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jueves, junio 25, 2026

15. Eusebio

 








Un lugar común del debate deportivo consiste en afirmar que los atletas de antes la tenían fácil, pues todos eran más lentos y menos fuertes, como se puede advertir en los videos de archivo. No se repara en que el deporte, como cualquier actividad humana, es histórico, ergo, que acusa un determinado desarrollo de acuerdo a cada época. Si Eusebio da Silva Ferreira (Laurenço Marques, Mozambique, 1942-Lisboa, Portugal, 2014) viajara desde 1966, tal cual, para jugar ahora, sería quizá un jugador inofensivo. Para ser la Pantera Negra, en 2026 requeriría el entrenamiento y en general las condiciones técnicas de 2026. Pero he llegado a pensar que en ciertos casos es precisamente al revés: el futbol constructivo, artístico, de muchos jugadores actuales se debe a que se han endurecido las reglas para ahorrarles patadas. Así, vayan ustedes a saber lo que hubieran sido Pelé, Eusebio o Maradona con el VAR a favor. En el caso del delantero portugués, clavó como 600 goles, la mayoría con el Benfica. Máximo artillero en el Mundial inglés, para los viejos aficionados fue sinónimo de pique, gambeta y gol. Como anécdota, ya en su decadencia (1976) jugó para los Rayados de Monterrey, donde no pudo lucir.

lunes, mayo 18, 2026

Futbol y letras, diálogo completo

 









Museo de Historia Mexicana, ciclo “11/22: futbol y polémica” coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas a celebrarse los cuatro miércoles de este mes; van dos, y el 13 de mayo reciente me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle. En esta liga pueden ver y escuchar la conversación completa.

sábado, mayo 16, 2026

Monterrey cuatro décadas atrás

 









El miércoles pasado volví a Monterrey. Atendí una amable invitación del Museo de Historia Mexicana para participar en el ciclo “11/22: futbol y polémica”, pensado y coordinado por el comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas, van dos, y me tocó dialogar en la segunda con Víctor Barrera Enderle, a quien sólo conocía por escrito gracias a su libro Ahora colecciono miradas. El discurso ensayístico en la etapa madrileña de Alfonso Reyes (UANL, 2021). Aunque el tema de nuestra conversación no fuera a girar en torno a la obra del polígrafo regiomontano, el hecho de saber que mi interlocutor es especialista en la obra de Reyes y actual director de la Biblioteca Alfonsina fue motivo más que grande para entusiasmarme. Al final nuestro diálogo, titulado “Futbol y letras”, se desarrolló por los cauces deseados, pues establecimos, o tratamos de establecer, los puentes entre el futbol como fenómeno cultural y su influjo en la escritura literaria.

El viaje en camión me dio tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así, regiomontana. Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. Ahora que reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso, ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir que feo, digno de olvido. Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la andanza de hace cuarenta años. No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer una cronología de aquellos meses traumáticos.

Tal vez estoy exagerando, no sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí, como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. Lo que recuerdo de mi etapa regia —que de regia no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de inmediato me vi impelido a trabajar. En ese momento advertí que se había acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria fuerza de trabajo. Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público, que también se frustró casi desde el arranque. No habían pasado ni seis meses desde que egresé, y ya tenía dos strikes en mi cuenta laboral.

Fue en ese momento cuando un amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. Él estudiaba el último año de su carrera de ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro compañero de la facultad. Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación podían hospedarme para que buscara chamba allá. Acepté. No recuerdo cómo conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada lejos del centro. En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas apiñadas en edificios también idénticos.

Tras mi llegada, recibí instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. Mi idea era trabajar en algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. Desde el primer día entendí que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de recorrido. En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi región.

Para entonces había leído el suplemento cultural Aquí vamos, del periódico El Porvenir, y me gustaba mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. No tenía ningún contacto, no conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. Dijeron que si la pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo, el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cuota a la semana.

Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tuvieran una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos corporativos, para entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, con el fin de ahorrar. A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía siempre con un hambre de perro las notas que me encomendaban. Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me senté en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.

Eso se repitió durante varios meses. Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el calor de Monterrey era imposible descansar. Además, los trayectos poco a poco me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada del salario, pues también era rabón. Cómo estaría la cosa que lo único bueno que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su escritorio una compañera que me gustó. Se vestía como si fuera integrante del grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero, derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un sueño imposible.

Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.

lunes, mayo 04, 2026

Ciclo sobre futbol

 












El miércoles 13 de mayo estaré en Monterrey para participar en la segunda mesa de este ciclo. Me dará mucho gusto conocer a y dialogar con Víctor Barrera, a quien he leído y admiro por la pasión con la cual ha tratado un tema que también me apasiona: Alfonso Reyes. En fin: será un gusto ver de nuevo el Cerro de la Silla y conversar en el Museo de Historia Mexicana.

Muchas gracias a Gabriel Contreras por el contacto y la invitación. En esta liga pueden encontrar más datos sobre el ciclo.

miércoles, junio 25, 2025

Toda la carne

 








El título insinúa la frase cliché “Toda la carne al asador” con la que quiero referirme al llamado Mundial de Clubes. Por si fuera poco lo que ya tiene, la FIFA ha encontrado otra mina de diamantes. Organizar un torneo de este tipo es casi lo único que le faltaba al futbol internacional para convertirse en una droga de cuyo consumo no nos privamos millones de adictos en el globo, y por lo visto el experimento ha salido tan bien que están pensando desde ahora en programarlo cada dos años, entre Mundial de selecciones y Mundial de selecciones. Lamento decir que la idea me gusta, pues en este combo le tomamos el pulso a una parte más que representativa de los equipos que en el planeta juegan.

En lo que va del torneo he visto al menos diez partidos, todos de muy alta calidad. Ayer lunes 23 de junio, por ejemplo, me eché el Miami-Palmeiras que quedó empatado a dos tantos. No fue una joya, pero dejó ver que ninguno de los dos equipos salió a empatar, resultado que de cualquier manera los pasaba a la siguiente ronda. Esto es significativo, porque uno podía suponer que los clubes tomarían el torneo para darse unas vacaciones en Estados Unidos. No ha sido así. Todos los cuadros, al menos los que he visto, se han empeñado en ganar tanto como han podido.

Es obvio que se da el mismo fenómeno de desequilibrio habitual en los mundiales, pero esto resulta inevitable. Muchos clubes no tienen la nómina de los gigantes europeos, pero aún así es interesante verlos pelear, medirse contra equipos en los que a veces un solo jugador de ligas como la francesa, española, inglesa, alemana e italiana vale más que los once rivales de las latinoamericanas. Parte del gusto que uno tiene es ver el esfuerzo que hacen los equipos chicos del mundo cuando tiran para adelante ante el desafío de calarse contra los poderosos.

Fue el caso de Pachuca y Monterrey. En ambos casos, sentí una adhesión sincera aunque transitoria —durante este torneo nada más— a los dos equipos mexicanos e incluso a los latinoamericanos de Argentina y Brasil. Los de Hidalgo hicieron un muy buen primer partido contra el Salzburgo, pero erraron tres o cuatro goles hechos, perdieron y para el segundo juego ya no les alcanzó contra Real Madrid. Los Rayados, en cambio, resistieron el ataque de Ínter de Milán, empataron a un tanto, y luego se vieron mejor (con juegazo de Sergio Ramos) ante River Plate. La sorpresa, para mí, han sido los brasileños. Quizá no les dará el cuero para ser campeones, pero Fluminense, Palmeiras, Botafogo y Flamengo han jugado más que bien.

Disculpen la frivolidad, pero quiero este Mundial de Clubes cada dos años.

sábado, septiembre 14, 2024

Reyes frente al mundo

A lo largo de treinta años y pico he frecuentado cada tanto algún libro de Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-Ciudad de México, 1959). Esta costumbre autoimpuesta se debe en primer lugar al placer que siempre me produce su obra y, en segundo lugar, a que de no leerla me torturaría la culpa de haber acumulado de balde medio centenar de títulos de su autoría y otros tantos de crítica a su vida y su trabajo. Es mucho espacio por cubrir, así que necesitaría la territorialidad amplia del león para poder abarcarlo a planitud. No me da ya la biología para lograrlo, pero sí para incursionar de vez en cuando, uno o dos momentos por año, a alguno de sus volúmenes, como sucedió ahora con el recorrido por Tentativas y orientaciones (Nuevo Mundo, México, 1944, 230 pp.), libro que también es asequible en ediciones recientes como la individual del FCE o la resguardada en el tomo XI, también del Fondo, de sus obras completas, donde comparte espacio con dos más: Ultima Tule y No hay tal lugar

Tentativas… contiene diez ensayos que a simple vista pueden parecer misceláneos, pero tienen un común denominador: todos, además de un tenue didactismo, muestran un fleco político, social y cultural global, es decir, que en ellos el regiomontano observa asuntos relacionados con las circunstancias del mundo entre los años 1932 y 1944, cuando el planeta se veía amenazado por el fascismo, el nacional-socialismo y la Segunda Guerra. Como en casi todos los libros de Reyes, el menú es variado y la erudición estalla frente a los ojos y se derrama como avalancha en cada página. Ahora bien, su apabullante magma de saberes no parece nunca afectado ni amenazante, sino natural y sobre todo ameno. Esto lo logra por su fluidez discursiva, por la perfección de la forma y por algo casi indefinible de tan sutil: una suerte de pasión por la gracia del estilo, por la frecuentación de giros expresivos que se aproximan mucho a la conversación. Reyes aquí también, entonces, no parece escribir, sino charlar con su invisible lector.

