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sábado, enero 24, 2026

Pacheco por Laura Emilia

 











Laura Emilia Pacheco ha reunido en uno de los libros de la colección Opúsculos varias aproximaciones a la abundante y diversa obra de José Emilio Pacheco, su padre. El recorrido es compendioso en dos sentidos: porque enumera varias líneas de trabajo abrazadas por JEP y lo hace de manera sumaria, a trazo grueso, lo que permite apreciar de un solo vistazo, en apenas 89 páginas, toda la ramificación del quehacer pachequiano.

El libro lleva por título Caleidoscopio: José Emilio Pacheco, aproximaciones a la obra de un poeta (El Colegio Nacional, México, 2025), y tiene un par de textos liminares: una presentación de Vicente Quirarte y un prólogo de Rosa Beltrán. Quirarte destaca en sus palabras algunas de las preocupaciones centrales de JEP, como la relacionada con la devastación ambiental y su mirada pesimista respecto del paso del tiempo y sus estragos en el presente. Al subrayar su condición de polígrafo, lo hermana con Reyes, pero anota que en su bajo perfil y su negación a conceder entrevistas sobre cualquier tema dejó ver que no quería ser todólogo, un papel (y esto lo digo yo) que muchos escritores son forzados a representar por culpa de la actualidad periodística.

Dice Quirarte: “La modestia fue su principal enemiga, pero también el arma que se vuelve contra quienes, en busca de elementos para criticarlo, lo quisieran más mundano, más débil, más expuesto a las mezquindades del a veces innoble oficio. Con el ejemplo de su vida y de su obra, nos enseña a ser mejores, a respetarnos y respetar la existencia. A vivir con la mayor integridad la breve aventura que nos corresponde”.

Por su parte, Rosa Beltrán describe cómo se dio su contacto con la obra poética, narrativa y crítica de JEP, y cómo, a partir de sus libros, fue adentrándose en el universo tenaz y silencioso de este autor visible en su obra e casi invisible en su persona. Coincide en destacar su modestia: “Pese a ser un autor festivo, bienhumorado, conferencista magnánimo y generoso en sus participaciones públicas, José Emilio se oponía a aparecer en los medios de comunicación, que para él eran banalizadores automáticos de la cultura”.

Luego de las dos anotaciones anteriores, Laura Emilia Pacheco traza en diez capítulos el perfil completo de su padre. No es, lo remarco, una descripción detallada, pormenorizada, minuciosa de cada línea de interés en JEP, sino el vistazo más abarcador y rápido posible a un personaje cuya diversidad de intereses lo convirtió en uno de los divulgadores —culturales, literarios— más importantes de la segunda mitad del siglo XX mexicano y el arranque del XXI.

En cada tramo aborda una cara del poliedro que fue JEP: la recurrente presencia de los animales, la traducción, su guion de la película El castillo de la pureza (donde por cierto hay una errata grave, pues el papel del protagonista fue de Claudio Brook, y no Obregón), su quevediana obsesión por el paso del tiempo, su mirada sobre el sismo del 85, su columna periodística  “Inventario”, su pasión por los libros y Borges, el periodismo cultural, López Velarde y Oscar Wilde. La clasificación puede parecer algo caprichosa, pero es verdad que, como dice Quirarte, “la versatilidad de su trabajo lo hace indefinible”, así que bien se pueden añadir más abordajes a la decena propuesta por Laura Emilia en este Caleidoscopio.

