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sábado, abril 01, 2023

Imagen + palabra = emblema












Para saber de qué trata Fiesta, duelo y ascetismo. Cultura simbólica en la Nueva España y el México Independiente (BUAP, 2022, Puebla, 143 pp.), libro de Édgar Valencia (Ciudad Victoria, 1975) podemos empezar por destacar dos manifestaciones de la cultura asequibles en la actualidad: el exvoto y el meme. Aunque el propósito de sus contenidos sea muy distinto, los une un rasgo evidente: la conciliación de la imagen con la palabra, el feliz matrimonio entre el dibujo y la expresión escrita. La eficacia de este ayuntamiento parece obvia: una imagen acompañada de una glosa textual permite una mayor inteligencia del mensaje, cuaja de golpe la decodificación del espectador. De esta hermanación entre dos sistemas comunicativos habla el libro de Valencia, sólo que ubicados en un producto de la creatividad humana cuyo éxito atravesó dos siglos en Europa y algo más de tiempo en su extensión americana: el emblema y sus variantes, lo que el autor sintetiza en la frase “cultura simbólica”.

Doctor en Letras por la UNAM, editor y académico, Édgar Valencia tiene ya largo rato dedicado al conocimiento muy especializado, terreno de eruditos, de la emblemática. El valor de su exploración nos sirve hoy para tener presente que la cultura de la imagen, que suponemos sólo actual debido a la omnipresencia de los medios que la usan, nos viene de muy lejos. En efecto, el poder de los símbolos acuñados como dibujos sedujeron al hombre al grado de convertir su hechura y glosa en una disciplina que dio como resultado la confección de una ardua bibliografía que hoy es insumo de especialistas. Gracias a Fiesta, duelo y ascetismo los no iniciados ingresamos pues a una temática que no por lejana deja de tener influencia en el presente, la de la imagen como poderoso vehículo de difusión.

Antes de llegar a la presencia y los usos de la cultura simbólica en la Nueva España, Valencia nos aproxima un contexto sobre el origen y el auge de la emblemática en el Viejo Mundo. Para quienes hemos estado ajenos a este saber especializado, es sorprendente el grado de difusión que tuvo la emblemática a partir del siglo XVI. Humanistas, científicos o simples aficionados alimentaron libros en los que se condensa un saber a partir del orden tripartita inscriptio, pictura y subscriptio, es decir, lema, dibujo o figura alusiva al tema y, al final, epigrama o declaración, lo que, acumulado, crea un dispositivo icónico-lingüístico.  

Desfilan por las eruditas páginas de Fiesta, duelo y ascetismo —que en algo me recuerdan, dicho sea de paso, las de La memoria vegetal, libro relativamente congénere de Umberto Eco— personajes mediana o nada conocidos por el lector de a pie, como Francesco Colonna, Piero Valeriano, Diego de Saavedra Fajardo, Francisco Sánchez de las Brozas, Benito Arias Montano y, claro, el más emblemático de los emblemistas: Andrea Alciato.

Por supuesto, la referencia a tales personajes no tiene sólo como fin censar a quienes se dedicaron al oficio, sino explicar los variados propósitos que tuvo la acuñación de imágenes o símbolos en la vida de occidente. Además de ilustrar el ingenio verbal, de decorar la inteligencia articulada en palabras, la imagen tenía un fin mnemotécnico por su capacidad para condensar una idea compleja de modo simultáneo, no sucesivo como acontece en la ilación verbal. Así, el emblema y sus muchas variantes sirvió a la teología, a la historia, a la filosofía, al teatro, a la política, y en el caso americano y específicamente novohispano, como subraya el libro de Valencia, se extendió más allá del tiempo atribuido a su boom europeo y todavía en la iconografía de la Independencia se sienten ecos de la emblemática al uso, por ejemplo, en representaciones patrióticas, y no se diga poco antes, en la etapa virreinal, con una copiosa iconografía efímera tanto festiva como luctuosa de la cual sólo se conservan écfrasis o descripciones de letrados como Sigüenza y Góngora o Sor Juana.

En suma, el ensayo Fiesta, duelo y ascetismo subraya que una práctica nacida e impulsada en el Barroco, la emblemática, no fue cercenada de tajo por la Ilustración, y su empleo permeó la imaginación de quienes al lado de la palabra disponían, puede decirse que hasta hoy, de símbolos o imágenes confeccionados para resumir ideas. Valencia, en el arranque de su libro, menciona al meme casi como tataranieto deslactosado del emblema. En efecto, en la conjunción icónico-retórica del emblema están presentes los sistemas comunicativos de un género que de alguna manera amplió su procedimiento hasta nuestros días, esta actualidad en la que imagen y palabra parecen indisolubles como herramientas de la comunicación.

Nota. Texto leído en la presentación de Fiesta, duelo y ascetismo. Cultura simbólica en la Nueva España y el México Independiente celebrada en el Museo Arocena de Torreón el 25 de marzo de 2023. Participamos Fernando Fabio Sánchez, el autor y yo.


miércoles, septiembre 29, 2021

La ollita del escritor

















Antes de la fotografía los escritores eran dibujados o pintados con obvios clichés: con toda la gravedad posible fija en el rostro, el modelo miraba de frente al artista y siempre, sentado o de pie, asía la pluma sobre un papelón amarillento. En el escritorio no faltaba el tintero, más hojas sueltas, algún cortaplumas y libros en cuyos lomos se podían leer algunos títulos del mismo autor representado en la imagen. El fondo podía ser simplemente oscuro o, como en el cuadro de Sor Juana, mostrar un librero bien poblado con aparatosos tomos. De background también eran habituales las cortinas y las borlas.




















