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sábado, febrero 17, 2024

Adiós a Sasha

 











Mencioné a Sasha Montenegro en una vieja columna titulada “Aquel cine raspa” (10-mayo-2006). Estos son unos párrafos del ya remoto comentario: “Su gestión en esa cartera [me refiero a la gestión de Margarita López Portillo al frente de Radio, Televisión y Cinematografía, quien acababa de morir], ‘es calificada por especialistas en medios de comunicación como una de las más desastrosas de la historia’. Eso es lo que declaran los expertos, pero me atrevo a señalar que sin el cine promovido durante el margarato a muchos nos hubieran privado de una corriente cinematográfica que puede ser calificada precisamente como corriente, una corriente corriente.

Se sabe que fue doña Margarita quien, con el fin de abarrotar las salas del país, promovió rodajes que de inmediato alcanzaron babeante éxito. Gracias a ella tuvimos la oportunidad de ver estrenos que de artísticos no tenían nada, ni cinco segundos de cinta, pero que al menos posibilitaron el desenvolvimiento histriónico de Sasha Montenegro (luego señora de López Portillo), Angélica Chaín, Rebeca Silva y Lyn May, actrices que hicieron las delicias del público masculino y que entraban en combate de albures y pudorosos desnudos con galanes como Lalo el Mimo, Alberto Rojas, Alfonso Zayas, Luis de Alba, Rafael Inclán y Pedro Weber Chatanooga, cómico que alcanzó las máximas alturas en materia de bajeza verbal”.

Pasados los años, en 2017 publiqué un libro titulado Este desfile atónito. Antología de hermosos monstruos, hoy inhallable más allá del que guardo en mi biblioteca y más más allá del que quizá conserva Mempo Giardinelli, a quien le obsequié un ejemplar del que luego escribió un elogio de esos que valen más. En aquel librito dediqué algunas palabras a veinte de las divas que estimularon las solitarias fiebres de mi juventud, y entre ellas está la estampa enderezada como loor a Sasha Montenegro. La comparto íntegra ahora que acaba de partir:

“A finales de los setenta y principios de los ochenta los mexicanos padecimos la tortura de un cine inmundo, el de neocabareteras que prohijó Margarita López Portillo, hermana del entonces presidente, el célebre José que al final de su sexenio defendió el peso como un perro. A diferencia de su predecesor, el cine de ficheras añadía desnudos estúpidos y fraseología abyecta, todo metido en argumentos estrechamente ceñidos a la lógica del burro sin mecate. En medio de toda esa basura, entre cómicos de baja monta y vedettes que daban no poca lástima, un rostro enigmático entró por las pupilas de innumerables hombres que secreta y no tan secretamente lo veneraban: era el rostro de Sasha Montenegro; su nombre real es Aleksandra Aæimoviæ Popoviæ, y nació en Bari, Italia, hacia 1950. Hija de padres yugoslavos, pasó un rato en la Argentina antes de llegar a México, donde su perturbadora belleza fue obvio gancho para incorporarla al cine de aquellos años. Le tocó una mala época. O no mala: pésima. Las producciones eran infames, y aunque no tenía el mejor cuerpo, por exigencias de la taquilla fue necesario que despachara encueramientos absurdos. Luego ocurrió el encuentro con Jolopo, que la hizo todavía más famosa y la metió en otra inmundicia: el chismorreo. Pese a todo, sin duda pese a todo, la belleza de su rostro sólo admitía un adjetivo: espectacular”.

sábado, marzo 26, 2022

Cámara tras el hombro

 







Rasgo frecuente de los cuentos clásicos es la focalización en el protagonista. La historia podrá tener algunas derivaciones, vertientes, peripecias, saltos temáticos, piruetas, pero el lector debe sentir que se le cuenta una sola historia y que en tal historia actúa un personaje amagado por un conflicto del cual se desprenderá una determinada resolución. En “El tipo” (Cuentos completos, 1999), de Mempo Giardinelli, este esquema mínimo y a la vez complejo se ve trazado con una silueta de bordes tan marcados que resulta imposible no comprender a cabalidad su microcosmos. Usé la aparente paradoja “mínimo y a la vez complejo” porque al construir un cuento la complejidad está en el ahorro, en la economía de elementos, en la evasión de todo lo que pueda resultar accesorio. O sea, parte de los difícil en un cuento radica en esquivar el ornamento, en no ceder a la tentación del arabesco.

Giardinelli ha logrado que en “El tipo” no perdamos la huella del protagonista. Una voz narrativa omnisciente lo persigue ceñidamente y no lo suelta, y a su alrededor dosifica la información que nos lleva a lograr, conforme avanza el relato, la inteligencia de sus motivaciones, de sus filias y sus fobias, de su perseguidor. Las imágenes relacionadas con la vista son abundantes, como si al personaje perseguido sólo le quedara mirar, impotente, el espectáculo de su desplome.

Expongo grosso modo el argumento. Un periodista prematuramente derrotado por su pesimismo ha escrito un reportaje contra cierto poderoso. En textos como ése encuentra una especie de placer: “Esa nota lo había metido en líos. Nadie lo había obligado a firmarla sino ese deseo un tanto voluptuoso de fustigar a un personaje importante, a pesar de que era consciente de lo absurdo y desproporcionado que resultaba correr riesgos trabajando para una empresa que sólo le aseguraba un sueldo para sobrevivir. Pero así eran las cosas, y la consecuencia había sido esa llamada, al mediodía, para informarle que le costaría caro”.

Cuando comienza a ver que un tipo (“El tipo” que da título al cuento) lo persigue, no mete las manos. Ya para entonces, pese a su corta edad, es un periodista kamikaze no sólo al escribir, sino también al vivir, ya que se entrega a la bebida y al tabaco sin cuidar las consecuencias: “Sus inventarios no incluían más placeres que los muy burgueses de fumar dos atados diarios, beber cualquier brebaje que contuviera alcohol y admirar, resignado, a toda esa recua de mujeres rubias, altas y flacas que andan sueltas por Buenos Aires con descarada impunidad. No le interesaban otras cosas”.

Así vive, y con absoluta resignación sabe que su hora se aproxima. El tipo que lo sigue lo sigue a todos lados, implacable: “Era un hombre alto, de anchas espaldas y un rostro de esos que parecen fabricados en serie, como para pasar inadvertidos, pero tienen esa expresión indolente, desolada, cruel, que los hace inconfundibles en su modo de inspirar miedo”.

Los lectores caminamos con el protagonista como si fuéramos una cámara no sobre, sino tras su hombro, muy cercanos a su enrarecida circunstancia. Lo vemos entrar a su departamento, lo vemos ver el espacio donde vive, lo vemos tomar una cerveza y, en fin, lo vemos viendo la conclusión del cuento como si fuéramos, repito, una cámara tras su hombro.

