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sábado, septiembre 23, 2023

Herbert observa

 











Entre los muchos libros de la Secretaría de Cultura disponibles en línea está Un borracho que se cree invisible, de Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971). No es un libro central en su producción ni uno de los ya numerosos que le han granjeado premios como el Gilberto Owen (2003), Juan José Arreola (2006), Jaén de Novela (2011) y Elena Poniatowska (2012), entre otros, pero es muy representativo de la mirada, por decirlo así, herbertiana: una mirada perspicaz, aguda, disruptiva y ágil en la observación de la realidad como escenario de lo paradojal y lo grotesco.

En Un borracho que se cree invisible, el autor de Canción de tumba trabaja en una tesitura a caballo entre el relato literario y la crónica periodística. En esta hibridez, jamás podremos saber bien a bien en dónde están las fronteras entre ficción y realidad, cuáles son los límites entre lo imaginado y lo realmente vivido. No importa, sin embargo, pues más allá de precisar las borrosas líneas divisorias entre fantasía y verdad lo que atrae en estos ¿relatos? (uso la palabra más ambigua posible) está en la ironía por la que tamiza Herbert todo lo que piensa.

Por ejemplo, en el segundo de sus textos (sigo con la ambigüedad a la hora de nombrarlos), titulado “Mi mamá me mina”, la formula ya lexicalizada que termina en “mima” es subvertida con una sola letra y transforma su sentido en lo contrario. Ahora bien, su planteamiento inicial enfatiza su ánimo subvertor de las ideas ya cristalizadas por la tradición o la costumbre: “Todos necesitamos una madre con quien desquitarnos de estar vivos. O, ¿por qué otra razón las amaríamos tanto? Claro: ellas velaron por nosotros cuando estábamos enfermos, nos dieron lechita y un vocabulario, asistieron desveladas a ese horrendo show donde salíamos disfrazados de pollitos, se soplaron más de dos veces las divisiones de quebrados, nos consintieron berrinches por los que aún sentimos nostalgia. Pero esas nimiedades no bastan para querer a alguien más allá de los límites del decoro. Si fuera así, ninguno de nosotros sabría lo que es un rompimiento o un divorcio. No: el amor incomparable solo florece si lo riegan las aguas elementales del rencor”.

Insisto: esta línea apartada, lejana a la línea de lo que preconcebimos como lógico u obvio, se enfatiza texto tras texto en Un borracho que se cree invisible. En ocasiones no sólo en el contenido, sino también en la forma, como sucede en “Historia y evolución de las ideas fijas”, texto en el que Herbert no nada más va a quebrantar la idea, sino que lo hace en un formato que habitualmente encontramos como fijo, rígido, serio e inamovible, el formato que podríamos llamar “requerimientos para curso”. ¿Qué pasa aquí? Que el escritor acapulqueño-saltillense apela al mencionado esquema para convertirlo en papilla mediante el método, se me ocurre denominarlo así, de las hipérboles delirantes:

“Instructor:

Julián Herbert

Duración:

120 horas repartidas en 5 sesiones de 24 horas cada una

Número de asistentes:

2,500 (mínimo)

Requerimientos técnicos:

Un campo de golf, sistema de salida de audio RTM-PowerDrift (se adjunta rider), un dispositivo Classroom Papamóvil modelo 94 a prueba de balas (para uso exclusivo del Instructor), dos pizarrones verdes, 20 cajas de gises blancos blandos (de los que no rechinan), dos mochilas de libros (pueden ser nuevos y estar plastificados: no son para leer sino para cumplir funciones propias de un osito de peluche) y 100 sobres individuales de figuras Playmobil azules y rosas (previamente abiertas: son para ser armadas por el Instructor en sus ratos de ocio) (así que mucho cuidado con las piezas chiquitas, ¿eh?). Ah, sí: y medio litro de agua Bonafont”.

¿Para qué sirve un texto como éste? Formulo esta otra pregunta retórica. Respondo: para nada y para mostrar que los requisitos de muchos cursos de cualquier disciplina a veces colindan con el disparate, son absurdos como los cursos a los que convocan.

