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miércoles, junio 17, 2026

Futbol como tópico

 







No está de más pensar un poco en la evolución del futbol como tema intelectual. Sé que en contextos como el inglés o el francés ha sido observado desde los sesenta por algunos estudiosos de “la sociedad del espectáculo”, pero en América Latina sospecho que su interés como tópico no sólo deportivo, sino cultural en su sentido más amplio, ocurre a partir de la década de los noventa. Como motivo de relatos literarios data de más atrás, pero como fuente de reflexión más o menos frecuente apenas alcanza un periodo algo mayor a tres décadas.

Una explicación tal vez atendible, así sea nada más a manera de hipótesis, sobre el rechazo al futbol como tema atractivo al pensamiento, quizá tiene algún nexo con la rigidez de los intelectuales a la hora de aproximarse a la cultura de masas, o hacerlo tibiamente y muchas veces con obligado desprecio. El futbol como espectáculo popular, simple, irracional, frívolo, provocaba culpa en los estudiosos, más si en ellos había simpatía por su práctica. Es la tensión destacada por Umberto Eco entre los “apocalípticos” y los “integrados”. Los intelectuales, predominantemente de izquierda en los sesenta, setenta y ochenta, tal vez eran aficionados de clóset, y, si mucho, mostraban alguna adhesión en revistas y periódicos, nunca en el objeto sacralizado del libro.

Esto cambió como una distensión, podemos imaginar por qué, en los noventa. Más allá de las renuncias o las constancias ideológicas de la izquierda, lo ciento es que se acusó un nuevo clima para el despliegue del pensamiento. Si el futbol era atractivo para las mayorías, más que un fenómeno puramente deportivo o espectáculo con estatus de nuevo opio del pueblo, en buena hora los estudiosos decidieron explorarlo. Por eso no me parece poco sintomático que Fútbol argentino, El futbol a sol y sombra, Los once de la tribu y La era del fútbol hayan aparecido en 1990, 1995, l995 y 1998, en este orden. El trazo de esta idea es muy grueso, pero precisamente por ello más visible, digno de un hilado más fino en el futuro.

¿Por qué el anarquista Osvaldo Bayer, gran relator en los setenta de las masacres en la Patagonia, decidió publicar un libro sobre futbol en 1990? ¿Por qué el zurdo Eduardo Galeano elogió el futbol en 1995 cuando Las venas abiertas de América Latina era ya un clásico del saqueo colonialista en nuestro continente espiritual? ¿Por qué Juan Villoro se arriesgó en el 95 a ser excluido del canon mexicano por escribir sobre futbol? ¿Por qué Juan José Sebreli emprendió su sesudo y severo alegato contra el futbol en 1998? Insisto: tanto para elogiarlo como para repudiarlo, el futbol alcanzó en esa década el rango de tema a indagar. Han pasado 35 años en los que, a un ritmo constante, aparecen libros sobre futbol encarados desde distintas disciplinas, muchos colectivos, como Área penal: el futbol en tiempos de globalización, publicado por la UNAM y coordinado por Federico Fernández Christlieb (hermano del exportero del Atlante). No es necesario resaltar que la sanción editorial de la UNAM da carta total de naturalización al futbol como tema académico.

miércoles, febrero 26, 2025

Cocción lenta

 










Hace muchos años que no ejerzo de padre y es un hecho que ya nunca más lo haré. Digo ejercer en el más alto de sus sentidos, no nada más como engendrador y luego proveedor. No seré más el titubeante guía y orientador que fui de tres niñas a las que, como pude, traté de educar y, para lograrlo, rodeé de aquello que creí mejor para sus formaciones.

Al respecto es, creo, poco lo que uno puede hacer, aunque ciertamente fundamental. Es poco porque —más en estos tiempos digitales, contra los que competí— los estímulos educativos más numerosos provienen de los medios, no tanto de los padres. Sin embargo, digo, levanté la guardia y traté de no permitir que toda la información que recibían les llegara de la tele o, pero todavía, de internet. No idealizo el peso de lo que yo infundí, pues siempre supe que las palabras y “el ejemplo” podían ser una poquedad comparados con el aluvión diario de datos obtenidos en el mar electrónico.

En “Una Sudáfrica para los niños”, ensayo integrado al libro Los once de la tribu, Juan Villoro comenta el caso de una institución gringa que invitaba a crear materiales para sus colecciones infantiles. Los requisitos eran tan definidos que terminaban por desalentar cualquier participación. “Entre los treinta y cuatro temas que la Corporación prohíbe en los cuentos infantiles hay algunos que enternecen por inverosími­les. Por ejemplo, se considera nocivo escribir de ‘niños que enfren­ten situaciones serias’”. Las prohibiciones son delirantes, y en efecto acaban por inhibir toda escritura para la infancia.

En Simpatías y diferencias, Alfonso Reyes incluye un apunte titulado “El ‘cine’ para niños”. Fue de los textos que escribió en su radicación madrileña de los años veinte. Comentaba, con razón, que “Las sesiones ordinarias de cine no convienen en manera alguna a los niños: las groseras emociones del drama cinematográfico, cuya brusquedad puede aprovechar o ser indiferente a los adultos, destrozan la psicología infantil”, de ahí que celebre en esos mismos párrafos la posibilidad de las matinés, que comenzaban a cobrar fuerza.

Así sea con excesivos malabares, hoy se puede limitar el acceso a cierta información peligrosa para los hijos pequeños, pero es un hecho que en algún momento podrán pasar aduanas sin la vigilancia paterna. El asunto es complejo, y lamentablemente creo que no pasa por las prohibiciones y los castigos que a la postre resultan, ahora, inútiles, sino en enfatizar la cocción a fuego lento de valores como el respeto, la tolerancia y la solidaridad, aunque tampoco esto va a garantizar nada. Hoy como nunca, con los medios de este tiempo, la moral de la persona en la vida adulta es de planeación imposible en la niñez, una niñez tan imprevisible que cualquier apuesta tiene muchas, muchísimas posibilidades de no atinar un solo pronóstico.

sábado, marzo 16, 2024

Crónicas con calle y libros


 










Creo que no se ha destacado lo suficiente un rasgo del buen cronista: la erudición. El otro, que tenga “calle”, es bien conocido porque es lo primero que suponemos a la hora de imaginarlo. Digo la erudición porque es la única manera de procesar la infinita cantidad de estímulos que dispara la realidad, de suerte que no sería posible hacerles frente si no se contara con un filtro, con una capacidad de interpretación capaz de convocar, al alimón, disciplinas como el periodismo, la literatura, la sociología, la antropología, la lingüística, la filosofía y no sé cuántos saberes más. José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis, Juan Villoro, por citar sólo tres casos mexicanos, son ejemplos de lo que afirmo: calle y libros, libros y calle son claves en la hechura de la crónica.

