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jueves, abril 09, 2026

Listo Prohibido soñar de pie













Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demásEn tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.

sábado, noviembre 27, 2021

Glosa (innecesaria) a un decálogo

 









Quizá porque fue el primero o uno de los primeros, el decálogo latinoamericano de cuento más famoso es el de Horacio Quiroga (Fortaleza, Uruguay, 1873-Buenos Aires, 1937), aquel que desde el arranque empieza con un cross a la mandíbula: “Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo”. Otros objetos semejantes, también armados con diez ítems, de ahí el nombre “decálogo”, ruedan por el mundo con mayor o menor fortuna. Uno de ellos, ciertamente menos conocido que el de Quiroga, es el “Decálogo para cuentistas” del peruano Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994).

Para fines didácticos, lo releí con interés hace dos días y se me ocurrió la travesura de compartirlo con alguna innecesaria glosa. Digo innecesaria porque es muy claro. Comparto pues cada inciso del decálogo ribeyrano y entre paréntesis cuadrados añado el ocioso comentario de mi cuño.


1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo. [Ciertamente esta idea es un eco de Poe; urdir más de una historia puede desfigurar un cuento].


2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real. [Una genialidad, aunque la verdad la verdad lo que menos debe interesar al lector es que la historia sea real o ficticia, sino eficaz, persuasiva].


3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón. [Otra idea propuesta por el bostoniano Edgar. Lo malo es que jamás podremos acordar con exactitud qué es lo breve, qué es o qué no es lo que puede ser leído de “un tirón”].


4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no sirve como cuento. [De los cuatro verbos infinitivos, al que más adhiero es al último].


5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela. [Cierto, pero en lo personal no me metería mucho con el estilo. Directo o sinuoso, puede ser atractivo si cuenta bien la historia].


6. El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja. [Sin duda, pues a veces, sobre todo en la juventud, es demasiado visible la maldita tendencia a edificar].


7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral. [Claro. Cada cuento pedirá su propio molde. El cuentista que mejor elija será el mejor elegidor].


8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino. [Excelente punto. Un cuento sin personaje(s) en conflicto casi es un no-cuento].


9. En el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible. [Siempre he creído que esta es una exageración imposible de cumplir, pero hay que advertir a quien escribe que un cuento siempre debe luchar contra el exceso y la rebaba].


10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado. [Lo que Ribeyro quiso decir es que el planteamiento del cuento debe concordar con el desenlace; si hay un planteo inicial, un desarrollo que se le ciñe y un desenlace incongruente con lo anterior, el cuento resbala y termina por ser insatisfactorio].

sábado, enero 19, 2019

Veinte cuentos en mi cercanía












El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.
Sólo por la superstición de alcanzar un número cerrado, traigo una lista de veinte cuentos que siempre releeré. Toda selección es, lo sabemos, un acto discriminatorio, así que éste no será la excepción. Ofrezco, pues, la siguiente veintena sólo para no terminar recomendando cincuenta o más, así que dejaré al margen muchas piezas que bien pudieron haber quedado aquí. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cuajara exactamente la tanda que me propuse. No escondo que mi preferencia se carga al cuento en español, y particularmente al latinoamericano, que es lo que más he leído porque a su vez es lo que más me agrada:
“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

Nota. Este texto es una extracto de uno más amplio que en su origen fue el borrador de una conferencia. Puede ser leído aquí.

