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sábado, noviembre 28, 2020

Más que una alerta

 







Durante los largos meses del confinamiento muchos atravesamos ya por todos los sentimientos posibles. Cierto que hemos podido conocernos mejor, que la vida nos encaró de golpe con una situación global inédita. Es deseable, aunque no se haya dado así de manera uniforme, que muchos hayan mejorado como seres humanos, que el encierro y las largas horas de reflexión personal que el aislamiento ha posibilitado deriven en un mentalidad colectiva más solidaria y empática. Eso, como digo, es lo deseable, pero ya sabemos que el trecho entre lo deseable y lo real a veces es muy amplio, tanto que en cierto momento es posible que en lugar de mejorar hayamos empeorado. Esto lo iremos sabiendo poco a poco.

Comento lo anterior porque en la semana que recién se apaga circuló entre nosotros un comunicado de la Mesa de Salud de La Laguna. El estilo de estos mensajes oficiales suele ser (debe ser) siempre prudente, mesurado, para no infundir alarma en los receptores. Ciertamente, el mensaje que cito cuida con celo ese detalle, pero no puede ocultar lo inocultable: la Mesa de Salud de La Laguna se muestra preocupada ante el poco cuidado de la población para adoptar las medidas preventivas. Lejos de hacerlo, da la impresión de que en muchos casos se ha relajado la atención de la ciudadanía hasta llegar al colmo de organizar fiestas con numerosa concurrencia. Esto es terrible desde cualquier ángulo que se elija para verlo: es terrible para la ciudadanía, pues se pone en riesgo gratuitamente, sin sentido; es terrible para los familiares y amigos cercanos de esas personas, pues al día siguiente de la fiesta pueden convivir con personas contagiadas; y es terrible para las autoridades y el heroico personal de salud, que no se dan abasto para atender todos los casos de contagio que genera la propagación del padecimiento.

Resume el comunicado: “El llamado a la conciencia social para mitigar los impactos negativos de esta pandemia parece no dar resultado. Apelar al buen comportamiento y a respetar en todo momento las medidas sanitarias está fracasando. Tan solo en esta última semana se registraron más de 1,400 nuevos casos de covid-19 y más de 150 defunciones. Al día de hoy existen más de 500 personas hospitalizadas en La Laguna representando un 87% de ocupación hospitalaria. Se estima que el 40% de las pruebas de laboratorios privados están resultando positivas. Muchas camas no cuentan con personal médico para atenderlas, ni equipamiento para recibir pacientes. Semana tras semana la historia se repite, cientos de reportes a la autoridad de casos que violan los protocolos, que se traduce en más y más contagios, y una falta de empatía con los ya agotados médicos, enfermeras y resto de trabajadores de la salud. Han fallecido más de 30 personas del personal de salud, más otro tanto está hospitalizado, lo que representa un peligro ante una posible falta de atención médica. No podemos esperar resultados diferentes si seguimos haciendo las mismas cosas. Sí es posible estar peor si no implementamos a tiempo medidas más estrictas”.

En efecto, la Mesa de Salud de La Laguna propone medidas más severas para controlar la difusión de la pandemia en nuestra localidad. Están en internet, todos podemos tener acceso a su conocimiento, pero de nada servirá leerlas si no las acatamos con rigor personal y familiar. Evitemos pues que todo esto se desborde.

Nota. Estas son las recomendaciones de la MSLL:

A las autoridades y a la ciudadanía en general, les pedimos:

• Restringir la movilidad de 10:00 pm a 5:00 am de jueves a domingo (está probado científicamente, qué al reducir la movilidad, se reduce el contagio).

• Suspender toda clase de eventos sociales y valorar su reapertura según mejoren condiciones de salud (Bodas, bautizos, celebraciones religiosas, etc.)

• Suspender todo tipo de reuniones privadas por el momento. (Se requiere bajar la curva de contagios).

• Incluir a Gómez Palacio en la aplicación de la vacuna de ensayo de Cansino Biotech.

• Homologar medidas sanitarias y de movilidad entre todos los municipios de la Laguna.

• Continuar dispersando reuniones sociales y comercios, además de aplicar las sanciones económicas ya dispuestas en caso de no acatar los protocolos.