Poco a poco la imagen del escritor en esa circunstancia, un verdadero tópico visual, pasó a ser planteado con mayor economía de elementos. El artista captaba al escritor así nomás, con su ropa habitual, y por allí un solo elemento servía para dar el mensaje deseado, es decir, que el modelo era un escritor, como en el caso del cuadro de Víctor Hugo.




















Con la llegada de la fotografía se impusieron los retratos. Casi desaparecieron los elementos representativos de la profesión (libros, escritorios, papeles, plumas) y quedó el puro rostro firme, cejijunto, desafiante, irónico incluso, muy pocas veces alegre, todo eso bien reforzado con un atuendo negro, como en las imágenes mejor conocidas —capturadas por el gran Nadar— de Baudelaire.




















Cuando la fotografía alcanzó plena popularidad y casi cualquier hijo de vecino pudo comprar una cámara aunque fuera de mala calidad, los escritores comenzaron a aparecer en escenas domésticas, haciendo de todo. Pienso, por caso, en las fotos de Cortázar en su buhardilla parisina, como la famosísima imagen en la que aparece con su cámara fotográfica y el gato en la ventana, o todas las demás con y sin Carol Dunlop.




















Ahora bien, los escritores fueron dibujados, pintados y fotografiados, respectivamente, con libros y tinteros, con gravedad del gesto debido al trance de pensar o en situaciones domésticas pero cercanas a lo poético. Eso fue brutalmente quebrantado por la imagen que, creo, representa el parteaguas de la fotografía del escritor en posición de antiescritor, de cínico, de sujeto ajeno casi por completo a la nobleza de las musas y cercano a los peores asuntos terrenales. La foto a la que me refiero es la de Charles Bukowski acompañado por la chica de no muy buena facha en un departamentito. Su grado de insolencia raya en la jocosidad: delante de lo que parece ser un refrigerador, el panzón Bukowski anda en calcetines, usa una playerita que a pujidos le llega al ombligo, un pantalón de vestir pero astroso y, claro, cerveza y cigarro en manos; aunque parezca increíble, la chica luce peor: una espantosa minifalda, unas espantosas medias, unos espantosos zapatos y un top del mismo estilo, infinitamente feo. Por si fuera poco, su cara es, pese a lo altanero del rictus o quizá por ello, desagradable. Remata su escandaloso look con una botella y un cigarro en la misma mano, lo que nos asegura su experiencia en trotes, por decirlo así, bukowskianos. En esa famosa placa hay algo, sin embargo, que casi no se ve, pero que a mi juicio representa el súmmum del desenfado: más que la playerita untada del viejo Bukowski o las atroces medias negras de la chica, lo que más acalambra para ubicar esta imagen en el rubro de lo antiliterario es la ollita plateada que se ve detrás, arriba del que parece ser un refrigerador. Esa ollita está a años luz de las plumas de ganso, los tinteros, las borlas, los libros y los trajes negros del escritor en pose de escritor. Esa ollita, la ollita de Bukowski, es el símbolo de toda una desacralización.























sábado, octubre 17, 2020

Aforística Sor Juana*










Casualmente hace poco, a propósito del refrán “debajo de mi manto, al rey mato”, mencioné un valioso libro de Nieves Rodríguez Valle, investigadora de la UNAM. La doctora observa lo siguiente: “El primer refrán del Quijote I aparece en el Prólogo y, significativamente, es ‘Debajo de mi manto, al rey mato’ (I, Prólogo, p. 51 ). Este refrán en su nivel metafórico, como todos los refranes, expresa una generalización que se aplica a una situación determinada, en donde el manto no es literalmente un manto, ni el rey un rey; el manto representa lo que puede cubrir, proteger, esconder, y el rey se presenta como la metáfora de lo más poderoso e infranqueable, lo intocable, la autoridad, la censura”.

La cita procede del libro Los refranes del Quijote: poética cervantina, vivisección pormenorizada de los dichos que acumula torrencialmente el Quijote a partir del mencionado “debajo de mi manto, al rey mato”. Destaco una sutileza visible en el título de la doctora Nieves Rodríguez: al decir que los refranes son parte de la poética de Cervantes se afirma, puesto que la poética es, digamos, el modo esencial que tiene un autor de insuflar literatura o belleza a su palabra, que la obra de Cervantes está signada por tal recurso, el del refrán.

Este procedimiento no es, de hecho, patrimonio exclusivo de Cervantes. Casi puedo asegurar que se trata de un ethos, palabra griega que suele ser usada para designar al conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad. Esto quiere decir que el uso de refranes, y en general el modo aforístico, atraviesa, permea la obra de casi todos los escritores del Siglo de Oro y su luz se extiende algunas décadas más adelante, pues todavía puede advertirse en las maneras de Sor Juana y otros escritores hispanos como Gracián o Feijoo, o novohispanos como Sigüenza.