El rasgo más saliente del estilo alfonsino está pues en el gesto que podemos suponer mientras escribe-habla: aun en los temas más serios o graves, su actitud es cordial, la de un amigo que nos describe realidades sin pedantería, sólo por el gusto de compartir lo que sabe como entre sorbos de café. Carlos Fuentes percibió esto y lo resumió con una frase: “A mí me enseñó que la cultura tenía una sonrisa”. Y sí: la coyuntura mundial, por espantosa, estaba para volcarse en el ejercicio casi legítimo del amarillismo, para tomar partido con agitación de fanático, pero Reyes no añade gasolina a la polémica, sino que trata de explicar serenamente las dolencias del mundo, los horrores de la barbarie, pero siempre contrastadas con la posibilidad de revertirlas mediante las armas de la cultura y el humanismo, los mejores frutos de la civilización, y nunca con más y peores agresiones.

Los ensayos, digo, mezclan las cartas intelectuales de Reyes, su condición de espíritu grecolatino entregado a la compostura del destartalado siglo XX. Lector omnívoro, al analizar el momento que vive el mundo apela a la literatura, la historia, la política, la filosofía, la ciencia e incluso un poco a la economía. En todo su repaso late el deseo de persuadirnos acerca de un imperativo válido ayer y válido en este momento: la necesidad de comprender la realidad como un todo y optar sin titubeos por las respuestas civilizadas y civilizatorias. Por ejemplo, Reyes enfatiza lo criminal que es la desigualdad material de los pueblos, y en este contexto, repudia la discriminación y el exterminio por motivos de raza, uno de los motores más poderosos de la belicosidad durante la guerra que se libraba principalmente en Europa y Asia. El ensayista subraya varias veces que la superioridad natural de una raza sobre otra es una patraña para justificar atrocidades. Frente a la violencia, el humanista mexicano llama a quienes se quieran sumar a la cruzada por la sensatez: “La onda de barbarie que anega el mundo nos va arrojando a la misma orilla. Desde aquí, juntamos los haces de una realidad que parecía alcanzada, y que otra vez se nos deshizo en las manos, urna de arcilla quebradiza. Es necesario que persistan algunos, para que al cabo se salven todos. Empecemos otra vez, empecemos todas las mañanas. Nos congrega la fraternidad de un empeño que debe adelantarse día a día con un esfuerzo paciente. Con un esfuerzo paciente y hasta lleno de comprensión para las flaquezas humanas. No hay que exigir demasiado a la naturaleza. La regla de oro: rigor en lo esencial, tolerancia en lo secundario, abandono de lo indiferente. Sumemos a todo el que tenga buena intención, por escasas que sean sus fuerzas. No pretendamos movilizar ejércitos de héroes: basta con que haya algunos, y los demás, que los sigan tan de cerca como les sea posible. Transformar, poco a poco, lo heterogéneo en asimilable. Que cada uno preste su brazo, hasta donde su brazo alcance. ¡A ver si, entre todos, acabamos por desterrar la violencia, la ceguera, el crimen, cínicamente erigidos en normas de la vida social por la voluntad de dos o tres locos”.

Casi sobre lo mismo, en el ensayo “Un mundo organizado” coloca en el centro las nociones a considerar para la creación de un ente como la ONU, que en aquel momento estaba todavía en proceso de construcción: “El problema se reduce a encontrar un justo equilibrio entre la soberanía y la supersoberanía. Lo cual, inmediatamente, plantea la cuestión vital de dar, dentro del organismo superestatal, una posición tal a los Estados menores, que éstos no se sientan amenazados por las Grandes Potencias, y de encontrar para éstas un sistema tal de engranajes, que ellas no puedan empujar al mundo a un nuevo desastre como el que ahora padecemos”.

