Mostrando las entradas con la etiqueta negro fontanarrosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta negro fontanarrosa. Mostrar todas las entradas

sábado, julio 12, 2014

El futbol según Juan Villoro




















Como en Uruguay y Argentina es imposible hablar de literatura y futbol sin mencionar, respectivamente, a Galeano y a Fontanarrosa, en México pasa lo mismo con Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Escritor multipremiado, famoso, querido por un tumulto de fans y malquerido por algunos que lo miran con recelo o indiferencia, Villoro se ha colocado mediáticamente como el-escritor-que-también-escribe-sobre-futbol. Luego de publicar numerosos artículos, crónicas, ensayos y de aparecer sin tregua en televisión y radio, además de ofrecer conferencias, mesas redondas o prestarse a entrevistas, este autor ha dejado constancia de ese gusto en libros como Los once de la tribu (1995) y, el más reciente, Balón dividido (2014). En medio de tal periodo publicó el título más representativo de su producción con tema futbolístico: Dios es redondo (Planeta 2006), racimo de ensayos y crónicas que al parecer no tiene fecha de caducidad, pues sigue siendo visible en los anaqueles.
Creo que el éxito de Villoro como escritor se basa en tres aciertos. 1) El interés real por este deporte, un apego que, se nota, tiene su origen, como casi todo, en la infancia, en la pica callejera, en el debate con los cuates sobre equipos y jugadores, en la crónica deportiva que tiene o tuvo, para él, un practicante totémico: Ángel Fernández; 2) el conocimiento directo, no sólo como lector o televidente, del ir y venir futbolístico, esto es, su contacto con la gente en los estadios y su diálogo con periodistas/escritores especializados; y 3) la buena memoria y una gran agudeza para detectar puntos finos del deporte tanto en lo estrictamente atlético como en lo social. Este coctel ha convertido a Villoro, enfatizo, en el-escritor-mexicano-que-también-escribe-sobre-futbol. Aunque haya muchos otros (Felipe Garrido, Ignacio Trejo Fuentes, Marcial Fernández, Leo Eduardo Mendoza…) creo que es Villoro en quien piensa la mayoría cuando relaciona literatura (o escritura en general) con futbol.
Dios es redondo contiene piezas, en efecto, memorables aunque traten sobre futbol. Desde el punto de vista genérico poco o nada importa que uno diga “son ensayos”, “son crónicas”, “son artículos”, pues ya entrados en cada pieza advertimos el embrujo de un estilo inmejorable para trabajar con esta materia. Acuñador irrefrenable de imágenes literarias que en cierta adjetivación me recuerda, no sin un raro hibridismo, a Monsiváis y a Borges, Villoro logra que en una frase quede dicho más de lo que otros podrían expresar con una parrafada. En este sentido destaca asimismo su pulso de periodista: sabe que una crónica puede ser larga y por ello abrumar al lector, de ahí que proceda como a flashazos, acuñando siempre buenas frases mientras avanza por un hilo conductor que jamás se rompe. Ejemplifico con tres casos: su comentario sobre Maradona (mejor que lo que muchos argentinos han escrito al respecto), su estampa sobre Pep Guardiola (una joya) o su recordación del mencionado Ángel Fernández.
Sospecho que es difícil ser futbolero y no gustar, no aprender o no quedar gratamente seducido por las ideas del Villoro “filósofo” del futbol, dicho esto nomás porque Manuel Vázquez Montalbán, lo sabemos, etiquetó así a los “pensadores” argentinos del balompié. En resumen, este escritor mexicano logra su cometido: trasladar, con delicada alquimia, el festivo evangelio del futbol desde la cancha a algo que para muchos es igualmente grato: la página, ese palmo de papel donde no juegan once contra once sudorosos atletas, sino palabras, imágenes, recuerdos. Sí, recuerdos: la materia prima del futbol escrito.