¿Y en qué consiste el estilo aforístico? En su Diccionario de retórica y poética, Helena Beristáin, de la UNAM, apunta que el aforismo (también llamado apotegma, sentencia, refrán, adagio, máxima y proverbio) es una “Breve sentencia aleccionadora que se propone como una regla formulada con claridad, precisión y concisión. Resume ingeniosamente un saber que suele ser científico, sobre todo médico o jurídico, pero que también abarca otros campos”, y añade que “se origina en la experiencia y la reflexión”.

Tal es el estilo de Sor Juana, o al menos un rasgo saliente del estilo de Sor Juana, como bien ha subrayado Saúl Rosales en un libro de título inequívoco: Dichos de Sor Juana. Este nuevo libro glosa renglones aforísticos de la obra de la escritora novohispana. Para acometer su materia, el autor ha seleccionado fragmentos de Sor Juana en los que es posible advertir la sonoridad de una sentencia, dicho o paremia, con su consiguiente lección moral. La paremiología es, según la RAE, “tratado de refranes”, y el ensayista lagunero observa lo que de paremiológico hay en la obra de quien escribió Primero sueño. El resultado es un libro que nos abre amplias ventanas a la agudeza de la Décima Musa, a su finísima mirada sobre la condición humana.

En su advertencia, el autor señala que es “propósito de este libro acercar lectores a la obra de Sor Juana mediante giros lingüísticos que la puedan hacer aparecer próxima (prójima, o de la familia). Los dichos de Sor Juana reunidos en estas páginas proceden de poemas, obras para teatro versificadas y dos misivas: la Repuesta a Sor Filotea y la Carta a Núñez”.

Se trata entonces de 138 “dichos” de Sor Juana que el escritor lagunero entresacó para nosotros, todos con un comentario que los desmenuza clara, puntualmente, para hacerlos accesibles al lector de a pie, lector acaso menos habituado a moverse en el castellano del Barroco. Muchas veces, y esto lo he percibido con mis alumnos, el léxico y la sintaxis del español antiguo son barreras que parecen infranqueables. Muchos rechazan los Diarios de Colón o las Cartas de Cortés o la Historia verdadera de Bernal e incluso El Buscón de Quevedo porque esos señores escriben “muy raro” y no se les entiende, e incluso porque tienen “faltas de ortografía”. Si a esto añadimos la voluntad barroca de escritores como Góngora o Sor Juana, los lectores menos curtidos se agachan y se van de lado, reculan ante tal goce. Este alejamiento es lo que quiso evitar Alfonso Reyes al prosificar La fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, en un libro que se llama El Polifemo sin lágrimas, o ahora, entre nosotros, Saúl Rosales con Dichos de Sor Juana, que es casi como decir “Sor Juana sin lágrimas”.

Doy un solo ejemplo, no sin reiterar que hay 138 equivalentes en el libro. Tras citar los versos “Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso”, Rosales Carrillo acota: “Cuando se fracasa en un importante propósito es grato recibir alguna consolación. La máxima de Sor Juana que titula estas palabras parece adecuada para ello, para atenuar los efectos de la frustración”. Luego, poco más adelante, abunda: “Quien se haya propuesto ganar una competencia deportiva y no lo haya conseguido, quien se haya propuesto titularse como universitario sin lograrlo, quien haya pretendido obtener una casa para su familia sin obtenerla, quien haya intentado escribir un buen libro y haya fracasado, quien haya querido conquistar una pareja sin éxito —y miles de mejores ejemplos— podrían ser consolados con paremias como ésta: ‘Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso’”.

Leer Dichos de Sor Juana es, por todo, acercarnos a nuestra escritora mayor, rozar su grandeza; Saúl Rosales nos lleva de la mano a su aforística con comentarios que, estoy seguro, permanecerán en nosotros como “Cegar por mirar al sol / es gloria del animoso”. Animémonos pues a mirar el sol que fue, que es, que seguirá siendo Sor Juana, escritora “cuya fama y cuyo nombre se acabará con el mundo”, como la ponderó Sigüenza.

Comarca Lagunera, 16, octubre y 2020

*Texto leído el 16 de octubre de 2020 en la ceremonia de reconocimiento a Saúl Rosales con motivo de su ochenta aniversario. Participamos Arcelia Ayup Silveti, Salvador Hernández Vélez, Saúl Rosales y yo. Fue organizado en el campus de la UA de C por la Secretaría de Cultura de Coahuila y la UA de C.

martes, mayo 19, 2020

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco




















Hace un cuarto de siglo, en 1996, publiqué esto. Recién habíamos pasado el tercer centenario luctuoso de Sor Juana, yo coordinaba el suplemento cultural La Tolvanera de la revista Brecha, de Torreón, y además de pescar aquí y allá textos ajenos, sobre las rodillas escribía los propios. Se trata entonces de un rescate, de un viejo apunte, y ahora que lo pienso es mejor resucitarlo en lugar de que se quede guardado en arrumbados discos duros. Algo novedoso podrá aportar todavía. Reitero una disculpa por mi prosa de aquella etapa. Le he purgado algunas fealdades, pero ya preveo que el despiojamiento no ha sido suficiente.

