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sábado, marzo 03, 2018

El primero de Los viernes




















En 2010 asistí a la Feria del Libro de Buenos Aires y entre otros pabellones encontré el de Página/12, periódico que además del diario edita suplementos y libros. Allí compré dos libros de Osvaldo Bayer, dos de Juan Sasturain, uno de Sandra Russo y una novela breve, titulada Corazones, de Juan Forn (Buenos Aires, 1959). Sobre él tenía sólo una referencia, la más visible en internet: que los viernes publicaba un texto espléndido en la contratapa de “Página”. Ahí fue donde comencé a leerlo y, lo digo desde ahora, a admirar su calidad no tanto de escritor, que la tiene en alto grado, sino de lector, de hombre vinculado visceralmente a los libros y curioso buceador en la vida de sus hacedores, como lo evidenciaba con total solvencia cada contratapa de los viernes.
Pasados los años, y luego de seguir semana tras semana las contratapas de Página/12, vi la noticia: Planeta había reunido en tres tomos las colaboraciones de Forn. Quise conseguirlos y me di alguna maña para que llegaran a Torreón. Y ya, leído el primero, sé que puedo opinar sobre la pertinencia de tenerlos a la mano si uno deambula en el medio literario/periodístico. Esto no significa, claro, que a un lector ajeno (digamos, un ingeniero) no gozaría las columnas semanales de Forn ya arracimadas en libro, pero para mí es evidente que los tres tomos de Los viernes son un modelo casi didáctico de trabajo literario para el periodismo, de suerte que allí pueden abrevar los escritores que deseen incurrir en el periodismo o los periodistas que deseen escribir no bien, sino muy bien: literariamente.
¿Y qué escribe Forn? Como es muy poco conocido en México, hay que decir primero que además de escritor es traductor (de John Cheever, Hunter Thompson…) y ha sido editor en Emecé y Planeta. Entre otros, ha publicado las novelas Corazones, Frivolidad, Puras mentiras y María Domeq, el libro de cuentos Nadar la noche y de crónicas La tierra elegida y Ningún hombre es una isla. En 1996 creó el suplemento cultural Radar del diario argentino Página/12. Actualmente es asesor literario y radica en la pequeña ciudad de Villa Gesell, frente al Atlántico, cerca de Mar del Plata.
Con facha de jugador de rugby, este escritor es ante todo, insisto, un lector tan agudo que seguir sus colaboraciones para la prensa es seguir una guía de excelentes recomendaciones no sólo literarias, sino artísticas en general. El género mediante el cual nos mueve al arte es, si no me equivoco, la biografía —Hernán A. Isnardi las llama crónicas—, una biografía compacta, ágil e informada con los datos más relevantes del personaje perfilado.
Pero no se piense que los asedios biográficos de Forn acometen a los sujetos para dar como resultado fichas de solapa, frías y más tiesas que un cadáver. Lo que Forn hace, creo, es combinar perfectamente la información con el arte de relatar, de suerte que el resultado siempre deja la impresión de que debemos correr a leer el libro, ver la película, oír la canción o buscar la pintura del sujeto escudriñado. Ahora bien, el truco de estas lecciones de biografía sintética se ciñe a una gran escuela: la de Marcel Schwob.
Para entender mejor lo que afirmo, traigo unas palabras de Francois Dosse, quien en El arte de la biografía. Entre historia y ficción (UIA, 2007), observa: “Schwob considera que el arte del biógrafo emana de la capacidad de diferenciar, de individualizar, incluso a personalidades que la historia ha reunido. Debe ir a la busca del detalle más ínfimo, minúsculo, que se esfuerce por recordar lo mejor posible la singularidad de un cuerpo, de una presencia. Schwob encuentra el instinto del biógrafo en Aubrey, cuando revela a su lector que a Erasmo ‘no le gustaba el pescado, a pesar de haber nacido en una ciudad pesquera’, que Hobbes ‘se volvió calvo en su vejez’ o que Descartes ‘era un hombre demasiado sabio como para ocuparse de una mujer; pero, como era hombre, tenía los deseos y apetitos de un hombre y, por tanto, mantenía a una bella mujer de buenos antecedentes a quien amaba’. De acuerdo con Schwob, el biógrafo sólo tiene que crear, a partir de la verdad, rasgos humanos, demasiado humanos, aquellos que correspondan a lo único. Su error es creerse hombre de ciencia. (…) Poco importa entonces que el personaje sea grande o pequeño, pobre o rico, inteligente o mediocre, probo o criminal, puesto que cada individuo sólo vale por aquello que lo hace singular”.
Así entonces, o al menos muy aproximadamente, procede Forn: sus personajes destacan no por las hazañas que impulsaron o por sus grandes obras, sino por algo que podemos denominar caldo inferior constituido por el ambiente, las inclinaciones, los accidentes y los caprichos que se ven reflejados en pequeñas acciones singularizadoras, individualizadoras. En efecto, cada vida tiene algún componente que la hace ser distinta. El arte del biógrafo consiste en rastrear/destacar el elemento diferenciador, de ahí que, al detectarlo, casi pasen a un segundo plano las realizaciones más visibles del personaje elegido.
El primer tomo de Los viernes reúne 52 entregas (o columnas, pues por haber aparecido en un espacio periodístico fijo pueden ser abrazadas por ese género), cada una referida a un personaje distinto. Predominan los escritores, pero en el catálogo también figuran cineastas, cantantes, fotógrafos y pintores. Aunque la extensión de cada pieza ronda las cuatro a cinco páginas, todas dan la impresión de ser más amplias, como si las agrandara el eco que dejan en la memoria del lector.
Además de su buena prosa —prenda de suyo agradecible si consideramos que las contratapas originalmente fueron trabajados para la prensa, con todos los apremios que esto implica—, Forn exhibe una puntería de arquero medieval para las citas. Lector fino, siempre tiene precisión para entresacar palabras justas, muchas veces deslumbrantes. Por ejemplo, cuando cita a Freud en el retrato de Marie Bonaparte: “La gran pregunta que nunca recibe respuesta y yo no estoy capacitado para responder, después de treinta años de estudios sobre el alma femenina, es qué desea la mujer”; o a Faulkner: “El problema de los jóvenes poetas es que aman su caligrafía como el olor de sus propios pedos”; o a Monterroso: “A todos escritor debería prohibírsele por decreto publicar un segundo libro hasta que él mismo logre demostrar que su primer libro era lo suficientemente malo como para merecer una segunda oportunidad”; o a Natalia Ginzburg: “Conocemos bien nuestra cobardía y bastante mal nuestro valor”; o a Nabocov: “El lector de Pushkin siente que su capacidad pulmonar crece”; a Renato Leduc (¡sobre Agustín Lara, nuestro “músico-poeta”!): “Al mirarlo por primera vez, uno sentía que ya había visto ese rostro en alguna piedra rota, en un pájaro mínimo o en la arena calcinada por el sol del Caribe. Era una miniatura de tamaño natural”.
Gracias a los detalles que Forn saca a la superficie, la prosa siempre afilada y las citas inmejorables asistimos pieza tras pieza a biografías estimulantes, pequeños trampolines para buscar por nuestro propio pie algo más de los personajes dibujados. Creo que a fin de cuentas eso es lo que desea un lector, el contumaz lector que es Forn: convidarnos un placer, movernos a la búsqueda de más y más asombrosas páginas.

