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sábado, marzo 03, 2018

El primero de Los viernes




















En 2010 asistí a la Feria del Libro de Buenos Aires y entre otros pabellones encontré el de Página/12, periódico que además del diario edita suplementos y libros. Allí compré dos libros de Osvaldo Bayer, dos de Juan Sasturain, uno de Sandra Russo y una novela breve, titulada Corazones, de Juan Forn (Buenos Aires, 1959). Sobre él tenía sólo una referencia, la más visible en internet: que los viernes publicaba un texto espléndido en la contratapa de “Página”. Ahí fue donde comencé a leerlo y, lo digo desde ahora, a admirar su calidad no tanto de escritor, que la tiene en alto grado, sino de lector, de hombre vinculado visceralmente a los libros y curioso buceador en la vida de sus hacedores, como lo evidenciaba con total solvencia cada contratapa de los viernes.
Pasados los años, y luego de seguir semana tras semana las contratapas de Página/12, vi la noticia: Planeta había reunido en tres tomos las colaboraciones de Forn. Quise conseguirlos y me di alguna maña para que llegaran a Torreón. Y ya, leído el primero, sé que puedo opinar sobre la pertinencia de tenerlos a la mano si uno deambula en el medio literario/periodístico. Esto no significa, claro, que a un lector ajeno (digamos, un ingeniero) no gozaría las columnas semanales de Forn ya arracimadas en libro, pero para mí es evidente que los tres tomos de Los viernes son un modelo casi didáctico de trabajo literario para el periodismo, de suerte que allí pueden abrevar los escritores que deseen incurrir en el periodismo o los periodistas que deseen escribir no bien, sino muy bien: literariamente.
¿Y qué escribe Forn? Como es muy poco conocido en México, hay que decir primero que además de escritor es traductor (de John Cheever, Hunter Thompson…) y ha sido editor en Emecé y Planeta. Entre otros, ha publicado las novelas Corazones, Frivolidad, Puras mentiras y María Domeq, el libro de cuentos Nadar la noche y de crónicas La tierra elegida y Ningún hombre es una isla. En 1996 creó el suplemento cultural Radar del diario argentino Página/12. Actualmente es asesor literario y radica en la pequeña ciudad de Villa Gesell, frente al Atlántico, cerca de Mar del Plata.
Con facha de jugador de rugby, este escritor es ante todo, insisto, un lector tan agudo que seguir sus colaboraciones para la prensa es seguir una guía de excelentes recomendaciones no sólo literarias, sino artísticas en general. El género mediante el cual nos mueve al arte es, si no me equivoco, la biografía —Hernán A. Isnardi las llama crónicas—, una biografía compacta, ágil e informada con los datos más relevantes del personaje perfilado.
Pero no se piense que los asedios biográficos de Forn acometen a los sujetos para dar como resultado fichas de solapa, frías y más tiesas que un cadáver. Lo que Forn hace, creo, es combinar perfectamente la información con el arte de relatar, de suerte que el resultado siempre deja la impresión de que debemos correr a leer el libro, ver la película, oír la canción o buscar la pintura del sujeto escudriñado. Ahora bien, el truco de estas lecciones de biografía sintética se ciñe a una gran escuela: la de Marcel Schwob.
