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sábado, agosto 17, 2024

Bucear en la memoria: cuentos de DMV





 











Tremendo sentido del ritmo cuentístico, de la administración de detalles, del flujo zigzagueante de la descripción, la narración y el diálogo. Humor en la pintura física y psicológica de los personajes y elección perfecta de las peripecias. Hábil sostenimiento de la tirantez que requiere el suspenso, suministro preciso de guiños históricos y políticos, eficacia en el punch conclusivo de las historias. Estilo alusivo, no explícito, al referirse a la situación de Chile en los horribles tiempos de la opresión dictatorial y la cacería de refractarios, es decir, dominio en el arte de bordear lo político-social sin incurrir en la prédica ideológica. Las anteriores son algunas de las malicias literarias de Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956, en adelante DMV), autor de cuentos de pecho ancho, amplios y a la vez apretados, rotundos, sin cascajo.

Parecen demasiadas virtudes juntas, pero las tiene y las exhibe sin escatimar destreza en Foto de portada y otros cuentos (Zuramérica, Santiago de Chile, 2020, 159 pp.), libro que en 2003 apareció con el título Déjalo ser (FCE, colección Tierra Firme, 165 pp.) y desde hace poco, en busca de nuevos lectores, reanudó su andadura editorial. Es, claro, el mismo libro, sólo que con otra portada, otro título, otro ordenamiento de los cuentos, un oportuno prólogo de Rodrigo Barra Villalón y algunos retoques sólo detectables, creo, con un cotejo de ambas ediciones. El único asegún que le pondría a esta nueva salida es el reacomodo de las historias, pero esto es prácticamente nada frente al dechado de libro de cuentos que Zuramérica puso en recirculación durante el año de la pandemia. La mayoría de los cuentos son para mí, sin discusión, modelos del género tal y como podemos entenderlo si lo asumimos con rigor, como arquitectura gobernada con los ojos abiertos y no como mero chorreo de lirismo o acumulación deshuesada de situaciones. Al menos en su costado de narrador realista, siento que hay un aire de Ribeyro en el chileno que aquí me ocupa.

Hijo de los escritores Diego Muñoz y Inés Valenzuela, DMV es autor de más de veinte libros; entre otros, de Nada ha terminado, Ángeles y verdugos, De monstruos y bellezas, Las nuevas hadas, Microsauri, El tiempo del ogro, Todo el amor en sus ojos, Ojos de metal, Entrenieblas, El mundo de Enid. Además, ha sido incluido en más de cien antologías de relatos en Chile, España, Bulgaria, Rusia, Ecuador, Argentina, México, Colombia, Italia, Islandia, Canadá, Croacia, Estados Unidos y otros países. Cuentos suyos han sido traducidos al croata (incluido el volumen Lugares secretos, en 2009), francés, italiano, ruso, islandés y mapuche; su novela Flores para un cyborg fue publicada en España (2008), Italia (2013) y Croacia (2014). Ha obtenido numerosos reconocimientos, participado en decenas de congresos, encuentros y ferias del libro, y trabajado como ingeniero (carrera que estudió), profesor universitario, coordinador de talleres, antologador y promotor cultural. Es presidente de la corporación Letras de Chile.

Haré una revista en caída libre de cada cuento, pero antes quiero subrayar dos o tres líneas generales, rasgos que atraviesan todas o casi todas las piezas. Primero, que ocho de las diez pueden quedar arracimadas en un haz, lo que da unidad al libro. Siento que dos de ellas, por razones que señalaré en su turno, escapan por su tema de la orientación mayoritaria. Segundo, que en el conjunto de ocho que he mencionado destaca el uso del recuerdo como dinamo de los relatos; los protagonistas viven en un presente que con alguna facilidad podemos ubicar en los noventa y desde allí se remontan a retrospecciones setenteras. Este racconto permite saber que en casi todos los casos, por no decir que en todos, se evoca una juventud inmersa en la tensión que provocaba su apetito de libertad intelectual y sexual puesto en contraste con los usos y costumbres de la satrapía atornillada al poder desde septiembre de 1973. Tercero, y esto se liga a otra estrategia de DMV: que carga la tinta de su interés en las experiencias de los personajes, los retrata en su vitalidad, en sus excesos, en su voracidad cultural, en su desorientación, en sus bromas, en sus titubeos, en su inmadurez y sus arrebatadas preocupaciones por el mundo inmediato que les cupo en (mala) suerte, y deja como fondo, con sutileza y precisión para no resbalar hacia el precipicio del panfletarismo, las alusiones a la tiranía. Según recuerdo —digo esto como ejemplo—, una sola vez se menciona el apellido del Déspota, pero uno como lector entiende que la mancha venenosa de su “gobierno”, por llamarle de algún modo, permeaba todo el luengo país las 24 horas de aquellos días aciagos. Recorro ahora sí cada uno de los cuentos.

“Foto de portada” es un relato político genial. Sabemos que se ubica en el 77 por la mención al acto del cerro de Chacarillas (en el que participó, por cierto, Nelson Sanhueza, futbolista que pasó por varios equipos mexicanos), y cuenta una revuelta estudiantil en la Universidad de Chile. El personaje narrador, Arancibia, un estudiante de ingeniería que casi podemos considerar alter ego del autor, recuerda, a partir de una foto de portada de El Mercurio, al Guatón (esto en Chile significa “barrigón”, “panzón”, “tripón”) Alvarado y a Vicente, dos jóvenes que se destacaron contra los carabineros en un encontronazo universitario. El relato describe el horror represivo y el coraje de los estudiantes que reclamaban otro estado de cosas para el país apuñalado por el generalote, sus esbirros y sus “sapos” (espías). Es un cuento con todos los atributos del género, además de cinematográficamente vertiginoso.

Relato que rompe un poco con la tesitura de las ocho piezas que mencioné como afines, “Apuntes para una historia siniestra” es una especie de utopía despiadada, o más bien de antiutopía. Cierto tipo adicto al dinero hace negocio con una anciana millonaria: produce para ella una pomada hecha de grasa humana. La sustancia es capaz de abolir las arrugas y por ello alargar al menos la apariencia juvenil. El protagonista, Matías de nombre, se vincula con un químico corrupto para fabricar en serio y en serie la grasa milagrosa derivada de cadáveres humanos. El texto es una especie de parábola de la ambición, de la voracidad empresarial como aplanadora de cualquier prurito ético, nada muy lejano de la mentalidad neoliberal puesta en boga durante los ochenta.

