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sábado, febrero 13, 2021

Acequias 83












El martes 16 de febrero a las 6 de la tarde en su cuenta de Facebook la Universidad Iberoamericana Torreón presentará el libro Luces en el polvo. Influencia del Club Fotográfico de La Laguna en el trabajo de José de Jesús Gil Alonso (1961-1987), investigación realizada por Alfredo Máynez Gil. Los comentarios estarán a cargo de Laura Orellana Trinidad, el autor y quien esto firma. Precisamente el prólogo íntegro de este libro, escrito por la doctora Orellana, y una entrevista a Alfredo Máynez sobre su primera experiencia como autor, son los cimientos del número 83 de Acequias, revista de la Ibero Torreón disponible gratuitamente en la web de esta universidad. En su editorial del número publicado en diciembre pasado, se consigna su contenido de la siguiente forma:

Este 2020 ha sido, sin exagerar, el año más raro en la historia de la humanidad. Nunca como ahora, doce meses se han ido de forma tan peculiar, con una buena parte de la población mundial resguardada en sus hogares para alejar en lo posible el contagio de Covid 19. Muchos, pese al confinamiento y las medidas sanitarias dispuestas por la autoridad, hemos visto la lamentable pérdida de parientes y amigos cercanos, y hemos sabido que en todas partes los gobiernos han combatido, con mayor o menor éxito, al agente microscópico que provocó la pandemia. Amaneceremos al 2021, lamentablemente, con la zozobra de no saber cuándo terminará esta extraña forma de vivir. Mientras no haya certeza, vale más atender las medidas propuestas por las autoridades y no dejarse llevar por la desesperación, que suele ser mala consejera.

En medio de tal panorama, este número de Acequias abre con un acercamiento de la doctora Laura Orellana al trabajo del maestro Alfredo Máynez sobre la labor fotográfica de José de Jesús Gil Alonso. Lo sigue una entrevista al autor de Luces en el polvo donde, entre otras afirmaciones, describe el valor de la historiografía como herramienta para reconstruir el pasado no sólo de los próceres o de los hitos militares o políticos, sino también de mujeres y de hombres que en su vida cotidiana edificaron realidades dignas de ser investigadas y contadas.

Una larga entrevista del escritor Gerardo Segura al editor Édgar Valencia nos muestra el origen remoto de una vocación por la lectura y los libros. Luego, Iñaki Leal, exalumno de la Ibero hoy radicado en Nueva Orleans, comenta a tranco amplio la trayectoria literaria de Ricardo Piglia. Viene después un ensayo sobre La Laguna a principios del siglo XX escrito por el exalumno de la Ibero Torreón Gerardo Alfredo Martínez Macías, y en seguida otro del escritor lagunero Jesús Nares Jaramillo sobre la obra poética de Fernando del Paso. A propósito del décimo aniversario luctuoso de Francisco José Amparán se ofrece sobre él un apunte biográfico.

Cierran esta edición 83 de Acequias un cuento de Saúl Rosales, quien en 2020 cumplió 80 años; un fragmento del libro Magdalena Mondragón: su vida y su obra en México, de Blanca Galván, y tres poemas de Miguel Ángel Centeno, miembro del taller literario del Teatro Isauro Martínez.

Sin más, deseamos que el 2021 sea infinitamente mejor.

