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sábado, agosto 29, 2026

Agonías del libro

 






Hoy el mundo es un escenario ideal para ejercitar el pesimismo. Quizá no para ser Cioranes demasiado convencidos de la devastación, pero sí, al menos, ciudadanos atentos al devenir de la realidad como una sucesión de estragos que anuncian como trompetas del Apocalipsis el advenimiento de monstruosidades inimaginables. Quien sea que mire sin tapujo cualquier zona de la vida moderna podrá alegrarse un poco si sólo recorre su superficie, la cáscara de bienestar que se ofrece sobre todo a quienes tienen los medios para disfrutar los beneficios del consumo moderno, del mercado 24/7 de la digitalidad, pero basta rascar un poco más abajo para discernir que aquello que llamamos progreso y confort del siglo XXI en verdad esconde el aniquilamiento de casi todo: el medio ambiente, la educación, la convivencia, la libertad, el pensamiento crítico, la privacidad, la noción de verdad en el suministro de información…

Parte de lo que percibo demolido —más pábulo para el pesimismo— es la cultura del libro y la lectura. Trato de no tragarme las fintas de las estadísticas y de las multitudinarias ferias del libro: las primeras suelen indicar numéricamente que nunca se han impreso tantos libros como ahora; las segundas, que lucen concurrencias cuantificadas en miles de personas, como la FIL de Guadalajara. En el caso del milagro de la multiplicación de los libros, cada vez que a vistazo de pájaro recorro mesas de novedades en las librerías es evidente que se publica muchísimo, como nunca, pero casi pura basura, lo que equivale a producir Coca Cola o pachoncito Pétalo. En cuanto a las ferias, pueden estallar de concurrencia, pero siempre es infinitamente más la gente que jamás asistirá a una, que en nunca buscará un maldito libro ni amagada con un revólver en la sien. Ya a principios de los noventa Niel Postman se lamentaba, en su libro Divertirse hasta morir, de la “decadencia de la era de la tipografía y el ascenso de la era de la televisión”. Le darían diez infartos al mismo tiempo si viera hoy la era de las redes sociales, pero tuvo la fortuna de morir antes de que las inventaran.

Por eso el pesimismo, por eso la sensación de que la bancarrota de las editoriales sólo puede remediarse si publican basura para el éxito pasajero, y eso quien sabe, tampoco es seguro que la escoria se venda en recipiente de libro si ya hay tanta gratuitamente diseminada en internet, sobre todo en las “benditas” redes. En este sentido, no abrigo las esperanzas que no hace muchos años nos hacíamos del lector incipiente al afirmar como dogma que en los albores del hábito no importa leer lo que sea, pues el lector endereza su gusto en el camino. Hoy, el predominio de la basura y la influencia de la banalidad potenciada por la inteligencia artificial dan la impresión de que no hay escapatoria: quien crece viendo bromas y chistes en las redes y de casualidad abre un libro, no se enganchará a otro esfuerzo que el de leer, cuando mucho, fragmentos sin átomo de hondura, frashazos sin pizca de complejidad intelectual, libros de Yordi Rosado o Francisco Martín Moreno.

No soy en suma muy dado a la esperanza frente al panorama triste del libro y la lectura, pero tampoco de bajar así como así la guardia sin exponer aunque sea alguna quejumbre. Qué más queda aparte de seguir escribiendo y seguir publicando y seguir divulgando lo que se pueda hasta que se pueda, como en este caso el comunicado “Todos somos ERA” que en la semana compartió la CANIEM (Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana). Es prudente difundir su postura:

A la opinión pública:

Durante los últimos años, quienes formamos parte del sector editorial, hemos sido testigos del paulatino deterioro de la industria del libro en México.

El anuncio del cierre de operaciones de Ediciones Era, una de las editoriales independientes más relevantes y respetadas de nuestro país, fundada hace 66 años, es una señal de alarma. Pero no es un hecho aislado: es la expresión de una problemática que afecta a toda la cadena del libro.

