Un lugar común del debate deportivo consiste en afirmar que los atletas de antes la tenían fácil, pues todos eran más lentos y menos fuertes, como se puede advertir en los videos de archivo. No se repara en que el deporte, como cualquier actividad humana, es histórico, ergo, que acusa un determinado desarrollo de acuerdo a cada época. Si Eusebio da Silva Ferreira (Laurenço Marques, Mozambique, 1942-Lisboa, Portugal, 2014) viajara desde 1966, tal cual, para jugar ahora, sería quizá un jugador inofensivo. Para ser la Pantera Negra, en 2026 requeriría el entrenamiento y en general las condiciones técnicas de 2026. Pero he llegado a pensar que en ciertos casos es precisamente al revés: el futbol constructivo, artístico, de muchos jugadores actuales se debe a que se han endurecido las reglas para ahorrarles patadas. Así, vayan ustedes a saber lo que hubieran sido Pelé, Eusebio o Maradona con el VAR a favor. En el caso del delantero portugués, clavó como 600 goles, la mayoría con el Benfica. Máximo artillero en el Mundial inglés, para los viejos aficionados fue sinónimo de pique, gambeta y gol. Como anécdota, ya en su decadencia (1976) jugó para los Rayados de Monterrey, donde no pudo lucir.
jueves, junio 25, 2026
lunes, mayo 18, 2026
Futbol y letras, diálogo completo
Museo de Historia Mexicana, ciclo “11/22: futbol y polémica” coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas a celebrarse los cuatro miércoles de este mes; van dos, y el 13 de mayo reciente me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle. En esta liga pueden ver y escuchar la conversación completa.
sábado, mayo 16, 2026
Monterrey cuatro décadas atrás
El miércoles pasado volví a
Monterrey. Atendí una amable invitación del Museo de Historia Mexicana para
participar en el ciclo “11/22: futbol y polémica”, pensado y coordinado por el
comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas, van dos, y me tocó dialogar
en la segunda con Víctor Barrera Enderle, a quien sólo conocía por escrito gracias
a su libro Ahora colecciono miradas. El
discurso ensayístico en la etapa madrileña de Alfonso Reyes (UANL, 2021). Aunque
el tema de nuestra conversación no fuera a girar en torno a la obra del polígrafo
regiomontano, el hecho de saber que mi interlocutor es especialista en la obra
de Reyes y actual director de la Biblioteca Alfonsina fue motivo más que grande
para entusiasmarme. Al final nuestro diálogo, titulado “Futbol y letras”, se desarrolló
por los cauces deseados, pues establecimos, o tratamos de establecer, los
puentes entre el futbol como fenómeno cultural y su influjo en la escritura
literaria.
El viaje en camión me dio
tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así,
regiomontana. Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en
Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. Ahora que
reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso,
ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir
que feo, digno de olvido. Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no
puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la
andanza de hace cuarenta años. No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre
todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer
una cronología de aquellos meses traumáticos.
Tal vez estoy exagerando, no
sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí,
como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. Lo que
recuerdo de mi etapa regia —que de regia
no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de
inmediato me vi impelido a trabajar. En ese momento advertí que se había
acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria
fuerza de trabajo. Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento
fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público,
que también se frustró casi desde el arranque. No habían pasado ni seis meses
desde que egresé, y ya tenía dos strikes
en mi cuenta laboral.
Fue en ese momento cuando un
amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. Él estudiaba el último año de su carrera de
ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro
compañero de la facultad. Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación
podían hospedarme para que buscara chamba allá. Acepté. No recuerdo cómo
conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me
recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada
lejos del centro. En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas
para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas
apiñadas en edificios también idénticos.
Tras mi llegada, recibí
instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. Mi idea era trabajar en
algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de
los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. Desde el primer día entendí
que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de
recorrido. En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí
era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi
región.
Para entonces había leído el
suplemento cultural Aquí vamos, del
periódico El Porvenir, y me gustaba
mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. No tenía ningún contacto, no
conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una
prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. Dijeron que si la
pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo,
el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cuota a la
semana.
Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tuvieran una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos corporativos, para entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, con el fin de ahorrar. A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía —siempre con un hambre de perro— las notas que me encomendaban. Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me senté en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.