Reyes ya había dejado la diplomacia cuando publicó Tentativas…, libro en el que resaltan sus famosos ensayos “Discurso por Virgilio”, “Homilía por la cultura”, “Esta hora del mundo”, “Posición de América” y “El hombre y su morada”, que es en este lote el texto más largo y compendioso de la historia de la civilización humana. Poco después de escribirlo y de publicarlo, en 1944, tuvo el primero de los cuatro infartos que terminaron por vencerlo. Por lo que sabemos, es de suponer que trabajaba sin freno en ese entonces, y así siguió hasta 1959, bregando a diario en la factura de nuevos libros y en la organización de todo lo que luego edificó el corpus de su obra completa.

Es necesario insistir en un detalle: que las piezas de Tentativas… pueden dar la impresión, vistas de lejos, de aridez o de secura profesoral. No. En “Discurso de la lengua”, precisamente el penúltimo ensayo del índice, hace este elogio de nuestro idioma, que cito en largo como ejemplo de su pulcritud y por exacto de la afirmación: “Sólo declaro al comenzar que considero como un privilegio hablar en español y entender el mundo en español: lengua de síntesis y de integración histórica, donde se han juntado felizmente las formas de la razón occidental y la fluidez del espíritu oriental; tan ejercitada en las argucias intelectuales como en las libres explosiones del ánimo, ya en sus escolásticos o en sus místicos; lengua cuyo atletismo admite el transportar fácilmente las crudezas terrenas hasta el cielo de las ideas puras, o el hacer bajar los arquetipos hasta los afanes del trato diario, según se advierte, para ambos extremos, en el diálogo eterno de Don Quijote y Sancho; lengua lo bastante elaborada para captar las regularidades y exactitudes, lo bastante audaz para respetar las temblorosas indecisiones del misterio; capaz de la matemática como de la lírica; valiente en la cordura y en la locura, y cabal en su registro de las posibilidades humanas; lastrada por una ironía profunda, que al par la defiende de la pura embriaguez abstracta y de la estéril fascinación de lo inmediato, al punto que su sola práctica dicta normas para la buena conducta de la voluntad y el pensamiento; sonora sin delicuescencias que amengüen su viril reciedumbre, y cuyo equilibrio fonético parece dictado por la misma economía biológica del resuello. Los que viven en otra de las grandes lenguas civilizadas podrán reclamar para ella iguales excelencias, o aun otras que les parezcan superiores. Quiere decir que son igualmente privilegiados, o que se hallan tan a gusto de beber en su vaso como nosotros en el propio. Lo que importa es convencernos de que poseemos un instrumento tan bueno como cualquiera de los mejores, y nunca culpar al instrumento de nuestra impericia en manejarlo”.

Con esta lengua elogiada y en su caso perfectamente usada, Alfonso Reyes nos adentra en la permanente urgencia de caminar con la cultura en ristre, única lámpara que teníamos ayer y seguimos teniendo hoy para avanzar en la penumbra.

Nota. Esta es la portada de la edición que leí, la primera:

sábado, julio 06, 2024

El camino a Norte negro













Larga, callada y fructífera ha sido la andadura de Gerardo García Muñoz (Torreón, Coahuila, 1959) para llegar a Norte negro. Catorce miradas a una narrativa criminal mexicana (UANL-Ibero Torreón, Monterrey, 2023, 274 pp.). No dudo en subrayar que este conjunto de ensayos lo confirma como uno de los más salientes especialistas del género negro en nuestro país, temática que por otro lado arreció su producción en las más recientes décadas, dos al menos. García Muñoz aborda en su nuevo libro, en amplios y documentados ensayos, novelas y cuentos de escritoras y escritores nacidos o no nacidos, pero sí radicados, en alguna de las seis entidades del norte mexicano. Son, o somos, Martín Solares, Vicente Alfonso, Eduardo Antonio Parra, Hugo Valdés, Orfa Alarcón, Norma Yamille Cuéllar, Gabriel Trujillo Muñoz, Daniel Salinas Basave, José Salvador Ruiz, Ricardo Vigueras, César Silva Márquez, Imanol Caneyada, Carlos René Padilla y yo, que he sido colado a la indagación del ensayista lagunero.