La desaparición de editoriales y librerías, la reducción de espacios para la circulación de los libros y las dificultades cada vez mayores para producir, distribuir y acceder a ellos revelan la ausencia de una política pública integral y sostenida para el libro y la lectura.

Mientras en otros países se han impulsado políticas para fortalecer sus industrias editoriales, ampliar el acceso a los libros y recuperar lectores, México enfrenta un escenario cada vez más preocupante.

La bibliodiversidad —la posibilidad de que la mayor variedad de autores, ideas, géneros y contenidos llegue al mayor número posible de personas— es una de las expresiones culturales más importantes de una sociedad democrática.

El acceso al libro, a la lectura, a la cultura y al conocimiento no puede depender únicamente de las condiciones del mercado. Es también una responsabilidad del Estado, sustentada en el derecho de todas las personas al acceso a la cultura y al ejercicio de sus derechos culturales.

Por ello, quienes formamos parte de la cadena del libro —escritores, editores, libreros, diseñadores, traductores, fotógrafos, ilustradores, distribuidores, bibliotecarios, papeleros, impresores, encuadernadores y, sobre todo, lectores— hacemos un llamado urgente a las autoridades. Es preocupante que no exista una instancia pública a nivel federal encargada del libro y su promoción con la cual, de manera coordinada, poder construir una política pública integral que fortalezca el libro y la lectura en México.

Cuando desaparece una editorial, desaparece también una parte de nuestra diversidad cultural. Defender al libro (en cualquiera de sus formatos) es defender la cultura, la diversidad de pensamiento y el derecho de todos a leer.

miércoles, agosto 19, 2026

Gravitación de Era


 











El lunes fue un día especial en el mundillo editorial mexicano. De golpe se desató una ola de opiniones alrededor de la noticia, ciertamente triste, de que la editorial Era bajará su cortina dentro de muy poco. Según su comunicado oficial, el mercado, o la falta de, provocó números rojos en sus cuentas y derrumbó sus ingresos y su sostenibilidad. Un año después de la pandemia, la situación, parece, ha abierto un boquete que hace inexorable el hundimiento de la nave. Saber esto provocó que muchos lectores y escritores mexicanos expresaran su consternada opinión, y yo mismo me sumé a tal coro.

La razón de las lamentaciones entre lectores y escritores es justificada. Hablo por mi experiencia, seguramente similar a la de mis contemporáneos. Cuando abrí los ojos a los libros, a principios/mediados de la ochenta, las editoriales más identificables por un lector de La Laguna eran las mexicanas más famosas como Porrúa, el Fondo, Trillas, Joaquín Mortiz y extranjeras como Planeta, Plaza y Janés, Bruguera, Sudamericana y La Oveja Negra. Entre las nuestras, como un sello más chico aunque importante, estaba Era. Su notoriedad se debía no tanto al número de sus publicaciones, sino a la calidad de su catálogo.

Entre algunos autores extranjeros, Era reunió varias de las firmas que poco tiempo después se convertirían en clásicos modernos de nuestra bibliografía: Revueltas, Pacheco, Poniatowska, González Casanova, Monsiváis, Blanco, Pitol, Fuentes, Coral Bracho y muchos más, y hasta Reyes publicó allí póstumamente.

La solvencia de los contenidos se apoyó asimismo en la belleza de sus continentes. Los libros de Era aparecían diseñados de acuerdo al gusto de Vicente Rojo, artista que sin duda añadió a los libros que pasaron por sus manos un estilo poco visto en el mercado mexicano. Además de estas dos virtudes, no pocas ediciones de Era reflejaban el clima de época que en lo político atraía lectores con adhesión a la izquierda. Fue durante muchos años, y de hecho todavía lo es, un sello que cualquier lector mexicano asocia con la manufactura del libro serio y bien curado.