miércoles, diciembre 26, 2018

Latinoir en La Laguna
















Gerardo García y Fernando Fabio Sánchez vuelven a su tierra, La Laguna, cada que pueden. El primero es profesor universitario en Texas y el segundo es lo mismo, pero en California. Dado este eterno retorno vacacional, hemos decidido organizar a cada vuelta alguna actividad literaria. Comenzaremos hoy, con la presentación de un libro de cuentos policiales. Hemos convocado al público al restaurante El Danubio (Escobedo 284 ote., Torreón), sección del bar, a las 7 de la tarde. Como adelanto, va aquí un fragmento el prólogo escrito por Gerardo:
LatiNoir: Muerte con pasaporte (NitroPress-UANL, 2017) ofrece al público lector una colección de cuentos policiales escritos por autores de cinco países latinoamericanos: Argentina, Colombia, Cuba, Brasil y México. Los textos incluidos en este volumen dibujan un mapa de la reciente producción de una vertiente literaria inventada por Edgar Allan Poe, y que se ha convertido en un fenómeno global en sus derivaciones novelísticas, cinematográficas y televisivas. A partir de la aparición en 1841 del primer cuento policial, “The Murders in the Rue Morgue”, innumerables plumas han aportado modelos para narrar las andanzas de incontables detectives. Desde el relato enigma inglés simbolizado en Sherlock Holmes y Hercule Poirot que resuelven crímenes a través de un alarde de razonamientos matemáticos, hasta la ficción del hard-boiled estadunidense con sus  detectives arquetípicos, Philip Marlowe y Sam Spade, los cuales se tienen que enfrentar al mundo violento provocado por la gran depresión de 1929, la narrativa policial anglosajona ha ejercido una enorme influencia en los escritores de habla hispana y portuguesa de nuestro continente. Tal influjo se plasma en antologías publicadas en un periodo de medio siglo, y asimismo, en ellas se manifiesta la evolución en la práctica de un género en el cual se inserta LatiNoir: Muerte con pasaporte.
En 1964 el académico estadunidense Donald Yates publicó El cuento policial latinoamericano, una antología que incorpora textos apoyados en la fórmula del relato clásico inglés, como “El embrollo del reloj” de la mexicana María Elvira Bermúdez, y “El caso de Ada Terry” del argentino Leonardo Castellani, o su parodia: “Las doce figuras del mundo” de H. Bustos Domecq (seudónimo tras que se oculta la bicéfala autoría de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares)…

sábado, diciembre 08, 2018

Cuentos que sí son cuentos




















La contratapa que escribí para Cuentos cortos para gente que duerme sola (Iberia, 2018, 61 pp.), primer libro individual de Elena Palacios, no me deja ya mentir ni exagerar, pues es lo que sentí ante las piezas que habitan este título: “Estas historias de Elena Palacios son pequeñas piezas de ingeniería narrativa, arquitectura de palabras en la que cada enunciado cumple una función precisa, esencial, nada accesoria. Atenta a los detalles, ajena a la noción del cuento como microcosmos abierto y desprolijo, la autora se empeña en guiarnos permanentemente hacia una sorpresa luego de habernos permitido atravesar mundos que no por cotidianos dejan de parecer algo aneblados, como impregnados siempre por una pátina de ensoñación no pocas veces pesadillesca. Cuentos cortos para gente que duerme sola ratifica el permanente desafío que implica el cuento, desafío que Elena ha encarado y resuelto con justo equilibrio de pasión y destreza”. Esta noche tengo la oportunidad de ampliar tal parecer.
El cuento es, como la poesía tradicional —el soneto, por ejemplo—, un molde literario que nació con delimitaciones precisas. Si bien es cierto podemos entender que un cuento es cualquier relato ficticio breve en el que uno o varios personajes interactúan con determinados propósitos, no está de más añadir que esta primera noción es, al menos, insuficiente. Según Poe, su inventor, hay rasgos en el cuento que determinan su estructura bimembre: lo más importante, como reafirma Piglia, es que cuente o intente contar dos historias en una. He ahí la dificultad: el cuentista es un escritor que se ve obligado, si su propósito es armar un cuento indiscutible, a inventar una trama visible y otra invisible. Los mejores cuentos serán aquellos, pues, que desarrollen ambas tramas satisfactoriamente: la visible, en la que conocemos a los personajes y sus propósitos, y la invisible, hecha de alusiones veladas, de sutilezas camufladas en la trama visible. Cuando un cuentista atina a dar con un cuento (uno) que haya implicado un hábil manejo de este imbricamiento de tramas, puede darse por satisfecho. Muchos lo intentan toda su vida y jamás lo logran; otros prefieren no intentarlo.
Elena Palacios no sólo ha logrado dar con un cuento de esta índole en Cuentos cortos para gente…, sino con varios. Y más allá de este mérito, que no parece menor por tratarse de un primer libro, hay uno más alto que me atrevo a denominar “impulso cuentístico”. ¿Qué quiero decir con esto? Lo explico: que más allá de los resultados, que de todos modos son harto buenos, me gusta y celebro que Elena tenga el arrojo, el legítimo deseo, de escribir cuentos en los que se líen las dos historias mencionadas, es decir, cuentos que incurren en la malicia de no soltar la prosa así nomás, al destino que el azar quiera otorgarle, sino gobernada por el propósito de conseguir asombros ciertamente premeditados.
La obsesión formal de Elena se nota desde el curioso plus de contar las palabras de cada cuento; algo de obsesividad hay en esto, precisamente la obsesividad del perfeccionista. Los cuentos de la vieja escuela nacen, creo, de ese afán y no del otro, el de escribir con desenfado. Elena nos ha dado el número de palabras que compone cada uno de sus cuentos para recordarnos lo que se aduce sobre este género: que en él todo está medido, pesado, y una palabra de más o una de menos pueden derrumbar el delicado equilibrio de la pieza.
Al editar y por ello releer (ya las había leído en el taller literario del TIM) estas historias confirmo que el mejor cuento escrito por Elene es “Algo entre Carolina y yo”, el último que aparece en el engarce. Es el que sin titubeo yo sumaría a una hipotética compilación de cuentos laguneros, de esas abusivamente llamadas “antologías”, pues además de acatar celosamente una estructura sólida se extiende a varias páginas y crea una tensión/curiosidad crecientes, como debe ocurrir en todo cuento bien nacido. Esto no significa que las piezas hermanas queden a la zaga. Lo que afirmo lo afirmo desde mi subjetividad de lector, pero ya puede cada quien internarse en las páginas de este libro y destacar el que mejor le parezca, pues hay muchas historias estimables como “A la luz del encendedor” (que tiene algo de thriller) o “Vestido blanco” que también juega maliciosamente con un equívoco sostenido hasta la línea final. Pero enfatizo: todas las historias de este libro han sido calculadas, no son meras instantáneas/espontáneas de vida cotidiana o paseos por el color local, sino artefactos literarios construidos con base en un engranaje de relojería.
Quiero destacar por último otra virtud de Elena Palacios a la hora de escribir: su intuición narrativa. En algunos casos narrar es un talento que puede no ser innato, y cuando se adquiere por voluntad y se trabaja en consecuencia da buenos frutos, pero los granjea mejores cuando la susodicha intuición se trae desde la cuna y se le añade trabajo, esmero, gusto al escribir. Es el caso de Elena, quien a las claras evidencia una facilidad natural para desarrollar historias bien condimentadas de peripecias humanas y creíbles. En este sentido también, el flujo narrativo va acompañado de un estilo poético sobrio y muy literario en todo momento, no estorbado por rebuscamientos innecesarios.
Elena Palacios nació en Torreón en mayo de 1967. Desde 2015 participa en el Taller literario del Teatro Isauro Martínez. Ha publicado en las revistas Estepa del Nazas y Acequias. En 2017 editó Brotes de tinta, libro colectivo de cuentos. Cuentos cortos para gente que duerme sola es su primera publicación individual y por todo lo dicho en los renglones precedentes, la recomiendo sin vacilar —sin vacilar incluso en el sentido mexicano de esta palabra— y le auguro una cálida recepción. Sé de antemano que sus lectores no se sentirán defraudados. Al contrario: agradecerán este buen libro.