En “Déjalo ser” DMV sabe mostrar/esconder la información necesaria para que el relato mantenga in crescendo el interés, el aura de amenaza que apetecía Carver para los buenos cuentos. Ramsey, el protagonista, es un excelente asesor empresarial, una “estrella de la consultoría”. El cuento es narrado por un compañero de trabajo, quien reconoce su profesionalismo y su éxito. Un día Ramsey pasa de ser alegre a tristón, cuando ya no puede más con un sentimiento oprimente relacionado sin duda con su condición (algunos le llaman “preferencia”) sexual. Se lo revela al narrador. Ramsey desaparece y uno siente que las alusiones a la canción de Los Beatles, que da título al cuento, tienen profunda validez. Humor, sentido de la realidad, conocimiento del interior humano, malicia en la disposición de las peripecias: todas las virtudes de DMV en un relato.

“Ojos un poco perdidos” narra el encuentro de Monique y Leo. Beben bitters y recuerdan su ya larga amistad. En el fondo está la dictadura, el negror del terrorismo de Estado que deja márgenes muy estrechos para ejercer una felicidad algo desesperada. Leo apetece desde siempre a su amiga, está obsesionado con sus tetas. Dialogan, recuerdan, pero lo que avanza debajo de la conversación es el acercamiento sexual luego de una larga postergación. Saben que lo resultante de un encuentro es la infelicidad, el dolor. Ambos están como marcados por la urgencia y la anticipada derrota de la alegría. Aquí como en la mayoría de los cuentos hay leves referencias al momento en el que viven los personajes: el trasfondo es, ya lo dije, la dictadura, y los personajes son jóvenes que se mueven entre el instinto y la racionalidad, y saben que tienen poco margen de maniobra para disfrutar de sus vidas, del erotismo y el arte, que son casi clandestinos en ese marco social.

Más que triste, tristísimo es el cuento “Mirando los pollitos”, aunque no deja de estar impregnado del humor a veces acre de DMV. Cárdenas es un oficinista de provincia instalado a pujidos en la capital chilena. Casado y con dos hijos pequeños, con sacrificios levantó una casa que, precaria y todo, es un reino si nos atenemos a sus expectativas de origen. Un día lo echan del trabajo y con la liquidación sobrevive algunos meses si decir a su esposa que ha sido centrifugado. Deambula por la ciudad y busca sin fruto un nuevo empleo. Está ya casi al borde del cataclismo, aletargado en un parque, cuando aparece un tipo embutido en una botarga, el animador publicitario del pollo Roky, “el mejor de todo el Pacífico Sur”, quien lo convida a disfrazarse; con este empleo ínfimo y tragándose la sensación de ridículo, Cárdenas logra salir un poco del infierno de las deudas. Cierto día lo invitan a animar como botarga en una fiesta, y ese hecho detona una novedad. Es un cuentazo armado, como otros de DMV, in extremas res, de modo que desde el comienzo de la historia ya estamos instalados en el desastre del personaje.

“Yesterday” es otro gran cuento. Emilio, un joven estudiante de ingeniería y militante clandestino, se enamora de una mujer seis años mayor que él, Isabel. Tienen encuentros fugaces, no asientan nada firme, pero cada vez que se ven estalla el deseo. Esta historia revela lo destructivo de la rutina en pareja y lo feliz que puede ser el ser humano en los encuentros no burocratizados. La historia se ubica en el Chile del 76, así que allí campean los toques de queda, la persecución y el pavor a la degollina convertida en política pública. En medio de eso se tenía que colar la vida, el sexo, la aventura, como lo saben los protagonistas.

Luego viene “Vientos de cambio”, pero no lo juzgo el cuento más eficaz. Está escrito en clave de parábola. Un tipo anodino, de rostro convencional, quien representa a la sociedad chilena agraviada, sale a manejar y padece abusos. Trae un auto con el que inicia su desquite. El principal, atentar contra el general Lareen y comenzar allí el cambio: no permitirá más abusos contra la libertad de circulación. Parece qué tal es el símbolo encerrado en esta extraña historia.

“Adagio para un reencuentro”. Tremendo relato. Trata sobre el reencuentro imposible en San Francisco, California, con el padre muerto y también acosado por opositores políticos; la historia se mueve en una franja de realidad-irrealidad (más, claro, en la segunda que en la primera) en la que se da el recuento de lo compartido entre padre e hijo, un diálogo en el que reviven, entre otros asuntos comunes para los dos, “huelgas obreras y esperanzas fallidas”. Es un gran cuento fantástico, urdido con el fondo del “Adagio de Barber”. No sé dónde la leyó, pero esta es una pieza narrativa venerada por mi amigo Daniel Lomas, escritor, y lo entiendo y adhiero a su admiración.

Un cuento que no empata con el tema y el tono con los anteriores es “El día en que todo se detuvo”. Plantea la sorpresa de llegar a un día en el que amanece y no funciona ningún aparato. Nada explica el fenómeno. Esta especie de distopía se ubica en la casa de Alberto, su esposa y sus hijos pequeños. Entre sorprendidos y resignados, ven que nada echa a andar. Los teléfonos no funcionan, los autos no encienden, todo ha quedado sin energía. Tratan de llegar a la escuela y la oficina, pero no hay transporte. Sin tragedia aparente, se resignan todos a seguir una vida más serena y vinculada a la naturaleza. Este cuento desconcierta un poco en el conjunto, se siente algo edificante, con una moraleja acaso no muy soterrada, lo que podría ser juzgado como lunar en un grupo de cuentos sin tal rasgo.

Por último, “Después de treinta años” cuenta la historia de un reencuentro de amigos cincuentones. Es de mis textos favoritos en el menú. Fueron adolescentes en el periodo del Golpe que, obvio, también les cagó la vida. El narrador-testigo (Diego Núñez, escritor, alter ego menos disimulado del autor) describe el caso de Lucho, quien se fue a España y está de paso por Chile luego de treinta años. Es la época de las fiestas navideñas. Rememoran andanzas, “la diáspora” tras el ataque a La Moneda, sucesos relacionados con la represión, amigos muertos (Héctor). Es un cuento ejemplar, pues debajo de su humor asordinado —el retrato de los personajes es impecable— se desliza como pesadilla el recuerdo de la dictadura y su contracara: el heroísmo. Este es, como observé hace algunos párrafos, el único que menciona por su apellido al tiranosaurio de Valparaíso.