miércoles, diciembre 29, 2010

Geografía de Jorge Valdés Díaz-Vélez



Sin advertirlo, de un modo casi natural, en 2010 he procedido cuatro veces como arqueólogo de nuestra literatura. Lo hice en una mesa sobre Paco Amparán, al desempolvar dos entrevistas de su juventud y La luna y otros testigos, su primer libro de cuentos; lo hice con Gilberto Prado, al exhumar la historia de su Exhumación de la imagen; lo hice hace poco con Saúl Rosales, al recordar sus Vestigios de Eros. Ahora, más o menos de la misma forma, rescato una lejana publicación de poemas de Jorge Valdés Díaz-Vélez.
Ocurrió el domingo 9 de febrero de 1986, hace casi 25 años. Coordinado por Saúl Rosales, el suplemento cultural de La Opinión no podía ser llenado cada semana con colaboraciones locales e inéditas, así que su encargado hizo lo mejor que podía hacerse en esa circunstancia todavía distante del internet: tomar textos de escritores importantes y difundirlos para el conocimiento y el goce del respetable todavía un poco adormilado. Aquel domingo, los laguneros amanecimos pues con un tabloide de lujo (insisto: de lujo si pensamos que para entonces no había nada semejante en el periodismo local): Saúl recordó los aniversarios luctuosos de Cortázar (dos años) y de Sergei Eisenstein (38 años); lo hizo, en el caso del argentino, con el cuento “Queremos tanto a Glenda”, el poema “Una carta de amor” y el ensayito “Del sentimiento de lo fantástico”; en el caso del cineasta ruso, leímos el texto “México en la memoria de Einsestein”, fragmento del libro de memorias que por entonces preparaba Siglo XXI. De las ocho páginas, las centrales fueron para un escritor lagunero que acaso publicaba por primera vez en serio entre nosotros: era Jorge Valdés Díaz-Vélez.
El editor tuvo la cortesía de ofrecer una ficha biográfica para ubicar al joven escritor ante sus paisanos: “Jorge Valdés Díaz-Vélez obtuvo con una colección de poemas a la que pertenecen estos, el premio Plural 1985, de poesía; Jorge Valdés estudió en el colegio Cervantes y en la escuela Carlos Pereyra de Torreón. Es licenciado en psicología. Actualmente es agregado cultural de la embajada mexicana en Cuba. Ha publicado en las revistas Casa de las Américas, Plural, El Caimán Barbudo y La Parda Grulla. En 1984 recibió mención en poesía del mismo premio, con el poemario Voz temporal que será publicado próximamente en La Habana. Los poemas aquí reproducidos fueron tomados de Plural No. 172, enero de 1986”.
Por lo que se ve, en ese momento Valdés Díaz-Vélez no tenía libros publicados. Un cuarto de siglo después, la ficha actualizada del mismo escritor sería aproximadamente ésta: Jorge Valdés Díaz-Vélez nació en Torreón en 1955. Ha recibido los premios nacionales de Plural (1985), de Poesía Aguascalientes (1998) y el internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana (2007). Entre otros, ha publicado los libros Cuerpo cierto (México, El tucán de Virginia, 1995); La puerta giratoria (México, Joaquín Mortíz-Planeta, 1998/ Verdehalago, Colección La Centena, 2006); Jardines sumergidos (México, Colibrí, 2003); Cámara negra (México, Solar Editores, 2005), Nostrum (Arte y Naturaleza, Madrid, 2005); Tiempo fuera (1988-2005), (México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2007), Los Alebrijes (Madrid, Hiperión, 2007) y Otras horas (Quálea, 2010). Como Miembro de Carrera del Servicio Exterior ha servido en las embajadas de México en Argentina, España, Costa Rica y Cuba, y en el Consulado General en la ciudad de Miami. En la Secretaría de Relaciones Exteriores ha sido Director de Difusión Cultural, y Director de Convenios y Programas.