En La Laguna pasa lo propio con Saúl Rosales y Vicente Alfonso: son cronistas con calle y a la vez con la cabeza muy bien amueblada. Un caso más reciente y no menos notable es el del periodista y escritor Iván Hernán Benítez (Torreón, 1981), autor de Con el barrio puesto (Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2023, 107 pp.). Vaya libro, para mi gusto uno de los mejores publicados el año pasado en nuestra región. Lo he leído y no puedo no celebrar la calidad de su prosa, la precisión de su mirada, la enciclopedia que lo alienta, la solidaridad sin chantaje de su propósito y, en fin, el cúmulo de aciertos en la captación de los temas que escudriña.

Lo recorro pieza por pieza, para no omitir ninguna de las doce.

“Un loco de pasta dura” cuenta los encuentros del cronista con Carlos, un antiguo vecino suyo de la infancia que, luego de golpearlo en la niñez, cae en la droga para no salir ya nunca de allí. El cronista recorre la vida en permanente desmoronamiento del drogo, esto gracias a los accidentales encuentros callejeros entre ambos. Desde esta primera pieza advertimos las destrezas de Iván Hernán Benítez: una prosa vigorosamente literaria, un talento nato para captar detalles con todos los sentidos y una colocación perfecta del radar sensible: jamás juzga al grifo, y, sin enunciarlo, de manera muy hábil, nos enseña a comprender ese destino vapuleado por la adversidad. Sin lloriqueo, sin panfleto y con una delgada película de autoescarnio, el cronista traza un relato a un tiempo feroz y conmovedor, con una especie de chanfle compasivo, para decirlo en argot futbolero. En un mundo donde domina la mirada cínica y la burla neoliberal ante la indefensión ajena, el autor de esta crónica nos muestra que se puede ser solidario con el desventurado sin incurrir en el lloriqueo que haría fácil la descalificación de su trabajo.

Semejante al servicio de un hospital es el que ofrece el monte de piedad en “Rutina de empeños dorados”. Las enfermedades, sin embargo, tienen que ver en este caso con los malestares y las dolencias del bolsillo, no con los achaques del cuerpo. Benítez ha sabido establecer un parangón que sostiene con pericia comparativa: así como se asiste a un hospital, así como se busca la cura gracias a la intercesión de un médico, los pignorantes desfilan en las ventanillas del montepío para que los valuadores los curen o al menos palien los malestares crónicos o repentinos. Con la comparación hospital-montepío se logra un humor sobrio y contenido que alivia de pesadez la crónica previsible sobre la tragedia de empeñar bienes para salir al paso de una urgencia como quien recibe primeros auxilios, en este caso monetarios. Otra vez, hay aquí una rara distancia/cercanía entre el cronista y el motivo de su crónica. Otro texto, además, literario, escrito con estilo sinuoso, alusivo y rico en imágenes que incluso transitan lo poético.

En “El crucero de las variedades”, Benítez asiste a los puntos de la ciudad atestados de automóviles. Allí, gracias a la dictadura de los semáforos, el cronista toma nota de todo lo que se mueve en torno de los vehículos: pordioseros, vendedores-hormiga, discapacitados varios y artistas circenses se disputan en sorda lucha la atención de los conductores y el dividendo más importante: alguna moneda. El cronista husmea varios cruceros y con implacable pluma nos describe la esperpéntica de la miseria congregada delante de los semáforos que dan tiempo para causar piedad, placer y asombro, aunque sería más preciso decir que lástima de manera destacada. Sin explicitarlo, crea un contraste entre el mundo del privilegio sobre ruedas y el mundo de la vulnerabilidad jugándose el pellejo. Otra gran crónica.

Cuerpo de crónica y elementos de artículo y hasta de ensayo exhibe “Una masacre que no fue”, texto en el que Benítez asedia el sentido que el periodismo nacional dio a las palabras tragedia, masacre, atrocidad, barbarie y demás a propósito de la desgracia ocurrida en el estadio de futbol Corregidora en un histórico partido entre Querétaro y Atlas. Como recordamos, en aquel choque se desataron todos los demonios de la violencia en el estadio y, como ocurre siempre en estos casos, la ganadora del partido, y por goleada, fue la impunidad.

“El privilegio de morir en casa” está más cerca del artículo que de la crónica, aunque en efecto hay rasgos de este género en los párrafos del texto. Aborda con brillo verbal e inteligencia las diferentes posibilidades de la muerte entre nosotros: lo mismo por enfermedad que por masacre, lo mismo por la pandemia que por edad. Es hasta aquí el texto con mayor carga de parecer subjetivo.

Tiene un fragmento como de memoria personal de la violencia, la que vio de niño en los rumbos de su casa ubicada por el siempre peligroso poniente de Torreón. Esto le sirve como marco de lo que comenzó el 26 de octubre de 2006, “El día que mataron a Gaviria”. Con eso comenzó la carnicería que vivió La Laguna en aquellos años, el antecedente primero de lo que después serían las masacres de 2010, en la planitud del horrible calderonato que desató a todos los demonios (como breve paréntesis personal, fui al lugar donde mataron a Gaviria y a Elfego. Había llovido, en efecto, y la sangre no se había secado cuando la vi).

Sin duda, una de las mejores piezas del libro es “Hay que hacerse culerita”, indagación sobre la pobreza material y simbólica subyacente en las groserías. Mucho de sociólogo tiene Benítez, pero también en este caso de lexicógrafo con oído de “músico callejero”, como decía Borges. El autor recorre aquí los usos y costumbres de la palabrota, el nexo entre el déficit de los medios económicos y los verbales, y junto a esto la incorporación de la mujer, hoy, al habla de carretonero.

Otra de las mejores piezas de Con el barrio puesto es “Pásele p’atrás (estampas al interior de un camión de ruta)”, crónica en la que igualmente, como en otras, hay una cuidadosa dosis de sociología. La tragedia de viajar en nuestro transporte público es expresada con humor amargo y una suerte de estoicismo ante la petrificación de la incomodidad. El cronista sabe captar los tumbos de la realidad dentro de los vejestorios móviles y nos pinta un mural de la desdicha cotidiana implicada en la condición de pasajero.

