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miércoles, mayo 29, 2024

El método Chandler


 






No es infrecuente que en las entrevistas a los escritores se les pregunte si tienen algún tipo de ritual para que las musas acudan y ayuden a trabajar. Algunos responden que no, que simplemente se sientan frente al teclado y comienzan a fluir las palabras por sus brazos, esto sin importar ninguna situación externa como el horario, el ruido, la música, el calor, el frío, el alcohol, el café, el cigarrillo o cualquier otro tipo de estimulante. Otros más, quizá la mayoría, expresa que si no se presentan ciertas condiciones, las que cada cual ha elegido, son incapaces de parir un solo párrafo.

Entre los dos extremos, claro, hay puntos intermedios, tipos que se muestran favorecidos por alguna condición que, si no se da, de todos modos no quedan anulados, pues se fuerzan a escribir más allá de las cábalas personales o de las circunstancias que bombardean desde el exterior.

Leo ahora un brevísimo libro de Osvaldo Soriano titulado Soriano por Soriano, obviamente autobiográfico. Allí, en uno de sus pasajes hace una afirmación que me gustaría compartir tal cual: “Hoy me enorgullezco de no haber escrito jamás una línea en horas de la mañana. Parece un orgullo esnob pero yo sé que, si lo intentara, saldrían sólo disparates. Lo más temprano que llego a escribir es a las seis o siete de la tarde, y escribo mejor cuando me encierro en lugares extraños, que alquilo o me prestan. Si no conozco a nadie y no hay teléfono, mejor. Chandler recomendaba a los escritores un método que le parecía infalible para vencer la pereza: encerrarse en su cuarto y no hacer nada. En ese juego está permitido no escribir, pero totalmente prohibido hacer otra cosa. Ni leer, ni ver películas, ni hablar por teléfono, ni revisar la contabilidad. Nada que no sea rascarse, mirar el techo, prender y apagar la luz y fumar cigarrillos. Al cabo, pensaba Chandler, uno se harta de no hacer nada y se pone a trabajar”.

Esto lo escribió Soriano cuando internet estaba a punto de entrar a saco en la vida de la humanidad, así que el método de Chandler ahora debe añadir la prohibición del celular. Si no es así, su prescripción resultará derrotada sin piedad por las notificaciones que hoy, para cualquiera, no sólo para los escritores, son el gran enemigo de cualquier concentración.

