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sábado, noviembre 29, 2025

El personaje Rulfo


 








Es imposible pensar en la repercusión de los dos famosos libros (El Llano en llamas y Pedro Páramo), y sobre todo de la novela que en este 2025 cumple 70 años, sin aproximarnos al enigma Rulfo. Como ocurre con todo lo que se refiere a él, hay muchos testimonios de quienes lo conocieron y lo trataron. Me ciño por ahora a dos: el de Elena Poniatowska en el libro ¡Ay vida, no me mereces!, y a la conferencia “La persona Juan Rulfo”, de su coterráneo Antonio Alatorre. Para empezar, es un hecho que Rulfo fue un sujeto tímido, retraído, callado y por ello enigmático. Carballo, en una entrevista de 2006, apunta que en esa manera de ser se basó buena parte del éxito alcanzado por el personaje Rulfo:

“Rulfo no se dedicaba a promoverse. Rulfo le tenía miedo a la fama. Al final le daba gusto, pero él no ayudó a hacer su fama, más bien se escondía de la fama y eso le cayó muy bien a la gente. El huir de la promoción fue lo que le cayó bien a la gente: el escritor humilde y talentoso. Era hábil, y con eso hizo más propaganda sin hacer propaganda. Muchas gentes, como Fuentes, como Paz, hacían mucha publicidad y no tuvieron la ventaja que tuvo Rulfo. El escritor sencillo, huraño, que escribió un libro”.

Poco antes de morir, a Poniatowska le hizo este comentario luego de que ella lo elogia:

“—Me refería a que tú eres un gran escritor.

—Pues yo siento que soy un pobre diablo, así es el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado.

—Eres más ocurrente que eso, Juan.

—Eso sí, tengo mis ocurrencias. Pero lo que no me gusta es la gente, hablar en público, no me siento bien, nada bien. Me entra el pánico, me deprimo mucho, por eso te digo que soy deprimido, me entra la depresión baja y siempre tengo la presión baja, entonces me entra una depresión más baja que la depresión”.

Alatorre, su paisano de Jalisco, describe en “La persona Juan Rulfo” algunos pasajes de su vida, incluso de su genealogía. Los abuelos y los padres fueron personas pudientes en su época. Lamentablemente, al nacer, las escaramuzas de la Revolución no se habían apagado y pronto, en su niñez y por su rumbo, se desató la revuelta cristera (1926-1928) donde su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, fue asesinado. Poco después murió María Vizcaíno, su madre, y el niño terminó, como sus hermanos, en un orfanato. En la frialdad de aquel espacio comenzó a leer, lo mismo que en el seminario, donde estuvo un tiempo hasta que lo enviaron a la ciudad de México a vivir con un tío militar. En la capital, el tío le consiguió un trabajo menor en Migración, donde coincidió con el escritor Efrén Hernández, quien detectó que su amigo Juan leía y escribía, y lo estimuló a mostrar sus cuentos. Con reticencia, Rulfo aceptó publicar un primer relato. Nuestro autor volvió a Guadalajara como empleado de Migración, y allí se encontró con sus paisanos Arreola y Alatorre, quienes le arrancaron otros dos cuentos. Al retornar a México, consiguió otra ocupación, el de la Goodrich Euzkadi, como vendedor de neumáticos de ciudad en ciudad por muchos lugares del país. Por entonces ya se había casado con Clara Aparicio, y ya tenía hijos. Al dejar esa empresa, agarró otro pequeño empleo en la Secretaría de Gobernación, y al entrar la década de los cincuenta obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores, donde escribió Pedro Páramo.

En revistas publicó algunos adelantos de su novela aún no con el nombre definitivo. El título tentativo más famoso fue “Los murmullos”, e incluso hubo un momento en el que Comala no se llamó así, sino Texcacuesco, y Susana San Juan llevó un nombre distinto y muy extraño para el tono de la historia: Susana Foster. El 16 de marzo de 1985, Excelsior publicó un texto de Rulfo que recuerda detalles de la escritura de Pedro Páramo, cuando era becario del CME:

“En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas”.