Comarca Lagunera, a 5 de diciembre de 2018

sábado, junio 15, 2013

Geometría del cuento


Urdí estas rápidas notas para usarlas como guía en una conferencia celebrada en la biblioteca municipal José García de Letona, en Torreón. La ofrecí el 30 de enero de 2013 y nunca tuve ni me di tiempo para aplicarles una mano de gato que viabilizara su publicación al menos en el único lugar que me permite hacerlo sin cortapisas: este blog. Hice hoy la revisión y aquí está el resultado. Advierto que apenas retoqué, así que estas palabras debemos imaginarlas complementadas —aderezadas— con explicaciones en estilo oral. En las conferencias no me gusta leer tal cual, pero tampoco dejar todo en manos de la espontaneidad. El texto que viene da una idea de los apuntes que suelo sancochar como “acordeón” de conferenciante. Ojalá sirvan de algo ya rebarnizadas y puestas en un formato cercano al artículo.

Geometría del cuento: apuntes en moto sobre un género movedizo

Jaime Muñoz Vargas

He pasado mi vida de cuentista creyendo y desconfiando de todo lo que sé sobre el cuento, género con el que comencé a escribir y género con el cual todavía no firmo mi divorcio. Me sé, pues, esencialmente cuentista, malo o regular, ya que no puedo decir bueno, pero cuentista al fin. He pasado por todos los demás moldes literarios y periodísticos, pero siempre, así deje de escribirlos, me consideraré creador de esas ficciones breves denominadas cuentos.
En el camino he escrito muchos, claro, y también he leído algo de teoría e incluso mi “decálogo” quiroguesco, pero lo que más me ha enseñado a valorarlo, a entenderlo, a gozarlo como género (porque el goce estético es a fin de cuentas lo más noble que tiene todo arte), es la lectura de muchos, de ya innumerables cuentos. Voy a espigar aquí, pues, algunas opiniones sobre lo que creo ha sido el cuento, sobre algunos de sus más importantes cultores y principalmente sobre las dos, digamos, brechas por las que suele caminar la mayoría de los cuentos, todo eso en diez apresurados trancos. Al final ofreceré mi lista para una antología tentativa, si alguna vez me la encargaran y no tuviera yo cómo eludir esa solicitud.