Para entender mejor lo que afirmo, traigo unas palabras de Francois Dosse, quien en El arte de la biografía. Entre historia y ficción (UIA, 2007), observa: “Schwob considera que el arte del biógrafo emana de la capacidad de diferenciar, de individualizar, incluso a personalidades que la historia ha reunido. Debe ir a la busca del detalle más ínfimo, minúsculo, que se esfuerce por recordar lo mejor posible la singularidad de un cuerpo, de una presencia. Schwob encuentra el instinto del biógrafo en Aubrey, cuando revela a su lector que a Erasmo ‘no le gustaba el pescado, a pesar de haber nacido en una ciudad pesquera’, que Hobbes ‘se volvió calvo en su vejez’ o que Descartes ‘era un hombre demasiado sabio como para ocuparse de una mujer; pero, como era hombre, tenía los deseos y apetitos de un hombre y, por tanto, mantenía a una bella mujer de buenos antecedentes a quien amaba’. De acuerdo con Schwob, el biógrafo sólo tiene que crear, a partir de la verdad, rasgos humanos, demasiado humanos, aquellos que correspondan a lo único. Su error es creerse hombre de ciencia. (…) Poco importa entonces que el personaje sea grande o pequeño, pobre o rico, inteligente o mediocre, probo o criminal, puesto que cada individuo sólo vale por aquello que lo hace singular”.
Así entonces, o al menos muy aproximadamente, procede Forn: sus personajes destacan no por las hazañas que impulsaron o por sus grandes obras, sino por algo que podemos denominar caldo inferior constituido por el ambiente, las inclinaciones, los accidentes y los caprichos que se ven reflejados en pequeñas acciones singularizadoras, individualizadoras. En efecto, cada vida tiene algún componente que la hace ser distinta. El arte del biógrafo consiste en rastrear/destacar el elemento diferenciador, de ahí que, al detectarlo, casi pasen a un segundo plano las realizaciones más visibles del personaje elegido.
El primer tomo de Los viernes reúne 52 entregas (o columnas, pues por haber aparecido en un espacio periodístico fijo pueden ser abrazadas por ese género), cada una referida a un personaje distinto. Predominan los escritores, pero en el catálogo también figuran cineastas, cantantes, fotógrafos y pintores. Aunque la extensión de cada pieza ronda las cuatro a cinco páginas, todas dan la impresión de ser más amplias, como si las agrandara el eco que dejan en la memoria del lector.
Además de su buena prosa —prenda de suyo agradecible si consideramos que las contratapas originalmente fueron trabajados para la prensa, con todos los apremios que esto implica—, Forn exhibe una puntería de arquero medieval para las citas. Lector fino, siempre tiene precisión para entresacar palabras justas, muchas veces deslumbrantes. Por ejemplo, cuando cita a Freud en el retrato de Marie Bonaparte: “La gran pregunta que nunca recibe respuesta y yo no estoy capacitado para responder, después de treinta años de estudios sobre el alma femenina, es qué desea la mujer”; o a Faulkner: “El problema de los jóvenes poetas es que aman su caligrafía como el olor de sus propios pedos”; o a Monterroso: “A todos escritor debería prohibírsele por decreto publicar un segundo libro hasta que él mismo logre demostrar que su primer libro era lo suficientemente malo como para merecer una segunda oportunidad”; o a Natalia Ginzburg: “Conocemos bien nuestra cobardía y bastante mal nuestro valor”; o a Nabocov: “El lector de Pushkin siente que su capacidad pulmonar crece”; a Renato Leduc (¡sobre Agustín Lara, nuestro “músico-poeta”!): “Al mirarlo por primera vez, uno sentía que ya había visto ese rostro en alguna piedra rota, en un pájaro mínimo o en la arena calcinada por el sol del Caribe. Era una miniatura de tamaño natural”.
Gracias a los detalles que Forn saca a la superficie, la prosa siempre afilada y las citas inmejorables asistimos pieza tras pieza a biografías estimulantes, pequeños trampolines para buscar por nuestro propio pie algo más de los personajes dibujados. Creo que a fin de cuentas eso es lo que desea un lector, el contumaz lector que es Forn: convidarnos un placer, movernos a la búsqueda de más y más asombrosas páginas.

