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lunes, junio 26, 2023

Argentina 2023

 







Fueron días algo vertiginosos y cansados, pero muy gratos porque mezclaron trabajo, amistad, literatura y gastronomía. Luego del viaje a Saltillo donde el domingo 7 de mayo participé en la Feria Internacional del Libro de Coahuila con la presentación de “Leyenda Morgan” (UANL, segunda edición, 2023), el jueves 11 de mayo salimos muy temprano Maribel y yo hacia Buenos Aires. Los vuelos Torreón-Ciudad de México-Buenos Aires fueron perfectos, y el mismo día 11 aterrizamos en el aeropuerto de Ezeiza a las 10 de la noche. Paramos en un departamento casi aledaño a la avenida Corrientes esquina con Julián Álvarez, digamos que en el rumbo de Villa Crespo, cerca de la avenida Raúl Scalabrini Ortiz, el entorno donde nació el poeta Juan Gelman. Salvo por alguna lluvia esporádica, el clima que nos acompañó fue inmejorable durante toda la estancia, tanto que no demandó abrigo pesado, que por las dudas sí llevamos. Fue mi séptimo viaje a la Argentina y el primero para Maribel, así que ella compartió ahora conmigo toda la experiencia tantas veces contada en nostálgicas sobremesas de Torreón. Cargué con mi laptop para el trabajo en casa, el famoso home office que aprendimos a manejar durante la pandemia, así que los desayunos y las comidas se desahogaban en el espacio fijo que elegimos como radicación temporal, lo que significó un ahorro notable. Ya en la tarde venían los encuentros y los compromisos. El mismísimo viernes 12 a las seis de la tarde hicimos nuestra única incursión a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En el pabellón chileno era presentada “Una antología insumisa” de mi amiga Pía Barros, y allí saludé a sus paisanos chilenos Diego Muñoz Valenzuela y Paulina Bermúdez Valdebenito, y a los amigos argentinos Sandra Bianchi, Laura Nicastro, Juan Romagniolli, Leandro Hidalgo, Martín Gardella, Raúl Brasca y Fabián Vique. El sábado lo reservamos para participar en el festejo por el decimoquinto aniversario de Macedonia Ediciones, emprendimiento editorial encabezado por Vique y José Luis Bulacio. La ceremonia fue larga, de cuatro horas, y se dio en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. Entre emotivas mesas de lectura, performances teatrales, música, vino, empanadas y torta (lo que nosotros llamamos “pastel”), transcurrió aquella jornada plena de literatura y camaradería en la que tuve el gusto de participar en una mesa de microficción. Entre otros amigos, allí reencontramos a Carlos Dariel, Norah Lorenzo, Jorge Figueroa, Nanim Rekacz, Viviana Abnur y Andrea Burucua, y conocimos a Claudia Cortalezzi, Patricia Dagatti, a la cantautora Myriam Belfer y al escritor peruano Ary Malaver; en otra oportunidad saludaría también allí a Javier Ramponelli y al poeta Carlos Norberto Carbone. Al final, ya en la cena, rematamos en el restaurante Recoleta de Haedo con unas pizzas y otros platos espectaculares.

Los días siguieron avanzando con una rutina semejante a la ya descrita: trabajo de revisión de textos en la mañana, y en las tardes y noches encuentros con los amigos y la gastronomía porteña. Cuando no hubo encuentros vespertinos, llevé a Maribel a conocer algunos puntos indefectibles: la Avenida de Mayo, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, la peatonal Florida, la avenida 9 de Julio, el obelisco, el café Tortoni, la Mafalda de San Telmo, la plaza del Congreso… Pude conversar dos tardes (ambas en el café La Ópera) con el gran escritor Enrique Medina, quien a su vez me presentó al ensayista Antonio Las Heras; saludamos a mi paisano lagunero José Juan Zapata y a Jéssica, su esposa regiomontana; vimos en su programa de radio-teatro a Alejandro Dolina, con quien cenamos en el restaurante Babieca de la avenida Santa Fe. También cenamos y charlamos amplia y muy afectuosamente en el fabuloso restaurante temático Perón-Perón con Giselle Aronson y Fernando Veríssimo, y una tarde merendamos en la cafetería Imperio con el periodista Eduardo Anguita, quien luego me entrevistó en su programa de Radio Nacional. En ese mismo lugar, pero otra tarde, nos vimos con el escritor Fernando Sorrentino y Alicia, su esposa. En el restaurante-librería Casa Tinta cenamos con Sandra Bianchi y su pareja, el periodista Rodolfo Chisleanschi. Las tardes y las noches estuvieron llenas de actividad, como el partido de futbol que vimos un lunes por la noche porque nos quedaba a cuatro cuadras: un choque entre Atlanta contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy en el estadio Don León Kolbowski, sede de Atlanta, donde Maribel, gracias a un joven vecino de asiento, probó por primera vez el mate. Un domingo tuvimos asado en casa de Andrea Burucua, y fue Javier, su pareja, quien controló la parrilla que disfrutamos Hugo Alejandro Gómez, Dariel, Figueroa, Bulacio, Vique, Andrea (amiga de la Andrea anfitriona), Manuel (hijo de Andrea), Maribel y yo. Una tarde lluviosa conversé en el Big Joe con mi amigo Mario Berardi, también escritor, e intercambiamos libros como si fueran banderines. A quienes han colaborado en Acequias, revista de la Ibero Torreón, les di el ejemplar de papel correspondiente y mi reiterada gratitud a nombre de la Ibero Torreón. El 23 de mayo, día de mi cumpleaños, me entrevistaron en la estación Radio Cultura de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) para el programa “El país y sus escritores”, conducido por Edgardo Muller, esto en el rumbo más pirrurris de Recoleta. Y otra tarde, ésta de ventisca, saludamos en la cafetería La Giralda al gran periodista y narrador Ricardo Ragendorfer, a quien no conocíamos. Una noche volvíamos ya algo tarde al departamento y nos topamos en la calle Loyola con un establecimiento (El furor de Villa Crespo que guarda el recuerdo del maestro Osvaldo Pugliese) de donde emergían notas de tango; con curiosidad entramos y vimos bailar un rato a las parejas hipnotizadas e hipnotizantes por culpa de aquel endiablado ritmo. La única actividad mañanera que tuvimos se dio el jueves 25, cuando por instancias de Alejandro Dolina asistimos a una entrevista de radio que me hicieron en el programa La Mañana, con Víctor Hugo Morales, periodista que todos los futboleros no pueden no conocer pues fue él quien relató para la eternidad el segundo gol de Maradona a los ingleses en 1986, donde bautizó a Diego como “barrilete cósmico” (el barrilete es lo que nosotros conocemos como “papalote”). El mismo 25 en la tarde asistimos al festejo del día patrio en la Plaza de Mayo, donde la oradora fue Cristina Fernández de Kirchner, vicepresidenta argentina. En medio de estas actividades se dio el curso sobre literatura mexicana que compartí por allá, la presentación de mi libro “Entre las teclas”, en edición argentina, y un viaje a Tigre, ciudad turística bellísima a la que el domingo 28 de mayo nos condujeron Fabián y Adriana. Cuando llegó la noche anterior a nuestro regreso todavía le sacamos jugo al recorrido: Laura Nicastro y Quique Ruslender, su esposo, nos invitaron a disfrutar un asado en su departamento, del cual salí además con un jersey de Chacarita Jr., regalo de Quique, acaso el hincha número uno de los Funebreros.