El protocuento
El cuento entendido como forma de relato breve es tan viejo como los cerros y la palabra articulada. Allí donde un grupo humano comenzó a colocar palabra tras palabra, a transformar la realidad en discurso, fue el cuento lo primero que afloró, lo primero que pudieron crear aquellos primeros y peludos hermanos nuestros. La primera explicación para todos los fenómenos, lo sabemos, fue mítica, y esto significa que si los homínidos primigenios querían entender el rayo, el sol, la lluvia y demás, apelaron al relato, crearon dioses adecuados, seres todopoderosos que de la nada eran capaces de provocar tormentas o iluminar el firmamento. Todavía hoy, claro, hay incontables vestigios de esa explicación mítica de todo lo visible y lo invisible, explicación enunciada en pequeños relatos, en protocuentos, por llamarlos de algún modo.

Los mil y un cuentos
Porque estos apuntes buscan una inteligencia rápida de la criatura llamada cuento y no permiten detenernos demasiado, demos un salto de miles de años. Siglos más, siglos menos, los griegos y los romanos afinaron muy bien su gusto por los relatos. Cuántas historias cortas y aleccionadoras hay en ambas literaturas, cuántos escritores no practicaron el arte de inventar personajes y destinos. Lo hacían, sin embargo, sin una conciencia clara de la independencia que podía tener el relato breve en relación con otras formas de escritura, con el drama. Ese gusto de las dos antigüedades clásicas llega hasta finales de la Edad Media y produce, por ejemplo, series como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, y por esas mismas fechas, el Decamerón, de Boccaccio. Poco antes, en el siglo IX y por rumbos no europeos, alguien compuso Las mil y una noches, obra que ocho siglos después tuvo extraordinaria recepción en la Europa del siglo XIX.

El ABC de Poe
Los manuales de cuento citan de cajón a Edgar Allan Poe como el creador del cuento moderno. A diferencia de otros, el norteamericano visibilizó una noción que hasta la fecha es importante en toda forma breve, como el cuento: “La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente”. En su famoso Método de composición, Poe describe las características que debe tener en cuenta quien encare un texto cuyo propósito sea lograr esa “unidad de impresión”. En todo ese ensayo examina los rasgos que no sólo hicieron posible “El Cuervo”, sino también el primer cuento moderno de la historia, “Los crímenes de la calle Morgue”, que a su vez fue el primer relato policial que creó un clima de suspenso, de incertidumbre, con pistas, detectives y todo lo que ya sabemos, eso que luego sería ingrediente fundamental para los textos policiales y para todos los relatos con estructura cuentística moderna. Por eso mismo se puede afirmar que el cuento es quizá el único género con lugar y fecha precisos de nacimiento: su cuna fue la Graham's Magazine, de Filadelfia, en su edición de abril de 1841.

Boom del cuento
Gracias a Poe y “Los crímenes de la calle Morgue” el cuento alcanzó su independencia genérica. Por fin se había convertido en un espécimen autónomo, con reglas precisas, capaz de seducir a muchos escritores que, atraídos por la novedosa forma, se vieron desafiados y compusieron relatos que aspiraban a la “unidad de impresión” que el bostoniano había propuesto tanto en la teoría y como en la práctica.

La sombra de la novela
El cuento legislado, el cuento en el que los escritores se imponen la tarea de trabajar una estructura cerrada, nació pues en el llamado “siglo de la novela”. Frente a muchas obras gigantescas, frente a genios descomunales como los de Víctor Hugo, Flaubert, Dickens, Dumas, Stevenson, Verne, Tolstoi, Destoyevski, Zolá y tantos otros, el cuento se abrió paso a codazos y logró convertirse en un género importante. Sin embargo, la sombra de la novela fue tan pesada que hasta la fecha predomina, colma el mundo editorial e impide que el cuento se haga de un público mayor.