• Evitemos los festejos navideños en esta navidad, hagamos algo diferente. Si queremos a la familia hay que protegerla.


sábado, agosto 01, 2020

Signos de agotamiento
















En medio de la crisis provocada por la pandemia de coronavirus cundieron, además de la información, las recomendaciones y los videos chuscos para hacer más llevadero el encierro, muchos mensajes de índole conspiracionista. Estos mensajes daban por hecho que el virus no nació espontáneamente, sino, palabras más, palabras menos, como un plan pensando por alguien para desestabilizar al mundo y/o experimentar con la reacción y el control de la población. La tentación de adherir a esas teorías es muy grande, pues de entrada resulta verosímil que a estas alturas de la historia las superpotencias hayan comenzado a vislumbrar modificaciones al esquema del capitalismo global a partir de medidas que los humanos de a pie jamás veremos con claridad. Los hilos de la economía mundial están en pocas, en muy pocas manos, y no parece lejano el día en el que serán jalados para contener o eliminar a los millones y millones de desposeídos desparramados por todo el planeta. Quizá ya llegamos a esto, pero a nosotros no nos es dado saberlo.
Pese a lo anterior, no cedamos a la tentación del conspiracionismo. Imaginemos que el virus nació espontáneamente en China y luego se extendió por el mundo debido a la interconexión actual de la vida social y económica.  El panorama no es alentador, pues la pandemia ha demostrado que con inusitada rapidez las crisis pueden alcanzar escalas nunca antes vistas en la historia de la humanidad. La moraleja de este cuento de terror, cuando termine, deriva al menos hacia dos vertientes: por un lado, luego de la contingencia queda claro que las epidemias/pandemias deben pasar a otra categoría de crisis y, tras considerarlas de esta forma, preparar a las comunidades con el fin de no ser tomados por sorpresa en el futuro. En otras palabras y como ya lo están haciendo algunos países, los gobiernos y sus comunidades deben diseñar mecanismos para contrarrestar los estragos que genera un agente de alta agresividad como el coronavirus. A semejanza de los simulacros organizados para prevenir el embate de los sismos o los tsunamis, las sociedades deben crear las condiciones para saber qué hacer ante la posibilidad de contagio masivo por microorganismos.
Por otro lado, en los planos individual y colectivo es pertinente reconfigurar nuestra forma de encarar la vida. Si lo que actualmente la define es, en esencia, el consumismo desenfrenado de bienes y servicios, un resultado positivo de la crisis será hacer un mea culpa individual, familiar y comunitario para examinar qué tan grande es el daño que hacemos al entorno debido a nuestra manera de consumir. Soy de los que ven con pesimismo una conversión voluntaria del mercado o, dicho en términos más amplios, un cambio en las inercias del capitalismo, sistema depredador por naturaleza. El capitalismo en su etapa superior llamada neoliberalismo es el mayor peligro que enfrentan el presente y el futuro de la humanidad; en su ser habita la destrucción, el egoísmo, la voracidad y una destreza inusitada para reproducirse y readaptarse, de allí que no será nada fácil escarmentar con la pandemia y modificar nuestras conductas, pero algo tendrá que hacerse para contener la depredación.
No será fácil, pero el tiempo se agota y ya no queda tanto para evitar que nuestros hijos o nuestros nietos sean la generación que baje la cortina y diga “fin, esto se acabó”.