Sor Juana: summa de discreción en el Poema Heroyco

En todo quanto escrives, engrandezes
con tu estilo el Idioma Castellano,
pues con frases muy cultas establezes
vn escrivir, y hablar tan cortesano,
que tu sola entre todos resplandezes
quedando de tu ingenio soberano
excedidos en sabias discreciones
los Senecas, Plutarcos, y Platones.
                      Ioseph Zatrilla y Vico

Hace 301 años, en 1695, murió Sor Juana. Los homenajes que bien mereció en 1995 dieron un torrente de publicidad —acaso siempre pobre si consideramos el tamaño mitológico de la jerónima— a su figura. En innumerables artículos, ensayos y reseñas desparramados en revistas y periódicos de México y de otros sitios, una legión de admiradores se puso al servicio de la monja. Los Alatorres, los Buxós, los Fernández, los Garridos, los Quirartes, en la capital, y los Prados, los Garcías Muñoz, los Martínez, los Rosales y otros en La Laguna, dedicaron papel y tinta emocionados a la recordación del tricentenario. Como lo requería, la efemérides también alcanzó la propaganda del cine, del teatro y el estímulo oficial por medio de varias mesas redondas y demás organizados en instituciones de cultura. No sin gusto, leí y publiqué en las páginas quincenales de La Tolvanera algunas aproximaciones al tema sorjuanino. Sin embargo, no escribí una sola línea sobre el asunto. Como en otras tantas ocasiones, el tema rebasaba mis posibilidades de originalidad. ¿Qué decir más o menos novedoso en torno a la autora del Primero Sueño? ¿En dónde hallar un hilo desconocido en el inmenso tapiz que es la obra de la poeta mexicana? ¿Con cuáles herramientas trabajar frente a los instrumentos de precisión empleados por aquellos afamados sorjuanistas? ¿Para qué robar el tiempo del lector con algún comentario ya trabajado por la mano del erudito? ¿Qué no parece suficiente la cordillera levantada, sea un ejemplo, por Octavio Paz? Con esas preguntas uno —tal vez sólo yo— queda paralizado, maniatado sin metáfora. Así dejé pasar el 95, sólo como espectador enfebrecido de cuanta página sobre la escritora novohispana me llegó.
Pero en febrero del 96, a 24 pesos y perdido en una librería de viejo chihuahuense, encontré un libro curioso que, desde el principio, supe me deparaba la emoción de un comentario quizá útil. No un ensayo sobre un asunto del que me sé imperito, pero sí unas cuantas palabras sobre un documento que al menos entiendo poco dado a la publicidad en La Laguna y del cual no he visto alguna alusión en otros libros, hecho que me permite aventurar los renglones que aquí avanzan. Se trata, pues, de una obra casi desconocida y para comenzar a mostrarla traslado su portada original, reveladora en sí misma:
POEMA HEROYCO  /  AL MERECIDO / APLAVSO DEL VNICO / ORACVLO DE / Las Musas, glorioso assombro de los Ingenios, y / célebre Phenix de la Poesía, la esclarecida, y Ve-  /  nerable Señora, Soror / IVANA INES DE LA / CRVZ Religiosa professa en el Monasterio / de San Geronimo de la Imperial / Ciudad de Mexico / DEDICASE / AL EXCELENTISSIMO SEÑOR / Conde de Altamira, Marqués de Almazán y Poza, / &c. Gentilhombre de la Camara del Consejo de / su Magestad, Virrey, y Capitan General de este / Reyno de Cerdeña, y electo Embaxador / de Roma / ESCRIVIÓLE / EL CONDE DE VILLASALTO, / Cavallero del Orden de Alcantara, &c. vezino / de la Ciudad de Caller. / BARCELONA: En Casa Cormellas, por Thomàs / Loriente, Año 1696 / Vendese en casa Balthasar Ferrer Librero.
Las portadas antiguas tenían el discreto encanto de la prolijidad. En ésta, agradecemos a Ioseph Zatrilla y Vico, Conde de Villasalto, la abundancia de pincelazos que bocetan desde la fachada el tema y el tono de su obra. Sor Juana es, sin más rodeos, “el único oráculo de las musas”. Zatrilla y Vico no titubea en una sola de sus líneas, mucho menos en las que darán la cara al lector: la monja nacida en Nueva España es un trofeo de las letras castellanas. Zatrilla y Vico, lejos de cualquier contención admirativa, se desborda apenas iniciado su libro, desde el mismo pórtico y sin esperar siquiera el primer verso. En 1696, hace tres siglos, la jerónima no sólo había atravesado con su obra la muralla erigida por la indiferencia peninsular a la literatura que muchos creadores urdían en las colonias ultramarinas, sino que, además, logró devotos, como Zatrilla, cuya fascinación por la autora rozaba el enceguecimiento. Para sentar testimonio acerca de la fama y el respeto que en lejanos círculos se había ganado la escritora, el Poema Heroyco se eleva a la condición de prueba por su contundente aspiración al monumento: Sor Juana, la musa recordada y admirada y homenajeada con justicia en 1995 sobre todo en México, tenía ya, en Europa, sus adictos hacia 1696, y acaso Ioseph Zatrilla y Vico sea, por la estatua de palabras que dedicó a la monja, el inaugurador de un hábito: el de rendirse ante la obra de la religiosa.
