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sábado, noviembre 29, 2025

El personaje Rulfo


 








Es imposible pensar en la repercusión de los dos famosos libros (El Llano en llamas y Pedro Páramo), y sobre todo de la novela que en este 2025 cumple 70 años, sin aproximarnos al enigma Rulfo. Como ocurre con todo lo que se refiere a él, hay muchos testimonios de quienes lo conocieron y lo trataron. Me ciño por ahora a dos: el de Elena Poniatowska en el libro ¡Ay vida, no me mereces!, y a la conferencia “La persona Juan Rulfo”, de su coterráneo Antonio Alatorre. Para empezar, es un hecho que Rulfo fue un sujeto tímido, retraído, callado y por ello enigmático. Carballo, en una entrevista de 2006, apunta que en esa manera de ser se basó buena parte del éxito alcanzado por el personaje Rulfo:

“Rulfo no se dedicaba a promoverse. Rulfo le tenía miedo a la fama. Al final le daba gusto, pero él no ayudó a hacer su fama, más bien se escondía de la fama y eso le cayó muy bien a la gente. El huir de la promoción fue lo que le cayó bien a la gente: el escritor humilde y talentoso. Era hábil, y con eso hizo más propaganda sin hacer propaganda. Muchas gentes, como Fuentes, como Paz, hacían mucha publicidad y no tuvieron la ventaja que tuvo Rulfo. El escritor sencillo, huraño, que escribió un libro”.

Poco antes de morir, a Poniatowska le hizo este comentario luego de que ella lo elogia:

“—Me refería a que tú eres un gran escritor.

—Pues yo siento que soy un pobre diablo, así es el sentimiento que yo tengo, soy todo deprimido y marginado.

—Eres más ocurrente que eso, Juan.

—Eso sí, tengo mis ocurrencias. Pero lo que no me gusta es la gente, hablar en público, no me siento bien, nada bien. Me entra el pánico, me deprimo mucho, por eso te digo que soy deprimido, me entra la depresión baja y siempre tengo la presión baja, entonces me entra una depresión más baja que la depresión”.

Alatorre, su paisano de Jalisco, describe en “La persona Juan Rulfo” algunos pasajes de su vida, incluso de su genealogía. Los abuelos y los padres fueron personas pudientes en su época. Lamentablemente, al nacer, las escaramuzas de la Revolución no se habían apagado y pronto, en su niñez y por su rumbo, se desató la revuelta cristera (1926-1928) donde su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, fue asesinado. Poco después murió María Vizcaíno, su madre, y el niño terminó, como sus hermanos, en un orfanato. En la frialdad de aquel espacio comenzó a leer, lo mismo que en el seminario, donde estuvo un tiempo hasta que lo enviaron a la ciudad de México a vivir con un tío militar. En la capital, el tío le consiguió un trabajo menor en Migración, donde coincidió con el escritor Efrén Hernández, quien detectó que su amigo Juan leía y escribía, y lo estimuló a mostrar sus cuentos. Con reticencia, Rulfo aceptó publicar un primer relato. Nuestro autor volvió a Guadalajara como empleado de Migración, y allí se encontró con sus paisanos Arreola y Alatorre, quienes le arrancaron otros dos cuentos. Al retornar a México, consiguió otra ocupación, el de la Goodrich Euzkadi, como vendedor de neumáticos de ciudad en ciudad por muchos lugares del país. Por entonces ya se había casado con Clara Aparicio, y ya tenía hijos. Al dejar esa empresa, agarró otro pequeño empleo en la Secretaría de Gobernación, y al entrar la década de los cincuenta obtuvo la beca del Centro Mexicano de Escritores, donde escribió Pedro Páramo.

En revistas publicó algunos adelantos de su novela aún no con el nombre definitivo. El título tentativo más famoso fue “Los murmullos”, e incluso hubo un momento en el que Comala no se llamó así, sino Texcacuesco, y Susana San Juan llevó un nombre distinto y muy extraño para el tono de la historia: Susana Foster. El 16 de marzo de 1985, Excelsior publicó un texto de Rulfo que recuerda detalles de la escritura de Pedro Páramo, cuando era becario del CME:

“En mayo de 1954 compré un cuaderno escolar y apunté el primer capítulo de una novela que durante muchos años había ido tomando forma en mi cabeza. Sentí por fin haber encontrado el tono y la atmósfera tan buscada para el libro que pensé tanto tiempo. Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules. Al llegar a casa, después de mi trabajo en el departamento de publicidad de la Goodrich, pasaba mis apuntes al cuaderno. Escribía a mano, con pluma fuente Sheaffers y en tinta verde. Dejaba párrafos a la mitad, de modo que pudiera dejar un rescoldo o encontrar el hilo pendiente del pensamiento al día siguiente. En cuatro meses, de abril a agosto de 1954, reuní 300 páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas”.

Cuando la terminó y comprometió su edición con el Fondo de Cultura Económica, Rulfo tuvo que dar forma definitiva al libro. Se dice que le podó decenas de cuartillas, y que fue Arreola quien lo ayudó a organizar la versión definitiva. Al salir al mercado, poco a poco, la vida de Rulfo pasó al estrellato, a la visibilidad, pero él no pudo abandonar su personalidad huidiza y hasta apocada. Lo esperaban muchas entrevistas, el asedio de la crítica, los reflectores, los viajes, la molestia del asedio.

