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sábado, marzo 09, 2024

Paseo por López Velarde

 














En 2021 celebramos, siempre infinitamente menos de lo que merece esta efemérides, el centenario luctuoso de Ramón López Velarde (Jerez, Zac., 1888-Distrito Federal, 1921). Como un óbolo de cuya trascendencia no puedo jactarme, escribí un par de apuntes y con eso obtuve la vana sensación de que al menos me sumé un poquito al elogio de quien es, quizá, el mejor poeta mexicano del siglo XX. En aquel año, me refiero otra vez a 2021, vi a Saúl Rosales varias veces y sé, porque lo conversamos, que también se sumó al recuerdo mediante varios comentarios publicados en sus espacios periodísticos.

Por él supe que en el quincuagésimo aniversario luctuoso hubo ya nutridos homenajes a la figura del jerezano, entre ellas una colección de revistas monográficas de la SEP que Saúl todavía conserva. Tenía repetido uno de los ejemplares, así que me lo regaló; al hojearlo quedé pasmado: la publicación trataba de agotar lo inagotable ya en 1971: la vida y la obra del poeta. Eso significaba que, pese a su brevedad, la existencia del autor de Zozobra había sido suficiente para alentar un tributo de dimensiones nacionales, y significaba a la vez que su importancia no amenguó al cumplirse el centenario en el aquí tres veces recordado 2021.

Poco antes, de José Emilio Pacheco, uno de los lopezvelardistas más tenaces, fue editado Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil (Era, México, 2018, 138 pp.). JEP murió en 2014, de manera que él no pudo armar la selección ofrecida en este libro. La hizo, y también el epílogo del libro, Marco Antonio Campos, y en la compilación podemos seguir el énfasis crítico de JEP al enigmático y venerado poeta de Jerez. Digo “énfasis” porque en lo amplio de su variada escritura JEP mostró un interés permanente por López Velarde, lo que se demuestra en los catorce acercamientos contenidos en este libro.

Quiere decir entonces que Pacheco entintó la pluma desde 1970 (fecha de publicación del primer ensayo) hasta 2009 (fecha del último) para escribir sobre el tema López Velarde. Se nota que lo hizo en general para explicar, sobre todo, zonas un tanto borrosas de la vida y de la obra lopezvelardeanas. Ninguno de los textos tiene desperdicio, pero hay algunos que recomendaría por notables. Uno de ellos es el titulado “Notas sobre una enemistad literaria: Reyes y López Velarde”, en el que JEP explora y documenta los detalles que explican la grieta de malquerencia que abriría un desconcertante Reyes, quien viviría hasta 1959 nunca conforme con una reseña —escrita y publicada por el zacatecano— sobre El plano oblicuo; este comentario, inocuo para mí al menos en el trozo citado, subrayaba la calidad estilística de Reyes casi como único atributo, lo que el regiomontano pudo ignorar, pero no hizo.

La lumbre inmóvil, producto de una vida de escritura frecuente sobre el tema, indaga asimismo en algunos de los poemas más famosos de López Velarde y también en sus misteriosos enamoramientos, en sus influencias, en sus amigos, en su póstuma conversión a “poeta nacional” y en su prosa, que también la tuvo.

Además de sus libros de creación poética y narrativa, además de los tres tomos de sus “inventarios”, podemos sumar este apretado racimo de aproximaciones, La lumbre inmóvil, a la siempre atendible bibliografía de Era sobre JEP. Bienvenida.

sábado, febrero 11, 2023

Ramón por Vicente


 











Sólo yo sé, y basta con eso, que desde hace muchos años vuelvo cada tanto a la obra y a la vida, en este orden, de Ramón López Velarde. No hace mucho, en 2021, me sumé al centenario de su muerte con un apunte del tipo que aquí mismo vamos leyendo, y hoy reincido con impulso análogo: no como especialista, obvio, sino como mero admirador del poeta nacido en Jerez, Zacatecas, hacia 1888. Digo pues que vuelvo a López Velarde pero esto no es verdad: más bien, él, su pegajosa obra, vuelve a mí, me reencuentra cuando veo unos “ojos inusitados”, cuando siento que algo tiene “el aroma del estreno” o cuando pienso en mi “costumbre heroicamente insana de hablar solo”. En otras palabras, esas frases y muchas más me reaparecen quizá por su misteriosa perfección, quizá por no sé qué.

Y como la resonancia de esas palabras se reitera con terquedad de ola dentro de mi cabeza, no es infrecuente que lea o relea algo de o sobre el poeta. Es el caso de El fantasma de la prima Águeda (El Colegio Nacional, Colección Opúsculos, México, 2018, 103 pp.), de Vicente Quirarte, él sí especialista en materias lopezvelardenas. Fue este título, claro, uno de los varios que aparecieron como prámbulo a la recordación del mencionado centenario que, dada la pandemia, se desarrolló en su mayor parte mediante conferencias y mesas redondas por la vía virtual. Por cierto, una de aquellas conferencias (disponible en el archivo de YouTube) es la que el mismo Quirarte ofreció con el título homónimo del libro que aquí me ocupa.