No creo que sea necesario traer más ejemplos de lo que contiene Un borracho que se cree invisible. Está dividido en tres secciones más o menos simétricas (“Vomitar encima de personas ilustres”, “Intermedio, 8 fábulas” y “Las ciudades destruyen las costumbres”); en todos ellos hay algo, un rasgo, o muchos, que transforman al texto en pedrada al foco de la vecina, en escupitajo al tipo con traje, en eructo durante la ceremonia nupcial, es decir, en transgresión, en travesura, en maldad que bien mirada tiene siempre un fondo de razón, de lógica. Y si no tuviera todo esto, tiene asimismo valores muy apreciados en un libro: sentido del humor y buena prosa.

miércoles, noviembre 04, 2015

Norte cuentístico




















Junto a Daniel Herrera y Julián Herbert, este viernes a las siete de la tarde presentaré Norte, una antología, libro organizado por Eduardo Antonio Parra y publicado este año por editorial Era. Como lo advierte su título, Norte es una compilación en este caso de cuentos escritos, todos, por narradores oriundos de esa tremenda zona de México que abarca más o menos desde Durango y Sinaloa hasta la frontera con Estados Unidos.
La voluminosa compilación suma 49 autores, y arranca con los ateneístas Guzmán, Reyes y Torri, es decir, con escritores que comenzaron su producción literaria hace casi exactamente un siglo. La selección pasa luego a autores de la revolución como Campobello y Muñoz, y así, poco a poco (Revueltas, Valadés, Gardea, Campbell, Ramírez Heredia, Solares, Montemayor, Rascón Banda, López Cuadras, Sada…) llegamos a escritores nacidos en los sesenta y por ello todavía activos como Toscana, Crosthwite y Rivera Garza, entre otros. En términos de edad, la lista de convocados por Eduardo Antonio Parra llega hasta la década de los setenta con, también entre otros, JJ Rodríguez, Herbert, Pérez Rembao, Pesina, Blum, Lomelí, Ramos Revillas, Vicente Alfonso y Boone.
La Laguna cuenta con dos autores en esta nómina de cuentos: Vicente Alfonso, de Torreón, y Salvador Castañeda, de Matamoros. Nuestro estado tiene a seis (si contamos a los dos anteriores): Torri, Magolo Cárdenas, Herbert —quien nació en Guerrero, pero ha radicado casi toda su vida en Coahuila— y Boone. El estado con mayor número de presencias es Nuevo León, con doce, y lo sigue Chihuahua, con ocho. Estos criterios numéricos, por supuesto, sólo sirven para la curiosidad, casi como los “numeritos finales” en un partido de beisbol.
El contenido, no podía ser de otra manera dados los nombres ya citados, es muy atractivo. No es posible esperar unidad temática y menos de estilo, pese a que tendamos a pensar que por ser “norteños” algo habrá de común denominador. Al menos yo no creo que esto sea posible, es decir, encontrar en este conglomerado tan grande de escritores ciertos rasgos que los unifiquen más allá de que hayan nacido en el norte y se dediquen a la literatura. Lo importante en todo caso, y he aquí lo que debemos agradecer a Parra y a Era, es ver arracimados tantos buenos cuentos en este libro probatorio de una fortaleza: la del cuento en el norte mexicano. Los espero en Gandhi Torreón.