Ahora bien, ¿qué publicó aquel suplemento? En las dos páginas del tabloide cupieron ocho poemas, seis fotogramas de ¡Qué viva México! de Eisenstein y una foto del autor, además de la ficha ya citada. Si pensamos que Tiempo fuera (1988-2005) (UNAM, 2007) es el título antológico más importante de este autor, se puede afirmar entonces que de los poemas publicados en La Opinión hacia el 86 han sobrevivido dos en el libro de la Universidad: “Cardenche” y “Contra el paisaje”. En ambos casos, los poemas acusan leves modificaciones: dos o tres versos son encabalgados de manera distinta, se añade un par de palabras, se “bajan” algunas mayúsculas y se elimina un adjetivo. Esos escasos retoques permiten apreciar que en general el autor de cincuenta y pocos años está conforme con el trabajo del poeta que fue a los veititantos. En esos dos poemas apenas hay un tenue acercamiento correctivo, una especie de palmada en la espalda de aquel joven que ya hacía bien su trabajo y sólo necesita un leve enderezamiento.
En esos poemas iniciales se nota ya lo que reaparece con fijeza de petroglifo en la obra ulterior de Valdés Díaz-Vélez. Es la suya una poesía tercamente sensorial en la que, creo, reina la captación de dos sentidos: el visual y el táctil. Ya desde sus prometedores comienzos, el poeta lagunero ve con asombro los colores del mundo, los paisajes, la maravilla de los horizontes. Su percepción paisajística, empero, no es cuadro de Velasco en palabras, sino pretexto para dialogar consigo mismo, atajo hacia la introspección (“Casi nocturno): “Entre los pinos y el mar / elijo un pensamiento”. En los seis poemas del conjunto publicados por Plural y luego retomados en La Opinión, Valdés Díaz-Vélez se coloca pues como vigía, como explorador de territorios íntimos (“Trayecto de la permanencia”): “Desde el puente, mi voz resuena en ecos. / Los muertos de mi casa esperan / la señal de un faro, al borde de mi mesa”. O (“Cantos del alba”): “Mira la aurora / reptar sobre la teja / similar al ocaso que anticipa”.
Por otro lado, no parece casual que las manos, los dedos, la piel, los párpados y sus afines (el cuerpo en suma) aparezcan en los seis poemas inaugurales de Jorge Valdés; también aquí, como en el caso de la visión paisajística, la posibilidad de tocar es más bien una posibilidad de conocer, de conocerse. De hecho, es muy frecuente en estos poemas la derivación de las metáforas hacia imágenes geográficas o paisajísticas de lo íntimo (“Aguas territoriales”): “Desembarco en el sur de tu garganta / oceánico lindero del espacio”. O en “Cenit”: “Idéntica a mi mano. / La luz traza un vientre de heliotropos / y absorbe convertida en luz, ceniza blanca / donde oficia su pulso entre humedades / la repetición del mar al mediodía”.
La presencia de Jorge Valdés Díaz-Vélez en La Laguna ha sido esporádica debido a su trabajo en el Servicio Exterior de nuestro país. Lamentablemente no hemos sido justos con él, con su trabajo literario y profesional, sin duda un ejemplo para todos, sobre todo para los jóvenes con deseos de roce literario foráneo. Los poemas publicados por Saúl en 1986, alguna presentación de cuerpo presente en el Museo Regional, el diálogo con Gilberto Prado y alguna triste columnita mía han sido los únicos conatos de reconocimiento. Es momento de hacerle justicia, de difundir su trabajo entre los suyos, es decir, entre nosotros. Que sirva esta mesa para comenzar el aplauso que le adeudamos.
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Comarca Lagunera, 28, diciembre y 2010