Por si apetecen, dejo el cuento aquí:

El tipo
Mempo Giardinelli

A Osvaldo Soriano, que ama su soledad

Cuando salió de la París y sintió que el frío de la noche le pegaba como un latigazo en la cara, supo que el tipo estaría ahí, parado junto a la boca del subte, esperándolo, porque lo había seguido desde que abandonara el diario, muchas horas antes. Era un hombre alto, de anchas espaldas y un rostro de esos que parecen fabricados en serie, como para pasar inadvertidos, pero tienen esa expresión indolente, desolada, cruel, que los hace inconfundibles en su modo de inspirar miedo. Vestía un sobretodo negro que le quedaba grande y le cubría las piernas casi hasta los tobillos, y aunque aparentaba mirar una vidriera resultaba tan disimulado como un elefante paseando alrededor del obelisco.
Corrientes parecía un abatido lagarto iluminado, un barato insulto a la discreción. Algunos taxis se desplazaban tediosamente mientras los mozos del La Paz se arremangaban los pantalones para baldear los pisos, desafiando el grado bajo cero. La calle que nunca duerme se moría de sueño, ese lunes a las cuatro de la madrugada, cuando reconoció al tipo, se encogió de hombros, insólitamente despreocupado, y empezó a caminar pensando que había tomado mucho, carajo, mezclé vino, café y whisky y ahora tengo el estómago revuelto, y encima con esta úlcera de mierda. Llevaba ocho horas de deambular bajo ese frío del demonio y sabía que estaba casi en el límite de su aguante; su resistencia física se había ido desinflando como un globo viejo, a pesar de su juventud. Y acaso eso lo agravaba todo; acababa de cumplir treinta años, se le había caído la mitad de los cabellos, tardaba dos horas, promedio, en conciliar el sueño y estaba harto del periodismo, de sus pocos amigos de la noche, de su propia parquedad y de mirarse siempre como a un extraño, pero a un extraño que le parecía cada día más triste e insoportable.
Esa nota lo había metido en líos. Nadie lo había obligado a firmarla sino ese deseo un tanto voluptuoso de fustigar a un personaje importante, a pesar de que era consciente de lo absurdo y desproporcionado que resultaba correr riesgos trabajando para una empresa que sólo le aseguraba un sueldo para sobrevivir. Pero así eran las cosas, y la consecuencia había sido esa llamada, al mediodía, para informarle que le costaría caro. De modo que él sabía mejor que nadie qué peligros lo acechaban. Con ciertos personajes no se juega, después de todo, y sin embargo él había dicho cosas muy graves, esas acusaciones cargadas de mala leche, viejo, sí, ya sé, pero es todo cierto porque investigué una semana ese negociado, como le explicó al director, quien sonreía como una puta satisfecha, escuchándolo, y entonces hay que decir todo esto, hay que decirlo, no podemos quedarnos callados, y previa consulta al asesor legal le dio el visto bueno, métale, che, dieciséis carillas, va en la contratapa, y él escribió todo lo que sabía para la edición matutina y al mediodía el director fue citado a declarar en el ministerio, adonde concurrió con cara de puta maldormida, lo hubieras visto, mientras a él lo amenazaba esa voz fría, hueca, que parecía venir de tan cerca que ni siquiera se asustó, simplemente colgó el tubo y se fue a tomar un café, solo, sin hablar con nadie. Casi se olvidó del asunto, que empecinadamente se negó a comentar con sus compañeros, hasta que a la noche se retiró de la redacción y no vio al tipo que lo seguía; reparó en él recién mientras cenaba, qué cara conocida, se dijo y casi lo saludó, y fue entonces que se dio cuenta de que la familiaridad resultaba de haberlo visto en el café y en la puerta del diario, como lo vería luego, en el mostrador de la París, en la boca del subte y ahora, indiscutiblemente detrás, caminando por Corrientes mientras él recordaba una ringlera de notas peligrosas, comprometidas, de esas que se solazaba en redactar con mordacidad, con ese desinterés por el mundo y esa especie de desidia interior que se había criado con él y que algunos amigos admiraban porque le concedía patente de duro, pero ninguna tan jodida como ésta, juro que ninguna con tanta mala leche.
Caminó lentamente, dibujando formas sobre las baldosas, bamboleándose apenas y pensando que todavía le faltaban como veinte cuadras para llegar a su departamento. Sabía que tenía las horas contadas, acaso su cuenta regresiva ya se había iniciado, pero se mantenía lo suficientemente frío y contenido como para que su adrenalina no aumentara desmesuradamente, como aquella vez que había ido al dentista, enloquecido de miedo y de dolor y no doy más, doctor, sáqueme esta muela de mierda, y en cuanto lo anestesiaron sintió un alivio maravilloso hasta que se le pasó el efecto de la xilocaína y descubrió que le habían extraído una muela que no era la que le dolía sino la de al lado, carajo, otra noche en vela y con la presión por las nubes; y a pesar de lo mucho que había bebido se conservaba lúcido, pero acaso todo se debía a su omnipotencia, porque él era un tipo duro, en efecto, y se jactaba de ello y entonces tenía que ser capaz de afrontar hasta ese supremo peligro sin desesperarse, desmerecedor de esa circunstancia y sin preocuparse demasiado por que el tipo lo siguiera, en última instancia morir de un certero balazo podía ser como un buen parto, pum y chau, sólo que en vez del berrido de un bebé resultaría un parate de su corazón así que deseó que el tipo tuviera, por lo menos, buena puntería.
Pensó, haciendo una mueca que podía parecer una sonrisa amarga, que el mundo se quedaría con un anarquista menos. No porque él lo fuera, sino porque le importaba un reverendo bledo, en definitiva, lo que pasara con el país y con el mundo y sólo creía, a su manera, en un remoto orden natural que ni siquiera terminaba de imaginar. Era un testigo crítico del desorden gubernamental, que no desperdiciaba oportunidad de fustigar a sus personeros, nada más, una suerte de tirabombas solitario, moralista y esquemático que, en lo íntimo, hacía mucho tiempo que había dejado de interesarse por la sensualidad intelectual de querer arreglar el mundo desde las mesas de los cafés. Sus inventarios no incluían más placeres que los muy burgueses de fumar dos atados diarios, beber cualquier brebaje que contuviera alcohol y admirar, resignado, a toda esa recua de mujeres rubias, altas y flacas que andan sueltas por Buenos Aires con descarada impunidad. No le interesaban otras cosas. En cierto modo, se consideraba un infiltrado entre los seres humanos, un sujeto que había perdido la capacidad de interesarse y hasta la más elemental de pensar en sí mismo.
Quizá por ello no le preocupaba que el tipo lo siguiera, eficientemente, media cuadra más atrás. Consideró que quizá todo era una fantasía suya, una obsesiva deformación de su miedo, pero recordó la llamada telefónica del mediodía y las dos veces que había cruzado miradas con el tipo y se convenció de que esos ojos fríos, alertados y despreciativos, que ni siquiera parecían ojos de un criminal y por eso mismo infundían tanto miedo, no eran producto de su fantasía. Seguro que el tipo esperaba que llegara a su departamento para proceder. Calculó que le habrían pagado bien y, por eso mismo, le exigirían un buen trabajo. Quizá era un profesional. O un simple guardaespaldas en misión especial. Pero daba lo mismo: el tipo tenía aspecto de matón; bastaba observarle esas espaldas anchas, esos brazos largos, el lomo como un ropero, carajo, y seguramente la sensibilidad de un pedazo de madera. O bien podía ser un tipo que le debía favores a un funcionario de segunda categoría que había acomodado a su mujer en el ministerio. Y estaba bien: en cualquiera de esos supuestos había una razón para su accionar, lo mataría sin remordimientos, total no lo conocía, él no significaba absolutamente nada para el tipo y sólo ocurriría que la ciudad tendría un habitante menos. Ni los censos se darían cuenta. El tipo saldaría una deuda económica, o una deuda honorífica, cumpliría con su deber y después se iría a dormir tranquilo, satisfecho luego de terminar honrada y eficazmente su labor, sin nada que reprocharse, de modo que mi eliminación servirá para algo, sonrió, qué bien, la puta madre.
