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miércoles, julio 15, 2026

Yo tengo un mosaico que dice así


 











Llevo como cinco mundiales dedicando más tiempo del pertinente a escribir sobre futbol. Es como una alineación de astros: si hay sobredosis de partidos, qué más da que haya, para mí, sobredosis de palabras sobre ese tema al menos por un rato. En el caso del Mundial que ahora casi pega su último suspiro, decidí escribir breves semblanzas sobre goleadores. No son todos los que están ni etcétera, pero sí los que más admiro y he visto aunque sea en repeticiones de archivo. Las he publicado sólo en mis redes, además de que el blog Intelisport, administrado por mi amigo Enrique Macías, decidió abrir una cancha especial para que estén disponibles con acceso libre y todas juntas. Como serán 39 días de Mundial, quise cerrar el número de estampas en 40, una diaria, así que al día de hoy van 35. Si gustan buscarlas, escriban en Google “intelisport.com.mx”, y allí aparecen en mosaico numeradas de la primera a la más reciente. Hoy aquí comparto una, la que trata sobre George Best, sólo para mostrar la extensión y el tono que he dado al conjunto:

“A George Best (Belfast, Irlanda del Norte, 1946-Londres, 2005) se le recuerda con frecuencia por dos frases que gustan en función de su cinismo tabernario: ‘Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté’, y ‘En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores 20 minutos de mi vida’. Por la malicia, pese a su machismo, parecen de Wilde, pero más allá de las boutades, Best fue, según he podido leer y luego ver en YouTube, un jugador anómalo en su contexto. Husmear las repeticiones de sus gambetas y sus goles contradice la idea, por otro lado harto justificada, que tenemos del futbol practicado en el país que reglamentó este juego: físico, veloz, directo, duro y sin muchos arabescos. Best, entonces, avanzaba en contra de la inercia, pues driblaba, inventaba jugadas y resolvía frente a los palos con quiebres y disparos que delataban más creatividad que reciedumbre. La época y el lugar de su gloria fueron propicios para que pareciera un quinto beatle, y la suerte de ser ‘carita’, como decimos en México, le permitió asemejarse en algo a Paul McCartney incluso en aquello de las patillazas. Anotó más de 250 goles”.

domingo, julio 05, 2026

25. Messi


 







Resulta muy difícil negar que Lionel Messi (Rosario, Argentina, 1987) es el mejor futbolista de la historia. No tiene todos los récords en su poder, pero sí varios que, apiñados, muestran un dominio apabullante de la estadística. Claro que por encima de su nombre sólo asoman los de Pelé y Maradona, a veces el de Cristiano Ronaldo, pero ni así es sencillo marginarlo de la cúspide. Más allá de las disputas bizantinas, lo innegable es que Messi es un jugador dotado de facultades inverosímiles pese a su apariencia de frágil. Todo en él es técnica, rapidez y precisión, agilidad milimétrica para hacer siempre la jugada correcta con la exactitud de un reloj. Las miles de repeticiones en video de su futbol exhiben la mecanización de movimientos que desbordan lo creíble. A Messi se le puede estudiar en un laboratorio, pero ni así es posible frenarlo, pues la capacidad de sus rivales no alcanza para anticiparlo. Lo he visto partidos completos en los que casi inevitablemente hace uno o dos goles; es lo de menos, aunque parezca raro decir esto. Lo de más es comprobar que nunca (el adverbio aquí no es hiperbólico) se equivoca. Es un futbolista inhumano, demasiado inhumano.

sábado, julio 04, 2026

24. Maradona


 







