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sábado, abril 18, 2026

Posesión de Maradona

 











Aunque mi admiración por Maradona tiene, obviamente, un costado irracional, no dejo de intentar una explicación justificada con el envés de la mera emocionalidad. Sé que no la necesito, que la pasión deportiva, como todas las pasiones, requiere de ingredientes algo inexplicables para no dejar de ser lo que es. Cuando es posible graficar la pasión en una tabla de Excel es porque ya dejó de existir y resulta viable observarla desde fuera, sobriamente y con la frialdad del analista. Esto se puede comprobar con el enamoramiento de un hijo o un amigo: por más que racionalmente queramos convencerlos de que la elección de la novia no les conviene, la pasión seguirá intacta, pues “el corazón tiene razones que la razón no entiende”, para decirlo con la famosa sentencia pascaleana.

Pese a lo anterior, cada vez que me pregunto por qué me atrae tanto la figura de Maradona enumero las tres razones que dan sustento a esta posesión: su manera superior de jugar a la pelota, su proximidad política a muchas ideas con las cuales simpatizo y la cauda de testimonios admirados sobre su cercanía y solidaridad. La última es la que más me convence de lo que creo, pues es la menos subjetiva: decenas de jugadores y no jugadores de futbol declararon alguna vez un gesto de amistad o plena empatía del argentino, lo cual es raro si consideramos que en las alturas de la popularidad es difícil que un superestrella tenga tiempo siquiera para escuchar al otro, y menos para ayudarlo. Con Maradona no fue el caso, y esto es dable certificarlo mediante YouTube en innumerables testimonios.

La estatura mítica del 10 se construyó en la cancha, es obvio, pero no menos importante fue el peso de su trajín fuera de ella. La presión social, política y mediática a la que lo sometieron fue la mayor que gravitó sobre un ser humano durante al menos dos décadas, y por supuesto que su fragilidad fue puesta a prueba. Pese a todo, pese incluso a un origen de total pobreza y falta de instrucción escolar, Maradona supo ser reconocido como un ídolo. Ni sus errores ni sus enemigos lograron tumbarlo del pedestal, y por algo fue y es.

Como la que acabo de exponer, una explicación personal del fervor por Maradona es el tema del libro Mi Diego: Crónica sentimental de una gambeta que desafió al mundo (Lince Ediciones, Buenos Aires, 208 pp.), del periodista Alejandro Duchini. El relato nace cuando el autor se entera de la muerte del ídolo. Como muchos, él tampoco esperaba el exabrupto del destino que se llevó a Maradona cuando apenas tenía sesenta años, el 25 de noviembre de 2020. (Su impacto me hace recordar el propio: yo estaba en la cocina de casa cuando mi amigo Jorge Figueroa informó en un grupo de Whatsapp que Diego había muerto. Así, “Murió Diego”. Quedé como vaciado, como repentinamente hueco por dentro).

Duchini cuenta aquel momento: “‘Murió Maradona’, dispara la televisión. Male me pregunta por qué lloro y no sé qué decirle. Lloro porque siento que todo se detiene y la infancia, que viene arrasando en su vorágine, me lleva puesto. De pronto me quedo un poco más solo entre los demás”.

El golpe impulsa una cauda de recuerdos personales atada a las frecuentes imágenes de Maradona en las canchas y fuera de ellas; como tantos, Duchini advierte que su vida no puede ser contada sin incluir a Diego: “Lo quiero y lo querré siempre. Diego Maradona estuvo desde siempre en mi vida”. En la Argentina el impacto fue devastador, inimaginable para quienes lo vieron y lo admiraron en geografías más lejanas. Pero muchos allá y acá abrieron los “Archivos guardados en el disco rígido de la infancia” y notaron, notamos, que la ausencia nos pesaba, que la mala noticia llegó muy prematuramente.

En cada corazón reaparecieron los latidos de alegría que el futbolista provocó en partidos memorables por la belleza del futbol que desplegaba, una belleza capaz de abrir paréntesis al horror: “Diego nos daba el espacio para arañar la alegría en un país gris, sumido en la tristeza de la dictadura. Los desaparecidos. La ESMA y los otros centros clandestinos de detención en su apogeo. La censura. Los asesinatos organizados. El miedo y el terror. El silencio. La muerte a cada metro. Diego nos sacaba de esa realidad, aunque fuera un ratito”.

La crónica de Duchini pendula entre lo personal y lo público. Lo personal, el recuerdo del autor, la posesión de su Maradona, se va anudando a las distintas situaciones en las que Diego fue indudable protagonista. En su ir y venir, este relato se ve fortalecido por lo que el ídolo significó para tantos. No omite mencionar los tropiezos, la pesada losa que cargó debido a la fama que quizá fue menos premio que castigo. El desarrollo de su carrera avanza en la crónica hasta llegar a la despedida en la Bombonera, llena hasta los banderines sólo para ver las últimas palabras de Diego dentro de un campo de juego: “‘Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’. La Bombonera estaba hasta las manos de hinchas para su partido despedida. Pocas frases como esa quedaron tan impregnadas en el imaginario popular argentino”.

En su revista de los hechos maradonianos, Mi Diego cita a Víctor Hugo Morales, el relator que con la mejor descripción del Gol en el Azteca pasó a unir su destino al de Maradona: “Fue también el año [se refiere a 1981, cuando Diego fue trasferido de Argentinos a Boca] en que Víctor Hugo Morales comenzaba a relatar en Argentina. Era la primera vez que la popularidad de José María Muñoz, un hombre ligado a la dictadura, tenía competencia. Tal vez más elitista, Víctor Hugo ganó a todos los públicos y se convirtió en el favorito apelando a imágenes ajenas al fútbol para contar los partidos y a una innovadora manera de relatar”. Vale decir que el Gordo Muñoz era el relator más popular en Argentina cuando Víctor Hugo llegó del Uruguay. Cinco años después, el charrúa describió como nadie la jugada inmortal ("la jugada de todos los tiempos") del Mundial México 86.

Extrañeza, desacomodo en la vida, vacío es lo que se siente al leer las páginas de Duchini. No pudo ser de otra manera, pues el periodista escribió su libro casi al calor de la mala nueva. "Recién a su muerte algunos nos dimos cuenta de cuánto queríamos a ese hombre tan humano, como nosotros. Entendimos cuánto nos había marcado en nuestras vidas. Cuánto condimento nos había dado". Todavía hoy, añado, la querencia de Diego lo mantiene tan cerca que parece haber partido ayer, no hace seis años, en 2020, el año de la pandemia que tantas calamidades provocó.

miércoles, enero 14, 2026

Fotos y remembranza























Dice Han que padecemos una “crisis de la narración”, que vivir en el presente perpetuo de las “actualizaciones” ha desembocado en la anulación de las historias dado que el relato necesita tiempo, paciencia. Algo así. Creo que quienes nos formamos antes del boom digital todavía disfrutamos de esa práctica, como lo he notado al urdir pequeñas historias de vida cotidiana en la red. Cuento.

En estos días vi dos fotos antiguas de cines torreonenses ya desaparecidos. Como los conocí de joven, compartí las fotos que motorizaron la remembranza y les añadí un relato que vinculara mi experiencia con los inmuebles. Por los comentarios noté que el pasado nos interesa cuando supone una vivencia compartida o al menos afín. En el primer caso me referí al cine Variedades; esto dije.