El debate de las redes tuvo, por todo, el denominador común de la sorpresa y el lamento, y la explicación sobre el cierre se dividió en dos grandes bandos: el primero, que achaca a la misma editorial errores de adaptación a los nuevos tiempos que corren para el libro; y el otro, que subraya la emergencia atroz de un público al que le interesa un rábano leer.

Yo ignoro qué pasó, pues me queda muy lejos el jet set editorial mexicano. Lo único que puedo concluir es que Era, como hace poco Ediciones de la Flor en la Argentina, deja un hueco enorme que no sé quién o qué podría llenar, si es que tal salvataje es posible en estos tiempos de nubarrones para el libro y la lectura.

sábado, marzo 09, 2024

Paseo por López Velarde

 














En 2021 celebramos, siempre infinitamente menos de lo que merece esta efemérides, el centenario luctuoso de Ramón López Velarde (Jerez, Zac., 1888-Distrito Federal, 1921). Como un óbolo de cuya trascendencia no puedo jactarme, escribí un par de apuntes y con eso obtuve la vana sensación de que al menos me sumé un poquito al elogio de quien es, quizá, el mejor poeta mexicano del siglo XX. En aquel año, me refiero otra vez a 2021, vi a Saúl Rosales varias veces y sé, porque lo conversamos, que también se sumó al recuerdo mediante varios comentarios publicados en sus espacios periodísticos.

Por él supe que en el quincuagésimo aniversario luctuoso hubo ya nutridos homenajes a la figura del jerezano, entre ellas una colección de revistas monográficas de la SEP que Saúl todavía conserva. Tenía repetido uno de los ejemplares, así que me lo regaló; al hojearlo quedé pasmado: la publicación trataba de agotar lo inagotable ya en 1971: la vida y la obra del poeta. Eso significaba que, pese a su brevedad, la existencia del autor de Zozobra había sido suficiente para alentar un tributo de dimensiones nacionales, y significaba a la vez que su importancia no amenguó al cumplirse el centenario en el aquí tres veces recordado 2021.

Poco antes, de José Emilio Pacheco, uno de los lopezvelardistas más tenaces, fue editado Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil (Era, México, 2018, 138 pp.). JEP murió en 2014, de manera que él no pudo armar la selección ofrecida en este libro. La hizo, y también el epílogo del libro, Marco Antonio Campos, y en la compilación podemos seguir el énfasis crítico de JEP al enigmático y venerado poeta de Jerez. Digo “énfasis” porque en lo amplio de su variada escritura JEP mostró un interés permanente por López Velarde, lo que se demuestra en los catorce acercamientos contenidos en este libro.

Quiere decir entonces que Pacheco entintó la pluma desde 1970 (fecha de publicación del primer ensayo) hasta 2009 (fecha del último) para escribir sobre el tema López Velarde. Se nota que lo hizo en general para explicar, sobre todo, zonas un tanto borrosas de la vida y de la obra lopezvelardeanas. Ninguno de los textos tiene desperdicio, pero hay algunos que recomendaría por notables. Uno de ellos es el titulado “Notas sobre una enemistad literaria: Reyes y López Velarde”, en el que JEP explora y documenta los detalles que explican la grieta de malquerencia que abriría un desconcertante Reyes, quien viviría hasta 1959 nunca conforme con una reseña —escrita y publicada por el zacatecano— sobre El plano oblicuo; este comentario, inocuo para mí al menos en el trozo citado, subrayaba la calidad estilística de Reyes casi como único atributo, lo que el regiomontano pudo ignorar, pero no hizo.

La lumbre inmóvil, producto de una vida de escritura frecuente sobre el tema, indaga asimismo en algunos de los poemas más famosos de López Velarde y también en sus misteriosos enamoramientos, en sus influencias, en sus amigos, en su póstuma conversión a “poeta nacional” y en su prosa, que también la tuvo.