Ahora bien, podría aquí recorrer cada uno de los ensayos que componen Norte negro, pero sé que Jessica Ayala y el autor sobrevolarán su contenido. Prefiero por lo tanto hablar brevemente sobre la trayectoria de Gerardo García, sobre lo que ha hecho para construir este libro ambicioso y bien logrado. La semblanza de solapa señala que es profesor asociado de Español y Humanidades en Prairie View A&M University, en Houston, Texas; obtuvo el doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Estatal de Arizona. Ha enseñado también en el Instituto Tecnológico de La Laguna y en la Universidad Iberoamericana Torreón. Entre otros, ha publicado los libros El sueño creador: el ABC de la invención (Tierra Adentro, 1994), El Almirante redivivo (Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila, 1997), Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (Universidad Iberoamericana, Torreón, 2003), El enigma y la conspiración (UA de C, 2010), La luz y la guerra: el cine de la Revolución mexicana (Conaculta, 2010), coeditado con Fernando Fabio Sánchez. Ha colaborado en las revistas Acequias, Temas y Variaciones de Literatura, Dura: Revista de literatura criminal hispana, entre otras. Su principal línea de interés es la literatura criminal y detectivesca en español.

Pese a lo sucinta, la semblanza es compendiosa, sirve para el propósito de ver desde un dron el territorio intelectual ocupado por García Muñoz. Quiero añadir a lo anterior algunos rasgos que amplían el perfil del ensayista. Vivió la mayor parte de su vida del lado oriental del bosque Venustiano Carranza, por la avenida Escobedo. Su formación se dio en escuelas públicas: el colegio España, la Secundaria Federal Número 1, la Preparatoria Venustiano Carranza, el Tecnológico de La Laguna. Aquí nos asalta una primera rareza. Nuestro escritor tiene título profesional de ingeniero, a lo que sumó la maestría en esa misma disciplina. Estaba ya bien encarrilado, incluso como profesor, dentro de la ingeniería cuando lo jaló otra materia: la literatura. La causa remota de tal llamado estaba en su infancia y su adolescencia: Gerardo fue un tremendo lector de novelas, y si lo adjetivo así no exagero. Entre sus obligaciones escolares siempre tuvo libros de narrativa a merced, sobre todo los que de la benemérita colección Sepan cuantos… le traían a Torreón sus hermanos José y Roberto, quienes estudiaban, respectivamente, veterinaria e ingeniería en el Distrito Federal. Todos hemos visto esos libros de Porrúa, las temibles dos columnas y el renglón cerrado de sus páginas, pero, de niño, Gerardo no se amilanó y en la Sepan cuantos…. ascendió montañas como Los miserables y La guerra y la paz, entre muchas otras. Es por ejemplo, entre quienes conozco, uno de los pocos que han atravesado Los bandidos de Río Frío, y esto lo hizo en la adolescencia.

Su voracidad lectora y una memoria que juzgo harto receptiva permitieron a nuestro autor manejarse como intelectual todoterreno: por un lado, dominaba la ingeniería a un grado más que sobresaliente, y, por otro, mantenía en combustión interna su pasión como lector de literatura. La inusual contienda forzó que un día renunciara a la matemática y la física para ceder toda la plaza a las letras.

Lo conocí en 1988. Recuerdo que aquella vez en su mano traía Noticias del imperio, recién publicada. Me desconcertó saber que, pese al librote de Fernando del Paso, era ingeniero y maestro del Tec de La Laguna, y pronto pude advertir que se trataba de un lector total. No pasó mucho tiempo para que se acercara a la escritura. Comenzó con reseñas bibliográficas, y pronto descubrió la hospitalidad del ensayo, género en el que se acomodó como en su casa. El primero que publicó fue el referido a Adolfo Bioy Casares. Luego vinieron sus trabajos sobre Augusto Roa Bastos, Julio Ramón Ribeyro y otros numerosos escritores. A finales del siglo pasado se estableció en Las Cruces, Nuevo México, para transitar la maestría. Luego en Tempe, Arizona, para el doctorado, donde se especializó en literatura criminal con una tesis que a la postre sería cimiento del libro El enigma y la conspiración. De allí, migró por unos pocos años, ya como profesor de literatura, a Minnesota, y tiempo después, hasta esta fecha, al este de Texas.

En el camino ha participado en numerosos congresos, ha publicado en importantes revistas, se casó con su amada Martha Yadira Díaz y por suerte no se ha olvidado de la polvosa región que lo vio nacer, leer y comenzar a escribir, pues nos visita al menos un par de veces al año.

Hoy, en esta vuelta, nos convida Norte negro, libro que ciertamente, reitero, lo ratifica como especialista en literatura criminal, pero más lo confirma como el voraz y memorioso lector que es desde su lagunera infancia, aquella infancia y adolescencia transcurridas frente al Álgebra de Baldor y las novelas de Porrúa despachadas en una casa amarilla de la avenida Escobedo.

Felicidades a Gerardo por este nuevo producto de su trabajo.