El algoritmo me envió esta postal (primera foto; dar click para ampliar). Fue tomada sobre la avenida Morelos de oriente a poniente, casi en la esquina de la calle Múzquiz, en Torreón, donde estuvo el cine Variedades, zona siempre populosa. Dos años (de segundo a tercero de secundaria, agosto de 1977 a mayo de 1979) me paré muchas tardes al lado de ese cine para esperar un camión. Salía de la secundaria Flores Magón, en Ciudad Lerdo, y me bajaba en esa esquina para tomar otro transporte, desde el mercado Alianza hasta la colonia Nogales, en Torreón. Creo que en tales andanzas me nació el instinto de cronista. Yo era adolescente y entonces me impresionaba aquel rumbo decadente y a veces hasta putrefacto de la ciudad. A diferencia del Buki, allí el ritmo de la vida no me parecía mal, sólo me asombraba y por ello retenía en la memoria el ambiente y los tipos humanos que deambulaban por el rumbo. Era como estar en un mercado turco o hindú, ruidoso, caótico, lleno de gente pobre y sudada, de estudiantes proletarios, de vagabundos y perros callejeros. Pasados como cinco años, ya en la carrera, colaboré en un periódico universitario y escribí varias “crónicas de vida cotidiana” a la manera de José Joaquín Blanco, pero fallidas (las mías). Una de ellas tuvo como protagonista al Variedades, que obviamente era un cine de piojito, tan insalubre como su entorno lleno de estanquillos, cantinas e infrahoteles que incluso en sus umbrales lucían putas. La crónica sobre el Variedades, como las otras, fue publicada pero afortunadamente se perdió en alguna de mis mudanzas. Dos o tres pasajes de dos o tres cuentos de mi cuño tienen ese espacio como inspiración, y a esto se debe que la foto me agradara. A veces el recuerdo, aunque la vivencia haya sido ingrata o triste, se edulcora en la memoria.

Unos días después, sobre el cine Modelo, esto (segunda foto). Ahora el algoritmo me acercó esta imagen. Es del cine Modelo. Estaba en la Matamoros y Valdez Carrillo, a una cuadra del edificio Monterrey, en Torreón. Era, como casi todos los cines de mi juventud, un inmueble decadente donde pasaban películas softporno, filmes que hoy son más inofensivos que la divertida serie Pepa Pig, pero que en aquellos lejanos tiempos eran sinónimo de Pecado, con culpígena mayúscula. Recuerdo dos anécdotas de las pocas veces que disfruté de exhibiciones en su cochambrosa pantalla (cochambrosa en el sentido concreto y también en el abstracto). En la cuadra me juntaba con amigos dos o tres años mayores; yo tendría 16 o 17, y ellos ya traían cartilla militar, el documento que entonces servía para verificar la mayoría de edad, al menos los 18 años. Un domingo decidieron ir al cine y me invitaron. Accedí sin saber que irían al Modelo a ver dos películas “para adultos”. Me la jugué y cuando pasamos junto al boletero hice la mejor cara de señor que me salió. Entré sin que me pidieran la cartilla y fue así como pude ver algunas escenas de Edwige Fenech como dios la trajo al mundo, fórmula retórica que todavía se usaba como eufemismo de encuerada. Los esfuerzos que hice por memorizar algunas escenas han rendido frutos hasta hoy: no las he olvidado. La otra situación se dio como dos o tres años luego. Hacíamos una tarea escolar y Adrián recordó que era día del estudiante técnico, y por eso nos podrían dejar entrar gratis al cine. Yo ignoraba que hubiera día del estudiante técnico y que por eso dejaran entrar gratis al cine a los estudiantes técnicos. Alguien argumentó que estudiábamos Comunicación, una carrera humanística, pero Adrián tenía una respuesta genial: la universidad donde estudiábamos tenía la letra “T” en sus siglas, y eso significaba “Tecnología”, como se podía leer más abajito. Así pues, armados con nuestras credenciales llegamos al cine Modelo y sin pasar por la taquilla llegamos con el boletero, quien nos cedió el paso luego de que cada uno (éramos cuatro) le mostró su documento. Recuerdo más esta anécdota por el detalle de la gratuidad que por las películas pelangochas (en ese cine mugriento no daban de otras) que vimos con sentimiento de triunfo. El Modelo término presa de un incendio años después, lo demolieron y ahora, desde hace mucho, es un estacionamiento improvisado que atiende mi amigo el gordo que al estacionarnos da un boletito donde anota la hora de iniciado el servicio. Muchos años estuvo allí, enfrente, el tabarete de la birria Beto, la mejor birria de su tipo que he probado por estos rumbos, y en otra de las equinas figura el bar Reforma, de las pocos que quedan con aspecto antiguo, de esos que conservan el aroma tradicional a meados y cerveza.

En ambos casos la respuesta de algunos contactos añadió información o valiosas precisiones a lo que escribí, lo que me lleva a pensar que la crisis de la narración a algunos no nos ha afectado.

sábado, agosto 23, 2025

Historias de Hernán Casciari

 


















El título tributa un homenaje numérico y fonético a los Doce cuentos peregrinos de García Márquez, y temáticamente es un libro en algún sentido próximo a Dublineses, Montevideanos y Tijuanenses, racimos en los que sus autores (James Joyce, Mario Benedetti y Federico Campbell, respectivamente) sobrevuelan sus espacios de vida/memoria y desarrollan pequeñas anécdotas que no por locales dejan de ser universales. El libro 12 cuentos mercedinos (Editorial Gato Blanco, México, 2018, 103 pp.), de Hernán Casciari (Mercedes, Provincia de Buenos Aires, 1971), pertenece a esa camada: la de los libros en los que el autor cuenta historias en las que se siente o presiente un telón de fondo territorial, un entorno, un origen, en este caso la ciudad de Mercedes ubicada a cien kilómetros de la Capital Federal argentina. Dicho sea de paso, Mercedes ha sido la cuna de personajes como el expresidente Héctor Cámpora, el historiador Felipe Pigna, el político Eduardo de Pedro y el genocida Jorge Rafael Videla.

El primero, “La verdadera edad de los países”, no parece tanto un cuento, sino una especie de artículo de prensa muy creativo. Desde su arranque tiene este tono y aborda así a los países, como si fueran los ciudadanos de un gran vecindario: “Francia es una separada de treinta y seis años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Es amante esporádica de Alemania, un camionero rico que está casado con Austria. Austria sabe que es cornuda, pero no le importa. Francia tiene un hijo, Mónaco, que tiene seis años y va camino de ser puto o bailarín, o las dos cosas”. La comparación se sostiene sin perder atractivo, pues los rasgos etarios de cada país se corresponden con el estereotipo más o menos conocido en cada caso.

Un gran cuento, este sí, por más que pueda ser o parecer una anécdota real, es “Un cajón secreto”. Cierto niño descubre en el cajón secreto de papá, entre otros tesoros, un lote de revistas porno europeas, que por cierto siempre tuvieron fama de ser muy poco estéticas. El protagonista hurta algunas y sobreviene una calamidad sobre la cual no adelanto nada, sólo que sus dos líneas finales son un palazo en la cabeza. O en el corazón, mejor dicho.

De “Messi es un perro” casi no se puede admitir que sea un cuento. En todo caso es un relato que parece más una crónica, un recorte de vida real. En este caso, alguien que admira a Messi lo compara con un perro porque tiene la fijación del balón como la vio en su perro con una esponja. Es un elogio de Messi con algunos ingredientes narrativos, entre ficticios y no.

En “¿Me agregás como amiga?” cuenta la aparición de Candela en Facebook. Candela dialoga con ella misma ya grande, es arquitecta y bonita. Revela lo poco que nos queremos cuando somos niños. Es un cuento, como algunos más en este libro, de tono juvenil, sencillos en su estructura y en su planteo de las situaciones.

