Al
género crónica podemos añadir en ciertos casos el apellido memoria: crónica-memoria. Se trata de la recuperación, con la mayor
fidelidad posible, de un acontecimiento del pasado descrito en clave
cronológica. Los hechos más adecuados para su escritura son aquellos que nos han
impresionado con fuerza, sean gratos o funestos. El olvido de muchos detalles,
por supuesto, es parte de su dificultad, pero la imaginación sin desbordes de
la franqueza es aceptable si nos atenemos al objetivo de alcanzar una meta cara
a toda escritura de este tipo, autoconfesional: ser al menos verosímil. Es un
género que me gusta porque en él se adunan, en grados desiguales, el deseo de
recuperar una estampa real algo remota y el arte de narrar el acontecimiento o la
anécdota como si de un cuento se tratara. Traigo aquí un relato de esta índole.
Pero
antes a esta introducción sumo otra: ¿qué detona la crónica-memoria? Puede ser
el capricho, un resorte del subconsciente. Un día estamos en la ducha y nos
asalta el recuerdo sin un motivo claro a la vista. Otro día leemos o escuchamos
algo y aparece pleno una especie de film en nuestro interior. Lo que contaré
tuvo una palanca del segundo tipo, y esto parece un buen ejemplo para el comentario
“Otros usos del libro”, que escribí hace poco. En él declaro que en mi caso
suelo usar los libros para leer, pero también como archivo o repositorio
disperso, desordenado, de papelitos entre sus páginas. Obviamente nunca sé lo
que voy a encontrar, si es que encuentro algo, cuando tomo alguno de mis
libros. Puede ser un post it, una
foto, una invitación vieja, una nota de compra, un pedazo de servilleta, un
fragmento de periódico, un separador perdido… Recientemente hallé así, entre
páginas de libro, un cacho de mi pase de abordar para un vuelo de la Ciudad de
México a Santiago de Chile. La fecha aparece en el comprobante del equipaje: 26
de octubre de 2011. Este dato precipitó mi recuerdo de aquel momento y sus
vicisitudes.
La
mañana ya del 27 bajé de la nave de Aeroméxico en el aeropuerto Arturo Merino
Benítez de Santiago. Para evitar el alto costo del taxi, creo que primero tomé
un autobús y luego el metro; lo que sí recuerdo fue que al cálculo descendí
cerca de la estación Universidad de Chile. No tenía señal de internet y sin
Google Maps (¿ya existía?) me resultaba imposible saber en dónde estaba. Era,
lo sé ahora muy bien, un viaje mal planeado. Sólo sabía que por allí, donde
fuera, debía encontrar una habitación de hotel. Los recursos no me sobraban,
así que descarté edificios sólo por su fachada. Erré por algunas calles
comerciales con mi mochila de espalda y la maleta de rueditas inclinada desde
la extensión hasta mi mano derecha. De aquella caminata guardo fija una imagen insustancial:
la farmacia Ahumada con el mismo logo y la misma tipografía de nuestra farmacia
Benavides. Nadie me esperaba en Santiago, aunque en el mail tenía el contacto
de Diego Muñoz Valenzuela, quien ya para entonces me tenía organizada una
lectura en la corporación Letras de Chile.
Al
azar seguí caminando como una hora y vi una especie de cueva con un rústico
anuncio que ofrecía “habitaciones disponibles”. Al pie de la calle, en el
umbral, una chica de edad incierta, tal vez apenas adulta y muy humilde, vendía
golosinas en una caja de madera trepada sobre una de cartón. Antes de acceder a
la “administración” de aquel hostal claramente sórdido —para ahorrar—, pregunté
a la chica si en efecto allí había hospedajes, dado que el anuncio había sido
diseñado con las pezuñas. Me respondió que sí, pero luego, dibujando una cara
de genuina angustia, añadió con el acento del lugar: “Pero no entre, allí le roban
a la gente”. Sus ojos abiertos, alarmados, solidarios y hermosos reflejaban que
en verdad quería ayudarme, así que de inmediato reculé y huí con mi maleta de
rueditas a otra parte.