El Poema heroyco al merecido aplavso de Soror Ivana Inés de la Crvz, publicado exactamente hace  tres siglos, es como un torreón de cien firmes hiladas. Al centenar de octavas reales (ocho versos endecasílabos por estrofa y rimados A-B-A-B-A-B-C-C como en el modelo que sirve como epígrafe a este texto) no contiene ningún miedo a la comisión de hipérboles: Sor Juana, o más bien su obra, merecen cien octavas reale  —tambián llamadas octavas rimas o heroicas, dado que, además de rimar con un rígido metro, se utilizaron para componer poemas caballerescos, mitológicos y épicos cultos como La Araucana de Ercilla o El Bernardo de Balbuena— de pura admiración . Parece demasiado lo que Zatrilla y Vico siente por una escritora retirada en la paz de sus desiertos.
Pese a la importancia del merecido aplauso de Zatrilla, la edición fascímile de 1993, preparada y prologada por Aureliano Tapia Méndez, alcanzó apenas los dos mil ejemplares. Contiene, además del poema, un retrato del escritor sardo y su escudo de armas. Esto es curioso: el icono muestra a Zatrilla exactamente bajo la misma pose y circunstancia que guarda Sor Juana en el célebre lienzo de Miranda. Al parecer, era una costumbre de la época, ya que “Además de la similitud en la composición de ambos retratos —señala Tapia— y de la actitud de los dos personajes, advertimos la pluma en la mano derecha y la posición de la mano izquierda; dos tinteros, uno con una pluma dentro; los libreros con tres entrepaños; sobre la mesa de la Fénix, los tres tomos de sus obras poéticas: bajo la mano del Conde, el libro abierto y otro cerrado que lleva en el lomo parte del título de sus obras ‘Engaños y Desengaños del profano amor...’ (...) Por último son muy semejantes los cortinajes y la borla colgante en ellos.”
Poco conocido, José Zatrilla y Vico, Dedoni y Manca (Cáller —Cagliari—, Cerdeña, 1648-¿?) fue un novelista de la literatura sardo-hispánica del siglo XVII. Dado que Cerdeña perteneció al reino aragonés-catalán (lo mismo que Nápoles y Sicilia), el castellano cundió en aquella isla y sirvió como instrumento para el quehacer intelectual de Zatrilla, novelista cuya celebridad, aunque mínima, se apoya en sus Engaños y desengaños del profano amor, historia ubicada en Toledo que describe los enredos amorosos entre el duque Federico y la casquivana doña Elvira. Cien por ciento moralizante, esta obra, según su autor, intenta “reprehender el vicio” con unas “razones muy christianas” ya que “Rara es la mujer que no haga tal vanidad de su hermosura, que por ella no atropella gran parte de su modestia, dando lugar a que la festejen y celebren por singular, y de aquí se sigue su resvalo, mostrándose agradecida en ofensa de su honor”. Como soldado de la verdadera fe, Zatrilla aprovecha los Engaños... para defender, de paso, su credo y fustigar a los luteranos, dedica su obra a Carlos II y pide que “nuestro Señor guarde la Catholica y Real persona de V.M. para asombro y terror de los infieles, y gloriosa exaltación de nuestra santa fe, como la Christiandad ha menester”. Por su parte, la descomunal Enciclopedia Vniversal Ilustrada Evropeo Americana (Espasa-Calpe, Madrid, 1991, p. 1126, tomo 70), apenas entrega una lacónica biografía: “Escritor español del siglo XVII, n. en Córcega, al que se debe: Engaños y desengaños del profano amor, deducidos de la amorosa historia que á este intento se describe del duque don Federico de Toledo (Nápoles, 1687-88; Barcelona, 1737 y 1756), y Poema Heroyco (Barcelona, 1696)”. Es todo; la minificha, aparte de arrojar poca luz sobre la vida de Zatrilla, yerra de isla: no es Córcega, sino Cerdeña como ya se vio, la patria original del autor sardo-español.
Aún inéditos, existen algunos manuscritos de Zatrilla conservados en la Biblioteca de la Universidad de Cerdeña; sólo Engaños... y el Poema Heroyco han alcanzado el favor de las prensas. Este último libro, como dije, cumple 300 años y es, casi seguro, el primer gran homenaje de este tipo dirigido a la figura de Sor Juana, y claro que Zatrilla labró sus endecasílabos sin saber que su personaje estaba a punto de morir o había muerto recién. El tema dorsal que yergue a cada octava heroica es la exaltación de la inteligencia usada por la monja para tejer toda su obra en prosa y en verso. Zatrilla —con puntual examen— advierte que Sor Juana aspiró a la universalidad del conocimiento y, para asombro de sus lectores, lo logró en un mundo dominado, sobre todo en el terreno intelectual, por varones. El Poema Heroyco, entonces, apunta hacia el dibujo de una personalidad, la de Sor Juana, con plurales intereses que, habida cuenta de su talento y su condición de mujer, consiguió lo que unos cuantos: mostrarse íntegramente dueña de variados saberes y ducha como pocos(as) para la creación en los géneros de moda: poesía, teatro y prosa expositiva.