miércoles, octubre 15, 2014

Leer a (y según) Sasturain










No sabía que Juan Sasturain andaba en México. Se apersonó, según leo, en la Feria Internacional del Libro en el Zócalo, donde dialogó con Taibo II sobre, claro, literatura. A Sasturain lo conocí en 2007, en la FIL de Guadalajara, y ya era lo que sigue siendo: uno de los mejores escritores argentinos de este tiempo. Desde entonces he ido sumando lo que he podido de su obra, lo que he hallado a merced, aunque no precisamente en México. Tengo pues parte de lo que ha escrito en tres géneros: cuento, novela y artículo periodístico. Para nosotros lo más fácil es leerlo mediante la prensa, pues es colaborador habitual de, sobre todo, Página/12. Allí, mediante internet, podemos calar su buena prosa, sus siempre ingeniosos enfoques de la realidad, como aquel deslumbrante correlato titulado “Lionel Messi, autor del Quijote” (búsquenlo y verán que no exagero; trata sobre el “plagio” de Messi al más famoso gol de Maradona).
Apenas hace unas semanas, en el puente propiciado por los días llamados “patrios”, leí de un jalón Los sentidos del agua, espléndida novela escrita en clave humorístico-policial. Lo asombroso (esto puedo presumirlo muy poco, dado que mi vista ya anda cascabeleando) fue que me la eché, como digo, de dos sentadas, y eso que no es un libro tan breve. ¿Qué pasó, entonces? Pues que la prosa de Sasturain, ágil y poética a un tiempo, aunada a las bondades de la anécdota que allí cuenta y a la administración del suspenso, facilitan el hechizo.
Este autor estuvo o está, pues, en nuestro país, y ayer, en entrevista para La Jornada, habló sobre la lectura, uno de esos beneficios personales y sociales que lamentablemente está en peligro de extinción. No es, obvio, infrecuente que a los escritores les pregunten sobre la lectura. De hecho, es tan común como la pregunta “¿en qué se inspira usted para escribir?”. Con gusto leo que Sasturain no da recetas, o da una sola, la única importante: que leer es o debe ser una forma del placer, una manifestación más, entre las muchas que hay, de la alegría ingresando a nuestras vidas.
Quienes, por cualquier razón, leemos, sabemos que la dualidad lectura/placer es fundamental, indisociable. De hecho, no podemos concebir ese acto como una obligación o como un castigo; ni siquiera, incluso, como una pose para lucir muy fufurufos así nomás, sino como una experiencia casi sinonímica de la felicidad. El énfasis, entonces, de cualquier recomendación, campaña o propuesta de fomento a la lectura debe estar puesto en el placer, no en las abominables amenazas que a veces son infligidas a los no lectores, ésas que los condenan al infierno de la ignorancia o les prometen un futuro sin progreso. Ciertamente, no leer a veces acarrea consecuencias de esa índole (sobre todo de la primera, la ignorancia), pero es peor, a mi juicio, o casi peor, no informar que leer puede servir acaso, quizá, es posible, para añadirle un poco, aunque sea un poco, de alegría a nuestra apaleada existencia.
“La pregunta es si somos lectores habituales, ¿por qué lo somos? Porque nos gusta y encontramos placer en hacerlo. Primero leí, porque disfruté de ello y quise seguir leyendo porque encontré en el ejercicio de la lectura un modo de placer. Hay muchas formas de placer, y la lectura es básicamente un acto placentero”, apunta Sasturain.
El escritor argentino abunda sobre la lectura y las nuevas tecnologías, e insiste que la naturaleza de esta práctica debe inclinarse en primer término al hedonismo. Todos los otros beneficios, que los hay, vendrán por añadidura. Así entonces, a refrenar en las escuelas y en los hogares y en los medios de comunicación la inquisitorial noción de la lectura obligatoria y destacar el otro enfoque: la lectura placentera que por serlo puede convertirse en simple y cotidiana alegría.