¿Algo se me pasa en esta apretadísima y meramente enumerativa crónica? Mucho, todo lo inefable, como el sabor de los vinos o de mis amadas chocotortas con café, como la impagable amistad de tantos amigos y el hecho simple, elemental, de ser, de existir junto a la mujer que amo.


sábado, febrero 26, 2022

Cuento instructivo

 








Como otros géneros, el cuento puede llegar a no parecer cuento, sino un objeto muy distinto. De hecho, su catadura llega a tocar extremos harto atrevidos, casi colindantes con el no-cuento. Uno de los casos más radicales que conozco es “Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight” (El libro del fantasma, 1999), de Alejandro Dolina. Se ubica tan a la orilla del espectro cuentístico que casi casi no lo es, aunque si lo observamos con detenimiento tiene rasgos que participan del texto breve narrativo. De hecho, supone tres formas de escritura, de ahí la dificultad que plantea para definirlo: la presencia de un personaje que habla en primera persona lo hace narrativo; la reflexión del personaje tiene algo de ensayístico y, por último, ofrece líneas vinculadas al género de escritura que podemos denominar “instructivo de producto comercial”, si es que esto existe. Veamos.

El texto no ha sido organizado en párrafos, sino mediante una numeración en incisos, como la acostumbrada en los instructivos. El primer y el segundo ítems cumplen cabalmente con la regla de este género, es decir, dan indicaciones:

1) Busque la flecha indicadora.

2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda”.

Lo peculiar ocurre en el tercer ítem, sitio donde irrumpe la anomalía:

3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades”.

A partir de este momento el instructivo pasa a ser un foro de expresión donde el redactor se comunica con sus lectores para alcanzar un propósito que desborda la frivolidad a la que estaba destinado, es decir, aleccionar sobre la apertura de un paquete. Para no alterar al lector potencial, el redactor del instructivo seguirá ofreciendo recomendaciones técnicas, pero en medio de ellas acometerá el objetivo de pensar en un asunto trascendente, vinculado con la subjetividad del ser humano. En síntesis, hará una veloz crítica del optimismo que solemos hallar en las mafufadas de la autoayuda. Para el redactor del instructivo, la alegría de oreja a oreja, la felicidad como dogma, es una falacia y por ello desea su demolición:

7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal”.

Por supuesto, no diré en qué concluye la lista. Sólo añado que estas “Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight” (de fácil consecución en internet) constituyen un texto asombroso por su originalidad, por su gracia y porque a fin de cuentas tiene sobrada razón en su repudio a los “sofistas risueños”.

Para mayor comodidad de mi esporádico lector, dejo inmediatamente aquí las:

“Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight”

Alejandro Dolina

Trabajo realizado por Manuel Mandeb por encargo de la agencia de publicidad Vivencia.

1) Busque la flecha indicadora.

2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda.

3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades.

4) Los vendedores de elixir nos convidan todos los días a olvidar las penas y mantener jubiloso el ánimo. El Pensamiento Oficial del Mundo ha decidido que una persona alegre es preferible a una triste.

5) La medicina aconseja cosmovisiones optimistas por creerlas más saludables. Al parecer, la verdad perjudica la función hepática.

6) Viene gente. Siga la línea de puntos en la dirección indicada por la flecha.

7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal.

8) Conversar acerca de estos asuntos es considerado de la peor educación. Los comerciantes se escandalizan, las personas optimistas huyen despavoridas, los maximalistas declaran que la angustia ante la muerte es un entretenimiento burgués y los escritores comprometidos gritan que la preocupación metafísica es literatura de evasión. Al respecto, mientras le recomiendo que no deje el paquete de jabón al alcance de los niños, le juro que todo lo que se escribe es de evasión, menos la metafísica: las noticias políticas, los libros de sociología, los horarios del ferrocarril, los estudios sobre las reservas de petróleo, no hacen más que apartarnos del tema central, que es la muerte.

