relatos de este volumen formen un todo unitario.
Aunque sus escenarios, lenguaje y tema son brutales, al estilo de la narrativa negra, Muñoz Vargas tiene recursos típicos del relato de enigma. Si en el cuento ajedrecístico un asesino sale del cine para cometer su crimen y regresa mientras dura todavía la película para tener coartada, en “A sangre y lodo”, que transcurre en su parte central en una porqueriza, el matancero sale del billar cuando todos están embebidos en una apuesta. Va, mata y regresa. Nadie se dio cuenta porque estaban hipnotizados por el juego. En la última página de este libro notable hay unas líneas reveladoras de la conciencia que tiene el autor sobre su trabajo:

Escribí los cinco cuentos de Leyenda Morgan entre agosto y diciembre de 2004; ignoro si es prudente señalar que de aquellos meses a la fecha se ha deteriorado notablemente el estado de la seguridad pública en La Laguna y, acaso, en la mayor parte del país. Expertos y diletantes coinciden en afirmar que el principal motor de la violencia sin orillas es la impunidad. Más allá de lo literario, este libro quiso resaltar a escala y con algo de sorna aquel virus de nuestra cultura que fue más o menos manejable hasta hace poco. La desgracia, sin embargo, se ha fugado a estadios de sicosis en algunas regiones del país, de ahí que el relato policial sea apenas una caricatura de lo que nos acontece y quién sabe a dónde vaya a derivar.

Esto significa que el teniente Morgan, con los recursos que ha trabajado, ya no tendrá lugar en el mundo de violencia sin cuento que Muñoz Vargas ha visto nacer.

miércoles, diciembre 26, 2018

Latinoir en La Laguna
















Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez vuelven a su tierra, La Laguna, cada que pueden. El primero es profesor universitario en Texas y el segundo es lo mismo, pero en California. Dado este eterno retorno vacacional, hemos decidido organizar a cada vuelta alguna actividad literaria. Comenzaremos hoy, con la presentación de un libro de cuentos policiales. Hemos convocado al público al restaurante El Danubio (Escobedo 284 ote., Torreón), sección del bar, a las 7 de la tarde. Como adelanto, va aquí un fragmento el prólogo escrito por Gerardo:
LatiNoir: Muerte con pasaporte (NitroPress-UANL, 2017) ofrece al público lector una colección de cuentos policiales escritos por autores de cinco países latinoamericanos: Argentina, Colombia, Cuba, Brasil y México. Los textos incluidos en este volumen dibujan un mapa de la reciente producción de una vertiente literaria inventada por Edgar Allan Poe, y que se ha convertido en un fenómeno global en sus derivaciones novelísticas, cinematográficas y televisivas. A partir de la aparición en 1841 del primer cuento policial, “The Murders in the Rue Morgue”, innumerables plumas han aportado modelos para narrar las andanzas de incontables detectives. Desde el relato enigma inglés simbolizado en Sherlock Holmes y Hercule Poirot que resuelven crímenes a través de un alarde de razonamientos matemáticos, hasta la ficción del hard-boiled estadunidense con sus  detectives arquetípicos, Philip Marlowe y Sam Spade, los cuales se tienen que enfrentar al mundo violento provocado por la gran depresión de 1929, la narrativa policial anglosajona ha ejercido una enorme influencia en los escritores de habla hispana y portuguesa de nuestro continente. Tal influjo se plasma en antologías publicadas en un periodo de medio siglo, y asimismo, en ellas se manifiesta la evolución en la práctica de un género en el cual se inserta LatiNoir: Muerte con pasaporte.
En 1964 el académico estadunidense Donald Yates publicó El cuento policial latinoamericano, una antología que incorpora textos apoyados en la fórmula del relato clásico inglés, como “El embrollo del reloj” de la mexicana María Elvira Bermúdez, y “El caso de Ada Terry” del argentino Leonardo Castellani, o su parodia: “Las doce figuras del mundo” de H. Bustos Domecq (seudónimo tras que se oculta la bicéfala autoría de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares)…