lunes, junio 30, 2014

Piquita con Juan Sasturain



Uno de mis escritores ídolos es Juan Sasturain. De hecho, lo tengo como modelo tardíamente descubierto. Su apellido me sonaba desde hace varios años, pero fue en 2005 cuando comencé a leer algunos de sus artículos en la prensa argentina. Me gustaron su desenfado, su tono confesional, su posición crítica y su pasión futbolera. En más de un aspecto me recordó a Soriano, así que el negocio de mi admiración por Sasturain fue, es, redondo, tan redondo como un balón de fut. Lo conocí personalmente en la FIL. Fue en 2007, en una mesa que compartió con Roberto Fontanarrosa y otros intelectuales que cometieron la divertida insolencia de dialogar sobre goles y jugadores. Creo que le regalé un librito y me tomé una foto con él en la que luzco una barba horrible aunque, por supuesto, menos escandalosa que la del incipiente actor Diego Fernández de Cevallos.
Hace poco leí Picado grueso (Página 12, Buenos Aires, 2008, 126 pp), librito de cuentos escrito por Sasturain (“picado” en argentina equivale en México a “pica” futbolera, es decir, a cascarita). Son, obvio, relatos sobre futbol, aunque es necesario advertir desde ya que los de Sasturain, como los de muchos narradores argentinos, no son a veces cuentos sobre fut, sino sobre vida, referentes a los problemas habituales de la existencia humana pero con alguna pizca de futbol en sus pasajes.
Los escritores uruguayos y argentinos han encontrado un modo sabrosamente mañoso de no separarse del futbol. Simplemente lo han convertido en tema oblicuo, sesgado con respecto de la narración tronco. En mayor o menor medida, puede aparecer en todos los relatos, pero lo fundamental en cualquier caso es lo otro, la parte, digamos, no futbolera de la historia. A la vera del conflicto eje, el futbol es como un condimento, como un anzuelo, la parte a veces invisible pero constante de relatos que a los empedernidos del fut (como al reseñero que aquí opina) les crea una impresión de realidad ya que, como sucede en la vida de cualquiera, los líos de la existencia no están separados de los comentarios que aquí y allá decimos o escuchamos sobre fucho. Es como estar, por ejemplo, asfixiado de deudas y al mismo tiempo desear que al menos gane el equipo al que le vamos para mitigar en algo la desolación.
Así los cuentos de Sasturain. En todos es claro que deambula el fut, pero también lo es que se hace acompañar de los pequeños y grandes conflictos que hacen de la vida un hervidero de miserias y a veces, por qué no, un espacio idóneo para el heroísmo anónimo. Si no conté mal, son 21 cuentos, todos escritos con una prosa sencilla y maliciosa, todos hábilmente tejidos para llevarnos a la esperada sorpresa que caracteriza los finales cuentísticos.
En el prólogo, Sasturain hace casi innecesariamente esto, una confesión que, mutatis mutandis, podríamos firmar muchos: “Supongo que no sé exactamente si terminaré siendo lo que quise ser. Probablemente no. Pero es cierto que si ahora (todavía) quiero y trato de ser escritor y a veces lo soy, hubo un tiempo en que quise ser jugador de fútbol. (…) la cosa estaba bien clara en cualquier test que me hicieran al fin de la primaria y era evidente cuando a los 18 vine a Buenos Aires por primera vez con dos propósitos: estudiar Literatura en la UBA y probarme en San Lorenzo, donde tenía un tío dirigente. Pero me sobraba edad y me faltaban aptitud y perseverancia, así que pese a terminar fichado en Lanús largué pronto, y los libros y la recién descubierta militancia me llevaron el tiempo y las energías para otro lado por unos años”.
Sasturain dice “por unos años”, o sea, no por mucho tiempo se colocó lejos del futbol, ya que pronto aprendió a conciliar su apetito de literatura y política con el otro, el apetito de Boca y de goles, el apetito de canchas y polémicas. El espacio en que se conciliaron las dos o tres pasiones (literatura, política y futbol) fue la escritura, como lo evidencian los cuentos de Picado grueso. No es posible resumir ni un argumento de un libro con tantos relatos; sólo diré, para terminar, que son memorables “El búlgaro”, “Bronces”, “Sportivo Virreyes” y “The Cleveland Rush”, pero todos dicen algo. Sasturain es uno de esos pocos que tiene la mala costumbre de tocar siempre la tecla correcta así en periodismo como en literatura. Suertudo.

miércoles, junio 11, 2014

Libros sobre la cancha









En 2006 escribí relatos (los relatos que fueron la patada inicial para Polvo somos, mi libro con cuentos futbolísticos publicado por Arteletra-Axial, 2014, 134 pp.) y en 2010 atormenté el teclado con más relatos y algunos acercamientos, digamos ensayísticos, al futbol no como deporte, sino como nostalgia. Llevo pues dos vinculamientos futboleros e intensivos en sendas etapas mundialistas, así que durante la que comenzará mañana seguiré una tónica relativamente afín: ahora escribiré reseñas de libros que a mi parecer pueden servir, con el pretexto del futbol, para invitar a la lectura. Se trata, pues, de títulos articulados por autores que han campechaneado su pasión, o al menos su indisimulado gusto, por el fut con su, ésta sí, descarada vocación literaria.
Hasta hace poco, la relación de los llamados “intelectuales” con el deporte en general y con el futbol en particular no fue del todo amable. La idea generalizada estableció que son dos esferas muy distantes. Según el cliché, por un lado los futbolistas eran vistos como hombres de acción, sujetos atados al desarrollo de sus capacidades musculares y, por ello, ajenos al cultivo del pensamiento; por otro, los intelectuales, se creía, eran bichos sedentarios y divorciados por completo de cualquier actividad que les exigiera un esfuerzo mayor al de mover las manos, las neuronas y los pulmones (esto último para exhalar el humo del cigarro). Unos se relacionaban a la frivolidad de la carrera y el cabezazo, del sudor y el grito; los otros, al silencio y la concentración, a la soledad y a un inconfeso apetito por “trascender”.
Apuntalado además por la idea de que hacer el juego al futbol era apoyar las evasiones colectivas a los problemas verdaderamente apremiantes de la sociedad, el estereotipo resistió hasta donde pudo. El gusanito del gusto futbolero poco a poco fue avanzando y de esporádicos cuentos y poemas —como el prehistórico “Juan Polti, half-back”, de Horacio Quiroga, o “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti— pasamos a libros enteros dedicados al tema. Entre las décadas del ochenta y del noventa la tensión fue desapareciendo y junto con este relajamiento aparecieron obras que amasaban tópicos flagrantemente futboleros sin perder su afán estético o su filo crítico.
Tal es el caso de El futbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995), acaso el libro sobre futbol más visible creado por un intelectual de izquierda en América Latina. Y no fue la excepción, sobre todo en el contexto de Argentina, Uruguay, Chile y México. Por ejemplo, el ameno Fútbol argentino, de Osvaldo Bayer, también autor de La Patagonia rebelde y uno de los intelectuales más comprometidos de su país. El caso es que desde diferentes ópticas, en distintos géneros, con el ingrediente del futbol profesional o callejero en el centro o en la periferia de sus obras, muchos escritores han trotado en esta cancha y a mi parecer no son escasas las piezas poéticas, novelísticas y sobre todo cuentísticas estimables.
La lista de autores es ya significativa: Soriano, Fontanarrosa, Llinás, Sasturain, Sacheri, Villoro, García-Galiano, Garrido, Letelier y muchos más, tanto que es mejor ir despachando algunas de sus obras poco a poco, como lo haré en las próximas entregas de esta columna llanera y solitaria.