sábado, junio 14, 2014

El futbol de Bayer




















Buena parte de la compleja, accidentada y apasionante historia argentina ha sido abordada por Osvaldo Bayer (Santa Fe, 1927). A él se debe, sólo por mencionar el momento más importante de su obra, La Patagonia rebelde, cuatro tomos que ya son un clásico en su país. Pues bien, Bayer es identificado con parte de lo más sólido del pensamiento latinoamericano, y no son pocos los debates políticos que ha entablado con sus colegas de éste y del otro lado del Atlántico. Por sus ideas, claro, sufrió el exilio del 76 al 83, lapso en el que radicó en Alemania.
Lo impresionante de este intelectual perfectamente afincado en sus quehaceres de historiador y politólogo es su gusto por el futbol (o fútbol, con ú acentuada y prosodia larga, para que la palabra suene porteña, como debe ser en este caso). Tal gusto derivó en la publicación, hace más de dos décadas, de Fútbol argentino (Página 12, Buenos Aires, 2009 en mi edición), libro que recoge parte de las más significativas glorias de este deporte en un país que come, respira y sueña futbol.
No se trata de una “historia” en sentido estricto, sino de una especie de cronología en la que el autor va destacando, con la prosa siempre sobria que lo caracteriza, escenas y protagonistas del futbol pampero, todo mezclado con flashazos del contexto social que hizo posible la aparición de ciertos clubes o de ciertos jugadores. Como señala Osvaldo Soriano, amigo de su tocayo Bayer y prologuista del libro, “Este libro no sólo interesará a los apasionados del fútbol, sino también a aquellos que estudian los movimientos sociales nacidos en la Argentina de las ‘vacas gordas’. No es otro Bayer éste del fútbol; es el mismo que ha comprometido su vida y su obra para que los argentinos conozcan la verdadera historia, tan ajetreada y deformada”.
En efecto, si uno lee, por ejemplo, los artículos de En camino al paraíso y los compara con las secciones de Fútbol argentino, encuentra que aquí también hay, detrás de cada párrafo, un hombre sensible, un sujeto que mira hacia el futbol con los ojos del niño que se emociona ante los recuerdos y es igualmente capaz de indignarse ante el desgaste sufrido por el futbol en su paso del profesionalismo, digamos, ingenuo, a un profesionalismo en el que cada vez importa menos el amor a la camiseta y otros sentimentalismos de similar pelaje.
Fútbol argentino está dividido en catorce estancias, además del prólogo de Soriano y las palabras “necesarias” de Bayer; en ellas el autor nos comparte su rechazo inicial a escribir un libro de esta índole y, luego, sus dudas y su aceptación: “¿Por qué no intentar la empresa? ¿Por qué el fútbol no puede ser un tema para un historiador, un sociólogo, un politólogo? ¿Acaso no es parte de la vida misma ese extraño y mágico influjo ejercido por veintidós jugadores y una pelota, sobre el mundo entero?”. Su respuesta a estas preguntas está en las 143 páginas en las que corre tinta sobre el futbol que lo tocó, aquel que, pese a que ya generaba una renta para muchos, conservaba todavía el aroma a barrio y un amor a la camiseta que hoy suena casi obsoleto.
Bayer pasa revista a jugadores y equipos memorables. Lo asombroso es que su fama, pese a referirse sólo a la Argentina, llegó hasta nosotros en épocas de información en cámara lenta, como pasó en las mejores épocas de Racing, San Lorenzo o Independiente. Aparecen, claro, nombres como los de José Manuel Moreno, Alfredo Di Stefano, Ricardo Bochini y muchos más, todos los grandes que precedieron a Maradona. Al acercarse al 78 encontramos los renglones que más duelen: “Pero en 76 se acabó la risa y la broma. El país se cubrió de sangre”. No por nada ese capítulo lleva un título paradójico: “El triunfo triste”, y ya sabemos a qué se refiere.
Páginas emocionadas, nostálgicas y apesadumbradas las de este Futbol argentino. Recorrerlas nos deja una lección: que en este juego puede caber toda, o al menos buena parte, de una realidad nacional.

jueves, abril 11, 2013

En trance de polémica


















Leí y reseñé Entredichos, libro de Osvaldo Bayer, en septiembre de 2010, y me dejó una lección poderosa: el mejor terreno del debate, acaso el único verdaderamente útil para confrontar posiciones, es el de la escritura. Cierto que hoy decimos polémica debate y casi en automático pensamos en la tele o en la radiodifusión, en encontronazos de candidatos durante periodos electorales o en mesas (o “paneles”) con politólogos y demás, pero es en la escritura donde las ideas se asientan mejor, donde el margen de improvisación es más pequeño y, por ello, pueden desarrollarse ideas con mayor orden y calado. Hoy, al revisar por motivos de trabajo otro comentario mío sobre Bayer, pasé por Entredichos y se me ocurrió esta breve reflexión sobre algunos entresijos de la polémica escrita.
Ante cualquier debate de este tipo, todos los caminos de la respuesta son potencialmente conflictivos dado que el ánimo está puesto en interpretar lo escrito o lo dicho con indeclinable y (con frecuencia torcida) suspicacia. Doy los tres tipos posibles de respuesta cuando estalla la primera trompada de un Cleto Reyes con lápiz. 