jueves, septiembre 09, 2010

Boceto de Paco Amparán



Adentrarse en la vida y en la obra de Francisco José Amparán Hernández, Paco Amparán a secas, es ingresar a una de las trayectorias intelectuales más ricas y consistentes de la literatura lagunera. Ricas porque Amparán tocó muchos quehaceres vinculados con el pensamiento y la creación; consistentes porque desde su infancia fue un hombre que organizó su mundo par leer, escribir y transmitir sus múltiples saberes frente a diferentes públicos. Es difícil, por esto, aglutinar una vida tan fructífera en un puñado de cuartillas, y todavía es más difícil hacerlo cuando aún no nos reponemos de la sorpresa que causó su desaparición física la tarde del 4 de julio de 2010.
Paco Amparán nació en Torreón el 23 de octubre de 1957 a las 2.15 de la tarde en la Clínica Torreón. Fue registrado en Gómez Palacio el 6 de noviembre del mismo año. Sus padres fueron Francisco Amparán Hernández, oriundo de Durango capital, y de Josefina Hernández de Amparán, de Chihuahua. Por el lado de sus cuatro abuelos Paco Amparán tenía cepa chihuahuense: los dos paternos de Parral; los dos maternos de Chihuahua. En ese origen quiero imaginar que se basaba la índole de Paco: era trabajador, organizado, incansable como lo son la mayoría de los chihuahuenses. Sé que buena parte de su vida, la parte más fomativa, la vivió en Gómez Palacio, y que desde pequeño mostró una inclinación marcadísima por la lectura, pedestal en el que se apoyaría todo lo que hizo en el futuro.
Era un lector tan constante que ni los estudios en ingeniería química industrial consumados en el Tec de La Laguna lo separaron de los libros humanísticos. Su vocación, si pudiéramos resumirla en una palabra, era la de lector. Leía hasta caminando, como lo recuerda su amiga Asunción del Río al evocarlo como compañero de trabajo y amigo en el Tec de Monterrey Campus Laguna (caminaba, escribe Asunción, “a paso rápido y con la cabeza baja, cuando no metida en un libro”). Tal vez sus primeras lecturas, desde siempre la del National Geographic, gusto que heredó de su padre, despertaron en Amparán la obsesión de imaginar. Eran tiempos sin internet, claro está, pero él ya navegaba por el conocimiento del mundo gracias a su curiosidad sin freno, al contacto permanente con las revistas cultas y los libros igualmente nutricios.
Hay zonas de la vida de Amparán que desconozco, pero por lo que le oí, le leí o supe de terceros, sé que jamás cedió a la tentación de la inactividad. Su inquietud fue inquebrantable y por ello no es extraño que su último día de vida haya coincidido con un día más en la publicación de su columna. En efecto, siempre que lo vi estaba en contacto con un libro y desde que me recuerdo como lector de periódicos y libros por allí rondaba la firma de Paco Amparán. Cerca de treinta años, entonces, han pasado desde que leí algo de su cuño, así que no es exagerado afirmar que el tamaño de su obra completa, incluido el periodismo, constituye uno de los productos más destacados y abundantes de la escritura en La Laguna.
Gracias a mi manía de coleccionar papeles viejos di en mis incómodos archivos con dos entrevistas concedidas por Amparán, una a La Opinión, publicada en noviembre de 1983, y la otra a El Siglo de Torreón, en enero de 1989. Sé que luego le hicieron más entrevistas, pero en las que menciono habita la presencia de un escritor que apenas descuella, un muchacho de 26 y otro de 32 años que en ambos casos habla sobre sus gustos, sus filias y sus aspiraciones.
En el suplemento cultural de La Opinión que coordinaba Saúl Rosales, Amparán dialogó con María Teresa Duarte Salazar. La foto que adereza la página dos de aquel tabloide muestra a un joven de blusa beisbolera, de grandes lentes, fumando y levemente recargado en su librero; el entrevistado muestra allí una sonrisa tenue, segura, confiada. En la entrada la entrevistadora apunta lo siguiente: “confiesa sus afinidades profundas con Borges, Gunther Grass, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Graham Greene”. Como muchos sabemos, el gran salto de Amparán hacia la literatura de ficción se dio gracias al Talitla (Taller literario de La Laguna) que por varios años encabezó el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro en las Casas de la Cultura de Torreón y Gómez Palacio. La periodista le preguntó por ese espacio y el escritor respondió: “Me ha ayudado muchísimo. Considero que este taller literario es un instrumento muy bueno para que la gente que quiera escribir encuentre la manera de desarrollarse. Marco Antonio Jiménez es miembro de este taller. Él ganó el Premio Nacional de Poesía Joven (…) Ceo que este taller nos ha dado la oportunidad de crecer como escritores”.