En el prólogo, Rodrigo Barra tiene razón al comentar que como editores se preguntaron si era pertinente “volver a publicar el libro, pensando que tal vez sería extemporáneo y no se ajustaría a los nuevos tiempos. ‘Ha corrido mucha agua bajo el puente desde que Déjalo ser vio la luz’ —nos dijimos”. Me da gusto que Zuramérica haya consumado, ahora con otro título, esta reedición precisamente por ser, o al menos parecer, un libro extemporáneo. Con él, los jóvenes lectores, sobre todo ellos, podrán asomarse a un mundo que en efecto comparten, el de la inquietud sexual, cultural, académica, pero también a otra realidad lamentablemente desplazada hoy por la potencia de la banalidad digital que ha hecho del compromiso político un bochorno como no lo fue, como no podía serlo, para la juventud que nos mira desde las páginas de Foto de portada y otros cuentos de factura compacta y sin detalles librados al azar.

sábado, agosto 10, 2024

Un día inolvidable












Al género crónica podemos añadir en ciertos casos el apellido memoria: crónica-memoria. Se trata de la recuperación, con la mayor fidelidad posible, de un acontecimiento del pasado descrito en clave cronológica. Los hechos más adecuados para su escritura son aquellos que nos han impresionado con fuerza, sean gratos o funestos. El olvido de muchos detalles, por supuesto, es parte de su dificultad, pero la imaginación sin desbordes de la franqueza es aceptable si nos atenemos al objetivo de alcanzar una meta cara a toda escritura de este tipo, autoconfesional: ser al menos verosímil. Es un género que me gusta porque en él se adunan, en grados desiguales, el deseo de recuperar una estampa real algo remota y el arte de narrar el acontecimiento o la anécdota como si de un cuento se tratara. Traigo aquí un relato de esta índole.

Pero antes a esta introducción sumo otra: ¿qué detona la crónica-memoria? Puede ser el capricho, un resorte del subconsciente. Un día estamos en la ducha y nos asalta el recuerdo sin un motivo claro a la vista. Otro día leemos o escuchamos algo y aparece pleno una especie de film en nuestro interior. Lo que contaré tuvo una palanca del segundo tipo, y esto parece un buen ejemplo para el comentario “Otros usos del libro”, que escribí hace poco. En él declaro que en mi caso suelo usar los libros para leer, pero también como archivo o repositorio disperso, desordenado, de papelitos entre sus páginas. Obviamente nunca sé lo que voy a encontrar, si es que encuentro algo, cuando tomo alguno de mis libros. Puede ser un post it, una foto, una invitación vieja, una nota de compra, un pedazo de servilleta, un fragmento de periódico, un separador perdido… Recientemente hallé así, entre páginas de libro, un cacho de mi pase de abordar para un vuelo de la Ciudad de México a Santiago de Chile. La fecha aparece en el comprobante del equipaje: 26 de octubre de 2011. Este dato precipitó mi recuerdo de aquel momento y sus vicisitudes.

La mañana ya del 27 bajé de la nave de Aeroméxico en el aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago. Para evitar el alto costo del taxi, creo que primero tomé un autobús y luego el metro; lo que sí recuerdo fue que al cálculo descendí cerca de la estación Universidad de Chile. No tenía señal de internet y sin Google Maps (¿ya existía?) me resultaba imposible saber en dónde estaba. Era, lo sé ahora muy bien, un viaje mal planeado. Sólo sabía que por allí, donde fuera, debía encontrar una habitación de hotel. Los recursos no me sobraban, así que descarté edificios sólo por su fachada. Erré por algunas calles comerciales con mi mochila de espalda y la maleta de rueditas inclinada desde la extensión hasta mi mano derecha. De aquella caminata guardo fija una imagen insustancial: la farmacia Ahumada con el mismo logo y la misma tipografía de nuestra farmacia Benavides. Nadie me esperaba en Santiago, aunque en el mail tenía el contacto de Diego Muñoz Valenzuela, quien ya para entonces me tenía organizada una lectura en la corporación Letras de Chile.

Al azar seguí caminando como una hora y vi una especie de cueva con un rústico anuncio que ofrecía “habitaciones disponibles”. Al pie de la calle, en el umbral, una chica de edad incierta, tal vez apenas adulta y muy humilde, vendía golosinas en una caja de madera trepada sobre una de cartón. Antes de acceder a la “administración” de aquel hostal claramente sórdido —para ahorrar—, pregunté a la chica si en efecto allí había hospedajes, dado que el anuncio había sido diseñado con las pezuñas. Me respondió que sí, pero luego, dibujando una cara de genuina angustia, añadió con el acento del lugar: “Pero no entre, allí le roban a la gente”. Sus ojos abiertos, alarmados, solidarios y hermosos reflejaban que en verdad quería ayudarme, así que de inmediato reculé y huí con mi maleta de rueditas a otra parte.

Continué mi marcha por calles desconocidas, y en un puesto de periódicos y revistas pregunté por algún hotel económico. La oscura cabeza asomada en un marco de papeles me respondió que a dos cuadras, por allá, había uno. Seguí avanzando y di con el hotel Imperio situado en la esquina de la avenida Bernardo O’Higgins y calle San Alfonso. Entré ya agotado de caminar y pregunté el precio en la recepción. No era barato, pero tampoco caro, así que pagué mi estancia con desayuno incluido. Al entrar en la habitación —ni fea ni bonita— lo primero que hice fue bañarme. Luego me tendí en la cama y caí dormido como un bulto de cemento. Tras un rato de sueño, desempaqué mis cosas y vi que no traía adaptador para conectar la computadora y el celular. Decidí salir a comprar uno y de paso a buscar un sitio para comer lo que fuera. Una indicación del recepcionista del hotel me señaló buscar mi adaptador en la calle Matucana, a dos cuadras de allí. Caminé hacia el rumbo recomendado en aquella tarde espléndida, y esos primeros pasos en Santiago los recuerdo muy gratos, de un verdor pleno por los álamos y los amplios tramos con césped del camellón. Por fin estaba en la ciudad de tantos queridos y detestados hechos históricos. Me sentía dueño de la urbe, un mexicano llenándose los pulmones de Santiago. Lo que vino luego amerita párrafo aparte.