lunes, junio 30, 2014

Piquita con Juan Sasturain



Uno de mis escritores ídolos es Juan Sasturain. De hecho, lo tengo como modelo tardíamente descubierto. Su apellido me sonaba desde hace varios años, pero fue en 2005 cuando comencé a leer algunos de sus artículos en la prensa argentina. Me gustaron su desenfado, su tono confesional, su posición crítica y su pasión futbolera. En más de un aspecto me recordó a Soriano, así que el negocio de mi admiración por Sasturain fue, es, redondo, tan redondo como un balón de fut. Lo conocí personalmente en la FIL. Fue en 2007, en una mesa que compartió con Roberto Fontanarrosa y otros intelectuales que cometieron la divertida insolencia de dialogar sobre goles y jugadores. Creo que le regalé un librito y me tomé una foto con él en la que luzco una barba horrible aunque, por supuesto, menos escandalosa que la del incipiente actor Diego Fernández de Cevallos.
Hace poco leí Picado grueso (Página 12, Buenos Aires, 2008, 126 pp), librito de cuentos escrito por Sasturain (“picado” en argentina equivale en México a “pica” futbolera, es decir, a cascarita). Son, obvio, relatos sobre futbol, aunque es necesario advertir desde ya que los de Sasturain, como los de muchos narradores argentinos, no son a veces cuentos sobre fut, sino sobre vida, referentes a los problemas habituales de la existencia humana pero con alguna pizca de futbol en sus pasajes.
Los escritores uruguayos y argentinos han encontrado un modo sabrosamente mañoso de no separarse del futbol. Simplemente lo han convertido en tema oblicuo, sesgado con respecto de la narración tronco. En mayor o menor medida, puede aparecer en todos los relatos, pero lo fundamental en cualquier caso es lo otro, la parte, digamos, no futbolera de la historia. A la vera del conflicto eje, el futbol es como un condimento, como un anzuelo, la parte a veces invisible pero constante de relatos que a los empedernidos del fut (como al reseñero que aquí opina) les crea una impresión de realidad ya que, como sucede en la vida de cualquiera, los líos de la existencia no están separados de los comentarios que aquí y allá decimos o escuchamos sobre fucho. Es como estar, por ejemplo, asfixiado de deudas y al mismo tiempo desear que al menos gane el equipo al que le vamos para mitigar en algo la desolación.
Así los cuentos de Sasturain. En todos es claro que deambula el fut, pero también lo es que se hace acompañar de los pequeños y grandes conflictos que hacen de la vida un hervidero de miserias y a veces, por qué no, un espacio idóneo para el heroísmo anónimo. Si no conté mal, son 21 cuentos, todos escritos con una prosa sencilla y maliciosa, todos hábilmente tejidos para llevarnos a la esperada sorpresa que caracteriza los finales cuentísticos.
En el prólogo, Sasturain hace casi innecesariamente esto, una confesión que, mutatis mutandis, podríamos firmar muchos: “Supongo que no sé exactamente si terminaré siendo lo que quise ser. Probablemente no. Pero es cierto que si ahora (todavía) quiero y trato de ser escritor y a veces lo soy, hubo un tiempo en que quise ser jugador de fútbol. (…) la cosa estaba bien clara en cualquier test que me hicieran al fin de la primaria y era evidente cuando a los 18 vine a Buenos Aires por primera vez con dos propósitos: estudiar Literatura en la UBA y probarme en San Lorenzo, donde tenía un tío dirigente. Pero me sobraba edad y me faltaban aptitud y perseverancia, así que pese a terminar fichado en Lanús largué pronto, y los libros y la recién descubierta militancia me llevaron el tiempo y las energías para otro lado por unos años”.
Sasturain dice “por unos años”, o sea, no por mucho tiempo se colocó lejos del futbol, ya que pronto aprendió a conciliar su apetito de literatura y política con el otro, el apetito de Boca y de goles, el apetito de canchas y polémicas. El espacio en que se conciliaron las dos o tres pasiones (literatura, política y futbol) fue la escritura, como lo evidencian los cuentos de Picado grueso. No es posible resumir ni un argumento de un libro con tantos relatos; sólo diré, para terminar, que son memorables “El búlgaro”, “Bronces”, “Sportivo Virreyes” y “The Cleveland Rush”, pero todos dicen algo. Sasturain es uno de esos pocos que tiene la mala costumbre de tocar siempre la tecla correcta así en periodismo como en literatura. Suertudo.