El fantasma de la prima Águeda contiene cinco ensayos, uno de ellos el que sirve de base, insisto, a la conferencia recién mencionada. Los otros son “Poeta en la Rotonda”, donde Quirarte reconstruye el shock que provocó la muerte sorpresiva, a sus breves 33 años, del autor de Zozobra. Entre otros comentarios, el ensayista recuerda, un poco en clave de crónica, el viaje a Jerez para ver aparecer la llegada, el 15 de junio de 1988, del centenario de quien sería luego bautizado como Ramón Modesto López Velarde Berumen; aquella noche, entre mezcal y mezcal, resistieron pacientemente, escribe Quirarte, “las horas que mediaban hasta la una de la mañana en que se echaron a vuelo las campanas de todos los templos para celebrar la llegada al mundo de un poeta que sólo nace cada siglo”.

El segundo ensayo, titulado “Esbozos para un retrato”, apela a la imaginación para construir, en estampas cortas, diferentes momentos en la vida del poeta, su nacimiento, sus caminatas por la ciudad de México, su diálogo con los jóvenes poetas Novo y Villaurrutia, el luto de su “viuda” Margarita Quijano. Luego, en “El fantasma de la prima Águeda” subraya la importancia de tal poema como santo y seña para ingresar al mundo de López Velarde, a su relación de cercanía-distancia con las mujeres, a su incandescente celibato.

Los últimos dos ensayos son “El poeta en la prosa” y “Una mitología llamada Ramón López Velarde”; el primero, imagina al jerezano metido en una reflexión sobre la prosa parca, contenida y, a decir de algunos, perfecta de Torri. El segundo y final trabaja sobre la curiosidad, que con el paso de las décadas devino mitología, que ha despertado la biografía de López Velarde.

El fantasma de la prima Águeda se suma pues a los muchos libros de aproximación a un sujeto y a una obra tan entrañables como incitantes.

sábado, julio 02, 2022

Acierto de López Velarde

 







En 2021, año de su centenario luctuoso, escribí un apunte breve pero sentido, como éste, que miraba con asombro la precocidad de Ramón López Velarde. El virtuosismo literario, y cualquier otro, a corta edad no dejará jamás de pasmarme, y esto quizá se debe a las limitaciones que a mi ya no corta edad encaro a la hora de ejercer mi escritura. ¿Qué debo hacer para que un texto sea eficaz?, me pregunto siempre y de inmediato pienso en la dificultad de la respuesta, una respuesta que al negarse termina cediendo su lugar un poco a la razón y otro poco a la intuición. Al releer a López Velarde quedo boquiabierto porque siento que todo lo razonó/intuyó bien pese a la corta vida que le cupo en suerte. ¿Cómo le hizo? No sé, y todo se lo atribuyo al genio.

Vicente Quirarte se ha preguntado lo mismo y en el ensayo La patria con cuerpo de mujer (Secretaría de Cultura de Coahuila, Saltillo, 2021, 41 pp.) ofrece algunas valiosas respuestas sobre el poema mayor de nuestro zacatecano: La Suave Patria. Es una plaquette valiosa, de descarga gratuita en PDF dentro de la página web de la SEC.

Los 100 años de la muerte [1921] de Ramón López Ve­larde son también los 100 años de la publicación de La Suave Patria en la revista El maestro, dirigida por José Vasconcelos y dedicada, sobre todo, al magisterio”, nos informa Quirarte. Más adelante, destaca que “el mérito de López Ve­larde no fue el de introducir temas y colores locales en su poesía, sino cantar la provincia con la profundidad y la verosimilitud que nadie se había atrevido, mucho menos en una época cuando la cosmopolita era el grito de guerra de todas las escuelas y movimientos”.

Tenía apenas 33 años y, agrega Quirarte, “fue el primero en mirar la su­perficie y las entrañas de la patria. Como antecedentes tenía al tumultuoso Rafael Landívar, los paisajes serenos de Joaquín Arcadio Pagaza, el pincel constructivo y cui­dadoso de Altamirano, la identificación entre naturaleza y emoción en Othón. Pero nadie había hablado de la patria con la desacralización y la irreverencia de López Velarde; nadie la había querido como a una mujer ni le había comprado trajes tan hermosos, de tanta sencillez y tanto lujo; nadie la había tomado por la cintura para decirle al oído lo chula que era”.

Esto es lo que se sentimos al adentrarnos en el poema-insignia del jerezano: una especie de inmediata intimidad (valga el epíteto) en la convivencia con la patria, la extraña sensación de que asistimos a un homenaje sin grandilocuencia, ajeno a demagogias patrioteras, a la vez mayúsculo y cercano, más concreto que intangible; no es, por esto, un poema escrito para el aspaviento declamatorio al que muchos lo han orillado.