“Borges, desde el tablón” es un elogio de Borges con una mirada de hincha o barrabrava. La pasión por Borges tiene sus reglas, desdeña la pasión por Bioy, pasa por alto su vida sexual y en secreto se dice que es el mejor escritor de lengua castellana.

Es “Finlandia” el mejor cuento-cuento del conjunto al menos entre los seis primeros. Un tipo disfruta el rato en una fiesta familiar en Mercedes, tiene un pendiente, pide un carro prestado y al dar reversa siente que golpea algo. Piensa que apachurró a una ahijada de tres años, ve que sus familiares corren a ver qué sonó y en esos diez segundos pasa el pasado y sobre todo el futuro del personaje, la desdicha definitiva que se le viene encima. Es un relato que pinta una verdad: que todos colgamos de un incidente, de una desgracia fortuita que puede destruirnos, convertirnos en víctimas o victimarios. Es un gran cuento, lleno de ese ingrediente que llamamos destino o suerte: “Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pimpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar”.

Hay piezas que parecen relatos con algo de ensayo. “Los dos Rulfos” no es un cuento en estricto sentido, sino la exposición de una historia planteada como realidad aunque también puede ser ficticia. Tiene de cuento lo narrativo, pero más bien parece el relato de una anécdota familiar que desemboca en una especie de teoría que dentro del relato el autor-personaje denomina “anécdota aumentada”.

Todavía más autobiográfico se siente “Bienvenido al club”. Se dirá que podemos leerlo como ficción, pero los datos que suministra casi no permiten esta recepción. Es como un trozo de memoria, el resumen de la condición del autor como hincha de Racing. Todos, desde su bisabuelo a su padre, lo fueron y vieron al equipo salir campeón más de una vez. Él, Casciari en primera persona, confiesa que no le gustaba vivir con esos recuerdos prestados, hasta que se hizo la luz y Racing se coronó, lo que permitió al autor pertenecer, ahora sí de lleno, al club de sus antecesores.

“Un belga en casa”, como todos o casi todos los textos que componen este libro, tiene marcado aire autoficcional. El protagonista-autor recibe en casa al ilustrador de una revista, un dibujante belga que recogerá gráficamente la vida del escritor. Lo atiende tres días seguidos y como hablan dos idiomas distintos no se comunican. En silencio desahogan su trabajo, entre la extrañeza y la obligación de convivir hasta que al final, un poco repentinamente, el consumo de mate sirve como nexo cultural.

Más allá de su verdad empírica, un bello cuento es “Las dos promesas”. Por culpa de la Segunda Guerra, en 1943, Américo Bertotti llega a Argentina. Tiene catorce años y jura ante su madre que nunca romperá su esencia milanesa. Ya en Buenos Aires, joven y empobrecido, le cortan el pelo gratis a condición, dice el barbero, de que acepte jurar fidelidad eterna al club Boca Jr. Pasan los años, envejece y un día juegan Milán-Boca. El viejo ve el partido con la disyuntiva de que deberá traicionar a alguno de los dos.

“Las caras en los sueños” es una reflexión poética sobre las caras que aparecen mientras dormimos. El narrador llega a una conclusión: la inquietud de ser soñado por alguien detestable. Es una especie de artículo.

El último de la tanda en 12 cuentos mercedinos, “10.6 segundos”, es una especie de crónica del segundo tanto de Maradona a los ingleses en el Azteca. Tiene como peculiaridad su estructura tripartita. Narra el gol segundo tras segundo, pero a medida que avanza tiende puentes en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Lo hace en función de los protagonistas más visibles de la jugada. De cada uno, incluido el árbitro tunecino, describe pasado y futuro, como si los once segundos de Maradona con el balón fueran una especie de bisagra, un parteaguas en cada una de aquellas vidas. Ninguno imaginó que esa jugada, contada al final con un efecto anafórico que homenajea a Borges viendo el Aleph, les cambiaría las vidas para bien y para mal.

Salvo por el hecho cierto de que varios cuentos de este libro no son cuentos en estricto sentido, se trata de relatos siempre emotivos, sostenidos en una prosa sencilla, llena de gratos aciertos en la observación de la condición humana. Esto importa más, claro, que insistir en la naturaleza genérica de cada pieza aunque el título nos anuncie claramente “cuentos”, cuentos que en varios casos no lo son, sino crónicas o girones de memoria personal, incluso, si lo pensamos bien, artículos, todo sumado en un libro que además de bien escrito ha sido armado en una edición vistosa, munida de numerosas ilustraciones a color. Lo único que no venía al caso en la edición son las notas de glosario al pie de página. Explicar qué es “jerga” y qué es “amague”, entre otras, está de más, pues hoy se pueden consultar en donde sea.


sábado, octubre 05, 2024

Mucha más gente de Leñero

 











Supongo que, como casi todos los escritores que además fueron periodistas, Vicente Leñero (Guadalajara, 1933-Ciudad de México, 2014) dejó muchos textos por imprimir o incluso, en el caso de sus materiales hemerográficos, por organizar y publicar. No todo lo que queda en carpetas sirve para llegar al libro, es verdad, pero con un poco de depuración es viable transformarlo en volúmenes asequibles para los lectores. En el caso de Leñero, no es poco lo que escribió primero para la prensa y luego, poco a poco, fue arracimando en títulos como La Zona Rosa y otros reportajes, Talacha periodística y Periodismo de emergencia. No es, ni de él ni de nadie como él, lo más valorado de su escritura, pero muchos lectores —entre los que me cuento— lo aprecian como parte significativa de su obra dado que como profesional de la escritura no sólo fue novelista y dramaturgo, sino también abundante periodista (precisamente, combinó ambas pericias en Los periodistas y Asesinato, consideradas sus dos novelas sin ficción).

Uno de los títulos de la índole que describo es Más gente así, compilación de piezas con sabor, la mayoría, a crónica. Lo leí y lo reseñé hace poco más de tres años sin saber que tenía un antecedente: Gente así. Tampoco sabía de la existencia de Mucho más gente así (Alfaguara, México, 2017, 256 pp.), que recién leí y me parece un libro atendible. Sólo me falta pues el primero para afirmar que he recorrido esta trilogía; en ella no está, insisto, el mejor Leñero, pero si aquél cuya pasión por contar la realidad lo acompañó hasta el final de sus días. Echo un vistazo en caída libre a las doce piezas que componen este título.

“Fumar o no fumar” es una crónica de su adicción al tabaco. Expone casos de escritores entregados al cigarrillo y de allí pasa a su caso y cómo luchó para vencerlo. Tuvo siete años de abstinencia, recayó y al final confiesa que ya no lo dejaría. Algo observa también sobre las campañas que amedrentan al fumador con imágenes pavorosas en las cajetillas, lo cual también me parece el colmo del mal gusto.

Amplía crónica sobre los encuentros y desencuentros periodísticos de Leñero con el subcomandante es “Al acoso de Marcos”. Describe el revuelo que causó la disputa por sus entrevistas, lo que parece la prehistoria aunque aquello ocurrió a mediados de los 90. Un fleco importante del relato es la obsesión periodística de Julio Scherer, su fervor por “la exclusiva”. Pasa rápido sobre la foto de Marcos exhibida durante el zedillato en la PGR por Juan Ignacio Zavala —el cuñado de Calderón— cuando todavía era usuario de pelo en la cabeza.

