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sábado, noviembre 24, 2018

Sherlock Holmes, suma y espejo















Una inquietud me rondó durante mucho tiempo: ¿por qué fue Sherlock Holmes quien se impuso como suma y espejo entre todos los detectives que en la literatura han sido? Recuerdo, para ayudarme a responder, una afirmación de Borges sobre Quevedo. Decía el autor de Ficciones que todo gran escritor necesitaba, para perdurar, de la creación de un símbolo. Daba el ejemplo, si la memoria no me defrauda, de Cervantes, quien desde el punto de vista técnico no es mejor escritor que Quevedo, pero que dio con un símbolo que luego le sirvió para encumbrarlo: el del caballero andante, epítome de idealismo. Igual, o parecidamente, obraron Dante con su infierno, Shakespeare con el amor imposible de RyJ, o más cerca en el tiempo Kafka con el repentino escarabajo y Rulfo con el cacique enamorado de Susana San Juan. Conan Doyle dio con Sherlock Holmes, lo convirtió en un personaje-tipo bien definido en la totalidad de sus rasgos.
Ahora bien, no es suficiente con amonedar el susodicho símbolo. Conan Doyle supo que necesitaba historias que mezclaran la sencillez y la complejidad en dosis delicadamente parejas, exactas. En el engranaje de los cuentos más que en los textos de mayor envergadura, sospecho, es más visible el procedimiento, un procedimiento algo mecánico, es cierto, pero siempre eficaz al menos para un lector, el de finales del siglo XIX, no habituado aún a las estratagemas del relato policial: alguien llega a la guarida de Holmes y desde allí comienza la investigación. El detective no pierde tiempo, y esto fascina a los lectores. Desde que el cliente en apuros cruza la puerta, Sherlock comienza el peritaje: la ropa y los gestos del visitante emiten los primeros mensajes, y el investigador los anota en su mente mientras deja que el cliente hable. Viene entonces la exposición del problema, el izamiento de la incógnita. Holmes hace preguntas ad hoc, inmediatamente ceñidas al asunto atañedero al cliente. Luego de formarse el primer esquema de la situación, Holmes promete investigar y deja que el personaje-palanca se vaya. Lo demás es la investigación de in situ, el atamiento de cabos y el desenlace lógico.

sábado, junio 15, 2013

Geometría del cuento


Urdí estas rápidas notas para usarlas como guía en una conferencia celebrada en la biblioteca municipal José García de Letona, en Torreón. La ofrecí el 30 de enero de 2013 y nunca tuve ni me di tiempo para aplicarles una mano de gato que viabilizara su publicación al menos en el único lugar que me permite hacerlo sin cortapisas: este blog. Hice hoy la revisión y aquí está el resultado. Advierto que apenas retoqué, así que estas palabras debemos imaginarlas complementadas —aderezadas— con explicaciones en estilo oral. En las conferencias no me gusta leer tal cual, pero tampoco dejar todo en manos de la espontaneidad. El texto que viene da una idea de los apuntes que suelo sancochar como “acordeón” de conferenciante. Ojalá sirvan de algo ya rebarnizadas y puestas en un formato cercano al artículo.

Geometría del cuento: apuntes en moto sobre un género movedizo

Jaime Muñoz Vargas

He pasado mi vida de cuentista creyendo y desconfiando de todo lo que sé sobre el cuento, género con el que comencé a escribir y género con el cual todavía no firmo mi divorcio. Me sé, pues, esencialmente cuentista, malo o regular, ya que no puedo decir bueno, pero cuentista al fin. He pasado por todos los demás moldes literarios y periodísticos, pero siempre, así deje de escribirlos, me consideraré creador de esas ficciones breves denominadas cuentos.
En el camino he escrito muchos, claro, y también he leído algo de teoría e incluso mi “decálogo” quiroguesco, pero lo que más me ha enseñado a valorarlo, a entenderlo, a gozarlo como género (porque el goce estético es a fin de cuentas lo más noble que tiene todo arte), es la lectura de muchos, de ya innumerables cuentos. Voy a espigar aquí, pues, algunas opiniones sobre lo que creo ha sido el cuento, sobre algunos de sus más importantes cultores y principalmente sobre las dos, digamos, brechas por las que suele caminar la mayoría de los cuentos, todo eso en diez apresurados trancos. Al final ofreceré mi lista para una antología tentativa, si alguna vez me la encargaran y no tuviera yo cómo eludir esa solicitud.

El protocuento
El cuento entendido como forma de relato breve es tan viejo como los cerros y la palabra articulada. Allí donde un grupo humano comenzó a colocar palabra tras palabra, a transformar la realidad en discurso, fue el cuento lo primero que afloró, lo primero que pudieron crear aquellos primeros y peludos hermanos nuestros. La primera explicación para todos los fenómenos, lo sabemos, fue mítica, y esto significa que si los homínidos primigenios querían entender el rayo, el sol, la lluvia y demás, apelaron al relato, crearon dioses adecuados, seres todopoderosos que de la nada eran capaces de provocar tormentas o iluminar el firmamento. Todavía hoy, claro, hay incontables vestigios de esa explicación mítica de todo lo visible y lo invisible, explicación enunciada en pequeños relatos, en protocuentos, por llamarlos de algún modo.