Venturosamente y con sus propias armas, “La Suave Patria ha combatido durante un siglo en contra de declamadores empeñados en cantar un poema concebido para decirse”, remata el ensayo de Quirarte.

sábado, junio 19, 2021

López Velarde vs Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña

 







Saúl Rosales me ha permitido compartir este comentario suyo sobre el recordado poeta de Jerez, Zacatecas:

López Velarde vs. Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña

Saúl Rosales

El dilema de publicar o no publicar su poesía, agravado por las consecuencias de lo ya dado a la luz, consecuencias no siempre amargas, dicta a Ramón López Velarde el poema “Mi corazón se amerita” (Zozobra, 1919). Forma el título con algunas palabras del primer verso que completo dice: “Mi corazón leal, se amerita en la sombra”.

Al suponer enigmático ese verso y al pretender esclarecerlo, uno podría aventurar que mediante su articulación López Velarde mira cómo sus sentimientos, que acostumbramos ubicar en el corazón, se relamen cierto dolor en el oscuro íntimo decoro. El corazón se gratifica a sí mismo recluido en donde no luce, ni menos resplandece. ¿Y por qué merecería ser lucido su corazón? Porque, se sabe al continuar la lectura del poema, el corazón es la poesía, la exquisita partitura lopezvelardeana que canta en sus diástoles y sístoles.

Una vez convenido que el corazón es la poesía se ilumina la primera estrofa que parecía un enigma encantador, hipnotizador, por sus palabras conocidas y sin embargo necesitadas de exégesis a causa de los insólitos lugares que ocupan en la estructura de cada verso; eso, más la ondulante cadencia del conjunto y el dulce repique de una rima alterna. Transcribo dicha primera estrofa después de insistir en que, en este poema, para López Velarde el corazón es la poesía, pero en su caso, la poesía contenida, retenida, cancelada en la penumbra íntima:

 

Mi corazón leal, se amerita en la sombra.

Yo lo sacara al día, como lengua de fuego

que se saca de un ínfimo purgatorio a la luz;

y al oírlo batir su cárcel, yo me anego

y me hundo en la ternura remordida de un padre

que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego.

 

Como se ve en los versos segundo y tercero, Ramón López Velarde considera, con un implícito condicional “Yo lo sacara”, considera, digo, que podría exhibir su poesía, sacarla de la sombra a la luz, si, y sólo si… Y su poesía quemaría ciertas sensibilidades con el fuego que arde dentro de él, en su purgatorio ínfimo e íntimo. La poesía que yace en la sombra de lo inédito, su poesía, lo perturba.

Ahora, ¿a qué se debe el desasosiego de que su poesía palpite y se amerite en la sombra? Se debe a que López Velarde esgrimió su pluma contra el portentoso Alfonso Reyes y sufrió el silencio crítico de Pedro Henríquez Ureña, quien es considerado por José Luis Martínez como el fundador de la cultura mexicana contemporánea. La pugna estaba cantada.

Así, el poeta de Jerez Zacatecas, en su poema “Mi corazón se amerita”, a causa de la contención de su poesía en la sombra de lo inédito, dice en la segunda estrofa que todo lo agravia, pero a la vez lo estimula para seguir su carrera. Por ello, en la tercera estrofa, después de definir su poesía, dice, sólo en tiempo potencial, cómo la exhibiría y la llevaría a conocer la vida en la luz viviente desde el alba hasta el ocaso. Si se me perdona la digresión, a este periodo crepuscular del día lo nombra en un verso que parece calcado de Agustín Lara en tanto éste canta “un listón azul de amanecer”, y nuestro poeta jerezano dice “el cíngulo morado de los atardeceres”. De ese modo el cíngulo de López Velarde pasa a ser listón; el morado se convierte en azul y los atardeceres en amanecer. Todo paralelismo entre los dos versos es sólo señal de que Agustín Lara leía buenos poemas.

Tras esa digresión vuelvo a la rivalidad literaria entre Alfonso Reyes  y López Velarde y al silencio de Henríquez Ureña porque en la última estrofa de “Mi corazón se amerita”, el poeta de la “Suave Patria”, decidido, amenaza con liberar su corazón (su poesía) de la sombra y lanzarlo a la hoguera pública para, a su vez, liberarse de la pasión contenida. Resuelto, el poeta que contemplaba su íntima pasión, transformado y altivo, heroico, irreverente y belicoso, se enfrentará a la disputa y al silencio, a la incomprensión y el ninguneo:

 

asistiré con una sonrisa depravada

a las ineptitudes de la inepta cultura.

 

Los últimos versos de la cuarta estrofa y del poema, pareados, cantan el triunfo ardiente, luminoso y armónico de su poesía:

 

y habrá en mi corazón la llama que le preste

el incendio sinfónico de la esfera celeste.

 

A los cien años de la muerte de Ramón López Velarde, ocurrida el 19 de junio de 1921, su corazón (su poesía) se amerita en la más viva, extensa y extensiva luz del reconocimiento de quienes lo frecuentamos.