Además de sus libros de creación poética y narrativa, además de los tres tomos de sus “inventarios”, podemos sumar este apretado racimo de aproximaciones, La lumbre inmóvil, a la siempre atendible bibliografía de Era sobre JEP. Bienvenida.

miércoles, agosto 23, 2023

Dos párrafos de la “Oración”











 

He escrito ya sobre la “Oración del 9 de febrero”, uno de mis textos favoritos de Alfonso Reyes. Recién lo releí (van como diez veces que paso el ojo por sus renglones) y al indagar un poco encuentro un dato extraño. El maestro Adolfo Castañón afirma que lo “Lo publicaría diez años después de la muerte del autor su viuda, Manuela, no se sabe si por encargo del autor o por casualidad al revisar ella los papeles del polígrafo”. Reyes murió en el 59, pero tengo la primera edición de Era de 1963, y otra casi idéntica publicada también por Era sesenta años luego, en 2013, en cuya cuarta de forros Christopher Domínguez Michael observa que Alfonso Reyes “dispuso la publicación póstuma —llevada a cabo por Ediciones Era en 1963”.

Como tengo la edición del 63, pensaré que estamos en el sexagésimo aniversario de la primera difusión de aquel valioso texto alfonsino. Lo escribió en Buenos Aires hacia 1930, tenía 51 años, y declaró allí mismo que “Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día”; se refiere al 9 de febrero de 1913, fecha en la que su padre comenzó el alzamiento contra el gobierno de Madero y cayó abatido en las puertas de palacio nacional.

Hay dos párrafos que me conmueven en la “Oración…”. Son estos:

“Con la desaparición de mi padre, muchos, entre amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria. Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas. Mis hábitos de imaginación vinieron en mi auxilio. Discurrí que estaba ausente mi padre —situación ya tan familiar para mí— y, de lejos, me puse a hojearlo como solía. Más aún: con más claridad y con más éxito que nunca. Logré traerlo junto a mí a modo de atmósfera, de aura. Aprendí a preguntarle y a recibir sus respuestas. A consultarle todo”.

“También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir en esclavizarme a la baja vendetta. Lo ignoré todo, huí de los que se decían testigos presenciales, e impuse silencio a los que querían pronunciar delante de mí el nombre del que hizo fuego. De paso, sé que me he cercenado voluntariamente una parte de mí mismo; sé que he perdido para siempre los resortes de la agresión y de la ambición. Pero hice como el que, picado de víbora, se corta el dedo de un machetazo. Los que sepan de estos dolores me entenderán muy bien”.

Quizá exagero, pero el aniversario de la “Oración del 9 de febrero” es para mí una efemérides. Por eso la cito, por eso invito a su lectura. Podemos encontrarla en la hermosa edición de Era o en el tomo XXIV (México, 1990, 25-39 pp.) de las obras completas de AR publicadas por el Fondo.