Claro que él podía detener a un patrullero de esos que recorren esta ciudad con tanto celo que parece ocupada, igual que esos pueblos italianos de posguerra que se ven en las películas norteamericanas en las que los policías militares andan por las calles mascando chicles en yips del ejército y las aldeanas, al verlos pasar, suspiran por ellos y los saludan festejando la victoria y los chocolates y los Chesterfield; también podía meterse en un bar y llamar al comando radioeléctrico, a riesgo de quedarse adentro debido a las influencias que moverían los funcionarios del ministerio (siempre hay formas de salvarse cuando uno sabe que lo están por matar, al menos se puede intentarlo, pero para eso hay que tener miedo, coraje y ganas de vivir, todo junto, y ése no era su caso), pero de pronto, cuando cruzó Callao, llegó a la conclusión de que todo sería inútil, si estoy marcado estoy frito, reconoció, porque aunque lograra eludir al tipo esa noche, mañana habría otro en su camino pues el único destino de su vida, parecía, era recibir una pequeña, mortífera dosis de plomo caliente.
Pensó entonces, con prematura nostalgia, que sus costumbres se quedarían solas (las costumbres viven con uno, no en uno, se dijo) y supo que ya no llegaría, como todas las madrugadas, para estar dos horas, promedio, fumando en la oscuridad de su departamento hasta conciliar el sueño. Su cama ya no lo vería desvestirse, borracho, en medio de la habitación, tirar el traje en el suelo, la camisa en el baño y los zapatos en cualquier lugar insólito de modo que al día siguiente no los encontrara. Y nunca más la corbata con el nudo siempre armado en la cocina. Y nunca más el diario debajo de la puerta, ni las aspirinas para mitigar el ineludible dolor de cabeza de todos los mediodías, cuando se levantaba con el pelo revuelto y ese indescriptible gusto a mierda en la boca. Y nunca más nada, se dijo, repentinamente acongojado, nunca más nada después de que este cabrón me reviente.
Dobló en Córdoba pensando que en el diario pondrían una flor en un vaso, sobre su escritorio, hasta que se marchitara (o hasta que viniera un nuevo redactor a cubrir la vacante), en la sexta edición se publicarían una nota sobre el crimen, un editorial “de repudio al vandálico episodio” y, en un recuadrito, una semblanza de su personalidad escrita por uno de sus compañeros. Se preguntó quién podría escribir dos líneas sobre su personalidad; tocarían de oído, meta guitarra, para decir lo obvio: que era un excelente profesional que había sabido granjearse el afecto, mentirosos, de todos los que lo conocieron y trataron, lo elevarían a la categoría de brillante redactor, mentirosos, un cronista talentoso y audaz asesinado porque su pluma veraz no sabía de claudicaciones y la dirección de este diario se compromete a hacer todo lo posible para esclarecer el crimen, mentirosos, lugares comunes, sanata, estupideces que redactaría el obsecuente de turno del director, o el mismo director, que andaría una semana con su cara de puta emocionada y solidaria, hablando de su muerte con la solemnidad y el encuadernamiento de su ineptitud, y acaso hasta deslizaría la rebuscada tesis psicologista de que había sido una forma de suicidio pues —escribiría— los interrogantes se suman y son infinitos: ¿por qué no avisó a sus compañeros de redacción?, ¿por qué no ofreció resistencia?, ¿por qué, llegaría a preguntarse el hipócrita, se atrevió a afectar intereses inafectables si conocía los riesgos que tal actitud le traería aparejados?
Pero lo lindo era que, en efecto, había pensado muchas veces en suicidarse, una idea que desechó por cursi, por fuera de época, por cobarde. Sobre todo por cobarde, porque él admiraba a los valientes, como Misterix, qué huevos tenía Misterix, carajo, tantos que no se había perdido un solo número en su infancia; había descartado cuanta idea suicida se le cruzó alguna vez, no entendía cómo puede un hombre quitarse la vida, si se puede dejar que la vida lo lleve a uno por delante, inútil resistirse, algún día ella sola se encarga de suicidarlo a uno. Entre la muerte natural y el suicidio sólo hay una diferencia etimológica, al fin y al cabo la muerte es un hecho cotidiano. Y mentira eso de la soledad, de las grandes depresiones; ahí estaba el ejemplo de Philip Marlowe, no había nadie en el mundo más solitario que Marlowe; ¿y se suicidaría él? En absoluto, qué ocurrencia, jamás lo haría, la soledad también es una cuestión de huevos, se dijo, y ni el hombre que menos se interesara por su propia suerte tenía por qué suicidarse.
El tipo seguía ahí, detrás, eso era lo concreto. Por cada paso suyo, uno del tipo. Si aceleraba la marcha, el tipo aceleraba. Si se detenía en una vidriera, el tipo miraba la que estaba treinta metros más atrás. No se podía negar, trabajaba a conciencia, sin demasiado disimulo, un poco despreocupadamente, como quien sabe lo que hace y no duda de que alcanzará el objetivo propuesto, con exasperante eficacia, de modo que inútil correr, inútil resistirse y, después de todo, para qué intentar torcer un destino inevitable; por más cerca que estuviera la muerte decidió que no cambiaría sus costumbres. Recorrería el camino de todas las madrugadas, abriría la puerta con la parsimonia de siempre, subiría por la escalera con las pausas que le exigiera su mareo y si el tipo quería seguirlo, adelante. Si prefería matarlo ahí mismo, en esa esquina de Agüero y Córdoba, o en la mismísima puerta de su edificio de departamentos también, era cosa suya, de ninguna manera se doblegaría ante el sentimentalismo de que ésa era, seguramente, su última noche. Estaba triste, ciertamente, pero una última noche no tenía por qué cambiar nada.
Ya estaba llegando: unos metros más y dejaría Córdoba para tomar por Mario Bravo y desandar esas cuatro cuadras lóbregas, pobladas de sombras y en las que sólo faltaba un monstruo para que pareciera imaginada por el doctor Jekyll. Y el tipo seguía, firme en la brecha, acaso especulando con que le pagarían el doble por la limpieza del trabajo, sin apuro, como convencido, paradójicamente, de que él era su cómplice, no su víctima, porque le facilitaba la tarea y no huía, no pedía auxilio, no intentaba nada sucio, era noble para morir. Se preguntó si el tipo valoraba su actitud, si habría pensado en lo odioso que le resultaría tener que correrlo, dispararle a la distancia, un blanco móvil, la posibilidad de errar y después tener que evitar a la policía y esconderse en un aguantadero. No, él jugaba limpio; todo estaba claro: había escrito un texto con mucha mala leche acerca de un personaje importante, el personaje importante le había encargado al tipo que lo eliminara, el tipo lo iba a eliminar de un balazo, el balazo le entraría por cualquier lado y se quedaría, caliente, preciso, alojado en su cuerpo cuando cayese en posición decúbitodorsal. Entonces él tenía que dejar que todo sucediese con la sencillez planificada, para que el tipo ejecutase su faena de acuerdo a lo previsto, cobrara su salario y se olvidara del asunto.
Anduvo la última cuadra sin que se le acelerara el pulso, sin controlar sus sensaciones, sin mirar hacia atrás, porque tampoco era el caso de invitar al tipo a que lo matara enseguida. Se suponía que sabía su trabajo, como él sabía sus costumbres; cada cual debía hacer su parte ordenadamente.
Abrió la puerta, entró, la cerró y se detuvo a escuchar, traicionándose, los ruidos de la calle. Caminó por el pasillo y empezó a subir por la escalera, preguntándose por qué no le había disparado todavía, y bueno, se dijo, tendrá sus razones, no es mi tarea adivinarlas, metió la llave en la cerradura, abrió, encendió la luz y miró el desorden del departamento, su querido desorden que se quedaría solo, pensó, pero también sabría arreglárselas y entonces se sintió excitado, súbitamente nervioso, incómodo como un jipi con corbata. Se dirigió a la heladera, sacó una lata de cerveza y bebió un largo trago, casi hasta la mitad, sintiendo cómo se le congelaban las tripas, qué ironía, pensó, en la noche más fría de este invierno, con una cerveza helada en la mano, me parece que me van a cocinar a balazos.
Se dirigió al dormitorio y se desvistió desganadamente, dejando las ropas esparcidas por el suelo, y notó que el calzoncillo tenía el elástico roto en el preciso instante en que escuchó los pasos en la escalera. Encendió un cigarrillo, inevitablemente estremecido, y tosió un par de veces, sin necesidad. Después sonó el timbre.
Hizo una mueca desprovista de intención, vació la lata de cerveza y caminó hacia la puerta. La abrió. Lo primero que vio fue la pistola con el silenciador puesto. Y lo último.

