Una buena entre las muchas malas de siempre: ha sido impreso Prohibido soñar de pie (Ficticia Editorial-Secretaría de Cultura, Ciudad de México, 2026, 198 pp.), mi nuevo libro de cuentos. Pese a que lo escribí yo, creo que es bueno, que no defraudará a quien generosamente acceda a la lectura de los relatos. Agradezco a Marcial Fernández, Mónica Villa y Rodrigo Toledo, de Ficticia Editorial, el trabajo depositado en la hechura y en la venidera distribución de este volumen adscrito a su colección Biblioteca de Cuento Contemporáneo. Debo decir que otra vez la foto del autor en la solapa fue tomada por mi hija Ivana Muñoz. Supongo que lo presentaré en La Laguna y en algún otro lugar, ya se verá. Sin duda me alegra mucho saber que este nuevo título comenzará muy pronto su andanza en busca de los cada vez más difíciles lectores, hoy acosados por una oferta de millones de libros, series, películas, canciones, documentales, noticias, memes, reels y demás. En tal maremagno de posibilidades se me ocurre encomendar las páginas de Prohibido soñar de pie a San Edgar Allan Poe, santo patrono del cuento moderno.
jueves, abril 09, 2026
sábado, noviembre 27, 2021
Glosa (innecesaria) a un decálogo
Quizá
porque fue el primero o uno de los primeros, el decálogo latinoamericano de
cuento más famoso es el de Horacio Quiroga (Fortaleza, Uruguay, 1873-Buenos
Aires, 1937), aquel que desde el arranque empieza con un cross a la mandíbula: “Cree en un
maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo”. Otros objetos
semejantes, también armados con diez ítems, de ahí el nombre “decálogo”, ruedan
por el mundo con mayor o menor fortuna. Uno de ellos, ciertamente menos
conocido que el de Quiroga, es el “Decálogo para cuentistas” del peruano Julio
Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994).
Para fines didácticos, lo releí con interés hace dos días y se me ocurrió la travesura de compartirlo con alguna innecesaria glosa. Digo innecesaria porque es muy claro. Comparto pues cada inciso del decálogo ribeyrano y entre paréntesis cuadrados añado el ocioso comentario de mi cuño.
1. El
cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha
hecho para que el lector pueda a su vez contarlo. [Ciertamente esta idea es un
eco de Poe; urdir más de una historia puede desfigurar un cuento].
2. La
historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer
inventada, y si es inventada, real. [Una genialidad, aunque la verdad la verdad
lo que menos debe interesar al lector es que la historia sea real o ficticia,
sino eficaz, persuasiva].
3. El
cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.
[Otra idea propuesta por el bostoniano Edgar. Lo malo es que jamás podremos
acordar con exactitud qué es lo breve, qué es o qué no es lo que puede ser
leído de “un tirón”].
4. La
historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o
sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no
sirve como cuento. [De los cuatro verbos infinitivos, al que más adhiero es al
último].
5. El
estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones.
Dejemos eso para la poesía o la novela. [Cierto, pero en lo personal no me
metería mucho con el estilo. Directo o sinuoso, puede ser atractivo si cuenta
bien la historia].
6. El
cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja. [Sin
duda, pues a veces, sobre todo en la juventud, es demasiado visible la maldita tendencia
a edificar].
7. El
cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple,
epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se
diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral. [Claro. Cada cuento
pedirá su propio molde. El cuentista que mejor elija será el mejor elegidor].
8. El
cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un
conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.
[Excelente punto. Un cuento sin personaje(s) en conflicto casi es un
no-cuento].
9. En
el cuento no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es
absolutamente imprescindible. [Siempre he creído que esta es una exageración
imposible de cumplir, pero hay que advertir a quien escribe que un cuento siempre
debe luchar contra el exceso y la rebaba].
10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado. [Lo que Ribeyro quiso decir es que el planteamiento del cuento debe concordar con el desenlace; si hay un planteo inicial, un desarrollo que se le ciñe y un desenlace incongruente con lo anterior, el cuento resbala y termina por ser insatisfactorio].
sábado, enero 19, 2019
Veinte cuentos en mi cercanía
miércoles, diciembre 26, 2018
Latinoir en La Laguna
sábado, diciembre 08, 2018
Cuentos que sí son cuentos
sábado, junio 15, 2013
Geometría del cuento

viernes, enero 28, 2011
Composición en Poe

En su ensayo “Método de composición”, Poe levanta una pequeña pero genial teoría sobre la escritura guiada a conciencia por su autor. Es lo contrario, totalmente lo contrario, a la llamada “escritura automática” que promovieron los surrealistas, pues mientras en éstos la razón es expulsada, en la que propuso el bostoniano, al contrario, el pensamiento es férreo rector, guía todopoderoso de su criatura artística tanto como lo fue de otras disciplinas dentro del científico y optimista siglo XIX. Hoy sabemos que la escritura es, o debe ser, una mezcla más o menos equitativa de impulso —de intuición— y de raciocinio. Depende del género: que yo sepa, los ensayistas no reniegan de la falta de inspiración, como a veces sucede a los poetas, de donde colegimos que un género es más cabeza y, otro, más corazón, por decirlo de una forma elemental. El punto medio es el de la narrativa: por experiencia personal y porque he indagado en opiniones de otros, sé que un cuento y una novela hacen participar casi por igual un impulso alucinado, primero, y, luego, un ánimo racional que pone orden principalmente al momento de revisar.