domingo, junio 26, 2011

Las palabras y los goles



El pasado martes 21 de junio participé en una mesa redonda organizada por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón. Trató sobre literatura y futbol, y quedó enmarcada en las actividades que la citada dependencia cultural ha propuesto mientras Torreón es sede del Mundial Juvenil. En la actividad participamos Alejandro Rodríguez Santibáñez, Yohan Uribe, Édgar Morales y yo. Moderó Carlos Velázquez. El texto que ofrezco a continuación es la versión completa de lo que preparé; por falta de tiempo, en la mesa sólo leí algunos fragmentos.

Las palabras y los goles

Jaime Muñoz Vargas

El título foucaulteano de esta aproximación no quiere hacer denso lo sencillo. Es sólo que desde mi iniciación en las artes del balompié callejero, experiencia que data casi exactamente de 1976, las palabras estuvieron muy cerca de mi práctica futbolera bajo los diversos soles de la comarca nuestra. En efecto, casi al mismo tiempo en mí nacieron el gusto por leer futbol y el placer de desempeñarlo. Entraba a la secundaria Ricardo Flores Magón, de Lerdo, mi verdadera alma mater, cuando fui secuestrado por el balón. Vivía aún en Gómez Palacio y, como lo platiqué hace poco en la Normal Superior Cursos Intensivos, no sé qué fue primero: si la obsesión de leer sobre futbol o la de hacer cuanto fuera posible para librarme de mis responsabilidades escolares con el descarado propósito de tirar el tiempo en canchas grandes o pequeñas, donde fuera con tal de patear una de gajos.
Durante varios años, tres o cuatro, compré religiosamente todas las revistas futboleras que llegaban a Gómez Palacio. Eran pocas, en aquella época las publicaciones no abundaban, pero las cuatro o cinco que lograban aterrizar en nuestros polvos eran para mí un regalo semanal. Recuerdo que me ahorraba el gasto del refrigerio escolar con tal de adquirir aquellas revistillas de humilde monta que sin embargo, para mí, eran oráculos. Compraba y leía de orilla a orilla Pénalty, Balón, Sólo Futbol y los cómics Chivas Chivas Ra Ra Ra y Aventuras de Borjita. Cinco en total. Las leía y las coleccionaba, así que me hice especialista consumado en datos sobre las vidas y las obras de los jugadores y los equipos setenteros. No es necesario aclarar que toda la información se relacionaba con nuestro país, cuando mucho con alguna que otra referencia sobre el extranjero pero siempre a propósito de los fuereños contratados por equipos de acá. Era la época postricampeonato cruzazulino, así que fui fácil presa, hasta la fecha, del fervor cementero. Pero aprendí todo de todos los que en aquel momento sudaban casacas en el balompié nacional: Cabiño, Pata Bendita, López Salgado, Rodolfo Montoya, Eladio Vera, Astroboy Chavarín, Velarmino de Almeida Jr. Nené, Carlos Reynoso, Ítalo Estupiñán, Rafael el Tucumano Albrech, Roberto Salomone (quien alguna vez clavó seis en la goleada 11 a 3 del León contra Torreón), Carlos Eloir Peruci, Juan José Muñante (el jet de Perú, según Ángel Fernández), Alberto Quintano, Miguel Ángel Cornero, Rubén Ratón Ayala, Héctor Hugo Eugui, Héctor Santoyo, Velivor Milutinovich, Walter Gassire, Daniel Mantegazza, Carlos Jara Saguier, Cristóbal Ortega, el primer Hugo Sánchez que fue tan bueno como el último Hugo Sánchez, Ricardo Brandón, Spencer Cohelo, Benito Pardo, Manuel Manso, Eusebio (la Pantera Negra de Mozambique) que vino como insigne cartucho quemado al Tigres, Gregorz Lato, el pelón y volador polaco que también vino como insigne cartucho quemado al Atlante, Milton Carlos (quien usaba los shorts más grandes y abombados que he visto en mi vida), Juan Carlos Cenoriky, Chepe Chávez, Berna García, Guarací Barbosa, Osvaldo Batocletti y un etcétera tan largo que no cabe en el espacio disponible de este texto.
De aquellas lecturas juveniles que no fueron literarias, sino periodísticas, pero que disfruté como si de cuentos se tratara, cargo pasajes que jamás cayeron de mi memoria. Por ejemplo, Miguel Marín declaró en una entrevista que alguna vez tuvo un accidente con unos cables eléctricos que a la postre casi le inmovilizaron ciertos dedos de una mano, y que con todo y eso comenzó su carrera de guardameta jugando para el Vélez Sarsfield. El año pasado fui a un partido de Vélez, El Fortín, contra Chacarita en el estadio José Amalfitani, en el barrio de Liniers, de Buenos Aires, y no pude no pensar en el famoso Supermán que tapaba hasta el paso del aire en la portería de Cruz Azul.
Otra anécdota se relaciona con el deslumbramiento que me producían las palabras, lo que empezaba por los nombres propios de los extranjeros, sobre todo (¿cómo no quedar seducido, verbigracia, por un nombre como Amaury Epaminondas?). En la literatura deportiva encontré mis primeras palabras ajenas al habla cotidiana, algunas muy extrañas. Yo era un niño cuando leí por primera vez la palabra “hippie”. No tenía un marco referencial que ayudara, no había Google y el inglés no estaba tan de moda, así que la leía y la pronunciaba “ipie”. Pues bien, me topé con esa palabra por primera vez en una entrevista de Pénalty a Leonardo Cuéllar, aquel melenudazo que jugó cien años para los Pumas y que ahora entrena a la selección femenil mexicana; Cuéllar era apodado por Ángel Fernández El León de la Metro Goldwyn-Mayer, y cuando fue cuestionado por su look, declaró, quizá para quitarse de encima el estereotipo de mariguano y joto que cargaban todos los greñudos, “No soy hippie”, esto en la mismísima cabeza de la entrevista.
Así recuerdo muchas citas, comentarios de jugadores que dejaban entrever sus vidas gracias a los diálogos periodísticos que yo leía como si se tratara de ficción. La vida aún no me había puesto libros al alcance de los ojos, no había Aquiles ni Quijotes a quienes admirar, así que me refugié sin querer en la profana admiración de los jugadores.
Mientras hacía crecer el arsenal hemerográfico me di tiempo para jugar en cuanto espacio quedaba a merced de los pies. Jugué, como todos, en la calle, en campos de tierra, en canchas de básquet y hasta en la duela brillosa del auditorio Luis L. Vargas de Gómez, donde por cierto se dio la aburrida ceremonia en la que me entregaron la cartilla militar que según esto me hizo adulto (fui “bola blanca”). Mi mejor etapa como futbolista amateur se dio precisamente en la secundaria. No sólo jugué con el equipo de mi salón en los torneos internos, sino que alguna vez nos inscribimos en ligas extramuros y no lo hicimos mal. Formamos un buen equipo, todo lleno de apodos animales: el Gallina, el Caballo, el Lagarto, el Mula, el Perico. Recuerdo que con ese conjunto llegamos a ganar un campeonato en cierta liga gomezpalatina organizada por el PRI (conservo mi credencial de jugador), donde yo anoté un gol en la serie de penales definitiva. También recuerdo que alguna vez masacramos 14 a 0 a un equipo patrocinado por la espectacular firma comercial de El Panqué de Durango cuyo logotipo del bebé verdoso figuraba en sus vapuleadas playeras. En un partido de aquel torneo sufrí mi peor lesión. Fue en el campo aledaño al Seguro Social de Gómez (ahora allí hay un supermercado Casa Ley): en una descolgada yo iba encarrerado para afrontar solito al portero, pero una barrida por la espalda me tumbó; la mala suerte hizo que mi rodilla fuera a clavarse con una piedra filosa, lo que me rajó la piel y casi me dejó al aire los meniscos (conservo y presumo, como Cervantes sus achaques lepantinos, la cicatriz de aquella caída). También recuerdo que una vez fuimos a jugar a un ejido, de visitantes, y el campo estaba rodeado de público ranchero y malencarado, con caguamas a la mano, de suerte que cada vez que yo iba por un balón para hacer saque de banda, saludaba a los aficionados locales con total cordialidad, casi diciendo con el gesto que estábamos decididos a perder costara lo que costara. Y lo cumplimos, cómo no.