Antes de los 33

 









El arte de la biografía siempre ha puesto énfasis en la precocidad. Como si la vida fuera una carrera (currículum significa eso: recorrido), los estudiosos se han empeñado en destacar los frutos maduros producidos a edades muy tempranas y los han considerado hitos. En el universo artístico hay casos paradigmáticos, como el de Mozart, quien de niño ya asombraba a la aristocracia europea con la perfecta ejecución al piano de sus perfectas obras; también Rimbaud, quien antes de los veinte ya había escrito los libros que le granjearían la inmortalidad; o Picasso, quien en la adolescencia casi superaba a su padre, maestro de pintura. Para los biógrafos, la madurez adelantada es un prodigio digno de ser contado, se trate del genio matemático de Évariste Galois, del genio futbolístico de Diego Maradona o del genio de quien sea.

En la referida precocidad pienso cuando evoco a Ramón López Velarde (Jerez, Zac., 1888-México, DF, 1921). El destino le concedió poco tiempo para urdir una de las obras más importantes de la literatura española. Conste que no digo mexicana ni hispanoamericana, sino española, adjetivo con el que deseo asir todo lo muy bien escrito en la órbita de nuestra lengua. Mientras a otros escritores les cuesta una larga vida alcanzar el ideal del virtuosísimo, la obra ya cuajada y gorda de buen zumo, y a otros se les va la existencia sin lograrlo, la musa favoreció a López Velarde con una sensibilidad y unos recursos inusitados, para decirlo con un adjetivo que él hizo célebre al calificar ciertos ojos de sulfato de cobre.

Muchas veces he buceado en mi interior para tratar de descubrir la razón profunda de su encanto (y digo aquí encanto en sentido estricto, pues la poesía del jerezano encanta, fascina como el canto). He leído, claro, explicaciones técnicas sobre su manera de versificar/adjetivar/rimar y por supuesto me parecen un ejercicio inteligente de la crítica, pero siento que toda aproximación a la obra poética lopezvelardeana debe partir de una renuncia, la renuncia a encontrar mediante la pura razón el misterio que emana de su laboratorio metafórico. La explicación de López Velarde, a mi ver, no alcanza a colmarse con el develamiento de su técnica o con los datos autobiográficos agazapados en sus versos, sino en un sitio menos concreto. Es como si con un radar espiritual él hubiera captado una esencia que, como brisa, roza todos los pliegues del alma mexicana. Él supo vislumbrarla y, sobre todo, expresarla en palabras cuyo objetivo parece, de entrada, excesivo: convertir un sentimiento apenas presentido en evidencia de una realidad tangible.

Cuando leo a López Velarde me pasma advertir cómo atrapó la mencionada esencia, cómo emplazó sus sentidos a la manera de una cámara para captar detalles que parecen decir más de lo que dicen: “Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía; / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería”. Esta estrofa remite, por ejemplo, a la mirada, el oído y el olfato, y en los tres casos parece haber una secreta correspondencia: el barro con la alcancía y la alcancía con la pobreza; luego la palabra “terruño” (y no “ciudad” o “pueblo”), usada muy frecuentemente para referirnos con cariño al lugar donde nacimos, se enlaza a la sensación de pureza que produce el amanecer vinculada a la santidad del pan (litúrgico). Todo se mezcla y fluye en nuestra emoción como río subterráneo, casi como fluye el viejo indoeuropeo en las palabras que usamos.

“Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito; / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito”, dice en otra estrofa no lejana a la anterior, y ocurre lo mismo: “bendito” no sólo rima formalmente con “huestito”, sino que también consuena en el plano cultural por el conservadurismo presente en “bajada”, participio (los participios parecen adjetivos y verbos al mismo tiempo) que insinúa alguna coerción en el acto de adecentar la falda.

Esta poesía es un portento literario, una flecha que atraviesa la carne de nuestra idiosincrasia. Ramón López Velarde sólo tuvo 33 años para escribirla. Murió hace un siglo.

miércoles, noviembre 05, 2014

Tres evidencias de amor




















En tiempos de desolación como los que vivimos, de descreimiento y sensación de abismo social, o, visto de otro modo, a la hora de la poesía patriótica es común que pensemos en ristras interminables de exaltados versos, en pechos erguidos y manos declamatorias para enfatizar lo mucho que alguien ama el suelo que nos vio nacer. Ya López Velarde nos mostró que no es necesario vociferar ni desgarrarse las vestiduras para que el amor a la patria quede bien descrito sobre la página, con toda la emoción y la buena literatura que sea posible convocar.
El procedimiento del jerezano en su “Suave patria”, lo sabemos, fue sencillo y genial: aunque desde el comienzo declara que alzará la voz a la mitad del foro para cortar a la epopeya un gajo, lo hará en “épica sordina”, es decir, sin que atruene destempladamente su canto. Eso en cuanto al tono; en cuanto al asunto, pasará torrencial revista a México desde el horizonte, a ras de suelo, como transeúnte que poco a poco atraviesa calles, surcos, ríos, lo que le permite apreciar detalles en apariencia insignificantes, pero valiosos porque quizá allí, en ellos, se esconden las claves de lo que somos o podemos ser.
López Velarde desidealiza a la patria, la despoja del recubrimiento vaporoso que nos impide verla llana, concreta e inmediata. La ama entonces por lo que tiene de tangible, porque está allí, al alcance de la mano y la mirada:

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.