1. No respuesta, silencio: lo que interpreta quien propone el debate o quienes lo siguen (en caso de que sea público) es esto:
A) No respondió porque no tiene argumentos.
B) No respondió porque es un cobarde.
C) No respondió porque es un engreído y se cree superior de antemano.
D) No respondió porque está ocultando algo.
E) No respondió porque está calculando los tiempos y no quiere meterse en líos que pongan en predicamento su comodidad.
F) Una mezcla de todo lo anterior.

2. Respuesta breve: lo que interpreta quien propone el debate o quienes lo siguen (en caso de que sea público) es esto:
A) Responde en dos renglones y cínicamente se escurre por el lado de la brevedad.
B) No toma en serio la discusión.
C) Incurre en irresponsables generalizaciones.
D) Responde como si la respuesta fuera un favor y no una obligación.
E) Una mezcla de todo lo anterior.

3. Respuesta larga: lo que interpreta quien propone el debate o quienes lo siguen (en caso de que sea público) es esto:
A) Tira mucho rollo para adornarse/justificarse.
B) Lo que quiere es exhibir fanfarronamente un supuesto dominio del tema.
C) Cree que enredando con una respuesta larga consigue confundir al enemigo.
D) Se extiende porque es un ocioso y no tiene algo mejor que hacer.
E) Una mezcla de todo lo anterior.

¿Qué hacer ante estas posibles interpretaciones? ¿A quién le damos gusto? En mi caso, y con el riesgo de ser malinterpretado, en toda polémica elijo la tercera opción, la respuesta larga, pues además de ser (o creer ser) escritor, creo que una carta de saludo amistoso puede ser escrita con un "hola" y un "adiós", mientras que, al contrario, una carta aclaratoria o de debate debe tratar de avanzar muy detalladamente aunque padezca el riesgo de extenderse y hasta enredarse. Es preferible, por ello, ser luego criticado por exceso y no por falta, que quede mucha evidencia sobre la mesa y no silencio o parquedad, lo que se presta a interpretaciones que no zanjan absolutamente nada y sólo terminan atizando más la suspicacia.