La edición príncipe, de la cual se sospecha sólo existe un ejemplar, es propiedad de The Hispanic Society of America, de Nueva York, y está catalogada por esa agrupación entre sus Manuscripts and Rare Books. Mide el libro 20.5 por 15 cms. Según consigna el prologuista y editor, Zatrilla conocía, dada la rápida comunicación entre España y sus colonias, algunas obras de la monja como la Inundación Castálida (Madrid, 1689)  y el Segundo volumen de las Obras de Soror Juana Inés de la Cruz (Sevilla, 1692). Pero si nos atenemos a la bibliografía listada por Anita Arroyo, es muy probable que Zatrilla haya conocido, también, Poemas de la Unica Poetisa Americana, musa dézima, Soror Juana Inés de la Cruz..., religiosa professa del Monasterio de San Gerónimo, de la imperial ciudad de México, que en varios metros, idiomas y estilos, fertiliza varios assumptos, con elegantes, sutiles, claros, ingeniosos, útiles versos, para enseñanza, recreo y admiración (Madrid, impresa por García Infanzón en 1690) y el Segundo tomo de las Obras en la edición barcelonesa de 1693 impresa por Joseph Llopis “y a su costa”. Esto es un hecho: el escritor sardo había leído muy bien, aunque parcialmente, a la escritora  mexicana (¿por qué no decirle así, mexicana, si todos sabían que radicaba en “la imperial ciudad de México” ?) y por eso le esculpe su Poema Heroyco. A él le cabe la gloria de ser el primer gran devoto no americano de la monja y esa admiración generó cien octavas reales de rendido amor.
La herramientas retóricas de las que más se vale Zatrilla para levantar su elogio son la acumulación y el símil. Desde su arranque hasta el final, el autor va añadiendo partes homogéneas al poema como quien agrega ladrillos a cualquier edificación. El Conde de Villasalto escribe con un orden que denota, claramente, una preconcepción escrupulosa; así, por ejemplo, en varias octavas el último verso concluye con una enumeración y cada una de sus partes fungirá después como idea base de las siguientes octavas. En otros casos, el poeta alude en una estrofa a cierto grupo (“Las Musas”, por ejemplo) y en las estrofas venideras cada parte de ese grupo (cada musa) será comparada con Sor Juana de acuerdo al área del arte de que trate (teatro, historia, música, etcétera). El resultado ya podemos imaginarlo: un monumento de admiración a las discreciones, la agudeza y el ingenio de la escritora, un poema que se abisma en la gozosa comparación de las más grandes mujeres —y a veces de los más grandes hombres— con la mexicana. Cualquier lector notará, es cierto, que los versos de Zatrilla apelan, también, al uso frecuentísimo de la hipérbole. De hecho, el poema, si lo vemos como un todo, es una apretada hipérbole que se endereza a la gracia de Sor Juana. Así como Ercilla construyó La Araucana (esa cascada de octavas heroicas) para reconocer el coraje de los guerreros que sirvieron al cacique Colocolo, el Conde de Villasalto arma sus cien octavas para elogiar a la jerónima sin ahorro de imágenes que pueden aparecer al lector actual como sobreponderaciones. ¿Acaso Sor Juana superó de veras a Séneca, Plutarco y Platón? Claro que este no es el punto de la discusión; lo que Zatrilla y Vico quiso significar es que en Sor Juana se conjugaron virtudes literarias y filosóficas de diferente cuño, virtudes cuya diversidad la convirtieron en un personaje rarísimo no sólo de su tiempo, sino del pasado y del futuro. Vico parece preguntarse esto durante todo su recorrido: ¿cómo una mujer puede ser tan lúcida, cómo pudo Nueva España producir un fruto de tan alta calidad? Ya que no hay respuestas a este misterio, el Conde hace acopio de todos sus aplausos y se los encamina a la mujer que lo ha flechado con sus discreciones. Para él, Sor Juana es dechado de universalidad, ya que casi ningún área del conocimiento la arredró y, al contrario, en cada género y en cada disciplina mostró sus hechuras en un tiempo y en una sociedad no muy propicios para que la mujer alcanzara reconocimiento intelectual. Por todo eso, Zatrilla abulta su poema de lisonjas. Para lograr su propósito, y como buen lector del barroco, no desdeña el arsenal culterano de ninphas, musas, famas y demás seres fabulosos. Así, el autor del Poema Heroyco trabaja con los instrumentos de la “culterana hispanoparla” para levantar su estatua a la summa de discreción que fue Sor Juana para él.