Eso se repitió durante varios meses.
Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el
calor de Monterrey era imposible descansar. Además, los trayectos poco a poco
me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada
del salario, pues también era rabón. Cómo estaría la cosa que lo único bueno
que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina
ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su
escritorio una compañera que me gustó. Se vestía como si fuera integrante del
grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero,
derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un
sueño imposible.
Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.
jueves, mayo 07, 2026
Diálogo en Monterrey
lunes, mayo 04, 2026
Ciclo sobre futbol
El miércoles 13 de mayo
estaré en Monterrey para participar en la segunda mesa de este ciclo. Me dará
mucho gusto conocer a y dialogar con Víctor Barrera, a quien he leído y admiro
por la pasión con la cual ha tratado un tema que también me apasiona: Alfonso
Reyes. En fin: será un gusto ver de nuevo el Cerro de la Silla y conversar en
el Museo de Historia Mexicana.
Muchas gracias a Gabriel Contreras por el contacto y la invitación. En esta liga pueden encontrar más datos sobre el ciclo.
miércoles, junio 25, 2025
Toda la carne
El título insinúa
la frase cliché “Toda la carne al asador” con la que quiero referirme al
llamado Mundial de Clubes. Por si fuera poco lo que ya tiene, la FIFA ha
encontrado otra mina de diamantes. Organizar un torneo de este tipo es casi lo
único que le faltaba al futbol internacional para convertirse en una droga de cuyo
consumo no nos privamos millones de adictos en el globo, y por lo visto el
experimento ha salido tan bien que están pensando desde ahora en programarlo
cada dos años, entre Mundial de selecciones y Mundial de selecciones. Lamento
decir que la idea me gusta, pues en este combo le tomamos el pulso a una parte
más que representativa de los equipos que en el planeta juegan.
En lo que
va del torneo he visto al menos diez partidos, todos de muy alta calidad. Ayer
lunes 23 de junio, por ejemplo, me eché el Miami-Palmeiras que quedó empatado a
dos tantos. No fue una joya, pero dejó ver que ninguno de los dos equipos salió
a empatar, resultado que de cualquier manera los pasaba a la siguiente ronda.
Esto es significativo, porque uno podía suponer que los clubes tomarían el
torneo para darse unas vacaciones en Estados Unidos. No ha sido así. Todos los cuadros,
al menos los que he visto, se han empeñado en ganar tanto como han podido.
Es obvio
que se da el mismo fenómeno de desequilibrio habitual en los mundiales, pero esto
resulta inevitable. Muchos clubes no tienen la nómina de los gigantes europeos,
pero aún así es interesante verlos pelear, medirse contra equipos en los que a
veces un solo jugador de ligas como la francesa, española, inglesa, alemana e
italiana vale más que los once rivales de las latinoamericanas. Parte del gusto
que uno tiene es ver el esfuerzo que hacen los equipos chicos del mundo cuando tiran
para adelante ante el desafío de calarse contra los poderosos.
Fue el caso
de Pachuca y Monterrey. En ambos casos, sentí una adhesión sincera
aunque transitoria —durante este torneo nada más— a los dos equipos mexicanos e
incluso a los latinoamericanos de Argentina y Brasil. Los de Hidalgo hicieron
un muy buen primer partido contra el Salzburgo, pero erraron tres o cuatro
goles hechos, perdieron y para el segundo juego ya no les alcanzó contra Real
Madrid. Los Rayados, en cambio, resistieron el ataque de Ínter de Milán,
empataron a un tanto, y luego se vieron mejor (con juegazo de Sergio Ramos)
ante River Plate. La sorpresa, para mí, han sido los brasileños. Quizá no les
dará el cuero para ser campeones, pero Fluminense, Palmeiras, Botafogo y
Flamengo han jugado más que bien.
Disculpen la frivolidad, pero quiero este Mundial de Clubes cada dos años.
sábado, septiembre 14, 2024
Reyes frente al mundo
A lo largo de treinta años y pico he frecuentado cada
tanto algún libro de Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959). Esta
costumbre autoimpuesta se debe en primer lugar al placer que siempre me produce
su obra y, en segundo lugar, a que de no leerla me torturaría la culpa de haber
acumulado de balde medio centenar de títulos de su autoría y otros tantos de
crítica a su vida y su trabajo. Es mucho espacio por cubrir, así que
necesitaría la territorialidad amplia del león para poder abarcarlo a planitud.