Nota. Fragmento de la conferencia titulada “Comala está de fiesta. Pedro Páramo cumple 70 años” que se celebró en la cafebrería La Tinta, Torreón, el 26 de noviembre de 2025.

sábado, octubre 25, 2025

Asedios de Antonio Alatorre


 











Alguien, no sé quién, le prestó o le regaló a Gilberto Prado Galán la voluminosa edición de lujo, no venal y publicada por Bancomer (1979), de Los 1,001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre (Autlán, Jalisco, 1922-Ciudad de México, 2010).  Era entonces, cuando Gil me lo mostró, esto hacia mediados de los ochenta, un libro inencontrable, fuera de comercio, así que nomás pude verlo un instante aquella vez. Recuerdo que mi amigo lo manejaba con veneración, como se trata a los libros que de alguna manera cambian la vida.

Varios años después me topé con la primera edición ya comercial publicada por el FCE (México, 1989). Como nunca olvidé los elogios de Gilberto al magnífico trabajo del maestro Alatorre, lo compré, lo leí y lo reseñé como lo que es: acaso el mejor libro de divulgación escrito por un mexicano sobre la historia de nuestra lengua. Es, desde que pude leerlo, una obra entrañable para mí tanto como sentí que lo fue para Gilberto, y con el correr de los años lo he recomendado machaconamente sobre todo a mis alumnos de talleres literarios para que conozcan, muy bien contada, la historia de su herramienta de trabajo: el español. Y algo más: luego conseguí una edición más del mismo libro publicada por la SEP y la original en una librería de viejo, la lujosa edición destinada a los clientes de Bancomer, aquélla que sólo vi por encimita y me anotició sobre la existencia de este documento espléndido.

Por lo anterior, desde hace casi cuarenta años tengo respeto por la figura de don Antonio Alatorre. Además del libro capital ya mencionado, de él he leído ensayos sueltos en revistas académicas, la mayoría sobre literatura barroca y autores del Siglo de Oro, su especialidad. Recién sumé Ensayos sobre crítica literaria, libro publicado por El Colegio de México en 2012 (México, 193 pp), y me parece que sus nociones sobre el acto crítico son más que atendibles por quienes además de leer aspiran a enhebrar algún comentario o idea sobre lo leído o respetan tanto la creación literaria como la crítica que sobre ella se ejerce.

Contiene una docena de asedios a otros tantos problemas de la crítica literaria, varios de los cuales fueron escritos para ser presentados en congresos, coloquios o mesas redondas, de modo que para bien acusan, pese a la densidad de algunas ideas allí planteadas, dejos de la exposición oral que les dio origen. Al parecer, y esta sensación se reafirma varias veces en el libro (“no quiero aumentar el ya enorme cerro de lo prescindible”), Alatorre no asigna gran valor a estas páginas, pero sin duda son esclarecedoras si pensamos en la excelencia de su labor crítica. Apenas abre, comparte esta idea: “Para mí, por ejemplo, si se trata de un soneto de Garcilaso de la Vega, lo importante es entenderlo, y entenderlo no así como así, sino en su ser mismo, en su todo y en sus partes, con su sustancia y su ornamento, su mensaje y su estructura; entenderlo como lo entendían los contemporáneos de Garcilaso, y aun Garcilaso mismo”. Comprender íntegramente lo que un texto fue para su autor y sus contemporáneos es uno de los ejes de la crítica, y esto es ya una noción muy de tener en cuenta.

Asimismo, Alatorre sabe que su trabajo como docente y enjuiciador de obras literarias tiene la función de enlace: “El buen crítico no estorba, sino ayuda, y su misión, entre otras cosas, es de índole pedagógica”, ya que “El crítico es un lector, pero un lector más alerta y más ‘total’, de sensibilidad más aguda: las cualidades de recepción del lector corriente están como extremadas y exacerbadas en el lector especial que es el crítico”, y “Las impresiones que en el lector ordinario son difusas e imprecisas, se dan organizadas, coherentes y luminosas en el crítico”. Por todo, “La crítica es la formulación de la experiencia del lector. Pone en palabras lo que se ha experimentado con la lectura”.

Alatorre despliega en la mesa el papel fundamental de la lectura atenta, base del ejercicio crítico que se convierte a su vez en escritura y luego se vuelca a los lectores: “el crítico literario es un lector que no se guarda para sí mismo su experiencia (…) la pone a la luz, la hace explícita, la examina, la analiza, se plantea preguntas acerca de ella”. Uno de los temas salientes de este libro es la discordia entre las herramientas críticas de Alatorre y las que irrumpieron con las nuevas corrientes del análisis. Esto lo puso en aprietos, pues por iniciativa propia o ante la inquisición de los demás, tuvo que opinar aunque no lo quisiera: “que el diccionario de términos imprescindibles que un foco neo-académico preparaba no hace mucho para uso de críticos modernos rechace ‘emoción’, ‘imaginación’, ‘belleza de lenguaje’, ‘coherencia’, ‘fuerza de convicción’ o ‘sensación de vida’ y en vez de eso incluya ‘intertextualidad’, ‘red actancial’, ‘red actorial’, ‘reducción accional’ y cosas por el estilo, ya no me es tan indiferente”. Lo resolvió tratando de demostrar que aunque a veces quedaba lejos de ese tipo de expresión nueva, era viable discernir entre los nuevos críticos brillantes de los charlatanes que se valieron, ignoro si todavía es así, de jergas intragables para descifrar textos literarios.