sábado, abril 25, 2020

Vistazos a la pandemia














Si bien la pandemia se debe a un mismo virus, la forma de encararla evidencia muchas variantes que en poco tiempo revelarán su tino o su impertinencia. En el mar informativo es difícil saber, incluso con estadística a la mano, también manipulable, qué países ofrecerán peores cuentas a su población cuando el desastre haya pasado. Y digo desastre porque de manera unánime se viene hablando en todas partes de saldos negativos ya visibles en cualquier renglón: salud, economía, empleo, educación, energéticos...
Dado el ritmo que ha mostrado la expansión del virus, América ha tenido un poco más de tiempo que Europa y Asia para tomar recaudos. Pese a las semanas de ventaja, sin embargo, algunos países muestran mayores conflictos a la hora de atajar y atender los contagios, como han sido los casos de Estados Unidos, Brasil y Ecuador. Otros, acaso más radicales en el imperativo de resguardar a la población con medidas cercanas a la queda, hasta el momento dejan ver que en las dos o tres semanas venideras podrían aplanar la famosa curva y tomar una bocanada de aliento si no escalan un pico muy alto de contagios.
Es obvio que en ningún país basta la sola disposición de pedir recogimiento a la ciudadanía. Los gobiernos, y el mexicano no es la excepción, se han visto desafiados no nada más para lograr que la mayor parte de la gente se quede en casa, sino también para articular sobre la marcha un montón de ítems, todos de atención inmediata. Por ejemplo, determinar qué espacios de trabajo no son esenciales, lidiar con apoyos exprés para las Pymes, disponer de nuevo equipamiento y más personal médico, vislumbrar otras modalidades impositivas, renegociar deudas al calor de urgencia sanitaria, reconfigurar calendarios escolares y hasta sopesar el uso de acciones represivas. Nada de esto es sencillo para el gobierno que queramos elegir, sea del signo político que sea.
Por su población y ubicación geográfica vecina a Estados Unidos, México daba la impresión (todavía la da) de que saldría muy golpeado de esta crisis. Los números permiten apreciar que hasta el momento la situación no ha rebasado a las autoridades ni colapsado el sistema de salud. Hay, como es lógico, una corriente de opinión muy adversa al gobierno que anticipa un crack inevitable. Adivinar si funcionarán o no las medidas de prevención y atención es materia muy especializada, así que no es nada sencillo ofrecer pronósticos. Lo que resulta mejor, creo, es pensar más en la salud y no tanto en la política, no depositar tantas esperanzas en la caída del actual régimen debido a su fracaso frente a la pandemia. Es prudente pensar en la posibilidad de que, en lo que cabe, salga bien librado y entonces sí el gobierno quede en mejor posición de cara a la etapa de reconstrucción. Quizá quienes le echan porras a la pandemia no hayan pensado también en tal posibilidad. Ya veremos.
Obtuve las opiniones que vienen a continuación mediante las redes. Son, digamos, el corte previo a la etapa más dura de la pandemia, que en teoría ya viene. Se refieren a ocho países, todos de nuestra lengua; salvo España, los demás son de América Latina. También quise conseguir pareceres sobre Brasil, Cuba, Perú y Venezuela, pero no tuve respuesta. Pese a esto, lo que viene insinúa el mosaico de acciones que cada gobierno ha emprendido para atajar al enemigo sorpresa. Agradezco a mis amigos Giselle Aronson, Sajid Herrera Mena, Margarita Morales Esparza, Diego Muñoz Valenzuela, Rafael Alejandro Nieto, Martín Palacio Gamboa, Karen de la Vega y Santiago Vizcaíno por la amable respuesta que dieron a esta idea base: “Cuál es tu percepción sobre el tratamiento que el gobierno de tu país ha dado a la contingencia sanitaria. Además, y aunque es imposible lograr que la opinión individual remplace a la colectiva, te pido que, si puedes, me comentes cuál, o aproximadamente cuál, es la recepción de la ciudadanía a las medidas oficiales tomadas en tu país ante la circunstancia que hoy vivimos”. Salvo España, en todos los demás países representados acá abajo estamos a punto de enfrentar, como ya observé, los días decisivos. Suerte y que los daños sean mínimos, o al menos no tan grandes, para todos.
Nota final: el orden de las respuestas es alfabético; tomo el primer apellido del corresponsal como base.

Giselle Aronson, escritora (Argentina)














Apenas instalada la urgencia, y antes del recrudecimiento de casos y víctimas, el novísimo gobierno de mi país actuó con rapidez, tomando decisiones que considero adecuadas en nuestro contexto, medidas que abarcaron aspectos sociales, económicos, sanitarios, culturales. Tal como lo expresó el presidente Alberto Fernández, se priorizó la vida de los argentinos a la economía. El costo será altísimo, sobre todo si consideramos que Fernández asumió (hace tres meses) tras cuatro años de un gobierno que dejó “tierra arrasada”. Por lo pronto, el famoso “pico de casos” no se registró aún, la curva de infectados muestra tendencia a aplanarse y el sistema de salud está respondiendo de manera efectiva. Lamentablemente, todavía no podemos concluir sobre la eficacia de estas medidas, la coyuntura se evalúa a diario y hay mucha incertidumbre, incluso a nivel mundial, sobre cómo será el escenario futuro. Creo que, en general, la población acepta y acuerda con estas medidas, a pesar de los disconformes de siempre que se manifiestan en contra por el sólo hecho de oponerse sin criterio. Por suerte, es una minoría insignificante.