viernes, septiembre 10, 2010

Bayer con guantes



México es un país reacio a la polémica. En general, la esgrima de ideas es vista con recelo, y el polemista es un sujeto incómodo al que de preferencia debemos encerrar en el gueto de la indiferencia. Al debate no le vemos provecho y preferimos reunirnos para estar de acuerdo aunque no estemos de acuerdo, pues la etiqueta social dicta que debemos callar nuestro desacuerdo y no ser “políticamente” mierdas.
Precisamente acabo de leer un libro que ofrece lo contrario a lo que planteo en el párrafo anterior. Es un libro basado en la dialéctica del tomidaca cuyo protagonista es el argentino Osvaldo Bayer, de quien hace algunos meses reseñé un libro (En camino al paraíso) con muchos de sus brillantes artículos de prensa. Crítico feroz del poder y sus abusos, historiador minucioso de la barbarie contra los trabajadores de su país, Bayer es ya un referente mundial del pensamiento progresista. Leerlo es adentrarse en la lucidez y la combatividad, en la ética y la inteligencia. Casi me atrevo a sospechar que si hubiera diez como él en la Argentina o en cualquier otro país azotado por la corrupción, otro, muy otro sería el destino de ese pueblo, pues la acuciosa mirada de la crítica subrayaría de inmediato y sin ambages la podredumbre del poder.
Ahora que lo leo en Entredichos, 30 años de polémicas, me queda claro que frente a tipos como Bayer hay que cuadrarse. Qué tremenda vena debatiente, qué insobornable afán de denuncia, que limpia y tenaz aumentación contra la mentira y sus diferentes rostros. Es uno de los libros que compré en la Feria del Libro de Buenos Aires; lo publicó Página 12 y supongo que es inhallable en México. No importa, o sí, pero no tanto como hubiera importado antes de internet. Ahora es posible encontrar decenas de artículos de Bayer y de quien sea, así que por lo pronto quiero orientar a los lectores hacia ese nombre y ese apellido, independientemente de los textos que logren conseguir. Casi puedo decir esto, muy profanamente, como lema de comercial: si es Bayer, es bueno.
En Entredichos lo demuestra a plenitud. Son “Siete polémicas históricas” en verdad históricas, tremendos agarrones de Bayer con diferentes contrincantes no precisamente fáciles de refutar. La estructura de cada polémica fue organizada por la realidad: luego de un texto publicado por equis o zeta personaje, Bayer acomete con una salva de contrargumentos. Allí comienza el zafarrancho de ideas, la mayoría una lección de posturas y contraposturas en las que Bayer ocupa una posición central. No es la suya una beligerancia gratuita, un pleitear por pleitear sobre temas baladíes. El meollo del debate es en todos los casos un asunto vinculado con algún problema candente no sólo en la Argentina, sino en cualquier latitud del mundo donde se oculte o tergiverse la verdad. A Bayer le interesa sobremanera la memoria, el respeto por la verdad en función de su valor como ejemplo para las generaciones venideras.
Digo que Bayer es muy lúcido, pero igual lo son, o lo fueron, muchos de sus oponentes en cada uno de los “entredichos” arracimados en Entredichos. Destaco el debate con Rodolfo Terragano con el tema del exilio, o el sostenido con Mempo Giardinelli sobre la legitimidad de matar o no al tirano. Asomarse a esas polémicas nos abre una dimensión casi desconocida en México sobre el arte de pelear verbalmente con respeto por el oponente y los lectores, aunque (humanos al fin) en uno que otro momento Bayer y sus rivales deslizan feroces ironías y hasta sarcasmos.
Los dos debates que mencioné son, a mi gusto, los mejores en este libro de 287 páginas. Pero hay otra polémica, tal vez la más corta, mantenida por Bayer contra Ernesto Sabato. No bromeo si digo que la imagen del autor de El túnel casi se derrumba (o sin el casi) ante la andanada de Bayer, quien recrimina y no perdona a Sabato su encuentro con el gorila Videla y su acomodamiento en una supuesta posición crítica ajena a los riesgos que sí encararon quienes a la postre se vieron forzados al exilio. Lamento que se haya terminado mi espacio de hoy, pero ya preveo que la polémica Bayer-Sabato merece una ampliación por un detalle nada ajeno a nuestro entorno: el margen de cercanía o distancia que el intelectual debe tomar con respecto al poder, más cuando éste es cínico, mendaz y represor.