Entre los temas de Ensayos sobre crítica literaria más interesantes están tres: su análisis sobre Menéndez y Pelayo (“es doloroso ver a Menéndez Pelayo aceptar el punto de vista católico retardatario y no el punto de vista católico ilustrado”), imperdible por lo que significó para la lengua española el crítico santanderino; su debate contra nuestro paisano Evodio Escalante para esclarecer los valores o antivalores de la nueva crítica, y su crítica a la comisión para la defensa del español creada sexenios ha, pues “el español se defiende solo” (“Yo dediqué dos de mis conferencias del Colegio Nacional a cuestionar los presupuestos y las metas de esa Comisión, y aun su ser mismo, y las habría publicado si la cruzada nacionalista hubiera seguido adelante, con ganas de que sus organizadores, Fernando Solana y Eliseo Mendoza Berrueto, se dieran tiempo para dialogar conmigo, aunque fuera para reducir a polvo mis críticas. Pero no: la campaña no traspuso la frontera del sexenio”).

Hace una semana comenté a las carreras un libro de la gran Margit Frenk. Hoy comparto aquí este otro sobre un libro de su marido, don Antonio Alatorre, uno de los críticos literarios, filólogos e historiadores del español al que debemos tener siempre en la mira, leerlo.

Nota. Como dato curioso y postreseña, la relación Antonio Alatorre-Gilberto Prado Galán que ocupa anecdóticamente el primer párrafo de este comentario se extendió a una coincidencia en sus cronologías: ambos murieron un 21 de octubre; Alatorre del 2010 y Prado Galán del 2022. Que este apunte sirva un poco para recordarlos con la admiración que me merecen.

sábado, octubre 18, 2025

El Quijote de Margit Frenk

 












Margit Frenk cumplió cien años el 21 de agosto pasado. Nació hacia 1925 en Hamburgo, Alemania, y desde hace muchas décadas tiene la nacionalidad mexicana. Por la amplitud y profundidad de sus saberes y por su dilatada carrera sobre todo en la UNAM y El Colegio de México, se trata de lo que habitualmente calificamos como “eminencia”. En su larga trayectoria, la doctora Frenk acumula libros de crítica, compilaciones y traducciones que le han granjeado los más altos reconocimientos que es posible otorgar en México al quehacer académico. Fue, lo digo como dato lateral, esposa del maestro Antonio Alatorre, también notable estudioso de la literatura.

En su libro Cuatro ensayos sobre el Quijote (FCE, Lengua y estudios literarios, México, 2013, 58 pp.), Frenk pone en juego su agudeza para analizar aspectos de suyo atractivos sobre la novela de Cervantes. Lo hace con profundidad, pero sin ubicarse lejos del lector no especializado. Son, pues, asedios que sin renunciar a la hondura en el tratamiento del tema permiten al lector de a pie vislumbrar recovecos no tan evidentes del Quijote, libro que jamás agotará su capacidad de sugerencia.

Los ensayos refuerzan el deseo de claridad desde sus títulos: “El prólogo de 1605 y sus malabarismos”, “El imprevisible narrador en el Quijote”, “Alonso Quijano no era su nombre” y “Don Quijote ¿muere cuerdo?”. Insisto en que la explícita promesa encerrada en los títulos se cumple en cada pieza. Así en el primero, donde Frenk focaliza su reflexión en el más que famoso prólogo cervantino a la primera parte del Quijote. Y lo digo desde ya: creo que un común denominador en los tanteos de este libro radica en el examen de rasgos que hacen a la ambigüedad en todo lo que se relaciona con la novela sobre el esmirriado caballero andante.

El prólogo no es la excepción, y de hecho es en donde arranca el juego de Cervantes con la casa de espejos narrativa en la que ninguna afirmación puede ser entendida como certeza completa. Cada párrafo es terreno movedizo, incluso en el paratexto prólogo, habitualmente tenido como no ficcional: “Cervantes se ha encargado de que la voz que habla en el prólogo sea la suya y, a la vez, no lo sea. Al mencionar varias veces a don Quijote como si fuera un ser real, está ya con un pie metido en la por él inventada historia del caballero manchego y ‘ficcionalizándose’ a sí mismo”. En efecto, no sabemos desde allí si quien escribe las páginas liminares es el autor mismo o un personaje inventado por el autor mismo que simula ser el autor mismo: “Cervantes ha introducido en su prólogo a un personaje ficticio, con el cual finge dialogar. Así, por vía doble, ese que creíamos ser ‘Cervantes’ se nos convierte en un ente de ficción”. Este recurso no es un mero pasatiempo para desesperar al lector, sino algo más entrañable, como lo consigna Frenk: “en el Quijote nada es de manera definitiva, sino que todo está en movimiento, en una fluctuación constante, que da fe de que la realidad es inestable, cambiante, contradictoria, como lo somos los seres humanos. Por eso la ambigüedad consustancial de la obra, desde el ‘Desocupado lector’ del primer prólogo hasta las últimas palabras de la segunda parte. Ambigüedad inquietante, sí, pero que nos está trasmitiendo una idea liberadora: que no existe en este mundo una sola verdad”.