domingo, febrero 26, 2012

Canción de tumba o el arte de ver morir



En la literatura mexicana no es frecuente la bildungsroman o novela de aprendizaje, aquella narración cuya abuela más lejana quizá sea El Lazarillo de Tormes y se caracteriza por mostrarnos la o las etapas de crecimiento, de formación, de un personaje generalmente niño o adolescente. Sospecho que en nuestro país la más famosa y la que entronca mejor con este tipo de relato es De perfil, de José Agustín. Otras podrán tener fama parecida, pienso por casos en Las buenas conciencias y en Uno soñaba que era rey, de Carlos Fuentes y Enrique Serna, respectivamente, pero sin duda el más logrado ejemplo de historia donde un joven nos muestra el proceso de su buena o mala (generalmente mala) educación sentimental lo hallamos en la precozmente revolucionaria novela del ondero acapulqueño.
Pues bien, una casualidad ha querido que otro acapulqueño avecindado fuera de Acapulco, el saltillense Julián Herbert, haya escrito una novela de construcción y con ella haya alcanzado hasta el momento, creo, su máxima medida como escritor. El libro al que me refiero es Canción de tumba, obra con la que Herbert se agenció por mayoría, en 2011, el premio Jaén de novela que determinaron, entre otros jurados, los escritores Rodrigo Fresán y Marcos Giralt Torrente.
Julián Herbert, bien conocido en La Laguna sobre todo por las huestes literarias, es autor, entre otros, de los poemarios El nombre de esta cosa, La resistencia, Kubla Khan y Pastilla camaleón; de la novela Un mundo infiel y del libro de cuentos Cocaína (Manual de usuario); ha publicado además un buen número de libros compilatorios y antológicos, ha coordinado colecciones y ha ganado los premios nacionales Gilberto Owen, los premios nacionales de cuento Juan José Arreola y Agustín Yáñez. Parte de su obra ha sido traducida al francés, al inglés, al alemán, al portugués y al árabe. También ha sido becario en varias ocasiones, como cuando lo fue para ser miembro del Sistema Nacional de Creadores.
Un desafío enorme se impuso Herbert al encarar el proyecto de Canción de tumba. El libro dice por allí, dentro y fuera del relato, que fue escrito con el apoyo de una beca. Pues con ella o sin ella, puedo decir, es un relato espinosamente difícil, pues en todo momento, sin excepción de página, sentimos el peso que representa contar una vida repleta de flecos autobiográficos trepados, no sabemos con qué secretas porciones de verdad y ficción, sobre la circunstancia vertebral del relato: la agonía de una madre en una cama de hospital y el amor/odio de un escritor que mientras ve el ocaso de su progenitora reconstruye su pasado trashumante debido a las andanzas putañeras de quien le dio la vida.
Borges declaró alguna vez que le gustaban los relatos salpicados con detalles “circunstanciales”. Por supuesto que decir circunstanciales es mentiroso, pues las vicisitudes de un relato no ocurren por sí solas, sino que son gobernadas por el autor, se supone, conscientemente. Lo que quiso decir el argentino es que la calidad de un relato aumenta en interés cuando discurre como si nada, como marcha la vida, apiñando alrededor de nosotros millones de circunstancias menudas más o menos insignificantes. Un escritor, pues, cuando tiene verdadero olfato narrativo, elige las circunstancias y logra que, pese a que muchas pueden parecer insustanciales, vayan configurando ora la atmósfera, ora el perfil psicológico de algún personaje, ora la orientación de la trama. Herbert le metió colmillo a este asunto y nos colocó ante una circunstancia eje de suyo atractiva y tan cercana a la inverosimilitud que en todo párrafo nos mantiene atentos al qué dirá el personaje narrador que es juez y parte en esta historia: estamos ante la metaliteraria presencia de una novela multigenérica que sabe que es una novela que a su vez se está escribiendo delante de una mujer agónica cuyo pasado no es, precisamente, el más intachable desde la perspectiva de una axiología convencional. El hijo que narra sin pelos en la pluma sabe que su madre, la madre que allí está, vieja y llena de mangueritas de hospital y olor a medicamento, ejerció de puta y sin saberlo edificó (en el sentido menos moralista que este verbo pueda tener) no sólo la vida del personaje narrador, sino la novela que el personaje narrador está escribiendo dentro de la misma novela.
Sobre esto traigo un párrafo esclarecedor; aparece en la página 39, y declara con desgarradora belleza lo que creo es una condensación en diez renglones de toda Canción de tumba, de su sentido y hasta de su método: “Escribo para transformar lo perceptible. Escribo para entonar el sufrimiento. Pero también escribo para hacer menos incómodo y grosero este sillón de hospital. Para ser un hombre habitable (aunque sea por fantasmas) y, por ende, transitable: alguien útil a mamá. Mientras no esté abatido podré salir, negociar amistades, pedir que me hablen claro, comprar en la farmacia y contar bien el vuelto. Mientras pueda teclear podré darle forma a lo que desconozco y, así, ser más hombre. Porque escribo para volver al cuerpo de ella: escribo para volver a un idioma del que nací (…) Quiero aprender a mirarla morir. No aquí: en un reflejo de tinta negra…”.
En ese trance, el trance de quien ve morir a la persona más importante de su vida para bien y para mal, nuestro narrador engarza mil y una peripecias que poco a poco, de exabrupto en exabrupto, de mierda en mierda, de heroicidad en heroicidad, configuran un relato que si no fuera porque la posmodernidad ha desacreditado esta palabra, me atrevería a llamar conmovedor, humano, profundamente humano pese a su cáscara en apariencia cruel, inmoral, despiadada. Pero es lo contrario: Canción de tumba es una canción a la vida, a la formación en la vida, pese a que ella sea por lo regular, casi sin excepción, pus y dolor.

Comarca Lagunera, 23, febrero y 2012

Canción de tumba, Julián Herbert, Mondadori, México, 2012, 206 pp. Texto leído en la presentación de Canción de tumba organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila y el Teatro Isauro Martínez, cuya Galería fue sede de esta actividad. La presentación fue celebrada el 23 de febrero de 2012 y en ella participé junto al autor.