“Byung Chul-Han o el perfume del otro” es una reflexión veloz sobre la obra del filósofo coreano-alemán. El examen pasa revista a las ideas generales del pensador, como el arribo a la mentalidad que arrastra hacia el exceso de “positividad” y su contracara de negación del dolor, o el advenimiento de una era en la que los objetos físicos han cedido su lugar en las preferencias del respetable público a las “no-cosas” encarnadas (es un decir) en la información digital que a su vez supone mecanismos de control que no nos incomodan. Un ensayo, más que una crónica.

“La seducción del infinito” describe lo que se reveló al cronista en la etapa global del aislamiento por el pánico al coronavirus: el ajedrez. Se trata en realidad de un reportaje pleno de aciertos, apretadamente informado sobre “el deporte de reyes”. Es el texto más largo del conjunto y uno de los más inquietantes, pues nos describe un mundo cuya existencia, creo, ignorábamos quienes estamos lejos tanto de escaques como de trebejos.

Un análisis del trabajo infantil es “Para ayudar a la jefita”. Benítez explora el caso de los niños que se ven forzados a buscar unos pesos en chambas que sólo sirven para sacar la cabeza, aunque sea un poco, de la miseria. Un motivo poderoso que impulsa la huida hacia adelante de los niños que trabajan es la necesidad de dar algo a la mamá, de sacarla del agujero al menos para que también de allí asome la cabeza. En textos como éste se nota bien un rasgo caro en la escritura de Benítez: la distancia. Uno sabe que escribe lo que escribe porque le duele, pero no nos chantajea, no incurre en trazos lacrimógenos. Al contrario, analiza los hechos con una suerte de conmovedora frialdad, valga el oxímoron.

“Réquiem por un diario amarillo sangre”, última pieza del conjunto, es un recuerdo del diario La Opinión de la Tarde, vespertino que hace algunos lustros trabajó con la materia informativa del crimen desorganizado de una manera hoy extinta (ex tinta), pues ya sería imposible pensar en columnas como la “Galería de malandros”, aporte que devino sección de sociales a la inversa.

Por todo, Con el barrio puesto (título hermoso, además) es un libro redondo, atendible sin regateo ninguno. Llegadle.

miércoles, octubre 16, 2019

Pacheco por Villoro
























Una de las ventajas de la colección Opúsculos publicada recién por El Colegio Nacional es que cada uno de sus títulos, obvio, es un opúsculo, es decir, una obra de extensión breve. Supongo que su distribución, como ocurre con todas las publicaciones auspiciadas por instituciones no dedicadas exclusivamente a la edición venal de libros, es, por decir lo menos, complicada. En mi caso, he encontrado estos títulos sólo en ferias del libro.
La semana pasada comenté uno de Luis Fernando Lara, y espalda con espalda, como se dice en el beisbol cuando dos peloteros pegan jonrón uno tras otro, tomé La vida que se escribe (2017, 59 pp.), opúsculo escrito por Juan Villoro. ¿De qué trata? El subtítulo lo aclara: “El periodismo cultural de José Emilio Pacheco”. Este puñado de páginas es, pues, un recorrido por el trabajo de Pacheco vinculado sobre todo a un producto: la columna “Inventario” nutrida durante cuatro décadas en diferentes periódicos y revistas, una suerte de proeza de la persistencia periodística.
En su paso por el Excélsior de Scherer y hasta el golpe del 76, Pacheco afinó lo que luego sería una de las aportaciones clave de Proceso. Sin dejar de manejarse con rigor, “El autor de Inventario fue ensayista desde el periodismo, lo cual equivale a decir que logró que la erudición pactara con los favores de la claridad y los imperativos de la hora”, dice Villoro. Esto significa que su columna solía detenerse en efemérides o conectar con hechos que la coyuntura informativa ponía en las primeras planas de los diarios, y esto le exigió un despliegue inagotable de temas y registros.
Sólo quien ha alimentado una columna a la manera de “Inventario” durante varios años sabe lo complicado que es no dejarla morir de inanición. Llueve o truene, el columnista a la manera de JEP trabaja las 24 horas aunque su colaboración semanal, quincenal, pueda ser leída en diez o quince minutos, pues detrás de cada entrega hay lecturas, cruce de datos, cuidado con el estilo y paciencia para no dejarse arrastrar por la sensación de vacío e inutilidad, dado que todo trabajo, por reconocido que parezca, hace un surco en el ánimo donde luego puede germinar cierta decepción por haber consagrado la vida al texto efímero.
Para nuestra alegría, los “Inventarios” de JEP no fueron aportes pasajeros, pues la mayoría permite relecturas sin merma de placer. Pacheco “aceptó el enciclopédico y extenuante desafío de ser Diderot una vez a la semana”, apunta Villoro. Tiene razón, y por esto aquellos “Inventarios” siguen gozando de cabal salud.