El segundo momento del libro trabaja en la misma orientación, la de la ambigüedad, en este caso sobre el narrador de la historia. ¿Quién es?, nos preguntamos a cada rato: “¿de quién es la voz del narrador en el Quijote, si no es la de Cervantes? Es de una entidad que se basta a sí misma, independiente de su autor. La crítica cervantina de las últimas décadas lo ha llamado ‘supranarrador’, ‘narrador externo’ y, más técnicamente, “narrador extradiegético-heterodiegético’”, un narrador que “entra y sale de la escena y vuelve a entrar, caprichosamente, cuando se le antoja”, de suerte que “Son infinitas las situaciones sobre las que el narrador proyecta sus dudas, con expresiones como quizá, al parecer, debía de, se cree que, dicen que, es opinión que, parece ser que…”, y otra vez parece que salimos de un mundo de certezas estables para ingresar a otro espacio igualmente incierto: “Las frecuentes expresiones dubitativas de ese narrador supuestamente omnisciente nos enfrentan a una realidad inestable, insegura”.

Los dos ensayos finales, ya lo adelanté, aran el mismo territorio: Cervantes, con malicia y no por descuido, construyó una historia en la que la realidad es como la realidad, no una, sino varias, tantas como subjetividades la perciban. Por eso la suma de dos ambigüedades más: la del nombre del Quijote, que nunca sabemos bien a bien cuál es (“no ha faltado quien se refiera a este nombre como uno más de los que se adjudican en la novela al hidalgo. Habla Laín Entralgo de ‘un hidalgo manchego del que nunca sabremos si se llamaba Alonso Quijano, o Quijana, o Quijada, o Quesada’”) y el hecho de que tampoco tengamos total certidumbre acerca de la condición en la que murió, si cuerdo o loco: “Pienso que Cervantes no sería Cervantes si en ese final de su obra hubiera renunciado a la ambigüedad, si no hubiera proyectado sobre la afirmación de la cordura de su héroe un gran signo de interrogación”, así que “cuando don Quijote habla de caballerías, enloquece; cuando habla de otras cosas, está cuerdo. Y esta antítesis perdura hasta el final”.

Dado todo lo anterior, la almendra del libro (de Frenk) está en sus énfasis sobre la inestabilidad del Quijote, el permanente coruscar de señas que llevan a un lugar que a su vez emite señas que nos traen de regreso al sitio de donde partimos o a otro distinto. Lo dicho: el Quijote es inagotable y los cuatro ensayos de la centenaria Margit Frenk han colocado cuatro piezas más en el infinito rompecabezas cervantino.

martes, mayo 19, 2020

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco




















Hace un cuarto de siglo, en 1996, publiqué esto. Recién habíamos pasado el tercer centenario luctuoso de Sor Juana, yo coordinaba el suplemento cultural La Tolvanera de la revista Brecha, de Torreón, y además de pescar aquí y allá textos ajenos, sobre las rodillas escribía los propios. Se trata entonces de un rescate, de un viejo apunte, y ahora que lo pienso es mejor resucitarlo en lugar de que se quede guardado en arrumbados discos duros. Algo novedoso podrá aportar todavía. Reitero una disculpa por mi prosa de aquella etapa. Le he purgado algunas fealdades, pero ya preveo que el despiojamiento no ha sido suficiente.

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco

En todo quanto escrives, engrandezes
con tu estilo el Idioma Castellano,
pues con frases muy cultas establezes
vn escrivir, y hablar tan cortesano,
que tu sola entre todos resplandezes
quedando de tu ingenio soberano
excedidos en sabias discreciones
los Senecas, Plutarcos, y Platones.
                      Ioseph Zatrilla y Vico