miércoles, enero 17, 2018

Mempo en un solo gesto




















La vida es así, imprevisible. Ayer, de la nada, recibí un mail que contenía esta serie de apellidos: “Suárez, Molfino, Dagerman, Dujovne Ortiz, Muñoz Vargas y, siempre, Gorodischer”. Al leer los míos allí, entré a ver de qué se trataba y de inmediato salí de la duda: era el blog del maestro Mempo Giardinelli, a quien pude saludar en Monterrey hacia noviembre pasado. Tipo cordial como pocos, me regaló su nouvelle “Los perros no tiene la culpa”, y yo, para reciprocar el gesto, no traía más que un humilde librito de la suicida Colección Harakiri, el único que me quedaba de los varios títulos que llevé para regalar en aquel viaje.
Cuando se lo di, leyó de inmediato la contratapa y sonrió con una sombra, creo, de agrado. Pasaron las semanas y mediante carta electrónica llegó, como dije, su blog con un post que entre otros comentarios menciona mi regalo: “Como para alivianar el ánimo, leo en reciente viaje a un congreso en Monterrey, México, un pequeño, original y disfrutable libro de Jaime Muñoz Vargas, narrador, periodista y buen conocedor de la Argentina. Con el subtítulo Antología de hermosos monstruos, el autor recorre fotografías icónicas de mujeres memorables, de Marylin Monroe a Bo Derek, y de Raquel Welsh a un par de docenas de modelos femeninos de los últimos, digamos, cuarenta años. Es algo así como una rendición de amor, un repaso de sentimientos que ha de haber tenido el autor, y que expresa ahora, con cierta gracia poética. Libro ligero pero convincente, porque su espíritu es antes lúdico que misógino. (Iberia Editorial, México, 2017)”. Es raro que lo haya leído, es raro que le haya agradado, es raro que lo haya comentado y es raro que recuerde nuestra conversación sobre política argentina, todo lo cual agradezco. Aquí el enlace del blog: https://cosario-de-mempo.blogspot.mx/
Ahora bien, ¿por qué tanto asombro por algo en apariencia insignificante? Pues porque no es común que los escritores que asisten a los encuentros de colegas, donde habitualmente se cruzan regalos de libros, terminen leyéndolos y comentándolos así sea sumariamente, como hizo Giardinelli con el mío, lo cual habla de él muy elogiosamente. Si Giardinelli —premio Rómulo Gallegos, entre muchos otros— que es Giardinelli lee lo que le obsequian a la vera del camino, no sé por qué, entonces, hay tantos pelagatos que reciben libros y en vez de leerlos, o al menos de hojearlos, los regalan y a veces peor: los dejan cuidadosamente olvidados en cualquier lugar.

lunes, noviembre 20, 2017

Sobre Matar a Borges de Francisco Cappellotti




















Matar a Borges de Francisco Cappellotti: ficción, realidad ficcionalizada y realidad en un policial

Jaime Muñoz Vargas

Resumen
Desde hace más de medio siglo la obra de Borges se ha convertido en asunto de interés periodístico y académico al grado de constituir un tema de estudio mundial. Inagotables son los ensayos, las entrevistas y las biografías provocados por su obra, lo que ha transformado a su autor en uno de los personajes más populares de nuestro tiempo, en “icono”. En su condición, precisamente, de personaje ya famoso lo encara Matar a Borges, novela de Francisco Cappellotti, quien apela a recursos borgesianos para articular un relato policial que tiene como protagonista al autor de “El Aleph”. La presente aproximación tiene como propósito develar la estrategia de cruzamiento entre ficción, realidad ficcionalizada y realidad a la que recurre la novela de Cappellotti en el marco del género negro.

La gravitación de Borges
Las literaturas nacionales de América Latina suelen tener santones cuya gravitación, para bien o para mal, no se desgasta fácilmente. En México podemos asegurar que este papel se lo disputan hoy, sin saberlo, Paz y Rulfo, así como en Perú no deja de pesar la pareja que conforman Vallejo y Vargas Llosa, tanto como en Colombia y Chile se destacan García Márquez y Neruda, respectivamente. En la Argentina, país, como los anteriores, productor de una literatura diversa y vigorosa, los nombres que mayor influencia han tenido pueden ser muchos, pero sin duda todos han sido eclipsados por la figura de Borges. Sábato y sobre todo Cortázar se le aproximaron, pero es ya un hecho que nadie en el último medio siglo ha influido y perdurado con mayor fuerza que Borges como mascarón de proa en la literatura argentina contemporánea.
Borges ha pasado pues a convertirse, más que en un escritor, en un icono. Sus creaciones son ya puntos obligados de visita en cualquier itinerario lector, y no son poco frecuentes las polémicas desatadas hoy sí y mañana también no tanto sobre la calidad de su obra literaria, a todas luces indiscutible, sino sobre sus desiguales posturas políticas visibles a partir de las mil y una declaraciones que le extrajo el periodismo cuando ya la fama pública lo atenazaba. Si damos por hecho esta relevancia, no es difícil imaginar entonces la repercusión que ha tenido en otros artistas —no sólo escritores— que lo han tomado como modelo, fuente de inspiración y personaje. Uno de ellos es Francisco Cappellotti, autor de la novela Matar a Borges (Planeta, 2012).
Cappellotti  nació en Sarandí, provincia de Buenos Aires, en 1980, y estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires. Actualmente es prosecretario de la Cámara de Apelaciones de la provincia de Tierra del Fuego, en el extremo sur argentino (donde se encuentra Ushuaia, el fin de América), y también es docente en derecho constitucional. Matar a Borges es su primer libro, y en los años recientes ha publicado también La isla rodante, novela en la que apela a la ciencia ficción para tratar el tema de las Malvinas. Matar a Borges es un reconocimiento, otro más, al icono en el que lúdicamente asoma un explícito freudianismo, como él mismo autor lo ha declarado:

La idea surgió en una charla sobre Borges con otros colegas. Ellos denostaban a Borges por ser complejo, anglosajón, frío, reaccionario, las diatribas comunes que le son dirigidas a él. Otro colega que más bien se encontraba de mi lado, les dijo: “Esto es como un complejo de Edipo, ustedes quieren matar a Borges para ser Borges”. Esa idea quedó latente en mi cabeza y entonces pensé quién podría tener verdaderas razones para matar Borges, porque no creía que aquellos detractores quisieran matarlo porque, incluso en su acérrima negación, lo estaban aceptando.1

Como puede verse, Borges es para Cappellotti una figura literariamente paterna, de suerte que negarlo una y otra vez, destacar sus errores o transformarlo en habitual motivo de controversia, no sirve para anularlo, sino más bien para afirmar que se trata del punto más alto de las letras argentinas y acaso de otras muchas letras. Todavía en vida Borges vivió de cerca la polémica, incontables intentos por minusvalorarlo, como ocurría ya desde el esplendor del peronismo, hacia 1950, aunque jamás fue mellado su poder de persuasión. Hace relativamente poco, por ejemplo, Alejandro Dolina, escritor argentino, fue entrevistado sobre el tema y su respuesta puede resumir el fervor por Borges, la idea general que suscita entre los argentinos que podrían malquererlo y sin embargo no lo hacen:

—Te voy a decir un nombre: Borges. (…)
—Borges ha sido el mejor de todos, de todos, de todos, y creo que hablar de él en relación con sus opiniones políticas, su manera de no entender el peronismo, su manera de no entender el tango, su manera de no entender el futbol, es perder el tiempo. Alguien me dice: “Usted es peronista, ¿cómo puede disfrutar a Borges? Bueno, soy peronista pero no estúpido. De manera que sí, directamente: creo que es el mejor.2

Tal personaje, el mejor escritor argentino de la historia, es el protagonista que debe ser asediado hasta morir en la novela de Francisco Cappellotti.