jueves, febrero 22, 2018

Arena movediza de la crónica













Uno de los géneros periodísticos o literarios o periodístico-literarios que más problemas ha causado a quienes intentan definirlo es la crónica. Lo podemos comprobar si nos asomamos a otros géneros: cuando alguien dice “entrevista”, sabemos aproximadamente de qué habla; si alguien dice “poesía”, también. No quiero decir con esto que todo sea siempre claro y quede bien delimitado, pues a partir de las definiciones académicas se pueden dar cruces, mixturas, mestizajes de toda índole, lo que a veces hace imposible definir tal o cual texto. A esta circunstancia debemos añadir la cuota, a veces no pequeña, de variaciones en el significado de una palabra, de suerte que terminamos obligados a manejarnos con tiento si nombramos tal o cual texto de una forma o de otra. Como Novelas ejemplares, por ejemplo, Cervantes designó piezas que hoy quizá no nos atreveríamos a llamar de tal manera, sino cuentos o relatos, quizá, ya que nos parecería difícil que doce “novelas” cupieran en un solo libro. Lo que pasa es que el género que hoy conocemos como cuento no empezó a ser llamado así sino hasta mucho tiempo después, bien entrado el siglo XIX. Era imposible, por ello, que Cervantes llamara cuento a “El licenciado vidriera” y a todas las demás historias reunidas en aquel famoso libro.
Una palabra y el objeto que designa, debo decir, suelen ser movedizos, de ahí lo difícil que es a veces definir un producto del espíritu como, en este caso, la crónica. Saúl Rosales ha emprendido un notable acercamiento a este propósito en Cronistas, historiadores y crónicas, libro que sin duda plantea una discusión acerca de la palabra crónica y del quehacer de los cronistas antiguos y contemporáneos. ¿Es o debe ser lo mismo la crónica de hace quinientos años que la de hoy? ¿Es necesario ese mismo tipo de cronista en la actualidad? ¿El cronista actual es un solo tipo de cronista o hay muchos tipos de cronista? Mi duda parte de definiciones como la de Covarrubias, coetáneo de Cervantes, quien en 1611 definía así el género que nos ocupa: “coronica. Está corrompido el vocablo de chronica, chronicorum (…) Vulgarmente llamamos coronica, la historia que trata de la vida de algún Rey, o vidas de reyes, dispuesta por los años, y discurso del tiempo (…) Los Reyes y Príncipes deben leer, o escuchar las coronicas donde están las hazañas de sus pasados, y lo que deben imitar y huir…”. Sobre el cronista, el mismo Covarrubias señala que es “el que escribe historias, o annales de las vidas y hazañas de los Reyes”. Creo que no es necesario advertir que esta crónica no es la que defiende Saúl Rosales, pues sin que se llame crónica ni sean cronistas las que la escriben, ella ha sido sustituida por los aparatos de propaganda llamados “oficinas de comunicación social” que hoy registran escrupulosamente “las vidas y las hazañas” de alcaldes, gobernadores y demás prominencias. En este sentido, sospecho que al cronista oficial al modo antiguo, cuando lo hay, le tocaría hacer hoy otro trabajo, o incluso desaparecer dado que ya hay, por un lado, oficinas de comunicación social, y, por otro, medios de comunicación cuya omnipresencia no deja casi nada sin registro documental, el mismo registro documental que más adelante será, y de hecho ya es, apoyo clave para los historiadores. A la crónica oficial, vale apuntar, le queda ya muy poca cancha para maniobrar, si acaso la que proponía el diccionario de la academia hacia 1817, quinta edición: “crónica. s.f. Historia en que se observa el orden de los tiempos”, es decir, algo parecido a lo que hoy entendemos por “cronología”, que no ha cambiado mucho en la sexta acepción del mismo diccionario en su última edición: “Narración histórica en que se sigue el orden consecutivo de los acontecimientos”, o la de cronista, que en su segunda acepción es definido como “Historiador oficial de una institución”.
En su advertencia, el escritor lagunero señala que “Este libro pretende contribuir a que se reinstaure la auténtica crónica en ciudades, pueblos, aldeas, congregaciones —que las hay, y tienen sus ‘cronistas’— y villorrios, con el propósito de que se enriquezca su historia”. La crónica que Saúl Rosales define, defiende y practica en su libro tiene menos que ver, sospecho, con los cronistas oficiales que con los cronistas de la prensa tradicional y moderna, ésa que se expresa en los periódicos importantes y ahora también en muchos espacios de internet. Como un cronista que hace 500 años deseara satirizar la coronación de un rey, el cronista oficial de un gobierno “emanado” del PRI no podría escribir, o escribiría con serias dificultades, casi con riesgo de su cabeza, por ejemplo, “La espera del candidato algo tiene de cruz y de calvario”, pero crónicas parecidas sí han articulado usuarios del oficio que son contemporáneos nuestros, cronistas tan dispares como Carlos Monsiváis, José Joaquín Blanco, Pedro Lemebel, Martín Caparrós, Ricardo Ragendorfer, Pedro Mairal, Juan Villoro, Juan Pablo Meneses, Emilio Fernández Cicco… quienes, como ocurre con el llamado periodismo gonzo, no escatiman subjetividad —dado que ser esto, subjetivo, es inevitable—, humor, ánimo literario ni perruna defensa de un yo libre y participante.
Tras recordar, en su introducción, de qué lejanos libros viene la palabra crónica y tras informarnos qué significa para él y no ha significado para los cronistas apellidados “oficiales”, Saúl Rosales comparte 26 crónicas escritas en diferentes momentos de su vida. Estas crónicas, presiento, toman mucha distancia de la tesitura empleada mayoritariamente por el croniquismo oficial contemporáneo y mexicano, ése que en urbes gigantes y villorrios nace obligado a urdir el cronicón del mandarín o, en su defecto, pergeñar cronologías hueras. Rosales propone pues 26 crónicas modernas, periodísticas y literarias a la vez (por su estilo), crónicas que dan cuenta de su calidad, la del autor, de testigo espontáneo y libre en el momento en el que lo contado se desarrollaba, de ahí que podamos llamarlas crónicas laguneras: “Septiembre de las inundaciones del Nazas”, “Torreón de identidad de ladrillo”, “Reencuentro con el arte de Pilar Rioja”, “Moreleando edición 2013”, “Rusos en la estepa del Nazas”... En todas ellas y las que no menciono se deja ver fielmente lo que Federico Campbell apetece de la crónica en su Periodismo escrito (SEC, 2016): “Es la narración de un acontecimiento de interés colectivo en la que el cronista se puede permitir comentarios y acotaciones, ejercer su estilo personal y utilizar todos los recursos de la literatura narrativa”. Las crónicas de Saúl Rosales son pues, para mí, modelos no tanto de lo que podría hacer un cronista oficial —quien tranquilamente podría ya no existir si se dedica sólo a sancochar cronología—, sino el periodista profesional, el escritor o el simple interesado en asentar un testimonio personalísimo sobre cualquier suceso de interés plural.
Como ocurre con otros de Saúl Rosales —Don Quijote, periodistas y comunicadores; Jales sobre habla lagunera…—, Cronistas, historiadores y crónicas es un libro pertinente por su intención didáctica y su factura literaria. Me gusta pensar en la idea de que, si es leído, entusiasmará a muchos lectores que a partir de estas páginas podrán construir crónicas que hoy nos regocijen o conmuevan o cuestionen y mañana sirvan para edificar con más y mejores ladrillos nuestra historia.

Comarca Lagunera, 21, febrero y 2018

Cronistas, historiadores y crónicas, Saúl Rosales, s/e, Torreón, 2017, 142 pp.