Muchas décadas después, José Emilio Pacheco escribió “Alta traición”, quizá su poema más conocido. Son apenas catorce versos que por eso mismo significan mucho: para declarar amor a la patria no requirió los kilómetros y kilómetros de palabras que supondríamos debido al descomunal tamaño del asunto. No, con catorce versos cortos fue suficiente. Otra vez vemos aquí, pero en versión sintetizada, la necesidad de no hacerse pasar como patriota sólo con amor abstracto, sino con una visión terrestre y por ello capaz de contener en unos cuantos objetos todo lo que uno puede, humanamente, abrazar, ni más ni menos:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
     es inasible.
Pero (aunque suene mal)
     daría la vida
por diez lugares suyos,
     cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
     fortalezas,
una ciudad deshecha,
     gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
     montañas
—y tres o cuatro ríos.

En 1980 fue publicado Fraguas, de Víctor Sandoval. Es un largo poema armado en tres estancias, todas con piezas poéticas breves. A su manera, el poema de la página 36 declara su amor a la patria sin patriotería, y conmueve porque —pese al desapego de lo que en apariencia es importante— la realidad del país lo hiere por dentro y le provoca llanto:

No soy una pancarta
ni un desfile de aguas triunfalistas.
No luciré jamás la escarapela tricolor,
no pertenezco a esa estirpe.
El himno nacional no me conmueve.
Mármol y bronce de los monumentos patrios
no son sino mármol y bronce.
Nunca he ido a la plaza la noche de las
celebraciones.
Definitivamente no soy un buen ciudadano.
Soy, eso sí, un hombre
al que se le humedecen los ojos
cuando le preguntan por su patria.

sábado, mayo 17, 2014

El múltiple Ramón










Cuesta nada y vale oro. Me refiero al tabique Crónicas literarias (Océano-Gandhi, México, 2011, 397 pp.), de Ramón López Velarde. La selección y el prólogo son obra de Juan Domingo Argüelles (Chetumal, 1958), poeta y ensayista que viene armando desde hace varios años una producción notable como escritor, como organizador de antologías (o selecciones) y como promotor de la lectura. Aquí ha organizado el valioso material prosístico que el jerezano dejó disperso en revistas y periódicos, y le adosó un prólogo que no podemos eludir.
Argüelles recuerda las apreciaciones que, en general, ha recibido el López Velarde prosista. Las que ha motivado su poesía son de sobra conocidas, tanto que sus versos, lo sabemos, entran en automático a cualquier antología de poesía mexicana de cualquier época (no sé si sueno muy insolente al decir que me parece el poeta mexicano más interesante, por no decir el mejor, del siglo XX). Su prosa, en cambio, ha tenido que avanzar un poco a la sombra, casi oculta debido a la gravitación de su poesía y a que ninguna de las compilaciones prosísticas hasta hoy publicadas apareció mientras su autor estuvo vivo. El minutero, libro que RLV preparó, vio la luz dos años luego de su muerte, en 1923. Los otros, preparados en distintos momentos por distintos compiladores y estudiosos, fueron apareciendo con el correr del siglo hasta llegar a Crónicas literarias.
Lo primero que destaca Argüelles es lo primero que sedujo a los lectores del RLV prosista: el estilo. Menciona, por ejemplo, a Villaurrutia y Paz, quienes subrayaron la indefectible intencionalidad poética de los textos lopezvelardeanos escritos más allá del verso. En efecto, uno lo comprueba de inmediato casi en cualquier párrafo del zacatecano: la suya fue una prosa sólo periodística porque quedó albergada en medios hemerográficos, pues su timbre siempre tuvo una inclinación marcadamente estética.
Se podría pensar, por ello, en engolamientos o vicios parecidos, es decir, en el sacrificio del fondo y la exaltación de la pura forma. No fue tampoco el caso: “hay que añadir otras múltiples virtudes, entre ellas, jamás perder sus caracteres expositivo, crítico, analítico, polémico e incluso informativo (…) y que le da su identidad de crónicas, es decir, de composiciones de época, en la más noble tradición de los escritores que han utilizado el medio periodístico no para complacer a lectores superficiales, sino más bien para educar y sensibilizar espíritus receptivos de algo más que la noticia intrascendente, la anécdota trivial y la inmediatez del chisme sin consecuencias”, observa Argüelles. Los textos, por todo, son una suma de aciertos estilísticos y agudas observaciones, casi como si RLV hubiera trasladado, con los matices que son del caso, su poesía a los registros de la prosa.
He batallado en estos párrafos para referirme a los textos que componen Crónicas literarias. Los he llamado “textos” así como en el título son llamados “crónicas”. La verdad es que se trata de prosas inclasificables, o tan variadas que llamarlas de una sola forma es, en cuanto al género, atinar con unas y errar con otras, de manera que mejor ubicarlas de manera ambigua: textos, textos en prosa que hoy nos abren otros accesos a la siempre alta figura del joven abuelo Ramón López Velarde.