Policial de enigma
En las décadas recientes la mayor parte de los policiales argentinos, y podríamos decir que latinoamericanos, se han vinculado estrechamente con el relato duro, como si la realidad siempre convulsa, atravesada por incesantes hechos de sangre, pobreza, muerte y corrupción, fuera el único marco obligado para ubicar tales historias. Este hecho se debe a lo que ha destacado Mempo Giardinelli: la penetración determinante de la literatura norteamericana sobre la nuestra, particularmente en el género negro:

Muchos de los caracteres de la novelística norteamericana, si bien no se han “reproducido” en Latinoamérica, si se han reflejado —y se reflejan— en formas propias. Casi no hay novela policial latinoamericana que no aborde aunque sea tangencialmente las formas propias de racismo, violencia y desesperanza. No podría afirmarse que lo abordan “debido” a la influencia norteamericana, pero sí que el tratamiento norteamericano de esos caracteres.3

Poco espacio ha quedado entonces para las obras de este género que se plantean como enigmas, como juegos intelectuales ajenos a la realidad inmediata caracterizada por la turbulencia social. Matar a Borges, aunque en algún punto tiene un tenue componente político, es un relato construido como ejercicio a la manera de Conan Doyle, Chesterton o Christie. Aunque el paratexto del título y la misma portada sugieran profusión de sangre, lo cierto es que se trata de una historia literalmente afincada en la construcción de una intriga cuya base es, en todo sentido, más literaria que real, y esto se revela desde el primer capítulo, con la amenazante carta que Carlos Argentino Daneri, un personaje de ficción, dirige a Borges.

"El Aleph", cuento base
Como ya quedó insinuado, un personaje harto famoso de Borges es fundamental en Matar a Borges. Se trata de Daneri, el dueño de la esfera luminosa en la que convergen todos los puntos y momentos del universo. Debido a esto “El Aleph”, sin duda la obra más representativa del corpus borgeano, es un texto capital en la formulación de la novela. Cappellotti dio con esta idea luego de pensar en el parricidio edípico perpetrado por sus amigos:

Entonces pensé que no había otros que tuvieran mayores justificaciones para matar a Borges que los propios protagonistas de los cuentos del escritor argentino. Ahí surgió otra idea, la idea de preguntarse quién es el escritor para concederle ciertos destinos a algunos personajes que quizá esos personajes no compartan. Por ende, en principio se me ocurrió la idea de una confabulación de personajes borgeanos que se quejaban del destino que les había dado el autor y se proponían matarlo. Surgió así Funes el memorioso al cual Borges le concede una memoria infinita, pero a su vez lo postra de por vida en una cama (…) y finalmente Carlos Argentino Daneri, el personaje del cuento el Aleph que elegí como protagonista de la novela, él se propone matar a Borges porque lo considera el culpable de todas sus desdichas.

Al final, Cappellotti opta por un personaje jugoso en función de que es el más zaherido por la imaginación de Borges. El maltrato infligido a Daneri no tiene equivalente en toda la obra borgeana, y el mismo autor confesó que este cuento fue escrito a salto de risa: “El Aleph es un cuento que me gusta. Me acuerdo de que mi familia se había ido a Montevideo; yo estaba solo en Buenos Aires y lo escribía riéndome, porque me causaba mucha gracia”.4 El odio de Daneri es, pues, legítimo, pues se apuntala en las ironías o en las enfáticas burlas que Borges, sin piedad, le propinó. Un recuento de esas puyas justifica perfectamente el encono de Daneri; enumero sólo cuatro:

Carlos Argentino (…) es autoritario, pero también es ineficaz (…) Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos.

Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad.

Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal… Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, “que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro”.

había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos

Estas burlas contra Daneri y varias más, creo, se inspiraron de alguna manera en un personaje poco conocido entre los muchos que escribieron contra Borges y a quien él, innecesariamente, respondió. Es Francisco Soto y Calvo, escritor farragoso que en algún momento, cuando Borges estaba cerca de los treinta años, dirigió absurdos ataques contra el autor de Ficciones, quien respondió de esta manera:

Francisco Soto y Calvo —que no alcanza entre los tres a uno solo— acaba de simular otro libro, no menos inédito que los treinta ya seudopublicados por él y que los cincuenta y siete que anuncia. No exagero: el nunca usado Soto es peligroso detentador de un cajón vacío, en el que cincuenta y siete libros inéditos nos amagan. Todos los géneros literarios, desde el ripio servicial hasta el plagio fiel y erudito, han sido cometidos por este reincidente sin fin.5

En algún momento tuvieron tratos, cuando Borges lo cuestionó a propósito de ciertos errores en una traducción perpetrada casi literalmente, palabra tras palabra. Por lo que cuenta, es probable que el desmesurado Daneri de la ficción haya tenido como modelo al desmesurado Soto y Calvo de la realidad:

Una vez me leyó una traducción que había hecho de Al Aaraaf, ese poema largo de Edgar Allan Poe, donde por primera vez se fusionan la técnica y la poesía. (…) Yo, entonces, observé tímidamente que me parecía que no eran las mismas palabras, en el mismo orden y con el mismo número de sílabas. Y Soto y Calvo me contestó: “Yo esperaba algo mejor que usted, Borges; el águila vuela muy alto”. Esto lo dijo con cierta indulgencia hacia mí; el águila era él, por supuesto.6

El rencor de Daneri está entonces plenamente justificado, pues dio a Borges el privilegio de ver el Aleph y fue pagado con un cuento que lo escarnecerá por los siglos de los siglos. Nada lo detendrá para vengarse de ese escritor mezquino, cruel, cobarde y a su juicio no tan dotado como muchos creen.

Ficción, realidad ficcionalizada y realidad: cruces
La novela se ubica en 1950, obviamente en Buenos Aires. Borges acababa de publicar, un año antes, El Aleph, el libro que contiene el cuento homónimo. Todavía ve, y si bien aún le falta poco para conquistar al público foráneo, en Argentina, sobre todo en la Capital Federal, ya goza de un prestigio apabullante. La herida, pues, en el alma de Daneri sigue fresca, y él está decidido a emprender la vendetta. Apenas arranca, el relato nos coloca en tres planos de realidad: por un lado, la realidad digamos real, donde aparecen Borges, Bioy, la madre de Borges, Fanny (su sirvienta), Silvina Ocampo, Estela Canto, Ulrike Von Kühlmann, Sábato y otros personajes que en efecto existieron; por otro, la realidad (o ficción) creada por Borges sobre todo en “El Aleph”, de donde sale Daneri; y, por último, el relato compuesto por Cappellotti, donde se mezclan los personajes anteriores y otros más creados a propósito para viabilizar el relato policial, sobre todo el inspector Colombres y su ayudante, el joven investigador Ezequiel Vega. En este caldo, la carta de Daneri que abre la historia nos plantea sin demora el tema de la venganza:
     
Querido Borges:
Decidí matarlo un 30 de abril de 1950, meses después de que su fama se acrecentara al publicar la tan mentada obra El Aleph. Obra publicada gracias a mi continua, apasionada, versátil y del todo insignificante actividad mental. (…) En fin, para qué andar con rodeos, Borges, usted ya sabe: soy Carlos Argentino Daneri y voy a matarlo.7