domingo, febrero 19, 2012

Antologías de literatura coahuilense



La Universidad Autónoma de Coahuila sigue publicando literatura desde Saltillo. Además de la cuarta serie de escritores coahuilenses, en 2011 organizó una minicolección de cuatro títulos con la reedición de Antologías de literatura coahuila. Se trata de una caja bellamente armada con cuatro libros que en su momento fueron selecciones, muestras o antologías de la producción literaria en nuestra entidad. Los libros lucen un acabado harto profesional, diríase que hasta lujoso. En ningún caso se trata de ediciones facsimilares, sino de reediciones completas.
Once poetas de Nueva Extremadura, organizado por Federico Berrueto Ramón y Jesús Flores Aguirre, es el tomo 1. Fue publicado originalmente en 1927 y reunió poemas y prosemas de Margarita Arizpe Rodríguez, Federico Berrueto Ramón, Jesús Flores Aguirre, Otilio González, Ponciano Guerrero G., Luis Laxoux Madariaga, Raúl Neira Hernández, Felipe Sánchez Jr., María Suárez, Rosalinda Valdés (Dina Rosalimo) y Sergio R. Viesca.
El tomo 2 es Todos juntos, organizado por Armando Javier Guerra y Abraham Nuncio; fue publicado en 1971, y reunió textos narrativos breves de Javier Ortiz de Montellano, Armando Fuentes Aguirre, Jesús Oranday Cárdenas, Armando Javier Guerra, Ildefonso Villarello, Gustavo Solís Campos, Abraham Nuncio, Roberto Orozco Melo, Óscar Rodríguez Flores, Eduardo Montenegro Morones, Javier Villarreal Lozano, Mario Dávila, Óscar Nuncio y Melchor de los Santos.
Once de Coahuila, narrativa/ poesía/ teatro, es el tercero de la serie. Su primera edición apareció en 1987 y arracimó escritores de casi toda la entidad como Jesús de León, Francisco José Amparán, José Carlos Mireles Charles, Alfredo García Valdez, José Domingo Ortiz, Alberto Madero, Martha Tamez, Marco Antonio Jiménez, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Héctor Cabello y Armando Alanís.
El último es Botella al Mar, crestomatía narrativa, publicado en 1990. Contiene relatos de Saúl Rosales Carrillo, Gilberto Prado Galán, Enrique Lomas, Pablo Arredondo y el autor de este blog.
Cada uno de los cuatro tomos alberga además una presentación que describe las características del contingente literario allí reunido. Esas presentaciones fueron preparadas por Julián Herbert, Miguel Gaona, Luis Jorge Boone y el autor de este blog. La coordinación del proyecto, el diseño y la corrección fueron obra, respectivamente, de Julián Herbert, Ignacio Valdez y Miguel Gaona. 4 Antologías de literatura coahuilense fueron publicadas por la Coordinación General de Difusión Cultural y Extensión Universitaria de la UAdeC a cargo en 2011 de Alfonso Vázquez Sotelo.
Con permiso del coordinador del proyecto, publico aquí la presentación del cuarto tomo, la que escribí para Botella al mar, crestomatía narrativa.