Diego Armando Maradona Franco (Lanús, 1960-Dique Luján, Argentina, 2020) sería su nombre completo si en su país solieran usar ambos apellidos. Entre la selección y los clubes sumó poco más de 350 goles, una cifra nada ninguneable si consideramos que lo suyo era armar ataques y asistir, no tanto anotar. Es para muchos —me cuento entre ellos— el futbolista más técnico de la historia. Pasó al menos treinta años compartiendo la cima con Pelé como mejor jugador de todos los tiempos, pero en las últimas dos décadas se ha formado un trío que prorratea las opiniones al añadir a Lionel Messi. Los maradonianos no ceden: su ídolo dejó la videoteca nutrida de acciones y anécdotas que peculiarizan a Diego como figura esencial del futbol, tanto que ya es y seguirá siendo el jugador más estimulante como tema de escritura literaria y periodística. Nacido en extrema desventaja, emergió de la Nada para convertirse en algo más que un futbolista: un amado-odiado semidiós. ¿Y cuáles fueron sus virtudes sobre el rectángulo verde? Es posible comprimir la respuesta en una sola palabra: todas. Todas a un grado, además, superlativo. Por esto los maradonianos no ceden, no cedemos: es el mejor que vimos jugar.

sábado, agosto 23, 2025

Historias de Hernán Casciari

 


















El título tributa un homenaje numérico y fonético a los Doce cuentos peregrinos de García Márquez, y temáticamente es un libro en algún sentido próximo a Dublineses, Montevideanos y Tijuanenses, racimos en los que sus autores (James Joyce, Mario Benedetti y Federico Campbell, respectivamente) sobrevuelan sus espacios de vida/memoria y desarrollan pequeñas anécdotas que no por locales dejan de ser universales. El libro 12 cuentos mercedinos (Editorial Gato Blanco, México, 2018, 103 pp.), de Hernán Casciari (Mercedes, Provincia de Buenos Aires, 1971), pertenece a esa camada: la de los libros en los que el autor cuenta historias en las que se siente o presiente un telón de fondo territorial, un entorno, un origen, en este caso la ciudad de Mercedes ubicada a cien kilómetros de la Capital Federal argentina. Dicho sea de paso, Mercedes ha sido la cuna de personajes como el expresidente Héctor Cámpora, el historiador Felipe Pigna, el político Eduardo de Pedro y el genocida Jorge Rafael Videla.

El primero, “La verdadera edad de los países”, no parece tanto un cuento, sino una especie de artículo de prensa muy creativo. Desde su arranque tiene este tono y aborda así a los países, como si fueran los ciudadanos de un gran vecindario: “Francia es una separada de treinta y seis años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Es amante esporádica de Alemania, un camionero rico que está casado con Austria. Austria sabe que es cornuda, pero no le importa. Francia tiene un hijo, Mónaco, que tiene seis años y va camino de ser puto o bailarín, o las dos cosas”. La comparación se sostiene sin perder atractivo, pues los rasgos etarios de cada país se corresponden con el estereotipo más o menos conocido en cada caso.

Un gran cuento, este sí, por más que pueda ser o parecer una anécdota real, es “Un cajón secreto”. Cierto niño descubre en el cajón secreto de papá, entre otros tesoros, un lote de revistas porno europeas, que por cierto siempre tuvieron fama de ser muy poco estéticas. El protagonista hurta algunas y sobreviene una calamidad sobre la cual no adelanto nada, sólo que sus dos líneas finales son un palazo en la cabeza. O en el corazón, mejor dicho.

De “Messi es un perro” casi no se puede admitir que sea un cuento. En todo caso es un relato que parece más una crónica, un recorte de vida real. En este caso, alguien que admira a Messi lo compara con un perro porque tiene la fijación del balón como la vio en su perro con una esponja. Es un elogio de Messi con algunos ingredientes narrativos, entre ficticios y no.

En “¿Me agregás como amiga?” cuenta la aparición de Candela en Facebook. Candela dialoga con ella misma ya grande, es arquitecta y bonita. Revela lo poco que nos queremos cuando somos niños. Es un cuento, como algunos más en este libro, de tono juvenil, sencillos en su estructura y en su planteo de las situaciones.