Poco después, ya en prepa, ocurrió en mi vida el milagro de los libros. He contado en otros sitios cómo llegaron los primeros a mi primer estante, un casillerito de guardarropa que pronto comenzó a poblarse de más y más libros hasta ser insuficiente y provocar la hechura de un librero que también, pasados los años, fue insuficiente y provocó la fabricación de más libreros que a la postre siguen siendo insuficientes. Muchos años di la espalda al futbol escrito. No sólo porque consideraba frívolo leer periodismo futbolero, sino porque en realidad no se producía más que eso: periodismo futbolero, todo de coyuntura. En los años de mi formación descubrí un cuento sobre el tema. Ese relato fue escrito por uno de mis más admirados narradores: me refiero al cuento “Puntero izquierdo”, de Benedetti. Pero un cuento no hace verano, y todavía a fines de los ochenta no había mucha narrativa ni poesía ni ensayística sobre futbol.
Creo, y esto apenas es una corazonada, que el gran brinco literario del futbol se dio gracias a un hombre, a un hombre muy extraño, porque en su juventud fue un jugador de alta calidad y ya retirado se convirtió en directivo y periodista igualmente notable. Me refiero por supuesto a Jorge Valdano, quien además de ser campeón del mundo junto a Maradona en México 86, tenía y sigue teniendo la cabeza muy bien amueblada, las ideas en orden y la sagacidad para escribir con la misma solvencia que alguna vez mostró en las canchas. No quiero decir que fue Valdano quien primero expuso un estilo rico en imágenes para describir el futbol y sus orillas, sino que su posición de estrella internacional y su buena pluma propiciaron que muy pronto los lectores fijaran su atención en él y en su estilo para describir algo que la crónica habitual no había logrado: el futbol también podía ser dicho con literatura, con buena prosa, con imágenes que añadieran poesía a un tema generalmente comunicado con dimes y diretes pedestres.
Valdano comenzó pues a escribir artículos maravillosos y luego armó la antología de cuentos de futbol publicada por Alfaguara. Eso, más la promoción ya descomunal y globalizada, internética, del balompié, atrajo la atención de millones de lectores; eso a su vez, obvio, sacó del anonimato a muchos autores y produjo a otros. Tras el auge de Valdano todos comenzamos a conocer mejor a Eduardo Galeano, cuyo libro El futbol a sol y sombra es acaso el más visitado de cuantos hay escritos sobre el tema; o a Juan Villoro, que con su Dios es redondo se colocó entre los pilares del negocio. Lo importante aquí, vale destacar, es que muchos intelectuales serios ya no eran vistos con sospecha si escribían sobre futbol, como si de golpe hubieran obtenido una especie de salvoconducto para convertirse asimismo en Quijotes de la cancha. Sobre esto no quiero olvidar el libro Futbol argentino, una veloz historia escrita por Osvaldo Bayer. Quienes tengan alguna idea de quién es Bayer, de su trayectoria como investigador y crítico, entenderán mejor que el “permiso” para escribir sobre futbol quedó abierto para todos.
He leído y respeto a muchos escritores mexicanos que han arado el surco del futbol. El ya mencionado Villoro tiene sus crónicas; Javier García-Galiano, la estupenda novela Cámara húngara; Felipe Garrido, unos cuentos cortos publicados en Del llano; Luis Miguel Aguilar ha escrito, creo, el mejor y más divertido poema mexicano sobre fut, “El futbol de antaño”; Mariño González su novela Fútbol y acá, entre los laguneros, Alejandro Santibáñez publicó hace poco puso en circulación El vendedor de futbol. También recuerdo que Marcial Fernández, de editorial Ficticia, tiene una colección de literatura con tema deportivo donde el futbol alcanza espacio. No menciono las historias de Clío, o los libros auspiciados por los propios clubes, como el lujoso ejemplar que recientemente editó el Santos Laguna. Pese a esto, conozco más y mejor lo escrito sobre futbol en otra latitud, en la Argentina. Creo que allí se está escribiendo, desde hace mucho, la mejor literatura policiaca y futbolera en español. Algo han hecho los argentinos para escanciar del estadio a la cuartilla, con una armonía asombrosa, el humor, la pasión y la aventura que gestan el fut. En esta materia hay un capo, un jefe máximo: es Roberto Fontanarrosa, el Negro, quien por dos flancos supo apretar la pinza de su fervor “canalla”: primero, con su historieta Semblanzas deportivas, y segundo, con sus cuentos. En ambos casos, el registro es poderosamente cómico, con un aliento narrativo que huele profundamente a césped.
Pero hay más, muchos otros narradores de gran empaque. Los tres que más destacan, a mi juicio, son Juan Sasturain, Alejandro Dolina y Eduardo Sacheri. En los tres resalto la capacidad para imbricar el tema del futbol con la vida cotidiana del jugador y del aficionado, lo que imprime a sus cuentos un aspecto de verismo que sólo es comprensible viviendo en el futbol, es decir, que sólo quienes han jugado, visto y hablado de futbol saben que encierra verdad. Por ejemplo, los cuentos de Picado grueso, de Sasturain, cuentan historias que casi están al margen de las canchas y los goles, y que son futboleras en la medida en la que este deporte constituye parte del imaginario coloquial en cualquier barrio argentino. Algo similar ocurre con Sacheri: sus numerosos cuentos arracimados en Esperándolo a Tito y Lo raro empezó después son dechados de viveza narrativa, de soltura a la hora de echar pimienta futbolera al guiso de la vida; Sacheri es el autor de la novela El secreto de sus ojos (donde también hay alguito de fut), que luego fue filmada por Juan José Campanella y ganó el Óscar a la mejor película extranjera. El tercer autor es el escritor, actor, cantante y locutor Alejandro Dolina, quien ha trazado historias breves sobre fucho con un ingrediente imprescindible: el de la mitificación popular, el de la creación de pequeñas leyendas en los barrios opacos que sólo tienen al fut como posible escenario del heroísmo. He aquí, porque es breve y se deja citar muy fácilmente, una estampa de Dolina (“El tipo que andaba por allí):

Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia.
Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.
Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo. Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno.

Mucho puede decirse ahora el matrimonio del fut y la literatura. Creo que a muchos nos gusta esto simplemente porque de la calle y las gambetas pasamos, de casualidad, sin querer, a las palabras. Es, como todo, algo misterioso, casi incomunicable. Yo no lo defiendo ni lo ataco. Simplemente lo acepto como otro de los espacios en los que encuentro felicidad, la misma felicidad que brevemente, que magistralmente, que conmovedoramente describió un poeta al que admiro mucho pese a que es casi desconocido: me refiero a José Pedroni, quien en su poema “Futbol”, epígrafe de un libro mío ya encaminado, dice lo que sigue:

Yo conozco el artista del humor desapasible,
y el grave, que en un mundo de soledad se encierra,
y el cargado de gloria que nunca está visible.
A mí me gusta el fútbol. Hay de todo en la tierra.

Nunca pude entenderme con esta gente extraña
que para oír su canto del canto se destierra.
A mí me gusta el bosque, la calle que no engaña,
la multitud, el fútbol... Todo es grato en la tierra.


Nota: La foto que encabeza este post data de 1970, aproximadamente. En ella figuarmos mi tío Jesús Esquivel y mi padre, Rogelio Muñoz. Abajo, mi hermano Luis Rogelio en estilera pose de shortstop, y yo, como siempre tímido, condenado al futbol en un lugar, San Felipe, Durango, adicto sólo al beis en aquellos lejanos entonces. Ojo con el número en la franela de mi hermano: es el 1/2. Y no es por nada, pero mi jefe y mi tío fueron buenos peloteros. En la pinta se les nota.