domingo, junio 22, 2014

Aquella canallada














Publiqué el ensayito que aparece aquí abajo en el número 63 de Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana Torreón. No oculta la admiración que le guardo al Negro Fontanarrosa, lo mucho que he disfrutado sus monos y sus relatos. Uno de ellos es el cuento “19 de diciembre de 1971”, ficción que casi casi puedo colocar en el sitio de honor de toda la narrativa futbolera, o al menos de la que he leído, que no es poca. Ojalá y mi acercamiento pueda encaminarlos hacia su lectura.

Aquella canallada: mitificación narrativa de un instante
Jaime Muñoz Vargas

Poco a poco vamos rebasando el lugar común que piensa en el futbol como tema poco literario, sólo confinable en el espacio de la frivolidad. Cierto que hay detractores e indiferentes, y legítimo derecho tienen para serlo, pero en el otro lado del campo de juego trotan los entusiastas, muchos escritores que no por escribir sobre futbol pueden ser hoy considerados del montón, menos escritores que los escritores “serios”. Por las razones que queramos —económicas, sociales, mediáticas y hasta religiosas—, el futbol se ha colado por todos los poros de la realidad y dado que parte de la realidad es la literatura, también allí ha dejado huellas. Lo ha hecho con tanto vigor, ludismo y frescura que no son pocas, de veras, las obras maestras que concilian el ingrediente de los goles con el de las palabras.
Voy a detenerme aquí en un caso extremo de excelencia futbolero-literaria. Es el cuento “19 de diciembre de 1971”, de Roberto Fontanarrosa (Rosario, 1944-2007), modelo acabado de lo que me atrevo a denominar “mitificación narrativa de un instante”.  Leerlo, indagar un poco en su origen, en su procedimiento, en el velado homenaje que rinde a Borges y en la sutil reflexión que insinúa sobre la dicotomía “civilización y barbarie” es aproximarnos a la comprensión de un fenómeno que surge de la inmediatez, de la vida cotidiana y sus pequeñas grandezas y miserias, resortes que, activados por la buena literatura, logran aupar un hecho deportivo aparentemente ínfimo hasta colocarlo en las esferas de lo artístico.