No me da ya la biología para lograrlo, pero sí para incursionar de vez en
cuando, uno o dos momentos por año, a alguno de sus volúmenes, como sucedió
ahora con el recorrido por Tentativas y orientaciones (Nuevo Mundo,
México, 1944, 230 pp.), libro que también es asequible en ediciones recientes
como la individual del FCE o la resguardada en el tomo XI, también del Fondo, de sus obras
completas, donde comparte espacio con dos más: Ultima Tule y No hay
tal lugar…
Tentativas… contiene diez ensayos que a simple vista pueden parecer
misceláneos, pero tienen un común denominador: todos, además de un tenue
didactismo, muestran un fleco político, social y cultural global, es decir, que
en ellos el regiomontano observa asuntos relacionados con las circunstancias
del mundo entre los años 1932 y 1944, cuando el planeta se veía amenazado por el
fascismo, el nacional-socialismo y la Segunda Guerra. Como en casi todos los
libros de Reyes, el menú es variado y la erudición estalla frente a los ojos y
se derrama como avalancha en cada página. Ahora bien, su apabullante magma de
saberes no parece nunca afectado ni amenazante, sino natural y sobre todo ameno.
Esto lo logra por su fluidez discursiva, por la perfección de la forma y por
algo casi indefinible de tan sutil: una suerte de pasión por la gracia del
estilo, por la frecuentación de giros expresivos que se aproximan mucho a la
conversación. Reyes aquí también, entonces, no parece escribir, sino charlar
con su invisible lector.
El rasgo más saliente del estilo alfonsino está pues en
el gesto que podemos suponer mientras escribe-habla: aun en los temas más serios
o graves, su actitud es cordial, la de un amigo que nos describe realidades sin
pedantería, sólo por el gusto de compartir lo que sabe como entre sorbos de
café. Carlos Fuentes percibió esto y lo resumió con una frase: “A
mí me enseñó que la cultura tenía una sonrisa”. Y sí: la coyuntura mundial, por
espantosa, estaba para volcarse en el ejercicio casi legítimo del amarillismo,
para tomar partido con agitación de fanático, pero Reyes no añade gasolina a la
polémica, sino que trata de explicar serenamente las dolencias del mundo, los
horrores de la barbarie, pero siempre contrastadas con la posibilidad de
revertirlas mediante las armas de la cultura y el humanismo, los mejores frutos
de la civilización, y nunca con más y peores agresiones.
Los ensayos, digo, mezclan las cartas intelectuales de Reyes, su condición de espíritu grecolatino entregado a la compostura del destartalado siglo XX. Lector omnívoro, al analizar el momento que vive el mundo apela a la literatura, la historia, la política, la filosofía, la ciencia e incluso un poco a la economía. En todo su repaso late el deseo de persuadirnos acerca de un imperativo válido ayer y válido en este momento: la necesidad de comprender la realidad como un todo y optar sin titubeos por las respuestas civilizadas y civilizatorias. Por ejemplo, Reyes enfatiza lo criminal que es la desigualdad material de los pueblos, y en este contexto, repudia la discriminación y el exterminio por motivos de raza, uno de los motores más poderosos de la belicosidad durante la guerra que se libraba principalmente en Europa y Asia. El ensayista subraya varias veces que la superioridad natural de una raza sobre otra es una patraña para justificar atrocidades. Frente a la violencia, el humanista mexicano llama a quienes se quieran sumar a la cruzada por la sensatez: “La onda de barbarie que anega el mundo nos va arrojando a la misma orilla. Desde aquí, juntamos los haces de una realidad que parecía alcanzada, y que otra vez se nos deshizo en las manos, urna de arcilla quebradiza. Es necesario que persistan algunos, para que al cabo se salven todos. Empecemos otra vez, empecemos todas las mañanas. Nos congrega la fraternidad de un empeño que debe adelantarse día a día con un esfuerzo paciente. Con un esfuerzo paciente y hasta lleno de comprensión para las flaquezas humanas. No hay que exigir demasiado a la naturaleza. La regla de oro: rigor en lo esencial, tolerancia en lo secundario, abandono de lo indiferente. Sumemos a todo el que tenga buena intención, por escasas que sean sus fuerzas. No pretendamos movilizar ejércitos de héroes: basta con que haya algunos, y los demás, que los sigan tan de cerca como les sea posible. Transformar, poco a poco, lo heterogéneo en asimilable. Que cada uno preste su brazo, hasta donde su brazo alcance. ¡A ver si, entre todos, acabamos por desterrar la violencia, la ceguera, el crimen, cínicamente erigidos en normas de la vida social por la voluntad de dos o tres locos”.