sábado, noviembre 24, 2018

Sherlock Holmes, suma y espejo















Una inquietud me rondó durante mucho tiempo: ¿por qué fue Sherlock Holmes quien se impuso como suma y espejo entre todos los detectives que en la literatura han sido? Recuerdo, para ayudarme a responder, una afirmación de Borges sobre Quevedo. Decía el autor de Ficciones que todo gran escritor necesitaba, para perdurar, de la creación de un símbolo. Daba el ejemplo, si la memoria no me defrauda, de Cervantes, quien desde el punto de vista técnico no es mejor escritor que Quevedo, pero que dio con un símbolo que luego le sirvió para encumbrarlo: el del caballero andante, epítome de idealismo. Igual, o parecidamente, obraron Dante con su infierno, Shakespeare con el amor imposible de RyJ, o más cerca en el tiempo Kafka con el repentino escarabajo y Rulfo con el cacique enamorado de Susana San Juan. Conan Doyle dio con Sherlock Holmes, lo convirtió en un personaje-tipo bien definido en la totalidad de sus rasgos.
Ahora bien, no es suficiente con amonedar el susodicho símbolo. Conan Doyle supo que necesitaba historias que mezclaran la sencillez y la complejidad en dosis delicadamente parejas, exactas. En el engranaje de los cuentos más que en los textos de mayor envergadura, sospecho, es más visible el procedimiento, un procedimiento algo mecánico, es cierto, pero siempre eficaz al menos para un lector, el de finales del siglo XIX, no habituado aún a las estratagemas del relato policial: alguien llega a la guarida de Holmes y desde allí comienza la investigación. El detective no pierde tiempo, y esto fascina a los lectores. Desde que el cliente en apuros cruza la puerta, Sherlock comienza el peritaje: la ropa y los gestos del visitante emiten los primeros mensajes, y el investigador los anota en su mente mientras deja que el cliente hable. Viene entonces la exposición del problema, el izamiento de la incógnita. Holmes hace preguntas ad hoc, inmediatamente ceñidas al asunto atañedero al cliente. Luego de formarse el primer esquema de la situación, Holmes promete investigar y deja que el personaje-palanca se vaya. Lo demás es la investigación de in situ, el atamiento de cabos y el desenlace lógico.

sábado, septiembre 29, 2018

Díez & Bardini, escritores argenmex













En ese denso caldo de la literatura política y policial argentina se formaron dos escritores que desde hace varios años deambulan por estos rumbos, en México: Rolo Díez y Roberto Bardini. Díez & Bardini llegaron a México desde hace ya varias décadas, en los setenta. Desconozco a detalle los motivos exactos de su primer encuentro con nuestro país y de su aclimatación a nuestra cultura. Sé, eso sí, por el tono y la información de sus textos, que sin dejar de ser argentinos han asimilado perfectamente algo que podemos llamar, muy sumariamente, mexicanidad. Se trata entonces de dos practicantes del policial argentino mestizado con elementos nuestros, así que bien podemos considerarlos parte del tándem que desde hace al menos quince años ha relanzado al género negro en tierra azteca.
En ambos casos, creo, hay un registro crudo de la realidad, de la violencia y la corrupción, pero siempre salpicado por el humor —la ironía más que nada—, condimento casi esencial de la literatura que traen en su ADN. Díez, nacido en Buenos Aires hacia 1940, tuvo militancia política en el ERP de Roby Santucho y el Pelado Enrique Gorriarán Merlo. Cayó preso un par de años, del 71 al 73, es decir, poco antes de la época de oro de la Triple A, hasta que salió de la Argentina con la amnistía decretada tras el retorno del peronismo. Luego, claro, se vio obligado a salir de su país tras la asonada de lo que eufemísticamente sería llamado Proceso de Reorganización Nacional, mejor conocido como dictadura. Radicado en México desde 1980, Díez ha acumulado aquí una larga fila de libros entre cuentos, novelas, crónicas y ensayos.
Bardini, por su parte, es ocho años menor que Díez y tiene una trayectoria forjada al rojo en el periodismo a ras de suelo. Se podría decir incluso que su incursión en el género negro es un tanto tardía, pues antes ejerció de reportero para diferentes medios. Reside en México desde 1976, con estadías como corresponsal en San José de Costa Rica, Belice, Tegucigalpa, Managua, Río de Janeiro, Tijuana y San Diego. Como enviado, cubrió la insurrección sandinista en Nicaragua, la independencia de Belice, las luchas insurgentes en El Salvador, Guatemala y Colombia, la guerra Irán-Irak, el conflicto civil en Líbano y las guerrillas en el ex Sahara Español. Ha publicado cerca de quince libros de periodismo con amplios reportajes y crónicas. En 2016 Ganó el Premio LIPP de Novela con Un Gato en el Caribe.
Díez & Bardini viven en México, son argenmex, hay que leerlos.