En “Yuliet” trabaja sobre la delgada línea que separa la ficción de la crónica. Yuliet es una ricachona lesbiana que asiste al taller de dramaturgia impartido por Leñero. A punta de billetes, ella lo aísla para que la apoye en la escritura de una novela autobiográfica. Trabajan en su caserón, pero ella es una escritora caótica, no respeta ninguna regla. Al final ocurre un hecho violento y el destino de Yuliet parece cerrarse con la publicación de su novela-bodrio Mis amores.

“Oraciones fúnebres” presenta tres necrológicas: de Garibay, Rascón Banda y Granados Chapa. En ellas destaca, respectivamente, la fiereza, el pleiteo contra todos, el oído para la armadura de diálogos, la enormidad de sus propósitos literarios; el fervor por hacer teatro con la realidad, la voluntad de convertir en pieza para la escena todo lo que ocurre alrededor de la vida; y la tenacidad, el silencio, la memoria y la pulcritud fría al hacer periodismo de opinión. Son excelentes semblanzas, todas escritas en función de la cercanía profesional y afectiva.

En “El casillero del diablo” arma otro texto urdido en la franja realidad-ficción. Trata sobre un libro de Enrique Maza cuyo tema fue el diablo, obra debatida y al final censurada por Roma. Allí mismo cuenta una anécdota de Fernando Zamora, amigo que se interesó por asistir a un curso sobre exorcismo. Zamora le inventa que en el cursillo conoció a un cura dizque poseído, pues la gente cercana a su vida moría misteriosamente. Es un juego que al parecer Zamora inventó para que Leñero urdiera después un documento realista a partir de la ficción, al revés de lo que sucede la mayor parte de las veces.

“Manual para vendedores” es una crónica del engargolado que le envía un viejo amigo de la primaria, a quien no recuerda. Es vendedor. Se cita con él en un café y no cesa de contestar llamadas al celular. Leñero se va. Pasa un tiempo y se arrepiente, siente culpa y le llama. Hay una sorpresa final que no develo, lo que da a la pieza un remate de cuento.

Recuerdo escrito en primera persona del presente, “Mañana se va a morir mi padre” trata sobre el día en el que revisan a su padre por un posible tumor en el cerebro. La cosa viene de unos meses atrás, desde que su viejo entró en el deterioro anticipatorio del fin. Aparecen su hermano y su hermana, su madre, su cuñada, su esposa Estela y, claro, su padre tendido en la cama, perdida la mirada, débil, frente a un tal doctor Del Cueto. El título es elocuente: revive el día anterior a la muerte de su padre y lo que hicieron sus familiares.

“El ajedrez de Casablanca” es la historia de la jovencita Julia María, ajedrecista michoacana huérfana que en la Ciudad de México ganó una beca para mejorar su ajedrez. Vive con sus tíos y consigue el trabajo de acompañar a cierto viejo en un asilo, quien la contrata para jugar. No le paga las partidas y le regala un tablero que supuesta, que mañosamente perteneció a Capablanca. Como siempre en los relatos de Leñero, se siente la naturalidad de una prosa oscilante entre lo literario y lo periodístico, magnética.

Especie de cuento con preámbulo y conclusión, no muy logrado, es “El flechazo”. La nieta de Leñero le pide un cuento de amor. Él lo escribe. Trata sobre un joven representante de compañías farmacéuticas que está de visita en Salvatierra, Guanajuato. En el consultorio de un doctor conoce a la recepcionista Glafira y de inmediato se enamora de ella. No digo más. Es un relato simple, casi elemental y creo prescindible.

“La pequeña espina de Alfonso Reyes” aborda una acusación ¡de plagio! Al más importante escritor mexicano del siglo pasado. Hizo su defensa José Emilio Pacheco, quien al parecer dejó noqueados a los detractores que en su momento aprovecharon una bicoca para echar pestes contra el polígrafo.

Relato de una especie de administrador o lavador de dinero de los narcos tijuanenses es “La noche del Rayo López”. Desde el meollo de la delincuencia, el empleado de los criminales habla sobre los tratos entre capos, y particularmente de una fiesta donde manda “Benjamín”; también, de una reunión convocada por el pesado Félix Gallardo. Es un texto que basa su eficacia en la oralidad trocha, siempre brutal y pedestre, de los narcos.

El último texto es “Queen Federika”, una especie de memoria parcial sobre su paso juvenil por la España franquista y el regreso a América en un barco de octava categoría.

Libro misceláneo, insisto en que no es de los más importantes en la producción de Vicente Leñero; Mucho más gente así (creo que el título debió ser “mucha”) contiene piezas estimables, otras regulares y una o dos dignas de supresión y olvido. En cualquier caso, es un título cómodo, útil para la convivencia relajada con uno de los mejores escritores-periodistas que nos dio el siglo XX mexicano.

sábado, septiembre 07, 2024

Fervor de Vasconcelos

 











En mi infancia, y en la infancia de todos mis contemporáneos, era común que consumiéramos reiteradamente los mismos productos audiovisuales, llámense películas o programas de televisión. No era posible, claro, que eligiéramos el día y la hora para ver tal o cual obra ante la pantalla de la sala familiar o de la sala cinematográfica, pues todavía no disponíamos de sistemas de reproducción (videocaset o DVD) o programación a la carta del tipo de Netflix, así que nos contentábamos con lo que estaba disponible en el horario habitual de la tele o en la cartelera de las salas de cine. Además, la cantidad de contenidos no parecía, como hoy, infinita, así que podíamos ver año tras año algunas películas de cajón: todos mis contemporáneos nos echamos al menos diez veces las de Pepe el Toro o, en semana santa, Marcelino pan y vino, cinta que nos hacía llorar aunque ya supiéramos desde el principio que nos haría llorar. Esta es la razón por la que mis contemporáneos guardan en su memoria lo mismo que yo guardo.

Uno de los recuerdos compartidos es, quizá, el nombre de Mauricio Magdaleno, quien en muchas películas del Indio Fernández aparecía en los créditos como guionista. Y sí, lo fue de filmes como Flor silvestre, María Candelaria, Pueblerina y muchos más. Como Gabriel Figueroa en la fotografía, Magdaleno era el otro brazo del cineasta coahuilense a la hora de trabajar una película, y fuera del fugaz crédito al inicio de las cintas (antes los créditos totales aparecían cuando arrancaba la obra) nada conocía yo con certeza sobre él. Sólo sabía,  sin haberlos leído hasta ahora, que era autor de los libros de narrativa El resplandor y El ardiente verano.

En los días recientes he subsanado en parte tal laguna con la lectura de Las palabras perdidas (FCE, México, 224 pp.), que insumí en su primera edición (intonsa) de 1956, libro que además tiene un apéndice con fotos y cada capítulo, de los 24 que suma, ofrece un hermoso grabado del maestro Alberto Beltrán. Ha sido una sorpresa redonda, tanto que ya la tengo considerada mi mayor placer literario de agosto/2024. Con una prosa intensa, elegante, ágil y no desprovista de contrapuntos entre la desolación y el humor, Magdaleno reconstruye la odisea emprendida para instalar a José Vasconcelos en la silla presidencial. Aquello ocurrió hace casi cien años, en 1929, y, como bien lo sabemos, terminó en fracaso.