Casi sobre lo mismo, en el ensayo “Un mundo organizado” coloca en el centro las nociones a considerar para la creación de un ente como la ONU, que en aquel momento estaba todavía en proceso de construcción: “El problema se reduce a encontrar un justo equilibrio entre la soberanía y la supersoberanía. Lo cual, inmediatamente, plantea la cuestión vital de dar, dentro del organismo superestatal, una posición tal a los Estados menores, que éstos no se sientan amenazados por las Grandes Potencias, y de encontrar para éstas un sistema tal de engranajes, que ellas no puedan empujar al mundo a un nuevo desastre como el que ahora padecemos”.
Reyes
ya había dejado la diplomacia cuando publicó Tentativas…, libro en el
que resaltan sus famosos ensayos “Discurso por Virgilio”, “Homilía por la
cultura”, “Esta hora del mundo”, “Posición de América” y “El hombre y su
morada”, que es en este lote el texto más largo y compendioso de la historia de
la civilización humana. Poco después de escribirlo y de publicarlo, en 1944,
tuvo el primero de los cuatro infartos que terminaron por vencerlo. Por lo que
sabemos, es de suponer que trabajaba sin freno en ese entonces, y así siguió
hasta 1959, bregando a diario en la factura de nuevos libros y en la
organización de todo lo que luego edificó el corpus de su obra completa.
Es necesario insistir en un detalle: que las piezas de Tentativas… pueden dar la impresión, vistas de lejos, de aridez o de secura profesoral. No. En “Discurso de la lengua”, precisamente el penúltimo ensayo del índice, hace este elogio de nuestro idioma, que cito en largo como ejemplo de su pulcritud y por exacto de la afirmación: “Sólo declaro al comenzar que considero como un privilegio hablar en español y entender el mundo en español: lengua de síntesis y de integración histórica, donde se han juntado felizmente las formas de la razón occidental y la fluidez del espíritu oriental; tan ejercitada en las argucias intelectuales como en las libres explosiones del ánimo, ya en sus escolásticos o en sus místicos; lengua cuyo atletismo admite el transportar fácilmente las crudezas terrenas hasta el cielo de las ideas puras, o el hacer bajar los arquetipos hasta los afanes del trato diario, según se advierte, para ambos extremos, en el diálogo eterno de Don Quijote y Sancho; lengua lo bastante elaborada para captar las regularidades y exactitudes, lo bastante audaz para respetar las temblorosas indecisiones del misterio; capaz de la matemática como de la lírica; valiente en la cordura y en la locura, y cabal en su registro de las posibilidades humanas; lastrada por una ironía profunda, que al par la defiende de la pura embriaguez abstracta y de la estéril fascinación de lo inmediato, al punto que su sola práctica dicta normas para la buena conducta de la voluntad y el pensamiento; sonora sin delicuescencias que amengüen su viril reciedumbre, y cuyo equilibrio fonético parece dictado por la misma economía biológica del resuello. Los que viven en otra de las grandes lenguas civilizadas podrán reclamar para ella iguales excelencias, o aun otras que les parezcan superiores. Quiere decir que son igualmente privilegiados, o que se hallan tan a gusto de beber en su vaso como nosotros en el propio. Lo que importa es convencernos de que poseemos un instrumento tan bueno como cualquiera de los mejores, y nunca culpar al instrumento de nuestra impericia en manejarlo”.
Con esta lengua elogiada y en su caso perfectamente usada, Alfonso Reyes nos adentra en la permanente urgencia de caminar con la cultura en ristre, única lámpara que teníamos ayer y seguimos teniendo hoy para avanzar en la penumbra.
