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miércoles, junio 05, 2019

Plan lagunero de lectura














En el auditorio de la Universidad Lasalle fue puesta ayer en marcha la campaña “Laguna: región de lectores”, proyecto coordinado por la Subsecretaría de Educación en la Región Laguna de Durango y apoyado por dependencias culturales, bibliotecas y universidades laguneras de ambos estados. La ceremonia contó con la presencia de Paco Ignacio Taibo II, escritor y promotor de la lectura que desde enero pasado encabeza el Fondo de Cultura Económica, la editorial más importante del Estado mexicano.
El programa de actividades que abarcará la campaña está precedido por una introducción que, entre otras ideas, afirma: “La deficiente lectura afecta la adquisición de nuevos aprendizajes en las escuelas, razón por la cual se ha buscado apoyar a maestros y directivos por medio de cursos, talleres, conferencias y eventos especiales con especialistas tanto de la SEP como de la UNAM. A partir de ello y considerando que la lectura es un asunto que no sólo compete a la escuela, sino que también corresponde a la familia y a la sociedad en su conjunto…”; así pues, el plan es incidir en diferentes espacios de la vida social para conquistar lectores, una de las metas a las que ha aspirado más insistentemente, aunque sin mucho éxito, la educación mexicana.
Desde que recuerdo he visto aquí y allá, siempre, emprendimientos cuyo fin es crear lectores. La pregunta que me hago es simple: ¿es posible hacer lectores donde no los hay? La respuesta me orilla invariablemente a los callejones sin aparente salida del realismo: es difícil crear lectores porque leer es un hábito que nace y se desarrolla, la mayoría de las veces, misteriosamente, es decir, sin una razón que parezca muy clara. No hay fórmulas, no hay manuales ni recetas. Sabemos, sí, que en la medida en la que los libros anden en casa, en la medida en la que haya bibliotecas, en la medida en la que sean accesibles por su precio y su buena distribución, en la medida en la que haya ferias, en la medida en la que los maestros también lean y entusiasmen, en la medida en la que el Estado y los medios de comunicación se involucren, todo junto, es viable la utopía de ganar nuevos lectores.
Se trata de un hábito que nace y crece con lentitud, principalmente por contagio, no por obligación, así que el primer paso es comenzar por no creer que es fácil. No, no lo es, menos ahora con tanta tecnología distractiva, y por eso mismo toda cruzada es bienvenida.