Consolidación en América Latina
La suerte del cuento quedó marcada en el siglo de la novela, el XIX. Chejov, Conan Doyle y Maupassant fueron sus principales impulsores, y el eco de estos tres europeos, junto con el de Poe, llegó a Latinoamérica. Aquí lo acogió, sobre todo, el uruguayo Horacio Quiroga, con una producción numerosa y terrible, muy en la línea poesca. También lo asimiló Darío, siempre con su estilo lleno de suntuosidades, y Leopoldo Lugones, quien a mi juicio es el primer gran cuentista de nuestro continente espiritual; basta leer, para probarlo, Las fuerzas extrañas, libro de cuentos publicado en 1906.

Grandes presencias en AL
Ya bien aclimatado el cuento entre nosotros, a mediados del siglo XX aparecen los nombres que podemos identificar con mayor facilidad, puesto que siguen muy al alcance de la mano en cualquier biblioteca o librería. Cortázar, Borges, Bombal, Arlt, Arreola, Monterroso, Rulfo, Valadés, García Márquez, Onetti, Filisberto, Carpentier, Fuentes, Walsh, Benedetti, Anderson Imbert, Ribeyro y muchos más, lograron lo que quizá parezca inverosímil, pero que a mi juicio es verdad: que América Latina reuniera en unas cuantas décadas, dos o tres apenas, a los mejores cuentistas del mundo. Sin embargo, la novela, el género del Boom, continuó la rectoría de la narración mayor sobre la breve, al menos desde el punto de vista editorial.

Continuadores
El peso de escritores como Rulfo y García Márquez, incluso de Vargas Llosa, quien sólo ha escrito un libro de cuentos, dio como resultado que el cuento terminara por convertirse en una presencia habitual y con muy estimables continuadores todavía vivos. Me refiero a escritores como Piglia, José Agustín, Abelardo Castillo, Luisa Valenzuela, Guillermo Saccomanno, Soriano, Eduardo Antonio Parra, entre otros muchos. En todos ellos todavía puedo notar una línea de trabajo que arranca desde Poe y sigue, sin solución de continuidad, hasta casi finalizado el siglo XX. Es decir, creo notar que, unos más, otros menos, todos tienen presente que el cuento debe aspirar a lo que Poe quería, la famosa “unidad de impresión” que determina gran parte del oficio. En esto pensó también Borges cuando en el ensayo “El arte narrativo y la magia” observa que “Todo episodio, en un cuidadoso relato, es de proyección ulterior”, un proceso de escritura que denomina “mágico”, pues en él “profetizan los pormenores”. Esta noción se corresponde con la expresada por Piglia en su “Tesis sobre el cuento”: “un cuento siempre cuenta dos historias (…) El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. [es decir] Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”.

Adiós a los candados
El otro proceso destacado por Borges es el “natural”, “que es el resultado de incontrolables e infinitas operaciones”; a él se ciñeron muchos escritores abrazados, por decirlo de manera esquemática, a la estética de la posmodernidad, aquella que suele renunciar a los grandes discursos no sólo en política, sino en todo lo que tenga tufo de cartabón academicista, esteticista. Esos escritores producen cuentos en cierto modo bukowskianos, historias breves que parecen estampas de vida, instantáneas, recortes de la realidad cruda y descreída que les tocó en suerte. Pedro Juan Gutiérrez (El insaciable hombre araña), Guillermo Fadanelli (Más alemán que Hitler) y Roberto Bolaño (Putas asesinas) son tres ejemplos de esa cuentística ya despreocupada del corsé a lo Poe. Los cuentos de estos escritores no se ciñen entonces a una estructura predeterminada, no piensan en las peripecias con “proyección ulterior”, y más bien buscan que el humor negro, la frescura insolente de la prosa, la pavorosa gravitación de la rutina, el sinsentido de la existencia y todo eso sea lo que sostenga cada relato.

El mismo problema
El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.

Veinte cuentos que siempre releeré
Toda selección es discriminatoria. Ofrezco esta lista de veinte cuentos sólo para no terminar recomendando cincuenta o más. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cupiera exactamente la veintena.