Nota. Esta es la portada de la edición que leí, la primera:
sábado, julio 06, 2024
El camino a Norte negro
Larga, callada y fructífera ha sido la andadura de
Gerardo García Muñoz (Torreón, Coahuila, 1959) para llegar a Norte negro.
Catorce miradas a una narrativa criminal mexicana (UANL-Ibero Torreón,
Monterrey, 2023, 274 pp.). No dudo en subrayar que este conjunto de ensayos lo confirma
como uno de los más salientes especialistas del género negro en nuestro país,
temática que por otro lado arreció su producción en las más recientes décadas,
dos al menos. García Muñoz aborda en su nuevo libro, en amplios y documentados
ensayos, novelas y cuentos de escritoras y escritores nacidos o no nacidos,
pero sí radicados, en alguna de las seis entidades del norte mexicano. Son, o
somos, Martín
Solares, Vicente Alfonso, Eduardo Antonio Parra, Hugo Valdés, Orfa Alarcón,
Norma Yamille Cuéllar, Gabriel Trujillo Muñoz, Daniel Salinas Basave, José
Salvador Ruiz, Ricardo Vigueras, César Silva Márquez, Imanol Caneyada, Carlos
René Padilla y yo, que he sido colado a la indagación del ensayista lagunero.
Ahora
bien, podría aquí recorrer cada uno de los ensayos que componen Norte negro,
pero sé que Jessica Ayala y el autor sobrevolarán su contenido. Prefiero por lo
tanto hablar brevemente sobre la trayectoria de Gerardo García, sobre lo que ha
hecho para construir este libro ambicioso y bien logrado. La semblanza de
solapa señala que es profesor asociado de Español y Humanidades en Prairie View
A&M University, en Houston, Texas; obtuvo el doctorado en Literatura
Hispanoamericana en la Universidad Estatal de Arizona. Ha enseñado también en
el Instituto Tecnológico de La Laguna y en la Universidad Iberoamericana
Torreón. Entre otros, ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de
la invención (Tierra Adentro, 1994), El Almirante redivivo (Fondo
Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila, 1997), Julio Ramón
Ribeyro: cinco claves de su cuentística (Universidad Iberoamericana,
Torreón, 2003), El enigma y la conspiración (UA de C, 2010),
La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana (Conaculta,
2010), coeditado con Fernando Fabio Sánchez. Ha colaborado en las revistas Acequias,
Temas y Variaciones de Literatura, Dura: Revista de literatura criminal
hispana, entre otras. Su principal línea de interés es la literatura
criminal y detectivesca en español.
Pese
a lo sucinta, la semblanza es compendiosa, sirve para el propósito de ver desde
un dron el territorio intelectual ocupado por García Muñoz. Quiero añadir a lo
anterior algunos rasgos que amplían el perfil del ensayista. Vivió la mayor
parte de su vida del lado oriental del bosque Venustiano Carranza, por la
avenida Escobedo. Su formación se dio en escuelas públicas: el colegio España,
la Secundaria Federal Número 1, la Preparatoria Venustiano Carranza, el Tecnológico
de La Laguna. Aquí nos asalta una primera rareza. Nuestro escritor tiene título
profesional de ingeniero, a lo que sumó la maestría en esa misma disciplina.
Estaba ya bien encarrilado, incluso como profesor, dentro de la ingeniería
cuando lo jaló otra materia: la literatura. La causa remota de tal llamado estaba
en su infancia y su adolescencia: Gerardo fue un tremendo lector de novelas, y si
lo adjetivo así no exagero. Entre sus obligaciones escolares siempre tuvo
libros de narrativa a merced, sobre todo los que de la benemérita colección
Sepan cuantos… le traían a Torreón sus hermanos José y Roberto, quienes
estudiaban, respectivamente, veterinaria e ingeniería en el Distrito Federal.
Todos hemos visto esos libros de Porrúa, las temibles dos columnas y el renglón
cerrado de sus páginas, pero, de niño, Gerardo no se amilanó y en la Sepan
cuantos…. ascendió montañas como Los miserables y La guerra y la paz,
entre muchas otras. Es por ejemplo, entre quienes conozco, uno de los pocos que
han atravesado Los bandidos de Río Frío, y esto lo hizo en la
adolescencia.