miércoles, octubre 15, 2014

Leer a (y según) Sasturain










No sabía que Juan Sasturain andaba en México. Se apersonó, según leo, en la Feria Internacional del Libro en el Zócalo, donde dialogó con Taibo II sobre, claro, literatura. A Sasturain lo conocí en 2007, en la FIL de Guadalajara, y ya era lo que sigue siendo: uno de los mejores escritores argentinos de este tiempo. Desde entonces he ido sumando lo que he podido de su obra, lo que he hallado a merced, aunque no precisamente en México. Tengo pues parte de lo que ha escrito en tres géneros: cuento, novela y artículo periodístico. Para nosotros lo más fácil es leerlo mediante la prensa, pues es colaborador habitual de, sobre todo, Página/12. Allí, mediante internet, podemos calar su buena prosa, sus siempre ingeniosos enfoques de la realidad, como aquel deslumbrante correlato titulado “Lionel Messi, autor del Quijote” (búsquenlo y verán que no exagero; trata sobre el “plagio” de Messi al más famoso gol de Maradona).
Apenas hace unas semanas, en el puente propiciado por los días llamados “patrios”, leí de un jalón Los sentidos del agua, espléndida novela escrita en clave humorístico-policial. Lo asombroso (esto puedo presumirlo muy poco, dado que mi vista ya anda cascabeleando) fue que me la eché, como digo, de dos sentadas, y eso que no es un libro tan breve. ¿Qué pasó, entonces? Pues que la prosa de Sasturain, ágil y poética a un tiempo, aunada a las bondades de la anécdota que allí cuenta y a la administración del suspenso, facilitan el hechizo.
Este autor estuvo o está, pues, en nuestro país, y ayer, en entrevista para La Jornada, habló sobre la lectura, uno de esos beneficios personales y sociales que lamentablemente está en peligro de extinción. No es, obvio, infrecuente que a los escritores les pregunten sobre la lectura. De hecho, es tan común como la pregunta “¿en qué se inspira usted para escribir?”. Con gusto leo que Sasturain no da recetas, o da una sola, la única importante: que leer es o debe ser una forma del placer, una manifestación más, entre las muchas que hay, de la alegría ingresando a nuestras vidas.
Quienes, por cualquier razón, leemos, sabemos que la dualidad lectura/placer es fundamental, indisociable. De hecho, no podemos concebir ese acto como una obligación o como un castigo; ni siquiera, incluso, como una pose para lucir muy fufurufos así nomás, sino como una experiencia casi sinonímica de la felicidad. El énfasis, entonces, de cualquier recomendación, campaña o propuesta de fomento a la lectura debe estar puesto en el placer, no en las abominables amenazas que a veces son infligidas a los no lectores, ésas que los condenan al infierno de la ignorancia o les prometen un futuro sin progreso. Ciertamente, no leer a veces acarrea consecuencias de esa índole (sobre todo de la primera, la ignorancia), pero es peor, a mi juicio, o casi peor, no informar que leer puede servir acaso, quizá, es posible, para añadirle un poco, aunque sea un poco, de alegría a nuestra apaleada existencia.
“La pregunta es si somos lectores habituales, ¿por qué lo somos? Porque nos gusta y encontramos placer en hacerlo. Primero leí, porque disfruté de ello y quise seguir leyendo porque encontré en el ejercicio de la lectura un modo de placer. Hay muchas formas de placer, y la lectura es básicamente un acto placentero”, apunta Sasturain.
El escritor argentino abunda sobre la lectura y las nuevas tecnologías, e insiste que la naturaleza de esta práctica debe inclinarse en primer término al hedonismo. Todos los otros beneficios, que los hay, vendrán por añadidura. Así entonces, a refrenar en las escuelas y en los hogares y en los medios de comunicación la inquisitorial noción de la lectura obligatoria y destacar el otro enfoque: la lectura placentera que por serlo puede convertirse en simple y cotidiana alegría.