miércoles, junio 30, 2010

Matrioska de sueños



Juan Sasturain, el gran Juan Sasturain, ha afirmado que tiene un sueño terco y lo ha expuesto así: “El único sueño recurrente que me acompañó por mucho tiempo era apenas una situación futbolera, una jugada inconclusa: venía un centro alto y pasado desde la derecha y yo entraba libre del otro lado para definir. El sueño se suspende ahí, en la duda de darle de primera y de volea con una zurda inepta con el riesgo de mandarla a los caños (o de hacer el gol memorable) o en bajarla, buscar otro perfil, asegurar el destino y, tal vez, perder la oportunidad”.
Cuando leí eso noté que nos pasa algo similar a muchos ex jugadores que no pasamos el perímetro de la mediocridad cascarera. Yo no tengo un sueño pertinaz, pero sí una visión conciente y reiterada; se da en cualquier lugar, a cualquier hora. Digamos que estoy en la banca de un parque o en una sala de espera; para alejar las preocupaciones que me estresan mi mente comienza a trazar un mapa del terreno: veo los árboles, las puertas, los pasillos y de golpe imagino una situación de tiro libre, imagino un balón en el piso e imagino cómo debo perfilarme y patear para colocarlo en el ángulo de un árbol y su rama o en el de una puerta.
No sé si los psicólogos tienen un nombre para eso que jamás me abandona (supongo que es una evasión): golpear una pelota, sacar un chanflazo, librar una barrera y perforar un ángulo. No es un sueño, sino un acto racional, quizá un tenaz sedimento de las épocas en las que disparaba con el balón real para que hiciera combas y pegara en una portería pintada en la pared de un rústico patio gomezpalatino, el de mi casa.
El único logro público que alcancé con todo ese entrenamiento se dio en la Expo-Feria de Gómez hace como diez años. En un pabellón comercial de Lala había una portería dibujada en una amplia lona de vinil impreso con publicidad. La lona tenía, colocados en los ángulos superiores e inferiores, cuatro hoyos con diámetros apenas más grandes que un balón. Una enorme fila de hombres esperaba su turno para patear un penal y clavarlo en cualquiera de los ángulos, eso mientras dos edecanes con licra ad hoc animaban bailadoras al lado de una mesa con regalos. Yo iba con mi esposa y le dije que se me antojaba probar suerte. Aceptó esperarme, me formé y poco después de mí también se formó mi único testigo imparcial: el arquitecto Fernando Máynez, primo de mi amigo Alfredo Ídem. La fila avanzó y nadie logró anotar. Llegó mi turno y como durante la espera calculé que mi tiro iría al ángulo inferior izquierdo, así lo hice y anoté limpiamente. La gente aplaudió y una edecán me dio el premio consistente en un pinchurriento frasquito de yugurt para beber. No me importó la miseria del usufructo, pues yo estaba íntimamente feliz por mi gol, por la eficacia del entrenamiento con el que me había “mentalizado” (qué neologismo éste, señoras y señores) para anotar aquel pepinillo y demostrar que mi vida sí tenía sentido.
Hasta allí el relato de esa obsesión. Paso ahora a contar un sueño que espero no se convierta en testarudo fantasma. Lo viví durante la madrugada del lunes. En él, un sujeto con mi cara juega con la selección y enfrenta a la Argentina en un mundial. El juego lo dominan ellos hasta el minuto 25, pero luego hay una jugada confusa donde rebota un balón y un compañero me habilita cuando estoy metro y medio en fuera de lugar. Pese a ello, cometo el error de cabecear, la bola entra a la portería y el árbitro apunta al centro de la cancha. Los argentinos reclaman, pero el juez decreta gol. Entonces ocurre algo extrañísimo en el sueño: turbado, confundido, como soñando en el sueño, corro hacia el árbitro y le digo que no fue gol legítimo, que yo estaba en fuera de lugar. Las cámaras captan el instante, los argentinos presionan y se apoyan en mi dicho para que el silbante cambie la decisión. Al fin lo hace, anula el gol y entonces mis compañeros me reclaman. Algo como una iluminación me dice que hice lo correcto, pero dudo. El debate se abre y las repeticiones de mi aclaración al árbitro se ven en todas partes. Declaro que fue un acto intuitivo, pero lo aprovecho para decir que si bien México tiene fama de ser un país corrupto, todavía quedamos quienes deseamos demostrar lo contrario. Pese a la descalificación que obtenemos al final, soy tomado como ejemplo de fair play. Aquí se deshace mi sueño dentro del sueño, y cuando vuelvo a la realidad, es decir, al primer envase de esa matrioska de sueños, estoy festejando mi gol en fuera de lugar mientras los argentinos manotean iracundos frente al árbitro y el abanderado. Concluyo que también los sueños dentro de los sueños, sueños son.