“Borges, desde el tablón” es un elogio de Borges con una mirada de hincha o barrabrava. La pasión por Borges tiene sus reglas, desdeña la pasión por Bioy, pasa por alto su vida sexual y en secreto se dice que es el mejor escritor de lengua castellana.

Es “Finlandia” el mejor cuento-cuento del conjunto al menos entre los seis primeros. Un tipo disfruta el rato en una fiesta familiar en Mercedes, tiene un pendiente, pide un carro prestado y al dar reversa siente que golpea algo. Piensa que apachurró a una ahijada de tres años, ve que sus familiares corren a ver qué sonó y en esos diez segundos pasa el pasado y sobre todo el futuro del personaje, la desdicha definitiva que se le viene encima. Es un relato que pinta una verdad: que todos colgamos de un incidente, de una desgracia fortuita que puede destruirnos, convertirnos en víctimas o victimarios. Es un gran cuento, lleno de ese ingrediente que llamamos destino o suerte: “Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pimpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar”.

Hay piezas que parecen relatos con algo de ensayo. “Los dos Rulfos” no es un cuento en estricto sentido, sino la exposición de una historia planteada como realidad aunque también puede ser ficticia. Tiene de cuento lo narrativo, pero más bien parece el relato de una anécdota familiar que desemboca en una especie de teoría que dentro del relato el autor-personaje denomina “anécdota aumentada”.

Todavía más autobiográfico se siente “Bienvenido al club”. Se dirá que podemos leerlo como ficción, pero los datos que suministra casi no permiten esta recepción. Es como un trozo de memoria, el resumen de la condición del autor como hincha de Racing. Todos, desde su bisabuelo a su padre, lo fueron y vieron al equipo salir campeón más de una vez. Él, Casciari en primera persona, confiesa que no le gustaba vivir con esos recuerdos prestados, hasta que se hizo la luz y Racing se coronó, lo que permitió al autor pertenecer, ahora sí de lleno, al club de sus antecesores.

“Un belga en casa”, como todos o casi todos los textos que componen este libro, tiene marcado aire autoficcional. El protagonista-autor recibe en casa al ilustrador de una revista, un dibujante belga que recogerá gráficamente la vida del escritor. Lo atiende tres días seguidos y como hablan dos idiomas distintos no se comunican. En silencio desahogan su trabajo, entre la extrañeza y la obligación de convivir hasta que al final, un poco repentinamente, el consumo de mate sirve como nexo cultural.

Más allá de su verdad empírica, un bello cuento es “Las dos promesas”. Por culpa de la Segunda Guerra, en 1943, Américo Bertotti llega a Argentina. Tiene catorce años y jura ante su madre que nunca romperá su esencia milanesa. Ya en Buenos Aires, joven y empobrecido, le cortan el pelo gratis a condición, dice el barbero, de que acepte jurar fidelidad eterna al club Boca Jr. Pasan los años, envejece y un día juegan Milán-Boca. El viejo ve el partido con la disyuntiva de que deberá traicionar a alguno de los dos.

“Las caras en los sueños” es una reflexión poética sobre las caras que aparecen mientras dormimos. El narrador llega a una conclusión: la inquietud de ser soñado por alguien detestable. Es una especie de artículo.

El último de la tanda en 12 cuentos mercedinos, “10.6 segundos”, es una especie de crónica del segundo tanto de Maradona a los ingleses en el Azteca. Tiene como peculiaridad su estructura tripartita. Narra el gol segundo tras segundo, pero a medida que avanza tiende puentes en el tiempo hacia adelante y hacia atrás. Lo hace en función de los protagonistas más visibles de la jugada. De cada uno, incluido el árbitro tunecino, describe pasado y futuro, como si los once segundos de Maradona con el balón fueran una especie de bisagra, un parteaguas en cada una de aquellas vidas. Ninguno imaginó que esa jugada, contada al final con un efecto anafórico que homenajea a Borges viendo el Aleph, les cambiaría las vidas para bien y para mal.