domingo, marzo 20, 2011

Carlos Montemayor, humanista



Acepté gustoso el reconocimiento que me hace la comunidad de Ciudad Benito Juárez, Durango, no por el reconocimiento en sí, sino por el nombre que lo enaltece. Recibir una placa que de alguna manera me vincula con la memoria del maestro Carlos Montemayor es uno de los más emotivos y estimulantes espaldarazos que he recibido en mi vida como escritor. Saber, pues, que la presea que hoy me otorgan lleva su nombre me compromete a ser mejor, a mitigar en lo posible mis numerosos defectos y a destacar con toda fuerza mis escasas virtudes, si es que alguna tengo. Me honra, me honra mucho, que la comunidad organizadora de este festejo sea la Casa de la Cultura José Revueltas, de Ciudad Benito Juárez, Durango, y que estén presentes dos invitados que con su sola visita justifican una fiesta: Susana de la Garza, viuda de Carlos Montemayor, y Paco Ignacio Taibo II, amigo cercano del maestro parralense.
He escrito varios artículos sobre mi relación de lector y personal con el maestro Montemayor. La de lector ha sido, por supuesto, más intensa que la personal, pero en ambas formas de convivir con él he comprobado que es (no fue, pues su obra sigue viva) un humanista, más que un escritor. Un humanista en el sentido que las letras clásicas le dan al hombre que cabe en esa palabra, es decir, un sujeto comprometido con el pensamiento, con las ideas, con el saber, pero también con los problemas inmediatos de la gente, con la crítica a los abusos del poder, con el respeto sin orillas a la dignidad humana.
En efecto, Carlos Montemayor es todo eso. No sé por qué, pero al pensarlo así mi mente lo vincula con dos o tres personajes emblemáticos del saber y la justicia en el Nuevo Mundo cuando éste era escenario del violento choque cultural producido tras la llegada de los españoles. Al decir Montemayor, pienso en Las Casas o en Sahagún, es decir, en esos superhombres que no se conformaron con arar en los terrenos de lo etéreo, del conocimiento puro, y se entregaron al conocimiento de la vida cotidiana de los indígenas sobre todo para evitar la saña colonialista. Como aquéllos, Montemayor escribió para su alma, para acatar las exigencias de la estética y del conocimiento en sí, pero también para los demás, en este caso para acatar los imperativos de la ética. Ahora bien, sin el parangón con religiosos como Las Casas o Sahagún no funciona, puedo hacer una comparación con laicos: Montemayor es a México, por ejemplo, lo que José Carlos Mariátegui es al Perú; Rodolfo Walsh, a la Argentina; Roque Dalton, a El Salvador y Alejo Carpentier, a Cuba, hombres todos dotados de un exquisito sentido del arte y a la vez de un compromiso social inequívoco.
Esa es la razón por la que es posible hallar al Montemayor poeta, cuentista, traductor, filólogo, musicólogo y demás, y también al Montemayor periodista, historiador y político en el sentido digno que todavía pueda tener esta última palabra. La novela, creo, fue el terreno donde mejor se dio el fruto totalizador del humanista chihuahuense. Sin renunciar a las exigencias del arte, Montemayor desplegó allí su mirada crítica, su profundo amor a la verdad, su pasión por entender la dinámica de las luchas defensivas encaradas por los pobres de este país, su celo por desmontar y desactivar con su palabra las inmensas patrañas del discurso oficial.
Ese es el Montemayor más conocido para mí, el de sus libros y el de sus colaboraciones periodísticas. Al otro, al de carne y hueso, lo traté apenas cuatro veces. La primera en Chihuahua, en la pequeña casa sin muebles del poeta Enrique Servín, quien me invitó a una reunión donde sentó a los comensales en el suelo. Aquello se dio como en el 93 o 94, y tuve la fortuna de quedar a un lado del maestro Montemayor, ambos recargados a la pared y sentados como muchachos en la esquina. Yo era un chamaco, así que apenas pude, con timidez provinciana, sostenerle la conversación. Lo que no olvido es el cortés gusto que le dio cuando supo que a mí me gustaba escribir cuentos: “¡Cuentos!, muy bien, un género difícil, desenmascarador de charlatanes!”, fue lo que más o menos me dijo.
Luego lo vi otras tres ocasiones en la estepa lagunera. En 2003 presentó Las armas del alba en el Museo Regional de La Laguna, y cenamos con buen diente, junto a los escritores Saúl Rosales y Miguel Báez, al final de la ceremonia. Después, en 2007, lo encontré de nuevo en el Teatro Alberto M. Alvarado; esa mañana presentó La fuga, entonces su más reciente libro, y en la misma actividad cantó su amigo Óscar Chávez. La última vez que lo traté, veinte días antes de su partida física, fue, creo, la más cálida. Los amigos que lo trajeron a ofrecer una conferencia luego lo llevaron a comer y me invitaron. Lo que yo no sabía era que me darían el privilegio de comer al lado del maestro, así que aproveché la coyuntura para hacerle una entrevista informal que al día siguiente publiqué en mi columna. En esa misma reunión conocí a Susana de la Garza, su compañera, quien junto con el maestro Montemayor fue un dechado de amabilidad, la misma que ahora tiene al acompañarnos y ser acompañada al mismo tiempo por el maestro Taibo, amigo de lujo.
Hoy, a un año de su partida física, los mismos laguneros que muy seguido lo convidaban a traer su luz y su ejemplo, han decidido crear un reconocimiento cultural que llevará su nombre. Pensaron en mí para ser el primer afortunado en recibirlo, lo que agradezco profundamente a mis paisanos laguneros de Ciudad Benito Juárez, Durango. Esto me honra, por supuesto, y de paso, como dije hace algunos párrafos, me impone un compromiso: tomar la mano del humanista Carlos Montemayor y a mi paso, a mi modesto y pobre y trastabillante paso, tratar de seguirle la carrera.

Comarca Lagunera, 19, marzo y 2011
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Nota: en la foto, flanqueado por Paco Ignacio Taibo II y Susana de la Garza, viuda de Carlos Montemayor. El crédito de la foto es para Renata Muñoz, mi hija.