viernes, mayo 07, 2010

Un virus indeleble



Poco a poco entiendo más la enfermedad del futbol en la Argentina. Por las noticias en México sabemos que acá se toman demasiado en serio esto, que en las canchas, las tribunas, la calle y los medios la futbolitis es permanentemente aguda. Contadísimos son los que no se involucran, los que ignoran, los indiferentes al ruido de los goles. Esa es la razón de la ubicuidad futbolera en la Argentina: no hay punto del país, sospecho, sin evidencias de que allí hay pasión por el fut, fervor casi místico por el juego de la patada.
Creo hallar prueba de esto en los periódicos. A diferencia de las nuestras, las secciones deportivas de acá no emiten más que noticias futboleras. Claro que por allí hay trocitos de información sobre tenis, autos, basquetbol, rugby (que acá, según me dicen, cuenta con equipos competentes) y quizá box. Salvo esa cosa rara llamada rugby y el basquetbol de la NBA, no hay deporte colectivo que le haga sombrita al fut. Si uno sabe algo de esto, pues, no hay problema en la Argentina para entablar una charla con quien sea, con cualquier desconocido. Uno omite hablar del clima y comienza como si nada a conversar sobre goles, jugadas, equipos y ya está, el diálogo avanza sin tropiezos, tan bien que asombra lo fácil que es hacer amigos en este país aunque uno no conozca nada más. El futbol casi basta como contraseña para acceder a esta cultura apasionada por el balón y sus misterios.
En México, he explicado por estos rumbos, el menú deportivo es más variado, tanto como nuestra comida. Un mexicano cualquiera puede gustar, sin conflicto de intereses, del futbol en primer lugar, y luego del beisbol, del basquetbol, del futbol americano, del box, de la lucha libre y de algún juego extra como cereza de coctel. La pasión, así, se divide y pistonea en el ánimo: hoy estamos atentos a la liguilla del Santos (por cierto, qué gusto saber acá que llevamos dos pepinos de ventaja sobre los Pumas) y si pierde, no pasa tanto que no pueda calmar más adelante alguna victoria de nuestro equipo de beisbol, o un match de box, o de los deportes que el imperio nos ha infundido: el futbol americano, el basquetbol y el beis de grandes ligas. Para hablar en el argot de los casinos, los mexicanos no ponemos todas las fichas de nuestra inquietud deportiva en un mismo casillero.
En la Argentina, me dicen y lo noto claramente por lo menos en todos los hombres, el deporte es el futbol, sólo el futbol, exclusivamente, apasionadamente, fanáticamente el futbol. Pocos se libran. Por ello, si pocos se libran, no es nada raro enterarse que la mayor literatura futbolera del mundo sea quizá la de Argentina. Se da el caso de que, por ejemplo, un escritor como Osvaldo Bayer, a quien nadie negará seriedad y compromiso, agudeza y vocación críticas, tiene entre su larga lista de libros políticos uno titulado El fútbol argentino. Y hay otros muchos que, con diferente intensidad y fortuna, han indagado en el fenómeno: Cortázar, Soriano, Fontanarrosa, Sasturain, Valdano, Sacheri y muchos más dan apenas una pálida idea de lo que pesa el fut en esta sociedad.
La combinación es extraña; uno puede oír una discusión política, que el peronismo no sé qué, que los Kirchner no sé cuánto, que el Grupo Clarín equis y zeta, muy acaloradamente, y luego escuchar a los mismos debatientes en igual polémica pero con el tema del futbol, que Boca no sé qué, que Chacarita no se cuánto, que Ríver equis y zeta. Rollo algo esquizofrénico para una mentalidad de mexicano acostumbrado a separar, con la mayor distancia posible, los temas serios de la frivolidad futbolera.
Lo que ocurre es que acá el futbol no es una frivolidad. Todos los adultos tuvieron la no muy rara experiencia de haber sido niños y fue allí, en la infancia, antes de ser lo que iban a ser (políticos o plomeros, taxistas o filósofos), donde contrajeron el virus único e indeleble. Ahora me explico por qué Juan Gelman nos confesó en Torreón que, como buen oriundo de Villa Crespo, ama hasta su vejez al Atlanta, un equipo que no ha ganado nada y sin embargo es querido por el poeta vivo más importante, acaso, en la Argentina actual.