Antecedentes y evolución de un match
Sabida, muy sabida es en el mundo la rivalidad casi caníbal (o sin casi) entre los dos equipos más importantes de la ciudad de Rosario, en la provincia Argentina de Santa Fe. Salvo la que hay entre los fanáticos de Boca y los de River, o entre los de Racing e Independiente, los cuatro de la Capital Federal y sus alrededores inmediatos, la oposición de los dos rosarinos puede ser considerada ejemplar en el contexto latinoamericano. Lo extraordinario del caso es que se trata de una ciudad del interior, con poco más de un millón de habitantes, en la que a rudas penas conviven dos hinchadas cuya beligerancia alcanza registros épicos.
En efecto, los seguidores de Rosario Central (llamados Canallas o “Canayas”), que juegan en el llamado Gigante de Arroyito, mantienen una rivalidad sin orillas contra los de Newell’s Old Boys (los Leprosos), quienes usan como guarida el estadio Marcelo Bielsa. Ya los apodos de ambas hinchadas dan una idea del ritmo al que se agitan esas aguas, de suerte que un juego entre ellos, cualquier juego, incluso un amistoso, se convierte en una guerra mundial en miniatura.
Los equipos fueron fundados en 1889 (Central) y 1903 (Newell’s), y desde entonces, poco a poco, su fratricida encono partió a Rosario en dos. El momento, ya histórico, en el que su rivalidad estalló hasta convertirlos en irreconciliables a muerte se dio el 19 de diciembre de 1971. Ese día los dos clubes rosarinos disputaron un partido verdaderamente importante, la semifinal del Torneo Nacional de la Asociación de Futbol Argentina. El choque se celebró en terreno neutro: el estadio Monumental, la casa de River. El ganador disputaría, por supuesto, la final. Lo que pasó entonces fue digno de un cuento, el que años después escribiría Roberto Fontanarrosa, rosarino e hincha de Central, es decir, canalla contumaz. Ese texto lleva el título que precisamente afirma el hito: la fecha del partido. En él, Fontanarrosa codifica en clave mítico-humorística la enorme gloria que les cupo a los canallas y el no menos pesado bochorno que cayó encima, para siempre, de los derrotados.
El choque quedó apenas 1 a 0, con victoria de los Canallas. El gol fue producto de un centro enviado a la olla por Jorge José González; cerca del área chica, el delantero Aldo Pedro Poy (Rosario, 1945) se adelantó al defensa Di Rienzo con una palomita que empujó el balón hacia las redes defendidas por el arquero Fenoy. Y eso fue todo, o casi todo, pues luego vino la tensión por la posibilidad del empate hasta el pitazo final. Después estalló el júbilo de los centralistas que de inmediato, y hasta hoy, indeteniblemente, “cargan” a (o sea, se burlan de) los leprosos. Cierto que ganó Central y la cosa estaba para festejo canalla, dado que era la primera vez que los equipos se veían las caras en un choque trascendente, pero lo que vino luego, muchos años luego, rebasa los límites de lo imaginable.
El triunfo de Central, particularmente el gol de Poy, conocido históricamente como “La palomita de Poy”, comenzó a ser celebrado año tras año, cada 19 de diciembre. El cabezazo, del cual apenas se conserva un video casi invisible y una rasposa grabación de radio, pasó de ser un hecho fortuito a parteaguas para la hinchada canalla, tanto así que desde hace muchos años lo reproduce en una celebración con Poy de cuerpo presente. En el festejo hay una simulación del remate: alguien lanza con la mano un balón y Poy, cada vez más viejo, llega y clava el reiterado balón al fondo de la anual portería.
Esta mitificación ha servido incluso para que los seguidores de Central hayan hecho una propuesta al libro Guinnes: el gol más celebrado de la historia es el de Poy, aseguran. No han tenido éxito, pero aquel gol y aquel partido han hallado eco en otros reconocimientos. El de la literatura, por ejemplo, con el cuento de Fontanarrosa.

Oralidad, cábala y sudorosa trama
El cuento de Fontanarrosa nos habla desde la primera persona. Decir “nos habla” no es sólo un decir. En efecto, el narrador, un hincha irreductible de Central, explica lo que él y sus amigos hicieron para que los Canallas no perdieran el juego presentidamente histórico contra sus archienemigos. El relato presupone un oyente, alguien que escucha al narrador, tal cual: “Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido”. Con esta estrategia se despliega la retrospección que afirma la condición mítica de lo contado, es decir, se refuerza la idea de que el mito, todo mito, tiene su principal soporte en el relato compartido, en la oralidad.
El narrador cuenta que Rosario estaba, como nunca antes, caldeada por el partido que se celebraría en el Monumental. Ni él ni los suyos podían aceptar una derrota, así que debían recurrir a todo con tal de evitarla. Pero lograr su propósito (que Central ganara el juego) no dependía  sólo de la eficacia de los jugadores. El público también jugaba su partido, así que los tumultos viajarían de Rosario a la Capital Federal para hacer valer el peso de sus gritos. Eso, sin embargo, no es suficiente, lo que los lleva directo al ingrediente de la superstición (o “cábala”, como la llaman en Argentina). Recuerda el narrador que todos comenzaron a pensar en las circunstancias dadas en victorias anteriores, para repetirlas y atraer con eso la buena suerte.