sábado, junio 14, 2014

El futbol de Bayer




















Buena parte de la compleja, accidentada y apasionante historia argentina ha sido abordada por Osvaldo Bayer (Santa Fe, 1927). A él se debe, sólo por mencionar el momento más importante de su obra, La Patagonia rebelde, cuatro tomos que ya son un clásico en su país. Pues bien, Bayer es identificado con parte de lo más sólido del pensamiento latinoamericano, y no son pocos los debates políticos que ha entablado con sus colegas de éste y del otro lado del Atlántico. Por sus ideas, claro, sufrió el exilio del 76 al 83, lapso en el que radicó en Alemania.
Lo impresionante de este intelectual perfectamente afincado en sus quehaceres de historiador y politólogo es su gusto por el futbol (o fútbol, con ú acentuada y prosodia larga, para que la palabra suene porteña, como debe ser en este caso). Tal gusto derivó en la publicación, hace más de dos décadas, de Fútbol argentino (Página 12, Buenos Aires, 2009 en mi edición), libro que recoge parte de las más significativas glorias de este deporte en un país que come, respira y sueña futbol.
No se trata de una “historia” en sentido estricto, sino de una especie de cronología en la que el autor va destacando, con la prosa siempre sobria que lo caracteriza, escenas y protagonistas del futbol pampero, todo mezclado con flashazos del contexto social que hizo posible la aparición de ciertos clubes o de ciertos jugadores. Como señala Osvaldo Soriano, amigo de su tocayo Bayer y prologuista del libro, “Este libro no sólo interesará a los apasionados del fútbol, sino también a aquellos que estudian los movimientos sociales nacidos en la Argentina de las ‘vacas gordas’. No es otro Bayer éste del fútbol; es el mismo que ha comprometido su vida y su obra para que los argentinos conozcan la verdadera historia, tan ajetreada y deformada”.
En efecto, si uno lee, por ejemplo, los artículos de En camino al paraíso y los compara con las secciones de Fútbol argentino, encuentra que aquí también hay, detrás de cada párrafo, un hombre sensible, un sujeto que mira hacia el futbol con los ojos del niño que se emociona ante los recuerdos y es igualmente capaz de indignarse ante el desgaste sufrido por el futbol en su paso del profesionalismo, digamos, ingenuo, a un profesionalismo en el que cada vez importa menos el amor a la camiseta y otros sentimentalismos de similar pelaje.
Fútbol argentino está dividido en catorce estancias, además del prólogo de Soriano y las palabras “necesarias” de Bayer; en ellas el autor nos comparte su rechazo inicial a escribir un libro de esta índole y, luego, sus dudas y su aceptación: “¿Por qué no intentar la empresa? ¿Por qué el fútbol no puede ser un tema para un historiador, un sociólogo, un politólogo? ¿Acaso no es parte de la vida misma ese extraño y mágico influjo ejercido por veintidós jugadores y una pelota, sobre el mundo entero?”. Su respuesta a estas preguntas está en las 143 páginas en las que corre tinta sobre el futbol que lo tocó, aquel que, pese a que ya generaba una renta para muchos, conservaba todavía el aroma a barrio y un amor a la camiseta que hoy suena casi obsoleto.
Bayer pasa revista a jugadores y equipos memorables. Lo asombroso es que su fama, pese a referirse sólo a la Argentina, llegó hasta nosotros en épocas de información en cámara lenta, como pasó en las mejores épocas de Racing, San Lorenzo o Independiente. Aparecen, claro, nombres como los de José Manuel Moreno, Alfredo Di Stefano, Ricardo Bochini y muchos más, todos los grandes que precedieron a Maradona. Al acercarse al 78 encontramos los renglones que más duelen: “Pero en 76 se acabó la risa y la broma. El país se cubrió de sangre”. No por nada ese capítulo lleva un título paradójico: “El triunfo triste”, y ya sabemos a qué se refiere.
Páginas emocionadas, nostálgicas y apesadumbradas las de este Futbol argentino. Recorrerlas nos deja una lección: que en este juego puede caber toda, o al menos buena parte, de una realidad nacional.