En esa primera carta hay guiños intertextuales señalados tipográficamente con redondas, casi como citas, y una clave que justifica, como marca sobre los usos narrativos de la posmodernidad, la configuración de esta novela: “Me asombra considerablemente el hipnotismo que [Borges] ejerce en la gente. Tiene la facilidad de transformar mentiras en verdades o bien hacer una verosímil conjunción de ambas”.8 Para lograr su propósito, Daneri decide “transformarse en el enemigo mismo”, conocer tan bien los hábitos de Borges que en determinado momento él es un poco “el otro Borges”, un Borges que hasta tiene un gato en su casa cuyo nombre es muy conocido por los admiradores del gran escritor: Beppo. Construir a Daneri fue relativamente sencillo, pues era necesario ampliar lo esbozado por Borges en “El Aleph” con el añadido de la sosegada tirria. El dibujo de Borges, en cambio, demandó que Cappellotti indagara meticulosamente en la biografía del sujeto real:

En realidad lo que tuve que hacer es humanizar a Borges y mostrarlo de una manera distinta a la que todos lo conocimos. Para ello tuve que investigar mucho sobre Borges, sobre su vida, sus costumbres y todo lo concerniente a su cotidianidad y, con toda esa documentación, traté de mezclar la ficción y la realidad con el simple objetivo de generar una historia que sea atrapante. Además, tuve entrevistas con uno de los biógrafos más importantes de Borges que es Alejandro Vaccaro quien es el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores.9
     
Al internarse en la biografía de Borges, los otros personajes cercanos a su vida (Bioy, Leonor Acevedo…) aparecen caracterizados también con fidelidad. El relato, empero, suministra algo de la ambigüedad que a Borges le gustaba tanto como el policial de enigma. Cuando llega la carta detonante, Fanny, la mucama, ve el nombre de quien remite y se da este diálogo:

—¿Entonces existe? —preguntó Fanny aún con el sobre en la mano.
—¿Quién? —contestó Borges de forma evasiva.
—Carlos Argentino, pensé que era un personaje de ficción.
—Lo es…, Fanny…, lo es. Debe ser alguna broma de un lector inoportuno.10

A partir de este momento ya no importa si Daneri es Daneri o un impostor, pues el hecho cierto es que tal sujeto quiere matar a Borges. Para lograrlo, procede en parte como en otro cuento famoso: “La muerte y la brújula”. Matará a Ulrike Von Kühlmann y a Estela Canto, mujeres que ha amado Borges, y con eso hará que las miradas inculpadoras recaigan sobre éste. Es allí cuando aparecen Colombres y Vega, los policías; el primero, aunque sea el jefe, es disoluto, irresponsable, una porquería de investigador; el segundo es atento, aplicado y admirador de Borges, a quien ve en peligro y por quien trata de hacer algo urgente: salvarlo.
La trama se tornará laberíntica, un enigma borgeano, a medida que avanza la novela. Los investigadores, por diferentes razones, mostrarán la proverbial ineptitud del sistema judicial y no darán con la punta de la madeja, aunque Ezequiel Vega se aproxime, más por accidentada iniciativa propia que otra cosa, a la verdad de lo que ocurre. También aparece el inconfesable e incestuoso amor de Daneri por Beatriz Elena Viterbo, que en el fondo puede ser el verdadero motor que ha impulsado la acción del asesino. Hay incluso un ingrediente con implicaciones políticas, peronistas, en la resolución que guardo para no estropear la posible lectura de quien no conozca esta novela. Al final nos queda el minucioso embrujo de un relato que ha sabido volver a los enigmas que gustaban a Borges, a los juegos con la verdad y la mentira que hoy no constituyen el canon del violento policial latinoamericano y, quizá por eso mismo, lo oxigenan.

1 “Libros. Matar a Borges. Francisco Cappellotti”, en http://www.luisbarga.net/2013/04/libros-matar-borges-francisco.html
2 Entrevista con Jorge Coscia en https://www.youtube.com/watch?v=m0_YF_TB6-4
3 El género negro. Orígenes y evolución de la literatura policial y su influencia en Latinoamérica, mempo Giardinelli, Capital intelectual, Buenos Aires, 2013, p. 221. Por su parte, Gerardo García Muñoz, al reseñar el libro Retóricas del crimen: reflexiones latinoamericanas sobre el género policial de Ezequiel De Rosso, señala que “A partir de la década del setenta, anota De Rosso, los creadores latinoamericanos se abocan a construir historias bajo la sombra del género negro, lo cual marca el abandono del modelo clásico del relato enigma defendido por Borges”, en revista Acequias, número 68, Torreón, 2015, p. 25. A partir de esta última observación, podemos afirmar que la novela de Cappellotti vuelve al “modelo clásico”.
4 María Esther Vázquez citada por Gilberto Prado Galán en El año de Borges, Miguel Ángel Porrúa-Universidad Iberoamericana Laguna, 1999, México, p. 107.
5 El forajido sentimental. Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges, Fernando Sorrentino, Losada, Buenos Aires, 2011, p. 77.
6 Ibid., p. 73. Entre otras críticas, Soto y Calvo publica esto: “JORGE LUIS BORGES: Parece mentira / Que un chiquillo de tanto talento / Se la pase frotando de ungüento / su lira!”, tras lo que Sorrentino anota: “De rodillas sobre granos de maíz, desperdigados en baldosas invernales, y ante quien quiera contemplarme, juro, rejuro y recontrajuro que no he inventado absolutamente nada y que Francisco Soto y Calvo, en efecto, escribió esos disparates”.
7 Matar a Borges, Planeta, Buenos Aires, 2012, p. 13.
8 Ibid., p. 17.
9 Francisco Cappellotti recibió una distinción por su obra “Matar a Borges”, en http://fmfuego.com.ar/francisco-cappellotti-recibio-una-distincion-por-su-obra-matar-a-borges/
10 Op. cit., Matar…, p. 31.