No creo que sea flaco elogio afirmar que la prosa de Magdaleno es parecida, al menos para mí, a la de su coetáneo Martín Luis Guzmán. Lo digo por el ritmo de crónica en caída libre, por el fondo temático vinculado a los golpeteos en el primer momento posrevolucionario, por los ambientes físicos que describe y por apelar muy principalmente a un repertorio acabado de mexicanismos. Al leerlo, uno siente la oralidad del país en muchos trazos, en palabras y locuciones que para nosotros han sido frecuentes en la conversación familiar, en el cotilleo con aire todavía algo rural pero hoy, por desgracia, aplanado por esa máquina uniformadora del habla y la mala escritura llamada internet, sobre todo en su vertiente de las “redes antisociales”, como las llama Horacio Verbitsky, el mejor periodista vivo de América Latina. Por expresiones de cuño mexicano me refiero a algunas como “la carabina de Ambrosio”, “alborotar el huacal”, “pelar gallo”, “aguantar a chaleco”, “echar al plato” y decenas más, acaso cientos que se apiñan en un estilo que no deja de parecer moderno, actual, aunque todavía impregnado de giros un tanto ampulosos, medio declamatorios.

Magdaleno nació en Tabasco, un pequeño municipio del estado de Zacatecas, en 1906, y murió en la Ciudad de México hacia 1986, justo a los ochenta de su edad. Su padre acusó inquietudes políticas, fue simpatizante de Obregón, así que sus hijos Mauricio y Vicente, apenas atravesados los veinte años y junto a varios veinteañeros más, habían sido arrastrados por la pasión política en un México de rebatingas por el poder que tuvo como momento señero el magnicidio en La Bombilla perpetrado contra la figura del presidente electo, lo que fortaleció a Calles y alebrestó a sus opositores de cara al proceso electoral del 29.

Parte de los alebrebrestados de marras (“de marras”, así escribían los articulistas de endenantes) eran los grupúsculos que idearon candidatear a Vasconcelos. En ellos participaban los hermanos Magdaleno, y es sobre la campaña en favor del oaxaqueño en lo que trabaja Las palabras perdidas. El proyecto comenzó casi de casualidad, cuando en 1928 los estudiantes de la capital vieron que se aproximaban las elecciones e intuyeron, sin posibilidad de errar, que el futuro Jefe Máximo manipularía todo para quedar él a la sombra pero sin soltar los hilos que le permitirían controlar el movimiento de sus títeres. Los jóvenes y varios viejos nostálgicos del maderismo pensaron en un posible gallo para la Grande. Calles, quien ya tenía de factótum a Portes Gil, importó a Ortiz Rubio de la diplomacia en Brasil para que actuara como “aspirante” del oficialismo. Allí aparece la figura de Vasconcelos, quien acepta la posibilidad y recibe un respaldo minoritario aunque confiado en su crecimiento conforme avanzara la campaña. La idea era, ya desde entonces, hacer valer los postulados justicieros de la revolución, renovar moralmente las estructuras de poder secuestradas por una cáfila de gandallas con discurso dizque revolucionario y pistola al cinto por si la demagogia no apaciguaba a los rejegos.

El problema, el inmenso problema para los vasconcelistas, como se desprende de la crónica urdida por Mauricio Magdaleno, era que su propósito suponía múltiples obstáculos: no eran muchos los convencidos, tenían pocos recursos, el país era enorme y, sobre todo, estaba plagado de cacicazgos adictos al callismo que podía poner palos en la rueda a las actividades de la campaña o de plano apelar a métodos más taxativos, como las madrizas o los balazos.

Magdaleno escribió su crónica un cuarto de siglo después de ocurridos los hechos que de joven le incumbieron. Cuando vivió lo que allí cuenta tenía 23 años, y Vicente, su hermano, 22. Eran casi unos chamacos, e igual muchos de sus correligionarios, quienes con ahínco juvenil, cuenta el autor, desplegaron sus trajines políticos por la capital y varios estados de la República sobre todo del norte, como deja ver la crónica, ya que casi todo el relato se mueve en la capital, el Bajío y el noreste del país. El proselitismo exigía viajes, pega de carteles, repartición de volantes y mítines en los que la oratoria, todavía una actividad muy apreciada, servía para enfervorizar a los ciudadanos y convencerlos sobre la valía del “Maestro”, como llamaban a quien escribió el Ulises criollo, quien asimismo era un temible orador, ducho para la cita erudita y más ducho todavía para zaherir a sus enemigos con la filosa verba que igualmente se dejó sentir en muchos de sus agrios libros poselectorales, ya cuando por su exilio y su amargura adhirió al nazismo.

“Trato de recoger mis pasos, no de deformarlos. Aquello fue así”, dice Magdaleno a la mitad de su abultada relación. ¿Y qué fue “aquello”? Pues los recorridos, las conversaciones, las actividades proVasconcelos, los errores y más que nada las pocas garantías que los militantes tenían, por ejemplo, al celebrar un mitin, ya que no fueron esporádicas las ocasiones en las que anónimos matones a sueldo los bajaran del estrado a plomazos y en plena efusión oratoria para después hospedarlos, si bien les iba, en alguna celda abundantemente provista de chinches. “Han mandado manadas de asesinos a todas partes a fin de hacernos saltar antes de que los derrotemos en las urnas”, dijo por esos días Vasconcelos según Magdaleno. No era mentira decir eso en el México de entonces, cuando ya comenzaba a cocerse, con la fundación reciente del PNR, el sistema presidencialista del que Calles fue primer mandamás, un sistema de jefatura todopoderosa, revolucionaria de dientes para afuera y para la que los comicios sólo representaban una pantomima de envergadura nacional.

En realidad, Vasconcelos aparece poco en Las palabras perdidas. Los jóvenes dialogan con él en escasas ocasiones y Magdaleno lo muestra como hosco, apenas cordial, pero, pese a esto, ninguno de sus seguidores le regateó una estimación que rayó en la idolatría basada esencialmente en la ponderación de su pasado como secretario de Educación, promotor de colecciones bibliográficas y de revistas como El Maestro (1921-1923). La idea vertebral del plan era, como ya señalé, un sueño guajiro: regenerar el sistema político, abatir en él la podredumbre moral de quienes habían salido gananciosos en la tómbola de la revolución e instaurar un gobierno probo bajo el lema, por cierto muy vasconceleano, “Trabajo, Creación, Libertad”. Si Renato Leduc escribiría años después que “la Revolución degeneró en gobierno”, una idea similar alentaba los esfuerzos de quienes empujaron la candidatura de Vasconcelos: la administración de la cosa pública estaba en manos (garras) de unos pocos buitres en detrimento de las inmensas mayorías, lo cual urgía la implantación de la nueva moral explícita en el ideario electoral vasconcelista.

El final es triste, diríase que hasta dramático. El día de los comicios fue el 17 de noviembre del 29, y con él llegó la derrota cimentada en el chanchullo más directo: la inhibición del voto mediante la fuerza. El callismo, o su instrumento, el portesgilismo, distribuyó saboteadores armados en todos los puntos del país donde sentían que había prendido la prédica vasconcelista, y así el desenlace fue anticlimático porque ni Vasconcelos ni nadie dio respuesta armada al obvio fraude, de donde se deduce que sus intenciones eran buenas, pero mala la organización y pésima la falta de un plan B a sabiendas de que el enemigo impondría sí o sí su plan A. Mauricio Magdaleno, quien vivió la jornada electoral en el noreste —por Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila—, anduvo en ascuas, a salto de mata y en espera del levantamiento por un tiempo, pero nada ocurrió.

Conocemos la historia que vino poco después: Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez fueron impuestos por Calles, quien mantuvo así su poder hasta que se topó con el bigote de Lázaro Cárdenas. Luego, Mauricio Magdaleno se metió a guionista del Indio, escribió novelas, hizo periodismo, dio clases, participó en actividades de divulgación como integrante del Seminario de Cultura Mexicana, fue investido como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y llegó a diputado y funcionario público. Entretanto, en 1956 publicó Las palabras perdidas, crónica de una derrota electoral que quizá fue más que eso: una derrota histórica, una derrota que continuó siendo derrota durante varias décadas en un país caracterizado más por los tumbos y por el revoltijo de intereses repugnantes que por la equidad, para decirlo con un estilo que no por oratorio es falaz.