Cuando la terminó y comprometió su edición con el Fondo de Cultura Económica, Rulfo tuvo que dar forma definitiva al libro. Se dice que le podó decenas de cuartillas, y que fue Arreola quien lo ayudó a organizar la versión definitiva. Al salir al mercado, poco a poco, la vida de Rulfo pasó al estrellato, a la visibilidad, pero él no pudo abandonar su personalidad huidiza y hasta apocada. Lo esperaban muchas entrevistas, el asedio de la crítica, los reflectores, los viajes, la molestia del asedio.

Nota. Fragmento de la conferencia titulada “Comala está de fiesta. Pedro Páramo cumple 70 años” que se celebró en la cafebrería La Tinta, Torreón, el 26 de noviembre de 2025.

sábado, febrero 08, 2025

Anotación bajo una foto

 







Gerardo García, Fernando Fabio Sánchez y quien esto apunta intercambiamos casi a diario información sobre todo literaria. Gerardo está en Texas, Fernando en California y yo en Coahuila, así que entre los tres formamos un amplio escaleno que nos mantiene al tanto de las novedades y uno que otro chisme. Hace poco, mediante mi corresponsal texano nos llegó una foto muy interesante acompañada de un pequeño texto escrito por Salvador Novo. En la imagen aparecen 19 personajes de la literatura mexicana del siglo XX. Al verla, mis amigos y yo comenzamos a comentarla, y unos días después se la mostré a Saúl Rosales, con quien amplié algunas observaciones.

El comentario de Novo, extraído de sus memorias, trae como fecha el 22 de enero de 1965, y supongo que se refiere al día en el que describió la imagen, pues más adelante, ya en el cuerpo del texto, señala que la reunión se celebró el 16 de diciembre “del año pasado” (1964). Da igual: de lo que podemos estar seguros es de que data de mediados de los sesenta. Observa Novo: “Porque estoy convencido del valor documental de esta foto, me empeño en nombrar y describir a los personajes que en ella aparecen; pues luego ocurre que uno arrumbe una foto ocasionalmente tomada en algún banquete, comida o reunión; la olvide y pasados los años le cueste trabajo reconocer o recordar el nombre de muchos de los que en ella aparecen”.

El autor de Nueva grandeza mexicana estaba seguro, y no se equivocaba, del valor de aquella imagen, por eso le dedicó unos párrafos. La reunión a la que se refiere estuvo motivada por la reciente publicación del libro Protagonistas de la literatura mexicana, de Emmanuel Carballo. Es un libro de entrevistas en el que su autor dialogó con escritores que sin duda eran eso, protagonistas de nuestras letras. Dado aquel producto editorial, el editor y Carballo convocaron a los autores que seguían vivos. Otros, como Alfonso Reyes y José Vasconcelos, habían muerto pocos antes.

La foto incluye pues a algunos escritores entrevistados en el famoso y abultado libro, y suma a dos editores y a otros autores en ese momento muy jóvenes pero ya destacados, aunque por supuesto no incluidos entre los entrevistados por Carballo. Novo precisa que seis habían muerto ya, y que cinco más (Torri, Ramón Rubín, Yáñez, Arreola y Fuentes) no asistieron por equis o zeta motivos. El caso es que en la foto aparecen, de pie, Gastón García Cantú, José Gorostiza, Rafael F. Muñoz, Rafael Giménez Siles y Rafael Giménez hijo (editores los dos últimos), Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Salvador Novo, Nellie Campobello, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet y Martín Luis Guzmán; en cuclillas, Henrique González Casanova, Emmanuel Carballo, Pedro Bayona, Ernesto de la Torre, “y por último tres jóvenes demonios de la más nueva ola”: “el terrible” Carlos Monsiváis, Miguel Capistrán y José Emilio Pacheco.