O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles, como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra.

Lo más inverosímil fue invocado y repetido:

Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito ese. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ese. El Cuqui iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo, y con eso empatamos.

Alguien recuerda que Casale, un viejo hincha de Central, había afirmado como de pasada alguna vez que los Canallas jamás habían perdido cuando él iba al estadio. Eso significaba que, por cábala, el viejo Casale debía estar presente en el Monumental. Pero había un problema: por prescripción médica, el anciano no podía ir ya a los estadios, y no sólo eso: no podía ni oír por radio las crónicas a riesgo de quedar frito de un infarto. Su familia y él mismo  (con todo su dolor) habían aceptado esa orden. Por ello Casale, para evitar riesgos de gritos en el vecindario o bocinazos en la calle que lo inquietaran con la pura suposición de los resultados, se recluía en una quinta de su hermano, lejos de la ciudad. Pero los chicos conocían la historia, y la tradujeron en cábala inevitable:

la verdad, hermano, que (....) nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán (…) Entonces ahí nos dijimos: “Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar”.

El viejo se niega, radical, a viajar, y más se niega a entrar en un estadio donde juegue Central, pues no tenía ya ni la mínima certeza de salir bien librado. Es allí donde los muchachos planean secuestrarlo y llevarlo por la fuerza al Monumental. Con peripecias bien planeadas, lo logran y cargan con él hasta la capital para que cumpla su función de amuleto. Custodiado por todos los sudorosos hinchas (recordemos que en diciembre es etapa de mucho calor en Argentina), el viejo Casale va admitiendo su condición de rehén. No tiene más opción que estar allí, su escapatoria se torna imposible, y gradualmente, como es inevitable, se involucra en la euforia:

Mucho antes ya de entrar en Buenos Aires, ese viejo era el más feliz de los mortales. Te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera

El partido fue tenso y como el gol de Poy cayó al promediar el segundo tiempo, los Canallas fueron embestidos por los Leprosos en busca de la igualada. Esto agudizó la tensión a grados infernales, como lo cuenta el narrador:

¡Que si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refucilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! (…) Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo.

Ya podemos imaginar lo que vino tras el silbatazo final y el 1-0. El vértigo que produjo la victoria fue demasiada dosis de alegría para el corazón del viejo, y allí quedó:

¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¿Esa era la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! ¡Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.

El viejo Casale y Dahlmann
Supongo que ya se habrá destacado la relación que hay entre el final del cuento de Fontanarrosa y “El Sur”, de Borges. Como Dahlmann, Casale se ve forzado a ocupar un lugar que no le pertenece, pero que secretamente anhela y con el cual siente una identificación profunda. Ambos enfrentan, en muy distintas circunstancias, aunque las dos motivadas por la enfermedad, la disyuntiva civilización o barbarie: morir plácidamente, en un lecho casero o de hospital, sin heroísmo, o terminar sus vidas en una pequeña aventura que les endiose el pecho y los enorgullezca durante el último de los alientos. Dahlmann en el campo opta por la barbarie luego de eludir el quirófano y goza la buena suerte de que pueda liquidarlo un gaucho:

Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Y el viejo Casale en la tribuna, hinchando por Central, celebrando la palomita de Poy, eufórico en el meollo de la barbarie futbolística, muere de alegría por la alegría de todos los Canallas.

BORGES, Jorge Luis. Obras completas I, Emecé, Buenos Aires, 2010.
FONTANARROSA, Roberto. Puro fútbol, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000.
LAMAS, Federico. “La palomita de Poy”, El Gráfico, www.elgrafico.com.ar/2011/12/19C-3977-la-palomita-de-poy.php