Nota 1. No aguanto las ganas de compartir algunos grabados, ocho nomás, del maestro Alberto Beltrán. Como digo en el comentario, cada una de estas imágenes y 16 más abren cada uno de los capítulos de Las palabras perdidas. No fueron escaneados, sino que les tomé foto con mala luz. Pese a la técnica rupestre que usé para captar cada imagen, es innegable que su calidad plástica conserva gran poder de comunicación. Un dato adicional y asombroso: en 1999 o 2000, no lo recuerdo con precisión, alcancé a conocer en el DF al maestro Beltrán en un encuentro convocado por el Seminario de Cultura Mexicana del que él era miembro. Yo también lo era, pero de la modesta corresponsalía de Torreón. El grabador moriría un par de años después en la misma capital del país. Aquí parte de su obra:




















Nota 2. El libro es completamente asequible, pues ha sido reimpreso y reeditado varias veces desde su publicación hasta la fecha. Puede ser conseguido nuevo o usado, y en este caso, incluso, la primera edición de 1956. Esta es la portada de la edición más reciente: FCE, México, 2006, de fácil localización en línea.



sábado, marzo 16, 2024

Crónicas con calle y libros


 










Creo que no se ha destacado lo suficiente un rasgo del buen cronista: la erudición. El otro, que tenga “calle”, es bien conocido porque es lo primero que suponemos a la hora de imaginarlo. Digo la erudición porque es la única manera de procesar la infinita cantidad de estímulos que dispara la realidad, de suerte que no sería posible hacerles frente si no se contara con un filtro, con una capacidad de interpretación capaz de convocar, al alimón, disciplinas como el periodismo, la literatura, la sociología, la antropología, la lingüística, la filosofía y no sé cuántos saberes más. José Joaquín Blanco, Carlos Monsiváis, Juan Villoro, por citar sólo tres casos mexicanos, son ejemplos de lo que afirmo: calle y libros, libros y calle son claves en la hechura de la crónica.

En La Laguna pasa lo propio con Saúl Rosales y Vicente Alfonso: son cronistas con calle y a la vez con la cabeza muy bien amueblada. Un caso más reciente y no menos notable es el del periodista y escritor Iván Hernán Benítez (Torreón, 1981), autor de Con el barrio puesto (Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2023, 107 pp.). Vaya libro, para mi gusto uno de los mejores publicados el año pasado en nuestra región. Lo he leído y no puedo no celebrar la calidad de su prosa, la precisión de su mirada, la enciclopedia que lo alienta, la solidaridad sin chantaje de su propósito y, en fin, el cúmulo de aciertos en la captación de los temas que escudriña.

Lo recorro pieza por pieza, para no omitir ninguna de las doce.

“Un loco de pasta dura” cuenta los encuentros del cronista con Carlos, un antiguo vecino suyo de la infancia que, luego de golpearlo en la niñez, cae en la droga para no salir ya nunca de allí. El cronista recorre la vida en permanente desmoronamiento del drogo, esto gracias a los accidentales encuentros callejeros entre ambos. Desde esta primera pieza advertimos las destrezas de Iván Hernán Benítez: una prosa vigorosamente literaria, un talento nato para captar detalles con todos los sentidos y una colocación perfecta del radar sensible: jamás juzga al grifo, y, sin enunciarlo, de manera muy hábil, nos enseña a comprender ese destino vapuleado por la adversidad. Sin lloriqueo, sin panfleto y con una delgada película de autoescarnio, el cronista traza un relato a un tiempo feroz y conmovedor, con una especie de chanfle compasivo, para decirlo en argot futbolero. En un mundo donde domina la mirada cínica y la burla neoliberal ante la indefensión ajena, el autor de esta crónica nos muestra que se puede ser solidario con el desventurado sin incurrir en el lloriqueo que haría fácil la descalificación de su trabajo.

Semejante al servicio de un hospital es el que ofrece el monte de piedad en “Rutina de empeños dorados”. Las enfermedades, sin embargo, tienen que ver en este caso con los malestares y las dolencias del bolsillo, no con los achaques del cuerpo. Benítez ha sabido establecer un parangón que sostiene con pericia comparativa: así como se asiste a un hospital, así como se busca la cura gracias a la intercesión de un médico, los pignorantes desfilan en las ventanillas del montepío para que los valuadores los curen o al menos palien los malestares crónicos o repentinos. Con la comparación hospital-montepío se logra un humor sobrio y contenido que alivia de pesadez la crónica previsible sobre la tragedia de empeñar bienes para salir al paso de una urgencia como quien recibe primeros auxilios, en este caso monetarios. Otra vez, hay aquí una rara distancia/cercanía entre el cronista y el motivo de su crónica. Otro texto, además, literario, escrito con estilo sinuoso, alusivo y rico en imágenes que incluso transitan lo poético.

En “El crucero de las variedades”, Benítez asiste a los puntos de la ciudad atestados de automóviles. Allí, gracias a la dictadura de los semáforos, el cronista toma nota de todo lo que se mueve en torno de los vehículos: pordioseros, vendedores-hormiga, discapacitados varios y artistas circenses se disputan en sorda lucha la atención de los conductores y el dividendo más importante: alguna moneda. El cronista husmea varios cruceros y con implacable pluma nos describe la esperpéntica de la miseria congregada delante de los semáforos que dan tiempo para causar piedad, placer y asombro, aunque sería más preciso decir que lástima de manera destacada. Sin explicitarlo, crea un contraste entre el mundo del privilegio sobre ruedas y el mundo de la vulnerabilidad jugándose el pellejo. Otra gran crónica.

Cuerpo de crónica y elementos de artículo y hasta de ensayo exhibe “Una masacre que no fue”, texto en el que Benítez asedia el sentido que el periodismo nacional dio a las palabras tragedia, masacre, atrocidad, barbarie y demás a propósito de la desgracia ocurrida en el estadio de futbol Corregidora en un histórico partido entre Querétaro y Atlas. Como recordamos, en aquel choque se desataron todos los demonios de la violencia en el estadio y, como ocurre siempre en estos casos, la ganadora del partido, y por goleada, fue la impunidad.

“El privilegio de morir en casa” está más cerca del artículo que de la crónica, aunque en efecto hay rasgos de este género en los párrafos del texto. Aborda con brillo verbal e inteligencia las diferentes posibilidades de la muerte entre nosotros: lo mismo por enfermedad que por masacre, lo mismo por la pandemia que por edad. Es hasta aquí el texto con mayor carga de parecer subjetivo.

Tiene un fragmento como de memoria personal de la violencia, la que vio de niño en los rumbos de su casa ubicada por el siempre peligroso poniente de Torreón. Esto le sirve como marco de lo que comenzó el 26 de octubre de 2006, “El día que mataron a Gaviria”. Con eso comenzó la carnicería que vivió La Laguna en aquellos años, el antecedente primero de lo que después serían las masacres de 2010, en la planitud del horrible calderonato que desató a todos los demonios (como breve paréntesis personal, fui al lugar donde mataron a Gaviria y a Elfego. Había llovido, en efecto, y la sangre no se había secado cuando la vi).