Salvo por el hecho cierto de que varios cuentos de este libro no son cuentos en estricto sentido, se trata de relatos siempre emotivos, sostenidos en una prosa sencilla, llena de gratos aciertos en la observación de la condición humana. Esto importa más, claro, que insistir en la naturaleza genérica de cada pieza aunque el título nos anuncie claramente “cuentos”, cuentos que en varios casos no lo son, sino crónicas o girones de memoria personal, incluso, si lo pensamos bien, artículos, todo sumado en un libro que además de bien escrito ha sido armado en una edición vistosa, munida de numerosas ilustraciones a color. Lo único que no venía al caso en la edición son las notas de glosario al pie de página. Explicar qué es “jerga” y qué es “amague”, entre otras, está de más, pues hoy se pueden consultar en donde sea.


miércoles, diciembre 21, 2022

Tremendo Mundial








Creo que no esperábamos mucho del Mundial 2022, y la sorpresa fue que nos sorprendió. Pese a los intereses económicos en juego y la idea de que esto mancha la pureza del deporte, lo cierto es que se trató de un torneo estupendo en lo futbolístico, una muestra de que en el planeta no hay espectáculo con mayor magnetismo que el futbol. Para mí, que soy un irremediable adicto a esta manifestación de la cultura humana, no hay duda ahora de que se trató de un Mundial increíble.

Lo fue desde el principio, con los tropiezos de Alemania y Argentina. Poco a poco veríamos que se trataba de un Mundial atípico no sólo por celebrarse en noviembre-diciembre, sino porque algunas selecciones, como las de Japón y Marruecos, pegaron un salto de calidad notable. En cuanto a México, soy de la idea de que su empate en el primer partido contra Polonia fue la causa principal de su tropiezo. Era un partido ganable, casi la única oportunidad de pasar a la siguiente ronda, y se desperdició. Luego nos topamos con una Argentina en apuros, urgida del triunfo, y hasta el final, contra Arabia Saudita, se levantó un poco la esperanza azteca, pero era tarde: el fracaso ya estaba cocinado.

Hubo partidos extraordinarios, y el de la final, que parecía resolverse de manera un tanto anodina, terminó siendo una batalla de golpe contra golpe, memorable, el escenario perfecto para la consagración definitiva de Messi y la elevación de Mbappé a la categoría de sucesor en el trono del mejor jugador mundial. Vaya partido. Hubo detalles —como el primer penal, muy dudoso, a favor a Argentina—, pero es un hecho que los sudamericanos dominaron todo el primer tiempo y buena parte del segundo. Fue hasta bien entrado el lapso complementario cuando apareció Francia en la figura de Mbappé, y allí el partido adquirió una coloratura que puedo calificar como épica si no fuera porque este adjetivo hoy es sinónimo de cualquier cosa, incluso de lo nada épico.

El debate sobre Messi contra Maradona y Pelé o, más acá, contra Cristiano Ronaldo, me parece insustancial, como escribí hace algunos años. ¿Es ya el mejor de la historia? Vi a Maradona y no dejo de pensar que el mejor fue él, pero, al menos para mí, da igual a esas alturas, pues la calidad es enorme e inmensurable. Ahora, como ocurre desde hace años, disfruté el esplendor de Messi, la fluidez de su juego, su pasmosa eficacia. No recordé a Maradona o a Pelé, y me dejé seducir por el genio rosarino. Celebro pues que sea campeón, haber visto su llegada a la cumbre, pues la copa del mundo era lo único que faltaba en sus abarrotadas vitrinas.