Andadura del Botella al Mar

Jaime Muñoz Vargas

La causa remota del grupo literario Botella al Mar se encuentra en el regreso de Saúl Rosales Carrillo a la Comarca Lagunera. Luego de veinte años de radicación en el Distrito Federal, Rosales Carrillo volvió a Torreón en 1981 y de inmediato comenzó, quizá sin darse cuenta, a configurar un movimiento literario cuyo valor sigue vigente, produciendo. En aquel momento, el autor de Iniciación en el relámpago consiguió un empleo modesto en La Opinión y, casi simultáneamente, cursos de literatura y periodismo en el Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C. (Iscytac, hoy La Salle, en Gómez Palacio, Durango). El azar, a veces no tan mezquino, permitió que en el periódico le encomendaran la coordinación del suplemento cultural dominical, un tabloide de ocho páginas.
Ya allí, Rosales Carrillo hizo de las suyas, habilitó lo aprendido como editor, escritor, periodista y maestro en la capital del país. Dado que la producción local era escasa y/o de poco valor, las páginas de la Opinión Cultural fueron generosamente habitadas por textos de autores que en tales tiempos preinternéticos no deambulaban habitualmente en los diarios de La Laguna. Dueño de una biblioteca personal bien nutrida y armada con exigente gusto en la capital del país, el joven editor —tenía entonces cuarenta años— puso a merced del lector lagunero, del lector de a pie, los nombres de Carpentier, Cortázar, Vallejo, Vargas Llosa, Lezama, Borges, Faulkner, Hemingway y muchos más, de quienes publicó fragmentos de obras famosas o aproximaciones críticas que servían para medir el tamaño de sus importancias como artistas de calibre subido.
Junto a los tótems, no faltó la presencia de escritores laguneros, algunos de ellos jóvenes a los que en poco tiempo se les abrieron páginas frecuentes donde pudieron publicar sus poemas, cuentos y ensayos. Rosales Carrillo operó pues en dos ámbitos bien combinados: el periodismo cultural y la docencia. Gracias a sus clases universitarias de literatura y periodismo trabó contacto con alumnos que a veces escribían algo lo suficientemente decoroso como para ser publicado, y gracias a su trabajo como editor del suplemento consiguió desahogar un considerable número de textos que de otra manera hubieran terminado en una simple calificación escolar. Fui, y perdón que me ponga de caso, uno de los beneficiarios de aquella dinámica: recibía clases formales de Saúl Rosales y como sabía que además coordinaba el suplemento cultural de La Opinión, un día cualquiera lo abordé con unas temblorosas cuartillas. Eran tres o cuatro poemas, por llamarlos así, de mi primeriza hechura. Mi maestro las tomó, sin duda vio que no servían pero tal vez quiso, apiadado, estimular al joven aprendiz de escritor. Así, un septembrino domingo del 84 vi y sentí lo que muchos contemporáneos y coterráneos míos de aquella época: mis poemas aparecieron en una página del tabloide y, tras esa felicidad inaugural, no he dejado de publicar en todos los medios al alcance de los dedos que aquí teclean esto.
Lo que cuento no me ocurrió sólo a mí. Sé, porque la vi y la leí y conservo gran parte de aquella hemerografía, que varios tundemáquinas en cierne procedieron igual con Saúl Rosales: lo sabían editor de un suplemento, percibían su generosidad y aprovechaban la coyuntura para arrimar textos que en la mayor parte de los casos aparecían poco después en alguna de las ansiadas páginas.
Fue por esos días cuando se dio una feliz coincidencia: en momentos distintos, cada cual por su lado, algunos escritores recién publicados en la Opinión Cultural le pedimos a Saúl que nos reuniéramos para formar una especie de grupo literario, acaso un taller. Recuerdo que Enrique Lomas y yo, estudiantes de comunicación de tercero y quinto semestres en el Iscytac, respectivamente, además del psicólogo Gilberto Prado Galán y el ingeniero Héctor Matuk, propusimos a Saúl idéntico plan: la creación de un grupo literario. Lo hicimos sin ponernos de acuerdo, casi como si fuera una necesidad que el mismo maestro y editor nos inspiraba. Fue así como a mediados de los ochenta, creo que en agosto del 84, para ser preciso, nos reunimos por primera vez en casa de Enrique Lomas. Esa casa estaba en la calle Galeana, entre Juárez e Hidalgo, al lado de una peluquería de las de antes, con caramelo rojiazul y toda la cosa. Asistimos Saúl, Gilberto, Enrique, Héctor y yo. Aquello se dio de maravilla y a partir de allí no dejamos pasar un sábado sin la reunión ordinaria que con el tiempo ya ni convocatoria requirió. Todos sabíamos que los sábados de cinco de la tarde a doce o una de la mañana, los integrantes de aquel grupo literario debíamos apersonarnos en determinado sitio para, con el pretexto de tallerear, dedicarnos a beber, reír y chismorrear sobre temáticas misceláneas, además de literatura y muchas veces, con énfasis muy zurdo, de política.
