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miércoles, agosto 23, 2023

Dos párrafos de la “Oración”











 

He escrito ya sobre la “Oración del 9 de febrero”, uno de mis textos favoritos de Alfonso Reyes. Recién lo releí (van como diez veces que paso el ojo por sus renglones) y al indagar un poco encuentro un dato extraño. El maestro Adolfo Castañón afirma que lo “Lo publicaría diez años después de la muerte del autor su viuda, Manuela, no se sabe si por encargo del autor o por casualidad al revisar ella los papeles del polígrafo”. Reyes murió en el 59, pero tengo la primera edición de Era de 1963, y otra casi idéntica publicada también por Era sesenta años luego, en 2013, en cuya cuarta de forros Christopher Domínguez Michael observa que Alfonso Reyes “dispuso la publicación póstuma —llevada a cabo por Ediciones Era en 1963”.

Como tengo la edición del 63, pensaré que estamos en el sexagésimo aniversario de la primera difusión de aquel valioso texto alfonsino. Lo escribió en Buenos Aires hacia 1930, tenía 51 años, y declaró allí mismo que “Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día”; se refiere al 9 de febrero de 1913, fecha en la que su padre comenzó el alzamiento contra el gobierno de Madero y cayó abatido en las puertas de palacio nacional.

Hay dos párrafos que me conmueven en la “Oración…”. Son estos:

“Con la desaparición de mi padre, muchos, entre amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria. Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas. Mis hábitos de imaginación vinieron en mi auxilio. Discurrí que estaba ausente mi padre —situación ya tan familiar para mí— y, de lejos, me puse a hojearlo como solía. Más aún: con más claridad y con más éxito que nunca. Logré traerlo junto a mí a modo de atmósfera, de aura. Aprendí a preguntarle y a recibir sus respuestas. A consultarle todo”.

“También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir en esclavizarme a la baja vendetta. Lo ignoré todo, huí de los que se decían testigos presenciales, e impuse silencio a los que querían pronunciar delante de mí el nombre del que hizo fuego. De paso, sé que me he cercenado voluntariamente una parte de mí mismo; sé que he perdido para siempre los resortes de la agresión y de la ambición. Pero hice como el que, picado de víbora, se corta el dedo de un machetazo. Los que sepan de estos dolores me entenderán muy bien”.

Quizá exagero, pero el aniversario de la “Oración del 9 de febrero” es para mí una efemérides. Por eso la cito, por eso invito a su lectura. Podemos encontrarla en la hermosa edición de Era o en el tomo XXIV (México, 1990, 25-39 pp.) de las obras completas de AR publicadas por el Fondo.