“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

viernes, enero 28, 2011

Composición en Poe



En su ensayo “Método de composición”, Poe levanta una pequeña pero genial teoría sobre la escritura guiada a conciencia por su autor. Es lo contrario, totalmente lo contrario, a la llamada “escritura automática” que promovieron los surrealistas, pues mientras en éstos la razón es expulsada, en la que propuso el bostoniano, al contrario, el pensamiento es férreo rector, guía todopoderoso de su criatura artística tanto como lo fue de otras disciplinas dentro del científico y optimista siglo XIX. Hoy sabemos que la escritura es, o debe ser, una mezcla más o menos equitativa de impulso —de intuición— y de raciocinio. Depende del género: que yo sepa, los ensayistas no reniegan de la falta de inspiración, como a veces sucede a los poetas, de donde colegimos que un género es más cabeza y, otro, más corazón, por decirlo de una forma elemental. El punto medio es el de la narrativa: por experiencia personal y porque he indagado en opiniones de otros, sé que un cuento y una novela hacen participar casi por igual un impulso alucinado, primero, y, luego, un ánimo racional que pone orden principalmente al momento de revisar.
Poe pensó que todo en la escritura debía ser vigilado, que nada podía quedar librado al azar. Le deja poca, más bien nula, cancha al unicornio azul, a la inspiración que suele comportarse como la loca de la casa. Para darse a entender, explicó su método y tomó como conejillo de indias su poema “El Cuervo”. Plantea esto, para empezar: “He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización”.
Según él, otros han declinado ese proyecto por lo siguiente: “Me sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público un trabajo semejante; pero quizá la vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa que justifique esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición extática; experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público echar una ojeada tras el telón, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos”.
Se deja ver entonces que la genialidad no existe para Poe, al menos no aquella que imaginamos los lectores: la que escribe enardecida y no mira a ningún lado ni repara más que en el hecho vertiginoso, imparable, de unir palabra tras palabra. Lo que para él existe es una vaga iluminación confusa, la idea, y luego el trabajo, la planeación, las horas/nalga en las que el artista reflexiona sobre el acomodo que dará a las palabras sobre el papel. Afirma sobre la hechura de “El Cuervo”: “En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de que acabo de hablar, ni encuentro la menor dificultad en recordar la marcha progresiva de todas mis composiciones. (…) Consiste mi propósito en demostrar que ningún punto de la composición puede atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla avanzó hacia su terminación, paso a paso, con la misma exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema matemático”.
Así, el inventor del cuento policial nos convida a pensar que la idea romántica del creador arrebatado, volcánico y visceral es un mito, pues la mejor obra es aquella que nace con un propósito dirigido y permanentemente fiscalizado por su autor para crear un efecto determinado. Esto que parece una conclusión sin mayor densidad, es poderoso porque, entre otras razones, contradice la creencia de que el escritor sólo se sienta, pica el interruptor y las musas hacen lo que sigue. Pues no, declara Poe, no hay musas, o si las hay, son perezosas y erráticas. Lo que hay es un autor que debe esforzarse por cuadrar eficazmente un rompecabezas: su obra.