Sin duda, una de las mejores piezas del libro es “Hay que hacerse culerita”, indagación sobre la pobreza material y simbólica subyacente en las groserías. Mucho de sociólogo tiene Benítez, pero también en este caso de lexicógrafo con oído de “músico callejero”, como decía Borges. El autor recorre aquí los usos y costumbres de la palabrota, el nexo entre el déficit de los medios económicos y los verbales, y junto a esto la incorporación de la mujer, hoy, al habla de carretonero.

Otra de las mejores piezas de Con el barrio puesto es “Pásele p’atrás (estampas al interior de un camión de ruta)”, crónica en la que igualmente, como en otras, hay una cuidadosa dosis de sociología. La tragedia de viajar en nuestro transporte público es expresada con humor amargo y una suerte de estoicismo ante la petrificación de la incomodidad. El cronista sabe captar los tumbos de la realidad dentro de los vejestorios móviles y nos pinta un mural de la desdicha cotidiana implicada en la condición de pasajero.

“Byung Chul-Han o el perfume del otro” es una reflexión veloz sobre la obra del filósofo coreano-alemán. El examen pasa revista a las ideas generales del pensador, como el arribo a la mentalidad que arrastra hacia el exceso de “positividad” y su contracara de negación del dolor, o el advenimiento de una era en la que los objetos físicos han cedido su lugar en las preferencias del respetable público a las “no-cosas” encarnadas (es un decir) en la información digital que a su vez supone mecanismos de control que no nos incomodan. Un ensayo, más que una crónica.

“La seducción del infinito” describe lo que se reveló al cronista en la etapa global del aislamiento por el pánico al coronavirus: el ajedrez. Se trata en realidad de un reportaje pleno de aciertos, apretadamente informado sobre “el deporte de reyes”. Es el texto más largo del conjunto y uno de los más inquietantes, pues nos describe un mundo cuya existencia, creo, ignorábamos quienes estamos lejos tanto de escaques como de trebejos.

Un análisis del trabajo infantil es “Para ayudar a la jefita”. Benítez explora el caso de los niños que se ven forzados a buscar unos pesos en chambas que sólo sirven para sacar la cabeza, aunque sea un poco, de la miseria. Un motivo poderoso que impulsa la huida hacia adelante de los niños que trabajan es la necesidad de dar algo a la mamá, de sacarla del agujero al menos para que también de allí asome la cabeza. En textos como éste se nota bien un rasgo caro en la escritura de Benítez: la distancia. Uno sabe que escribe lo que escribe porque le duele, pero no nos chantajea, no incurre en trazos lacrimógenos. Al contrario, analiza los hechos con una suerte de conmovedora frialdad, valga el oxímoron.

“Réquiem por un diario amarillo sangre”, última pieza del conjunto, es un recuerdo del diario La Opinión de la Tarde, vespertino que hace algunos lustros trabajó con la materia informativa del crimen desorganizado de una manera hoy extinta (ex tinta), pues ya sería imposible pensar en columnas como la “Galería de malandros”, aporte que devino sección de sociales a la inversa.

Por todo, Con el barrio puesto (título hermoso, además) es un libro redondo, atendible sin regateo ninguno. Llegadle.

sábado, septiembre 23, 2023

Herbert observa

 











Entre los muchos libros de la Secretaría de Cultura disponibles en línea está Un borracho que se cree invisible, de Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971). No es un libro central en su producción ni uno de los ya numerosos que le han granjeado premios como el Gilberto Owen (2003), Juan José Arreola (2006), Jaén de Novela (2011) y Elena Poniatowska (2012), entre otros, pero es muy representativo de la mirada, por decirlo así, herbertiana: una mirada perspicaz, aguda, disruptiva y ágil en la observación de la realidad como escenario de lo paradojal y lo grotesco.

En Un borracho que se cree invisible, el autor de Canción de tumba trabaja en una tesitura a caballo entre el relato literario y la crónica periodística. En esta hibridez, jamás podremos saber bien a bien en dónde están las fronteras entre ficción y realidad, cuáles son los límites entre lo imaginado y lo realmente vivido. No importa, sin embargo, pues más allá de precisar las borrosas líneas divisorias entre fantasía y verdad lo que atrae en estos ¿relatos? (uso la palabra más ambigua posible) está en la ironía por la que tamiza Herbert todo lo que piensa.

Por ejemplo, en el segundo de sus textos (sigo con la ambigüedad a la hora de nombrarlos), titulado “Mi mamá me mina”, la formula ya lexicalizada que termina en “mima” es subvertida con una sola letra y transforma su sentido en lo contrario. Ahora bien, su planteamiento inicial enfatiza su ánimo subvertor de las ideas ya cristalizadas por la tradición o la costumbre: “Todos necesitamos una madre con quien desquitarnos de estar vivos. O, ¿por qué otra razón las amaríamos tanto? Claro: ellas velaron por nosotros cuando estábamos enfermos, nos dieron lechita y un vocabulario, asistieron desveladas a ese horrendo show donde salíamos disfrazados de pollitos, se soplaron más de dos veces las divisiones de quebrados, nos consintieron berrinches por los que aún sentimos nostalgia. Pero esas nimiedades no bastan para querer a alguien más allá de los límites del decoro. Si fuera así, ninguno de nosotros sabría lo que es un rompimiento o un divorcio. No: el amor incomparable solo florece si lo riegan las aguas elementales del rencor”.

Insisto: esta línea apartada, lejana a la línea de lo que preconcebimos como lógico u obvio, se enfatiza texto tras texto en Un borracho que se cree invisible. En ocasiones no sólo en el contenido, sino también en la forma, como sucede en “Historia y evolución de las ideas fijas”, texto en el que Herbert no nada más va a quebrantar la idea, sino que lo hace en un formato que habitualmente encontramos como fijo, rígido, serio e inamovible, el formato que podríamos llamar “requerimientos para curso”. ¿Qué pasa aquí? Que el escritor acapulqueño-saltillense apela al mencionado esquema para convertirlo en papilla mediante el método, se me ocurre denominarlo así, de las hipérboles delirantes:

“Instructor:

Julián Herbert

Duración:

120 horas repartidas en 5 sesiones de 24 horas cada una

Número de asistentes:

2,500 (mínimo)

Requerimientos técnicos:

Un campo de golf, sistema de salida de audio RTM-PowerDrift (se adjunta rider), un dispositivo Classroom Papamóvil modelo 94 a prueba de balas (para uso exclusivo del Instructor), dos pizarrones verdes, 20 cajas de gises blancos blandos (de los que no rechinan), dos mochilas de libros (pueden ser nuevos y estar plastificados: no son para leer sino para cumplir funciones propias de un osito de peluche) y 100 sobres individuales de figuras Playmobil azules y rosas (previamente abiertas: son para ser armadas por el Instructor en sus ratos de ocio) (así que mucho cuidado con las piezas chiquitas, ¿eh?). Ah, sí: y medio litro de agua Bonafont”.

¿Para qué sirve un texto como éste? Formulo esta otra pregunta retórica. Respondo: para nada y para mostrar que los requisitos de muchos cursos de cualquier disciplina a veces colindan con el disparate, son absurdos como los cursos a los que convocan.

No creo que sea necesario traer más ejemplos de lo que contiene Un borracho que se cree invisible. Está dividido en tres secciones más o menos simétricas (“Vomitar encima de personas ilustres”, “Intermedio, 8 fábulas” y “Las ciudades destruyen las costumbres”); en todos ellos hay algo, un rasgo, o muchos, que transforman al texto en pedrada al foco de la vecina, en escupitajo al tipo con traje, en eructo durante la ceremonia nupcial, es decir, en transgresión, en travesura, en maldad que bien mirada tiene siempre un fondo de razón, de lógica. Y si no tuviera todo esto, tiene asimismo valores muy apreciados en un libro: sentido del humor y buena prosa.

domingo, enero 22, 2023

Europa 2022

 











Más de dos meses después y ya en el comienzo de este 2023 he podido revisar las fotos del viaje a Europa compartido con Maribel entre octubre y noviembre del año pasado. Lo digo de antemano: fue espléndido, pero menos por la estancia allá que por haberlo vivido junto a ella.

