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sábado, febrero 11, 2023

Ramón por Vicente


 











Sólo yo sé, y basta con eso, que desde hace muchos años vuelvo cada tanto a la obra y a la vida, en este orden, de Ramón López Velarde. No hace mucho, en 2021, me sumé al centenario de su muerte con un apunte del tipo que aquí mismo vamos leyendo, y hoy reincido con impulso análogo: no como especialista, obvio, sino como mero admirador del poeta nacido en Jerez, Zacatecas, hacia 1888. Digo pues que vuelvo a López Velarde pero esto no es verdad: más bien, él, su pegajosa obra, vuelve a mí, me reencuentra cuando veo unos “ojos inusitados”, cuando siento que algo tiene “el aroma del estreno” o cuando pienso en mi “costumbre heroicamente insana de hablar solo”. En otras palabras, esas frases y muchas más me reaparecen quizá por su misteriosa perfección, quizá por no sé qué.

Y como la resonancia de esas palabras se reitera con terquedad de ola dentro de mi cabeza, no es infrecuente que lea o relea algo de o sobre el poeta. Es el caso de El fantasma de la prima Águeda (El Colegio Nacional, Colección Opúsculos, México, 2018, 103 pp.), de Vicente Quirarte, él sí especialista en materias lopezvelardenas. Fue este título, claro, uno de los varios que aparecieron como prámbulo a la recordación del mencionado centenario que, dada la pandemia, se desarrolló en su mayor parte mediante conferencias y mesas redondas por la vía virtual. Por cierto, una de aquellas conferencias (disponible en el archivo de YouTube) es la que el mismo Quirarte ofreció con el título homónimo del libro que aquí me ocupa.

El fantasma de la prima Águeda contiene cinco ensayos, uno de ellos el que sirve de base, insisto, a la conferencia recién mencionada. Los otros son “Poeta en la Rotonda”, donde Quirarte reconstruye el shock que provocó la muerte sorpresiva, a sus breves 33 años, del autor de Zozobra. Entre otros comentarios, el ensayista recuerda, un poco en clave de crónica, el viaje a Jerez para ver aparecer la llegada, el 15 de junio de 1988, del centenario de quien sería luego bautizado como Ramón Modesto López Velarde Berumen; aquella noche, entre mezcal y mezcal, resistieron pacientemente, escribe Quirarte, “las horas que mediaban hasta la una de la mañana en que se echaron a vuelo las campanas de todos los templos para celebrar la llegada al mundo de un poeta que sólo nace cada siglo”.

El segundo ensayo, titulado “Esbozos para un retrato”, apela a la imaginación para construir, en estampas cortas, diferentes momentos en la vida del poeta, su nacimiento, sus caminatas por la ciudad de México, su diálogo con los jóvenes poetas Novo y Villaurrutia, el luto de su “viuda” Margarita Quijano. Luego, en “El fantasma de la prima Águeda” subraya la importancia de tal poema como santo y seña para ingresar al mundo de López Velarde, a su relación de cercanía-distancia con las mujeres, a su incandescente celibato.

Los últimos dos ensayos son “El poeta en la prosa” y “Una mitología llamada Ramón López Velarde”; el primero, imagina al jerezano metido en una reflexión sobre la prosa parca, contenida y, a decir de algunos, perfecta de Torri. El segundo y final trabaja sobre la curiosidad, que con el paso de las décadas devino mitología, que ha despertado la biografía de López Velarde.

El fantasma de la prima Águeda se suma pues a los muchos libros de aproximación a un sujeto y a una obra tan entrañables como incitantes.