sábado, mayo 11, 2019

Las afueras: el desierto desde dentro



Creo que algunos relatos no tienen personajes y acusan una suerte de deshumanización en el sentido orteguiano del término. Dicho de otra forma, no tienen personajes ortodoxos, de esos que caminan, aman, matan, bailan, triunfan, lloran y estornudan. Sus personajes —o su personaje— son menos humanos, más abstractos e inasibles. Creo que tal es el caso de Las afueras, novela de Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977). En efecto, este relato del joven escritor norteño tiene como eje, como sujeto permanentemente visible, al desierto o, dicho más correctamente, a la estepa del centro norte mexicano, una zona que sin vacilar puede ser considerada como “mágica” pese al rulfiano desgaste de este adjetivo.
El autor, según las fichas biográficas más actualizadas, ha publicado siete libros: Legión, Galería de armas rotas, Material de ciegos, Traducción a lengua extraña, Novela, Primavera un segundo, Los animales invisibles y La noche caníbal, libro de cuentos que próximamente será traducido al inglés. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ha ganado siete premios nacionales entre los que destacan los de poesía Elías Nandino y Ramón López Velarde, de cuento Inés Arredondo y de ensayo Carlos Echánove.
En un puñado de páginas Luis Jorge Boone ha logrado asir el espíritu de estas tierras, el calor y el sol y la desmesura de la desolación que estos huraños ámbitos infunden en el ánimo del ser humano. Por eso creo que el paisaje y su gravitación, más que nada, constituyen el centro de Las afueras. Y sospecho que no podía ser de otra manera: animarse a narrar estos espacios (Cuatro Ciénegas, Sabinas, Múzquiz, Monclova, Frontera, Agujita, Nadadores, Lamadrid, San Buenaventura, Nueva Rosita y sus estaciones anexas) forzosamente derivaría en un relato cuyo espíritu iba a ser dominado, tiranizado, sometido por la pesada mano de los elementos. Así como Cien años de soledad es exceso de verde o El Siglo de las Luces es plenitud de azul, Las afueras es invasión de amarillo, de ocre y de sepia, los colores que representan nuestros calores, valga el juego verbal.
No sé si exagero, pero creo que esta novela de Boone sólo pudo escribirla un narrador hecho a estos andurriales y, al mismo tiempo, con experiencia en el exterior, como la que él ha tenido sobre todo en la capital del país. Lo comento por la eficacia, eficacia de lugareño, con la que logra captar el agobio de la atmósfera en el reseco pensamiento de los personajes de carne y hueso, por un lado, y, por el otro, por la sutil captación de la resignada hosquedad que sólo puede ser advertida merced al contraste, a la comparación con la alteridad. Deterministamente, taxativamente, las almas que deambulan en estos capítulos viven aplastadas por el ambiente, son tan áridas como el suelo por el que caminan. Esto, insisto, sólo es visible a quienes introyectaron por nacencia la vida de estos páramos y al mismo tiempo han tenido la suerte de comparar esa experiencia con otros mundos, con otras formas de manejarse en la existencia. Boone narra Las afueras, en suma, desde dentro y desde fuera, como juez y parte de lo que acumulan estas páginas.
El peso del ambiente es visible párrafo tras párrafo en Las afueras. Pareciera como si Boone se hubiera propuesto hacer una radiografía de la estepa, una radiografía y, luego, una lectura inusitada de la placa. Tan agudo es que, por ejemplo, desemboca en asertos cuya precisión nos pasma. Por ejemplo, en esta contradicción al concepto de desierto o estepa: “Es mentira eso que dicen de que el desierto es monótono. El paisaje con sus cerros, la carretera con sus zigzagueos que de pronto le salen a uno al paso, la vegetación que, fíjese bien, nunca es la misma, lo van a mantener distraído todo el trayecto”. Y en medio de esa nada, como aparición fantasmagórica en Las afueras, las pozas de “agua milenaria”, esos charcos con vida prehistórica que fascinan a la ciencia y hechizan al arte, pozas que son postales de belleza segura (como lo demuestra la portada del libro), intrigantes paisajes para los que no hay, como dice el autor, “forma de acostumbrarse”.
Un logro adicional, aunque no sé si el más importante, está en el estilo. Poeta al fin, Boone imprime un sello al flujo del relato, flujo de una sonoridad como de cello: lenta, apagada, cadenciosa. Es la música que traspira este espacio aplastado por el peso de la luz solar. Poeta al fin, enfatizo, Boone urde páginas enteras con poesía disfrazada de prosa, como ocurre en la grata parrafada letánica de las páginas 122-124, cuando James, acaso el protagonista humano más evidente de Las afueras, recuerda a flashazos sus visiones de la belleza femenina y los párrafos comienzan con un gerundio que transforma en presente cada acción: “Dando una moneda a un hombre sin piernas. Centro se Sabinas. / Conduciendo una motocicleta. Entrada a Altos Hornos…”. Así pues, con un cello de fondo avanzan todas las peripecias contadas, bifurcadas y vueltas a bifurcar, de Las afueras. En tal ritmo calmoso se mueven las diversas y fragmentarias historias que se cruzan en esta novela configurada con un montaje cinematográfico algo tarantinesco, sin tiempo lineal, pero confluyente. Los varios relatos entran y salen de la escena, se mezclan, dejan su huella pasajera en la arena y se fugan pero nunca escapan del todo, como no lo pudo hacer, ni muerto, el profesor Woodrow.
Aleccionar no es su propósito, es verdad, pero puede verse en Las afueras, dicho sea de paso, un flanco social, crítico, útil al activismo ambientalista que tanto ha demandado un alto a cualquier forma de descuido que ponga en peligro zonas endémicas, únicas en el mundo, como la de Cuatro Ciénegas y sus alrededores.
Las afueras es en suma una novela desafiante, por compleja, por paradójicamente barroca pese a ubicarse en la aparente nada de la estepa, su protagonista. Luis Jorge Boone ha homenajeado con ella estas tierras, el inaudito paisaje que nos cupo en suerte y ya tiene notables relatores, como él.