Al menos en la intención, en la sintonía del apetito esencial, JEP puede ser analogado a Reyes, y lo mismo podría decirse con respecto de Borges, como señala Laura Emilia: “Más allá del saludo circunstancial en la Capilla Alfonsina, ¿qué vincula a Jorge Luis Borges y a José Emilio Pacheco? Los libros, las bibliotecas, una gozosa erudición, ¿qué más? Ambos ejercieron el periodismo cultural, ambos fueron poetas y narradores, ambos fueron ensayistas y traductores. Ambos recibieron el Premio Cervantes. Los dos reconocieron como maestro a Alfonso Reyes, generoso artífice de nuestras letras. En 1999 José Emilio Pacheco publicó el libro Jorge Luis Borges: una invitación a su lectura, donde reúne varios ensayos sobre el autor de El Aleph. Pacheco escribió, como imitación y en ocasiones como parodia, algunos textos en homenaje a Borges, cuentos que son ensayos y ensayos que parecen cuentos. ‘Borges —escribió Pacheco— sólo puede entenderse en la mezcla, la unión, la síntesis y la discordia de lo urbano, lo rural, lo europeo, lo nacional, lo elitista y lo popular’”.

No soy especialista en José Emilio Pacheco, pero sí un viajero frecuente de sus páginas; creo tener y haber leído una parte mayoritaria de su obra publicada (sobre todo la poética y narrativa), y una parte importante de la suma de los “inventarios” publicada por Era en tres tomos (que hoy es un material de referencia y leí durante incontables semanas, cuando Proceso publicaba la columna); puedo afirmar pues que este sucinto Caleidoscopio preparado por su hija es una puerta amplia y generosa para acceder a un escritor que debemos tener siempre a la vista: JEP, sigla que, como sabemos, fue durante muchos años la firma con la que JEP buscó notarse lo menos posible.

sábado, febrero 11, 2023

Ramón por Vicente


 











Sólo yo sé, y basta con eso, que desde hace muchos años vuelvo cada tanto a la obra y a la vida, en este orden, de Ramón López Velarde. No hace mucho, en 2021, me sumé al centenario de su muerte con un apunte del tipo que aquí mismo vamos leyendo, y hoy reincido con impulso análogo: no como especialista, obvio, sino como mero admirador del poeta nacido en Jerez, Zacatecas, hacia 1888. Digo pues que vuelvo a López Velarde pero esto no es verdad: más bien, él, su pegajosa obra, vuelve a mí, me reencuentra cuando veo unos “ojos inusitados”, cuando siento que algo tiene “el aroma del estreno” o cuando pienso en mi “costumbre heroicamente insana de hablar solo”. En otras palabras, esas frases y muchas más me reaparecen quizá por su misteriosa perfección, quizá por no sé qué.

Y como la resonancia de esas palabras se reitera con terquedad de ola dentro de mi cabeza, no es infrecuente que lea o relea algo de o sobre el poeta. Es el caso de El fantasma de la prima Águeda (El Colegio Nacional, Colección Opúsculos, México, 2018, 103 pp.), de Vicente Quirarte, él sí especialista en materias lopezvelardenas. Fue este título, claro, uno de los varios que aparecieron como prámbulo a la recordación del mencionado centenario que, dada la pandemia, se desarrolló en su mayor parte mediante conferencias y mesas redondas por la vía virtual. Por cierto, una de aquellas conferencias (disponible en el archivo de YouTube) es la que el mismo Quirarte ofreció con el título homónimo del libro que aquí me ocupa.

El fantasma de la prima Águeda contiene cinco ensayos, uno de ellos el que sirve de base, insisto, a la conferencia recién mencionada. Los otros son “Poeta en la Rotonda”, donde Quirarte reconstruye el shock que provocó la muerte sorpresiva, a sus breves 33 años, del autor de Zozobra. Entre otros comentarios, el ensayista recuerda, un poco en clave de crónica, el viaje a Jerez para ver aparecer la llegada, el 15 de junio de 1988, del centenario de quien sería luego bautizado como Ramón Modesto López Velarde Berumen; aquella noche, entre mezcal y mezcal, resistieron pacientemente, escribe Quirarte, “las horas que mediaban hasta la una de la mañana en que se echaron a vuelo las campanas de todos los templos para celebrar la llegada al mundo de un poeta que sólo nace cada siglo”.