viernes, septiembre 10, 2010

Bayer con guantes



México es un país reacio a la polémica. En general, la esgrima de ideas es vista con recelo, y el polemista es un sujeto incómodo al que de preferencia debemos encerrar en el gueto de la indiferencia. Al debate no le vemos provecho y preferimos reunirnos para estar de acuerdo aunque no estemos de acuerdo, pues la etiqueta social dicta que debemos callar nuestro desacuerdo y no ser “políticamente” mierdas.
Precisamente acabo de leer un libro que ofrece lo contrario a lo que planteo en el párrafo anterior. Es un libro basado en la dialéctica del tomidaca cuyo protagonista es el argentino Osvaldo Bayer, de quien hace algunos meses reseñé un libro (En camino al paraíso) con muchos de sus brillantes artículos de prensa. Crítico feroz del poder y sus abusos, historiador minucioso de la barbarie contra los trabajadores de su país, Bayer es ya un referente mundial del pensamiento progresista. Leerlo es adentrarse en la lucidez y la combatividad, en la ética y la inteligencia. Casi me atrevo a sospechar que si hubiera diez como él en la Argentina o en cualquier otro país azotado por la corrupción, otro, muy otro sería el destino de ese pueblo, pues la acuciosa mirada de la crítica subrayaría de inmediato y sin ambages la podredumbre del poder.
Ahora que lo leo en Entredichos, 30 años de polémicas, me queda claro que frente a tipos como Bayer hay que cuadrarse. Qué tremenda vena debatiente, qué insobornable afán de denuncia, que limpia y tenaz aumentación contra la mentira y sus diferentes rostros. Es uno de los libros que compré en la Feria del Libro de Buenos Aires; lo publicó Página 12 y supongo que es inhallable en México. No importa, o sí, pero no tanto como hubiera importado antes de internet. Ahora es posible encontrar decenas de artículos de Bayer y de quien sea, así que por lo pronto quiero orientar a los lectores hacia ese nombre y ese apellido, independientemente de los textos que logren conseguir. Casi puedo decir esto, muy profanamente, como lema de comercial: si es Bayer, es bueno.
En Entredichos lo demuestra a plenitud. Son “Siete polémicas históricas” en verdad históricas, tremendos agarrones de Bayer con diferentes contrincantes no precisamente fáciles de refutar. La estructura de cada polémica fue organizada por la realidad: luego de un texto publicado por equis o zeta personaje, Bayer acomete con una salva de contrargumentos. Allí comienza el zafarrancho de ideas, la mayoría una lección de posturas y contraposturas en las que Bayer ocupa una posición central. No es la suya una beligerancia gratuita, un pleitear por pleitear sobre temas baladíes. El meollo del debate es en todos los casos un asunto vinculado con algún problema candente no sólo en la Argentina, sino en cualquier latitud del mundo donde se oculte o tergiverse la verdad. A Bayer le interesa sobremanera la memoria, el respeto por la verdad en función de su valor como ejemplo para las generaciones venideras.
Digo que Bayer es muy lúcido, pero igual lo son, o lo fueron, muchos de sus oponentes en cada uno de los “entredichos” arracimados en Entredichos. Destaco el debate con Rodolfo Terragano con el tema del exilio, o el sostenido con Mempo Giardinelli sobre la legitimidad de matar o no al tirano. Asomarse a esas polémicas nos abre una dimensión casi desconocida en México sobre el arte de pelear verbalmente con respeto por el oponente y los lectores, aunque (humanos al fin) en uno que otro momento Bayer y sus rivales deslizan feroces ironías y hasta sarcasmos.
Los dos debates que mencioné son, a mi gusto, los mejores en este libro de 287 páginas. Pero hay otra polémica, tal vez la más corta, mantenida por Bayer contra Ernesto Sabato. No bromeo si digo que la imagen del autor de El túnel casi se derrumba (o sin el casi) ante la andanada de Bayer, quien recrimina y no perdona a Sabato su encuentro con el gorila Videla y su acomodamiento en una supuesta posición crítica ajena a los riesgos que sí encararon quienes a la postre se vieron forzados al exilio. Lamento que se haya terminado mi espacio de hoy, pero ya preveo que la polémica Bayer-Sabato merece una ampliación por un detalle nada ajeno a nuestro entorno: el margen de cercanía o distancia que el intelectual debe tomar con respecto al poder, más cuando éste es cínico, mendaz y represor.

miércoles, junio 09, 2010

Saldos de la escoria



La escoria política siempre deja largas secuelas. La desaparición y la búsqueda, entre las principales. En la Argentina, sabemos, hay todavía muchas personas que exploran todos los rincones que pueden para dar con el paradero de seres queridos atropellados por la dictadura. Las Abuelas de Plaza de Mayo, organización cabeza de tal lucha, tiene muchos años recuperando nietos, es decir, hombres y mujeres de aproximadamente, hoy, 35 años que nacieron en centros clandestinos de detención y fueron entregados a otras familias con papeles falseados por los militares.
El método habitual para tener éxito en la identificación es científico y pasa por un examen de ADN. Las Abuelas han sugerido la prueba a los jóvenes que tienen ahora poco más de treinta años y sospechen o sepan que fueron adoptados en condiciones anómalas. Pueden ser hijos de desaparecidos. Hace pocos meses, por ejemplo, corrió en el mundo la noticia de que las Abuelas habían recuperado al nieto número cien, Francisco Madariaga Quintela. Y así siguen, escarbando en el pasado, hurgando en el presente y sugiriendo la prueba a quienes por experiencia de vida sospechen que algo raro hay en sus orígenes como hijos.
Uno de los casos más sonados y actual bombazo informativo en la Argentina es el de los hermanos Marcela y Felipe Noble Herrera, hijos de Roberto Noble y Ernestina Herrera de Noble. La señora Herrera de Noble es desde 1969, cuando murió su esposo, la dueña del Grupo Clarín, monstruo mediático que en la Argentina maneja publicaciones, televisión, radio y cine. Pues bien, hay sospechas fundadas de que Marcela y Felipe son, por así decirlo, hijos “irregulares” de la señora Herrera de Noble, es decir, que durante la dictadura ella los tomó en adopción con documentos apócrifos.
En el artículo “La señora y sus extraños herederos” (El Mundo, 2002), Mempo Giardinelli apunta: “La acusación que afectó a esta discreta dama, que se ocupó de eludir siempre cualquier posibilidad de figurar y soportó con estoicismo las infinitas suposiciones acerca de su conducta y sus preferencias, no es menor. El juez federal del más elegante suburbio bonaerense (San Isidro) Roberto Marquevich, la hizo arrestar en el marco de una causa en la que investiga la adopción de los dos hijos de esta mujer: Marcela y Felipe Noble Herrera. La niña se sospecha nacida en la próspera provincia de Mendoza. El niño, en la siempre castigada Tucumán. La acusación es grave y —para Argentina— emblemática: ‘Uso de documento público falso’. Lo que, traducido, significa que dichos menores pudieron haber sido hijos de militantes políticos encarcelados y luego desaparecidos, entregados en adopción de manera irregular. La Argentina de estos años está colmada de estos casos, y la sociedad hipersensibilizada al respecto (…) A lo que hay que añadir que Marcela y Felipe Noble Herrera son los herederos de una fortuna de 1.000 millones de euros y de un gigantesco poder, el cual perderían en caso de probarse otras filiaciones. Y esto también dejaría al Grupo prácticamente acéfalo, toda vez que el matrimonio entre Roberto Noble y Ernestina Herrera no tuvo descendencia natural”.
El caso es enredado, y tuvo como arranque el marco ominoso de la dictadura (sigue Giardinelli): “Y es que la historia de la actual desdicha de esta mujer también comienza —como casi todas las tragedias contemporáneas de Argentina— en las frías y macabras noches del otoño y el invierno australes de 1976, cuando, a partir del golpe de estado del 24 de marzo, la Junta Militar encabezada por el general Jorge Rafael Videla y el almirante Emilio Massera se apoderó de vidas y bienes en este país. En aquel entonces el diario Clarín, como casi todos los medios periodísticos de la Argentina, debió someterse a la autocensura y el autoritarismo más feroz. Las desapariciones de personas se producían por decenas cada noche y todas las garantías constitucionales estaban suspendidas, en medio del toque de queda y el estado de sitio. Y como se supo muchos años después, ése fue el periodo en el que se produjo la mayor cantidad de apropiaciones ilegales de bebés, entregados a jerarcas y amigos del régimen”. Pasados mil vericuetos, leo en La Opinión que “Después de ocho años de investigación, ayer comenzó el análisis genético que determinará si Marcela y Felipe Noble, hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, son hijos de desaparecidos políticos durante la dictadura argentina (1976-1983)”.
Como digo, la escoria política siempre deja largas secuelas. Es imposible saber cuántas dejará en México el imperio de horror que hoy nos azota.