Estaba ya frente a la Estación Central del metro, en la bocacalle de O’Higgins con Matucana, sitio desde donde vi que era verdad: había allí muchos pequeños negocios de electrónica. Pero antes de avanzar por Matucana, un griterío llamó mi atención. Tras esto, vi que un tropel corría hacia mí; las caras de quienes corrían mostraban agitación, supongo que horror. No sé por qué, como hipnotizado, en lugar de sumarme a la estampida caminé de frente a ella. Algunas personas que corrían me rozaban los costados al pasar. Yo iba como ido, fascinado y curioso hasta que noté una nube no muy densa pero visible. Quise tomar una foto con el celular (creo que era Blackberry) y en eso estaba cuando la nube me llegó. Ya no pude ni encender el celular, pues sentí una picazón horrible en los ojos. Ahí fue cuando di marcha en reversa por segunda vez en el día, y con los ojos llorosos, ardientes, como si en ellos me hubieran tallado un chile xalapeño, llegué otra vez a la esquina de la calle Matucana, donde doblé y avancé media cuadra antes de encontrar la sombra de un árbol. Los ojos me ardían, saqué mi paliacate y comencé a llorar en su decorado hindú. El ardor desconocido casi no me permitía ver, y cuando abría los ojos todo lo veía acuoso, hiriente, con un picor inédito en las córneas. Necesitaba agua. Casi a tientas me desplacé hacia una tiendita cercana y pedí una botella. El encargado dijo unas palabras que no recuerdo, me pasó el agua y pagué con cualquier billete. Salí de la tienda y de nuevo busqué el resguardo del árbol bienhechor. Luego humedecí el paliacate y comencé a frotarme los ojos. Nada. Me incliné y a ciegas me derramé agua en la cara, de lado. El agua fría palió el ardor, pero tuvo que pasar como media hora para recuperar una visibilidad decente.

¿Por qué ocurrió esto? Lo supe después en mi viaje mal organizado: al lado de la calle Matucana se ubica uno de los planteles de la Universidad de Chile. Los estudiantes estaban enfrentando al gobierno de Sebastián Piñera por sus afanes privatizadores de todo, incluida la educación (era la época de oro como dirigente de Camila Vallejo, vocera de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile) y el poder reprimía con camiones de agua a presión, gases lacrimógenos y demás amabilidades. Eso fue habitual allá durante el 2011, pero yo no lo esperaba así de golpe, casi como bienvenida.

Ya más recuperado me coloqué en una ubicación adecuada para tomar algunas fotos de los carabineros y de la Universidad de Chile en los dos planteles de la avenida O’Higgins que me quedaban cerca: el de la Estación Central donde probé el gas pimienta y el que está frente al Palacio de la Moneda. Comparto esas modestas fotos como recién acabo de compartir mi inolvidable primer día chileno.












sábado, abril 13, 2024

Acequias 92 todavía en línea












Comparto el editorial del número 92 de la revista Acequias de la Ibero Torreón. Su distribución es gratuita en papel y además aparece en la web de la misma universidad. Ofrece en su pórtico lo siguiente:

Desde agosto de 2022 la Ibero Torreón comenzó un periodo de celebraciones que duraría un año. El motivo fue su aniversario cuarenta, y por ello durante más de doce meses fueron organizadas actividades que recordaran cuatro décadas de trabajo e incidencia en la comunidad. Fue pues un lapso de reconocimiento al trabajo realizado, es verdad, pero más de énfasis en lo pendiente, en lo futuro, que siempre será desafiante.

Como acto relacionado con la recordación del cuadragésimo aniversario, la universidad preparó un libro conmemorativo en el que participaron numerosos integrantes de nuestra comunidad. Las páginas introductorias fueron escritas por Juan Luis Hernández Avendaño, nuestro rector. Son también las que abren este número 92 de Acequias, y, junto con ellas, dos de los textos leídos en la presentación del libro que asimismo está disponible gratuitamente, en formato PDF, dentro de la web institucional.

En esta nueva salida, última de 2023, nuestro espacio ofrece variados materiales. Zaide Patricia Seáñez articula un resumen del trabajo realizado en el doctorado en Investigación de Procesos Sociales, y en él destaca varios de sus logros más salientes, es decir, las investigaciones nacidas en su seno. Luego, el prólogo al último libro editado en 2023 por la Ibero Torreón, el Segundo cuaderno de investigación desde las aulas coordinado por Silvia Gabriela Navarro Valdez, obra que recoge trabajos de investigación y asentamiento de resultados de alumnas y alumnos.

“La Laguna frente a la alteridad” es el título del extenso comentario firmado por María Sol Galoviche, exalumna de intercambio oriunda de Argentina. En sus páginas recorre y comenta La casa del dolor ajeno, libro cuyo tema se vincula al genocidio antichino perpetrado en Torreón en la segunda década del siglo XX. Viene después una pequeña muestra de los Cuadernos del Taller, trabajo editorial del Taller de periodismo de opinión.

Mariana Ramírez, exalumna de la Ibero Torreón, comparte un comentario sobre Encuentros fortuitos (UANL-Ibero Torreón, 2023). Por último, dos colaboraciones llegadas de lejos. De Argentina, “María, la más mía”, de Juan Pablo Neyret, sobre María Kodama, quien falleció en marzo de 2023; y del chileno Diego Muñoz Valenzuela la crónica “El hombre de las gafas enormes”, sobre Salvador Allende a 50 años del golpe en Chile.