Poe pensó que todo en la escritura debía ser vigilado, que nada podía quedar librado al azar. Le deja poca, más bien nula, cancha al unicornio azul, a la inspiración que suele comportarse como la loca de la casa. Para darse a entender, explicó su método y tomó como conejillo de indias su poema “El Cuervo”. Plantea esto, para empezar: “He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización”.
Según él, otros han declinado ese proyecto por lo siguiente: “Me sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público un trabajo semejante; pero quizá la vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa que justifique esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición extática; experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público echar una ojeada tras el telón, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos”.
Se deja ver entonces que la genialidad no existe para Poe, al menos no aquella que imaginamos los lectores: la que escribe enardecida y no mira a ningún lado ni repara más que en el hecho vertiginoso, imparable, de unir palabra tras palabra. Lo que para él existe es una vaga iluminación confusa, la idea, y luego el trabajo, la planeación, las horas/nalga en las que el artista reflexiona sobre el acomodo que dará a las palabras sobre el papel. Afirma sobre la hechura de “El Cuervo”: “En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de que acabo de hablar, ni encuentro la menor dificultad en recordar la marcha progresiva de todas mis composiciones. (…) Consiste mi propósito en demostrar que ningún punto de la composición puede atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla avanzó hacia su terminación, paso a paso, con la misma exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema matemático”.
Así, el inventor del cuento policial nos convida a pensar que la idea romántica del creador arrebatado, volcánico y visceral es un mito, pues la mejor obra es aquella que nace con un propósito dirigido y permanentemente fiscalizado por su autor para crear un efecto determinado. Esto que parece una conclusión sin mayor densidad, es poderoso porque, entre otras razones, contradice la creencia de que el escritor sólo se sienta, pica el interruptor y las musas hacen lo que sigue. Pues no, declara Poe, no hay musas, o si las hay, son perezosas y erráticas. Lo que hay es un autor que debe esforzarse por cuadrar eficazmente un rompecabezas: su obra.
sábado, febrero 28, 2009
Inventos de Poe

1) Antes de Poe, se sabe, el relato breve ya existía, pues eso de contar mentiras con personajes ficticios es tan viejo como la milenaria humanidad. Pero, ¿qué era el cuento antes de Poe? Era, como ahora, una historia breve y con pocos personajes. Se les atribuye a ciertos estudiosos alemanes del XVIII-XIX la pesquisa de la tradición oral germana en pueblos chicos y grandes, lo que dio como resultado la compilación de un corpus narrativo espectacular, tan rico que algunas de sus piezas llegaron hasta las manos de Disney, quien las adaptó a monitos y les sacó una plusvalía digna de monopolio. Esas historias con tamaño de cuento basaban su encanto en la anécdota, pero al haber sido concebidas por “el pueblo” tenían un cierto estatus de producto espontáneo, ajeno a una intencionalidad propiamente literaria. De alguna manera eso lo llegó a Poe, quien, como todo buen genio, le dio una vuelta de tuerca genial a lo ya hecho. Tengo para mí que aquí jugó un papel decisivo su intuición; el bostoniano (me refiero al escritor, no el zapato) sospechó que esa forma sucinta, el cuento popular, contenía en potencia la especie más tensa y explosiva de la creación literaria. Fue allí cuando, al alimón, se atrevió a dos osadías: legislar sobre el cuento y, para los escépticos, ejecutarlo. Cuando un genio anda de vena, no para: pudo haber escrito un cuento sobre novios despechados o sobre granjeros en bancarrota, pero no; lo que hizo fue un cuento policial, y así, en unas cuantas páginas, inventó un género, un subgénero y unas reglas de juego. Dijo, grosso modo, que el cuento debe contar una sola historia, ser breve, sumar pocos personajes, exigir la lectura de un tirón, mantener alta y fija la intensidad y ofrecer un final congruente y sorpresivo. En pocas palabras, y como decimos los laguneros, se la bañó.
2) Lo que antes había sido distracción involuntaria de los pueblos (el cuento, digamos, folclórico), por culpa de Poe devino endemoniada forma de la literatura, desafío de la escritura. La confección de cuentos ya no iba a ser la misma, sin duda, y nació específicamente, al lado de las grandes y nacientes urbes, lo policial, lo detectivesco, además de que lo terrorífico alcanzó nuevos registros. Muchos agradecieron el aporte, pero otros tantos, al saber que el cuento ya no iba a ser esa cosa ligera y relajada de antes, consideraron que Poe marcó pautas que el tiempo se encargaría pronto de abolir. Han pasado más de 150 años desde que el norteamericano planteó su travesura y ya vemos que, hasta donde se puede percibir, su creatura goza de cabal salud.