lunes, junio 16, 2014

Cuentos futboleros del Negro Fontanarrosa




















Tres destrezas que difícilmente se dan en un solo ser humano coincidieron en Roberto Fontanarrosa (Rosario, 1944-2007). La primera, el humor; la segunda, el dominio del dibujo; la tercera, el fervor por la escritura. Las tres fueron desarrolladas de una manera extraordinaria, tanto que el Negro, como le apodaban, es hoy un icono de la cultura popular argentina, una especie de Gardel en lo suyo.
Sabemos que su fama mexicana se basó en la historieta que durante muchos años ocupó la página final de la revista Proceso, aquel colofón que semana tras semana nos colocó frente a la figura nada tierna de Boogie el Aceitoso, mercenario internacional que pasados algunos años devino incluso film. Pero Fontanarrosa fue más, mucho más que el Aceitoso. Creó, para empezar, a Inodoro Pereyra, otro personaje emblemático de la cultura argentina, un gaucho que acuñaba frases inmortales, como cuando le dijeron: “Anoche soñé con mi familia”, y respondió: “Yo también dormí mal”. Y así, muchos personajes imborrables se fueron sucediendo uno tras otro en sus dibujos siempre atados al humor más sutil, más ácido y siempre inteligente.
Igual, aunque sin la fuerza arrolladora de los dibujos que llegaron con mayor facilidad a los lectores, Fontanarrosa tomó la pluma para escribir cuentos y novelas que no por provenir de un artista gráfico dejan de tener un alto valor literario. La mirada mordaz del rosarino recorrió, como en su faceta de historietista, un montón de temas y personajes. Se puede afirmar, si disculpan el lugar común, que allí no dejó títere con cabeza.
Uno de los temas que campeó en sus textos fue el futbol. Claro, era inevitable. Hincha sin fisuras, ferviente, de Rosario Central, el Negro dejó entrar en sus dibujos y en sus cuentos asuntos que directa o indirectamente, sobre todo lo primero, abordaban situaciones futboleras. En todos los casos cultivó el humor, forma imprescindible de su hacer, de suerte que sus textos sobre el tema se regodean sin pausa en casos que nunca dejan de parecer reales, sudorosos, llenos de sabor a pasto y a gambeta.
Estos cuentos de Fontanarrosa están arracimados en el libro Puro fútbol (Ediciones De La Flor, Buenos Aires, 2000) y constituyen una cima en la literatura latinoamericana sobre la materia. Se trata de los cuentos que el Negro escribió y fue dejando desperdigados en diferentes publicaciones hasta que quedaron reunidos en este puñado de páginas.
Aquí se encuentran, entonces, todos los relatos que acuñó sobre la pasión más grande de su vida, incluido uno que con facilidad podemos considerar insuperable: “19 de diciembre de 1971”, la pieza literaria que desde la perspectiva del fanático tiene como telón de fondo el duelo de semifinal que (en la fecha que da título al relato) disputó Rosario Central contra su archienemigo y coterráneo: Newell’s Old Boys. Este cuento valdría, creo, para ubicar a cualquier escritor de ficciones futbolísticas como notable, pues se adentra con implacable sarcasmo hasta las tripas del sentimiento hincha, es decir, a la locura, o casi.
De hecho, en muchas de las historias palpitan situaciones de esta naturaleza. Por ejemplo, “El ocho era Moacyr” (que por cierto tiene una espléndida versión en video, sólo hay que buscarla ya saben dónde), nos ubica en esa constante del aficionado: el recuerdo de las pasadas glorias, de los jugadores y los partidos de antaño y del hábito de recordarlos en las mesas de café. Hoy internet impide que se den esas disputas en las alguien afirma un dato y otro lo cuestiona, pues la información de la red casi todo lo despeja, pero la costumbre de embroncarse en polémicas por la nebulosidad de un simple nombre no ha desaparecido por completo.
En el Puro fútbol de Roberto Fontanarrosa el futbol no es pues un tema lateral ni el autor procede oblicuamente, como sin querer. El Negro sabía muy bien de qué escribía y logró dejarnos, por ello, un lote de historias que cualquier buen aficionado a los dos oficios (la literatura y el futbol) debe leer sí o sí.