Que las venideras páginas les sean interesantes y gratas. 

lunes, junio 26, 2023

Argentina 2023

 







Fueron días algo vertiginosos y cansados, pero muy gratos porque mezclaron trabajo, amistad, literatura y gastronomía. Luego del viaje a Saltillo donde el domingo 7 de mayo participé en la Feria Internacional del Libro de Coahuila con la presentación de “Leyenda Morgan” (UANL, segunda edición, 2023), el jueves 11 de mayo salimos muy temprano Maribel y yo hacia Buenos Aires. Los vuelos Torreón-Ciudad de México-Buenos Aires fueron perfectos, y el mismo día 11 aterrizamos en el aeropuerto de Ezeiza a las 10 de la noche. Paramos en un departamento casi aledaño a la avenida Corrientes esquina con Julián Álvarez, digamos que en el rumbo de Villa Crespo, cerca de la avenida Raúl Scalabrini Ortiz, el entorno donde nació el poeta Juan Gelman. Salvo por alguna lluvia esporádica, el clima que nos acompañó fue inmejorable durante toda la estancia, tanto que no demandó abrigo pesado, que por las dudas sí llevamos. Fue mi séptimo viaje a la Argentina y el primero para Maribel, así que ella compartió ahora conmigo toda la experiencia tantas veces contada en nostálgicas sobremesas de Torreón. Cargué con mi laptop para el trabajo en casa, el famoso home office que aprendimos a manejar durante la pandemia, así que los desayunos y las comidas se desahogaban en el espacio fijo que elegimos como radicación temporal, lo que significó un ahorro notable. Ya en la tarde venían los encuentros y los compromisos. El mismísimo viernes 12 a las seis de la tarde hicimos nuestra única incursión a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En el pabellón chileno era presentada “Una antología insumisa” de mi amiga Pía Barros, y allí saludé a sus paisanos chilenos Diego Muñoz Valenzuela y Paulina Bermúdez Valdebenito, y a los amigos argentinos Sandra Bianchi, Laura Nicastro, Juan Romagniolli, Leandro Hidalgo, Martín Gardella, Raúl Brasca y Fabián Vique. El sábado lo reservamos para participar en el festejo por el decimoquinto aniversario de Macedonia Ediciones, emprendimiento editorial encabezado por Vique y José Luis Bulacio. La ceremonia fue larga, de cuatro horas, y se dio en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. Entre emotivas mesas de lectura, performances teatrales, música, vino, empanadas y torta (lo que nosotros llamamos “pastel”), transcurrió aquella jornada plena de literatura y camaradería en la que tuve el gusto de participar en una mesa de microficción. Entre otros amigos, allí reencontramos a Carlos Dariel, Norah Lorenzo, Jorge Figueroa, Nanim Rekacz, Viviana Abnur y Andrea Burucua, y conocimos a Claudia Cortalezzi, Patricia Dagatti, a la cantautora Myriam Belfer y al escritor peruano Ary Malaver; en otra oportunidad saludaría también allí a Javier Ramponelli y al poeta Carlos Norberto Carbone. Al final, ya en la cena, rematamos en el restaurante Recoleta de Haedo con unas pizzas y otros platos espectaculares.

Los días siguieron avanzando con una rutina semejante a la ya descrita: trabajo de revisión de textos en la mañana, y en las tardes y noches encuentros con los amigos y la gastronomía porteña. Cuando no hubo encuentros vespertinos, llevé a Maribel a conocer algunos puntos indefectibles: la Avenida de Mayo, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, la peatonal Florida, la avenida 9 de Julio, el obelisco, el café Tortoni, la Mafalda de San Telmo, la plaza del Congreso… Pude conversar dos tardes (ambas en el café La Ópera) con el gran escritor Enrique Medina, quien a su vez me presentó al ensayista Antonio Las Heras; saludamos a mi paisano lagunero José Juan Zapata y a Jéssica, su esposa regiomontana; vimos en su programa de radio-teatro a Alejandro Dolina, con quien cenamos en el restaurante Babieca de la avenida Santa Fe. También cenamos y charlamos amplia y muy afectuosamente en el fabuloso restaurante temático Perón-Perón con Giselle Aronson y Fernando Veríssimo, y una tarde merendamos en la cafetería Imperio con el periodista Eduardo Anguita, quien luego me entrevistó en su programa de Radio Nacional. En ese mismo lugar, pero otra tarde, nos vimos con el escritor Fernando Sorrentino y Alicia, su esposa. En el restaurante-librería Casa Tinta cenamos con Sandra Bianchi y su pareja, el periodista Rodolfo Chisleanschi. Las tardes y las noches estuvieron llenas de actividad, como el partido de futbol que vimos un lunes por la noche porque nos quedaba a cuatro cuadras: un choque entre Atlanta contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy en el estadio Don León Kolbowski, sede de Atlanta, donde Maribel, gracias a un joven vecino de asiento, probó por primera vez el mate. Un domingo tuvimos asado en casa de Andrea Burucua, y fue Javier, su pareja, quien controló la parrilla que disfrutamos Hugo Alejandro Gómez, Dariel, Figueroa, Bulacio, Vique, Andrea (amiga de la Andrea anfitriona), Manuel (hijo de Andrea), Maribel y yo. Una tarde lluviosa conversé en el Big Joe con mi amigo Mario Berardi, también escritor, e intercambiamos libros como si fueran banderines. A quienes han colaborado en Acequias, revista de la Ibero Torreón, les di el ejemplar de papel correspondiente y mi reiterada gratitud a nombre de la Ibero Torreón. El 23 de mayo, día de mi cumpleaños, me entrevistaron en la estación Radio Cultura de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) para el programa “El país y sus escritores”, conducido por Edgardo Muller, esto en el rumbo más pirrurris de Recoleta. Y otra tarde, ésta de ventisca, saludamos en la cafetería La Giralda al gran periodista y narrador Ricardo Ragendorfer, a quien no conocíamos. Una noche volvíamos ya algo tarde al departamento y nos topamos en la calle Loyola con un establecimiento (El furor de Villa Crespo que guarda el recuerdo del maestro Osvaldo Pugliese) de donde emergían notas de tango; con curiosidad entramos y vimos bailar un rato a las parejas hipnotizadas e hipnotizantes por culpa de aquel endiablado ritmo. La única actividad mañanera que tuvimos se dio el jueves 25, cuando por instancias de Alejandro Dolina asistimos a una entrevista de radio que me hicieron en el programa La Mañana, con Víctor Hugo Morales, periodista que todos los futboleros no pueden no conocer pues fue él quien relató para la eternidad el segundo gol de Maradona a los ingleses en 1986, donde bautizó a Diego como “barrilete cósmico” (el barrilete es lo que nosotros conocemos como “papalote”). El mismo 25 en la tarde asistimos al festejo del día patrio en la Plaza de Mayo, donde la oradora fue Cristina Fernández de Kirchner, vicepresidenta argentina. En medio de estas actividades se dio el curso sobre literatura mexicana que compartí por allá, la presentación de mi libro “Entre las teclas”, en edición argentina, y un viaje a Tigre, ciudad turística bellísima a la que el domingo 28 de mayo nos condujeron Fabián y Adriana. Cuando llegó la noche anterior a nuestro regreso todavía le sacamos jugo al recorrido: Laura Nicastro y Quique Ruslender, su esposo, nos invitaron a disfrutar un asado en su departamento, del cual salí además con un jersey de Chacarita Jr., regalo de Quique, acaso el hincha número uno de los Funebreros.