Quizá me equivoco en algún caso, pero hoy todos los convidados al ágape ya murieron. Ahora bien, y disculpen que hable en términos autorreferenciales, ¿esa foto me atrajo nomás porque en ella aparece gente literaria? La respuesta es sí, pero luego reparé en algo más: esa foto también me atrae porque en ella veo flashazos de mi pasado. Yo tenía menos de un año de vida cuando la tomaron, y no fue sino hasta 1980 cuando comencé a sentir los primeros pálpitos de mi vinculación con la literatura, pero así haya sido, y sea hoy todavía, un mero tundeteclas de provincia, tuve la suerte de conocer y cruzar algunas palabras con seis de los personajes que aparecen en la imagen tomada en el jardín del coyoacanense restaurante La Capilla, propiedad de Novo. Cuento cada caso con una fecha de encuentro totalmente insegura:

Alí Chumacero. Al poeta de Acaponeta (¿Acapoeta?) lo conocí en Torreón (2007), cuando vino a hacer una lectura comentada de su obra. Ya era un hombre muy entrado en años, pero pese al calor lagunero no perdió figura dentro de su traje oscuro. Recuerdo que por culpa de un compromiso docente no pude asistir a su presentación, pero sabía que unos amigos (como la poeta Ivonne Gómez Ledezma) lo llevarían a cenar a La Marioneta, un restaurante luego cerrado a balazos, a donde recalé para insumir una cerveza y pedir que el maestro me dedicara un par de libros. De este encuentro quedó una foto en la que luzco una lamentable playera de Ocean Pacific.

Emmanuel Carballo. Lo vi y lo saludé en el Teatro Isauro Martínez (1990), cuando vino a presentar un libro sobre Torri junto a Serge I. Zaïtzeff, su autor; en aquella ocasión no quedó registro fotográfico. Carballo venía acompañado por su esposa, la escritora Beatriz Espejo.

Ernesto de la Torre Villar. Es el único de la lista con quien crucé algunas palabras en la Ciudad de México (2001). Asistí a un encuentro del Seminario de Cultura Mexicana (cuya sede estaba en la avenida Presidente Mazaryk, en Polanco) y en algún receso lo saludé y le presumí tener en Torreón dos de sus libros. Ya era un hombre grande, había nacido en 1917 y moriría en 2009. No quedó registro fotográfico ni con él ni con alguno de los miembros del Seminario de Cultura Mexicana que andaban por allí: Alberto Beltrán, Víctor Sandoval, Carlos Prieto, Sergio García Ramírez, Arturo Azuela, entre otros.

Carlos Monsiváis. Lo vi cinco veces, cuatro en Torreón y una en Guadalajara, y es el único con quien compartí mesa en el sentido literario y gastronómico. Como era ubicuo, no fue nada raro que viniera seguido a Torreón. En la última lo presenté antes de que diera una conferencia y de allí partimos a comer en un restaurante con menú español ubicado en el Paseo La Rosita. La única buena foto que tengo con él fue tomada en la FIL. Lo vi buscando afanosamente libros en una estantería, me acerqué, lo saludé, le pedí la foto y sonó el click sin que me dijera una sola palabra, pues estaba más apurado en hallar no sé qué volúmenes que en atender a un lector impertinente.

Miguel Capistrán. No tengo idea del año en el que lo vi acá, en La Laguna. Quizá en el 2003. Vino a ofrecer una conferencia sobre no recuerdo qué tema, y al final, en el restaurante Garufa, hubo una cena donde me quedó del otro lado de la mesa, inaudible.

José Emilio Pacheco. Lo vi en 1991, en el museo Quinta Gameros, de Chihuahua capital. Dio allí una conferencia y al final me acerqué con dos objetivos: saludarlo e infligirle el inútil regalo de mi primer libro. Lo recuerdo ya algo encorvado, tímido y pese a esto muy amable.

Finalizo. Al comentar la foto con Saúl en la gordería de nuestro desayuno semanal, se me ocurrió preguntarle cuál era el personaje por él más admirado. Algo nos distrajo y ya no supe su respuesta, pero sí alcancé a mencionarle mi gallo: Martín Luis Guzmán.