miércoles, septiembre 22, 2010

Volver a Ramón



Estuve el fin de semana pasado, hasta el lunes, en el DF. Lo primero que hice fue apersonarme en la plancha del zócalo para ver la decoración, el gesto que dejó el Grito. Publicado aquí, unos días antes había escrito un texto donde afloró, otra vez en mi caso, el nombre de Ramón López Velarde. Pues bien, busqué su “Sueve patria” y de pasó oí la grabación donde Guillermo Sheridan lee el poema. Eso sirvió para que en todo mi recorrido de la capital me persiguieran los versos del jerezano, sus adjetivos perfectos. Comprobé que no es un poema para leerse con los ojos, sino con los oídos. Recordé además que hace tiempo escribí “López Velarde en caset”, artículo donde recomiendo un material que el FCE sigue editando. Mi texto fue éste; no dudo en sugerir que quien de veras guste de la poesía en general y de López Velarde en particular, corra a conseguir la grabación que aquí describo:
El Fondo de Cultura Económica, la editorial más importante de México, en su catálogo de los años recientes ofrece la serie Entre voces, colección de casetes y discos compactos que alberga las obras literarias de autores consagrados. Rulfo, Monterroso, Castellanos, Chumacero, Sabines y otros escritores de similar estatura han sido reunidos para celebrar con sus textos el gusto de la palabra hablada.
Hace diez años, una empresa mexicana de cuyo nombre no puedo acordarme lanzó al mercado un proyecto llamado, creo, audilibros o algo así. Consistía en casetes que resumían novelas, cuentos y piezas similares para estimular, en los lectores que no leen, el conocimiento de las obras maestras. Por supuesto, el deplorable plan fue rechazado con silbidos por la comunidad intelectual mexicana, ya que los audilibros eran pésimas y tijereteadas adaptaciones de los libros originales y al final dicha propuesta, lejos de alentar el hábito de la lectura, alentaba sólo el del menor esfuerzo y del mal gusto. No sucede lo mismo con Entre voces, del fce. En un caset o cd se han grabado algunos materiales sin mutilación, materiales que dan una idea clara y sintética de cada autor incluido. Son, como si dijéramos, breves antologías sonoras, con producción sencilla pero eficaz. Basta como ejemplo el volumen Poesía, que con la voz del escritor Guillermo Sheridan nos regala un muestrario de lo heredado por el deslumbrante y precoz virtuoso que fue Ramón López Velarde.
Algún desconfiado pensará que este caset, y la lectura de Sheridan, se parece a los ofrecidos en productos similares por charlatanazos de la lectura poética como Paco Stanley o Susana Alexander, a quienes se les nota demasiado un tono declamatorio, teatralizado, pedante, obsoleto. Sheridan lee poesía como se debe leer: con ritmo y entonación plácidos, mesurados, sin aspavientos, sin muecas lloriqueantes, lo cual garantiza la calidad de esta producción. Contiene el volumen, además de una “Introducción”, poemas de López Velarde correspondientes a Primeras poesías, La sangre devota, Zozobra, El son del corazón y, por supuesto, íntegra, La suave Patria. Además, muestra algunas prosas de El minutero, pequeñas composiciones que el artífice de Zacatecas confeccionó para las prensas periodísticas.
La grandeza poética de López Velarde ha sido ponderada con infinitos elogios por la crítica más severa. Cualquier poema, cualquiera, evidencia el formidable talento del jerezano y ahorra el uso de adjetivos encomiásticos. Cerremos esta nota con algunos prodigiosos miligramos de La suave Patria:
Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito, / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito”.

Hoy, conferencia del doctor Corona
Hoy a las ocho de la noche en el Museo de la Revolución (Lerdo de Tejada 1029, Torreón), el doctor Sergio Antonio Corona disertará sobre La Laguna durante las guerras de independencia. Tratará dos temas en uno. Primero, el impacto económico de la guerra de independencia en la Comarca Lagunera, ya que es precisamente gracias a eso que entre 1811 y 1813 surge el cultivo del algodón en la Comarca de una manera significativa. Segundo, que las guerras de independencia en realidad están enmarcadas por dos sucesos internacionales: la invasión de España por los franceses en 1808, que da inicio a los movimientos autonomistas o independentistas en la Nueva España, y el golpe de estado de Rafael del Riego en la España de 1820, que fue la causa de que las cúpulas de poder de Nueva España, sobre todo el clero, optara por la consumación de la independencia.