Para entonces, el entrevistado es ya maestro volante de varias escuelas, como declaró a la reportera de La Opinión; daba clases en el Iscytac (donde fue mi maestro, por cierto), en la UIA (donde además dirigía la biblioteca) y en la Pereyra (donde asimismo orquestaba un taller de lectura). Pocos años después fijó su “residencia” magisterial, por decirlo así, en el Tec de Monterrey. Duarte Salazar le preguntó por qué daba clases de materias tan distintas a lo que estudió, y Amparán respondió: “Porque me ha gustado más lo que es la literatura, las lecturas. Me gusta muchísimo impartir clases”.
Más adelante, una pregunta sobre lo que le gusta escribir: “Escribo sobre lo mágico, lo extraordinario que pasa a diario (…) me gusta mucho abordar todos esos temas que implican cierto contenido fantástico”. Al final, la periodista lo interrogó sobre sus quehaceres extraliterarios: “Casi no tengo ratos libres, pero cuando salgo con amigos, voy a fiestas y participo en ‘fandangos varios’. Me gusta el futbol americano y te repito que me encanta dar clases, me gusta la educación, la investigación… y escribir”.
En 1989 lo entrevista Angélica Bustamente Archundia para El Siglo. Tiene allí 32 años y mantiene intacta, y creciente, su vocación de lector/escritor. Escribe la entrevistadora “Ingeniero Industrial Químico, soltero feliz, vive con su madre y su abuelita, tiene dos hermanas (…) siempre ha estado ‘bendito entre las mujeres’, afirmó [Amparán]. Cuando era niño, por ser el único hombre de la casa siempre jugaba solo, platicaba solo, ‘fue entonces que tuve mis primeras ideas de hablar y contestarme yo mismo (…) me gustaba leer, pero no escribía nada, fue hasta los catorce años que empecé a escribir”. Líneas después, Amparán observa: “He llorado la muerte de mi padre, por la injusticia y la impotencia, así mismo, por una novia de la que estaba muy enamorado”.
En esos diálogos asoma en suma la personalidad de Amparán. Ya tenía entonces varios de sus libros y estaba plenamente en marcha su encarrilamiento en tres quehaceres: la literatura, la docencia y el periodismo de opinión. La siguientes dos décadas solidificaron su actividad, Amparán se asentó en el ITESM-CL y ganó un espacio fijo en prensa y radio; además, siguió escribiendo literatura, su pasión máxima. Sus primeros libros fueron La luna y otros testigos, Los once y sereno, Las noches de Walpurgis y otras ondas, títulos que hacían eco de algunos prohijados por el Boom como La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Del amor y otros demonios. El primero libro que conseguí y leí de él fue el que obtuvo el permio nacional de cuento convocado por el diario El Porvenir, de Monterrey. Ese concurso lo ganó en las mismas fechas en las que lo tuve como maestro, entre el 83 y el 84 más o menos. No recuerdo dónde lo compré, y ahora que le he releído encuentro en él tres detalles que deben ser resaltados: Amparán tenía 27 cuando lo publicó; o sea, si le quitamos al menos el par de años que se requieren para escribirlo, tallerearlo, mandarlo a un concurso, ganarlo y editarlo, se puede decir que el autor lo creó a los 24 o 25 años. Digo esto por esto: a esa edad uno suele escribir con titubeos, con ciertas impericias que delatan de inmediato al joven en el gemebundo trance de redactar. Pues bien, los cuentos de La luna y otros testigos acusan una prosa firme, dúctil, rica en matices poéticos y sin los descuidos formales de la juventud. Asimismo, los temas son diversos, no son sólo cuentos de personajes jóvenes, de vivencias cuasicalcadas de la propia experiencia del autor, sino historias en las que conviven adultos, ancianos, jóvenes, incluso niños. En esto veo la precocidad, el ojo afinado de Amparán para detectar los pliegues de la personalidad humana, el conocimiento de la conducta que puede tener, por ejemplo, un cuarentón como el profesor Esquerra del cuento “Sobre un listón solferino” o la añosa señorita Elisa de “Canción de amor pasada de moda”. Otra característica visible en los cuentos, los primeros cuentos de Amparán publicados por el periódico El Porvenir y su certamen literario, es la insistencia del autor por jugar con las estructuras narrativas; invadido por los fantasmas de Cortázar, Fuentes y Borges, Amparán hermana siempre dos historias: una con un cierto corte realista, cotidiano, “normal”, y otra en la que irrumpe lo anómalo, lo mágico, lo extraordinario o sobrenatural, como en el cuento “Chac-Mol” de Fuentes o en cualquiera de Cortázar y de Borges. Es verdad, dicho esto al margen nada más, que los finales lucen un poco flojos, o que a veces la descripción poética le gana demasiado terreno a la acción, pero es un hecho que los cuentos del primer Amparán reflejan la seguridad que iba a adquirir en el porvenir con libros como Cuatro crímenes norteños o Crónica para Hellen.

