El miércoles pasado volví a
Monterrey. Atendí una amable invitación del Museo de Historia Mexicana para
participar en el ciclo “11/22: futbol y polémica”, pensado y coordinado por el
comunicador Gabriel Contreras. Serán cuatro mesas, van dos, y me tocó dialogar
en la segunda con Víctor Barrera Enderle, a quien sólo conocía por escrito gracias
a su libro Ahora colecciono miradas. El
discurso ensayístico en la etapa madrileña de Alfonso Reyes (UANL, 2021). Aunque
el tema de nuestra conversación no fuera a girar en torno a la obra del polígrafo
regiomontano, el hecho de saber que mi interlocutor es especialista en la obra
de Reyes y actual director de la Biblioteca Alfonsina fue motivo más que grande
para entusiasmarme. Al final nuestro diálogo, titulado “Futbol y letras”, se desarrolló
por los cauces deseados, pues establecimos, o tratamos de establecer, los
puentes entre el futbol como fenómeno cultural y su influjo en la escritura
literaria.
El viaje en camión me dio
tiempo para recordar en la ida y en la vuelta mi etapa, digámoslo así,
regiomontana. Aunque he compartido poco esa experiencia, tuve radicación en
Monterrey durante un breve periodo de mi vida, apenas un semestre. Ahora que
reparo en esto, quizá una de las trampas de la memoria, de la mía en este caso,
ha sido ocultarme ese recuerdo porque fue particularmente duro, por no decir
que feo, digno de olvido. Pero así como esconde, como escamotea, la memoria no
puede borrar del todo lo ocurrido, y sobre el bus resucitó en mi cabeza la
andanza de hace cuarenta años. No pude recordar con precisión muchos detalles, sobre
todo datos duros, pero sí montones de imágenes que se agolpan cuando intento establecer
una cronología de aquellos meses traumáticos.
Tal vez estoy exagerando, no
sé. Quizá la vivencia no fue tan adversa, pero algo me lleva a creer que sí,
como si la memoria tuviera un mecanismo para hiperbolizar lo malo. Lo que
recuerdo de mi etapa regia —que de regia
no tuvo nada— se debió al desempleo. Acababa de salir de la carrera y de
inmediato me vi impelido a trabajar. En ese momento advertí que se había
acabado la beca familiar, así que me puse a buscar en dónde vender mi precaria
fuerza de trabajo. Probé suerte con un grupo de compañeros de la carrera en un emprendimiento
fallidísimo que merece crónica aparte, y luego en otro institucional, público,
que también se frustró casi desde el arranque. No habían pasado ni seis meses
desde que egresé, y ya tenía dos strikes
en mi cuenta laboral.
Fue en ese momento cuando un
amigo de la prepa, José Manuel González Souza, me dio un tip para hallar algo. Él estudiaba el último año de su carrera de
ingeniería en la UANL, y compartía una casa pequeña, como de Infonavit, con otro
compañero de la facultad. Me dijo que sobraba un cuarto, y que por una módica cooperación
podían hospedarme para que buscara chamba allá. Acepté. No recuerdo cómo
conseguí dinero para viajar a Monterrey, ni cómo nos organizamos para que me
recibiera en la terminal, pero un día de 1986 u 87 entramos a la casita ubicada
lejos del centro. En efecto, la casa estaba en una de esas colonias de viviendas
para trabajadores, espacios situados en la periferia con miles de casas idénticas
apiñadas en edificios también idénticos.
Tras mi llegada, recibí
instrucciones de movilidad, rutas de camiones y eso. Mi idea era trabajar en
algún periódico, y daba la casualidad nada casual de que las instalaciones de
los diarios estaban en el rumbo de la Macroplaza. Desde el primer día entendí
que para llegar al centro debía tomar dos camiones, una hora y media de
recorrido. En otras palabras, tres horas, si sumaba la vuelta. Esto ya de por sí
era letal para un lagunero acostumbrado toda la vida a viajes cortos dentro de mi
región.
Para entonces había leído el
suplemento cultural Aquí vamos, del
periódico El Porvenir, y me gustaba
mucho, así que me apersoné en sus instalaciones. No tenía ningún contacto, no
conocía a nadie en el periódico, pero como pude logré que me hicieran una
prueba para algo, no recuerdo si para corrector o reportero. Dijeron que si la
pasaba, me llamarían. Di el teléfono de una señora que era vecina de mi amigo,
el estudiante de la Uni, quien además les preparaba comida por una cuota a la
semana.
Como no podía atenerme al resultado en El Porvenir (que nunca llegó), alguien me dijo que recién habían abierto un nuevo periódico, el ABC. También quedaba por el rumbo de la Macroplaza, y pronto fui a sus instalaciones para husmear alguna oportunidad. Hablé con un funcionario, le expuse mi caso, y dio la casualidad de que tuvieran una vacante de reportero. Supongo que nadie la quería, pues de inmediato me dieron el empleo. Al día siguiente me presenté, me asignaron una máquina de escribir y una orden de trabajo tecleada mecánicamente en una tirita de papel. Con credencial de reportero novatísimo salí a la calle. Tuve que preguntar a compañeros todavía desconocidos en dónde estaba tal o cual lugar, en qué camión subir. Visité las sedes de partidos, de cámaras empresariales, de sindicatos corporativos, para entrevistar a personajes horribles. Caminé mucho, con el fin de ahorrar. A eso de las dos o tres regresaba al diario, me sentaba frente a la máquina y redactaba como podía —siempre con un hambre de perro— las notas que me encomendaban. Salía del periódico como a las 5, y recuerdo varias tardes en las que me senté en alguna banca de la Macroplaza para respirar antes de tomar el bus de hora y media hasta la casita de Infonavit ubicada en el culo de Monterrey, o poquito más allá.
Eso se repitió durante varios meses.
Comía muy mal y dormía peor, pues la casa no tenía aire acondicionado y en el
calor de Monterrey era imposible descansar. Además, los trayectos poco a poco
me redujeron a la condición de zombi, condición que no mejoraba con la llegada
del salario, pues también era rabón. Cómo estaría la cosa que lo único bueno
que recuerdo de mi chamba de reportero en el ABC son algunas tardes frente a la máquina de escribir. No por la máquina
ni por escribir, sino porque frente a mí, como a diez metros, tenía su
escritorio una compañera que me gustó. Se vestía como si fuera integrante del
grupo Flans, y por supuesto no me animé ni a decirle buenas tardes. Sin dinero,
derrotado por el hambre y derretido por el calor, la veía como lo que era: un
sueño imposible.
Cuando ya no di más, aproveché el pago de una quincena para renunciar y volver a Torreón con otro fracaso a cuestas, pero más contento que un liberto. Monterrey quedó como un feo recuerdo de mi estreno periodístico, pero, si lo analizo bien, no fue tan malo, pues me enseñó a boxear arrinconado en la esquina del ring y con la guardia cerrada, sin caer.