Aunque siempre supimos aceptar nuevos integrantes, pues el Botella al Mar jamás se manejó formalmente como grupo ni gozó de apoyo oficial ni privado de ninguna índole, los nuevos asistentes solían ir unos cuantos sábados y luego, sin decir más, desaparecían. Recuerdo especialmente a dos de los participantes fugaces en el grupo: María Elena Niño, una buena poeta lerdense, y Rodrigo Marrero, un jovencito que muy pronto optó por la música. Poco después de fundado, eso sí, pasó que Héctor Matuk, uno de los originadores del Botella al Mar, dejó de asistir y se integró Pablo Arredondo Rodríguez. Así, entre la entrada y la salida de interesados que luego identificaríamos como “población flotante”, el grupo literario Botella al Mar trabajó cerca de seis o siete años con una base de cinco miembros tercos: Saúl: poeta, narrador y ensayista; Gilberto: poeta y ensayista; Enrique: poeta y narrador; Pablo: poeta; y yo: narrador. Años después, ya en el ocaso del taller, llegaron tres amigos a los que tal vez les tocó vivir el fin definitivo: los escritores Gerardo García Muñoz, Fernando Fabio Sánchez y Édgar Valencia.
Cada sábado era entonces, como insinué, nuestro día más esperado, pues durante sus tardes-noches podíamos convivir en torno a la literatura, el trago y las carcajadas que nunca escasearon dada la gracia y la inteligencia de, sobre todo, Gilberto y Enrique. Mentiría si dijera que todo el tiempo hablábamos solemnemente sobre cuentos o poemas, sobre autores o estilos. Más bien ocurría lo contrario: nada, ningún tema propiciaba que nos pusiéramos graves. Si alguien leía, por ejemplo, un poema, comentábamos sus virtudes y sus defectos, sí, pero siempre con un tono que estaba cerca de la risa y a veces, cuando el texto era indefendible, de la franca y amistosa burla, si se puede decir así. Lo extraño es que entre nosotros no nos enojábamos. Sé que la “población flotante” se desconcertaba, en efecto, con los análisis zumbones, pero nosotros nos acostumbramos pronto a tolerar cualquier puyazo siempre y cuando proviniera de alguno de los nuestros. El fuego amigo, en suma, nunca nos lastimó.
En cuanto a las personalidades y los talentos que yo percibía entonces, es claro que la voz más autorizada y casi incontestable la ostentaba Saúl, eso con absoluto derecho. Él no se imponía, sin embargo; antes bien nos dejaba hablar, nos dejaba reír hasta que al final de cada análisis remataba con comentarios centrados y no pocas veces severos, demoledores. Por su formación y su edad, era obvio que sus referencias fueran mayores y mejores. Por eso no faltaba que Saúl, ante tal o cual texto ingenuo de alguno de nosotros, recordara a tal o cual autor casi para recomendarnos/enjaretarnos su obligada lectura (fue así como hice mi lista personal de autores desconocidos y por conocer). Saúl bebía poco (sobre todo ginebra), nunca fumó, casi se sentaba recostado en los sofás y siempre disfrutó mucho, se le notaba en el gesto, la conversación de los otros, los amigos/alumnos que estaban bajo su discreta tutela.
Gilberto Prado Galán, lo he dicho y escrito desde que lo conozco, fue siempre el más adelantado, un genio vivaz y memorioso, un dechado de humor inteligente y una sensibilidad poderosamente dotada para el manejo de la palabra más profunda y bien escrita. Retengo con toda claridad la primera impresión que me provocó y las sucesivas impresiones que siguió y sigue provocándome: a los 24 años parecía haberlo leído todo y, más que eso, parecía que todo lo almacenaba incluso textualmente en el portento de disco duro con el que fue equipado. Citaba poemas completos de los autores más diversos, recordaba pasajes completos de filósofos, teólogos, psicólogos, lingüistas, escritores, y todo eso lo aderezaba con un registro pormenorizado de canciones populares, calambures y datos jocosos de la farándula y el deporte. Jamás le leí una cuartilla hueca o contrahecha, y alguna vez aseguré que el Botella al Mar estaba cabalmente justificado con la pura presencia de Gilberto. Creo, casi treinta años después, que no me equivoqué. El Gilberto geniecillo que conocí en 1984 es ahora un escritor maduro, respetado y atestado de justo reconocimiento. Tenía otra virtud: era dispendioso y no lo arredraba ningún trago.
A Enrique Lomas Urista lo conocí en agosto de 1983, cuando ingresó a la misma escuela en la que yo simulaba estudiar la carrera de comunicación, el Iscytac. No sé quién nos presentó, pero el caso es que juntos pedimos a Saúl Rosales el armado, así fuera con las uñas, de un taller literario. Lomas —siempre le dijimos así: “Lomas” a secas— era un jovencito de buena facha, con voz grave aparentemente solemne y hecha para decir poesía y prosa terriblista, dolorida, existencial. Lo extraño de Lomas, lo paradójico de Lomas, es que su visión penumbrosa de la vida no abortó nunca su humor, su humor denso y negro, siempre cuajado en metáforas que en su agrio surrealismo conllevaban gestos rayanos en la hilaridad. Cada cuento, cada poema leído por él y juzgado por nosotros era un festín: a veces era tan solemne y cargado de tintes fatalistas que no podíamos pasar de las primeras líneas sin reír a cántaros; y no era tanto el texto, sino el seco dramatismo que el autor imprimía en la lectura lo que nos movía a disfrutar como niños sus participaciones. Lomas jamás pareció ofendido, pues a cada miembro se le aplicaba una quebradora similar: leía y todo motivaba no pocas bromas, un examen de taller que jamás condescendió al almidonamiento.