Su
voracidad lectora y una memoria que juzgo harto receptiva permitieron a nuestro
autor manejarse como intelectual todoterreno: por un lado, dominaba la
ingeniería a un grado más que sobresaliente, y, por otro, mantenía en combustión
interna su pasión como lector de literatura. La inusual contienda forzó que un
día renunciara a la matemática y la física para ceder toda la plaza a las
letras.
Lo conocí en 1988. Recuerdo que aquella
vez en su mano traía Noticias del imperio, recién publicada. Me
desconcertó saber que, pese al librote de Fernando del Paso, era ingeniero y
maestro del Tec de La Laguna, y pronto pude advertir que se trataba de un
lector total. No pasó mucho tiempo para que se acercara a la escritura. Comenzó
con reseñas bibliográficas, y pronto descubrió la hospitalidad del ensayo,
género en el que se acomodó como en su casa. El primero que publicó fue el
referido a Adolfo Bioy Casares. Luego vinieron sus trabajos sobre Augusto Roa
Bastos, Julio Ramón Ribeyro y otros numerosos escritores. A finales del siglo
pasado se estableció en Las Cruces, Nuevo México, para transitar la maestría.
Luego en Tempe, Arizona, para el doctorado, donde se especializó en literatura
criminal con una tesis que a la postre sería cimiento del libro El enigma y
la conspiración. De allí, migró por unos pocos años, ya como profesor de
literatura, a Minnesota, y tiempo después, hasta esta fecha, al este de Texas.
En
el camino ha participado en numerosos congresos, ha publicado en importantes
revistas, se casó con su amada Martha Yadira Díaz y por suerte no se ha
olvidado de la polvosa región que lo vio nacer, leer y comenzar a escribir,
pues nos visita al menos un par de veces al año.
Hoy,
en esta vuelta, nos convida Norte negro, libro que ciertamente, reitero,
lo ratifica como especialista en literatura criminal, pero más lo confirma como
el voraz y memorioso lector que es desde su lagunera infancia, aquella infancia
y adolescencia transcurridas frente al Álgebra de Baldor y las novelas de
Porrúa despachadas en una casa amarilla de la avenida Escobedo.
Felicidades a Gerardo por este nuevo producto de su trabajo.
Comarca Lagunera, a 2 de julio de 2024
Nota. Texto leído el 2 de julio de 2024 en la presentación de Norte negro celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Gerardo García Muñoz, Jessica Ayala Barbosa y yo.
sábado, marzo 17, 2018
Memoria del poeta y del futbolista*
jueves, mayo 31, 2007
Reyes de bolsillo

Aunque pretende ser una edición accesible al gran público, de bolsillo, Recoge el día, antología temática, de Alfonso Reyes, es una lujosa y casi inaccesible colección de ocho tomitos cuyo contenido fue seleccionado por Alfonso Rangel Guerra, quien además preparó el prólogo que aparece en el primer volumen de la serie. La tarea siempre titánica de antologar al inacabable Reyes tiene aquí, creo, una solución inteligente: en vez de buscar “lo mejor” que escribió el regiomontano, Rangel Guerra parceló no tanto en función “temática” (como se ofrece en el título), sino genérica, pues encontramos en estos bellos libros al Reyes que ara en la poesía, en el diario, en la correspondencia, en el artículo periodístico y, no podía ser excluido, en el ensayo, acaso el terreno donde ese mexicano universal se movió con mayor soltura.
Rangel Guerra lo afirma en su pórtico, y tiene razón: armar una antología de Reyes pone frente al antologador una tarea de suyo inacabable no sólo por la faraónica obra de quien escribió Ifigenia cruel, sino por su apabullante variedad de temas, una variedad que produce la impresión de infinito ante la cual muchos reculan. Los 26 tomos de sus Obras completas publicadas desde hace más de cincuenta años por el FCE rebasan con facilidad el propósito de resumirlos en una antología que, por fuerza, discrimine algunos textos y elija otros. ¿Cuáles incluir? ¿Por qué esos y no otros, si todas las páginas de Reyes dan la impresión de contar con méritos antológicos? No es fácil. La calidad, muy alta siempre, es pareja en el neoloeonés, de tal suerte que desde sus ensayos más ambiciosos (La antigua retórica, El deslinde, La crítica en la edad ateniense) hasta sus páginas más espontáneas ostentan un marcado aire de perfección, de genio invicto.