Hace 301 años, en 1695, murió Sor Juana. Los homenajes que bien mereció en 1995 dieron un torrente de publicidad —acaso siempre pobre si consideramos el tamaño mitológico de la jerónima— a su figura. En innumerables artículos, ensayos y reseñas desparramados en revistas y periódicos de México y de otros sitios, una legión de admiradores se puso al servicio de la monja. Los Alatorres, los Buxós, los Fernández, los Garridos, los Quirartes, en la capital, y los Prados, los Garcías Muñoz, los Martínez, los Rosales y otros en La Laguna, dedicaron papel y tinta emocionados a la recordación del tricentenario. Como lo requería, la efemérides también alcanzó la propaganda del cine, del teatro y el estímulo oficial por medio de varias mesas redondas y demás organizados en instituciones de cultura. No sin gusto, leí y publiqué en las páginas quincenales de La Tolvanera algunas aproximaciones al tema sorjuanino. Sin embargo, no escribí una sola línea sobre el asunto. Como en otras tantas ocasiones, el tema rebasaba mis posibilidades de originalidad. ¿Qué decir más o menos novedoso en torno a la autora del Primero Sueño? ¿En dónde hallar un hilo desconocido en el inmenso tapiz que es la obra de la poeta mexicana? ¿Con cuáles herramientas trabajar frente a los instrumentos de precisión empleados por aquellos afamados sorjuanistas? ¿Para qué robar el tiempo del lector con algún comentario ya trabajado por la mano del erudito? ¿Qué no parece suficiente la cordillera levantada, sea un ejemplo, por Octavio Paz? Con esas preguntas uno —tal vez sólo yo— queda paralizado, maniatado sin metáfora. Así dejé pasar el 95, sólo como espectador enfebrecido de cuanta página sobre la escritora novohispana me llegó.
Pero en febrero del 96, a 24 pesos y perdido en una librería de viejo chihuahuense, encontré un libro curioso que, desde el principio, supe me deparaba la emoción de un comentario quizá útil. No un ensayo sobre un asunto del que me sé imperito, pero sí unas cuantas palabras sobre un documento que al menos entiendo poco dado a la publicidad en La Laguna y del cual no he visto alguna alusión en otros libros, hecho que me permite aventurar los renglones que aquí avanzan. Se trata, pues, de una obra casi desconocida y para comenzar a mostrarla traslado su portada original, reveladora en sí misma:
POEMA HEROYCO  /  AL MERECIDO / APLAVSO DEL VNICO / ORACVLO DE / Las Musas, glorioso assombro de los Ingenios, y / célebre Phenix de la Poesía, la esclarecida, y Ve-  /  nerable Señora, Soror / IVANA INES DE LA / CRVZ Religiosa professa en el Monasterio / de San Geronimo de la Imperial / Ciudad de Mexico / DEDICASE / AL EXCELENTISSIMO SEÑOR / Conde de Altamira, Marqués de Almazán y Poza, / &c. Gentilhombre de la Camara del Consejo de / su Magestad, Virrey, y Capitan General de este / Reyno de Cerdeña, y electo Embaxador / de Roma / ESCRIVIÓLE / EL CONDE DE VILLASALTO, / Cavallero del Orden de Alcantara, &c. vezino / de la Ciudad de Caller. / BARCELONA: En Casa Cormellas, por Thomàs / Loriente, Año 1696 / Vendese en casa Balthasar Ferrer Librero.
Las portadas antiguas tenían el discreto encanto de la prolijidad. En ésta, agradecemos a Ioseph Zatrilla y Vico, Conde de Villasalto, la abundancia de pincelazos que bocetan desde la fachada el tema y el tono de su obra. Sor Juana es, sin más rodeos, “el único oráculo de las musas”. Zatrilla y Vico no titubea en una sola de sus líneas, mucho menos en las que darán la cara al lector: la monja nacida en Nueva España es un trofeo de las letras castellanas. Zatrilla y Vico, lejos de cualquier contención admirativa, se desborda apenas iniciado su libro, desde el mismo pórtico y sin esperar siquiera el primer verso. En 1696, hace tres siglos, la jerónima no sólo había atravesado con su obra la muralla erigida por la indiferencia peninsular a la literatura que muchos creadores urdían en las colonias ultramarinas, sino que, además, logró devotos, como Zatrilla, cuya fascinación por la autora rozaba el enceguecimiento. Para sentar testimonio acerca de la fama y el respeto que en lejanos círculos se había ganado la escritora, el Poema Heroyco se eleva a la condición de prueba por su contundente aspiración al monumento: Sor Juana, la musa recordada y admirada y homenajeada con justicia en 1995 sobre todo en México, tenía ya, en Europa, sus adictos hacia 1696, y acaso Ioseph Zatrilla y Vico sea, por la estatua de palabras que dedicó a la monja, el inaugurador de un hábito: el de rendirse ante la obra de la religiosa.