domingo, agosto 15, 2010

Federico sobre Paco



Hace un año, el 6 de agosto de 2009, Federico Sáenz Negrete presentó Tres amores (o más), el último libro que Paco Amparán publicó en vida. Sáenz leyó varias ideas de un texto-guión. Vi a Federico el jueves, al final del homenaje a Paco en el Museo Regional, y prometió que me enviaría aquellas palabras. Ahora siento la necesidad de compartirlas porque, pese a su estructura de mera pauta, hay ideas que, sospecho, son relevantes. Esto dijo Federico Sáenz aquella noche de agosto:
Cuando abrimos un libro, abrimos una ventana al mundo entero, al abanico completo de posibilidades existenciales, a la historia, a las reflexiones más profundas. Cuando el narrador, o el escritor, es tu semejante, lo conoces, sientes que el punto de vista es el tuyo. Que la realidad mundial tiene que ver contigo.
Estamos acostumbrados a leer obras y ensayos escritos por personas que radican en Nueva York, París, la Ciudad de México. Y aquí en La Laguna tenemos la gran riqueza de que somos un pueblo lleno de escritores, de escritores prolíficos y profundos. Esa es una riqueza que no podemos hacer a un lado. Ahora, las voces fundamentales de nuestra civilización están siempre en las grandes capitales. La globalidad también es concentración injusta y destructiva de talentos en sitios determinados, el resto, los que se quedan en su lugar de origen, no tienen la resonancia debida. Sin embargo, sus vecinos gozan de la oportunidad de insertarse, a través de su escritor, en el devenir contemporáneo. Eso es extraordinario.
Un buen tema de tesis doctoral podría ser un análisis estadístico de la dispersión y concentración geográfica de los pilares de la civilización a través de la historia. Siento que hasta ahora sufrimos esta concentración.
Kant nunca viajo más allá de 40 kilómetros. No hubiese conocido ni Paila ni Viesca. Siento que hasta ahora, justo cuando la globalidad prometía poder cambiar el mundo desde Parras, justo ahora que hay tanta comunicación, siento que hay que ir a una fila cada vez más larga para pelear por cada vez menos espacios en lugares cada vez más concentrados.
En La Laguna tenemos escritores extraordinarios. Tierra fértil para las letras. Tierra de escritores prolíficos y profundos, valientes y, si se me permite, bragados, ya que para lograr romper la inercia de la indiferencia comarcana, para abrir huecos en los presupuestos insuficientes, para ver sus obras impresas, tienen que trabajar con el mismo fervor, con el mismo ahínco que el campesino cuando, desafiando tantas adversidades, coloca la semilla en la tierra esperando el fruto.
Admiro a los escritores laguneros que han mantenido erguida la bandera del arte en La Laguna ante el decaimiento del teatro y de otras… artes, dicho así para no ofender susceptibilidades.
La lista de publicaciones y de premios nacionales que muchos de los escritores laguneros han ganado es impactante. Rompen, destrozan, aniquilan el paradigma de que no se puede conquistar el mundo desde La Laguna, y no hay necesidad de emigrar cuando se tiene el ánimo bien plantado. Por eso mi reconocimiento a la trayectoria que Paco bien narra en el capítulo que aporto al libro Llanura sin fin que publicó el municipio.
Jaime Muñoz escribió un artículo este domingo en donde narra su crecimiento en las letras: créanme que estuve tentado a simplemente leerlo para tratar de explicar lo que me mueve en estos momentos.
Tres amores (o más), tres cuentos de manufactura impecable, llenos de ingenio e inteligencia, pródigos en lugares que reconocemos, en donde vemos personajes bien delineados e interesantes, enmarcados en una narración sencilla y contundente. No hay manera de distraer la atención. Pavana a cuatro voces, como dice Gerardo de la Torre en la contraportada, narra “los misterios alrededor de un aparente pacto de muerte: una psiquiatra, un sacerdote y dos suicidas ofrecen un mosaico polifónico que detalla el acontecimiento detonador y lo saca de la nota roja para convertirlo en una evocación de la culpa y la búsqueda del perdón”… me encantó la descripción, por eso la repito. Crónica para Helen, una hermosa historia contada en dos dimensiones, el diario de la niña y la vida de Helen, el diario y la realidad, espejos simultáneos de una sola realidad que ocurre de diferente manera y se cuenta con voces distintas. El que de plano me encanto fue De cómo gane la guerra… Qué aventura, qué personaje el del abuelo, qué manera de referirnos a la historia de la Segunda Guerra partiendo de la cotidianeidad postcrisis de los ochentas. Cómo se vivió desde La Laguna ese evento mundial y cómo sirve de telón de fondo para, utilizando su lenguaje, describir una batalla más intensa para ambos, abuelo y nieto, la de ganar una batalla realmente importante. (…) por eso brindo hoy, aquí, por Francisco Amparán y por la edición que la UAdeC hace de los escritores coahuilenses del siglo XXI, muchos de ellos laguneros. Enhorabuena.