sábado, diciembre 25, 2010

Decena de zopilotes



Muchos creen que escriben mucho, quizá más de lo aconsejable, pero frente a casos como el de Paco Ignacio Taibo II casi todos los torrenciales parecen arroyito en tiempo de secas. ¿A qué hora hilvana Taibo II tantas y tantas cuartillas? ¿Qué no duerme? ¿Se dará algún momento para comer? Más allá de conocer sus métodos de trabajo, es evidente que todo puede resumirse en una imagen: su vida es estar encadenado a una silla, siempre con los dedos y los ojos puestos sobre las abrumadas teclas. De esa manera, entre los tabiques ya célebres como los dedicados al Che y a Pancho Villa, el papá de Belascoarán va sembrando arbolillos igual de interesantes, aunque de menor fronda. El ejemplo es Temporada de zopilotes (Planeta, 2009, 155 pp.), libro que atravesé hace poco gracias a que me lo recomendó Julián Herbert.
No se equivocó el escritor acapulqueño-saltillense: el libro de Taibo II sobre la Decena Trágica es un ágil recorrido por la cronología de esos diez días que estremecieron a México, a la historia de México desde entonces hasta, creo, nuestros horribles días. Lo he dicho en otras oportunidades: soy de los que ven en aquel hachazo a la incipiente democracia mexicana el punto de partida de nuestra antidemocracia sin solución de continuidad, es decir, el momento en el que comenzó todo lo que hemos visto luego: elecciones de partido único, caídas del sistema (1988), elecciones insufladas por el miedo (1994), supuestas transiciones (2000), robos en despoblado (2006) y regreso artificioso y pactado de los que sí saben gobernar (2012). El caso es, en esencia, el mismo: en democracia no hemos podido pasar de la edad lactante, como bien se vio durante el maderato abortado.
En 32 breves capítulos admiramos entonces la película de la desgracia maderista conocida como Decena Trágica. Con la prosa vivaz y a ratos algo atrabancada de Taibo II, nos acercamos primero al rastrero clima de oposición al régimen de Madero, los enredos provocados por los malentendidos, por la visión demasiado bonachona del presidente y por la acción directa de los conspiradores Manuel Mondragón, Félix Díaz, Bernardo Reyes, Cecilio Ocón y Rodolfo Reyes, quienes comenzaron la organización del golpe hacia finales de 1912 en La Habana. De ellos, Taibo II señala: “Los hombres del viejo régimen no sólo se sentían afrentados, no perdonaban Ciudad Juárez y la rendición de Díaz”.
La narración de ese instante de nuestra historia (febrero de 1913) sigue con el secreto a voces sobre la asonada. Por todos lados se veía venir el peligro del albazo, por todos lados se lo advirtieron al presidente (Gustavo, su hermano, se lo comunicó con énfasis), pero en todo momento fue minimizado por un Ejecutivo nada dispuesto a poner límite al avance de los levantiscos. En general, las escenas del golpe tienen un aura borrosa: un tumulto de sombras se mueve entre más sombras y la capital del país es un hervidero de averiguatas expresado en voz baja, casi en silencio, pero a la vista del mundo. Así comienza el ataque, entre lealtades y deslealtades, como siempre.
Vemos la muerte brutal e inexplicable de Bernardo Reyes luego de que fue liberado de la cárcel de Santiago Tlaltelolco, cómo lo acribillan frente a Palacio Nacional sin que se sepa hasta la fecha el motivo de su ataque sin sentido. Vemos cómo fracasa la intentona por apropiarse de Palacio y cómo los golpistas se refugian en la Ciudadela. Vemos también que hasta ahí el desorganizado golpe parece un fracaso. Aparece entonces la figura enigmática de Huerta, su falaz postura ante los hechos: cuando al fin le fue devuelto el poder militar, no aplasta a los levantados, no les tira la rienda. Los deja hacer, los conciente, y eso a la larga permite que se vayan sucediendo los hechos que terminan por afianzarlo en el control de la situación, en el arresto del presidente Madero, de Pino Suárez y del general Felipe Ángeles.
Por supuesto, toda cronología de la Decena Trágica tiene dos momentos supremos, dos pinceladas macabras: la muerte atroz de Gustavo A. Madero y, al final, la de su hermano el presidente y la de Pino Suárez, vicepresidente. Taibo II los reconstruye con rapidez y eficacia, y nos trae dos o tres distintas versiones de los hechos a partir de las declaraciones del mayor Francisco Cárdenas, asesino material de Madero. En toda esta historia no falta, no podía faltar, la presencia insidiosa, depravada, políticamente ruin de Henry Lane Wilson, embajador de Estados Unidos en México y maquiavélico atizador de los hechos que derivaron en el zarpazo mortal al régimen de Madero.
Temporada de zopilotes es un paseo rápido y eficaz por uno de los hitos de la historia mexicana. Vale echarle el ojo para recordar que desde entonces no hemos salido bien a bien de las patrañas.