3) Decir que Poe inventó un nuevo tipo de lector no es ocurrencia mía. Cómo va a ser ocurrencia mía, si la cabeza no suele darme para tanto. Fue Borges (¿quién más podría ser?) el que lo declaró. Desde “Los asesinatos de la calle Morgue” los lectores fueron otros, como si de repente hubieran perdido la virginidad. Gracias al primer relato policial, apuntó el argentino, los receptores de narrativa se hicieron desconfiados, rejegos, mañosos, al grado de que ya no leen nada sin suspicacia. Tan trucha está el lector actual luego de adiestrarse en el cuento policiaco que, señala Borges, si el Quijote hubiera sido escrito después de Poe los lectores entrecerrarían los ojos para preguntarse, desde el principio, ¿por qué el autor plantea que no puede acordarse de aquel lugar de La Mancha? En síntesis, hubo mucho de nuevo en literatura luego de Poe, ese genio vigente.
miércoles, enero 21, 2009
Inmensidad de Poe

En efecto, el sello de Poe está presente, para empezar, en gran parte de la literatura de terror escrita desde mediados del siglo XIX a la fecha. Igualmente, su impronta es innegable en toda la literatura policial, en buena parte de la literatura psicologista, en la poesía maldita y, de paso, en mucho del cine que se ha filmado con sello de terror, thriller y detectivesco. El universo de Poe es tan poderoso que hasta un equipo de futbol profesional, los Cuervos de Baltimore, lo homenajea, eso por el ave del famoso poema y la ciudad donde fue compuesto y donde al fin murió su autor.
De esos aportes donde más, creo, podemos destacar a Poe es en el de la literatura policial. El bostoniano no sólo introdujo el tema por primera vez, sino que, de un golpazo de dados, postuló las reglas básicas del género. A los 32 años, sin saber bien a bien qué diabluras hacía su talento, Poe publicó "The Murders in the Rue Morgue" (traducido de muchas formas; una de ellas, “Los crímenes de la calle Morgue”), considerado unánimemente como el primer relato policial propiamente dicho. Allí, en ese puñado de páginas se aloja lo que luego sería trabajado por infinidad de escritores: un asesinato misterioso, una serie de pistas, un investigador sumamente astuto, una carga ansiosa de suspenso y un final tan lógico como sorpresivo. Lo demás es historia, una cauda sin fin de artistas que le adeudan el patrón a Poe: Wilkie Collins, Raymond Chandler, Conan Doyle, Agatha Christie, Georges Simenon, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Manuel Vázquez Montalbán, Paco Ignacio Taibo II y muchos otros creadores de la literatura y el cine, hombres y mujeres que han hallado en la veta de Poe un desafío de escritura que deviene desafío de lectura.
Para explicar mejor el plus de Poe digamos que antes de que aparecieran sus propuestas narrativas los relatos avanzaban regidos por una suerte de impulso “natural”. El escritor no reparaba demasiado en el “efecto” de su obra, en los hilos que moverían al lector hacia tal o cual rumbo. De ahí los novelistas decimonónicos, hombres que inundaban al lector con verdaderos ríos de palabras. Poe, al plantear lo policial como tema, concentra su atención en los detalles: diseña una armazón, elige las pistas que el investigador verá junto al lector, esconde o insinúa ciertos detalles, crea una atmósfera de suspenso, habilita la hermosa y fría lógica en la sordidez del crimen, reflexiona incluso en la extensión de la historia, pues su propósito no es escribir sin ton ni son, sino calculadamente, con el objetivo de accionar ciertas palancas en la imaginación de los lectores. Eso y más, creado por Poe, sobrevive y, para acabar pronto, ha provocado que Hollywood gane millones de dólares y el mundo goce con la resolución inteligente de enigmas delictivos.
Cierro con unas palabras de Borges: “Poe se creía poeta, sólo poeta, pero las circunstancias lo llevaron a escribir cuentos, y esos cuentos a cuya escritura se resignó y que debió encarar como tareas ocasionales, son su inmortalidad”.
lunes, enero 19, 2009
miércoles, agosto 16, 2006
Realidad y género policial
Narro sintéticamente un ejemplo (“La mejor táctica”, de Ferenc Molnar): la policía recibe un anónimo sobre malos manejos de un gerente de banco en provincia; las autoridades investigan y no hallan nada, sólo cuentas excelentes. El anónimo insiste, se investiga, el banco está en orden casi perfecto, no hallan nada. Ante las dos investigaciones, el gerente siente manchada su honorabilidad, y amenaza con renunciar. Como sus resultados desafiaron con éxito dos auditorías seguidas, los dueños del banco lo retienen como empleado y le aumentan jugosamente el sueldo. El desenlace es genial: las cartas anónimas del gerente (la causa) surtieron un espléndido efecto.
He leído estos relatos con la mente colocada todo el tiempo en nuestra realidad, una realidad retacada de causalidades. ¿Quiénes mueven los hilos de la trama nacional? Seamos sus lectores.