Nota. La foto que encabeza este post es de mi autoría.

miércoles, febrero 14, 2018

La máquina de Campbell
























Si desea bajar directamente el PDF del libro, use esta liga.
Hace más de cuarenta años, en la plenitud de los setenta, publicar en libro era más difícil que ahora. Hoy, si un escritor junta sus cuartillas no sólo tiene más opciones para imprimirlas en libro, sino que suma la posibilidad casi infinita de ayudarse con las nuevas tecnologías. Los blogs, los libros en PDF distribuidos por mail y otros conductos no son lo más exitoso, pero ayudan a despresurizar el ansia editorial, el deseo de conseguir aunque sea pocos lectores. Antes esto no era posible, pues la única ruta de la difusión estaba en la palabra impresa sobre papel. Esta es la razón por la que entre nosotros no dejan de ser beneméritas ciertas colecciones populares como la Sepan cuantos… de Porrúa, la colección Austral de Espasa-Calpe, o la serie Del Volador de Joaquín Mortiz, que tantos y tantos libros hicieron llegar a todos los rincones de la patria.
En los tres últimos casos citados me referí a editoriales de alcance nacional, a empresas. Junto a ellas, más en un plano independiente y a veces hasta personal, hubo siempre intentos por publicar tanto como era posible. Uno de ellos, harto meritorio, fue el que abrazó el maestro Federico Campbell, quien en los setenta puso dinero, tiempo y esfuerzo para alcanzar algo que en este momento parece increíble: publicar por primera vez a muchos escritores jóvenes, todos ellos todavía “sin nombre”.
En efecto, Campbell, ya para entonces un escritor y periodista reconocido aunque todavía no tan famoso, emprendió la locura de apoyar a varios muchachos que se fueron corriendo la voz y que cuartillas en mano luego derivaron en La Máquina de Escribir, nombre que puso el maestro de Tijuana a la aventura editorial que sirvió de primer trampolín para escritores que luego llevarían por nombre David Huerta, Juan Villoro, Carmen Boullosa, Fabio Morábito, Esther Seligson, Coral Bracho, Jorge Aguilar Mora, Álvaro Uribe, Margo Glantz, entre otros.
Basado en aquella experiencia y para aprovechar el cuarto aniversario luctuoso del maestro Campbell, Vicente Alfonso, el escritor lagunero que fue el último gran discípulo en la vida del tijuanense, me invitó a participar, como editor y autor, en una publicación colectiva que evoca los libros de La Máquina de Escribir y que contiene doce textos de y sobre el autor de Pretexta. El tiraje en papel es pequeño, pero Vicente y la maestra Carmen Gaitán, viuda del maestro, han decidido que circule libremente en PDF, lo que facilita sobremanera la llegada de este material a quien lo quiera. Yo mismo, si me lo solicitan a rutanortelaguna@yahoo.com.mx, puedo enviarlo.
Mañana 15 de febrero se cumple un año más, el cuarto, de la muerte física de Federico Campbell. Compartir gratis un libro que lo homenajea es un proyecto que él mismo hubiera celebrado, sin duda.

sábado, marzo 18, 2017

Primer cuento con olor a cancha















En la oscuridad del estadio y sobre el césped que ya presiente la humedad del rocío, un joven de 25 años camina hacia el centro de la cancha. Es la media noche y a lo lejos sólo se oye el leve rumor de la ciudad dormida y, acaso, algún ladrido suelto, distante. El joven lleva en la mano un arma y en el bolsillo de la camisa un par de cartas escritas la tarde anterior; dentro, en su corazón, bulle una pena, un dolor que no lo deja en paz. No soporta la idea de no jugar o, peor aún, de jugar en otro equipo, y antes de que eso ocurra terminará con todo. Al pisar el círculo central, mira o cree mirar por última vez hacia las tribunas casi borradas por la noche. Recuerda las ovaciones, los espesos gritos de aliento que se derramaban desde las gradas hasta su figura de atleta. Llora un poco, pero ya no quiere darse tiempo para pensar en lo que viene. Levanta el arma, mira apenas la solidez de su brillo y sin pensarlo más se pega un tiro.
El cuerpo es encontrado hasta el amanecer. El nombre del suicida es Abdón Porte, jugador del Club Nacional de Football, del Uruguay. La noticia corre de inmediato por los diarios y conmociona a los lectores. Porte, jugador del Nacional, fue un ídolo durante los cinco o seis años previos a la autoinmolación. Nació en el Departamento de Durazno, en el corazón del Uruguay, hacia 1893. Lo apodaban El Indio y fue un elemento recio, mediocampista defensivo con mucha personalidad y extraordinario cabeceo, lo que le aseguró el rol de líder, de capitán. Tras una inexplicable baja de juego, la directiva del equipo decidió reemplazarlo y con esto comenzó la tragedia. Era tanta la pasión de Porte por sus colores, era tan grande el sentimiento de pertenencia acumulado en más de doscientos partidos con esa camiseta que en pocos días tomó la decisión: suicidarse, lo que ocurrió el 5 de marzo de 1918.
La leyenda de Abdón Porte comenzó a andar, por supuesto, de inmediato, y hoy en la tribuna del Nacional —equipo más popular, junto a Peñarol, del Uruguay— el suicida es visto casi como santo y seña de la pasión sostenida por los llamados “tricolores”, quienes despliegan banderas con un mensaje contundente: “Por la sangre de Abdón”. Creo además que tras esa muerte no sólo comenzó la leyenda de Abdón Porte, sino la narrativa con tema futbolero en América Latina. A reserva de que algún perito investigador desentierre un relato previo, apenas unos días después del suicidio de Porte, en mayo de 1918, Horacio Quiroga publicó “Juan Polti, half-back” en la revista Atlántida de Buenos Aires.
Radicado en la capital argentina, el escritor uruguayo tenía ya una fijación profunda por las muertes trágicas, más si eran suicidios. Él mismo, como sabemos, ingirió cianuro en 1937, así que el motivo literario del suicidio era para él, digamos, una especie de sombra. Tras conocer lo vivido por Porte, Quiroga fue movido de inmediato a la escritura, y sin saberlo estaba fundando un tema o subtema literario que a mi juicio se retomaría sólo hasta 1959 con la publicación del cuento “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti, en el libro Montevideanos. Luego, muchos años después, por los setenta-ochenta, la narrativa futbolística se fue armando en antologías y libros individuales que poco a poco constituyeron un tópico preciso en el mapa de la literatura ficcional. Galeano, Fontanarrosa, Sacheri, Villoro, Braceli, Sasturain, García Galiano, Rivera Letelier y muchos más han dedicado tiempo a la escritura de estos relatos cuyo antecedente remoto está, insisto, en el cuento precursor de Quiroga.
Una mención colateral: en su celebrado libro sobre futbol, Eduardo Galeano —a propósito, hincha del Nacional— publicó “Muerte en la cancha”, una estampita sobre Porte:

Abdón Porte defendió la camiseta del club uruguayo Nacional durante más de doscientos partidos, a lo largo de cuatro años, siempre aplaudido, a veces ovacionado, hasta que se le acabó la buena estrella.
Entonces lo sacaron del equipo titular. Esperó, pidió volver, volvió. Pero no había caso, la mala racha seguía, la gente lo silbaba: en la defensa, se le escapaban hasta las tortugas; en el ataque, no embocaba una.
Al fin del verano de 1918, en el estadio del club Nacional, Abdón Porte se mató. Se pegó un balazo a medianoche, en el centro de la cancha donde había sido querido. Estaban todas las luces apagadas. Nadie escuchó el disparo. Lo encontraron al amanecer. En una mano tenía el revólver y en la otra una carta.