sábado, febrero 28, 2009

Inventos de Poe



Cuando un genio comete una genialidad cualquier pelagatos advierte que ese hecho genial no implicaba tanto genio, sino sentido común, pues seguramente se ha tratado de algo más o menos evidente y al alcance de cualquier capacidad mediocre. Eso fue lo que hizo Poe: descubrió el cuento y, al descubrirlo, lo problematizó y de paso inventó un nuevo tipo de lector. Casi nada. De golpe, con “Los asesinatos de la calle Morgue” se echó como tres pájaros de un solo resorterazo. Les paso revista.
1) Antes de Poe, se sabe, el relato breve ya existía, pues eso de contar mentiras con personajes ficticios es tan viejo como la milenaria humanidad. Pero, ¿qué era el cuento antes de Poe? Era, como ahora, una historia breve y con pocos personajes. Se les atribuye a ciertos estudiosos alemanes del XVIII-XIX la pesquisa de la tradición oral germana en pueblos chicos y grandes, lo que dio como resultado la compilación de un corpus narrativo espectacular, tan rico que algunas de sus piezas llegaron hasta las manos de Disney, quien las adaptó a monitos y les sacó una plusvalía digna de monopolio. Esas historias con tamaño de cuento basaban su encanto en la anécdota, pero al haber sido concebidas por “el pueblo” tenían un cierto estatus de producto espontáneo, ajeno a una intencionalidad propiamente literaria. De alguna manera eso lo llegó a Poe, quien, como todo buen genio, le dio una vuelta de tuerca genial a lo ya hecho. Tengo para mí que aquí jugó un papel decisivo su intuición; el bostoniano (me refiero al escritor, no el zapato) sospechó que esa forma sucinta, el cuento popular, contenía en potencia la especie más tensa y explosiva de la creación literaria. Fue allí cuando, al alimón, se atrevió a dos osadías: legislar sobre el cuento y, para los escépticos, ejecutarlo. Cuando un genio anda de vena, no para: pudo haber escrito un cuento sobre novios despechados o sobre granjeros en bancarrota, pero no; lo que hizo fue un cuento policial, y así, en unas cuantas páginas, inventó un género, un subgénero y unas reglas de juego. Dijo, grosso modo, que el cuento debe contar una sola historia, ser breve, sumar pocos personajes, exigir la lectura de un tirón, mantener alta y fija la intensidad y ofrecer un final congruente y sorpresivo. En pocas palabras, y como decimos los laguneros, se la bañó.
2) Lo que antes había sido distracción involuntaria de los pueblos (el cuento, digamos, folclórico), por culpa de Poe devino endemoniada forma de la literatura, desafío de la escritura. La confección de cuentos ya no iba a ser la misma, sin duda, y nació específicamente, al lado de las grandes y nacientes urbes, lo policial, lo detectivesco, además de que lo terrorífico alcanzó nuevos registros. Muchos agradecieron el aporte, pero otros tantos, al saber que el cuento ya no iba a ser esa cosa ligera y relajada de antes, consideraron que Poe marcó pautas que el tiempo se encargaría pronto de abolir. Han pasado más de 150 años desde que el norteamericano planteó su travesura y ya vemos que, hasta donde se puede percibir, su creatura goza de cabal salud.
3) Decir que Poe inventó un nuevo tipo de lector no es ocurrencia mía. Cómo va a ser ocurrencia mía, si la cabeza no suele darme para tanto. Fue Borges (¿quién más podría ser?) el que lo declaró. Desde “Los asesinatos de la calle Morgue” los lectores fueron otros, como si de repente hubieran perdido la virginidad. Gracias al primer relato policial, apuntó el argentino, los receptores de narrativa se hicieron desconfiados, rejegos, mañosos, al grado de que ya no leen nada sin suspicacia. Tan trucha está el lector actual luego de adiestrarse en el cuento policiaco que, señala Borges, si el Quijote hubiera sido escrito después de Poe los lectores entrecerrarían los ojos para preguntarse, desde el principio, ¿por qué el autor plantea que no puede acordarse de aquel lugar de La Mancha? En síntesis, hubo mucho de nuevo en literatura luego de Poe, ese genio vigente.
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Nota del editor: texto leído en el homenaje a Poe celebrado en el Icocult Laguna y organizado por el Programa Salas de Lectura y el Taller de grabado El Chanate; participamos Salvador Álvarez de la Fuente, Miguel Canseco (de quien es el grabado que encabeza este post) y yo.

miércoles, enero 21, 2009

Inmensidad de Poe



La obamanía impidió a los mismísimos norteamericanos que subrayan las efemérides recordar y celebrar, como era menester, el bicentenario del nacimiento del, quizá y sin quizá, más influyente escritor norteamericano de toda la historia: Edgar Allan Poe (19 de enero de 1809). Por encima de Whitman, Twain, Faulkner, Updike y de todos los que queramos añadir, Poe fue artífice de una obra que se convirtió en detonante de un modo distinto de asumir, principalmente, el arte de narrar. Además, lo hizo casi a ciegas, armado sólo con su genio innato y antes de llegar a los cuarenta años, que por cierto fue toda la edad que pudo vivir, pues murió en 1849. Hoy, a doscientos años de su nacimiento en Boston, la sombra de Poe cae sobre un montón de productos artísticos generados por la sociedad occidental.
En efecto, el sello de Poe está presente, para empezar, en gran parte de la literatura de terror escrita desde mediados del siglo XIX a la fecha. Igualmente, su impronta es innegable en toda la literatura policial, en buena parte de la literatura psicologista, en la poesía maldita y, de paso, en mucho del cine que se ha filmado con sello de terror, thriller y detectivesco. El universo de Poe es tan poderoso que hasta un equipo de futbol profesional, los Cuervos de Baltimore, lo homenajea, eso por el ave del famoso poema y la ciudad donde fue compuesto y donde al fin murió su autor.
De esos aportes donde más, creo, podemos destacar a Poe es en el de la literatura policial. El bostoniano no sólo introdujo el tema por primera vez, sino que, de un golpazo de dados, postuló las reglas básicas del género. A los 32 años, sin saber bien a bien qué diabluras hacía su talento, Poe publicó "The Murders in the Rue Morgue" (traducido de muchas formas; una de ellas, “Los crímenes de la calle Morgue”), considerado unánimemente como el primer relato policial propiamente dicho. Allí, en ese puñado de páginas se aloja lo que luego sería trabajado por infinidad de escritores: un asesinato misterioso, una serie de pistas, un investigador sumamente astuto, una carga ansiosa de suspenso y un final tan lógico como sorpresivo. Lo demás es historia, una cauda sin fin de artistas que le adeudan el patrón a Poe: Wilkie Collins, Raymond Chandler, Conan Doyle, Agatha Christie, Georges Simenon, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Manuel Vázquez Montalbán, Paco Ignacio Taibo II y muchos otros creadores de la literatura y el cine, hombres y mujeres que han hallado en la veta de Poe un desafío de escritura que deviene desafío de lectura.
Para explicar mejor el plus de Poe digamos que antes de que aparecieran sus propuestas narrativas los relatos avanzaban regidos por una suerte de impulso “natural”. El escritor no reparaba demasiado en el “efecto” de su obra, en los hilos que moverían al lector hacia tal o cual rumbo. De ahí los novelistas decimonónicos, hombres que inundaban al lector con verdaderos ríos de palabras. Poe, al plantear lo policial como tema, concentra su atención en los detalles: diseña una armazón, elige las pistas que el investigador verá junto al lector, esconde o insinúa ciertos detalles, crea una atmósfera de suspenso, habilita la hermosa y fría lógica en la sordidez del crimen, reflexiona incluso en la extensión de la historia, pues su propósito no es escribir sin ton ni son, sino calculadamente, con el objetivo de accionar ciertas palancas en la imaginación de los lectores. Eso y más, creado por Poe, sobrevive y, para acabar pronto, ha provocado que Hollywood gane millones de dólares y el mundo goce con la resolución inteligente de enigmas delictivos.
Cierro con unas palabras de Borges: “Poe se creía poeta, sólo poeta, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos cuentos a cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas ocasionales, son su inmortalidad”.