Continué
mi marcha por calles desconocidas, y en un puesto de periódicos y revistas
pregunté por algún hotel económico. La oscura cabeza asomada en un marco de
papeles me respondió que a dos cuadras, por allá, había uno. Seguí avanzando y
di con el hotel Imperio situado en la esquina de la avenida Bernardo O’Higgins
y calle San Alfonso. Entré ya agotado de caminar y pregunté el precio en la
recepción. No era barato, pero tampoco caro, así que pagué mi estancia con
desayuno incluido. Al entrar en la habitación —ni fea ni bonita— lo primero que
hice fue bañarme. Luego me tendí en la cama y caí dormido como un bulto de
cemento. Tras un rato de sueño, desempaqué mis cosas y vi que no traía
adaptador para conectar la computadora y el celular. Decidí salir a comprar uno
y de paso a buscar un sitio para comer lo que fuera. Una indicación del
recepcionista del hotel me señaló buscar mi adaptador en la calle Matucana, a
dos cuadras de allí. Caminé hacia el rumbo recomendado en aquella tarde
espléndida, y esos primeros pasos en Santiago los recuerdo muy gratos, de un
verdor pleno por los álamos y los amplios tramos con césped del camellón. Por
fin estaba en la ciudad de tantos queridos y detestados hechos históricos. Me
sentía dueño de la urbe, un mexicano llenándose los pulmones de Santiago. Lo
que vino luego amerita párrafo aparte.
Estaba
ya frente a la Estación Central del metro, en la bocacalle de O’Higgins con
Matucana, sitio desde donde vi que era verdad: había allí muchos pequeños
negocios de electrónica. Pero antes de avanzar por Matucana, un griterío llamó
mi atención. Tras esto, vi que un tropel corría hacia mí; las caras de quienes
corrían mostraban agitación, supongo que horror. No sé por qué, como
hipnotizado, en lugar de sumarme a la estampida caminé de frente a ella.
Algunas personas que corrían me rozaban los costados al pasar. Yo iba como ido,
fascinado y curioso hasta que noté una nube no muy densa pero visible. Quise tomar
una foto con el celular (creo que era Blackberry) y en eso estaba cuando la
nube me llegó. Ya no pude ni encender el celular, pues sentí una picazón
horrible en los ojos. Ahí fue cuando di marcha en reversa por segunda vez en el
día, y con los ojos llorosos, ardientes, como si en ellos me hubieran tallado
un chile xalapeño, llegué otra vez a la esquina de la calle Matucana, donde doblé y
avancé media cuadra antes de encontrar la sombra de un árbol. Los ojos me
ardían, saqué mi paliacate y comencé a llorar en su decorado hindú. El ardor
desconocido casi no me permitía ver, y cuando abría los ojos todo lo veía
acuoso, hiriente, con un picor inédito en las córneas. Necesitaba agua. Casi a
tientas me desplacé hacia una tiendita cercana y pedí una botella. El encargado
dijo unas palabras que no recuerdo, me pasó el agua y pagué con cualquier
billete. Salí de la tienda y de nuevo busqué el resguardo del árbol bienhechor. Luego
humedecí el paliacate y comencé a frotarme los ojos. Nada. Me incliné y a
ciegas me derramé agua en la cara, de lado. El agua fría palió el ardor, pero
tuvo que pasar como media hora para recuperar una visibilidad decente.
¿Por
qué ocurrió esto? Lo supe después en mi viaje mal organizado: al lado de la
calle Matucana se ubica uno de los planteles de la Universidad de Chile. Los
estudiantes estaban enfrentando al gobierno de Sebastián Piñera por sus afanes
privatizadores de todo, incluida la educación (era la época de oro como
dirigente de Camila Vallejo, vocera de la Federación de Estudiantes de la
Universidad de Chile) y el poder reprimía con camiones de agua a presión, gases
lacrimógenos y demás amabilidades. Eso fue habitual allá durante el 2011, pero
yo no lo esperaba así de golpe, casi como bienvenida.
Ya más recuperado me coloqué en una ubicación adecuada para tomar algunas fotos de los carabineros y de la Universidad de Chile en los dos planteles de la avenida O’Higgins que me quedaban cerca: el de la Estación Central donde probé el gas pimienta y el que está frente al Palacio de la Moneda. Comparto esas modestas fotos como recién acabo de compartir mi inolvidable primer día chileno.