Los mil y un cuentos
Porque estos apuntes buscan una inteligencia rápida de la criatura llamada cuento y no permiten detenernos demasiado, demos un salto de miles de años. Siglos más, siglos menos, los griegos y los romanos afinaron muy bien su gusto por los relatos. Cuántas historias cortas y aleccionadoras hay en ambas literaturas, cuántos escritores no practicaron el arte de inventar personajes y destinos. Lo hacían, sin embargo, sin una conciencia clara de la independencia que podía tener el relato breve en relación con otras formas de escritura, con el drama. Ese gusto de las dos antigüedades clásicas llega hasta finales de la Edad Media y produce, por ejemplo, series como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, y por esas mismas fechas, el Decamerón, de Boccaccio. Poco antes, en el siglo IX y por rumbos no europeos, alguien compuso Las mil y una noches, obra que ocho siglos después tuvo extraordinaria recepción en la Europa del siglo XIX.

El ABC de Poe
Los manuales de cuento citan de cajón a Edgar Allan Poe como el creador del cuento moderno. A diferencia de otros, el norteamericano visibilizó una noción que hasta la fecha es importante en toda forma breve, como el cuento: “La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente”. En su famoso Método de composición, Poe describe las características que debe tener en cuenta quien encare un texto cuyo propósito sea lograr esa “unidad de impresión”. En todo ese ensayo examina los rasgos que no sólo hicieron posible “El Cuervo”, sino también el primer cuento moderno de la historia, “Los crímenes de la calle Morgue”, que a su vez fue el primer relato policial que creó un clima de suspenso, de incertidumbre, con pistas, detectives y todo lo que ya sabemos, eso que luego sería ingrediente fundamental para los textos policiales y para todos los relatos con estructura cuentística moderna. Por eso mismo se puede afirmar que el cuento es quizá el único género con lugar y fecha precisos de nacimiento: su cuna fue la Graham's Magazine, de Filadelfia, en su edición de abril de 1841.

Boom del cuento
Gracias a Poe y “Los crímenes de la calle Morgue” el cuento alcanzó su independencia genérica. Por fin se había convertido en un espécimen autónomo, con reglas precisas, capaz de seducir a muchos escritores que, atraídos por la novedosa forma, se vieron desafiados y compusieron relatos que aspiraban a la “unidad de impresión” que el bostoniano había propuesto tanto en la teoría y como en la práctica.

La sombra de la novela
El cuento legislado, el cuento en el que los escritores se imponen la tarea de trabajar una estructura cerrada, nació pues en el llamado “siglo de la novela”. Frente a muchas obras gigantescas, frente a genios descomunales como los de Víctor Hugo, Flaubert, Dickens, Dumas, Stevenson, Verne, Tolstoi, Destoyevski, Zolá y tantos otros, el cuento se abrió paso a codazos y logró convertirse en un género importante. Sin embargo, la sombra de la novela fue tan pesada que hasta la fecha predomina, colma el mundo editorial e impide que el cuento se haga de un público mayor.

Consolidación en América Latina
La suerte del cuento quedó marcada en el siglo de la novela, el XIX. Chejov, Conan Doyle y Maupassant fueron sus principales impulsores, y el eco de estos tres europeos, junto con el de Poe, llegó a Latinoamérica. Aquí lo acogió, sobre todo, el uruguayo Horacio Quiroga, con una producción numerosa y terrible, muy en la línea poesca. También lo asimiló Darío, siempre con su estilo lleno de suntuosidades, y Leopoldo Lugones, quien a mi juicio es el primer gran cuentista de nuestro continente espiritual; basta leer, para probarlo, Las fuerzas extrañas, libro de cuentos publicado en 1906.

Grandes presencias en AL
Ya bien aclimatado el cuento entre nosotros, a mediados del siglo XX aparecen los nombres que podemos identificar con mayor facilidad, puesto que siguen muy al alcance de la mano en cualquier biblioteca o librería. Cortázar, Borges, Bombal, Arlt, Arreola, Monterroso, Rulfo, Valadés, García Márquez, Onetti, Filisberto, Carpentier, Fuentes, Walsh, Benedetti, Anderson Imbert, Ribeyro y muchos más, lograron lo que quizá parezca inverosímil, pero que a mi juicio es verdad: que América Latina reuniera en unas cuantas décadas, dos o tres apenas, a los mejores cuentistas del mundo. Sin embargo, la novela, el género del Boom, continuó la rectoría de la narración mayor sobre la breve, al menos desde el punto de vista editorial.