El Poema heroyco al merecido aplavso de Soror Ivana Inés de la Crvz, publicado exactamente hace  tres siglos, es como un torreón de cien firmes hiladas. Al centenar de octavas reales (ocho versos endecasílabos por estrofa y rimados A-B-A-B-A-B-C-C como en el modelo que sirve como epígrafe a este texto) no contiene ningún miedo a la comisión de hipérboles: Sor Juana, o más bien su obra, merecen cien octavas reale  —tambián llamadas octavas rimas o heroicas, dado que, además de rimar con un rígido metro, se utilizaron para componer poemas caballerescos, mitológicos y épicos cultos como La Araucana de Ercilla o El Bernardo de Balbuena— de pura admiración . Parece demasiado lo que Zatrilla y Vico siente por una escritora retirada en la paz de sus desiertos.
Pese a la importancia del merecido aplauso de Zatrilla, la edición fascímile de 1993, preparada y prologada por Aureliano Tapia Méndez, alcanzó apenas los dos mil ejemplares. Contiene, además del poema, un retrato del escritor sardo y su escudo de armas. Esto es curioso: el icono muestra a Zatrilla exactamente bajo la misma pose y circunstancia que guarda Sor Juana en el célebre lienzo de Miranda. Al parecer, era una costumbre de la época, ya que “Además de la similitud en la composición de ambos retratos —señala Tapia— y de la actitud de los dos personajes, advertimos la pluma en la mano derecha y la posición de la mano izquierda; dos tinteros, uno con una pluma dentro; los libreros con tres entrepaños; sobre la mesa de la Fénix, los tres tomos de sus obras poéticas: bajo la mano del Conde, el libro abierto y otro cerrado que lleva en el lomo parte del título de sus obras ‘Engaños y Desengaños del profano amor...’ (...) Por último son muy semejantes los cortinajes y la borla colgante en ellos.”
Poco conocido, José Zatrilla y Vico, Dedoni y Manca (Cáller —Cagliari—, Cerdeña, 1648-¿?) fue un novelista de la literatura sardo-hispánica del siglo XVII. Dado que Cerdeña perteneció al reino aragonés-catalán (lo mismo que Nápoles y Sicilia), el castellano cundió en aquella isla y sirvió como instrumento para el quehacer intelectual de Zatrilla, novelista cuya celebridad, aunque mínima, se apoya en sus Engaños y desengaños del profano amor, historia ubicada en Toledo que describe los enredos amorosos entre el duque Federico y la casquivana doña Elvira. Cien por ciento moralizante, esta obra, según su autor, intenta “reprehender el vicio” con unas “razones muy christianas” ya que “Rara es la mujer que no haga tal vanidad de su hermosura, que por ella no atropella gran parte de su modestia, dando lugar a que la festejen y celebren por singular, y de aquí se sigue su resvalo, mostrándose agradecida en ofensa de su honor”. Como soldado de la verdadera fe, Zatrilla aprovecha los Engaños... para defender, de paso, su credo y fustigar a los luteranos, dedica su obra a Carlos II y pide que “nuestro Señor guarde la Catholica y Real persona de V.M. para asombro y terror de los infieles, y gloriosa exaltación de nuestra santa fe, como la Christiandad ha menester”. Por su parte, la descomunal Enciclopedia Vniversal Ilustrada Evropeo Americana (Espasa-Calpe, Madrid, 1991, p. 1126, tomo 70), apenas entrega una lacónica biografía: “Escritor español del siglo XVII, n. en Córcega, al que se debe: Engaños y desengaños del profano amor, deducidos de la amorosa historia que á este intento se describe del duque don Federico de Toledo (Nápoles, 1687-88; Barcelona, 1737 y 1756), y Poema Heroyco (Barcelona, 1696)”. Es todo; la minificha, aparte de arrojar poca luz sobre la vida de Zatrilla, yerra de isla: no es Córcega, sino Cerdeña como ya se vio, la patria original del autor sardo-español.
Aún inéditos, existen algunos manuscritos de Zatrilla conservados en la Biblioteca de la Universidad de Cerdeña; sólo Engaños... y el Poema Heroyco han alcanzado el favor de las prensas. Este último libro, como dije, cumple 300 años y es, casi seguro, el primer gran homenaje de este tipo dirigido a la figura de Sor Juana, y claro que Zatrilla labró sus endecasílabos sin saber que su personaje estaba a punto de morir o había muerto recién. El tema dorsal que yergue a cada octava heroica es la exaltación de la inteligencia usada por la monja para tejer toda su obra en prosa y en verso. Zatrilla —con puntual examen— advierte que Sor Juana aspiró a la universalidad del conocimiento y, para asombro de sus lectores, lo logró en un mundo dominado, sobre todo en el terreno intelectual, por varones. El Poema Heroyco, entonces, apunta hacia el dibujo de una personalidad, la de Sor Juana, con plurales intereses que, habida cuenta de su talento y su condición de mujer, consiguió lo que unos cuantos: mostrarse íntegramente dueña de variados saberes y ducha como pocos(as) para la creación en los géneros de moda: poesía, teatro y prosa expositiva.