Sajid Herrera Mena, historiador y editor (El Salvador)















La pandemia del Covid-19 en El Salvador ha generado experiencias inéditas para muchos, sobre todo para los más jóvenes, como es el encierro doméstico de carácter nacional y obligatorio, que a más de algún universitario que haya leído a Foucault le recordará los modelos de gobierno que las ciudades apestadas proporcionaron al mundo occidental. Para otros, quizá les haga recordar lo que se experimentó en la década de 1970 y durante la guerra civil (1980-1992) con los "estados de sitio" y los "toques de queda" impuestos por los regímenes de turno, así como los racionamientos de alimentos en el mercado nacional y las escenas de pánico e histeria colectiva. Como quiera que sea, creo que se ha transitado mediática y repentinamente de una patologización psicosocial, por la que el Estado buscaba enfrentarse a los grupos disfuncionales de la sociedad (las pandillas y el crimen organizado), a una patologización biológica por la que ahora el Estado lidera la batalla contra un enemigo también social, catalogado como "invisible", pero ubicado en el cuerpo humano. A diez meses de haber iniciado su mandato, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha buscado detener el avance de esta pandemia no sin críticas por la falta de transparencia en la información ofrecida por él y sus ministros, por las violaciones a los derechos humanos cometidos por los aparatos de seguridad del Estado y por la desobediencia a las resoluciones que ha dado la Corte Suprema de Justicia, específicamente la Sala de lo Constitucional. A pesar de ello, algunas casas de opinión pública internacionales han revelado los altos índices de popularidad que goza el gobernante, sobre todo por el manejo de la pandemia, sin advertir críticamente cómo este país se ha construido socialmente durante muchas décadas bajo el imperio de la fuerza y la violencia que los regímenes militares favorecieron y la oligarquía financió. Ciertamente, el presidente, con su ejercicio de poder de corte autoritario y populista, quiere capitalizar este modo de construcción social para su beneficio (y el de su partido). Y un beneficio importante es justamente el electoral. Lo interesante del caso es que estamos presenciando el paso de un modelo de "control territorial" de los espacios físicos, en donde las pandillas y el crimen organizado operan, por el que el Estado pretende tener un control policial y militar, a un modelo de "control territorial" de espacios físicos en donde es la enfermedad la que vulnera biológicamente a sus habitantes. En este caso, sin dejar de contar con la policía y el ejército, son los médicos los protagonistas. En este segundo caso, se busca también el control no solo de la enfermedad, sino también de los sanos y de los enfermos. Entonces, la cuarentena y los cercos sanitarios se están convirtiendo para la experiencia salvadoreña en nuevos modelos de disciplinamiento social, en espacios en donde la ciencia médica se logrará articular con la ciencia de la seguridad ciudadana. Debemos estar atentos a los nuevos tipos de saber y de poder que ello generará y cuáles serán sus consecuencias más inmediatas y futuras. 

Margarita Morales Esparza, periodista (España)


















En España todavía se vive demasiada incertidumbre con el Covid-19. Pese a que las cifras de muertes y contagios empiezan a bajar levemente, el gobierno pide “prudencia” con los datos ofrecidos. ¡Por algo será! Todo sigue siendo confuso y quizá no tan caótico como al principio, pero sí preocupante cuando el mismo presidente, Pedro Sánchez, ha advertido este sábado que “podrá haber sucesivos estados de alarma”. La población ya empieza a estar como una “bomba de tiempo”, desesperada y urgida por salir a trabajar de nuevo para ganar dinero, pero sobre todo para ver con qué se va a encontrar fuera de casa. Lo cierto es que la desescalada tiene al gobierno quebrándose la cabeza para ver cómo desenreda la madeja. El coronavirus vino a poner en vilo la economía del país y, por lo pronto, el verano se da por perdido, pues no hay que olvidar que España vive del turismo. El breve “alivio” inmediato que dará el gobierno, será en unos días, en que los niños podrían salir del encierro, de manera controlada y acompañados de sus padres, a pasear. Hay quienes se oponen a esta medida, porque si se abren parques y áreas de juegos, existe el riesgo de que el virus empiece a propagarse de nuevo. Habrá que esperar para ver…

Diego Muñoz Valenzuela, escritor (Chile)