¿Algo se me pasa en esta apretadísima y meramente enumerativa crónica? Mucho, todo lo inefable, como el sabor de los vinos o de mis amadas chocotortas con café, como la impagable amistad de tantos amigos y el hecho simple, elemental, de ser, de existir junto a la mujer que amo.


sábado, abril 25, 2020

Vistazos a la pandemia














Si bien la pandemia se debe a un mismo virus, la forma de encararla evidencia muchas variantes que en poco tiempo revelarán su tino o su impertinencia. En el mar informativo es difícil saber, incluso con estadística a la mano, también manipulable, qué países ofrecerán peores cuentas a su población cuando el desastre haya pasado. Y digo desastre porque de manera unánime se viene hablando en todas partes de saldos negativos ya visibles en cualquier renglón: salud, economía, empleo, educación, energéticos...
Dado el ritmo que ha mostrado la expansión del virus, América ha tenido un poco más de tiempo que Europa y Asia para tomar recaudos. Pese a las semanas de ventaja, sin embargo, algunos países muestran mayores conflictos a la hora de atajar y atender los contagios, como han sido los casos de Estados Unidos, Brasil y Ecuador. Otros, acaso más radicales en el imperativo de resguardar a la población con medidas cercanas a la queda, hasta el momento dejan ver que en las dos o tres semanas venideras podrían aplanar la famosa curva y tomar una bocanada de aliento si no escalan un pico muy alto de contagios.
Es obvio que en ningún país basta la sola disposición de pedir recogimiento a la ciudadanía. Los gobiernos, y el mexicano no es la excepción, se han visto desafiados no nada más para lograr que la mayor parte de la gente se quede en casa, sino también para articular sobre la marcha un montón de ítems, todos de atención inmediata. Por ejemplo, determinar qué espacios de trabajo no son esenciales, lidiar con apoyos exprés para las Pymes, disponer de nuevo equipamiento y más personal médico, vislumbrar otras modalidades impositivas, renegociar deudas al calor de urgencia sanitaria, reconfigurar calendarios escolares y hasta sopesar el uso de acciones represivas. Nada de esto es sencillo para el gobierno que queramos elegir, sea del signo político que sea.
Por su población y ubicación geográfica vecina a Estados Unidos, México daba la impresión (todavía la da) de que saldría muy golpeado de esta crisis. Los números permiten apreciar que hasta el momento la situación no ha rebasado a las autoridades ni colapsado el sistema de salud. Hay, como es lógico, una corriente de opinión muy adversa al gobierno que anticipa un crack inevitable. Adivinar si funcionarán o no las medidas de prevención y atención es materia muy especializada, así que no es nada sencillo ofrecer pronósticos. Lo que resulta mejor, creo, es pensar más en la salud y no tanto en la política, no depositar tantas esperanzas en la caída del actual régimen debido a su fracaso frente a la pandemia. Es prudente pensar en la posibilidad de que, en lo que cabe, salga bien librado y entonces sí el gobierno quede en mejor posición de cara a la etapa de reconstrucción. Quizá quienes le echan porras a la pandemia no hayan pensado también en tal posibilidad. Ya veremos.
Obtuve las opiniones que vienen a continuación mediante las redes. Son, digamos, el corte previo a la etapa más dura de la pandemia, que en teoría ya viene. Se refieren a ocho países, todos de nuestra lengua; salvo España, los demás son de América Latina. También quise conseguir pareceres sobre Brasil, Cuba, Perú y Venezuela, pero no tuve respuesta. Pese a esto, lo que viene insinúa el mosaico de acciones que cada gobierno ha emprendido para atajar al enemigo sorpresa. Agradezco a mis amigos Giselle Aronson, Sajid Herrera Mena, Margarita Morales Esparza, Diego Muñoz Valenzuela, Rafael Alejandro Nieto, Martín Palacio Gamboa, Karen de la Vega y Santiago Vizcaíno por la amable respuesta que dieron a esta idea base: “Cuál es tu percepción sobre el tratamiento que el gobierno de tu país ha dado a la contingencia sanitaria. Además, y aunque es imposible lograr que la opinión individual remplace a la colectiva, te pido que, si puedes, me comentes cuál, o aproximadamente cuál, es la recepción de la ciudadanía a las medidas oficiales tomadas en tu país ante la circunstancia que hoy vivimos”. Salvo España, en todos los demás países representados acá abajo estamos a punto de enfrentar, como ya observé, los días decisivos. Suerte y que los daños sean mínimos, o al menos no tan grandes, para todos.
Nota final: el orden de las respuestas es alfabético; tomo el primer apellido del corresponsal como base.

Giselle Aronson, escritora (Argentina)














Apenas instalada la urgencia, y antes del recrudecimiento de casos y víctimas, el novísimo gobierno de mi país actuó con rapidez, tomando decisiones que considero adecuadas en nuestro contexto, medidas que abarcaron aspectos sociales, económicos, sanitarios, culturales. Tal como lo expresó el presidente Alberto Fernández, se priorizó la vida de los argentinos a la economía. El costo será altísimo, sobre todo si consideramos que Fernández asumió (hace tres meses) tras cuatro años de un gobierno que dejó “tierra arrasada”. Por lo pronto, el famoso “pico de casos” no se registró aún, la curva de infectados muestra tendencia a aplanarse y el sistema de salud está respondiendo de manera efectiva. Lamentablemente, todavía no podemos concluir sobre la eficacia de estas medidas, la coyuntura se evalúa a diario y hay mucha incertidumbre, incluso a nivel mundial, sobre cómo será el escenario futuro. Creo que, en general, la población acepta y acuerda con estas medidas, a pesar de los disconformes de siempre que se manifiestan en contra por el sólo hecho de oponerse sin criterio. Por suerte, es una minoría insignificante.