Nota. Tarde descubrí que sobrevive Pedro Bayona, en cuclillas y de moño en la foto. Nació en Guadalajara hacia 1937. El otro personaje posiblemente vivo es Rafael Giménez hijo, pero no conseguí datos sobre su vida.

miércoles, abril 23, 2014

Emmanuel Carballo, un cartógrafo













El libro es un librote, tiene 578 páginas y caminó por todo México, a un precio de risa, en 1986, durante el atropellado delamadridato. Su colofón señala algo que hoy no vemos tan a menudo pese a que el país ha seguido creciendo: que su tiraje fue de treinta mil ejemplares. No quiero ni imaginar lo que significa en volumen de papel un libro literario con más de 500 páginas multiplicado por treinta mil. Eso ya casi no se ve. De hecho, yo jamás he admirado tamaña ínsula. Tales tirajes fueron los últimos que recuerdo en materia de difusión nacional de nuestra literatura, en ese caso de la colección Lecturas Mexicanas auspiciada por la SEP en colaboración con varias editoriales del país.
Protagonistas de la literatura mexicana es su título, y no vacilo al afirmar que desde el mismo 86 es un libro que me acompaña. O al revés: es un libro al que acompaño, pues él a mí no me necesita y, en cambio, su contenido es para mí básico, casi como el que puede ofrecer un maestro de tiempo completo. Su autor es Emmanuel Carballo (Guadalajara, 1929), uno de los ahora numerosos escritores que se nos han estado yendo cada media hora.
Se trata de un clásico mexicano del género entrevista. Más: si me apuran un poco, creo que es el mejor libro de entrevistas mexicano de la historia, pues además de que cada pieza es excepcional per se, el conjunto es apabullante, un pozo de referencias y orientaciones como pocos puede haber.
Su primera edición data del 65, y Carballo señala que comenzó a trabajar en él hacia el 58. Por ello, apenas alcanzó vivos a Vasconcelos y a Reyes, quienes murieron un año luego. Además de estos tótems, la lista incluye a Fernández McGregor, Guzmán, Torri, Valle-Arizpe, Jiménez Rueda, Barreda (Octavio G.), Pellicer, Gorostiza, Torres Bodet, Novo, Muñoz (Rafael F.), Yáñez, Campobello, Arreola, Garro, Castellanos, Fuentes, es decir, escritores nacidos entre 1800 y 1930. Podemos sentir que la incorporación de algún “protagonista” es injusta, pero es un hecho que la mayoría fue (es) determinante para agrandar el valor de la literatura nacional. Yo mismo tengo allí mis favoritos (Reyes, Guzmán, Yáñez, Arreola, Castellanos), pero no dejo de apreciar el titánico esfuerzo del joven Carballo por recoger, en amplios diálogos, apreciaciones que si no hubiera sido por su empuje, hoy no tendríamos.
Vi a Carballo una sola vez, esto entre 1987 y 1990, no recuerdo bien. Vino a Torreón para participar en una mesa redonda, o algo así, sobre Torri. Para entonces ya tenía la referencia, claro, de sus Protagonistas…, así que el hombre ya cargaba algo de mítico. Vino acompañado de su esposa, la escritora Beatriz Espejo, y del también crítico Serge I. Zaïtzeff. Quizá me equivoco, pero creo que quien organizó todo fue Felipe Garrido, para entonces casi radicado en La Laguna. El caso es que, mutatis mutandis, Carballo entró al Teatro Isauro Martínez por la avenida Matamoros y casi en la puerta lo saludamos Gilberto Prado, Saúl Rosales y yo. Hubo un cruce cordial de saludos y allí quedó todo, entramos a la presentación y nunca más volví a escucharlo en persona.
En persona no, pero su libro, como ya dije, ha sido una presencia frecuente en mi dinámica de relecturas. Tan frecuente que, como quedó asentado en un tuit escrito tras saber la noticia de su muerte, hace apenas unos días releí el diálogo con Martín Luis Guzmán, una entrevista que todavía, lo repito, huele a pólvora.
Regatear a un crítico, como suele ocurrir, el estatuto de escritor me parece necio. Carballo lo fue, y de los buenos y fecundos. Su gran creación parece la de cartógrafo: trazó coordenadas, indicó el sentido de algunos vientos, orientó. Murió el pasado 20 de abril. Pero como sucede en estos casos: murió pero sigue vivo.