El sello global que el gobierno de Piñera ha dado al tratamiento de la emergencia sanitaria es un sesgo hacia el favorecimiento de los intereses económicos de las grandes empresas, no hacia el cuidado de las personas, los trabajadores, los empresarios pequeños y los independientes. Se advierte un manejo de la información destinado a generar una sensación de control de la situación, mediante un manejo poco transparente, y de otra parte la generación de miedo y parálisis, destinada a tender una cortina de humo sobre las reivindicaciones surgidas a partir del 18 de octubre de 2019, en el estallido social. Justamente mañana [lunes 20 de abril] Piñera y su gobierno han llamado a los trabajadores del sector público a volver a sus puestos de trabajo, en una actitud irresponsable, ya que lo que se pretende es generar una acción ejemplar para recuperar la economía, despreciando la salud de las personas. Hay llamados a la desobediencia civil para no volver al trabajo mañana lunes, que será un día de decisiones y acciones complejas.

Rafael Alejandro Nieto, editor (Colombia)




















En mi concepto, el Estado colombiano ha tenido una respuesta adecuada a la emergencia sanitaria. Si bien el gobierno nacional perdió aproximadamente cinco días clave para dar inicio a la cuarentena, el liderazgo de varios mandatarias y mandatarias regionales en regiones (gobernaciones y alcaldías) impulsó al Estado no sólo a implementarlas, sino a extenderlas por dos semanas adicionales para darle tiempo a nuestro sistema de salud (público y privado) de fortalecerse antes de los picos de ingreso de pacientes infectados; todo a pesar de las presiones de muchos sectores para "reabrir la economía". Adicionalmente, muchos entes de gobierno territorial han realizado campañas de recaudo de dinero entre empresas y personas, con lo que han conseguido cuantías considerables que se sumarán a los esfuerzos estatales. En contraste, el Congreso de la República no ha dado muestras de estar a la altura de las circunstancias demorándose en cumplir con su deber constitucional en legislar al no ponerse de acuerdo en la modalidad de gestionar sus tareas. 
En los últimos días, especialmente en Bogotá, la situación de orden público se ha deteriorado con brotes de violencia por la lentitud en la distribución de ayudas entre poblaciones de escasos recursos y vulnerable. Esto porque la emergencia desnudó la falta de cobertura de la red de bienestar y la muy limitada información que tiene el Estado de sus habitantes de bajos recursos o en situación de miseria. Esto se refleja en declaraciones del presidente en alocuciones públicas, donde afirma que personas empleadas en microempresas reciben en promedio US$500 mensuales, cuando el salario mínimo mensual a duras penas asciende a los US$200 y más de la mitad de la población se encuentra en la informalidad.

Martín Palacio Gamboa, músico y escritor (Uruguay)


Hablar de lo que ha sido el tratamiento del coronavirus en Uruguay es hablar de una política de Estado que buscó estar en consonancia con algunas declaraciones oficiales de otros países signados ideológicamente por la derecha. O sea, la idea es liberar la cuarentena de un modo gradual, empezando por los sectores menos favorecidos y más expuestos (trabajadores rurales, obreros). Se trata de aplicar la medida que Boris Johnson hizo en Reino Unido, que la población se vaya infectando y a partir de ahí ver cómo se inmuniza, ya que lo importante es que el mercado y el sistema financiero continúen en marcha. Eso no evitó una suerte de contrapunto —no carente de rispideces— entre el gobierno y unos cuantos sectores de la sociedad civil. Un ejemplo se dio el miércoles 22. El presidente Luis Alberto Lacalle Pou había decretado el comienzo de clases para ese día en las escuelas rurales. Por más que las maestras explicaran las condiciones de acceso, por más que varias agrupaciones de médicos recomendaran no tomar esa medida, el hecho era hacer una demostración de poder instando a que el orden social volviera a una supuesta normalidad. Los medios oficialistas y las autoridades se apersonaron a primera hora para recibir a los alumnos en varias de esas escuelas del interior profundo: no fue nadie. Por una de esas raras circunstancias de la historia nacional, tuvimos en las portadas de nuestros diarios masivos una hermosa noticia: un acto sereno de desobediencia civil, en el mejor sentido de la palabra.
El hecho es que en nuestro país ha quedado claro que los sectores que se harán cargo de solventar el costo de esta pandemia y recesión serán, como siempre, los menos privilegiados: los trabajadores, los privados que cobrarán un subsidio de desempleo escaso y solventado enteramente por el Estado y los públicos que ven cómo sus salarios son ilegalmente rebajados sin negociación previa. Eso nos lleva a preguntar cuál es el aporte que hace el sector de la empresa privada al Fondo del Coronavirus. ¿El sector bancario y el financiero, las grandes latifundistas, o los agroexportadores de soja, arroz o ganado, tan beneficiados? Hoy en día, ¿cuánto donarán de sus ganancias? Los ejecutivos de compañías de seguros, Afaps, directores y gerentes de empresas privadas que hacen negocios con políticas públicas, mutualistas y seguros privados de salud, bancos, y que ganan sueldos por mes de 2 a 6 millones, ¿van a tirar del carro del Fondo CoronaVirus? En definitiva, los grandes ricos, los rentistas, las quinientas familias, no se verán afectadas para nada. Quizás se infecten, pero tendrán recursos para sobrevivir y seguir ostentando. En cambio, el pueblo en su conjunto será usado por un gobierno que vino con un propósito que ya empezó a llevar adelante: achicar el Estado Benefactor, contraponer al empleado público (los que hacen que el sistema funcione, desde el policía al barrendero, pasando por el docente o el que te arregla la luz cuando se corta) al empleado privado, que está subempleado y acepta ganar lo que sea que le paguen. El gobierno lanza una falsa oposición con el objetivo declarado de luchar contra el virus y con el objetivo encubierto de desregular el empleo y el salario al más puro estilo liberal.
Mientras tanto, se escucha por radio que tanto Isaac Alfie (Director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto) como Azucena Arbeleche (ministra de Economía) recomiendan, para épocas de pandemia, flexibilización laboral, baja de salarios y aumento impositivo. No como en épocas normales, que recomiendan flexibilización laboral, baja de salarios y aumento impositivo.