9) Calcule 100 gr. de jabón por cada kilo de ropa sucia.

10) Cuánto más inteligente, profunda y sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza. Por eso, las exhortaciones a la alegría suelen proponer la interrupción del pensamiento: “es mejor no pensar...”. Casi todos los aparatos y artificios que el hombre ha inventado para producir alegría suspenden toda reflexión: la pirotecnia, la música bailable, las cantinas de la Boca, el metegol, los concursos de la televisión, las kermeses.

11) Separe la ropa blanca de la ropa de color. Y entienda que la tristeza tiene más fuerza que la alegría: un hombre recibe dos noticias, una buena y una mala. Supongamos que ha acertado en la quiniela y que ha muerto su hermana. Si el hombre no es un canalla, prevalecerá la tristeza. El premio no lo consolará de la desgracia. Byron decía que el recuerdo de una dicha pasada es triste, mientras que el recuerdo de un pesar sigue siendo pesaroso.

12) No mezcle este jabón con otros productos y no haga caso de los sofistas risueños. Tarde o temprano alguien le dirá: Si un problema tiene solución, no vale la pena preocuparse. Y si no la tiene, ¿qué se gana con la preocupación?. Confunde esta gente las arduas cuestiones de la vida con las palabras cruzadas. La soledad, la angustia, el desencuentro y la injusticia no son problemas sino tragedias, y no es que uno se preocupe sino que se desespera.

Lloraba Solón la muerte de su hijo.

Un amigo se acerca y le dice:

—¿Por qué lloras, si sabes que es inútil?

—Por eso —contestó Solón—, porque sé que es inútil.

13) No está tan mal ser triste, señora. El que se entristece se humilla, se rebaja, abandona el orgullo. Quien está triste de ensimisma, piensa. La tristeza es hija y madre de la meditación. Participe del concurso “Vacaciones Sunlight” enviando este cupón por correo.

14) Ahora que se fue el jabonero, aprovecharé para confesarle que suelo elegir a mis amigos entre la gente triste. Y no vaya a creer el ama de casa Sunlight que nuestras reuniones consisten en charlas lacrimógenas. Nada de eso: concurrimos a bailongos atorrantes, amanecemos en lugares desconocidos, cantamos canciones puercas, nos enamoramos de mujeres desvergonzadas que revolean el escote y hacemos sonar los timbres de las casas para luego darnos a la fuga. Los muchachos tristes nos reímos mucho, le aseguro. Pero eso sí: a veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa atención, muchachos, que no me he olvidado de nada.

NOTA: Las instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight fueron rechazadas.

miércoles, abril 08, 2020

Calle o libro




















No escasean los artistas, y entre ellos los escritores, acostumbrados a vivir en una especie de competencia para demostrar que son los chicos más malos del barrio, que si algo les sobra es exactamente calle. Su obsesión por hacerse los que ya vienen de regreso de todo es tanta que en cualquier conversación no hay para ellos realidad del inframundo cuyos pliegues desconozcan. Todo lo que de nefasto hay en la vida ya lo gozaron/padecieron, y nadie puede enseñarles nada. Conocí a uno, baste este triste ejemplo, a quien le noté un tic automático: bastaba que en las charlas alguien hablara de su encuentro con alguna mujer ocasional para que aquél asegurara haber fornicado con media zona de tolerancia, o que cualquiera hablara de su primera experiencia con la mariguana para que aquél lo masacrara con la certeza de ser cliente distinguido del cártel de Sinaloa. Una vez, recuerdo, dije que me gustaba la lucha libre y pronto me dejó caer encima su amistad con todos los luchadores del país, desde Gory Guerrero a la fecha. Era invencible y envidiable, casi un burócrata de la vida raspa, y junto a él uno parecía tener menos calle que Venecia.

Ahora, en el enclaustramiento de los días presentes, he repensado en la disyuntiva calle o libro. No me parece ilógica la reaparición de tal águila o sol, pues si de algo carecemos en este momento es de la posibilidad de vagabundear, de absorber vida y lograr algo de desaburrimiento en la calle, así que, en el mejor de los casos, estamos condenados a la experiencia vicaria de los libros y las películas.

Alejandro Dolina alguna vez fue interrogado sobre el tema en una de las incontables entrevistas en las que es posible escucharlo vía internet. Pusieron el asunto en la mesa y esgrimió su opoción por las universidades; lo enseñado en la calle se aprende en media hora, dijo. Yo añadiría que no sólo el conocimiento callejero es generalmente fácil de asir, sino que además obtenerlo es casi inevitable. Con salir de casa, así sea a la esquina con los amigotes, uno comienza a dominar el arte de escupir con puntería o de eructar o de poner apodos, mientras que el otro, el planteado por las aulas y los libros, demanda un esfuerzo más terco y hasta cierta sistematización del proceso.