sábado, mayo 09, 2020

Juegos emergentes
















La cesura de la normalidad que propició el encierro ha exacerbado una disposición lúdica sin precedentes en las redes. A toda hora se nos atraviesan pequeños desafíos, retos de amigos, acertijos de cualquier índole. Está bien que así sea, pues el largo enclaustramiento está generando casos de ansiedad y depresión que en alguna medida pueden ser paliados por el divertimento. Por fortuna ya no falta mucho para restaurar el “orden” (por llamarlo así, aunque es necesario aclarar que se trata de un orden muy injusto) alterado por el microorganismo oriundo de China.
Dentro de mi propio estrés, hace algunos días imaginé uno juego viable para ser sumado al menú de juegos propuesto en la coyuntura del distanciamiento social. Pensé, en el estilo ucrónico de Óscar de la Borbolla, una pregunta: si fuéramos reporteros, ¿a qué personajes históricos desearíamos entrevistar y en qué momento? La pregunta puede extenderse a cinco o diez personajes; menos suena a poco y más suena a demasiado. En la idea de recorrer un abanico temporal más o menos amplio y no centrarme en un solo periodo de la historia, respondo, me respondo (tampoco hay que pensarlo demasiado, sino contestar de botepronto como todo lo que contestamos en las redes).
Empezaría por entrevistar a Sócrates mientras aguarda la cicuta; el hecho de que no reculara y, al contrario, se dejara ajusticiar con tal de sostenerse en lo dicho, es un ejemplo de valentía intelectual que no han menoscabado más de dos milenios. Luego me gustaría dialogar, en pleno Renacimiento, con Leonardo mientras dibuja el Hombre de Vitrubio, pedazo de papel que representa al humanismo, Un poco después, hacia finales del siglo XVI, no hubiera estado nada mal conversar con Cervantes durante su cautiverio de casi cinco años en Argel, para muchos críticos el momento bisagra en la vida de quien luego escribiría el Quijote. Casi de la misma época, pero de este lado del charco, sería muy grato conversar con sor Juana mientras escribe la Respuesta a Sor Filotea para dejar en claro quién es quién en los deportes. Y por último, del siglo XX, creo que me decanto por intercambiar algunas palabras con el Che mientras se disfraza para entrar a Bolivia con pasaporte falso.
Dejo fuera, con dolor, con mucho dolor, a decenas de personajes. Si tuviera más espacio metería a otros cinco (Marco Aurelio, Raimundo Lulio, Fray Bartolomé, Víctor Hugo, Flores Magón) y aun así no acabaría. Es lo malo de los juegos, que a veces envician y no queremos ver su fin.

miércoles, febrero 26, 2020

Sor Juana sentenciosa
























Dichos de Sor Juana, nuevo libro de Saúl Rosales, será presentado hoy a las 7:30 en el auditorio del Museo Regional de La Laguna ubicado en el bosque Venustiano Carranza de Torreón. Además del autor, participaremos la escritora Nadia Contreras y yo.
Este nuevo título de Saúl Rosales glosa una buena parte de la obra de la escritora novohispana. Para acometerla, el autor ha seleccionado fragmentos de Sor Juana en los que es posible advertir la sonoridad de una sentencia, dicho o paremia, con su consiguiente lección moral. La paremiología es, según la RAE, “tratado de refranes”, y el ensayista lagunero observa no los refranes de Sor Juana, sino lo que de paremiológico hay en la obra de quien escribió Primero sueño, es decir, los versos en los que la expresión tiene, como ya dije, un aire sentencioso en su música y un fin edificante en el mejor sentido de la palabra ya desprestigiada por el maremagno de los libros de autoayuda. El resultado es un libro que con excelente prosa nos abre amplias ventanas a la agudeza de la Décima Musa, a su finísima mirada sobre la condición humana.
En su advertencia, el autor señala que es “propósito de este libro acercar lectores a la obra de Sor Juana mediante giros lingüísticos que la puedan hacer aparecer próxima (prójima, o de la familia). Los dichos de Sor Juana reunidos en estas páginas proceden de poemas, obras para teatro versificadas y dos misivas: la Repuesta a Sor Filotea y la Carta a Núñez”.
Saúl Rosales nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua y autor de cuatro libros de narrativa, seis poemarios y seis libros de otros géneros. Su volumen de cuentos Autorretrato con Rulfo fue seleccionado para la colección “Literatura Mexicana Contemporánea ¿Ya Leíssste?”
Escritora, académica y tallerista, Nadia Contreras es licenciada en Letras y Periodismo y maestra en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima. En 2014, el congreso de Colima le otorgó la presea “Griselda Álvarez Ponce de León” por su trayectoria en la literatura, máximo galardón que este estado entrega a una mujer. Entre otros libros, ha publicado Lo que queda de míFiguraciones, Cuando el cielo se derrumbePresencias, Caleidoscopio, Cumplimiento de la voluntad y Sólo sentir. Su poesía ha sido traducida al inglés, portugués e italiano.
Espero verlos hoy; ojalá puedan acompañarnos, y a Sor Juana también.

martes, febrero 18, 2020

Saúl Rosales: enamorado de Sor Juana
















Con este breve corto inauguro mis videorreseñas bibliográficas. Se supone que las enriqueceré a medida que vaya aprendiendo más rudimentos del arte de editar en video. Si no es mucho pedir, ojalá puedan compartir la liga de este post.