Karen de la Vega, editora (Guatemala)
















Guatemala actualmente cuenta con toque de queda de 18:00 horas a 4:00 de la mañana. El uso de mascarilla es obligatorio. No hay centros comerciales funcionando y hay cierto distanciamiento social, pudiendo laborar sin límite aquellas empresas que así lo consideren con sus empleados. Creo que nuestro gobierno ha querido hacer presión para lograr la contención de personas en cuarentena lo más posible, haciendo cercos sanitarios en algunos municipios del país; sin embargo, existe una presión mayor de parte del sector empresarial que no quiere detener la producción. Ha optado por despidos masivos. En general la población apoya y aplaude las decisiones que ha tomado el gobierno, pero no hay normativas que garanticen un toque de queda 24/7 y que respalden a la población en cuanto a sus responsabilidades económicas.

Santiago Vizcaíno, escritor y editor (Ecuador)














La situación en Ecuador ha puesto en evidencia el desastroso estado de la salud pública y la descomposición del sistema burocrático gubernamental. Ya con una crisis a medias paliada por el Estado antes de la emergencia, la pandemia ha rebasado las posibilidades económicas del presupuesto y se empiezan a tomar medidas no para sostener a la población trabajadora, sino para sostener el pago de deuda externa, proteger a los grandes empresarios flexibilización laboral y al sistema bancario. Sin ninguna capacidad de liderazgo, el presidente Moreno deja que las decisiones fundamentales las tomen sus ministros, aliados del FMI y los grandes prestamistas. Sentado sobre su trono y su discurso de discapacidad, gobierna desde su cuenta de Twitter y le preocupa más enterrar a los muertos que contener el contagio desmedido del virus en la población. Su popularidad ha caído en picada y la imagen que presenta el gobierno con excesiva reiteración es la de un vicepresidente fotografiado hasta el hartazgo en hospitales y territorio, como si se tratara de una campaña política. La responsabilidad en los grandes polos de contagio, Guayas y Pichincha, parece haber recaído en los alcaldes, con resultados evidentemente distintos.