domingo, mayo 31, 2009

El mundo de Bayer



Leí por estos días una compilación de artículos de Osvaldo Bayer. Por la franqueza de su tono, la calidad de su información y la trasparencia de su gesto ético me atrevo desde ya a decir que tal será uno de los libros más importantes que leeré en 2009. Su título es En camino al paraíso (Javier Vergara Editor, 1999) y lo compré en una de las dos librerías de viejo que tenemos en Torreón. ¿Cómo llegó acá? No lo sé. Cuando pasa eso, que un libro bueno, económico y raro llegue a mis manos en esta comarca industrial y remota, pienso que la providencia bibliográfica es demasiado generosa.
Sólo tenía noticias laterales sobre Bayer. Sabía, por ejemplo, que fue amigo del gordo Soriano, con quien trabó abundante correspondencia mientras ambos pasaban sus respectivos exilios en Europa: Bayer en Alemania y Soriano en Bélgica. La lectura de algunas de sus cartas me dejó una frase de Soriano que luego usé como epígrafe para Ojos en la sombra. Eso me llevó a buscar, sin prisas, pero sí con cierta obstinación, textos de Bayer en internet. Encontré varios, la mayoría en Rebelión (http://www.rebelion.org/), y entendí a las claras por qué debió huir de la Argentina durante la noche del Proceso que hizo del exterminio un deporte nacional.
Ahora escribo sobre él, sobre Bayer, para recomendar su obra a quienes quieran asomarse a la visión de un hombre honesto hasta el ardor. Porque cala, y cala en serio, leer a un crítico como Bayer, quien no se anda por las ramas cuando llama ladrones a los ladrones, criminales a los criminales, depredadores a los depredadores. Bayer es una máquina de denunciar, un claro ejemplo de que la palabra es arma poderosa contra las innumerables atrocidades que mancillan el planeta. Es, para presentarlo de inmediato a quienes aquí no lo conocen, una especie de Galeano argentino, tal como Galeano sería un Bayer uruguayo.
Al ir leyendo En camino al paraíso pensé, obvio, en escribir sobre su autor, y eso es lo que aquí hago. Por una de esas casualidades que tiene la cacería de temas, iba en el coche y sintonicé al azar una difusora cultural, no sé si Radio Torreón o Radio UAL. Muy extraño me pareció escuchar un acento argentino que hablaba sobre la Patagonia, sobre crímenes denunciados en sus libros, sobre el valor estratégico de aquellas tierras que ahora son vendidas a particulares norteamericanos y europeos. El entrevistador, también argentino, nunca dijo el nombre de su interlocutor, pero ambos mencionaron un par de veces el libro La Patagonia rebelde, por lo que supe que era Bayer quien, sin saberlo, deambulaba en las ondas hertzianas laguneras. Concluí: leo por primera vez un libro de Bayer, y por primera vez, en la misma semana, lo oigo, todo esto en Torreón; por tanto, debo escribir alguito sobre él, sin duda.
Una ficha biográfica abreviada anota que nació en Santa Fe, Argentina, en 1927. Pasó su niñez en Tucumán y luego en Bernal, Provincia de Buenos Aires, y en Belgrano, Capital Federal. Realizó estudios de medicina y filosofía en la UBA, para luego estudiar Historia en la Universidad de Hamburgo, Alemania. Es historiador, escritor, periodista, guionista cinematográfico, traductor y fue profesor honorario, titular de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como redactor en la revista Continente, en el diario Noticias Gráficas; fue jefe de redacción del diario Esquel, secretario de redacción del diario Clarín y director de la revista Imagen. Actualmente escribe notas para el diario Página 12. Fue traductor del alemán de Franz Kafka, Bertolt Brecht, Karl Jaspers, Thomas Mann y otros. Ha publicado La Patagonia rebelde (cuatro tomos); Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia; Los anarquistas expropiadores; Exilio (en colaboración con Juan Gelman); Simón Radowitzky, ¿mártir o asesino?; La masacre de Jacinto Aráuz; La Rosales, una tragedia argentina; Rebeldía y esperanza; Los cantos de la sed, entre muchos otros. En Alemania formó parte de diversos organismos de Derechos Humanos y en más de cien actos en Europa denunció los métodos de la dictadura militar. En 1997 recibió el premio “Veinte años de Madres de Plaza de Mayo”, el reconocimiento que más valora. Bayer fue declarado doctor honoris causa por las universidades patagónicas del Comahue y de la Patagonia Austral.
En camino al paraíso contiene un prólogo de Osvaldo Soriano; sospecho que fue el último o uno de los últimos textos que sobre Bayer escribió el autor de Triste, solitario y final, quien murió en 1997. Tal vez mejor que nadie, Soriano dibuja el contorno intelectual y moral de su prologado. No escasean los elogios, cierto, pero uno siente de inmediato que no son gratuitos, que Soriano opina sobre Bayer con cercanía y respeto, con la admiración de un argentino que probó la crítica y la amistad de un intelectual sin dobleces, de una sola pieza, como se dice de quienes no eluden poner el índice en las llagas. Dice: “Es verdad: Bayer es un hueso duro de roer. Sin él sería más fácil olvidar. Hacerse una historia a medida y cambiar de canal”. Luego, cita unas palabras que obtuvo al entrevistarlo: “Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común”.
Los artículos de Bayer no contradicen las palabras grabadas por Soriano. Al contrario, son la prueba contundente de que en Argentina, en Alemania, en el mundo todo, la abominable sombra de la desigualdad y la injusticia es lo más común y exige permanentes críticos. Permanentes, sí, permanentes porque el mundo está metido y cada vez se mete más en el círculo de una imbecilidad asesina, la “imbecilidad” (así la llama Bayer una y otra vez) del consumo, del armamentismo, del coloniaje cultural, de tanto y tanto más. Bayer pelea, critica con furia indetenible, y en alguno de sus artículos nos recuerda que, en el actual estado de ignominia mundial, “La única norma es la ética”.