Sajid Herrera Mena, historiador y editor (El Salvador)















La pandemia del Covid-19 en El Salvador ha generado experiencias inéditas para muchos, sobre todo para los más jóvenes, como es el encierro doméstico de carácter nacional y obligatorio, que a más de algún universitario que haya leído a Foucault le recordará los modelos de gobierno que las ciudades apestadas proporcionaron al mundo occidental. Para otros, quizá les haga recordar lo que se experimentó en la década de 1970 y durante la guerra civil (1980-1992) con los "estados de sitio" y los "toques de queda" impuestos por los regímenes de turno, así como los racionamientos de alimentos en el mercado nacional y las escenas de pánico e histeria colectiva. Como quiera que sea, creo que se ha transitado mediática y repentinamente de una patologización psicosocial, por la que el Estado buscaba enfrentarse a los grupos disfuncionales de la sociedad (las pandillas y el crimen organizado), a una patologización biológica por la que ahora el Estado lidera la batalla contra un enemigo también social, catalogado como "invisible", pero ubicado en el cuerpo humano. A diez meses de haber iniciado su mandato, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha buscado detener el avance de esta pandemia no sin críticas por la falta de transparencia en la información ofrecida por él y sus ministros, por las violaciones a los derechos humanos cometidos por los aparatos de seguridad del Estado y por la desobediencia a las resoluciones que ha dado la Corte Suprema de Justicia, específicamente la Sala de lo Constitucional. A pesar de ello, algunas casas de opinión pública internacionales han revelado los altos índices de popularidad que goza el gobernante, sobre todo por el manejo de la pandemia, sin advertir críticamente cómo este país se ha construido socialmente durante muchas décadas bajo el imperio de la fuerza y la violencia que los regímenes militares favorecieron y la oligarquía financió. Ciertamente, el presidente, con su ejercicio de poder de corte autoritario y populista, quiere capitalizar este modo de construcción social para su beneficio (y el de su partido). Y un beneficio importante es justamente el electoral. Lo interesante del caso es que estamos presenciando el paso de un modelo de "control territorial" de los espacios físicos, en donde las pandillas y el crimen organizado operan, por el que el Estado pretende tener un control policial y militar, a un modelo de "control territorial" de espacios físicos en donde es la enfermedad la que vulnera biológicamente a sus habitantes. En este caso, sin dejar de contar con la policía y el ejército, son los médicos los protagonistas. En este segundo caso, se busca también el control no solo de la enfermedad, sino también de los sanos y de los enfermos. Entonces, la cuarentena y los cercos sanitarios se están convirtiendo para la experiencia salvadoreña en nuevos modelos de disciplinamiento social, en espacios en donde la ciencia médica se logrará articular con la ciencia de la seguridad ciudadana. Debemos estar atentos a los nuevos tipos de saber y de poder que ello generará y cuáles serán sus consecuencias más inmediatas y futuras. 

Margarita Morales Esparza, periodista (España)


















En España todavía se vive demasiada incertidumbre con el Covid-19. Pese a que las cifras de muertes y contagios empiezan a bajar levemente, el gobierno pide “prudencia” con los datos ofrecidos. ¡Por algo será! Todo sigue siendo confuso y quizá no tan caótico como al principio, pero sí preocupante cuando el mismo presidente, Pedro Sánchez, ha advertido este sábado que “podrá haber sucesivos estados de alarma”. La población ya empieza a estar como una “bomba de tiempo”, desesperada y urgida por salir a trabajar de nuevo para ganar dinero, pero sobre todo para ver con qué se va a encontrar fuera de casa. Lo cierto es que la desescalada tiene al gobierno quebrándose la cabeza para ver cómo desenreda la madeja. El coronavirus vino a poner en vilo la economía del país y, por lo pronto, el verano se da por perdido, pues no hay que olvidar que España vive del turismo. El breve “alivio” inmediato que dará el gobierno, será en unos días, en que los niños podrían salir del encierro, de manera controlada y acompañados de sus padres, a pasear. Hay quienes se oponen a esta medida, porque si se abren parques y áreas de juegos, existe el riesgo de que el virus empiece a propagarse de nuevo. Habrá que esperar para ver…

Diego Muñoz Valenzuela, escritor (Chile)















El sello global que el gobierno de Piñera ha dado al tratamiento de la emergencia sanitaria es un sesgo hacia el favorecimiento de los intereses económicos de las grandes empresas, no hacia el cuidado de las personas, los trabajadores, los empresarios pequeños y los independientes. Se advierte un manejo de la información destinado a generar una sensación de control de la situación, mediante un manejo poco transparente, y de otra parte la generación de miedo y parálisis, destinada a tender una cortina de humo sobre las reivindicaciones surgidas a partir del 18 de octubre de 2019, en el estallido social. Justamente mañana [lunes 20 de abril] Piñera y su gobierno han llamado a los trabajadores del sector público a volver a sus puestos de trabajo, en una actitud irresponsable, ya que lo que se pretende es generar una acción ejemplar para recuperar la economía, despreciando la salud de las personas. Hay llamados a la desobediencia civil para no volver al trabajo mañana lunes, que será un día de decisiones y acciones complejas.

Rafael Alejandro Nieto, editor (Colombia)




















En mi concepto, el Estado colombiano ha tenido una respuesta adecuada a la emergencia sanitaria. Si bien el gobierno nacional perdió aproximadamente cinco días clave para dar inicio a la cuarentena, el liderazgo de varios mandatarias y mandatarias regionales en regiones (gobernaciones y alcaldías) impulsó al Estado no sólo a implementarlas, sino a extenderlas por dos semanas adicionales para darle tiempo a nuestro sistema de salud (público y privado) de fortalecerse antes de los picos de ingreso de pacientes infectados; todo a pesar de las presiones de muchos sectores para "reabrir la economía". Adicionalmente, muchos entes de gobierno territorial han realizado campañas de recaudo de dinero entre empresas y personas, con lo que han conseguido cuantías considerables que se sumarán a los esfuerzos estatales. En contraste, el Congreso de la República no ha dado muestras de estar a la altura de las circunstancias demorándose en cumplir con su deber constitucional en legislar al no ponerse de acuerdo en la modalidad de gestionar sus tareas. 
En los últimos días, especialmente en Bogotá, la situación de orden público se ha deteriorado con brotes de violencia por la lentitud en la distribución de ayudas entre poblaciones de escasos recursos y vulnerable. Esto porque la emergencia desnudó la falta de cobertura de la red de bienestar y la muy limitada información que tiene el Estado de sus habitantes de bajos recursos o en situación de miseria. Esto se refleja en declaraciones del presidente en alocuciones públicas, donde afirma que personas empleadas en microempresas reciben en promedio US$500 mensuales, cuando el salario mínimo mensual a duras penas asciende a los US$200 y más de la mitad de la población se encuentra en la informalidad.