La edición príncipe, de la cual se sospecha sólo existe un ejemplar, es propiedad de The Hispanic Society of America, de Nueva York, y está catalogada por esa agrupación entre sus Manuscripts and Rare Books. Mide el libro 20.5 por 15 cms. Según consigna el prologuista y editor, Zatrilla conocía, dada la rápida comunicación entre España y sus colonias, algunas obras de la monja como la Inundación Castálida (Madrid, 1689)  y el Segundo volumen de las Obras de Soror Juana Inés de la Cruz (Sevilla, 1692). Pero si nos atenemos a la bibliografía listada por Anita Arroyo, es muy probable que Zatrilla haya conocido, también, Poemas de la Unica Poetisa Americana, musa dézima, Soror Juana Inés de la Cruz..., religiosa professa del Monasterio de San Gerónimo, de la imperial ciudad de México, que en varios metros, idiomas y estilos, fertiliza varios assumptos, con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos, para enseñanza, recreo y admiración (Madrid, impresa por García Infanzón en 1690) y el Segundo tomo de las Obras en la edición barcelonesa de 1693 impresa por Joseph Llopis “y a su costa”. Esto es un hecho: el escritor sardo había leído muy bien, aunque parcialmente, a la escritora  mexicana (¿por qué no decirle así, mexicana, si todos sabían que radicaba en “la imperial ciudad de México” ?) y por eso le esculpe su Poema Heroyco. A él le cabe la gloria de ser el primer gran devoto no americano de la monja y esa admiración generó cien octavas reales de rendido amor.
La herramientas retóricas de las que más se vale Zatrilla para levantar su elogio son la acumulación y el símil. Desde su arranque hasta el final, el autor va añadiendo partes homogéneas al poema como quien agrega ladrillos a cualquier edificación. El Conde de Villasalto escribe con un orden que denota, claramente, una preconcepción escrupulosa; así, por ejemplo, en varias octavas el último verso concluye con una enumeración y cada una de sus partes fungirá después como idea base de las siguientes octavas. En otros casos, el poeta alude en una estrofa a cierto grupo (“Las Musas”, por ejemplo) y en las estrofas venideras cada parte de ese grupo (cada musa) será comparada con Sor Juana de acuerdo al área del arte de que trate (teatro, historia, música, etcétera). El resultado ya podemos imaginarlo: un monumento de admiración a las discreciones, la agudeza y el ingenio de la escritora, un poema que se abisma en la gozosa comparación de las más grandes mujeres —y a veces de los más grandes hombres— con la mexicana. Cualquier lector notará, es cierto, que los versos de Zatrilla apelan, también, al uso frecuentísimo de la hipérbole. De hecho, el poema, si lo vemos como un todo, es una apretada hipérbole que se endereza a la gracia de Sor Juana. Así como Ercilla construyó La Araucana (esa cascada de octavas heroicas) para reconocer el coraje de los guerreros que sirvieron al cacique Colocolo, el Conde de Villasalto arma sus cien octavas para elogiar a la jerónima sin ahorro de imágenes que pueden aparecer al lector actual como sobreponderaciones. ¿Acaso Sor Juana superó de veras a Séneca, Plutarco y Platón? Claro que este no es el punto de la discusión; lo que Zatrilla y Vico quiso significar es que en Sor Juana se conjugaron virtudes literarias y filosóficas de diferente cuño, virtudes cuya diversidad la convirtieron en un personaje rarísimo no sólo de su tiempo, sino del pasado y del futuro. Vico parece preguntarse esto durante todo su recorrido: ¿cómo una mujer puede ser tan lúcida, cómo pudo Nueva España producir un fruto de tan alta calidad? Ya que no hay respuestas a este misterio, el Conde hace acopio de todos sus aplausos y se los encamina a la mujer que lo ha flechado con sus discreciones. Para él, Sor Juana es dechado de universalidad, ya que casi ningún área del conocimiento la arredró y, al contrario, en cada género y en cada disciplina mostró sus hechuras en un tiempo y en una sociedad no muy propicios para que la mujer alcanzara reconocimiento intelectual. Por todo eso, Zatrilla abulta su poema de lisonjas. Para lograr su propósito, y como buen lector del barroco, no desdeña el arsenal culterano de ninphas, musas, famas y demás seres fabulosos. Así, el autor del Poema Heroyco trabaja con los instrumentos de la “culterana hispanoparla” para levantar su estatua a la summa de discreción que fue Sor Juana para él.