Las afueras, Luis Jorge Boone, Era-UNAM, 2011, 245 pp. Texto leído en la presentación de Las afueras organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila, la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Museo Regional de La Laguna, sede de esta actividad. Participé en esta presentación junto a Carlos Velázquez y el autor.

miércoles, noviembre 04, 2015

Norte cuentístico




















Junto a Daniel Herrera y Julián Herbert, este viernes a las siete de la tarde presentaré Norte, una antología, libro organizado por Eduardo Antonio Parra y publicado este año por editorial Era. Como lo advierte su título, Norte es una compilación en este caso de cuentos escritos, todos, por narradores oriundos de esa tremenda zona de México que abarca más o menos desde Durango y Sinaloa hasta la frontera con Estados Unidos.
La voluminosa compilación suma 49 autores, y arranca con los ateneístas Guzmán, Reyes y Torri, es decir, con escritores que comenzaron su producción literaria hace casi exactamente un siglo. La selección pasa luego a autores de la revolución como Campobello y Muñoz, y así, poco a poco (Revueltas, Valadés, Gardea, Campbell, Ramírez Heredia, Solares, Montemayor, Rascón Banda, López Cuadras, Sada…) llegamos a escritores nacidos en los sesenta y por ello todavía activos como Toscana, Crosthwite y Rivera Garza, entre otros. En términos de edad, la lista de convocados por Eduardo Antonio Parra llega hasta la década de los setenta con, también entre otros, JJ Rodríguez, Herbert, Pérez Rembao, Pesina, Blum, Lomelí, Ramos Revillas, Vicente Alfonso y Boone.
La Laguna cuenta con dos autores en esta nómina de cuentos: Vicente Alfonso, de Torreón, y Salvador Castañeda, de Matamoros. Nuestro estado tiene a seis (si contamos a los dos anteriores): Torri, Magolo Cárdenas, Herbert —quien nació en Guerrero, pero ha radicado casi toda su vida en Coahuila— y Boone. El estado con mayor número de presencias es Nuevo León, con doce, y lo sigue Chihuahua, con ocho. Estos criterios numéricos, por supuesto, sólo sirven para la curiosidad, casi como los “numeritos finales” en un partido de beisbol.
El contenido, no podía ser de otra manera dados los nombres ya citados, es muy atractivo. No es posible esperar unidad temática y menos de estilo, pese a que tendamos a pensar que por ser “norteños” algo habrá de común denominador. Al menos yo no creo que esto sea posible, es decir, encontrar en este conglomerado tan grande de escritores ciertos rasgos que los unifiquen más allá de que hayan nacido en el norte y se dediquen a la literatura. Lo importante en todo caso, y he aquí lo que debemos agradecer a Parra y a Era, es ver arracimados tantos buenos cuentos en este libro probatorio de una fortaleza: la del cuento en el norte mexicano. Los espero en Gandhi Torreón.