sábado, abril 25, 2009

Idea de Giardinelli



Acaban de preguntarme en una entrevista que por qué la gente no lee. Trato de que mi respuesta no sea ingenua: por muchos factores perfectamente combinados, como pueden ser el desdén de los medios electrónicos, el atractivo de lo audiovisual, la desorientación de los maestros, el desapego de los padres y etcétera. Todo eso y más, junto, hace un coctel lesivo para la lectura, de suerte que todo intento por alentarla suele quedar corto ante la magnitud del problema. Esa reflexión me trajo el recuerdo de un artículo leído hace algunos meses: “La gran movida de la lectura”, escrito por Guillermo Saccomanno y publicado en Página 12 (24, 8, 08). Allí, el autor de La lengua del malón da sus impresiones sobre el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura que organiza Mempo Giardinelli en Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina. Pensé que así como el problema es multiforme, la solución también debe serlo: tan amplio es ya el lío que el Estado no puede solo. En otras palabras, todos podríamos cooperar para que el libro y la lectura alcancen el estatus que merecen como dinamos de la imaginación y de la inteligencia. Todo sirve, desde organizar una feria hasta leer frente a los hijos.
En la crónica de Saccomanno queda dicho que la obra de Giardinelli es un portento. No nos exijamos tanto, pero algo debemos aportar, aunque sea poquito, para que la cosa cambie; yo, a mi modo pobre y provinciano, no dejo de reseñar libros ni de regalarlos, y con eso hago algo. ¿Pero qué maravilla hace Giardinelli? Veamos lo que explica Saccomano, y de allí saquemos conclusiones:
“Noé Jitrik, hace unos años, me había contado con entusiasmo: ‘Lo de Mempo es un auténtico fenómeno’. Angélica Gorodischer también me lo había anticipado: ‘Te va a sorprender el Foro de Mempo’. Eduardo Belgrano Rawson fue más gráfico: ‘Te vas a caer de culo, hermano’. Y era, es así nomás la impresión que causa el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura. Ahora, en el decimotercero, una semana atrás, cuando la poeta Alejandra Correa debió comenzar su intervención en una mesa redonda, levantó la vista y parpadeó enceguecida por las luces. El auditorio en semipenumbra desbordaba el Domo del Centenario. Más de dos mil personas, se calculaba. ‘Me siento en el Luna Park’, dijo Alejandra. Y no era una metáfora. La misma impresión asaltaría a cada uno de los escritores, ensayistas, investigadores y docentes invitados al Foro ante la masividad y participación de los concurrentes venidos de todas las provincias del país hasta Resistencia, Chaco, uno de los territorios más estragados del país. Ninguno de los que allí estuvimos nunca antes había expuesto en vivo sus ideas ante una audiencia tan numerosa. Lo que venía a sugerir que aun cuando nuestro país atraviesa una fuerte crisis educacional, tal vez no todo esté perdido en materia de lectura y lectores.
El Foro tiene su historia. Empezó a formarse a mediados de los ’90, poco después de que el escritor Mempo Giardinelli debiera cerrar, acuciado por los aprietes económicos de la década, la revista Puro Cuento, a cuyo amparo se habían abierto numerosas bibliotecas en el Nordeste y realizado la primera Encuesta Nacional de Lectura en 1991. Inspirada en la mexicana El Cuento, Puro Cuento había alcanzado una difusión enorme en el país. La prueba es que en los lugares más remotos del interior, en los poblados más distantes de los centros culturales, nunca falta una maestra, un lector, una biblioteca que conservan como una reliquia esa publicación que difundía tanto a Rulfo como a Maupassant, a Cortázar como a Kafka. En esos años ’90 de entrega, de corrupción y frivolidad, Puro Cuento debió cerrar y entonces Giardinelli empezó a darle vueltas a la idea de generar otra clase de movida. O, mejor dicho, una movida de clase: con recursos mínimos, pidiendo colaboración a diferentes instituciones, creó una ONG dedicada al fomento de la lectura. El hecho fue una auténtica patriada si se repara que esto sucedía en una de las provincias más pobres y atrasadas de Argentina. Había también una lección ética en sus orígenes: además de donar su biblioteca personal, Mempo invertía en la movida lo ganado con el Premio Rómulo Gallegos. Así nacía la fundación que lleva su nombre y es el motor del Foro. Desde entonces (entonces era 1995) el Foro se fue afirmando con su rigor intelectual y conquistó prestigiosas distinciones internacionales (Naciones Unidas, la Organización de Estados Iberoamericanos, Unesco, por citar algunas).
En la actualidad la Fundación está conformada por un consejo de administración, un consejo asesor, un consejo académico y un staff permanente, además de 300 voluntarios. Además, dos Divisiones Académicas: Centro de Estudios Literarios y Sociales Chaco e Instituto de Investigaciones Literarias y Sociales Juan Filloy. Uno de los hallazgos de esta movida es el programa Abuelas Cuentacuentos, más de 200 abuelas y abuelos en todo el país leen en cada semana para miles de chicos en escuelas, centros comunitarios y hospitales.
Sin contar la lista enorme de editores, pedagogos y periodistas que participaron en estos trece años en el Foro, la lista de escritores supera los 400. Por citar sólo algunos nombres de los cuarenta invitados que estuvieron este año, nombraré a Noé Jitrik, Tununa Mercado, Angela Pradelli, Miguel Molfino, Pedro Mairal, Luis Pescetti, Esther Andrade, Carlos Silveyra, Patricia Sagastizábal, Orlando van Bredam, Oscar Collazos (Colombia), Laura Antillano (Venezuela), Rui Zink (Portugal), Sealtiel Alatriste (México). Importante: la participación de Carolina Alvarez, directora de Monte Avila, la editorial estatal venezolana, que publica alrededor de doscientos títulos anuales, un auténtico proyecto bolivariano que incluye la mejor literatura latinoamericana. A lo largo de cuatro días, el Foro desplegó seis mesas de debate y veintidós talleres. Algunos de los temas desarrollados fueron: ‘La práctica de la lectura en América latina’, ‘La lectura como derecho’, ‘Los niños y los jóvenes como destinatarios del fomento de la lectura’, ‘Las nuevas tecnologías de lectura’, ‘La lectura de la Historia y la escritura de ficción’, ‘La prensa y la lectura’. Sin duda, la cantidad inabarcable de actividades del Foro deparó unas cuantas anécdotas. Con Mairal comentamos la sorpresa que significaba para nosotros, escritores, visitar colegios y mantener una conversación de horas con alumnos que leyeron nuestras ficciones. Como situación especial, la tertulia final que cierra el Foro: todos los invitados leyendo un texto, ficción o poesía, ante ese auditorio tan vasto como atento. Tununa Mercado, con un conmovedor relato familiar de su infancia titulado ‘Sarmientina’ y Noé Jitrik fueron los últimos lectores. Jitrik, con un humor filoso, leyó fragmentos de un diccionario de su autoría que no le va en zaga al Diccionario del diablo de Ambrose Bierce. Uno de sus vocablos más insignes es ‘alacranear’, que deriva de la filosofía del francés Jacques Lacran.
Más acá de la emoción y el deslumbramiento que produce haber participado en el 13er. Foro, en un país con un panorama de lectura calamitoso, donde muchos maestros no saben escribir porque no saben leer, lo que vale subrayar es la coherencia entre la concepción y puesta en acción de la idea original de Mempo: Somos lo que hemos leído. La ausencia o escasez de lectura es un camino seguro hacia la ignorancia, y aunque ésa pueda ser una condena individual gravísima, lo es mucho más cuando deviene colectiva. Una sociedad que no lee, que no cuida sus libros y sus medios, que no cultiva su memoria y no alienta el desarrollo del conocimiento, es una sociedad culturalmente suicida.
Una impresión personal, compartida por quienes estuvimos esta vez en Resistencia, es que con cinco Foros de esta naturaleza que se desarrollen en cinco lugares estratégicos de nuestro país, la educación lograría una profunda transformación. No se trata, en efecto, de una feria del libro que redunda en beneficio comercial de una elite capitalista. Se trata de la defensa de la lectura y la protección del libro en función social y no en términos de la depredadora economía de libre mercado. En síntesis: el objetivo no es la ganancia de unos pocos sino la concientización de todos sobre la necesidad de una sociedad más justa".