Pese a tal obstáculo, Rangel Guerra encaró el desafío y el resultado es Recoger el día, colección auspiciada por la Unesco y el Comité Regional Norte de Cooperación con la Unesco. Se trata, como dije al principio, de un trabajo editorial demasiado refinado (más: exquisito) como para llegar de veras a un público amplio. Arropados por una lujosa caja dura, los ocho tomitos usan camisa y fueron impresos y encuadernados con experta y exigente mano. En sí, es un placer abrir estos libros, gozar de su etéreo diseño. Y más que eso, encontrar a la vuelta de cada hoja la palabra siempre servicial en cualquier línea alfonsina.
Enumero el título de cada ejemplar, rótulo que de manera sintética da buena idea del contenido en conjunto: Los recuerdos, El padre Monterrey, México: la x en la frente, Amigos y contemporáneos, Ciudades y países/Los libros, La buena mesa/La mujer, El amor/La condición humana, Del epistolario/Del diario. Son ocho, pues, las vías de acceso que abre Rangel Guerra para llegar a don Alfonso. No proponen una ruta precisa. Antes bien, su plan insinúa la idea de que todos los caminos conducen a Reyes, desde su más ambicioso tratado hasta su más humilde pincelazo tirado sobre el lienzo de un diario personal. Por ejemplo, cierta pátina de grandeza tiñe el comentario más circunstancial en este abreviado día de su diario: “Río, miércoles 11 de Enero de 1939… Mi última noche en Brasil. Cumplí la misión que se me confió: reconcilié con México al Gob. Brasileño q. estaba muy lastimado y abrí al petróleo mexicano el mercado de este país. Ante esto, desaparecen mis cuestiones personales”.
El recorrido, entonces, busca observar a Reyes con vista de cóndor: abarcadoramente, a plenitud. En el tomo 1 miramos su andanza personal diseminada en textos escritos como para dar fe de sus movimientos en la vida, de su cosmovisión como ciudadano. Son páginas escritas con ánimo testimonial, siempre con algo de narrativo antes que crítico. Reyes en Monterrey, Reyes en México, en España, en París, en Sudamérica, Reyes de nuevo en el Distrito Federal. Reyes niño, joven, adulto, Reyes anciano. Reyes por Reyes en páginas atravesadas por una amable sinceridad, nunca truculentas ni condescendientes con las bajezas de espíritu.
En el tomo 2, Monterrey como una raya de luz en la memoria del regiomontano. Allí, refulgente, su “Sol de Monterrey”, tal vez el poema que lo definió con mayor encanto. Y algo similar, pero en relación a México en tanto país, contiene el tomo 3, el de la x en la frente; aquí, claro, aunque sólo en un fragmento, su “Visión de Anáhuac”. El cuarto de la tanda, un recorrido por las presencias literarias que poblaron la vida de Reyes, los amigos a los que siempre trató con sabia cordialidad. El tomo quinto hace las maletas y trata sobre los lugares, las atmósferas, los paisajes vistos y entrevistos. El 6, sobre dos pasiones alfonsinas: la mujer y la buena mesa, una asumida como ideal, como entidad metafísica, y, la otra, como concreción diaria. El tranco 7 de este periplo es el más filosófico de la serie; se refiere a la condición humana. El 8, ya lo cité, es la parte de su escritura informal, aunque nunca desgarbada: las cartas y el diario.
La suma de todo esto dibuja con pocas líneas la figura de Alfonso Reyes. Es un proyecto estimable, un homenaje más, merecido como todos, al escritor cabal del siglo veinte mexicano, el único autor que, como enfatizó Borges en “In memoriam AR”, es círculo, integridad: “Reyes: la indescifrable providencia / que administra lo pródigo y lo parco / nos dio a los unos el sector y el arco / pero a ti la total circunferencia”. Esa total circunferencia es la que busca percibir, y sospecho que lo logra sobradamente, Recoge el día, compilación del maestro Alfonso Rangel Guerra.
Recoge el día, antología temática, Alfonso Reyes, Selección y prólogo Alfonso Rangel Guerra, Unesco/ Comité Regional Norte de Cooperación con la Unesco, Monterrey, s/f.