Continuadores
El peso de escritores como Rulfo y García Márquez, incluso de Vargas Llosa, quien sólo ha escrito un libro de cuentos, dio como resultado que el cuento terminara por convertirse en una presencia habitual y con muy estimables continuadores todavía vivos. Me refiero a escritores como Piglia, José Agustín, Abelardo Castillo, Luisa Valenzuela, Guillermo Saccomanno, Soriano, Eduardo Antonio Parra, entre otros muchos. En todos ellos todavía puedo notar una línea de trabajo que arranca desde Poe y sigue, sin solución de continuidad, hasta casi finalizado el siglo XX. Es decir, creo notar que, unos más, otros menos, todos tienen presente que el cuento debe aspirar a lo que Poe quería, la famosa “unidad de impresión” que determina gran parte del oficio. En esto pensó también Borges cuando en el ensayo “El arte narrativo y la magia” observa que “Todo episodio, en un cuidadoso relato, es de proyección ulterior”, un proceso de escritura que denomina “mágico”, pues en él “profetizan los pormenores”. Esta noción se corresponde con la expresada por Piglia en su “Tesis sobre el cuento”: “un cuento siempre cuenta dos historias (…) El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. [es decir] Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”.

Adiós a los candados
El otro proceso destacado por Borges es el “natural”, “que es el resultado de incontrolables e infinitas operaciones”; a él se ciñeron muchos escritores abrazados, por decirlo de manera esquemática, a la estética de la posmodernidad, aquella que suele renunciar a los grandes discursos no sólo en política, sino en todo lo que tenga tufo de cartabón academicista, esteticista. Esos escritores producen cuentos en cierto modo bukowskianos, historias breves que parecen estampas de vida, instantáneas, recortes de la realidad cruda y descreída que les tocó en suerte. Pedro Juan Gutiérrez (El insaciable hombre araña), Guillermo Fadanelli (Más alemán que Hitler) y Roberto Bolaño (Putas asesinas) son tres ejemplos de esa cuentística ya despreocupada del corsé a lo Poe. Los cuentos de estos escritores no se ciñen entonces a una estructura predeterminada, no piensan en las peripecias con “proyección ulterior”, y más bien buscan que el humor negro, la frescura insolente de la prosa, la pavorosa gravitación de la rutina, el sinsentido de la existencia y todo eso sea lo que sostenga cada relato.

El mismo problema
El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.

Veinte cuentos que siempre releeré
Toda selección es discriminatoria. Ofrezco esta lista de veinte cuentos sólo para no terminar recomendando cincuenta o más. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cupiera exactamente la veintena.

“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

miércoles, agosto 16, 2006

Realidad y género policial




















Lo barato puede salir bueno. Hace una semana compré en La Prensa, librería de Chihuahua, tres horribles tomitos (en rústica, papel revolución, 10x8 centímetros, portadas chillantes) de una serie titulada Lo mejor de lo mejor de la novela policiaca, coleccioncita amparada por el sello fantasmal de Ediciones Taxco. A primer vistazo, el conjunto es atroz, más feo que la novela policiaca semanal de los estanquillos, razón que haría recular a cualquier bibliófilo más o menos bien nacido. Pero soy, o creo ser, un husmeador tenaz de libros y me atreví a hojearlos con mayor detenimiento dado el ridículo precio que lucía en la etiqueta anaranjada (siete pesos por c/u): la sorpresa fue extraordinaria, pues entre muchos autores totalmente desconocidos (por mí) figuran otros de renombre como el papa/papá del policial Edgar Allan Poe, Maupassant y Conan Doyle.

Obviamente no se trata de novelas, como anuncian las malhechas portadas, sino de cuentos. He tenido, pues, casi sin pretenderlo, la oportunidad de releer algunas historias memorables, como “El doble asesinato de la calle Morgue” o “El jorobado”. En esos y en los otros casos de cuentos para mí desconocidos he reavivado la felicidad que provoca deambular por las ficciones detectivescas. Se ha dicho con verdad que la mayor estratagema del género consiste en que el autor conoce desde el principio los resortes causales que movilizarán toda la trama; lo que en apariencia es casual, accidental, en realidad obedece al gobierno del autor, a su dictatorial acomodo de los detalles. El juego consiste (sea en la historia “de intriga” o en el llamado policial “duro”) en atrapar al villano, cierto, pero más al lector con insinuaciones hábilmente colocadas, con datos que tengan “proyección ulterior” para retarlo a que anticipe el desenlace del asunto contado.

Narro sintéticamente un ejemplo (“La mejor táctica”, de Ferenc Molnar): la policía recibe un anónimo sobre malos manejos de un gerente de banco en provincia; las autoridades investigan y no hallan nada, sólo cuentas excelentes. El anónimo insiste, se investiga, el banco está en orden casi perfecto, no hallan nada. Ante las dos investigaciones, el gerente siente manchada su honorabilidad, y amenaza con renunciar. Como sus resultados desafiaron con éxito dos auditorías seguidas, los dueños del banco lo retienen como empleado y le aumentan jugosamente el sueldo. El desenlace es genial: las cartas anónimas del gerente (la causa) surtieron un espléndido efecto.

He leído estos relatos con la mente colocada todo el tiempo en nuestra realidad, una realidad retacada de causalidades. ¿Quiénes mueven los hilos de la trama nacional? Seamos sus lectores.