El segundo ensayo, titulado “Esbozos para un retrato”, apela a la imaginación para construir, en estampas cortas, diferentes momentos en la vida del poeta, su nacimiento, sus caminatas por la ciudad de México, su diálogo con los jóvenes poetas Novo y Villaurrutia, el luto de su “viuda” Margarita Quijano. Luego, en “El fantasma de la prima Águeda” subraya la importancia de tal poema como santo y seña para ingresar al mundo de López Velarde, a su relación de cercanía-distancia con las mujeres, a su incandescente celibato.

Los últimos dos ensayos son “El poeta en la prosa” y “Una mitología llamada Ramón López Velarde”; el primero, imagina al jerezano metido en una reflexión sobre la prosa parca, contenida y, a decir de algunos, perfecta de Torri. El segundo y final trabaja sobre la curiosidad, que con el paso de las décadas devino mitología, que ha despertado la biografía de López Velarde.

El fantasma de la prima Águeda se suma pues a los muchos libros de aproximación a un sujeto y a una obra tan entrañables como incitantes.

sábado, julio 02, 2022

Acierto de López Velarde

 







En 2021, año de su centenario luctuoso, escribí un apunte breve pero sentido, como éste, que miraba con asombro la precocidad de Ramón López Velarde. El virtuosismo literario, y cualquier otro, a corta edad no dejará jamás de pasmarme, y esto quizá se debe a las limitaciones que a mi ya no corta edad encaro a la hora de ejercer mi escritura. ¿Qué debo hacer para que un texto sea eficaz?, me pregunto siempre y de inmediato pienso en la dificultad de la respuesta, una respuesta que al negarse termina cediendo su lugar un poco a la razón y otro poco a la intuición. Al releer a López Velarde quedo boquiabierto porque siento que todo lo razonó/intuyó bien pese a la corta vida que le cupo en suerte. ¿Cómo le hizo? No sé, y todo se lo atribuyo al genio.

Vicente Quirarte se ha preguntado lo mismo y en el ensayo La patria con cuerpo de mujer (Secretaría de Cultura de Coahuila, Saltillo, 2021, 41 pp.) ofrece algunas valiosas respuestas sobre el poema mayor de nuestro zacatecano: La Suave Patria. Es una plaquette valiosa, de descarga gratuita en PDF dentro de la página web de la SEC.

Los 100 años de la muerte [1921] de Ramón López Ve­larde son también los 100 años de la publicación de La Suave Patria en la revista El maestro, dirigida por José Vasconcelos y dedicada, sobre todo, al magisterio”, nos informa Quirarte. Más adelante, destaca que “el mérito de López Ve­larde no fue el de introducir temas y colores locales en su poesía, sino cantar la provincia con la profundidad y la verosimilitud que nadie se había atrevido, mucho menos en una época cuando la cosmopolita era el grito de guerra de todas las escuelas y movimientos”.

Tenía apenas 33 años y, agrega Quirarte, “fue el primero en mirar la su­perficie y las entrañas de la patria. Como antecedentes tenía al tumultuoso Rafael Landívar, los paisajes serenos de Joaquín Arcadio Pagaza, el pincel constructivo y cui­dadoso de Altamirano, la identificación entre naturaleza y emoción en Othón. Pero nadie había hablado de la patria con la desacralización y la irreverencia de López Velarde; nadie la había querido como a una mujer ni le había comprado trajes tan hermosos, de tanta sencillez y tanto lujo; nadie la había tomado por la cintura para decirle al oído lo chula que era”.

Esto es lo que se sentimos al adentrarnos en el poema-insignia del jerezano: una especie de inmediata intimidad (valga el epíteto) en la convivencia con la patria, la extraña sensación de que asistimos a un homenaje sin grandilocuencia, ajeno a demagogias patrioteras, a la vez mayúsculo y cercano, más concreto que intangible; no es, por esto, un poema escrito para el aspaviento declamatorio al que muchos lo han orillado.

Venturosamente y con sus propias armas, “La Suave Patria ha combatido durante un siglo en contra de declamadores empeñados en cantar un poema concebido para decirse”, remata el ensayo de Quirarte.