En mi caso no elegí la calle porque cuando la atravesé fue sin querer y sin saber que sus guiños me iban a servir para escribir ciertos textos, algunos en cuyas tramas desfilan personajes y atmósferas no necesariamente vinculadas a la vida académica o literaria. La calle me fue dada, en suma, gratis. A los libros y a las aulas accedí de otra manera, luchando primero con timidez, luego con un poco de mayor seguridad y al final, hoy, con un gusto que casi parece natural aunque se trata de un constructo basado en el autodidactismo. Así entonces, entre los libros y la calle resuelvo de manera simple: prefiero ambos.

miércoles, julio 11, 2018

Querencia de Dolina




















Hace tres años fui invitado a colaborar con un breve texto en el libro conmemorativo del programa de radio La venganza será terrible conducido por Alejandro Dolina. Mi texto fue incluido y el libro circula desde el año pasado. El libro lleva como título, no podría ser de otra manera, La venganza será terrible. 30 años (Planeta Argentina, Buenos Aires, 496 pp.). Comparto la opinión que ofrecí y aparece en la página 418:

Nací y vivo en el norte de México y descubrí a Dolina en 2002 o 2003, cuando al vagabundear por la red me topé con algunas piezas de Crónicas del Ángel Gris. Fue un amor a primera lectura, un flechazo implacable a la mente y el corazón. Al indagar sobre el autor de aquellos textos supe que hacia 1944 había nacido en Baigorrita, en el partido de General Viamonte y todo eso que al final no dice nada o dice muy poco, pues Dolina jamás cabrá entero en la helada descripción de una solapa. Descubrí, sí, un dato interesante: para esos años ya tenía cerca de veinte como conductor de La venganza será terrible, así que busqué su voz. No había radio en vivo por internet, o la señal era pésima, pero gracias a no recuerdo qué sitio web encontré fragmentos del programa. El impacto fue poderoso: el tal Dolina improvisaba en La venganza con una mezcla hipnótica de erudición, humor, desenfado, compromiso con la inteligencia, fe en el arte y lujo verbal que de inmediato me provocó un debate íntimo: ¿a quién iba a preferir? ¿Al Dolina que escribía? ¿Al que hablaba en la radio? ¿Al que cantaba tangos? Resolví salomónicamente: preferiría a los tres.
Así, en mi segundo viaje a Buenos Aires caminé decidido por Corrientes hasta encontrar sus libros. Hallé dos, uno de ellos Bar del infierno, recién publicado. Fue el primero que leí completo, y recuerdo que en unas vacaciones de navidad escribí en El Paso, Texas, la elogiosa reseña que publiqué en mi columna mexicana. No sé cómo, Álex, hijo de Dolina, dio con ella en la red, la compartió con su padre y recibió de él la encomienda de enviarme un agradecimiento vía mail. Lo demás es una historia que ya he contado en otros espacios: he ido un par de veces a la emisión en vivo de La venganza, sigo oyendo el programa cada vez que puedo, he tomado café con Dolina en Baires y sé que gozo —y lo presumo— de su bienvenido afecto.
Ahora bien, entre las muchas que tiene, ¿cuál es la mayor virtud del poliédrico Dolina? No temo equivocarme al afirmar que es esto: el enfoque. Cualquiera que sea el tema, cualquiera que sea el desafío intelectual, el Negro sabe encararlo desde una vereda distinta a la que transita la mayoría. En esa terca originalidad de su mirada se basa la querencia de los miles que lo admiramos y el ya largo éxito de La venganza y de sus libros.

Comarca Lagunera, México, 15, agosto y 2015

lunes, noviembre 20, 2017

Sobre Matar a Borges de Francisco Cappellotti




















Matar a Borges de Francisco Cappellotti: ficción, realidad ficcionalizada y realidad en un policial

Jaime Muñoz Vargas

Resumen
Desde hace más de medio siglo la obra de Borges se ha convertido en asunto de interés periodístico y académico al grado de constituir un tema de estudio mundial. Inagotables son los ensayos, las entrevistas y las biografías provocados por su obra, lo que ha transformado a su autor en uno de los personajes más populares de nuestro tiempo, en “icono”. En su condición, precisamente, de personaje ya famoso lo encara Matar a Borges, novela de Francisco Cappellotti, quien apela a recursos borgesianos para articular un relato policial que tiene como protagonista al autor de “El Aleph”. La presente aproximación tiene como propósito develar la estrategia de cruzamiento entre ficción, realidad ficcionalizada y realidad a la que recurre la novela de Cappellotti en el marco del género negro.

La gravitación de Borges
Las literaturas nacionales de América Latina suelen tener santones cuya gravitación, para bien o para mal, no se desgasta fácilmente. En México podemos asegurar que este papel se lo disputan hoy, sin saberlo, Paz y Rulfo, así como en Perú no deja de pesar la pareja que conforman Vallejo y Vargas Llosa, tanto como en Colombia y Chile se destacan García Márquez y Neruda, respectivamente. En la Argentina, país, como los anteriores, productor de una literatura diversa y vigorosa, los nombres que mayor influencia han tenido pueden ser muchos, pero sin duda todos han sido eclipsados por la figura de Borges. Sábato y sobre todo Cortázar se le aproximaron, pero es ya un hecho que nadie en el último medio siglo ha influido y perdurado con mayor fuerza que Borges como mascarón de proa en la literatura argentina contemporánea.
Borges ha pasado pues a convertirse, más que en un escritor, en un icono. Sus creaciones son ya puntos obligados de visita en cualquier itinerario lector, y no son poco frecuentes las polémicas desatadas hoy sí y mañana también no tanto sobre la calidad de su obra literaria, a todas luces indiscutible, sino sobre sus desiguales posturas políticas visibles a partir de las mil y una declaraciones que le extrajo el periodismo cuando ya la fama pública lo atenazaba. Si damos por hecho esta relevancia, no es difícil imaginar entonces la repercusión que ha tenido en otros artistas —no sólo escritores— que lo han tomado como modelo, fuente de inspiración y personaje. Uno de ellos es Francisco Cappellotti, autor de la novela Matar a Borges (Planeta, 2012).
Cappellotti  nació en Sarandí, provincia de Buenos Aires, en 1980, y estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente es prosecretario de la Cámara de Apelaciones de la provincia de Tierra del Fuego, en el extremo sur argentino (donde se encuentra Ushuaia, el fin de América), y también es docente en derecho constitucional. Matar a Borges es su primer libro, y en los años recientes ha publicado también La isla rodante, novela en la que apela a la ciencia ficción para tratar el tema de las Malvinas. Matar a Borges es un reconocimiento, otro más, al icono en el que lúdicamente asoma un explícito freudianismo, como él mismo autor lo ha declarado:

La idea surgió en una charla sobre Borges con otros colegas. Ellos denostaban a Borges por ser complejo, anglosajón, frío, reaccionario, las diatribas comunes que le son dirigidas a él. Otro colega que más bien se encontraba de mi lado, les dijo: “Esto es como un complejo de Edipo, ustedes quieren matar a Borges para ser Borges”. Esa idea quedó latente en mi cabeza y entonces pensé quién podría tener verdaderas razones para matar Borges, porque no creía que aquellos detractores quisieran matarlo porque, incluso en su acérrima negación, lo estaban aceptando.1

Como puede verse, Borges es para Cappellotti una figura literariamente paterna, de suerte que negarlo una y otra vez, destacar sus errores o transformarlo en habitual motivo de controversia, no sirve para anularlo, sino más bien para afirmar que se trata del punto más alto de las letras argentinas y acaso de otras muchas letras. Todavía en vida Borges vivió de cerca la polémica, incontables intentos por minusvalorarlo, como ocurría ya desde el esplendor del peronismo, hacia 1950, aunque jamás fue mellado su poder de persuasión. Hace relativamente poco, por ejemplo, Alejandro Dolina, escritor argentino, fue entrevistado sobre el tema y su respuesta puede resumir el fervor por Borges, la idea general que suscita entre los argentinos que podrían malquererlo y sin embargo no lo hacen:

—Te voy a decir un nombre: Borges. (…)
—Borges ha sido el mejor de todos, de todos, de todos, y creo que hablar de él en relación con sus opiniones políticas, su manera de no entender el peronismo, su manera de no entender el tango, su manera de no entender el futbol, es perder el tiempo. Alguien me dice: “Usted es peronista, ¿cómo puede disfrutar a Borges? Bueno, soy peronista pero no estúpido. De manera que sí, directamente: creo que es el mejor.2

Tal personaje, el mejor escritor argentino de la historia, es el protagonista que debe ser asediado hasta morir en la novela de Francisco Cappellotti.

Policial de enigma
En las décadas recientes la mayor parte de los policiales argentinos, y podríamos decir que latinoamericanos, se han vinculado estrechamente con el relato duro, como si la realidad siempre convulsa, atravesada por incesantes hechos de sangre, pobreza, muerte y corrupción, fuera el único marco obligado para ubicar tales historias. Este hecho se debe a lo que ha destacado Mempo Giardinelli: la penetración determinante de la literatura norteamericana sobre la nuestra, particularmente en el género negro:

Muchos de los caracteres de la novelística norteamericana, si bien no se han “reproducido” en Latinoamérica, si se han reflejado —y se reflejan— en formas propias. Casi no hay novela policial latinoamericana que no aborde aunque sea tangencialmente las formas propias de racismo, violencia y desesperanza. No podría afirmarse que lo abordan “debido” a la influencia norteamericana, pero sí que el tratamiento norteamericano de esos caracteres.3

Poco espacio ha quedado entonces para las obras de este género que se plantean como enigmas, como juegos intelectuales ajenos a la realidad inmediata caracterizada por la turbulencia social. Matar a Borges, aunque en algún punto tiene un tenue componente político, es un relato construido como ejercicio a la manera de Conan Doyle, Chesterton o Christie. Aunque el paratexto del título y la misma portada sugieran profusión de sangre, lo cierto es que se trata de una historia literalmente afincada en la construcción de una intriga cuya base es, en todo sentido, más literaria que real, y esto se revela desde el primer capítulo, con la amenazante carta que Carlos Argentino Daneri, un personaje de ficción, dirige a Borges.

"El Aleph", cuento base
Como ya quedó insinuado, un personaje harto famoso de Borges es fundamental en Matar a Borges. Se trata de Daneri, el dueño de la esfera luminosa en la que convergen todos los puntos y momentos del universo. Debido a esto “El Aleph”, sin duda la obra más representativa del corpus borgeano, es un texto capital en la formulación de la novela. Cappellotti dio con esta idea luego de pensar en el parricidio edípico perpetrado por sus amigos:

Entonces pensé que no había otros que tuvieran mayores justificaciones para matar a Borges que los propios protagonistas de los cuentos del escritor argentino. Ahí surgió otra idea, la idea de preguntarse quién es el escritor para concederle ciertos destinos a algunos personajes que quizá esos personajes no compartan. Por ende, en principio se me ocurrió la idea de una confabulación de personajes borgeanos que se quejaban del destino que les había dado el autor y se proponían matarlo. Surgió así Funes el memorioso al cual Borges le concede una memoria infinita, pero a su vez lo postra de por vida en una cama (…) y finalmente Carlos Argentino Daneri, el personaje del cuento el Aleph que elegí como protagonista de la novela, él se propone matar a Borges porque lo considera el culpable de todas sus desdichas.