miércoles, septiembre 15, 2010

Sentimientos del bicentenario



A Heriberto Ramos Hernández le gusta recordar “Alta traición”, aquel poemita en el que Pacheco declara no amar a su país en abstracto pero sí dar la vida por diez lugares suyos, por cierta gente, por puertos, por bosques de pinos, por fortalezas, por una ciudad deshecha, gris y monstruosa, por varias figuras de su historia, por montañas y por tres o cuatro ríos. Cómo no estar de acuerdo con esa forma concreta y racional de querer al país. Finalmente, uno llega con el tiempo a derivar en la idea de que la patria querible es muy pequeña y de que en esa querencia al mundo íntimo que nos cupo en suerte está resumido y manifiesto el amor al país, a la Patria con mayúscula. Por eso pienso que “Alta traición” de JEP es una forma escueta, minimalista, de expresar la “Suave patria” de López Velarde, pues en ambos casos es enfática la idea de cantar —el jerezano en “épica sordina”— aquello que de íntimo y personal tienen los frutos de la cornucopia mexicana.
Como Pacheco y como Ramón, no me creo capaz de patriotismo abstracto y acaso he dado ya la vida—al vivir en y con ellos— por algunos lugares suyos, por cierta gente, por “los veneros del petróleo”, por “el santo olor de la panadería” y todo eso. No me creo un buen mexicano, sé que podría ser mejor, pero tampoco he dañado al país. Como tantos, he mentido, he ofendido innecesariamente, he desperdiciado tiempo y recursos, he hecho en suma mucho menos de lo que en potencia puedo hacer. A mí, como a Borges y a muchos, “mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida”. Siento estarlos defraudando; a ellos y al país, pero tampoco me desgarro las vestiduras, pues, por otro lado, algo enseñé en las aulas por pagos generalmente módicos, he escrito palabras de reconocimiento y aliento para muchos colegas y no colegas, he compartido la felicidad del libro, he hablado y hablado para aclarar ideas en público y he creado ficciones cuyo propósito ha sido entretener y mostrar algunas facetas de la complejísima realidad. Digamos que si me pidieran un balance, mi fiel se ladearía un poco hacia el lado bueno, pues sin fariseísmo estúpido puedo afirmar que no he robado, dañado ni perpetrado todo eso que al acumularse ha colaborado en la enfermedad de nuestra alicaída patria.
Siempre he creído que ser mexicano es distinto pero no es menos valioso que ser keniano o francés, ruso o paraguayo. Fue un accidente que yo fuera mexicano, sí, así que eso no enardece mi nacionalismo, pero disfruto saber que gracias a eso tengo esta nacionalidad, hablo español (un idioma perfecto, bellísimo), puedo caminar (casi) libremente por costas, montañas, desiertos, selvas, cuidades coloniales, modernas, frías, cálidas. Por ser mexicano soy también lagunero y he convivido con una cocina estupenda, variada y económica. Gozo con nuestra música, con la conversación de la gente, con la lucha libre popular, con nuestra literatura, con nuestro arte todo. Me da gusto que lo mexicano tenga un toque de color, un timbre peculiar que lo distingue en cualquier parte. Me gusta ser mexicano, disfruto su espacio público, su ingenio para la picardía, su sentido de la amistad.
Por supuesto, también detesto sus vicios, los que todos conocemos, como la impunidad, la indiferencia política, el tráfico de influencias, el desdén ante las crueldades de la miseria, el cinismo de muchos servidores públicos que sólo sirven para el cinismo. Detesto la poca o nula sensibilidad de muchos de sus políticos (que darán el Grito hoy, increíble), la rapacidad de su más encumbrada casta empresarial, la ineficiencia de tantos servicios, el innoble papel de muchos medios, y en fin, tanto que casi se cae la cara de vergüenza.
A pregunta directa, respondí a algunos de mis compañeros de trabajo que desde el inicio de la propaganda bicentenaria me sentía un poco mal, es decir, que desde 2007 o 2008 quería que no llegara así la fecha de hoy. Un viscoso e indefinible sentimiento de pena me embarga ante la certeza de que estamos viviendo una efemérides mayúscula en medio de calamidades sin par en la historia de nuestra república. Siento una pena íntima e incomunicable, quizá una mezcolanza de tristeza, rabia e impotencia que me impide celebrar. Respeto la alegría de los demás, sus “gritos” nacionalistas. Yo, mientras tanto, apuraré el trago de esta noche casi oculto en la clandestinidad de mi pesadumbre. Serenamente orgulloso de lo que fuimos, contrito por lo que somos, confundido frente al futuro y vivando a México en silencio, en la solitaria bóveda del corazón, en “épica sordina”, precisamente.