miércoles, abril 22, 2020

Ayuno deportivo














Nunca sucedió que las semanas pasaran y pasaran sin deportes profesionales en las páginas de los periódicos ni en los medios electrónicos. Por supuesto que el adverbio inicial no se refiere a la historia de la humanidad, sino al periodo, más o menos de inicios del siglo XX para acá, en el que los deportes fueron organizados para convertirse en aderezo de la vida cotidiana con el que los ciudadanos de a pie condimentamos el aburrimiento propiciado por la rutina, la vida de ordinario gris que a casi todos nos circunda. Un equipo de futbol, de beisbol, de básquet, o un boxeador, un tenista, un torero (sigo metiendo en los deportes, con perdón de los taurófilos, a la llamada —por ellos— “fiesta”) y hasta un luchador han sido desde hace varias décadas el clavo del cual se agarra el hombre común para palpar simbólicamente un poco de heroicidad, la heroicidad que por lo general se le atribuye a los atletas.
Pero de golpe, por el virus, nos quedamos  sin nada, chiflando en la loma, como dicen los abuelos. Ni un partido, ni una función, nada hay desde hace varias semanas en el firmamento deportivo mundial. La estadística de todos los deportes quedó paralizada a principios de marzo y desde entonces la humanidad, adicta a la droga de los deportes mediatizados, permanece atada a las proezas del pasado ya que no pueden darse nuevas. Hasta la liga ranchera, ésa que los domingos permitía emular peripecias en modo caguamero, fue brutamente obliterada por la pandemia.
Al aburrimiento global generado por la inactividad del deporte rentado le viene en tándem, como a todas las áreas del quehacer humano, un dislocamiento económico. Según una agencia, “Debido a la interrupción repentina y continua de los deportes en vivo, la industria deportiva mundial generará solo 73 mil 700 millones de dólares de ingresos en 2020, lo que significa la pérdida de 61 mil 600 millones de los 129 mil que estaban programados”. Esto, claro, no incluye toda la cadena de recursos generados por el deporte profesional: la pandemia limó no sólo el ingreso proyectado de ESPN, sino también las ganancias nada suntuarias de don Samuelito, el semillero al que le compro cuando me apersono en el fut.
La crisis del coronavirus le ha pegado a todo y aún no dimensionamos, porque es imposible saberlo, hasta dónde se extenderán sus estropicios. Todavía ni siquiera sabemos en qué minuto del partido vamos, si saldremos mal o peor librados de la calamidad.

sábado, marzo 28, 2020

Minucias en el tiempo lento



















La cuarentena crea otro tiempo, un tiempo distinto al que estamos habituados. Es, en palabras del escritor Antonio Ramos Revillas, como un domingo perpetuo o más que eso: una especie de primero de enero extenso y sin recalentado. Nada más deseable, por ello, que termine pronto, que la contingencia sea trascendida sin mayores sobresaltos, pues mucha gente, además de los infectados y sus familias, la está pasando muy mal en términos laborales y de ingreso.
En el ritmo lento de estas horas me sorprendí mascullando versos de poemas y canciones. Es un ejercicio divertido que hace muchos años me fue sugerido por Borges en un ensayo sobre las inscripciones de los carros, esas frases a veces chuscas, a veces intrigantes, que los choferes suelen pintar en las defensas de sus vehículos. Con tiempo de más por el encierro obligatorio es posible reparar en estas minucias y poner bien los ojos en aquello que ya no vemos porque nos es cotidiano. Pongo un ejemplo para que se vea que en todo producto sintáctico, por humilde que sea, es posible encontrar la maravilla de la combinatoria verbal.
En el huapango titulado “La malagueña” asombra desde ya que una pieza en formato de huapango lleve como título ese gentilicio tan lejano. “Malagueña” es mujer de Málaga, ciudad andaluza de España en la que nacieron, entre otros, Picasso y Antonio Banderas. ¿Qué relación puede tener una malagueña con la región huasteca? No sé. Pero sigamos. La canción empieza con esta estrofa: “Qué bonitos ojos tienes / debajo de esas dos cejas / ellos me quieren mirar / pero si tú no los dejas / ni siquiera parpadear”. Vemos aquí un sentimiento genuino de fascinación por unos ojos malagueños, aunque desde el punto de vista verbal exhiba gran candor. Digamos que el “qué” enfático del primer verso deja claro, en efecto, la belleza de los ojos elogiados: “Qué bonitos ojos tienes”. Luego de esto, todo el segundo verso es innecesario, por obvio: los ojos suelen estar debajo de las cejas que a su vez suelen ser dos. Esos ojos quieren mirar, pero luego viene el condicional “si”, también innecesario porque no condiciona nada, así que debería ser “pero tú no los dejas…”. En el remate de la estrofa se afirma que no los deja parpadear, lo cual parece una contradicción, pues uno siente que la malagueña los tiene peligrosa y permanentemente abiertos.
No me alargo. Sólo reitero que en todo producto textual puede haber minucias para el análisis. El caso es tener tiempo para brindarles atención.