domingo, mayo 31, 2009

El mundo de Bayer



Leí por estos días una compilación de artículos de Osvaldo Bayer. Por la franqueza de su tono, la calidad de su información y la trasparencia de su gesto ético me atrevo desde ya a decir que tal será uno de los libros más importantes que leeré en 2009. Su título es En camino al paraíso (Javier Vergara Editor, 1999) y lo compré en una de las dos librerías de viejo que tenemos en Torreón. ¿Cómo llegó acá? No lo sé. Cuando pasa eso, que un libro bueno, económico y raro llegue a mis manos en esta comarca industrial y remota, pienso que la providencia bibliográfica es demasiado generosa.
Sólo tenía noticias laterales sobre Bayer. Sabía, por ejemplo, que fue amigo del gordo Soriano, con quien trabó abundante correspondencia mientras ambos pasaban sus respectivos exilios en Europa: Bayer en Alemania y Soriano en Bélgica. La lectura de algunas de sus cartas me dejó una frase de Soriano que luego usé como epígrafe para Ojos en la sombra. Eso me llevó a buscar, sin prisas, pero sí con cierta obstinación, textos de Bayer en internet. Encontré varios, la mayoría en Rebelión (http://www.rebelion.org/), y entendí a las claras por qué debió huir de la Argentina durante la noche del Proceso que hizo del exterminio un deporte nacional.
Ahora escribo sobre él, sobre Bayer, para recomendar su obra a quienes quieran asomarse a la visión de un hombre honesto hasta el ardor. Porque cala, y cala en serio, leer a un crítico como Bayer, quien no se anda por las ramas cuando llama ladrones a los ladrones, criminales a los criminales, depredadores a los depredadores. Bayer es una máquina de denunciar, un claro ejemplo de que la palabra es arma poderosa contra las innumerables atrocidades que mancillan el planeta. Es, para presentarlo de inmediato a quienes aquí no lo conocen, una especie de Galeano argentino, tal como Galeano sería un Bayer uruguayo.
Al ir leyendo En camino al paraíso pensé, obvio, en escribir sobre su autor, y eso es lo que aquí hago. Por una de esas casualidades que tiene la cacería de temas, iba en el coche y sintonicé al azar una difusora cultural, no sé si Radio Torreón o Radio UAL. Muy extraño me pareció escuchar un acento argentino que hablaba sobre la Patagonia, sobre crímenes denunciados en sus libros, sobre el valor estratégico de aquellas tierras que ahora son vendidas a particulares norteamericanos y europeos. El entrevistador, también argentino, nunca dijo el nombre de su interlocutor, pero ambos mencionaron un par de veces el libro La Patagonia rebelde, por lo que supe que era Bayer quien, sin saberlo, deambulaba en las ondas hertzianas laguneras. Concluí: leo por primera vez un libro de Bayer, y por primera vez, en la misma semana, lo oigo, todo esto en Torreón; por tanto, debo escribir alguito sobre él, sin duda.
Una ficha biográfica abreviada anota que nació en Santa Fe, Argentina, en 1927. Pasó su niñez en Tucumán y luego en Bernal, Provincia de Buenos Aires, y en Belgrano, Capital Federal. Realizó estudios de medicina y filosofía en la UBA, para luego estudiar Historia en la Universidad de Hamburgo, Alemania. Es historiador, escritor, periodista, guionista cinematográfico, traductor y fue profesor honorario, titular de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como redactor en la revista Continente, en el diario Noticias Gráficas; fue jefe de redacción del diario Esquel, secretario de redacción del diario Clarín y director de la revista Imagen. Actualmente escribe notas para el diario Página 12. Fue traductor del alemán de Franz Kafka, Bertolt Brecht, Karl Jaspers, Thomas Mann y otros. Ha publicado La Patagonia rebelde (cuatro tomos); Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia; Los anarquistas expropiadores; Exilio (en colaboración con Juan Gelman); Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?; La masacre de Jacinto Aráuz; La Rosales, una tragedia argentina; Rebeldía y esperanza; Los cantos de la sed, entre muchos otros. En Alemania formó parte de diversos organismos de Derechos Humanos y en más de cien actos en Europa denunció los métodos de la dictadura militar. En 1997 recibió el premio “Veinte años de Madres de Plaza de Mayo”, el reconocimiento que más valora. Bayer fue declarado doctor honoris causa por las universidades patagónicas del Comahue y de la Patagonia Austral.
En camino al paraíso contiene un prólogo de Osvaldo Soriano; sospecho que fue el último o uno de los últimos textos que sobre Bayer escribió el autor de Triste, solitario y final, quien murió en 1997. Tal vez mejor que nadie, Soriano dibuja el contorno intelectual y moral de su prologado. No escasean los elogios, cierto, pero uno siente de inmediato que no son gratuitos, que Soriano opina sobre Bayer con cercanía y respeto, con la admiración de un argentino que probó la crítica y la amistad de un intelectual sin dobleces, de una sola pieza, como se dice de quienes no eluden poner el índice en las llagas. Dice: “Es verdad: Bayer es un hueso duro de roer. Sin él sería más fácil olvidar. Hacerse una historia a medida y cambiar de canal”. Luego, cita unas palabras que obtuvo al entrevistarlo: “Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común”.
Los artículos de Bayer no contradicen las palabras grabadas por Soriano. Al contrario, son la prueba contundente de que en Argentina, en Alemania, en el mundo todo, la abominable sombra de la desigualdad y la injusticia es lo más común y exige permanentes críticos. Permanentes, sí, permanentes porque el mundo está metido y cada vez se mete más en el círculo de una imbecilidad asesina, la “imbecilidad” (así la llama Bayer una y otra vez) del consumo, del armamentismo, del coloniaje cultural, de tanto y tanto más. Bayer pelea, critica con furia indetenible, y en alguno de sus artículos nos recuerda que, en el actual estado de ignominia mundial, “La única norma es la ética”.