Al final, Cappellotti opta por un personaje jugoso en función de que es el más zaherido por la imaginación de Borges. El maltrato infligido a Daneri no tiene equivalente en toda la obra borgeana, y el mismo autor confesó que este cuento fue escrito a salto de risa: “El Aleph es un cuento que me gusta. Me acuerdo de que mi familia se había ido a Montevideo; yo estaba solo en Buenos Aires y lo escribía riéndome, porque me causaba mucha gracia”.4 El odio de Daneri es, pues, legítimo, pues se apuntala en las ironías o en las enfáticas burlas que Borges, sin piedad, le propinó. Un recuento de esas puyas justifica perfectamente el encono de Daneri; enumero sólo cuatro:

Carlos Argentino (…) es autoritario, pero también es ineficaz (…) Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos.

Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad.

Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal… Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, “que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro”.

había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos

Estas burlas contra Daneri y varias más, creo, se inspiraron de alguna manera en un personaje poco conocido entre los muchos que escribieron contra Borges y a quien él, innecesariamente, respondió. Es Francisco Soto y Calvo, escritor farragoso que en algún momento, cuando Borges estaba cerca de los treinta años, dirigió absurdos ataques contra el autor de Ficciones, quien respondió de esta manera:

Francisco Soto y Calvo —que no alcanza entre los tres a uno solo— acaba de simular otro libro, no menos inédito que los treinta ya seudopublicados por él y que los cincuenta y siete que anuncia. No exagero: el nunca usado Soto es peligroso detentador de un cajón vacío, en el que cincuenta y siete libros inéditos nos amagan. Todos los géneros literarios, desde el ripio servicial hasta el plagio fiel y erudito, han sido cometidos por este reincidente sin fin.5

En algún momento tuvieron tratos, cuando Borges lo cuestionó a propósito de ciertos errores en una traducción perpetrada casi literalmente, palabra tras palabra. Por lo que cuenta, es probable que el desmesurado Daneri de la ficción haya tenido como modelo al desmesurado Soto y Calvo de la realidad:

Una vez me leyó una traducción que había hecho de Al Aaraaf, ese poema largo de Edgar Allan Poe, donde por primera vez se fusionan la técnica y la poesía. (…) Yo, entonces, observé tímidamente que me parecía que no eran las mismas palabras, en el mismo orden y con el mismo número de sílabas. Y Soto y Calvo me contestó: “Yo esperaba algo mejor que usted, Borges; el águila vuela muy alto”. Esto lo dijo con cierta indulgencia hacia mí; el águila era él, por supuesto.6

El rencor de Daneri está entonces plenamente justificado, pues dio a Borges el privilegio de ver el Aleph y fue pagado con un cuento que lo escarnecerá por los siglos de los siglos. Nada lo detendrá para vengarse de ese escritor mezquino, cruel, cobarde y a su juicio no tan dotado como muchos creen.

Ficción, realidad ficcionalizada y realidad: cruces
La novela se ubica en 1950, obviamente en Buenos Aires. Borges acababa de publicar, un año antes, El Aleph, el libro que contiene el cuento homónimo. Todavía ve, y si bien aún le falta poco para conquistar al público foráneo, en Argentina, sobre todo en la Capital Federal, ya goza de un prestigio apabullante. La herida, pues, en el alma de Daneri sigue fresca, y él está decidido a emprender la vendetta. Apenas arranca, el relato nos coloca en tres planos de realidad: por un lado, la realidad digamos real, donde aparecen Borges, Bioy, la madre de Borges, Fanny (su sirvienta), Silvina Ocampo, Estela Canto, Ulrike Von Kühlmann, Sábato y otros personajes que en efecto existieron; por otro, la realidad (o ficción) creada por Borges sobre todo en “El Aleph”, de donde sale Daneri; y, por último, el relato compuesto por Cappellotti, donde se mezclan los personajes anteriores y otros más creados a propósito para viabilizar el relato policial, sobre todo el inspector Colombres y su ayudante, el joven investigador Ezequiel Vega. En este caldo, la carta de Daneri que abre la historia nos plantea sin demora el tema de la venganza:
     
Querido Borges:
Decidí matarlo un 30 de abril de 1950, meses después de que su fama se acrecentara al publicar la tan mentada obra El Aleph. Obra publicada gracias a mi continua, apasionada, versátil y del todo insignificante actividad mental. (…) En fin, para qué andar con rodeos, Borges, usted ya sabe: soy Carlos Argentino Daneri y voy a matarlo.7

En esa primera carta hay guiños intertextuales señalados tipográficamente con redondas, casi como citas, y una clave que justifica, como marca sobre los usos narrativos de la posmodernidad, la configuración de esta novela: “Me asombra considerablemente el hipnotismo que [Borges] ejerce en la gente. Tiene la facilidad de transformar mentiras en verdades o bien hacer una verosímil conjunción de ambas”.8 Para lograr su propósito, Daneri decide “transformarse en el enemigo mismo”, conocer tan bien los hábitos de Borges que en determinado momento él es un poco “el otro Borges”, un Borges que hasta tiene un gato en su casa cuyo nombre es muy conocido por los admiradores del gran escritor: Beppo. Construir a Daneri fue relativamente sencillo, pues era necesario ampliar lo esbozado por Borges en “El Aleph” con el añadido de la sosegada tirria. El dibujo de Borges, en cambio, demandó que Cappellotti indagara meticulosamente en la biografía del sujeto real:

En realidad lo que tuve que hacer es humanizar a Borges y mostrarlo de una manera distinta a la que todos lo conocimos. Para ello tuve que investigar mucho sobre Borges, sobre su vida, sus costumbres y todo lo concerniente a su cotidianidad y, con toda esa documentación, traté de mezclar la ficción y la realidad con el simple objetivo de generar una historia que sea atrapante. Además, tuve entrevistas con uno de los biógrafos más importantes de Borges que es Alejandro Vaccaro quien es el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores.9
     
Al internarse en la biografía de Borges, los otros personajes cercanos a su vida (Bioy, Leonor Acevedo…) aparecen caracterizados también con fidelidad. El relato, empero, suministra algo de la ambigüedad que a Borges le gustaba tanto como el policial de enigma. Cuando llega la carta detonante, Fanny, la mucama, ve el nombre de quien remite y se da este diálogo:

—¿Entonces existe? —preguntó Fanny aún con el sobre en la mano.
—¿Quién? —contestó Borges de forma evasiva.
—Carlos Argentino, pensé que era un personaje de ficción.
—Lo es…, Fanny…, lo es. Debe ser alguna broma de un lector inoportuno.10

A partir de este momento ya no importa si Daneri es Daneri o un impostor, pues el hecho cierto es que tal sujeto quiere matar a Borges. Para lograrlo, procede en parte como en otro cuento famoso: “La muerte y la brújula”. Matará a Ulrike Von Kühlmann y a Estela Canto, mujeres que ha amado Borges, y con eso hará que las miradas inculpadoras recaigan sobre éste. Es allí cuando aparecen Colombres y Vega, los policías; el primero, aunque sea el jefe, es disoluto, irresponsable, una porquería de investigador; el segundo es atento, aplicado y admirador de Borges, a quien ve en peligro y por quien trata de hacer algo urgente: salvarlo.
La trama se tornará laberíntica, un enigma borgeano, a medida que avanza la novela. Los investigadores, por diferentes razones, mostrarán la proverbial ineptitud del sistema judicial y no darán con la punta de la madeja, aunque Ezequiel Vega se aproxime, más por accidentada iniciativa propia que otra cosa, a la verdad de lo que ocurre. También aparece el inconfesable e incestuoso amor de Daneri por Beatriz Elena Viterbo, que en el fondo puede ser el verdadero motor que ha impulsado la acción del asesino. Hay incluso un ingrediente con implicaciones políticas, peronistas, en la resolución que guardo para no estropear la posible lectura de quien no conozca esta novela. Al final nos queda el minucioso embrujo de un relato que ha sabido volver a los enigmas que gustaban a Borges, a los juegos con la verdad y la mentira que hoy no constituyen el canon del violento policial latinoamericano y, quizá por eso mismo, lo oxigenan.

1 “Libros. Matar a Borges. Francisco Cappellotti”, en http://www.luisbarga.net/2013/04/libros-matar-borges-francisco.html
2 Entrevista con Jorge Coscia en https://www.youtube.com/watch?v=m0_YF_TB6-4
3 El género negro. Orígenes y evolución de la literatura policial y su influencia en Latinoamérica, mempo Giardinelli, Capital intelectual, Buenos Aires, 2013, p. 221. Por su parte, Gerardo García Muñoz, al reseñar el libro Retóricas del crimen: reflexiones latinoamericanas sobre el género policial de Ezequiel De Rosso, señala que “A partir de la década del setenta, anota De Rosso, los creadores latinoamericanos se abocan a construir historias bajo la sombra del género negro, lo cual marca el abandono del modelo clásico del relato enigma defendido por Borges”, en revista Acequias, número 68, Torreón, 2015, p. 25. A partir de esta última observación, podemos afirmar que la novela de Cappellotti vuelve al “modelo clásico”.
4 María Esther Vázquez citada por Gilberto Prado Galán en El año de Borges, Miguel Ángel Porrúa-Universidad Iberoamericana Laguna, 1999, México, p. 107.
5 El forajido sentimental. Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges, Fernando Sorrentino, Losada, Buenos Aires, 2011, p. 77.
6 Ibid., p. 73. Entre otras críticas, Soto y Calvo publica esto: “JORGE LUIS BORGES: Parece mentira / Que un chiquillo de tanto talento / Se la pase frotando de ungüento / su lira!”, tras lo que Sorrentino anota: “De rodillas sobre granos de maíz, desperdigados en baldosas invernales, y ante quien quiera contemplarme, juro, rejuro y recontrajuro que no he inventado absolutamente nada y que Francisco Soto y Calvo, en efecto, escribió esos disparates”.
7 Matar a Borges, Planeta, Buenos Aires, 2012, p. 13.
8 Ibid., p. 17.
9 Francisco Cappellotti recibió una distinción por su obra “Matar a Borges”, en http://fmfuego.com.ar/francisco-cappellotti-recibio-una-distincion-por-su-obra-matar-a-borges/
10 Op. cit., Matar…, p. 31.