Se trata, como vemos, de una especie de microbiografía con énfasis en el momento trágico. Y no más. El cuento de Quiroga es, en cambio, una punzante indagación en el alma de un hombre que cree haber tocado el cielo con las manos y luego cae en desgracia hasta sentir que su condición de estrella ha sido devaluada (“una criatura fulminada por la gloria”, dice el autor). El encumbramiento y la caída es tema común del arte narrativo, claro, pero lo raro es que por primera vez se aplicó a la gloria y la caída futbolísticas, y eso lo consumó, acaso a ciegas, Quiroga, como acaso a ciegas Edgar Allan Poe, su remoto maestro, había inventado el relato policial. “Juan Polti, half-back” es un cuento extraordinario, uno de los mejores de Quiroga, mejor incluso que muchos otros más famosos de su producción. Lo traigo aquí completo para facilitar su acceso, aunque daría casi lo mismo que lo leyeran en donde lo tomé: la revista Sudestada.

Juan Polti, half-back
Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.
Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:
—Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado…
Él quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.
Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.
La gloria lo circundaba como un halo. “El día que no me encuentre más en forma”, decía, “me pego un tiro”.
Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.
Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.
Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.
Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó —lo que es más posible—, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.
Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.
Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.
En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
“Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!”
Y más abajo estos versos:

Que siempre esté adelante
el club para nosotros anhelo.
Yo doy mi sangre
por todos mis compañeros,
ahora y siempre el club gigante.
¡Viva el club Nacional! 

El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

miércoles, noviembre 19, 2014

Tres motivos del crack













En los agitados días que corren me asombra, entre otras cosas, el asombro con el que estamos admirando los acontecimientos. Dado que desde hace varios años vengo viendo  la rapiña, el deterioro y la muerte como algo de todos los días, de cada año y de cada sexenio, lo único que en verdad me asombra es la tensa y larga espera que debió darse para sentir que ahora sí estamos frente a un escenario verdaderamente irritado y convencido del colapso social y político de un modelo caracterizado por su podredumbre moral.
Varios analistas (Jorge Zepeda, Juan Villoro…) han planteado que el futuro se pinta hoy con tonos de incertidumbre. A estas alturas, todavía en medio de la tormenta, no es posible adivinar lo que viene ni siquiera la próxima semana. Las piezas de un ajedrez roto se están moviendo a una velocidad que día tras día cambia los pronósticos y modifica los perfiles del porvenir. Cierto, entonces, que jugar a las adivinanzas no es la mejor opción en estos momentos, de ahí que, a mi juicio, ver hacia atrás es tan importante como ver hacia adelante.
El 16 de noviembre leí un tuit que guardé porque creo que en sus pocos caracteres grafica vertiginosamente lo que hoy está ocurriendo. Lo escribió Elisa (@tannit), y es éste: “¿Pues qué esperaban después de 40 años de neoliberalismo salvaje, 3 fraudes electorales (2 seguidos) y 120 mil muertos? ¿Besos y abrazos?”. La apretada síntesis de este tuit subraya, me atrevo a decir que de manera deslumbrante, casi monterroseana, tres de las causas principales, si no es que las principales a secas, de lo que sucede en esta zarandeada coyuntura:
1) La larga noche padecida por la economía, la desangrada economía de nuestro riquísimo país, ha sido una noche que incluye, obvio, inflación, desempleo, bajo crecimiento, aumento sin pausa de la población en pobreza extrema, indefensión laboral, abusos del sistema financiero, crecimiento de la economía informal, deterioro de los servicios públicos y, en general, empeoramiento de la calidad de vida de la mayoría de los mexicanos;
2) Efectivamente, la “izquierda” que según cierta prensa (esa prensa siempre embusteramente preocupada por la salud del flanco ideológico “progresista”) se ha caracterizado por sus cochineros, por sus pugnas intestinas, su mesianismo y su proclividad a la violencia, ha ganado, pese a todo, tres veces la presidencia de la República y en las tres ocasiones operó la mano negra: o cayó el sistema o pasó “algo raro” en la recta final del cómputo o se evidenció que “los ganadores” gastaron doce veces arriba del tope de campaña, todo metido en la licuadora de un aparato electoral cada vez más dependiente de los grupos de poder y, por ello, parcial.
3) También, en el pasado inmediato ha cobrado creciente relieve el componente de la violencia, tanto que ahora es lo que encendió una respuesta social de dimensiones más que considerables, pero creo que el aumento de la criminalidad impune es una derivación inevitable de los dos primeros factores: una política económica despiadada con las mayorías y una cerrazón a cualquier posibilidad de cambio político en la cresta del poder, allí donde en realidad pesan las decisiones en un país caracterizado por su centralismo y la estructura burocrática vertical.
Por supuesto que hay más elementos confluyendo en el crack institucional, pero no debemos perder de vista, en estas horas de crisis, que las contradicciones no se agudizan en treinta minutos, que todo lo que hoy vemos en términos de irritación y reclamo ha larvado durante años, que Ayotzinapa es el atropello de alguna manera culminante de una serie brutal de agravios cuyo origen se confunde con el momento en el que arreció en México la instauración de un modelo económico depredatorio, inhumano como jamás se había visto en nuestra ya de por sí convulsa historia.