No dejaré de repetirlo: sé que para muchas personas es común viajar y cada vez son más frecuentes los amigos que en sus redes nos comparten, con legítima, con justificada alegría, recorridos lejanos y a veces lujosos. En nuestro caso asumimos el periplo europeo como una aventura largamente soñada y preparada, y así nos fue, de maravilla.

Ambos, Maribel y yo, sabíamos que cada momento de esta experiencia debía quedarse en nuestra memoria, que no podíamos desperdiciar ningún minuto del paso y la estancia por allá. Si estábamos siendo privilegiados con algo así, juntos debíamos disfrutarlo y agradecer a la vida por la oportunidad, y todavía es hora que en las sobremesas evocamos algún pasaje del hermoso recorrido que nos obsequió el destino.

Todo comenzó el lunes 24 de octubre en el aeropuerto Francisco Sarabia, de Torreón. Volamos a la Ciudad de México y de inmediato abordamos la conexión a Madrid. El cruce del Atlántico, pese a las muchas horas que demanda, se desarrolló sin que lo sintiéramos pesado, pues nos tocó un asiento triple que nos permitió pernoctar (per-noctis, pasar la noche) con más espacio. Llegamos a Madrid y en taxi nos trasladamos al hotel Mayorazgo, casi al lado de la gran Gran Vía. Desde ese punto de operaciones hicimos nuestras caminatas por el centro de la capital española. Ofrecí allí, en la Embajada de México en España, la conferencia que amablemente me organizó el Instituto Cultural de México en España, donde saludamos a mi amigo y paisano Jorge Valdez Díaz-Vélez, poeta y exdiplomático, con quien luego departimos en La Pecera del Círculo de Bellas Artes.

En Madrid (que yo ya conocía) mostré a Maribel los sitios de mayor celebridad: la Cibeles, la Puerta de Alcalá (en reconstrucción), la Plaza del Sol (también en reconstrucción), la Plaza Mayor y un montón de recovecos ubicados en sus inmediaciones. Comimos de todo, paella, pizza, hamburguesas, e incluimos en nuestras ingestas unos churros —los del establecimiento Maestro Churrero aledaño a la plaza Jacinto Benavente— que hace doce años probé y quise que Maribel también insumiera dada su devoción fanática por la harina. Madrid fue el único lugar donde compré libros (siete, en Casa del Libro y El Corte Inglés), pues el viaje no había sido preparado para cargar papel.

Luego de Madrid viajamos a Burgos, una hermosa ciudad de Castilla-León, la cuna de mi admirado Alex Grijelmo. Su catedral gótica, llamada Catedral Basílica Metropolitana de Santa María, es un portento arquitectónico, y en todo momento tuve presente que no estábamos lejos de Atapuerca, paraje burgalés donde se han encontrado vestigios antiquísimos de civilización, entre ellos el llamado Cráneo 14, el cráneo de “Benjamina” que ha dado pie a la noción de una sociedad ya humana, preocupada por el cuidado del otro, una sociedad donde es posible ejercer la “cuidadanía” (“cui-da-da-ní-a”, no “ciu-da-da-ní-a”) de la que habla en sus libros José Laguna Matute. Viajar por los paisajes castellanoleoneses, riojanos y después navarros fue un privilegio. En un punto sentí, sentimos, que algo de aquellos escenarios naturales se parecía a los que vemos en la carretera de Torreón a Durango o Chihuahua.

Pasamos la frontera y entramos a Francia por los rumbos de Biarritz, ciudad que siempre me recuerda “Tu rastro de sangre en la nieve”, quizá el cuento más largo de García Márquez, y “Habla, memoria”, de Nabokov, pues varias veces allí vacacionó su aristocrática familia. Después paramos en Burdeos, la tierra de otro querido amigo mío: Michel de Montaigne, capo del Renacimiento francés cuyo legendario castillo está por esos rumbos. No desaprovechamos la ocasión para empujar allí un vino bordelés, quizá el más emblemático en la industria vitivinícola de toda la otrora Galia. Luego, al siguiente día, llegamos a Amboise, bellísima ciudad donde comimos en un mercadito similar a nuestros tianguis. Ubicada junto al río Loira, en esta localidad medieval vivió Leonardo invitado por el rey Francisco I. El viejo Da Vinci murió allí hacia 1519, año en el que, por cierto, Cortés comenzó la conquista de lo que hoy es México. En París nos detuvimos tres días, los tres extraordinarios. Hicimos el recorrido de ley por sus puntos más representativos, como la Eiffel, el Sena, el Arco del Triunfo, el Louvre, los Campos Eliseos y (todavía en faraónica reconstrucción) la catedral de Notre Dame, residencia del jorobado victorhugueano. Aprovechamos un medio día para conocer el palacio de Versalles, último lujoso reducto del decapitado Ancien Régime.

Para llegar a Inglaterra usamos el ferry que parte de Calais, al lado de la peliculesca Dunkerque, hasta los acantilados de Dover. La experiencia de atravesar el Canal de la Mancha fue fenomenal, una travesía que da para poco más de una hora de conversación con sándwiches y cafecito. Tres días pudimos estar en Londres. Igualmente, visitamos los puntos emblemáticos (Big Ben, Westminster y Buckingham) y de casualidad, sin querer, la zona financiera donde nos sorprendieron una buena lluvia y vientos destructores de paraguas. También por allí nos internamos al palacio de Windsor, sitio que es museo sin dejar de ser todavía “casa”.

El regreso de la isla británica al continente se dio de nuevo mediante el ferry, monstruo flotante de metal y de concreto. Nos dirigimos a Bélgica, donde paramos en la húmeda y preciosa ciudad de Brujas, enclave chocolatero. De ese punto nos trasladamos a Ámsterdam, donde hicimos también tres días, los últimos de nuestro viaje. En esta ciudad neerlandesa visitamos la fría y portuaria Volendam y las casitas perfectas, estilo Heidi, de Marken, y en el camino hacia esos puntos no pudimos no asombrarnos ante el sistema de canales que hace tan peculiar y productiva a esta nación atestada de bicicletas. Allí también hicimos un paseo en bote, recorrimos una quesería, el mercado de las flores y visitamos una fábrica de joyas que nos confirmó la fama de los nerlandeses en el trabajo del diamante. Debo añadir que en nuestro último día europeo saludamos a mi querida exalumna y amiga, lagunera ella, Idoia Leal Belausteguigoitia y a su hija Ainoa, quienes generosamente nos visitaron desde Eindhoven, donde radican.

El lunes 7 de noviembre tomamos, muy cansados ya, pero felices, el vuelo de retorno a la Ciudad de México desde el aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol, y llegamos a Torreón el martes 8 en la mañana. Así como llegué, con jet lag y todo, pasé directo a la oficina de la universidad, y hasta ahora he podido escribir esta apretada crónica de un viaje que Maribel y yo no podremos olvidar.

De nuevo, una disculpa si los aburrimos con nuestra alegría, pero “así fue”, como dijo el músico-poeta de Ciudad Juárez.

Nota. La foto que encabeza este post fue tomada frente al Louvre, en la puerta del edificio que habitó Tolstoi en París.