Martín Palacio Gamboa, músico y escritor (Uruguay)


Hablar de lo que ha sido el tratamiento del coronavirus en Uruguay es hablar de una política de Estado que buscó estar en consonancia con algunas declaraciones oficiales de otros países signados ideológicamente por la derecha. O sea, la idea es liberar la cuarentena de un modo gradual, empezando por los sectores menos favorecidos y más expuestos (trabajadores rurales, obreros). Se trata de aplicar la medida que Boris Johnson hizo en Reino Unido, que la población se vaya infectando y a partir de ahí ver cómo se inmuniza, ya que lo importante es que el mercado y el sistema financiero continúen en marcha. Eso no evitó una suerte de contrapunto —no carente de rispideces— entre el gobierno y unos cuantos sectores de la sociedad civil. Un ejemplo se dio el miércoles 22. El presidente Luis Alberto Lacalle Pou había decretado el comienzo de clases para ese día en las escuelas rurales. Por más que las maestras explicaran las condiciones de acceso, por más que varias agrupaciones de médicos recomendaran no tomar esa medida, el hecho era hacer una demostración de poder instando a que el orden social volviera a una supuesta normalidad. Los medios oficialistas y las autoridades se apersonaron a primera hora para recibir a los alumnos en varias de esas escuelas del interior profundo: no fue nadie. Por una de esas raras circunstancias de la historia nacional, tuvimos en las portadas de nuestros diarios masivos una hermosa noticia: un acto sereno de desobediencia civil, en el mejor sentido de la palabra.
El hecho es que en nuestro país ha quedado claro que los sectores que se harán cargo de solventar el costo de esta pandemia y recesión serán, como siempre, los menos privilegiados: los trabajadores, los privados que cobrarán un subsidio de desempleo escaso y solventado enteramente por el Estado y los públicos que ven cómo sus salarios son ilegalmente rebajados sin negociación previa. Eso nos lleva a preguntar cuál es el aporte que hace el sector de la empresa privada al Fondo del Coronavirus. ¿El sector bancario y el financiero, las grandes latifundistas, o los agroexportadores de soja, arroz o ganado, tan beneficiados? Hoy en día, ¿cuánto donarán de sus ganancias? Los ejecutivos de compañías de seguros, Afaps, directores y gerentes de empresas privadas que hacen negocios con políticas públicas, mutualistas y seguros privados de salud, bancos, y que ganan sueldos por mes de 2 a 6 millones, ¿van a tirar del carro del Fondo CoronaVirus? En definitiva, los grandes ricos, los rentistas, las quinientas familias, no se verán afectadas para nada. Quizás se infecten, pero tendrán recursos para sobrevivir y seguir ostentando. En cambio, el pueblo en su conjunto será usado por un gobierno que vino con un propósito que ya empezó a llevar adelante: achicar el Estado Benefactor, contraponer al empleado público (los que hacen que el sistema funcione, desde el policía al barrendero, pasando por el docente o el que te arregla la luz cuando se corta) al empleado privado, que está subempleado y acepta ganar lo que sea que le paguen. El gobierno lanza una falsa oposición con el objetivo declarado de luchar contra el virus y con el objetivo encubierto de desregular el empleo y el salario al más puro estilo liberal.
Mientras tanto, se escucha por radio que tanto Isaac Alfie (Director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto) como Azucena Arbeleche (ministra de Economía) recomiendan, para épocas de pandemia, flexibilización laboral, baja de salarios y aumento impositivo. No como en épocas normales, que recomiendan flexibilización laboral, baja de salarios y aumento impositivo.

Karen de la Vega, editora (Guatemala)
















Guatemala actualmente cuenta con toque de queda de 18:00 horas a 4:00 de la mañana. El uso de mascarilla es obligatorio. No hay centros comerciales funcionando y hay cierto distanciamiento social, pudiendo laborar sin límite aquellas empresas que así lo consideren con sus empleados. Creo que nuestro gobierno ha querido hacer presión para lograr la contención de personas en cuarentena lo más posible, haciendo cercos sanitarios en algunos municipios del país; sin embargo, existe una presión mayor de parte del sector empresarial que no quiere detener la producción. Ha optado por despidos masivos. En general la población apoya y aplaude las decisiones que ha tomado el gobierno, pero no hay normativas que garanticen un toque de queda 24/7 y que respalden a la población en cuanto a sus responsabilidades económicas.

Santiago Vizcaíno, escritor y editor (Ecuador)














La situación en Ecuador ha puesto en evidencia el desastroso estado de la salud pública y la descomposición del sistema burocrático gubernamental. Ya con una crisis a medias paliada por el Estado antes de la emergencia, la pandemia ha rebasado las posibilidades económicas del presupuesto y se empiezan a tomar medidas no para sostener a la población trabajadora, sino para sostener el pago de deuda externa, proteger a los grandes empresarios flexibilización laboral y al sistema bancario. Sin ninguna capacidad de liderazgo, el presidente Moreno deja que las decisiones fundamentales las tomen sus ministros, aliados del FMI y los grandes prestamistas. Sentado sobre su trono y su discurso de discapacidad, gobierna desde su cuenta de Twitter y le preocupa más enterrar a los muertos que contener el contagio desmedido del virus en la población. Su popularidad ha caído en picada y la imagen que presenta el gobierno con excesiva reiteración es la de un vicepresidente fotografiado hasta el hartazgo en hospitales y territorio, como si se tratara de una campaña política. La responsabilidad en los grandes polos de contagio, Guayas y Pichincha, parece haber recaído en los alcaldes, con resultados evidentemente distintos.