jueves, agosto 12, 2010

Mesa-homenaje para Amparán



A mitad de las pasadas vacaciones recibí por mail una propuesta de Julián Herbert, desde Saltillo, para armar un homenaje relámpago a Francisco José Amparán. Le respondí que con gusto me sumaba a ese propósito sólo como público, pues tal vez era mejor que sus más cercanos amigos participaran en la mesa. Herbert insistió en la necesidad de una aproximación a la obra literaria de Amparán, y reiteró su deseo de que yo colaborara. No es que no tenga una opinión sobre la obra del escritor recién desaparecido, pero siento que lo ideal en un homenaje de esta índole es que participen quienes vivieron más estrechamente en el entorno afectivo del autor. Por ello en este caso es fundamental, creo, la participación de Marco Antonio Jiménez, quizá el escritor lagunero más próximo en amistad al homenajeado.
Pasados los primeros acuerdos, Herbert me precisó la idea: que el homenaje fuera casi simultáneo en Saltillo y Torreón. Por ello ayer miércoles se reunieron en la capital de Coahuila los escritores Jesús de León, Gerardo Segura y el mismo Herbert para desahogar la primera mesa, y hoy a las ocho de la noche Marco Antonio Jiménez, Carlos Velázquez, Julián Herbert y yo haremos algo similar en el Museo Regional de La Laguna de Torreón.
Según sé, Marco hará una aproximación biográfica, Carlos comentará un libro y yo otro. En mi caso, claro, sé ya cuál es: La luna y otros testigos, una de las primeras obras de Amparán, la que ganó en 1984 el premio de nacional de cuento convocado por el periódico regiomontano El Porvenir. Adelanto, para convidar al público, algunos datos del boletín que circula en varios medios:
Este homenaje es un primer acercamiento a la vida y la obra de uno de los intelectuales más versátiles y prolíficos de nuestra región en los años recientes. Amparán publicó más de diez libros, entre los que destacan La luna y otros testigos, Las once y sereno, Las noches de Walpurgis y otras ondas, Cantos de acción a distancia, Cuatro crímenes norteños, Otras caras del paraíso, Tríptico gótico, Tres amores y varias obras de carácter divulgativo y didáctico. Amparán, nacido en Torreón en 1957, ganó, entre otros, el premio nacional de cuento de San Luis Potosí, el premio latinoamericano de cuento organizado por el INBA y el premio nacional de cuento del periódico El Porvenir. Durante más de veinte años y hasta su último día de vida fue columnista periodístico y maestro del Instituto Tecnológico de Monterrey Campus Laguna, y fue considerado uno de los promotores culturales más entusiastas y creativos de la comarca lagunera.
Los presentadores serán Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo, Carlos Velázquez y Jaime Muñoz Vargas; Julián Herbert fungirá como moderador. Marco Antonio Jiménez nació en Torreón, en 1958. Es autor de los poemarios Es sólo el fuego en otras palabras, Entrar a la antivíspera, y Arena de hábito lunar. Su obra se encuentra publicada, además, en catorce antologías. Ganador en 1983 del Premio Nacional de Poesía Joven, convocado por el INBA. Ha obtenido dos becas del FECAC y desde 1998 coordina el taller literario de la UAdeC, Unidad Torreón. Es sin duda uno de los poetas más destacados de Torreón.
Por su parte, Carlos Velázquez nació en Torreón en 1978. Autor de cuento, poesía y reseña; tiene publicado un volumen de relatos Cuco Sánchez Blues y La Biblia vaquera. Ha traducido poemas de Jack Kerouac y William Carlos Williams. Es becario del Fondo Estatal de las Artes de Coahuila. Ganó el concurso nacional de cuento Magdalena Mondragón y actualmente es coordinador de literatura de la Dirección Municipal de Cultura de Torreón.
El moderador, Julián Herbert, ha publicado los libros de poemas El nombre de esta casa, La resistencia, Autorretrato a los 27 y Kubla Khan, además de la novela Un mundo infiel y el libro de cuentos Cocaína. Obtuvo el premio nacional de literatura Gilberto Owen en la rama de poesía y el nacional de cuento Juan José Arreola. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores y vocalista del grupo de rock Madrastras.
La invitación es libre y habrá brindis. Espero que podamos vernos en esta actividad organizada por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Icocult Laguna con la anfitrionía del Museo Regional de La Laguna.