domingo, abril 25, 2010

Reyes frente a la tragedia















Deambula ya, gratis como siempre, el más reciente ejemplar de Acequias, el 51. Es la revista de la UIA Laguna, y en ese número su parte central aborda el tema de la revolución. Contiene muchos materiales más, por supuesto. Felicidades a Édgar Salinas y a Julio César Félix; aquí están sus mails por si algún lector de Ruta Norte se interesa en saber cómo llegar a Acequias: letrasalaire@hotmail.com y acequias@lag.uia.mx. Publico aquí, íntegra, mi colaboración; su título completo es “Reyes frente a la tragedia: del dolor a la creación”:

Jamás he ocultado, ni ocultaré, mi simpatía por la obra de Alfonso Reyes. No soy, como pocos en este país, especialista alfonsino, pero a lo largo de veinte años he vuelto una y otra vez, sin sistema, por el solo imán del afecto, a sus demasiados libros, a esas incontables páginas donde siempre he hallado al erudito amable, al escritor sin lunares estilísticos, al “caballero de la voz errante”, como lo llama Adolfo Castañón, él sí un alfonsinista consumado. He complementado el afecto por la trayectoria de Reyes con mi fetichismo bibliográfico, que es el único fetichismo que me permito ejercer. Tengo tres tomos con su firma en el colofón, y entre otras tengo las primeras ediciones de Cuestiones gongorinas (Espasa-Calpe, 1927), La antigua retórica (1942), que por cierto cuidó directamente Daniel Cosío Villegas, y poco a poco, sin buscarla, he conseguido buena parte de su correspondencia con escritores y diplomáticos, además de varios ensayos sobre su obra.
Por supuesto, en ese océano de papeles hay cardúmenes de palabras a los que regreso cada que ando con la cabeza como desatada por el estrés de los problemas que siempre picotean el alma. Reyes tiene la virtud de aplacarme con su discreción (en el sentido arcaico de la palabra) y su saber. Tras leer a Reyes siempre obtengo lo que quiero: paz, calma y la extraña y saludable sensación de que aprendí algo sin forzaduras ni regaños. Más que un erudito, Reyes era (es) un sabio, el maestro que enseña con gesto bondadoso y no cree que la letra con sangre deba entrar.
Uno de los textos que más le aprecio y he releído cada vez que puedo es “Oración del 9 de febrero”. Se trata, como sabemos, de una memoria sobre su relación con el general Bernardo Reyes, su padre, quien murió el 9 de febrero de 1913, frente a palacio nacional, en la refriega que dio arranque a la Decena Trágica que luego de otras muertes y traiciones derivó en la presidencia abyecta de Victoriano Huerta y el asesinato de Madero. Reyes fechó su escritura en Buenos Aires, del 9 de febrero de 1930 al 20 de agosto de ese mismo año, o sea, terminó su escritura “el día que [su padre] había de cumplir sus 80 años”. Pasados 17 años, ya con muchos cargos diplomáticos, kilómetros y libros de por medio, el polígrafo vuelve a encarar, ahora por escrito, el más amargo recuerdo de su vida: la muerte violenta, en una acción absurda, de su padre, lo que necesariamente lo lleva a reflexionar sobre su condición de escritor en aquellas agitadas aguas, sobre su elección del trabajo creador frente a las posibilidades de la venganza, por legítimas o ilegítimas que fueran. “Oración…” es, por ello, un documento fundamental para entender el pensamiento alfonsino ulterior a 1913, la clave mediante la cual, a mi parecer, accedemos al propósito más activo en el espíritu del regiomontano.
Entre otros, Emmanuel Carballo y Adolfo Castañón han destacado la importancia de la muerte de Bernardo Reyes en la obra de su hijo. “El 9 de febrero de 1913 dejó en la vida y en la obra de Alfonso Reyes una huella que no borrarían sus dilatados años”, dice Carballo. La crónica de esos días terribles para la patria colocó al escritor en un lío mucho antes de la Decena Trágica: ¿cómo conciliar sus necesidades de sosiego para el estudio con la agitación violenta, tan cercana a su apellido, que se vivía en el país? Si consideramos los hechos que se mueven alrededor de Reyes en aquel momento, creo advertir, más que desaprobación a las inevitables luchas armadas, inteligencia para evaluar lo que ocurre en su entorno inmediato. Era imposible que no viera en su padre el mejor modelo y siempre le es leal, pero sin que lo exprese abiertamente, ya iniciada la revolución, advierte que las posibilidades políticas del militar están menguadas