Ya comenté que Pablo Arredondo llegó al grupo un poco después. No sé quién lo invitó, pero desde el principio se mostró como lo que es: un tremendo poeta, un hombre esencialmente discreto, silencioso, hasta tímido. Era sin duda el integrante del Botella al Mar con menos inclinación humorística. Cierto que sabía sonreír con las bromas, que jamás se quejó del clima zumbón que reinaba en las reuniones, pero en sus poemas campeó siempre una fuerza literaria capaz de penetrar cualquier escondrijo del dolor humano. Siempre me impresionó de Pablo, y me impresiona aún, que detrás de su modesta apariencia, de su bajo perfil, de su sosegada manera de ser, se esconde un ser que grita con los versos, un poeta que sabe expresar con imágenes hermosas la deshumanización del hombre y su envés: la generosidad, el amor, la honradez, que también eso es el ser humano aunque más escasamente.
En cuanto a mí, sólo anoto que crucé de lado a lado los años del Botella al Mar. Fui para todos un narrador de ambos costados, y aunque de vez en vez intenté hacer versos, la verdad es que en poesía jamás pude tomarme muy en serio. Al formar el grupo mis lecturas eran harto pobres y apenas había escrito algunos cuentos, o desahogos, de autoconsumo. Como ninguno, eso sí, creo que fui conciente de que algo importante o presuntamente valioso estábamos haciendo, o al menos deseaba creer en eso, así que guardé papeles, configuré una especie de archivo con varias de las publicaciones que fuimos haciendo en aquellos años de calistenia. Y no me engaño: para mí el Botella al Mar no fue lo poco que escribí y aproximé al rudo dictamen de los amigos, sino lo que oí: los comentarios de todos, y más los de Saúl, llevaban implícito el nombre de escritores y de libros, así que me di a la obligación de comprar y leer lo que era citado como valioso e imprescindible. El taller fue entonces, para mí, una verdadera escuela de literatura, la desenfadada carrera de Letras que jamás hemos tenido en La Laguna pero que yo hallé entre mis amigos del Botella al Mar.
Presentados los coequiperos, ¿qué pasó para que llegáramos a la primera publicación colectiva? Antes de que perpetráramos dicho libro todos habíamos publicado algunos de nuestros ejercicios en las páginas de revistas y periódicos. No muchas, no muchos, pues La Laguna no se caracterizaba en los ochenta, ni ahora, por contar con un gran número de publicaciones accesibles a lo literario. Entre el 86 y el 89, con el taller en su apogeo, ganamos algunos concursos locales (el Magdalena Mondragón, los juegos florales —¡juegos florales, qué cursilería!— del Iscytac) y dos premios nacionales del INBA: el de ensayo para crítica de arte que ganó Gilberto en Monterrey y el de narrativa joven que me agencié yo en Aguascalientes. Para entonces, lo único que teníamos publicado o por publicar en esas mismas fechas eran tres opúsculos de Saúl (uno de poesía y dos de ensayo histórico) y un libro de cuentos; Gilberto uno de poesía y yo uno de cuento. Era poco, así que no nos desagradó la invitación de Rogelio Villarreal Huerta para publicar en la recién abierta editorial Enorme.
Villarreal Huerta, editor que trabajó añales en el DF, volvió a principios de los ochenta a su tierra, Torreón, y allí continuó con la confección de libros. Lanzó un primer lote y el libro Botella al Mar, crestomatía narrativa, llevó el número 1. De todos, creo recordar con vaguedad que Pablo fue el que más sufrió, pues su producción era básicamente poética y de golpe debió habilitarse como cuentista. Saúl juntó el material, lo organizó y fue él quien nos pidió escribir una especie de autopresentación burlona como puerta a cada una de las estancias del libro. Hoy me sonroja la mía, sobre todo esa primera afirmación en la que se nota que me obligaba burocráticamente a ser desdichado, que me autoflagelaba con la idea romanticoide de que la desolación es requisito sine qua non para trabajar en el arte. En fin, nada se puede hacer ahora para remediar mis juveniles estropicios.
No comento en esta presentación ruborizada y quizá irremediablemente nostálgica los contenidos del libro que no fue, obvio, una antología, sino una simple muestra, pues ya Gilberto Prado se extendió en el brillante prólogo de la edición original (febrero del 90). Sólo añado que Botella al Mar testimonia la amistad vivida en el grupo homónimo que trabajó e hizo una fiesta de la literatura durante cerca de siete años, poco más o poco menos. Tras el cese gradual, impensado, nebuloso de las reuniones, los integrantes seguimos adelante casi en lo mismo o en actividades afines: formamos talleres, publicamos, ganamos concursos, dimos clases, presentamos libros, editamos revistas, editamos libros, publicamos libros, alimentamos columnas, obtuvimos grados académicos, conferenciamos, nos casamos, tuvimos hijos, viajamos y padecimos/gozamos los altibajos que cualquiera padece/goza. Venturosamente, no hemos concluido, pues creo que seguimos en la práctica de lo mismo ya con más colmillo; y bueno, algún día sacaremos las cuentas definitivas de lo que fue y logró hacer, unido o disperso, el grupo literario Botella al Mar, esa extraña conjunción de “náufragos terrestres”, como nos rotuló uno de los nuestros.