domingo, abril 25, 2010

Reyes frente a la tragedia















Deambula ya, gratis como siempre, el más reciente ejemplar de Acequias, el 51. Es la revista de la UIA Laguna, y en ese número su parte central aborda el tema de la revolución. Contiene muchos materiales más, por supuesto. Felicidades a Édgar Salinas y a Julio César Félix; aquí están sus mails por si algún lector de Ruta Norte se interesa en saber cómo llegar a Acequias: letrasalaire@hotmail.com y acequias@lag.uia.mx. Publico aquí, íntegra, mi colaboración; su título completo es “Reyes frente a la tragedia: del dolor a la creación”:

Jamás he ocultado, ni ocultaré, mi simpatía por la obra de Alfonso Reyes. No soy, como pocos en este país, especialista alfonsino, pero a lo largo de veinte años he vuelto una y otra vez, sin sistema, por el solo imán del afecto, a sus demasiados libros, a esas incontables páginas donde siempre he hallado al erudito amable, al escritor sin lunares estilísticos, al “caballero de la voz errante”, como lo llama Adolfo Castañón, él sí un alfonsinista consumado. He complementado el afecto por la trayectoria de Reyes con mi fetichismo bibliográfico, que es el único fetichismo que me permito ejercer. Tengo tres tomos con su firma en el colofón, y entre otras tengo las primeras ediciones de Cuestiones gongorinas (Espasa-Calpe, 1927), La antigua retórica (1942), que por cierto cuidó directamente Daniel Cosío Villegas, y poco a poco, sin buscarla, he conseguido buena parte de su correspondencia con escritores y diplomáticos, además de varios ensayos sobre su obra.
Por supuesto, en ese océano de papeles hay cardúmenes de palabras a los que regreso cada que ando con la cabeza como desatada por el estrés de los problemas que siempre picotean el alma. Reyes tiene la virtud de aplacarme con su discreción (en el sentido arcaico de la palabra) y su saber. Tras leer a Reyes siempre obtengo lo que quiero: paz, calma y la extraña y saludable sensación de que aprendí algo sin forzaduras ni regaños. Más que un erudito, Reyes era (es) un sabio, el maestro que enseña con gesto bondadoso y no cree que la letra con sangre deba entrar.
Uno de los textos que más le aprecio y he releído cada vez que puedo es “Oración del 9 de febrero”. Se trata, como sabemos, de una memoria sobre su relación con el general Bernardo Reyes, su padre, quien murió el 9 de febrero de 1913, frente a palacio nacional, en la refriega que dio arranque a la Decena Trágica que luego de otras muertes y traiciones derivó en la presidencia abyecta de Victoriano Huerta y el asesinato de Madero. Reyes fechó su escritura en Buenos Aires, del 9 de febrero de 1930 al 20 de agosto de ese mismo año, o sea, terminó su escritura “el día que [su padre] había de cumplir sus 80 años”. Pasados 17 años, ya con muchos cargos diplomáticos, kilómetros y libros de por medio, el polígrafo vuelve a encarar, ahora por escrito, el más amargo recuerdo de su vida: la muerte violenta, en una acción absurda, de su padre, lo que necesariamente lo lleva a reflexionar sobre su condición de escritor en aquellas agitadas aguas, sobre su elección del trabajo creador frente a las posibilidades de la venganza, por legítimas o ilegítimas que fueran. “Oración…” es, por ello, un documento fundamental para entender el pensamiento alfonsino ulterior a 1913, la clave mediante la cual, a mi parecer, accedemos al propósito más activo en el espíritu del regiomontano.
Entre otros, Emmanuel Carballo y Adolfo Castañón han destacado la importancia de la muerte de Bernardo Reyes en la obra de su hijo. “El 9 de febrero de 1913 dejó en la vida y en la obra de Alfonso Reyes una huella que no borrarían sus dilatados años”, dice Carballo. La crónica de esos días terribles para la patria colocó al escritor en un lío mucho antes de la Decena Trágica: ¿cómo conciliar sus necesidades de sosiego para el estudio con la agitación violenta, tan cercana a su apellido, que se vivía en el país? Si consideramos los hechos que se mueven alrededor de Reyes en aquel momento, creo advertir, más que desaprobación a las inevitables luchas armadas, inteligencia para evaluar lo que ocurre en su entorno inmediato. Era imposible que no viera en su padre el mejor modelo y siempre le es leal, pero sin que lo exprese abiertamente, ya iniciada la revolución, advierte que las posibilidades políticas del militar están menguadas