sábado, marzo 09, 2019

Sor Juana por Saúl Rosales
























Hay escritores que no son escritores, sino literaturas. Lo son en el sentido casi nacional de la palabra, por la calidad y la cantidad de obra y por la imposibilidad de agotarlos. Esto es así al grado de que podemos pensar, por ejemplo, que en las facultades podrían existir, junto a la licenciatura en Letras Hispánicas o Portuguesas, una licenciatura en Homero, una licenciatura en Dante, una licenciatura en Shakespeare, una licenciatura en Víctor Hugo o una licenciatura en Goethe. Saúl Rosales ha atravesado en los años recientes, ceñido a esta hipotética modalidad académica, una licenciatura en Cervantes y en los meses que corren está cursando otra: la licenciatura en Sor Juana.
Quiero decir que nuestro escritor, acaso el maestro de literatura por antonomasia en La Laguna, aró por muchos años en el inabarcable territorio de Cervantes, en particular del Quijote, libro que generó dos libros —Un año con el Quijote y Don Quijote, periodistas y comunicadores— que en su momento comenté y hoy reitero que dan cuenta de lo mucho y muy nutricio, en términos de enseñanza literaria y ética, principalmente, asequible en esa catedral narrativa edificada hace poco más de cuatro siglos. En resumen, durante los años cercanos al cuarto centenario del caballero andante, Rosales se licenció en Cervantes.
Ahora, de un tiempo a esta parte del tiempo, con igual pasión y agudeza ha dedicado sus horas de lector y escritor a navegar en el mar de Sor Juana, en la licenciatura de Sor Juana. El resultado de estos placenteros afanes se ha condensado ahora es Sor Juana. La Americana Fénix (UAdeC, 2019), libro que desde el título nos guiña el ojo: si tratará sobre la escritora más importante del barroco mexicano, justo es que el pórtico del libro contenga el arabesco de un hipérbaton, figura retórica clave del novohispano estilo.
El libro de Saúl Rosales, lo confiesa desde el prólogo aunque con palabras no tan explícitas, es a su modo la historia de un enamoramiento que viene de muy lejos. El autor, prendado de las altas prendas así físicas como espirituales de la jerónima, le ha rendido en estos años el tributo de leer minuciosamente su obra, la de sus biógrafos y la de sus comentaristas para, al final, producir una serie de asedios en la que podemos asombrarnos ante la celebrada discreción de la Americana Fénix. Diez ensayos, trece artículos, una cronología: el amor de Saúl Rosales por Sor Juana se desbordó en el gozo, en la veneración a la autora de Primero sueño como inagotable fuente de placer para el espíritu.
Es, por ello, un homenaje de lector agradecido desde los primeros acercamientos. En “Destellos de Sor Juana en Santa Catarina”, por ejemplo, establece un paralelo entre la santa egipcia con la monja mexicana, simetría revelada en los villancicos que la misma Sor Juana le dedicó. Allí, sutilmente, la jerónima filtra conceptos sobre la inteligencia, la belleza, la castidad y el rechazo por sus cualidades sufrido por Catarina que a su vez fueron, mutatis mutandis, rasgos de su ser y penalidades de su vida. En este como en los demás ensayos, Rosales se apoya en Diego Calleja, Alfonso Méndez Plancarte, Antonio Alatorre, Aureliano Tapia Méndez y Marta Lilia Tenorio, entre otros sorjuanólogos.
Páginas adelante, Saúl Rosales examina los énfasis de Sor Juana sobre la belleza, ese privilegio ante el cual suele rendirse la mirada de todos, y la de ella como artista no fue la excepción. Vale decir que sin engreimiento, porque era evidente, Sor Juana se autopercibe como hermosa y con malicia verbal supo expresar alguna legítima vanidad sin que lo pareciera, con el estilo sinuoso propio del barroco. Por muchos ángulos de su obra y su personalidad accede el ensayista lagunero a la vida y a la obra de la creadora mexicana. Algunos dejan ver exquisitas curiosidades, como ocurre con el aluvión de sobrenombres que adornaron a Sor Juana; Décima Musa, tal vez el más popular, y Americana Fénix que le ofrendó Diego Calleja, su corresponsal en España; o la mala leche que desde joven —desde joven Sor Juana— le tuvo Manuel Antonio Núñez de Miranda, su confesor y director espiritual. En otro tipo de acosos, Juana Inés sufrió, por bonita, los que hoy conocemos como tales, y por eso Calleja, también su primer biógrafo, escribió que “la buena cara de una mujer pobre es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar un borrón”.
La parte segunda, digamos a la manera hiperbatónica de aquellos siglos, traza ensayos de menos amplitud, pero no menor calado. En todos se escudriña un pliegue de la obra sorjuanina en el que se destacan las incandescencias de su ethos creativo, sea su oído para captar el habla popular, su apabullante erudición, su rechazo a las cadenas que pretendieron aherrojarla en la parálisis del pensamiento, su pericia para el debate en medio de un ambiente abiertamente hostil, su padecimiento del acoso masculino, su expresión siempre lujosa y resonante y su habilidad para caminar por la cornisa discursiva en una sociedad refractaria al talento de la mujer. En suma, Saúl Rosales nos comparte un calidoscopio de Sor Juana, un calidoscopio que por fuerza no la agota, pues ya observé que la monja jerónima es, más que una escritora, una literatura que da pie a la glosa y a la exégesis infinitas.
Para terminar, no sobra decir que los textos de La Americana Fénix  muestran y demuestran la plenitud intelectual de Juana de Asbaje, pero en ellos también late un cierto afán didáctico que busca compartir un tesoro al lector de a pie. Saúl Rosales escribe no para que nos deslumbremos con sus aproximaciones, sino para hacer que sus ensayos y artículos sean una cadena de transmisión que nos mueva hacia la obra de la más grande escritora nacida en México y acaso en nuestro continente: la Décima Musa, la Americana Fénix, Sor Juana Inés de la Cruz.

Comarca Lagunera, 8, marzo y 2019

*Texto leído en la prestación de Sor Juana. La Americana Fénix (UA de C, Saltillo, 2018, 170 pp.) celebrada en la Infoteca de la UA de C, Torreón. Participamos Lucila Navarrete Turrent, Salvador Hernández Vélez, el autor y yo.