Comarca Lagunera, a 2 de julio de 2024

Nota. Texto leído el 2 de julio de 2024 en la presentación de Norte negro celebrada en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Gerardo García Muñoz, Jessica Ayala Barbosa y yo.

sábado, marzo 17, 2018

Memoria del poeta y del futbolista*




















La raíz indoeuropea mer, que significa “recordar”, “cuidar”, produjo en latín memor, “el que recuerda”, y palabras en español como “conmemorar”, “memorable”, “memorándum” y “memoria”. Con esa misma raíz tiene algo que ver la palabra griega “mártir”, y todas se relacionan con el asombroso acto humano de conservar en algún sitio la idea de los hechos y los personajes idos, de recordar, palabra cuya etimología es todavía más bella: “recordar” es traer de nuevo al corazón, re-cordis. Aunque no todos los recuerdos son gratos, solemos asociar esta palabra con la felicidad que implica traer desde el pasado, en términos de fantasmagoría, aquello que alguna vez nos alegró y tiene la capacidad de seguir haciéndolo. Eso ocurre precisamente con la memoria de los seres admirados y queridos.
Ex futbolista y periodista deportivo, Roberto Gómez Junco (Monterrey, 1956) ha consumado en El ilustre pigmeo su primer libro, un emotivo recuerdo (re-cordis) de Celedonio Junco de la Vega, su bisabuelo poeta. Para articularlo ha procedido con una mezcla de respeto, desenfado y humor, y el resultado me parece digno de lectura porque en él se amalgaman con fortuna al menos dos géneros: por un lado, se trata de un esbozo de biografía, la del poeta Junco de la Vega, y paralelamente una especie de memoria personal, la del ex jugador de futbol y hoy periodista. El pespunteo entre ambos relatos configura y hace ameno el trayecto en las páginas de El ilustre pigmeo.
La parte, digamos, biográfica del poeta es asumida con cauteloso fervor por el bisnieto, quien varias veces declara no tener toda la información que necesita para reconstruir con detalle la andanza vital del personaje. Quedan, para indagarlo, sus textos publicados, los artículos y sobre todo la poesía, pero no las pistas que ayuden a reconstruir los ires y venires más mundanos del bisabuelo. El autor debe ceñirse entonces a lo que hay disponible sobre su mesa de trabajo: ecos de conversaciones familiares y vagos recuerdos sobre la gravitación íntima que don Cele siguió teniendo tras su muerte. No hay mucho, pues, para adentrarse en la cotidianidad del personaje. Lo que sí abunda, por suerte, es lo que dejó escrito. Muchos epigramas en clave satírica y numerosos poemas cuya factura, así tengan el registro emocional y léxico de la época, siguen pareciendo muy logrados, actuales. En efecto, Celedonio Junco de la Vega escribe como poeta de su tiempo, es decir, hay en él un eco del Modernismo que propagó Darío, pero así como el nicaragüense sigue vivo, muchos de sus buenos epígonos, aunque olvidados, persisten hasta nuestros días en el alcance de la belleza. Para los poetas de aquella hora era imposible prescindir del metro octasilábico y endecasilábico, de la estrofa y de la rima consonante; se ceñían a esos corsés hoy abandonados debido al asentamiento del verso libre, pero quienes, como don Cele, tenían talento, lo hacían con gracia cuando se trataba del piezas jocosas, y de hondura, cuando el tema ameritaba gravedad.
Roberto Gómez Junco cita muchos epigramas cuya agudeza cala hondo pese a la pequeñez del alfiler. En algún momento se pregunta si su bisabuelo fue un gran poeta, y sospecho que lo hace por una razón intuida: ciertamente, los epigramistas de periódico o de sobremesa podrán ser muy leídos y celebrados mientras viven, pero siempre son considerados menores y muy pronto pasan a ser reclutados por el olvido. Es el caso de mi paisano Campos Díaz y Sánchez, quien durante muchos años, además de cabecear notas, escribió notables epigramas para la sección editorial de Excélsior (el Excélsior de Scherer) y a quien hoy casi nadie recuerda. Celedonio Junco sería un poeta menor si sólo se conservara su producción epigramática, y más olvidado estaría si sólo quedaran sus artículos, pero no es así. Por las muestras de poesía grave que el bisnieto dispensa en su libro, advertimos que Celedonio Junco de la Vega supo deambular con solvencia por la poesía seria, no zumbona ni coyuntural. En alguna página del libro, por ejemplo, el bisnieto cita un poema bárbaro dedicado a la memoria de su padre (padre de don Celedonio), que no obstante su brevedad contiene la desgarrada perfección de una obra maestra:

Nueve años ya que el último latido
marcó tu corazón en bien fecundo;
nueve años ya, y aún vibra en nuestro oído
el adiós de tu labio moribundo.
Fuiste en la lucha de la vida roble
que queda en pie tras la borrasca fuerte
tan sólo se abatió tu frente noble
ante un rayo implacable: el de la muerte.
¿Qué ha quedado de ti?; tu nombre escrito
en un mármol que cubre polvo helado
tu espíritu vagando en lo infinito,
y tu recuerdo en nuestro hogar honrado.
Mi frente triste ante la tumba inclino,
que tu ceniza venerada encierra;
mañana, ¿qué me espera en mi camino?,
¿cuál mi suerte será sobre esta tierra?
Cuando cerrados a la luz mis ojos,
duerma ese sueño de la tumba fría…
¿quién regará con llanto mis despojos?
¿en qué memoria quedará la mía?

Como se puede oír, hay más que accidental calidad en esta pieza. El poeta tenía apenas 22 años y ya podía trabajar con malicia el hipérbaton (“Fuiste en la lucha de la vida roble”, “que tu ceniza venerada encierra”…), la unidad del campo semántico (“borrasca”, “helado”, “frío”…), el adjetivo novedoso (“labio moribundo”, “rayo implacable”, “ceniza venerada”…), y junto con el dominio de la forma, el del fondo, acaso más difícil pues comporta una madurez difícil de creer a menos que la atribuyamos a la precocidad. Gracias a un poema como éste es posible responder a la pregunta de Roberto Gómez Junco: ¿don Celedonio era un buen poeta? Sí, lo era, y harto precoz por si pareciera poco.
Mezclada con la biografía un tanto aneblada del bisabuelo, corre en buena parte del libro la vivencia del autor en relación con su deseo obsesivo por conocer aquella vida. No sólo vemos aparecer, poco a poco, desde la penumbra del tiempo, borrosa, la figura del Celedonio Junco de la Vega, sino también al hombre que la acerca hacia nosotros, es decir, este libro también cuenta los afanes del autor por destacar en el deporte y al alimón servirse de la lectura en un medio completamente ajeno a las preocupaciones intelectuales, como si no se resignara a ser completamente futbolista y de alguna manera, como lector, rendir tributo al bisabuelo artista que deambula por sus sangre. En el este zigzag entre las vidas del poeta y del futbolista que opina sobre su deporte, los lectores dialogamos con un libro sabroso, interesante y bien escrito, un recipiente para dos memorias que, cada cual a su modo, persistirán en el recuerdo de muchos que los hayan leído o visto jugar con la palabra y el balón.

Comarca Lagunera, 15, marzo y 2018

*Texto leído en la presentación de El ilustre pigmeo (Roberto Gómez Junco, Font, Monterrey, 2017, 168 pp.) celebrada el 16 de marzo de 2018 en el marco de la Feria Universitaria del Libro UANLeer 2018. 