y cualquier lucha puede ser funesta no sólo para el general caído en desgracia, sino para todos los Reyes Ochoa. En su casa de México, con su familia pertrechada y en espera de la hora definitiva en la que una muchedumbre los aniquile, Reyes se acoge a la resignación y coloca una muralla a las acechanzas del odio; en su diario escribe el 3 de septiembre de 1911, luego de muchos días de zozobra: “Mi padre ha llegado al fin. Como está ileso, ya no oigo nada. También he alzado otra fortaleza en mi alma: una fortaleza contra el rencor. Me lo han devuelto. Lo demás no me importa”. Los azares permiten que el general Reyes sobreviva hasta el 9 de febrero de 1913, día en el que por la fuerza es liberado de la cárcel de Santiago Tlatelolco gracias a Rodolfo Reyes —su segundo hijo, el más impetuoso y visceral—, Félix Díaz y Manuel Mondragón, quienes emprenden el derrocamiento de Madero. Se sabe que el primero en caer ametrallado fue Bernardo Reyes, a lo que siguió una etapa teñida de sangre y una de las traiciones emblemáticas de la historia mexicana: la de Huerta al político parrense.
Alfonso Reyes no podía expresarlo: turbado, resiente el lance final de su padre. Sabe que Rodolfo, su hermano, también está detrás de eso, así que todo en él es dolor moral, incertidumbre. Reyes pensó siempre que su padre estaba destinado a grandes logros patrióticos, pero fue rebasado por una oscura trama de malentendidos e infortunios. “¿Por qué quiso morir como un sublevado y sedicioso cuando toda su vida había sido un liberal convicto de sus convicciones, un hombre de armas que sabía hacerse amar incluso por sus enemigos? ¿Qué enrevesado código de honor le bullía en la sangre?”, pregunta muchos años después León Reyes, hijo homónimo de un hijo natural del general Reyes (lo cita Adolfo Castañón).
El escenario, pues, no podía ser peor en aquel momento para Alfonso Reyes. Ha perdido absurdamente a su paradigma de hombre, y, para los instantáneos e innumerables enemigos de usurpador Huerta, él es, en automático, un apestado: “El 9 de febrero convierte al joven de 24 años, hasta ese día visto como un ser privilegiado por los círculos sociales y políticos, en el hijo-del-traidor, en un contrarrevolucionario”, señala Carballo. El barullo, la confusión, los puyazos de la historia lo cercan; es salpicado por la ignominia del momento. Tenía, según puedo ver, dos caminos: 1) sumarse sin ambages, como su hermano Rodolfo, al gobierno de Huerta y enfangarse en el odio estéril contra quienes mataron a su padre, o 2) amputar toda pasión destructiva y hacer el voto inverso: crear, pensar, homenajear la memoria de su padre con un proyecto que no por intelectual dejaba de ser político. Lo que el general Reyes no pudo hacer porque la historia lo envolvió en una telaraña de ambiciones y de intrigas, lo hará su hijo con los libros, con las armas de la inteligencia. Emprendió, para decirlo con palabras que le pertenecen, una “venganza creadora”.
En el soneto “9 de febrero de 1913”, expresa: “Desde entonces mi noche tiene voces, / huésped mi soledad, gusto mi llanto. / Y si seguí viviendo desde entonces / es porque en mí te llevo, en mí te salvo”. Su obra aspirará entonces a salvar al padre, a dejar el apellido Reyes en condiciones que a su juicio hubieran satisfecho al exgobernador de Nuevo León. Si su padre (admirador de Espronceda) y su hermano y casi todos viven atados a un sentimiento romántico que muchas veces conduce a la desmesura y a la muerte, él hace exactamente lo contrario: con serenidad neoclásica, examina el rostro de la coyuntura y sabe que para su proyecto de salvación física y espiritual es necesario tomar distancia; ya en 1911, en un nicho cercado de violencia, mira la habitación que ocupa en su casa de la ciudad de México: “Pero sé que mi estancia aquí ha de ser transitoria, y la casa misma me es ajena”.
Lo que, pese a su obsesiva ecuanimidad de siempre, todavía era confusión luego de la Decena Trágica, fue destilado hasta la transparencia en 1930. La “Oración…” le sirvió a Reyes para poner en papel lo que casi intuitivamente decidió cuando todavía estaba fresca la sangre de su padre. Luego de describir el peso que tuvo el general Reyes como presencia más espiritual que física en su vida (el escritor recuerda que lo veía poco, dado que él estudiaba en México mientras su padre gobernaba Nuevo León), apunta:

De repente sobrevino la tremenda sacudida nerviosa, tanto mayor cuanto que la muerte de mi padre fue un accidente, un choque contra un obstáculo físico, una violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico. Esto dio a su muerte no sé qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contras las intenciones de la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber sobrevenido aquella muerte en medio de circunstancias singularmente patéticas y sangrientas, que no sólo interesaban a una familia, sino a todo un pueblo. Su muerte era la culminación del cuadro de horror que ofrecía entonces toda la ciudad. Con la desaparición de mi padre, muchos, entre amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria. Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas.

La muerte de su padre fue, para Reyes, una “grosería cosmogónica”, una “afrenta material contra las intenciones de la creación”. Según su hijo, muy otro era el destino para el general, entonces, y otras las intenciones de la creación. Fuera cierto o falso, de ello estaba convencido, por lo que él reemprende con creciente fervor el recorrido trunco, la vida segada abrupta y absurdamente por el plomo (“es porque en mí te llevo, en mí te salvo”, recordemos).
Para lograr su cometido, Reyes debe exorcizar un demonio que quizá a otros los hubiera devorado, el del odio que conduce al anhelo de desquite:

También supe y quise cerrar los ojos ante la forma yacente de mi padre, para sólo conservar de él la mejor imagen. También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir en esclavizarme a la baja vendetta. Lo ignoré todo, huí de los que se decían testigos presenciales, e impuse silencio a los que querían pronunciar delante de mí el nombre del que hizo fuego, De paso, sé que me he cercenado voluntariamente una parte de mí mismo; sé que he perdido para siempre los resortes de la agresión y de la ambición. Pero hice como el que, picado de víbora, se corta el dedo de un machetazo. Los que sepan de estos dolores me entenderán muy bien.

Pasados los años, Reyes logró imponerse. Ni la esterilidad, ni el odio, ni la “baja vendetta”, nada de eso lo dominó, sino el trabajo articulador de una obra que sumó miles de páginas escritas con la mejor prosa castellana, un desempeño diplomático de excelencia y la forja de instituciones como El Colegio de México o el Instituto Francés de América Latina. Sé que su figura sigue despertando hoy indiferencias y recelos. Sin embargo, goza mayormente de reconocimiento y en muchas evidencias se puede notar que el episodio fatal de la Decena Trágica a él lo movió en un sentido irregateablemente útil para el país, lo que a fin de cuentas avanza en el sentido de todo proyecto revolucionario.
Entre otros testimonios de respeto, cuando en 1968 Ediciones ERA —sello identificado siempre con la izquierda, donde había salido ya, por cierto, la “Oración…”, esto en 1967— publicó un Anecdotario de Reyes, quedó de manifiesto que su obra ya no era evaluada con los juicios y prejuicios de la historia oficial, sino por su valor intrínseco y su permanente y orientadora luminosidad, su revolucionario y humanista empaque.

Comarca Lagunera, 11, marzo y 2010