y cualquier lucha puede ser funesta no sólo para el general caído en desgracia, sino para todos los Reyes Ochoa. En su casa de México, con su familia pertrechada y en espera de la hora definitiva en la que una muchedumbre los aniquile, Reyes se acoge a la resignación y coloca una muralla a las acechanzas del odio; en su diario escribe el 3 de septiembre de 1911, luego de muchos días de zozobra: “Mi padre ha llegado al fin. Como está ileso, ya no oigo nada. También he alzado otra fortaleza en mi alma: una fortaleza contra el rencor. Me lo han devuelto. Lo demás no me importa”. Los azares permiten que el general Reyes sobreviva hasta el 9 de febrero de 1913, día en el que por la fuerza es liberado de la cárcel de Santiago Tlatelolco gracias a Rodolfo Reyes —su segundo hijo, el más impetuoso y visceral—, Félix Díaz y Manuel Mondragón, quienes emprenden el derrocamiento de Madero. Se sabe que el primero en caer ametrallado fue Bernardo Reyes, a lo que siguió una etapa teñida de sangre y una de las traiciones emblemáticas de la historia mexicana: la de Huerta al político parrense.
Alfonso Reyes no podía expresarlo: turbado, resiente el lance final de su padre. Sabe que Rodolfo, su hermano, también está detrás de eso, así que todo en él es dolor moral, incertidumbre. Reyes pensó siempre que su padre estaba destinado a grandes logros patrióticos, pero fue rebasado por una oscura trama de malentendidos e infortunios. “¿Por qué quiso morir como un sublevado y sedicioso cuando toda su vida había sido un liberal convicto de sus convicciones, un hombre de armas que sabía hacerse amar incluso por sus enemigos? ¿Qué enrevesado código de honor le bullía en la sangre?”, pregunta muchos años después León Reyes, hijo homónimo de un hijo natural del general Reyes (lo cita Adolfo Castañón).
El escenario, pues, no podía ser peor en aquel momento para Alfonso Reyes. Ha perdido absurdamente a su paradigma de hombre, y, para los instantáneos e innumerables enemigos de usurpador Huerta, él es, en automático, un apestado: “El 9 de febrero convierte al joven de 24 años, hasta ese día visto como un ser privilegiado por los círculos sociales y políticos, en el hijo-del-traidor, en un contrarrevolucionario”, señala Carballo. El barullo, la confusión, los puyazos de la historia lo cercan; es salpicado por la ignominia del momento. Tenía, según puedo ver, dos caminos: 1) sumarse sin ambages, como su hermano Rodolfo, al gobierno de Huerta y enfangarse en el odio estéril contra quienes mataron a su padre, o 2) amputar toda pasión destructiva y hacer el voto inverso: crear, pensar, homenajear la memoria de su padre con un proyecto que no por intelectual dejaba de ser político. Lo que el general Reyes no pudo hacer porque la historia lo envolvió en una telaraña de ambiciones y de intrigas, lo hará su hijo con los libros, con las armas de la inteligencia. Emprendió, para decirlo con palabras que le pertenecen, una “venganza creadora”.
En el soneto “9 de febrero de 1913”, expresa: “Desde entonces mi noche tiene voces, / huésped mi soledad, gusto mi llanto. / Y si seguí viviendo desde entonces / es porque en mí te llevo, en mí te salvo”. Su obra aspirará entonces a salvar al padre, a dejar el apellido Reyes en condiciones que a su juicio hubieran satisfecho al exgobernador de Nuevo León. Si su padre (admirador de Espronceda) y su hermano y casi todos viven atados a un sentimiento romántico que muchas veces conduce a la desmesura y a la muerte, él hace exactamente lo contrario: con serenidad neoclásica, examina el rostro de la coyuntura y sabe que para su proyecto de salvación física y espiritual es necesario tomar distancia; ya en 1911, en un nicho cercado de violencia, mira la habitación que ocupa en su casa de la ciudad de México: “Pero sé que mi estancia aquí ha de ser transitoria, y la casa misma me es ajena”.
Lo que, pese a su obsesiva ecuanimidad de siempre, todavía era confusión luego de la Decena Trágica, fue destilado hasta la transparencia en 1930. La “Oración…” le sirvió a Reyes para poner en papel lo que casi intuitivamente decidió cuando todavía estaba fresca la sangre de su padre. Luego de describir el peso que tuvo el general Reyes como presencia más espiritual que física en su vida (el escritor recuerda que lo veía poco, dado que él estudiaba en México mientras su padre gobernaba Nuevo León), apunta:

De repente sobrevino la tremenda sacudida nerviosa, tanto mayor cuanto que la muerte de mi padre fue un accidente, un choque contra un obstáculo físico, una violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico. Esto dio a su muerte no sé qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contras las intenciones de la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber sobrevenido aquella muerte en medio de circunstancias singularmente patéticas y sangrientas, que no sólo interesaban a una familia, sino a todo un pueblo. Su muerte era la culminación del cuadro de horror que ofrecía entonces toda la ciudad. Con la desaparición de mi padre, muchos, entre amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria. Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas.

La muerte de su padre fue, para Reyes, una “grosería cosmogónica”, una “afrenta material contra las intenciones de la creación”. Según su hijo, muy otro era el destino para el general, entonces, y otras las intenciones de la creación. Fuera cierto o falso, de ello estaba convencido, por lo que él reemprende con creciente fervor el recorrido trunco, la vida segada abrupta y absurdamente por el plomo (“es porque en mí te llevo, en mí te salvo”, recordemos).
Para lograr su cometido, Reyes debe exorcizar un demonio que quizá a otros los hubiera devorado, el del odio que conduce al anhelo de desquite:

También supe y quise cerrar los ojos ante la forma yacente de mi padre, para sólo conservar de él la mejor imagen. También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir en esclavizarme a la baja vendetta. Lo ignoré todo, huí de los que se decían testigos presenciales, e impuse silencio a los que querían pronunciar delante de mí el nombre del que hizo fuego, De paso, sé que me he cercenado voluntariamente una parte de mí mismo; sé que he perdido para siempre los resortes de la agresión y de la ambición. Pero hice como el que, picado de víbora, se corta el dedo de un machetazo. Los que sepan de estos dolores me entenderán muy bien.

Pasados los años, Reyes logró imponerse. Ni la esterilidad, ni el odio, ni la “baja vendetta”, nada de eso lo dominó, sino el trabajo articulador de una obra que sumó miles de páginas escritas con la mejor prosa castellana, un desempeño diplomático de excelencia y la forja de instituciones como El Colegio de México o el Instituto Francés de América Latina. Sé que su figura sigue despertando hoy indiferencias y recelos. Sin embargo, goza mayormente de reconocimiento y en muchas evidencias se puede notar que el episodio fatal de la Decena Trágica a él lo movió en un sentido irregateablemente útil para el país, lo que a fin de cuentas avanza en el sentido de todo proyecto revolucionario.
Entre otros testimonios de respeto, cuando en 1968 Ediciones ERA —sello identificado siempre con la izquierda, donde había salido ya, por cierto, la “Oración…”, esto en 1967— publicó un Anecdotario de Reyes, quedó de manifiesto que su obra ya no era evaluada con los juicios y prejuicios de la historia oficial, sino por su valor intrínseco y su permanente y orientadora luminosidad, su revolucionario y humanista empaque.

Comarca Lagunera, 11, marzo y 2010