jueves, mayo 31, 2007

Reyes de bolsillo



Jaime Muñoz Vargas

Aunque pretende ser una edición accesible al gran público, de bolsillo, Recoge el día, antología temática, de Alfonso Reyes, es una lujosa y casi inaccesible colección de ocho tomitos cuyo contenido fue seleccionado por Alfonso Rangel Guerra, quien además preparó el prólogo que aparece en el primer volumen de la serie. La tarea siempre titánica de antologar al inacabable Reyes tiene aquí, creo, una solución inteligente: en vez de buscar “lo mejor” que escribió el regiomontano, Rangel Guerra parceló no tanto en función “temática” (como se ofrece en el título), sino genérica, pues encontramos en estos bellos libros al Reyes que ara en la poesía, en el diario, en la correspondencia, en el artículo periodístico y, no podía ser excluido, en el ensayo, acaso el terreno donde ese mexicano universal se movió con mayor soltura.
Rangel Guerra lo afirma en su pórtico, y tiene razón: armar una antología de Reyes pone frente al antologador una tarea de suyo inacabable no sólo por la faraónica obra de quien escribió Ifigenia cruel, sino por su apabullante variedad de temas, una variedad que produce la impresión de infinito ante la cual muchos reculan. Los 26 tomos de sus Obras completas publicadas desde hace más de cincuenta años por el FCE rebasan con facilidad el propósito de resumirlos en una antología que, por fuerza, discrimine algunos textos y elija otros. ¿Cuáles incluir? ¿Por qué esos y no otros, si todas las páginas de Reyes dan la impresión de contar con méritos antológicos? No es fácil. La calidad, muy alta siempre, es pareja en el neoloeonés, de tal suerte que desde sus ensayos más ambiciosos (La antigua retórica, El deslinde, La crítica en la edad ateniense) hasta sus páginas más espontáneas ostentan un marcado aire de perfección, de genio invicto.
Pese a tal obstáculo, Rangel Guerra encaró el desafío y el resultado es Recoger el día, colección auspiciada por la Unesco y el Comité Regional Norte de Cooperación con la Unesco. Se trata, como dije al principio, de un trabajo editorial demasiado refinado (más: exquisito) como para llegar de veras a un público amplio. Arropados por una lujosa caja dura, los ocho tomitos usan camisa y fueron impresos y encuadernados con experta y exigente mano. En sí, es un placer abrir estos libros, gozar de su etéreo diseño. Y más que eso, encontrar a la vuelta de cada hoja la palabra siempre servicial en cualquier línea alfonsina.
Enumero el título de cada ejemplar, rótulo que de manera sintética da buena idea del contenido en conjunto: Los recuerdos, El padre Monterrey, México: la x en la frente, Amigos y contemporáneos, Ciudades y países/Los libros, La buena mesa/La mujer, El amor/La condición humana, Del epistolario/Del diario. Son ocho, pues, las vías de acceso que abre Rangel Guerra para llegar a don Alfonso. No proponen una ruta precisa. Antes bien, su plan insinúa la idea de que todos los caminos conducen a Reyes, desde su más ambicioso tratado hasta su más humilde pincelazo tirado sobre el lienzo de un diario personal. Por ejemplo, cierta pátina de grandeza tiñe el comentario más circunstancial en este abreviado día de su diario: “Río, miércoles 11 de Enero de 1939… Mi última noche en Brasil. Cumplí la misión que se me confió: reconcilié con México al Gob. Brasileño q. estaba muy lastimado y abrí al petróleo mexicano el mercado de este país. Ante esto, desaparecen mis cuestiones personales”.
El recorrido, entonces, busca observar a Reyes con vista de cóndor: abarcadoramente, a plenitud. En el tomo 1 miramos su andanza personal diseminada en textos escritos como para dar fe de sus movimientos en la vida, de su cosmovisión como ciudadano. Son páginas escritas con ánimo testimonial, siempre con algo de narrativo antes que crítico. Reyes en Monterrey, Reyes en México, en España, en París, en Sudamérica, Reyes de nuevo en el Distrito Federal. Reyes niño, joven, adulto, Reyes anciano. Reyes por Reyes en páginas atravesadas por una amable sinceridad, nunca truculentas ni condescendientes con las bajezas de espíritu.
En el tomo 2, Monterrey como una raya de luz en la memoria del regiomontano. Allí, refulgente, su “Sol de Monterrey”, tal vez el poema que lo definió con mayor encanto. Y algo similar, pero en relación a México en tanto país, contiene el tomo 3, el de la x en la frente; aquí, claro, aunque sólo en un fragmento, su “Visión de Anáhuac”. El cuarto de la tanda, un recorrido por las presencias literarias que poblaron la vida de Reyes, los amigos a los que siempre trató con sabia cordialidad. El tomo quinto hace las maletas y trata sobre los lugares, las atmósferas, los paisajes vistos y entrevistos. El 6, sobre dos pasiones alfonsinas: la mujer y la buena mesa, una asumida como ideal, como entidad metafísica, y, la otra, como concreción diaria. El tranco 7 de este periplo es el más filosófico de la serie; se refiere a la condición humana. El 8, ya lo cité, es la parte de su escritura informal, aunque nunca desgarbada: las cartas y el diario.
La suma de todo esto dibuja con pocas líneas la figura de Alfonso Reyes. Es un proyecto estimable, un homenaje más, merecido como todos, al escritor cabal del siglo veinte mexicano, el único autor que, como enfatizó Borges en “In memoriam AR”, es círculo, integridad: “Reyes: la indescifrable providencia / que administra lo pródigo y lo parco / nos dio a los unos el sector y el arco / pero a ti la total circunferencia”. Esa total circunferencia es la que busca percibir, y sospecho que lo logra sobradamente, Recoge el día, compilación del maestro Alfonso Rangel Guerra.

Recoge el día, antología temática, Alfonso Reyes, Selección y prólogo Alfonso Rangel Guerra, Unesco/ Comité Regional Norte de Cooperación con la Unesco, Monterrey, s/f.