sábado, julio 12, 2014

El futbol según Juan Villoro




















Como en Uruguay y Argentina es imposible hablar de literatura y futbol sin mencionar, respectivamente, a Galeano y a Fontanarrosa, en México pasa lo mismo con Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Escritor multipremiado, famoso, querido por un tumulto de fans y malquerido por algunos que lo miran con recelo o indiferencia, Villoro se ha colocado mediáticamente como el-escritor-que-también-escribe-sobre-futbol. Luego de publicar numerosos artículos, crónicas, ensayos y de aparecer sin tregua en televisión y radio, además de ofrecer conferencias, mesas redondas o prestarse a entrevistas, este autor ha dejado constancia de ese gusto en libros como Los once de la tribu (1995) y, el más reciente, Balón dividido (2014). En medio de tal periodo publicó el título más representativo de su producción con tema futbolístico: Dios es redondo (Planeta 2006), racimo de ensayos y crónicas que al parecer no tiene fecha de caducidad, pues sigue siendo visible en los anaqueles.
Creo que el éxito de Villoro como escritor se basa en tres aciertos. 1) El interés real por este deporte, un apego que, se nota, tiene su origen, como casi todo, en la infancia, en la pica callejera, en el debate con los cuates sobre equipos y jugadores, en la crónica deportiva que tiene o tuvo, para él, un practicante totémico: Ángel Fernández; 2) el conocimiento directo, no sólo como lector o televidente, del ir y venir futbolístico, esto es, su contacto con la gente en los estadios y su diálogo con periodistas/escritores especializados; y 3) la buena memoria y una gran agudeza para detectar puntos finos del deporte tanto en lo estrictamente atlético como en lo social. Este coctel ha convertido a Villoro, enfatizo, en el-escritor-mexicano-que-también-escribe-sobre-futbol. Aunque haya muchos otros (Felipe Garrido, Ignacio Trejo Fuentes, Marcial Fernández, Leo Eduardo Mendoza…) creo que es Villoro en quien piensa la mayoría cuando relaciona literatura (o escritura en general) con futbol.
Dios es redondo contiene piezas, en efecto, memorables aunque traten sobre futbol. Desde el punto de vista genérico poco o nada importa que uno diga “son ensayos”, “son crónicas”, “son artículos”, pues ya entrados en cada pieza advertimos el embrujo de un estilo inmejorable para trabajar con esta materia. Acuñador irrefrenable de imágenes literarias que en cierta adjetivación me recuerda, no sin un raro hibridismo, a Monsiváis y a Borges, Villoro logra que en una frase quede dicho más de lo que otros podrían expresar con una parrafada. En este sentido destaca asimismo su pulso de periodista: sabe que una crónica puede ser larga y por ello abrumar al lector, de ahí que proceda como a flashazos, acuñando siempre buenas frases mientras avanza por un hilo conductor que jamás se rompe. Ejemplifico con tres casos: su comentario sobre Maradona (mejor que lo que muchos argentinos han escrito al respecto), su estampa sobre Pep Guardiola (una joya) o su recordación del mencionado Ángel Fernández.
Sospecho que es difícil ser futbolero y no gustar, no aprender o no quedar gratamente seducido por las ideas del Villoro “filósofo” del futbol, dicho esto nomás porque Manuel Vázquez Montalbán, lo sabemos, etiquetó así a los “pensadores” argentinos del balompié. En resumen, este escritor mexicano logra su cometido: trasladar, con delicada alquimia, el festivo evangelio del futbol desde la cancha a algo que para muchos es igualmente grato: la página, ese palmo de papel donde no juegan once contra once sudorosos atletas, sino palabras, imágenes, recuerdos. Sí, recuerdos: la materia prima del futbol escrito.

sábado, junio 21, 2014

Futbol por correspondencia




















Los mundiales no sólo generan goles, estadísticas y millones de notas en toda la prensa del planeta. Al su lado nacen subproductos que en los meses previos y durante el desarrollo de la justa pueblan el orbe como epidemia bíblica. Álbumes, envases en ediciones especiales, playeras, llaveros, gorras, pulseras, videos, viajes y mucho más cobra un impulso de catarata publicitaria en las etapas mundialistas. Allí también caben, aunque a una escala moderada, los libros. Algunos nacen antes de los mundiales, otros durante y unos pocos después, como ocurrió con Ida y vuelta (Seix Barral, 2012), diálogo epistolar sostenido por Juan Villoro con Martín Caparrós durante la celebración de Sudáfrica 2010.
El intercambio se dio entre junio y julio de 2010, y las cartas fueron acogidas por las revistas Letras Libres, de México, y Soho, de Colombia. El subtítulo del libro, “Una correspondencia sobre futbol”, confirma lo que encontramos en las páginas de Ida y vuelta: a cada misiva, el interlocutor corresponde con otra, y así se va escalonando la “conversación” virtual. El pespunte se torna interesante porque lo mismo se deja ver comentarios sobre la coyuntura (el Mundial sudafricano en sí) que sobre el futbol en general y sobre las idiosincrasias de las dos hinchadas que de alguna manera representan los corresponsales, la mexicana y la argentina.
Villoro, como sabemos, nació en el DF en 1956, y es ya uno de los escritores mexicanos con mayor cartel no sólo en nuestro país, sino en todo el contexto de habla hispana. Apasionado hasta el tuétano por el futbol y autor de libros como Dios es redondo y Balón dividido, además de decenas de entrevistas, conferencias y colaboraciones en una cantidad ya incuantificable de espacios periodísticos, es sin duda el escritor mexicano más identificado por los lectores con la opinión futbolera pensada desde la literatura. Caparrós, quien nació en Buenos Aires un año después, es uno de los intelectuales más polémicos de su país, autor de numerosos libros diversificados entre novelas y ensayos políticos, además de haber ejercido una carrera periodística que le ha permitido recorrer “medio mundo”. Dados estos antecedentes, en el diálogo reina la buena prosa y un torrente de opiniones atendibles.
En total son 42 cartas. Sólo en un par de momentos cada autor envía dos seguidas, así que el libro es, si lo miramos como si fuera la cancha que ilustra su portada, un choque de ida y vuelta, un match con ataques y contrataques. Se puede percibir en este libro un todo amable, por supuesto, pero también el ánimo por competir. Pese a la premura que impone el género epistolar vía mail, los dos escritores colocan la canasta muy alta (o la portería muy lejos, para evitar la metáfora basquetbolera) a su “rival”, así que ambos van engarzando comentarios dignos de cita, como éstos sobre el tema central del libro: “No sé si estarías de acuerdo con mi definición: en mi caso, siempre sospeché que el futbol era el espacio de mi salvajería feliz” (Caparrós). “Ningún otro deporte tiene un sistema de jurisprudencia tan endeble, es decir, tan parecido a la vida” (Villoro). O éstas, que se refieren a la sociedad donde crecieron los interlocutores: “¿Escuchaste hablar alguna vez, mi querido hospitalario, de la viveza criolla, esa virtud que se supone tenemos los rioplatenses y que consiste en sacar la mayor ventaja, siempre al borde de la legalidad, de cualquier situación?” (Caparrós). “En México cada fracaso futbolístico da lugar a un deporte extremo: el linchamiento” (Villoro).
Ida y vuelta, una correspondencia sobre futbol es en suma un libro grato en más de un sentido, no sólo en el futbolístico. Es lo menos que podía esperarse de dos pesos pesados de la literatura latinoamericana.