Un gran Mundial, en suma. Argentina supo conseguir el campeonato con futbol y agallas, y a esperar ahora otros cuatro años para volver a la maravilla del futbol expresado con la calidad y la pasión desplegadas en Catar: las máximas.

miércoles, abril 12, 2017

Del juego colectivo















Desde hace pocos y orgullosos años, casi diez, gozo la amistad de Alejandro Dolina. Es una amistad distante, pues el Negro, como le dicen, vive en Buenos Aires, donde es un tipo apabullantemente famoso por varias razones: un programa radiofónico nacional ya mítico, entrevistas a pasto en radio y en televisión, alguna aparición en teatro y, no puede faltar en esta lista, varios libros que han corrido con merecida buena suerte. Decía que es una amistad distante en el aspecto geográfico, pero no por ello en el afectivo. Respeto, admiro y quiero a Dolina, y creo no equivocarme si digo que él me estima bien, que soy quizá su amigo mexicano más próximo.
Opinador lúcido y lúdico de todo, para observar sabe colocarse sin falta en un mirador que no por diferente es excéntrico. Siempre que lo escucho, siempre que lo leo, tengo la incómoda impresión de que lo comentado por él estaba allí, a la mano de quien fuera, incluido yo, pero que a nadie se le ocurrió reflexionarlo de esa forma. Es como si el Negro pensara siempre por un camino lateral al que recorre la mayoría, pero no necesariamente remoto. Por eso, cuando aquí y allá me topo con alguna de sus ideas, digo inevitablemente “caray, eso debí pensarlo yo, es tan evidente y lógico”.
Este sentimiento lo experimenté cuando leí, hace ya más de diez años, un relato suyo algo conocido. Lleva por título “Instrucciones para elegir en un picado de futbol” (“picado” es en Argentina lo que para nosotros es “pica”, “cascarita”). Es un texto brevísimo y conmovedor, pues en una baldosa nos gambetea para encaminarnos hacia la reflexión de asuntos trascendentes: la amistad, el trabajo colectivo, el destino, la solidaridad, el triunfo, la derrota. Lo recordé y lo cito porque siento que es harto jodido lo que está pasando ahora: los vientos de la educación exitista que soplan en el mundo nos han convencido de que no hay nada más allá, o más acá, de la victoria, que ganar es lo único que existe, que quien pierde no merece ningún respeto. Bien mirado, no está mal desear el triunfo, pero tampoco está mal saber perder, aprender a asimilar las derrotas como parte inherente, querámoslo o no, de la vida.
Las derrotas suelen ser frecuentes cuando trabajamos solos y quizá lo son más cuando tratamos de conseguir el triunfo en un equipo donde es necesario armonizar estados de ánimo y talentos. Lo comento de nuevo por el caso Messi. ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que pasaría si él hubiera sido tenista o boxeador? ¿Habría alguien que pudiera ganarle? Pero no, es futbolista, trabaja en conjunto con otros, y jamás podremos medir qué tanto exactamente le pertenece en las derrotas y en los triunfos.
Por esta razón me regresó a la mente el relato de Dolina. Recordé con claridad que el futbol no es una actividad que practicamos solos, y que en la victoria y en el fracaso debe haber ganancias o pérdidas compartidas, y encima de ellas, si se puede, respeto indefectible por el compañero. Este es el texto del Negro. Díganme si no es verdad lo que contiene:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. 
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. 
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