Comarca Lagunera, 17, septiembre y 2011

jueves, agosto 12, 2010

Mesa-homenaje para Amparán



A mitad de las pasadas vacaciones recibí por mail una propuesta de Julián Herbert, desde Saltillo, para armar un homenaje relámpago a Francisco José Amparán. Le respondí que con gusto me sumaba a ese propósito sólo como público, pues tal vez era mejor que sus más cercanos amigos participaran en la mesa. Herbert insistió en la necesidad de una aproximación a la obra literaria de Amparán, y reiteró su deseo de que yo colaborara. No es que no tenga una opinión sobre la obra del escritor recién desaparecido, pero siento que lo ideal en un homenaje de esta índole es que participen quienes vivieron más estrechamente en el entorno afectivo del autor. Por ello en este caso es fundamental, creo, la participación de Marco Antonio Jiménez, quizá el escritor lagunero más próximo en amistad al homenajeado.
Pasados los primeros acuerdos, Herbert me precisó la idea: que el homenaje fuera casi simultáneo en Saltillo y Torreón. Por ello ayer miércoles se reunieron en la capital de Coahuila los escritores Jesús de León, Gerardo Segura y el mismo Herbert para desahogar la primera mesa, y hoy a las ocho de la noche Marco Antonio Jiménez, Carlos Velázquez, Julián Herbert y yo haremos algo similar en el Museo Regional de La Laguna de Torreón.
Según sé, Marco hará una aproximación biográfica, Carlos comentará un libro y yo otro. En mi caso, claro, sé ya cuál es: La luna y otros testigos, una de las primeras obras de Amparán, la que ganó en 1984 el premio de nacional de cuento convocado por el periódico regiomontano El Porvenir. Adelanto, para convidar al público, algunos datos del boletín que circula en varios medios:
Este homenaje es un primer acercamiento a la vida y la obra de uno de los intelectuales más versátiles y prolíficos de nuestra región en los años recientes. Amparán publicó más de diez libros, entre los que destacan La luna y otros testigos, Las once y sereno, Las noches de Walpurgis y otras ondas, Cantos de acción a distancia, Cuatro crímenes norteños, Otras caras del paraíso, Tríptico gótico, Tres amores y varias obras de carácter divulgativo y didáctico. Amparán, nacido en Torreón en 1957, ganó, entre otros, el premio nacional de cuento de San Luis Potosí, el premio latinoamericano de cuento organizado por el INBA y el premio nacional de cuento del periódico El Porvenir. Durante más de veinte años y hasta su último día de vida fue columnista periodístico y maestro del Instituto Tecnológico de Monterrey Campus Laguna, y fue considerado uno de los promotores culturales más entusiastas y creativos de la comarca lagunera.
Los presentadores serán Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo, Carlos Velázquez y Jaime Muñoz Vargas; Julián Herbert fungirá como moderador. Marco Antonio Jiménez nació en Torreón, en 1958. Es autor de los poemarios Es sólo el fuego en otras palabras, Entrar a la antivíspera, y Arena de hábito lunar. Su obra se encuentra publicada, además, en catorce antologías. Ganador en 1983 del Premio Nacional de Poesía Joven, convocado por el INBA. Ha obtenido dos becas del FECAC y desde 1998 coordina el taller literario de la UAdeC, Unidad Torreón. Es sin duda uno de los poetas más destacados de Torreón.
Por su parte, Carlos Velázquez nació en Torreón en 1978. Autor de cuento, poesía y reseña; tiene publicado un volumen de relatos Cuco Sánchez Blues y La Biblia vaquera. Ha traducido poemas de Jack Kerouac y William Carlos Williams. Es becario del Fondo Estatal de las Artes de Coahuila. Ganó el concurso nacional de cuento Magdalena Mondragón y actualmente es coordinador de literatura de la Dirección Municipal de Cultura de Torreón.
El moderador, Julián Herbert, ha publicado los libros de poemas El nombre de esta casa, La resistencia, Autorretrato a los 27 y Kubla Khan, además de la novela Un mundo infiel y el libro de cuentos Cocaína. Obtuvo el premio nacional de literatura Gilberto Owen en la rama de poesía y el nacional de cuento Juan José Arreola. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores y vocalista del grupo de rock Madrastras.
La invitación es libre y habrá brindis. Espero que podamos vernos en esta actividad organizada por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Icocult Laguna con la anfitrionía del Museo Regional de La Laguna.