miércoles, octubre 07, 2009

Gracias a la Negra



No es poco lo que puede hacer el canto para comunicar emociones y posturas ante la vida. Eso logró Mercedes Sosa: comunicar emociones y posturas con una voz profunda, bien timbrada, tupida de matices. En una profesión ampliamente dominada por hombres, la Negra supo instalar su arte como uno de los más representativos del folclor latinoamericano, como la maternal voz de la tierra, como sonido del viento americano impregnado de selva y cordillera, de pampa y desierto. Su voz, para decirlo sin rodeos, fue una especie de suma, de resumen: era la voz de los cinco siglos que cuenta el mestizaje americano, la voz de la Pachamama hablando en español, la voz de la madre tierra.
Intérprete de las mejores canciones amonedadas por el folclor latinoamericano, particularmente del argentino, Mercedes Sosa añadió su sangre a cada letra. Tanto fue así que ahora hay piezas que asociamos a su respiración, como “Gracias a la vida”, “Alfonsina y el mar”, “Como la cigarra”, “Todo cambia”, “Luna tucumana” o “Sólo le pido a dios”, canciones que pasaron de ser canciones a convertirse en emblemas de un continente espiritual, el de la América nuestra que hoy las canta con la memoria puesta en la pausa y la tesitura que les imprimió la Negra nacida el 9 de julio de 1935 en Tucumán.
Mercedes Sosa fundó en su patria un movimiento llamado del Nuevo Cancionero. Junto a otros artistas impulsó con la fuerte calidez de su voz un canto que además de la belleza lírica tenía, tiene todavía, una fuerza poética que buscó escapar de los candados impuestos por la canción para el consumo mercantil sin mayores malicias literarias. No compuso, pero desde muy joven aprovechó sus facultades interpretativas para imprimir un sello personalísimo a los temas que pasaban por su garganta. Cantantes y compositores de su patria y de varias ajenas advirtieron de inmediato que aquella joven tenía la peculiaridad de cuadrar cualquier letra en su honda respiración. La sumatoria de todos esos factores (buenas letras, arreglos excepcionales y una voz inconfundible) hicieron la labor de encumbrarla poco a poco, sostenidamente, desde hace cuatro décadas, desde aquel 1965 en el que participó (invitada por Jorge Cafrune, otro grande del folclor) en el Festival de Cosquín, el más importante encuentro de artistas dedicados al canto latinoamericano. A partir de ese momento todo fue ascenso en la carrera de Mercedes Sosa.
Dada la inclinación de su arte, la Negra fue víctima, como miles de argentinos, de la barbarie diseminada por los militares durante el gorilato que duró del 76 al 83 en la Argentina. Lejos de amilanarse, la cantora siguió en las mismas, se quedó en su patria y padeció luego la censura y el exilio. En París y en Madrid, después en el mundo, su voz se convirtió en santo y seña de un país azotado por la violencia, un país que al despertar de la pesadilla castrense la recibió ya afirmada como la (con o sin artículo femenino singular) máxima representante de la canción con fundamento.
Pocos en el mundo pueden soñar en una partida como la de Mercedes Sosa. Luego de la muerte suelen saltar los enemigos, los detractores, los malquerientes. El caso de la Negra asombra y conmueve: se ha ido con reconocimiento unánime, con aplausos cerrados a su obra en un país, la Argentina, especialmente polémico y discutidor de todo cuanto es ventilado en los espacios públicos. Como le pasó a Roberto Fontanarrosa (su tocayo de apodo), la cantora acabo sus días y de inmediato se volcó en su tumba el tributo de una nación que aprendió a verla como lo que fue: la figura más importante del canto genuinamente popular, aquel que se vincula a la tierra y es vehículo de emociones que calan en los huesos, que mueven a pensar y echan raíces duraderas. Como se ha dicho de otros pocos, su arte no muere con su muerte. Antes bien sigue vivo y avanzando. Desde el 4 de octubre pasado, por ello, la Negra Sosa cada día canta mejor.