lunes, junio 27, 2016

La Pulga en el buffet













Cuando estoy frente a un buffet —llamado “tenedor libre” por los argentinos— suelo probar lo que más me gusta. Esta elección no significa que los otros platillos no me agraden, y dado que mi espectro gastronómico es amplio pudiera probarlos con total placer si mis favoritos no estuvieran en el menú. Me pasa lo mismo con otras tantas cercanías: en literatura leo y releo a los autores que me gustan más, pero no desdeño a muchos otros que también, por supuesto, me traen momentos de placer estético. En cuanto a los amigos, tengo, como cualquier persona, favoritos, tipos con los que converso más a mis anchas sobre temas que nos son comunes. Y así en todo: el hecho de que uno prefiera algo no significa que menosprecie lo demás.
En futbol es lo mismo. Confieso desde ya que mi favorito es Maradona, qué él estuvo y seguramente estará por encima de todos dentro de la cancha (reitero: dentro de la cancha). Elegir a Maradona como el Everest no me ha impedido ser feliz frente a otras cumbres. Hoy, gracias a YouTube, he pasado revista a otros muchos monstruos del balón, de manera que a cada cual le profeso una suerte de boquiabierto estupor cada vez que veo sus jugadas y sus goles. ¿Quiénes son esos Aconcaguas, esos Kilimanjaros, esos Chimborazos, esos Fujis? Son muchos, como Pelé, Cruyff, Platini, Romario, Ronaldo, Recoba, Hugo Sánchez, el Mágico González, Van Basten, Raúl, Butragueño, Riquelme, Ronaldinho, Palermo, Batistuta, Valderrama, Zamorano, el Cuau, Zidane, Cristiano Ronaldo… Ellos y varios más jugaron en un voltaje muy distinto al convencional, y por eso merecen el recuerdo.
No menciono adrede a Messi porque en él deseo detenerme. ¿Hacerlo menos porque no ha ganado un campeonato con su selección? No. Ni tantitito muevo a Messi del lugar que le corresponde: apenas uno o dos metros debajo del pico en el que Maradona clavó su bandera.  No voy a discutir, pues, lo obvio: que Messi no es Diego, pero tampoco voy a incurrir en la ceguera de no admirarlo por dos o tres circunstancias de su juego con la selección. He visto que es, siempre y en casi todos los partidos, un jugador distinto, pleno de talento, veloz, resistente a las patadas y siempre abordado por al menos dos o tres rivales decididos a sacarle el balón a como dé lugar, como se ve en la foto que adereza este post.
Maradona fue un monstruo en la cancha y además estuvo muy bien acompañado en la hora decisiva. Si no, pregunto: ¿qué hubiera pasado si Valdano y Burruchaga desaprovechan los pases que los dejaron solos frente al portero alemán en la final de México 86? ¿No ocurrió eso con Higuaín y Agüero, que desaprovecharon sus oportunidades, en la final contra Chile? En efecto, se puede tener un líder, un jugador distinto, pero si los compañeros no anotan las opciones claras, el triunfo se carga para otro lado.
Sin restar méritos a Chile, que sin duda fue el mejor equipo —ojo: equipo— de las dos copas América más recientes, en ningún caso le ha ganado a la selección Argentina en tiempo reglamentario. Los penales, lo sabemos, son una moneda al aire, tanto que ahora nadie recuerda que Vidal falló y poco pensamos en el tiro errado por Lucas Biglia. Sólo recordamos el yerro de Messi como si de él dependiera todo, y no de todo el equipo.
Gane o no gane un campeonato con su selección, admiro a Messi. Jugadores de su categoría no se producen en serie, así que jamás voy a privarme de sus goles, de sus pases, de  sus gambetas ni de su enorme, enorme y rarísima humildad dentro y fuera de la cancha. Larga vida a jugadores como él.

martes, octubre 30, 2012

Diego desde el centro de Diego




















Hace poco más de diez años publiqué en un fugaz periódico universitario de La Laguna este apunte sobre el libro Yo soy el Diego. Luego lo reproduje en otros dos lugares, pero no está en este blog. Hoy lo subo porque de momento no tengo nada para piropear a uno de los personajes que más grande y frecuente alegría me producen: Maradona, quien hoy cumple 52 años. Sé que es enfermizo el rollo de gastar, cada mes, cada mes y medio, una hora de tiempo viendo videos en You Tube con jugadas, goles, entrenamientos y más donde este cabrón enano me aproxima a la poesía escrita con futbol. No entro en debates sobre Pelé, Cruyff, Messi, Ronaldo y todos los demás. Para qué hacerlo, pues admirar a Maradona no excluye en mí otras sinceras admiraciones. Pero por una cuestión de gusto, de química o de lo que sea, Diego es para quien esto escribe el grado máximo al que se puede llegar en materia de futbol, y eso ya nadie me lo saca del corazón. Va pues la vieja reseñita:

Diego desde el centro de Diego
Una vieja costumbre del mundo es la de buscar al número uno de tal o cual actividad. En el deporte, Michael Jordan es, por unanimidad, el mero mero del basquetbol; Babe Ruth lo es del beisbol; Mohamad Alí del box, Sergei Bubka del salto con garrocha, Javier Sotomayor del salto de altura y Francisco Pipín Ferrara del buceo; en otros casos, hay división de pareceres: Bjorn Borg tal vez lo sea del tenis, Carl Lewis del atletismo, Emerson Fittipaldi del automovilismo. Por supuesto, otras áreas del quehacer humano también tienen a sus insuperables: nadie puede igualar a Gandhi como paradigma de pacifismo, así como nadie se equipara a Hitler como estandarte de la barbarie política. El mundo se entretiene buscando al hombre más representativo en cada actividad.
Con el futbol, el deporte más popular inventado por la humanidad, los juicios se bifurcan. Para un sector de la tribuna universal, Pelé es sin asomo de titubeo el máximo exponente; brasileño que hacía magia con el balón, Pelé anotó chorrocientos mil goles, ganó campeonatos del mundo y se convirtió durante algunos años en el indiscutible icono del balompié. Pero a finales de los setenta llegó Maradona y, con ello, el soccer mundial comenzó a dudar de la supremacía establecida por Edson Arantes. Muchos —este reseñista se cuenta entre ellos— dieron su juicio a torcer por Diego Armando y hasta la fecha se mantienen firmes en la opinión que postula al Pelusa de Villa Fiorito como el número uno del futbol.
Yo soy el Diego es la autobiografía de Maradona (Buenos Aires, 1960) recientemente publicada. En ella, el argentino describe con minucia, paso tras paso, su accidentada y maravillosa trayectoria como jugador activo. El Pelusa condensa en este libro sus primeros cuarenta años de vida, su nacimiento en Villa Fiorito —arrabal que vio sus gambetas inaugurales—, su paso por los Cebollitas, su llegada al Argentinos Junior, su pase al Boca, su arribo al Barcelona, su noticiosa lesión, su traspaso al Napoli, su campeonato del mundo, su regreso a Buenos Aires, su fugaz presencia en el Sevilla, su retiro y en medio de todo ese ajetreo las entrevistas, los infundios, las zancadillas, el aplauso cerrado, los millones de dólares, la sordidez de las drogas, el amor por sus hijas, su afección cardiaca, su recuperación en Cuba, su admiración por los barbudos de la Sierra Maestra, su tremenda, su imantada personalidad dentro y fuera de las canchas.
Aderezado con una discreta cuota de fotografías, Yo soy el Diego es un espléndido recorrido por los escondrijos de la fama. Escrito con prosa limpia pero que a veces se excede en argentinismos futboleros, este libro divierte, emociona y conmueve, pues en el centro del escenario no vemos al ídolo de las gramillas, sino al indefenso ser humano que fue, que es Maradona, un pibe que de Villa Fiorito, un barrio miserable como tantos en América Latina, saltó a la conquista del mundo con esas piernas cortas e inusitadas que fueron capaces de todo, porque cuando Maradona se calzaba unos tacos y tenía un balón enfrente, todo, absolutamente todo era posible. El gol contra Inglaterra en México 86 obvia cualquier elogio adicional.
Apoyado en dos muletas, los periodistas Ernesto Chelquis Bialo, de Uruguay, y Daniel Arcucci, de Argentina, Maradona dibuja en Yo soy el Diego, su entrecomillable “autobiografía”, el perfil de un joven que desde el misérrimo arrabal subió a lo más alto, que luego descendió a los infiernos de la cocaína y que ahora, con madurez y entereza, nos cuenta qué se siente tocar esos extremos.

Yo soy el Diego, Diego Maradona, Ernesto Chelquis Bialo, Daniel Arcucci, Planeta, Buenos Aires, 2000, 319 pp.