domingo, junio 13, 2010

Goleada de la realidad



“La realidad supera a la fantasía”, asegura el muy gastado dictum. No creo que sea para tanto, por lo que ofrezco una leve modificación: la realidad a veces supera a la fantasía, como lo pude comprobar tras leer “30.000 voces”, texto de Claudio Morresi, ex jugador de futbol y, entre otras actividades, encargado de la Secretaría del Deporte dependiente del Ministerio de Desarrollo Social en la Argentina durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Morresi nació hacia 1962 en Buenos Aires, y, entre otros equipos, de 1980 a 1992 jugó para Huracán, River Plate, Independiente Santa Fe (de Bogotá) y Vélez Sarsfield. Su mejor momento lo vivió del 85 al 86, pues quedó campeón con los Millonarios en la liga argentina y además ganó las Copas Libertadores e Intercontinental; en ese River hizo una dupla memorable nada menos que con Enzo Francescoli. Antes de retirarse con Platense en 1992, Morresi jugó una media temporada en México; lo hizo para el Santos Laguna en el torneo 90-91.
El dato de su llegada a Torreón lo consigno así en la página 144 de mi nunca suficientemente saqueado libro La ruta de los Guerreros: vida, pasión y suerte del Santos Laguna (es la descripción de un juego contra la UAG celebrado a finales de 1990): “No era un gran orgullo, pero al menos se activó la ofensiva comarcana en el siguiente choque, pues Santos sacó un empate 4-4 del estadio 3 de Marzo. Los laguneros lograron ir arriba por 3-1, pero se dejaron alcanzar y hasta rebasar. Por los Tecos anotaron, dos cada uno, Uribe y Donizette, y por los Guerreros hicieron los suyos Ramón, David Solís y Juan Flores (2). En la semana que siguió a ese cotejo, una buena noticia dio ánimos a la afición irritila: proveniente del Vélez Sarsfield de Argentina, el mediocampista Claudio Alberto Morresi se incorporará al Santos para fungir como el ‘10’ que tanta falta hacía”.
Morresi debutó en el Corona; fue un juego que quedó 0-0 contra los Pumas, y media temporada después dejó el equipo. Veinte años pasaron para que yo volviera a saber de él, cuando hallé un texto suyo en el libro Tiros libres, el futbol en cuentos, poemas y crónicas (Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Colección Desde la gente, Buenos Aires, 2002), compilación de Jorge Boccanera. Me sorprendió muchísimo saber que escribía bien, y que en Tiros libres compartiera créditos con autores de la talla de Juan Sasturain, Eduardo Sacheri, Eugenio Mandrini, Juan José Panno, Juan Villoro, Rafael Alberti y el mismo Boccanera, entre muchos más. Por mail, le comenté a mi amigo Fabián Vique lo siguiente: “A Morresi yo lo vi jugar en el equipo de mi región. Estuvo un ratito en Santos Laguna”. Vique me recordó que Morresi había hecho muy buen papel en River junto a Francescoli y que ahora se desempeñaba como titular del deporte en el gobierno kirchnerista; es, me aclaró, “un tipo pensante”.
Quedé atónito cuando supe que aquel jugador argentino que vino en una pésima época santista era un “tipo pensante”, que escribía y era funcionario del gobierno actual en su país. Leí de inmediato el texto de Morresi, donde concilia el tema de los desaparecidos políticos durante la dictadura con el futbol. El título (“30.000 voces”) significa 30.000 desaparecidos, ciudadanos que además de la política seguramente también participaron del futbol al menos como hinchas. Por eso dice:
“30.000 personas van a concurrir a la cancha. Los jugadores, al ir por el túnel, esperan encontrar un estadio repleto.
Cuando en el centro del campo los equipos levantan la vista para saludar a las hinchadas, notan que las tribunas están tenebrosamente vacías.
En ese momento recuerdan que hoy es 24 de marzo y se cumplen 20 años del Golpe Militar que institucionalizó el Terrorismo de Estado.
En la tribuna Sur, que alberga a miles de personas, faltan los hinchas de Boca y River que fueron secuestrados de sus domicilios o lugares de trabajo, alojados en Centros Clandestinos de detención y luego de varias sesiones de tortura, arrojados desde aviones al mar.
En la tribuna Norte, no se encuentran los hinchas de Racing e Independiente, que luego de pasar por el mismo calvario del secuestro y la tortura, fueron acribillados a balazos y sus cadáveres esparcidos en descampados.
En la tribuna Este no figuran los hinchas de Huracán y San Lorenzo, encontrados años después en fosas comunes. Exterminados de las formas más perversas.
En la Oeste, no están los de Rosario y Newells, que antes de matarlas, esperaron que parieran para quedarse con sus hijos como botín de guerra…”
Más adelante, al cierre, dice:
“En el estadio vació, el partido está por comenzar.
Los jugadores empiezan a sentir cómo baja, de las tribunas desiertas, el aliento de las hinchadas.
Son 30.000 voces que no paran de cantar”.
Luego de las dos páginas que mide esa crónica imaginaria de Morresi, la ficha biográfica dice lo que ya comenté sobre la trayectoria futbolística y política de Morresi, y remata: “Su hermano Norberto Julio, de 17 años, fue detenido el 23 de abril de 1976 por fuerzas conjuntas y permanece desaparecido”.
Las últimas dos líneas terminaron por agrandar mi sorpresa, y aquí es donde la realidad pulverizó a la fantasía. Explico. En 2004 escribí un cuento titulado “Cross al ángel rubio”. Se me ocurrió por una nota periodística que narra cómo un hombre reconoció en la calle al represor Alfredo Astiz (“el ángel rubio de la muerte”) y, después de injuriarlo, lo derribó con un puñetazo. La idea era complicada, pero creo que la resolví bien y aquel cuento es uno de los pocos que no me disgustan del todo. Un mexicano viaja a la Argentina, entabla amistad con un tipo que también es escritor y lee mucho, es un intelectual especializado en la literatura de la época negra en la que los militares argentinos hicieron de las suyas (1976-1983). Poco a poco, gracias a la correspondencia vía internet, el mexicano conoce muchos detalles de aquel régimen, su reinado de sangre. Su interlocutor argentino le narra que le interesa el tema porque su hermano fue secuestrado y desaparecido. Para añadir un detalle circunstancial, hice que los hermanos argentinos del cuento, que tenían diez años de diferencia, jugaran futbol en los parques antes de que al mayor lo secuestraran: “Salió de casa aquella mañana y prometió llevarme a la tarde con él para jugar fútbol (así escribía futbol, con una ‘u’ larga y arrastrada por la tilde, fúúútbol, y no aguda como nosotros), para patear algunos penales en el parque, para enseñarme secretos de gambetas, caños y cabeceos”. Recuerdo que dudé un poco al incluir el tema del futbol, que tal vez no se vería muy lógico que un joven universitario y militante jugara fut con su hermano menor, pero así lo dejé. Unos años después, leo el caso de Morresi, el secuestro que sufrió su hermano mayor y el hecho de que también jugara al fut.
Cuando terminé “Cross al ángel rubio” (Ojos en la sombra, UAdeC, 2008, reeditado por el Conaculta en 2015) pensé que su tema, su trama y su tono podían parecer inverosímiles, casi increíbles. Al saber la historia de Claudio Morresi, el ex jugador del Santos Laguna, noto que me quedé corto, que la realidad muchas veces golea y no necesita de ninguna fantasía para dejarnos sin habla.