miércoles, agosto 16, 2006

Realidad y género policial




















Lo barato puede salir bueno. Hace una semana compré en La Prensa, librería de Chihuahua, tres horribles tomitos (en rústica, papel revolución, 10x8 centímetros, portadas chillantes) de una serie titulada Lo mejor de lo mejor de la novela policiaca, coleccioncita amparada por el sello fantasmal de Ediciones Taxco. A primer vistazo, el conjunto es atroz, más feo que la novela policiaca semanal de los estanquillos, razón que haría recular a cualquier bibliófilo más o menos bien nacido. Pero soy, o creo ser, un husmeador tenaz de libros y me atreví a hojearlos con mayor detenimiento dado el ridículo precio que lucía en la etiqueta anaranjada (siete pesos por c/u): la sorpresa fue extraordinaria, pues entre muchos autores totalmente desconocidos (por mí) figuran otros de renombre como el papa/papá del policial Edgar Allan Poe, Maupassant y Conan Doyle.

Obviamente no se trata de novelas, como anuncian las malhechas portadas, sino de cuentos. He tenido, pues, casi sin pretenderlo, la oportunidad de releer algunas historias memorables, como “El doble asesinato de la calle Morgue” o “El jorobado”. En esos y en los otros casos de cuentos para mí desconocidos he reavivado la felicidad que provoca deambular por las ficciones detectivescas. Se ha dicho con verdad que la mayor estratagema del género consiste en que el autor conoce desde el principio los resortes causales que movilizarán toda la trama; lo que en apariencia es casual, accidental, en realidad obedece al gobierno del autor, a su dictatorial acomodo de los detalles. El juego consiste (sea en la historia “de intriga” o en el llamado policial “duro”) en atrapar al villano, cierto, pero más al lector con insinuaciones hábilmente colocadas, con datos que tengan “proyección ulterior” para retarlo a que anticipe el desenlace del asunto contado.

Narro sintéticamente un ejemplo (“La mejor táctica”, de Ferenc Molnar): la policía recibe un anónimo sobre malos manejos de un gerente de banco en provincia; las autoridades investigan y no hallan nada, sólo cuentas excelentes. El anónimo insiste, se investiga, el banco está en orden casi perfecto, no hallan nada. Ante las dos investigaciones, el gerente siente manchada su honorabilidad, y amenaza con renunciar. Como sus resultados desafiaron con éxito dos auditorías seguidas, los dueños del banco lo retienen como empleado y le aumentan jugosamente el sueldo. El desenlace es genial: las cartas anónimas del gerente (la causa) surtieron un espléndido efecto.

He leído estos relatos con la mente colocada todo el tiempo en nuestra realidad, una realidad retacada de causalidades. ¿Quiénes mueven los hilos de la trama nacional? Seamos sus lectores.