miércoles, abril 12, 2017

Del juego colectivo















Desde hace pocos y orgullosos años, casi diez, gozo la amistad de Alejandro Dolina. Es una amistad distante, pues el Negro, como le dicen, vive en Buenos Aires, donde es un tipo apabullantemente famoso por varias razones: un programa radiofónico nacional ya mítico, entrevistas a pasto en radio y en televisión, alguna aparición en teatro y, no puede faltar en esta lista, varios libros que han corrido con merecida buena suerte. Decía que es una amistad distante en el aspecto geográfico, pero no por ello en el afectivo. Respeto, admiro y quiero a Dolina, y creo no equivocarme si digo que él me estima bien, que soy quizá su amigo mexicano más próximo.
Opinador lúcido y lúdico de todo, para observar sabe colocarse sin falta en un mirador que no por diferente es excéntrico. Siempre que lo escucho, siempre que lo leo, tengo la incómoda impresión de que lo comentado por él estaba allí, a la mano de quien fuera, incluido yo, pero que a nadie se le ocurrió reflexionarlo de esa forma. Es como si el Negro pensara siempre por un camino lateral al que recorre la mayoría, pero no necesariamente remoto. Por eso, cuando aquí y allá me topo con alguna de sus ideas, digo inevitablemente “caray, eso debí pensarlo yo, es tan evidente y lógico”.
Este sentimiento lo experimenté cuando leí, hace ya más de diez años, un relato suyo algo conocido. Lleva por título “Instrucciones para elegir en un picado de futbol” (“picado” es en Argentina lo que para nosotros es “pica”, “cascarita”). Es un texto brevísimo y conmovedor, pues en una baldosa nos gambetea para encaminarnos hacia la reflexión de asuntos trascendentes: la amistad, el trabajo colectivo, el destino, la solidaridad, el triunfo, la derrota. Lo recordé y lo cito porque siento que es harto jodido lo que está pasando ahora: los vientos de la educación exitista que soplan en el mundo nos han convencido de que no hay nada más allá, o más acá, de la victoria, que ganar es lo único que existe, que quien pierde no merece ningún respeto. Bien mirado, no está mal desear el triunfo, pero tampoco está mal saber perder, aprender a asimilar las derrotas como parte inherente, querámoslo o no, de la vida.
Las derrotas suelen ser frecuentes cuando trabajamos solos y quizá lo son más cuando tratamos de conseguir el triunfo en un equipo donde es necesario armonizar estados de ánimo y talentos. Lo comento de nuevo por el caso Messi. ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que pasaría si él hubiera sido tenista o boxeador? ¿Habría alguien que pudiera ganarle? Pero no, es futbolista, trabaja en conjunto con otros, y jamás podremos medir qué tanto exactamente le pertenece en las derrotas y en los triunfos.
Por esta razón me regresó a la mente el relato de Dolina. Recordé con claridad que el futbol no es una actividad que practicamos solos, y que en la victoria y en el fracaso debe haber ganancias o pérdidas compartidas, y encima de ellas, si se puede, respeto indefectible por el compañero. Este es el texto del Negro. Díganme si no es verdad lo que contiene:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. 
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. 
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

lunes, febrero 22, 2016

Las cáscaras imborrables













Aunque sea casi invisible para los ojos sólo acostumbrados al glamour del profesionalismo, hay una épica en el deporte callejero. El llano ofrece la oportunidad de ver —o mejor: de vivir— aventuras que se quedan en el recuerdo y forman pequeños orgullos colectivos en el barrio, en el ejido, en la escuela, en la empresa. Ya hay, por suerte, cierta literatura preocupada por retener esos instantes, por fantasear con el trabajo deportivo ajeno al pago. El futbol es, claro, como en la realidad, la actividad que más atención literaria ha recibido.
Como ciertos goles o ciertas jugadas, algunos relatos no caen de la memoria fácilmente. Pasan los años y quién sabe por qué extraña razón los recordamos con tanta transparencia que de alguna forma reaparecen, vívidos, proyectados en la pantalla de nuestra imaginación. Yo, por ejemplo, recuerdo con toda claridad el día en el que, echado frente a la tele en la casa todavía materna de Torreón, vi a Maradona tomar la pelota un poco atrás de la media cancha, recibir el pase “de gol” del Negro Enrique, pisarla raspándola en reversa para quitarse la primera marca y cómo, erguido el pecho, flotando en zigzag, etéreo en la carrera, avanzó eludiendo rivales hasta poner el balón al fondo de la red y de la historia.
Más que el último toque, lo que revivo es la expectativa de la jugada, su amplio e hipnótico desarrollo. Aquello fue pues, insisto, como un relato que nos mantiene en suspenso hasta derivar en un clímax contundente. Igual, sin que yo sepa bien a bien por qué, cuando pienso en cascaritas de barrio regresa a mi memoria “El tipo que pasaba por allí”, adherente estampa narrativa de Alejandro Dolina. Me gusta porque en medio de su sencillo y callejero planteamiento ocurre un hecho maravilloso, casi sobrenatural: “Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia”.
Son apenas tres párrafos, y en el segundo aparece, cuando ya nos fue planteado el asunto de esta veloz historia, el “pero” necesario para dar vuelta a la habitualidad: entra en acción un “tipo que pasaba por ahí” que no será esta vez un simple “tipo que pasaba por ahí”: “Pero una tarde, en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos”.
Luego del asombro, Dolina disminuye la velocidad del relato con una conclusión memorable, uno de esos trazos literarios que, como dije al principio, se quedan en la memoria como jugada real: “Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo. Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con ese juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los comedidos que juegan de relleno”.
Breve y perfecto como gol olímpico, este relato de Dolina merece la antología. Si alguna vez echamos cáscara en el barrio, es indudable que sentimos en ese puñado de palabras la presencia del “tipo que andaba por allí” como una aparición mágica, como un dislocamiento de la realidad acontecido en medio de dos porterías. Como tantos ex jugadores de barriada, en medio del polvo y bajo los flechazos del sol lagunero, soy de los que al leer relatos de este tipo terminan por pensar que no lo leyeron, más bien que lo vivieron como experiencia única e irrepetible, tan real como una cáscara imborrable con los cuates.