miércoles, junio 11, 2014

Libros sobre la cancha









En 2006 escribí relatos (los relatos que fueron la patada inicial para Polvo somos, mi libro con cuentos futbolísticos publicado por Arteletra-Axial, 2014, 134 pp.) y en 2010 atormenté el teclado con más relatos y algunos acercamientos, digamos ensayísticos, al futbol no como deporte, sino como nostalgia. Llevo pues dos vinculamientos futboleros e intensivos en sendas etapas mundialistas, así que durante la que comenzará mañana seguiré una tónica relativamente afín: ahora escribiré reseñas de libros que a mi parecer pueden servir, con el pretexto del futbol, para invitar a la lectura. Se trata, pues, de títulos articulados por autores que han campechaneado su pasión, o al menos su indisimulado gusto, por el fut con su, ésta sí, descarada vocación literaria.
Hasta hace poco, la relación de los llamados “intelectuales” con el deporte en general y con el futbol en particular no fue del todo amable. La idea generalizada estableció que son dos esferas muy distantes. Según el cliché, por un lado los futbolistas eran vistos como hombres de acción, sujetos atados al desarrollo de sus capacidades musculares y, por ello, ajenos al cultivo del pensamiento; por otro, los intelectuales, se creía, eran bichos sedentarios y divorciados por completo de cualquier actividad que les exigiera un esfuerzo mayor al de mover las manos, las neuronas y los pulmones (esto último para exhalar el humo del cigarro). Unos se relacionaban a la frivolidad de la carrera y el cabezazo, del sudor y el grito; los otros, al silencio y la concentración, a la soledad y a un inconfeso apetito por “trascender”.
Apuntalado además por la idea de que hacer el juego al futbol era apoyar las evasiones colectivas a los problemas verdaderamente apremiantes de la sociedad, el estereotipo resistió hasta donde pudo. El gusanito del gusto futbolero poco a poco fue avanzando y de esporádicos cuentos y poemas —como el prehistórico “Juan Polti, half-back”, de Horacio Quiroga, o “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti— pasamos a libros enteros dedicados al tema. Entre las décadas del ochenta y del noventa la tensión fue desapareciendo y junto con este relajamiento aparecieron obras que amasaban tópicos flagrantemente futboleros sin perder su afán estético o su filo crítico.
Tal es el caso de El futbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995), acaso el libro sobre futbol más visible creado por un intelectual de izquierda en América Latina. Y no fue la excepción, sobre todo en el contexto de Argentina, Uruguay, Chile y México. Por ejemplo, el ameno Fútbol argentino, de Osvaldo Bayer, también autor de La Patagonia rebelde y uno de los intelectuales más comprometidos de su país. El caso es que desde diferentes ópticas, en distintos géneros, con el ingrediente del futbol profesional o callejero en el centro o en la periferia de sus obras, muchos escritores han trotado en esta cancha y a mi parecer no son escasas las piezas poéticas, novelísticas y sobre todo cuentísticas estimables.
La lista de autores es ya significativa: Soriano, Fontanarrosa, Llinás, Sasturain, Sacheri, Villoro, García-Galiano, Garrido, Letelier y muchos más, tanto que es mejor ir despachando algunas de sus obras poco a poco, como lo haré en las próximas entregas de esta columna llanera y solitaria.

miércoles, noviembre 07, 2012

Que se jodan
















Es una declaración que ilustra como pocas el cinismo al que ha llegado buena parte del arte actual. Plagiarios han existido siempre, malos artistas, también, y cínicos, pues no se diga. Pero bueno, a ninguno lo premiaron con 150 mil dólares a domicilio y luego de un escándalo que ha sido documentado como nunca gracias al tamaño del disparate y la fuerza de las nuevas tecnologías. Decir así nomás, como dijo Bryce Echenique, “que se jodan”, es una prueba de que hoy, como nunca, vale más dólar en mano que ver un ciento de críticas volando a lo ancho y lo largo de la red.
Voy a pensar en una salida hipotética. Imagino que soy Bryce Echenique, que a mis 73 años tengo más que resuelta mi situación económica y he escrito algunos libros que muchos consideran notables. Hasta allí todo bien, maravillosamente bien. Luego viene alguna acusación de plagio, hay escándalo, el asunto se da en el ámbito del periodismo, donde quizá, por descuido o lo que sea, se puede deslizar alguna cita sin nota de referencia y todo eso. Me defiendo, pero al final se prueba que hubo algo. En fin. Lo primero que se me ocurre luego de eso es proteger mi literatura, crearle la coraza más gruesa posible. Bajo el perfil mediático, sigo haciendo, o tratando de hacer, buena literatura, me alejo del periodismo que fue el espacio escritural de mi (supuesto o real) tropiezo. Pasa un tiempo y un jurado objetivo y competente, es un decir, le concede un premio a mi literatura. Lo acepto creyendo que nada pasará, pero los malditos medios reaniman el viejo escándalo del plagio. La bronca alcanza dimensiones mundiales. Estoy en una disyuntiva. Decido.
¿Qué decido? Si yo estuviera en el pellejo del galardonado con el premio FIL 2012, volvería al renglón que escribí poquito antes: lo primero que se me ocurre luego de eso es proteger mi literatura, crearle la coraza más gruesa posible. Entonces, sin dudarlo más, escribo una carta serena, sin exabruptos aunque por dentro piense “que se jodan”, y expongo allí que ni el prestigio del premio ni el dinero (mucho menos el dinero) valen (para mí, aunque sea sólo para mí) más que mi literatura, y para evitar suspicacias, enojos, malentendidos y andanadas justas o gratuitas, declino el premio que en los hechos ya no le añade nada a la obra que por tantos lectores ha sido estimada como excelente.
Una salida de ese tipo, o parecida, puede alborotar otro rato el avispero, pero el ruido se calmaría pronto y no faltaría que muchos, enemigos incluso, valoraran la decisión como sensata y, sobre todo, honrada al grado de sofocar el incendio.
No fue lo que pasó. En el extremo de la insensatez y casi con el deseo de que la luz de los reflectores incremente el desprecio por su persona y, lamentablemente, por su obra, Bryce Echenique acepta el premio en lo oscurito, lejos de Guadalajara, y termina declarando “que se jodan” quienes lo han criticado, y añade que “Es un grupo de extrema derecha”, y que “Hay gente que quiere todos los premios para ellos. (sic) Son unos frustrados”.
Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, Juan Villoro, entre otros que han cuestionado el galardón para el peruano, no pueden ser ubicados en la extrema derecha y menos en el amplísimo espectro de los escritores frustrados. Es una aberración enjuiciar así, a lo loco, y no escuchar a nadie, a nadie, salvo a los que aplauden.
Siento en suma que Alfredo Bryce Echenique ha cometido el peor de los pecados que un escritor puede cometer: creer que los lectores no existen, y, peor entre lo peor, creer que entre esos lectores no hay también excelentes escritores que sin duda hubieran apagado la polémica con una simple y elegante y digna carta de renuncia al premio. Así de fácil.