miércoles, julio 07, 2010

El oficio de Amparán



Son cuatro o cinco los textos sobre literatura lagunera en los que algo he opinado sobre la obra de Francisco José Amparán y muchas las ocasiones en las que he conversado sobre lo mismo con amigos cercanos. Grosso modo, mi parecer en torno al trabajo de Paco Amparán se ha mantenido estable desde hace dos décadas: el autor de Cantos de acción a distancia ha sido uno de los escritores laguneros con mayor oficio y un retratista irónico de nuestra clase media. Cuando me preguntaban sobre él, lo primero que siempre destaqué fue su dedicación, el esmero que tuvo para organizar su vida en función de la lectura, la escritura y la enseñanza, las tres al tope.
Lo conocí en 1982, año en el que comencé a estudiar la carrera de comunicación. Él era maestro de literatura del Iscytac y además coordinaba uno de los talleres abiertos como menú para que cada alumno eligiera uno. La clase de literatura era obligatoria; el taller, no. De todas maneras, los ilusionados alumnos de primer semestre recibimos la información sobre los talleres: podíamos escoger el de tele, el de radio o el de prensa. Como era obvio, de los casi cuarenta alumnos inscritos en aquel primer semestre de la octava generación de comunicólogos iscytaqueros, treinta pidieron espacio en el taller de tele, ocho se fueron al de radio y sólo dos al de prensa. Sólo Adrián Valencia y yo optamos por el espacio donde la meta era trabajar en la hechura de una revista. Y sí, ese taller se encargaba de publicar una especie de revistita llamada El espejo humeante. Allí fue donde traté más a Amparán, pues él, Adrián y yo nos reuníamos una vez a la quincena con el objetivo de armar la publicación, pero el personal era tan escaso y había tan poca prisa que en un año creo que hicimos sólo dos o tres ejemplares.
Sus clases en el Iscytac eran fluidas y profesionales. Recuerdo particularmente dos libros que conocí gracias a él: El laberinto de la soledad y El diosero; supongo que los leímos en alguna materia sobre literatura mexicana. Por aquellos años comencé a crearme el hábito de coleccionar suplementos culturales. Uno de ellos, el de La Opinión que coordinaba Saúl Rosales, publicó una larga entrevista a Paco, quien en ese momento comenzaba a ganar premios literarios y a publicar sus primeros libros. Para muchos fue, creo, el primer referente de lagunero con arrestos para probar suerte en concursos nacionales y ganarlos, como el de cuento organizado por el periódico El Porvenir o el de cuento convocado por el INBA en Puebla. Unos años después ganó el de San Luis Potosí, también de cuento, también del INBA, y otro más en Tijuana. Detrás de los premios venían sus libros. La luna y otros testigos, Las once y sereno, Las noches de Walpurgis y otras ondas, Cantos de acción a distancia, Cuatro crímenes norteños, Otras caras del paraíso, Tríptico gótico, entre otros, son sus producciones más importantes en cuento y novela.
Fue por esos años cuando Amparán dejó de ser maestro volante y se estableció definitivamente en el Tec de Monterrey. A la literatura (de tiempo completo), le añadió la docencia (de tiempo completo) y luego el periodismo de opinión (de tiempo completo). Tenía pues una capacidad insólita para organizar su tiempo y exprimir horas al día. En los años recientes, su fama pública creció en función de sus columnas periodísticas y sus cápsulas radiofónicas, donde hizo evidente el espíritu enciclopédico que siempre tuvo.
La última vez que nos saludamos fue en la misa dedicada a Toño Jáquez. Amparán y Jáquez se conocían desde los tiempos del Talitla (Taller literario de La Laguna) coordinado por José de Jesús Sampedro en las Casas de la Cultura de Torreón y Gómez Palacio. Paco también trabó amistad allí con quienes luego seguirían siendo sus cercanos: Marco Antonio Jiménez, Susana Iduñate y Jorge Rodríguez Pardo, entre los que más recuerdo.
Por diferentes motivos, uno de ellos el ideológico, nunca fuimos amigos, pero siempre nos saludamos con urbanidad en los lugares donde coincidimos. Presenté dos libros junto a él, ambos de Paco Taibo II, y en 2008 lo invité a ofrecer una conferencia sobre Carlos Fuentes cuando en el Icocult me preguntaron qué hacer para homenajear al autor de La región más transparente. Dije delante de todos mis compañeros: “Hay que invitar a Paco Amparán; en La Laguna él es quien conoce mejor a Fuentes”. Y sí, Amparán convocó mucho público e hizo una magnífica exposición.
Cuento dos anécdotas que nunca le platiqué, lamentablemente. Su padre y mi padre trabajaron juntos en la Pasteurizadora Nazas, de Gómez Palacio. Su padre era gerente, mi padre una especie de supervisor. Es parte de la narrativa familiar que bien conservo: mi padre acompañó al señor Amparán a ver su casa afectada por la inundación del 68; estaba ubicada en el Campestre de Gómez, y me cuenta que el desastre era tan grande que por poco se los lleva el agua con todo y el camión en el que recorrían la zona. Un año después, una pipa lechera sufrió un accidente y ambos fueron a ver el problema, pues hubo muertos. Viajaron a Dolores Hidalgo, Guanajuato, en una camioneta Chevrolet Apache 1969, y se hospedaron en el Hotel Cocomacan, que aún existe. Esos dos relatos siempre los vi como un símbolo: que mi padre y el de Paco hayan trabajado en el mismo espacio: una empresa lechera; y que Paco y yo también, en el espacio de la imaginación literaria.
Mi abrazo más solidario a Mirna y Constanza, sus mujeres, y a sus familiares y amigos.