sábado, diciembre 25, 2010

Decena de zopilotes



Muchos creen que escriben mucho, quizá más de lo aconsejable, pero frente a casos como el de Paco Ignacio Taibo II casi todos los torrenciales parecen arroyito en tiempo de secas. ¿A qué hora hilvana Taibo II tantas y tantas cuartillas? ¿Qué no duerme? ¿Se dará algún momento para comer? Más allá de conocer sus métodos de trabajo, es evidente que todo puede resumirse en una imagen: su vida es estar encadenado a una silla, siempre con los dedos y los ojos puestos sobre las abrumadas teclas. De esa manera, entre los tabiques ya célebres como los dedicados al Che y a Pancho Villa, el papá de Belascoarán va sembrando arbolillos igual de interesantes, aunque de menor fronda. El ejemplo es Temporada de zopilotes (Planeta, 2009, 155 pp.), libro que atravesé hace poco gracias a que me lo recomendó Julián Herbert.
No se equivocó el escritor acapulqueño-saltillense: el libro de Taibo II sobre la Decena Trágica es un ágil recorrido por la cronología de esos diez días que estremecieron a México, a la historia de México desde entonces hasta, creo, nuestros horribles días. Lo he dicho en otras oportunidades: soy de los que ven en aquel hachazo a la incipiente democracia mexicana el punto de partida de nuestra antidemocracia sin solución de continuidad, es decir, el momento en el que comenzó todo lo que hemos visto luego: elecciones de partido único, caídas del sistema (1988), elecciones insufladas por el miedo (1994), supuestas transiciones (2000), robos en despoblado (2006) y regreso artificioso y pactado de los que sí saben gobernar (2012). El caso es, en esencia, el mismo: en democracia no hemos podido pasar de la edad lactante, como bien se vio durante el maderato abortado.
En 32 breves capítulos admiramos entonces la película de la desgracia maderista conocida como Decena Trágica. Con la prosa vivaz y a ratos algo atrabancada de Taibo II, nos acercamos primero al rastrero clima de oposición al régimen de Madero, los enredos provocados por los malentendidos, por la visión demasiado bonachona del presidente y por la acción directa de los conspiradores Manuel Mondragón, Félix Díaz, Bernardo Reyes, Cecilio Ocón y Rodolfo Reyes, quienes comenzaron la organización del golpe hacia finales de 1912 en La Habana. De ellos, Taibo II señala: “Los hombres del viejo régimen no sólo se sentían afrentados, no perdonaban Ciudad Juárez y la rendición de Díaz”.
La narración de ese instante de nuestra historia (febrero de 1913) sigue con el secreto a voces sobre la asonada. Por todos lados se veía venir el peligro del albazo, por todos lados se lo advirtieron al presidente (Gustavo, su hermano, se lo comunicó con énfasis), pero en todo momento fue minimizado por un Ejecutivo nada dispuesto a poner límite al avance de los levantiscos. En general, las escenas del golpe tienen un aura borrosa: un tumulto de sombras se mueve entre más sombras y la capital del país es un hervidero de averiguatas expresado en voz baja, casi en silencio, pero a la vista del mundo. Así comienza el ataque, entre lealtades y deslealtades, como siempre.
Vemos la muerte brutal e inexplicable de Bernardo Reyes luego de que fue liberado de la cárcel de Santiago Tlaltelolco, cómo lo acribillan frente a Palacio Nacional sin que se sepa hasta la fecha el motivo de su ataque sin sentido. Vemos cómo fracasa la intentona por apropiarse de Palacio y cómo los golpistas se refugian en la Ciudadela. Vemos también que hasta ahí el desorganizado golpe parece un fracaso. Aparece entonces la figura enigmática de Huerta, su falaz postura ante los hechos: cuando al fin le fue devuelto el poder militar, no aplasta a los levantados, no les tira la rienda. Los deja hacer, los conciente, y eso a la larga permite que se vayan sucediendo los hechos que terminan por afianzarlo en el control de la situación, en el arresto del presidente Madero, de Pino Suárez y del general Felipe Ángeles.
Por supuesto, toda cronología de la Decena Trágica tiene dos momentos supremos, dos pinceladas macabras: la muerte atroz de Gustavo A. Madero y, al final, la de su hermano el presidente y la de Pino Suárez, vicepresidente. Taibo II los reconstruye con rapidez y eficacia, y nos trae dos o tres distintas versiones de los hechos a partir de las declaraciones del mayor Francisco Cárdenas, asesino material de Madero. En toda esta historia no falta, no podía faltar, la presencia insidiosa, depravada, políticamente ruin de Henry Lane Wilson, embajador de Estados Unidos en México y maquiavélico atizador de los hechos que derivaron en el zarpazo mortal al régimen de Madero.
Temporada de zopilotes es un paseo rápido y eficaz por uno de los hitos de la historia mexicana. Vale echarle el ojo para recordar que desde entonces no hemos salido bien a bien de las patrañas.