domingo, agosto 30, 2009

Los 1,001 años de Alatorre



Si su colofón no miente, mañana 31 de agosto cumplirá veinte años de vida la primera edición comercial de Los 1,001 años de la lengua española, de Antonio Alatorre. Veinte, pues, como libro accesible en el mercado, y treinta justos porque una década antes, en 1979, había salido en edición no venal (fuera de comercio) auspiciada por Bancomer. La historia de mi relación con este libro data de 1985 y está ceñidamente vinculada a mi amistad con Gilberto Prado Galán. Recuerdo que en nuestras frecuentes y largas sesiones de café o de cerveza no faltaba el comento literario. No exagero cuando afirmo que Gilberto es uno de mis maestros: aunque somos contemporáneos (me lleva cuatro años, nació en 1960), su voracidad de lector y, sobre todo, su memoria de mina y teodolito permitían que enseñara literatura, filosofía y psicología sin proponérselo. Con solo platicar, siempre entre bromas, Prado Galán dejaba aquí y allá, en cualquier charla, referencias bibliográficas de elevado calibre.
Fue así, precisamente, mientras le tupíamos duro al café o a la cerveza, cuando un diálogo nos llevó a pensar en la historia de nuestra lengua. Yo tenía poco más de veinte años y apenas estaba saliendo del cascarón literario, así que me declaré incompetente para opinar sobre el asunto. Sabía, eso sí, como todos, que el español era hijo del latín (lengua hablada en la región de Lacio, en el centro de la actual Italia; de allí latín, de Latium, Lacio) y hermano de las llamadas lenguas romance (romance porque son herederas del imperio romano), o sea, del francés, del portugués, del catalán, del italiano, del rumano y de otras menos conocidas. Hasta allí mi información, lo poco que uno podía pepenar en la preparatoriana clase de etimologías. Gilberto se arrancó entonces con un comentario que traía fresco: me dijo que los primeros vestigios del español habían sido encontrados en las glosas silenses y emilianenses (de los monasterios de Silos y San Millán), hojas manuscritas en latín que al calce, en los márgenes, tenían anotadas algunas “glosas” en español, como si fueran subtítulos de película. Como las mencionadas primeras y más antiguas palabras escritas en español tienen, según los expertos que las hallaron, como mil años, y como se supone que antes de haber sido escritas ya andaban en boca de la gente, el español tiene entonces aproximadamente mil y pico de años.
Gilberto me explicó algo de lo que tenía a la mano, algo de lo mucho que guardaba en su oceánica memoria. Luego me dio el dato principal: que para conocer la historia de nuestra lengua había leído un libro de Antonio Alatorre cuyo título era Los 1,001 años de la lengua española y que fue publicado en una inencontrable edición de lujo patrocinada por Bancomer. Desde entonces, como el perro de Pavlov, salivé ansioso por obtener aunque fuera una modesta xerográfica de ese libro. Una vez lo pude hojear, y era tan voluminoso que reculé a la posibilidad de fotocopiarlo.
Cinco o seis años pasaron y en varias ocasiones recordé el pendiente de conseguir el libro de Alatorre. Aunque lo busqué más atento que un suricato parado, no pude localizarlo, pues la edición de Bancomer, como ya dije, estaba agotada. Ese problema dejó de serlo en 1989, cuando el Fondo de Cultura Económica tuvo la idea de hacer una reedición corregida y aumentada. Aunque la presentó en pasta dura, no es una edición de lujo, sino un producto accesible para los grandes públicos, de ahí el tiraje de cuatro mil ejemplares, uno de los cuales compré en Torreón y leí casi sin detenerme, azorado ante la amable belleza de la exposición y el cúmulo de datos organizado por el maestro Alatorre. A cerca de veinte años de haberlo leído, sigo emocionado por esta obra que recorrí como si se tratara de una novela en la que el protagonista no es un ser de carne y hueso, sino una lengua, el instrumento mediante el cual ahora nos comunicamos más de 400 millones de personas. El portento de historiar claramente el portento que es el español me enamoró en definitiva de mi idioma. A tal grado quedé agradecido con Antonio Alatorre (don Antonio Alatorre, debo decir) que desde entonces, cuando me preguntan algo relacionado con la biografía del español, sin dudarlo mando a los interesados hacia Los 1,001 años de la lengua española. Les digo que está en el FCE, aunque ignoro en qué edición va y si el autor la ha seguido corrigiendo y aumentando. Yo tengo la de 1989, ésa que mañana cumple veinte años, y me parece perfecta.
A los curiosos les comento, de paso, que la historia de Alatorre ha sido escrita para ellos, sólo para ellos. Es decir, no es un libro para especialistas, para filólogos o seres semejantes, sino para la raza de a pie que alguna vez se ha hecho esta pregunta o alguna parecida: ¿de dónde viene el español? Con ese mínimo interés es suficiente para que la lectura de este libro salga adelante. No hay términos técnicos, no hay notas al pie, no hay nada que ahuyente a los lectores de las páginas, y, sin embargo, es un libro culto, lleno de sabrosa información y, no está de más señalarlo, perfectamente escrito, ameno como pocos de su índole.
Alatorre invita con tranquilidad a los lectores; no hay, desde el saludo inicial, aspavientos ni presunciones inútiles: “Pueden creerme si les digo que no va a costarles trabajo la lectura. No voy a ponerme pesado ni a portarme exigente con ellos. Lo único que les pido, lo único que presupongo, es un poco de interés por eso que a mí, según he confesado, me interesa mucho: la historia de la lengua española, la historia de ‘nuestra lengua’, como la llamo a menudo en el curso del libro. Pues, en efecto, además de concebir lectores interesados en el tema, les he atribuido como razón central de su interés la más simple de todas, la más límpida, la menos tortuosa: he imaginado que el español es su lengua materna. Aparte de tales o cuales razones complementarias, la razón de mi propio interés es ésa. El español es la lengua en que fui criado, la de mi familia y mi pueblo, la de los muchos libros y revistas que leí en mi infancia (yo me hice lector a los cuatro años). El español es una lengua que me gusta (…) Escribo para la gente. El lector que ha estado en mi imaginación es el ‘lector general’, el no especializado”.
La claridad de la invitación es importante, pues no es infrecuente que los lectores asocien la gramática y la historia de la lengua con el mundo del aburrimiento y la oscuridad. Tras leer las primeras páginas de Las 1,001 años de la lengua española estoy seguro que se vendrán a pique los miedos y se apoderará de los lectores el gusto de ir sabiendo más sobre algo que convive con nosotros hasta en sueños y que sin embargo conocemos tan poco: nuestra lengua, la misma con la que hoy declaro, sin reparar en gasto de letras, mi admiración y mi agradecimiento al maestro Alatorre, donde esté.