miércoles, noviembre 27, 2019

Patología de la miseria




















El libro Patología de la pobreza (El Colegio Nacional, México, 2017, 57 pp.) es un documento breve y contundente sobre los estragos que la pobreza inflige al ser humano. En general es algo que inferimos: a mayor desventaja económica, mayor grado de cercanía de la enfermedad, es decir, de la muerte. Su autor, Ruy Pérez Tamayo (Tampico, 1924), es una eminencia en el ámbito de la medicina mexicana que en el caso de este libro ha resumido la estrecha relación entre la precariedad y el deterioro físico acelerado. Es, por ello, un material que nos alerta sobre la necesidad de avanzar en la mejoría de la calidad de vida como base de la salud/longevidad.
“Pobreza y enfermedad”, “La patología de la pobreza” y “Las enfermedades crónicas y la transición epidemiológica en México” son los tres ensayos que configuran el libro. Pérez Tamayo —quien fue fundador y director durante quince años la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina de la UNAM en el Hospital General de México, y durante diez años del Departamento de Patología del Instituto Nacional de la Nutrición— observa que en principio es necesario analizar “las consecuencias de la pobreza en los distintos aspectos de la vida humana que tienen relación con la enfermedad, como la ignorancia, la desnutrición, las malas condiciones higiénicas, la ausencia de planificación familiar, etc.”. Por ello, añade, “Para combatir con eficacia la patología de la pobreza lo que se necesita no es más ciencia médica o más hospitales, sino simplemente más riqueza”.
De los aportes del doctor Alejandro Celis (primero que planteó en México la relación entre pobreza y patología), Pérez Tamayo cita, entre otros, que en los setenta “los enfermos del Hospital General [donde trabajaba Celis] de la SSA estaban mucho más desnutridos y tenían lesiones más avanzadas, cuando fueron vistos por primera vez en esa institución, que los pacientes de la consulta privada”.
La crítica a nuestro sistema de salud debe pasar primero, concluimos, por modificar las condiciones que hacen posible no tanto la enfermedad, sino la miseria. “La salud es un derecho —señala el autor—, pero tal derecho se vuelve inoperante en la miseria. La buena nutrición no es posible cuando no hay ni qué comer, ni dinero (…), ni trabajo para ganar dinero, ni educación para aprender a trabajar…”.
Patología de la pobreza es, por todo, un librito que mueve a reflexión sobre el imperativo siempre acuciante de generar y distribuir mejor la riqueza.

miércoles, octubre 09, 2019

Español nuestro de cada día
























Un intento de semblanza muy resumido de Luis Fernando Lara Ramos debe consignar que nació el 20 de marzo de 1943 en la Ciudad de México, que es licenciado en lengua y literatura española por la UNAM y doctor en lingüística y literatura hispánicas por el Colegio de México, que ha publicado numerosos artículos de investigación en revistas especializadas además de varios libros como, entre otros, Diccionario del español usual en México, Teoría del diccionario monolingüe, Estructuras sintácticas 40 años después, Ensayos de teoría semántica. Lengua natural y lenguajes científicos, Lengua histórica y normatividad, De la definición lexicográfica, Curso de lexicología, Diccionario del español de México e Historia mínima de la lengua española.

Lo anterior es pues, apenas, el esbozo de una trayectoria vinculada cabalmente, como podemos apreciar, con el estudio de nuestra lengua, trabajo por el que ingresó a El Colegio Nacional en 2007 y donde hace poco publicó uno más de sus títulos: Herencia léxica del español de México (ECN, México, 2018, 119 pp.). Es un libro pequeño, y por ello aparece en la colección Opúsculos (“opúsculo” significa precisamente “obra pequeña”), pero sumamente valioso para saber de dónde viene el léxico, es decir las palabras, que usamos los mexicanos en la conversación y en la escritura de todos los días.

Se trata en suma de un ensayo divulgativo, ideal para acceder, así sea con trazos muy generales, al diccionario español. Con abundantes ejemplos de palabras en movimiento, como no podía ser de otra manera, Lara Ramos explica de qué lugares y lenguas se ha nutrido el español. Por supuesto, consigna que el latín fue su matriz principal, pero no deja de recordarnos que nuestra lengua también tiene voces provenientes del griego y, en menor medida, de las lenguas llamadas prerrománicas, es decir, las que se hablaban en la península ibérica antes de la llegada de los romanos. Así, lentamente, la caída del imperio fue cuajando otra lengua derivada del latín, luego influida por los visigodos y después, en mayor medida, por los árabes, lengua (me refiero a la castellana) que a la postre fue la que trajeron hacia América los primeros españoles que cruzaron el Atlántico. Ya acá, en la Nueva España, nuestra lengua engordó con abundantes palabras amerindias hasta llegar al español de hoy, poblado además, sobre todo, de galicismos y anglicismos.

Este sobrevuelo apenas traza la silueta (galicismo, por cierto) de un libro harto interesante y grato. Por ello, leerlo es mejor que intuirlo en los anteriores párrafos.