domingo, mayo 10, 2009

Madre sólo hay dos



A estas alturas del partido creo que no hay quien pueda dar lecciones creíbles de civismo, pero nunca está de sobra echarle un vistazo, aunque sea de lejecitos, al concepto que uno abraza de patria y patriotismo. Escribo para este día de las madres porque pretendo contradecir el lugar común de que madre sólo hay una; no, madre sólo hay dos, la que nos parió y la otra, más grande, a la que solemos llamar patria (del latín patrĭa, patris, tierra paterna) y que sería mejor denominar matria, lo que hace oximorónico decir madre-patria y pleonástico madre-matria. Sea como sea, madre sólo hay dos, en mi caso doña Catalina Vargas, la jefa del mal hijo que esto escribe y desea no defraudarla, y México, la matria de este muy mediocre mexicano que siempre quisiera ser más masiosare de lo que es.
El viernes pasado escribí, como todo mundo ignora, un texto en homenaje de José Emilio Pacheco; lo hice por el setenta aniversario de su nacimiento, celebrado en abril, y porque recién fue galardonado con el premio Reina Sofía. En aquellos párrafos aproveché para citar, por enésima, su poema “Alta traición”, y como tengo fe en que los lectores me leen, se decepcionan y nunca vuelven, ahora lo reitero: “No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / y tres o cuatro ríos”. Ese puñado de versos condensa lo que, sospecho, debe ser la patria de los escépticos: un lugar concreto, asible, visibilizable, no la entidad inalcanzable que en los libros de texto ostenta un “fulgor abstracto”. Creo coincidir con esa idea de patria, pues, como Pacheco, cometo la alta traición de querer al suelo donde he nacido y sentir que inmensa nostalgia invade mi pensamiento cuando por alguna razón me alejo mucho de él, de esta patria o matria chica que es La Laguna, el Nazas, los cerros calvos, los pinabetes feos y terrosos, ciertamente, pero nuestros, pero míos.
En registro inflamado, el “Credo” de Ricardo López Méndez, el “Vate”, camina un derrotero más popular que sin duda lo torna llegador, sentimental como canción de radio y si duda auténtico en su arrebato por el orgullo de la mexicanidad: “México, creo en ti como en el vértice de un juramento, / Tú hueles a tragedia tierra mía, / y sin embargo ríes demasiado, / acaso porque sabes que la risa, / es la envoltura de un dolor callado. (…) México, creo en ti, porque escribes tu nombre con la X, / que algo tiene de cruz y de calvario, / porque el águila brava de tu escudo, / se divierte jugando a los volados, / con la vida y a veces con la muerte. (…) México, creo en ti, porque eres el alto de mi marcha, / y el punto de partida de mi impulso, / mi credo, ¡patria!, tiene que ser tuyo, / como la voz que salva, / y como el ancla”.
Anterior al poema anterior e indiscutiblemente el mejor producto literario de temática mexicanista, “La suave patria” de Ramón López Velarde trabaja con la arcilla de lo cotidiano, de lo inmediato, y borra hasta donde es posible los rastros de ese patriotismo (o patrioterismo, no sé) que varios años después Pacheco juzgará abstracto. A la peculiar observación del entorno íntimo como concreción de la patria, López Velarde aduna la espectacularidad de sus inusitados adjetivos de sulfato de cobre y el encanto casi matemático de sus rimas. Es un poema abrumadoramente hermoso, el mejor: “Yo que sólo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro, / alzo hoy la voz a la mitad del foro, / a la manera del tenor que imita / la gutural modulación del bajo, / para cortar a la epopeya un gajo. / Navegaré por las olas civiles / con remos que no pesan, porque van / como los brazos del correo chuan / que remaba la Mancha con fusiles. / Diré con una épica sordina: / la patria es impecable y diamantina. // Suave Patria: permite que te envuelva / en la más honda música de selva / con que me modelaste por entero / al golpe cadencioso de las hachas, / entre risas y gritos de muchachas / y pájaros de oficio carpintero. (…) Sobre tu Capital, cada hora vuela / ojerosa y pintada, en carretela; / y en tu provincia, del reloj en vela / que rondan los palomos colipavos, / las campanadas caen como centavos. / Patria: tu mutilado territorio / se viste de percal y de abalorio. / Suave Patria: tu casa todavía / es tan grande, que el tren va por la vía / como aguinaldo de juguetería. (…) Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía, / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería. / Cuando nacemos, nos regalas notas, / después, un paraíso de compotas, / y luego te regalas toda entera, / suave Patria, alacena y pajarera. (…) Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito. / Inaccesible al deshonor, floreces: / creeré en ti, mientras una mexicana / en su tápalo lleve los dobleces / de la tienda, a las seis de la mañana, / y al estrenar su lujo, quede lleno / el país, del aroma del estreno. / Como la sota moza, Patria mía, / en piso de metal, vives al día, / de milagro, como la lotería. (…) Suave Patria: vendedora de chía: / quiero raptarte en la cuaresma opaca, / sobre un garañón, y con matraca, / y entre los tiros de la policía...”.
En “Luvina”, el cuento de Rulfo, un profe charla con los pobladores del pueblo moribundo que da título al relato; en ese breve diálogo descansa una lección: no debemos confundir a la patria con el mugroso gobierno: “Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! —les dije—. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará’.
‘Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.
‘—¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?
“Les dije que sí.
‘—También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.
‘Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre’”.