martes, septiembre 12, 2017

La novela judicial













En busca de otro documento encontré la reseña que escribió el maestro Federico Campbell sobre Leyenda Morgan, el libro policial con el que en 2005 gané el premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí convocado por el INBA. Las palabras de Campbell fueron (para mí) elogiosas y ya no pude agradecerlas, pues él murió en febrero de 2014. El comentario del maestro tijuanense apareció el 28 de marzo de 2010 en la columna “La hora del lobo” de la revista Milenio Semanal, y ahora, tras hallarlo, he decidido subirlo al blog y compartirlo. El monito que adereza este post es de mi amigo Rubén Escalante Alonso, quien me ayudó a ilustrar el libro. Un detalle peculiar es que se trata de un libro de cuentos, pero dada su estructura compacta se hibridó sustancialmente con la novela, de ahí el encabezado.

La novela judicial
Federico Campbell

Jaime Muñoz Vargas, que escribe en La Opinión-Milenio de Torreón su columna “Ruta Norte”, ha propuesto a los numerosos y atentos lectores del género policiaco un conjunto de cuentos muy divertidos y originales: Leyenda Morgan, que acaba de publicar Ana María Jaramillo en una editorial de escritores: Ediciones Sin Nombre.
Se ha dicho que en México la novela judicial no es creíble porque en nuestro país los policías son los delincuentes o porque no se sabe dónde termina el policía y empieza el asaltante, el ladrón, el torturador o el sicario. La verosimilitud de la novela judicial depende de la cultura jurídica que se tenga en el país donde sucede la historia o bien de la manera en que el mexicano vive e introyecta la ley. Si detectives de la ficción, como Auguste Dupin y Sherlock Holmes, dieron su fama al género por los brillantes razonamientos que tejían sólo a partir de la composición de lugar que deducían del escenario, hoy en día sabemos que cada vez que hay un crimen lo más probable es que los indicios hayan sido alterados, modificados (como en el caso Colosio), borrados e incluso robados. En este contexto palpita Leyenda Morgan, volumen de cuentos policiacos que combina víscera y neurona.
Jaime Muñoz Vargas ha publicado crónicas, cuentos, poemas, ensayos y novelas. Su primera novela, El principio del terror, tiene como marco la Revolución francesa. Se trata de la vida imaginaria de Nicolas-Jacques Pelletier, el primer guillotinado real, hacia 1792. Es un monólogo descarnado, crudo, narrado con oscura elegancia. Juegos de amor y malquercencia, su segunda novela, obtuvo en 2001 el muy codiciado premio Jorge Ibargüengoitia. Nos revela hechos ocurridos en el norte de México y está construida con un habla mucho más coloquial. Desde el comienzo (y no desde el “inicio”) advierte que “todo es relato y ambas disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro”.
Si el mero nombre pudiera ser destino, el protagonista Primitivo Machuca Morales no hubiera tenido otra opción que ser policía. Apodado Morgan por su parecido con Joe Morgan, beisbolista que jugó en el cuadro de los Rojos de Cincinatti, es un agente de la judicial (un representante del Estado) con excelente intuición para investigar y con un buen instinto de conservación. No come lumbre. Sabe dónde no meterse.
El teniente Morgan trabaja solo, fuma uno tras otro como si el humo no afectara la hidráulica del corazón (que es una bomba); bebe cuando está en servicio y escucha a Los Alegres de Terán y a Los Cadetes de Linares. Y lo más importante: es un asiduo lector de revistas policiales de monitos: y por ello fantasea con que él mismo protagoniza una de estas publicaciones. Eso lo convierte en el legendario teniente Morgan, del mismo modo en que Alonso Quijano se volvió don Quijote gracias a una adicción: las novelas de caballerías.
Leyenda Morgan obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí en 2005. El jurado (Daniel Sada, Ana Clavel, Hernán Lara Zavala) dictaminó que se trata de “un libro orgánico y notablemente estructurado, escrito con una prosa ágil, paródica y humorística que contribuye a la innovación del género al incorporarse a la estética de la novela negra y del cómic a la tradición cuentística mexicana”.