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sábado, agosto 10, 2024

Un día inolvidable












Al género crónica podemos añadir en ciertos casos el apellido memoria: crónica-memoria. Se trata de la recuperación, con la mayor fidelidad posible, de un acontecimiento del pasado descrito en clave cronológica. Los hechos más adecuados para su escritura son aquellos que nos han impresionado con fuerza, sean gratos o funestos. El olvido de muchos detalles, por supuesto, es parte de su dificultad, pero la imaginación sin desbordes de la franqueza es aceptable si nos atenemos al objetivo de alcanzar una meta cara a toda escritura de este tipo, autoconfesional: ser al menos verosímil. Es un género que me gusta porque en él se adunan, en grados desiguales, el deseo de recuperar una estampa real algo remota y el arte de narrar el acontecimiento o la anécdota como si de un cuento se tratara. Traigo aquí un relato de esta índole.

Pero antes a esta introducción sumo otra: ¿qué detona la crónica-memoria? Puede ser el capricho, un resorte del subconsciente. Un día estamos en la ducha y nos asalta el recuerdo sin un motivo claro a la vista. Otro día leemos o escuchamos algo y aparece pleno una especie de film en nuestro interior. Lo que contaré tuvo una palanca del segundo tipo, y esto parece un buen ejemplo para el comentario “Otros usos del libro”, que escribí hace poco. En él declaro que en mi caso suelo usar los libros para leer, pero también como archivo o repositorio disperso, desordenado, de papelitos entre sus páginas. Obviamente nunca sé lo que voy a encontrar, si es que encuentro algo, cuando tomo alguno de mis libros. Puede ser un post it, una foto, una invitación vieja, una nota de compra, un pedazo de servilleta, un fragmento de periódico, un separador perdido… Recientemente hallé así, entre páginas de libro, un cacho de mi pase de abordar para un vuelo de la Ciudad de México a Santiago de Chile. La fecha aparece en el comprobante del equipaje: 26 de octubre de 2011. Este dato precipitó mi recuerdo de aquel momento y sus vicisitudes.

La mañana ya del 27 bajé de la nave de Aeroméxico en el aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago. Para evitar el alto costo del taxi, creo que primero tomé un autobús y luego el metro; lo que sí recuerdo fue que al cálculo descendí cerca de la estación Universidad de Chile. No tenía señal de internet y sin Google Maps (¿ya existía?) me resultaba imposible saber en dónde estaba. Era, lo sé ahora muy bien, un viaje mal planeado. Sólo sabía que por allí, donde fuera, debía encontrar una habitación de hotel. Los recursos no me sobraban, así que descarté edificios sólo por su fachada. Erré por algunas calles comerciales con mi mochila de espalda y la maleta de rueditas inclinada desde la extensión hasta mi mano derecha. De aquella caminata guardo fija una imagen insustancial: la farmacia Ahumada con el mismo logo y la misma tipografía de nuestra farmacia Benavides. Nadie me esperaba en Santiago, aunque en el mail tenía el contacto de Diego Muñoz Valenzuela, quien ya para entonces me tenía organizada una lectura en la corporación Letras de Chile.

Al azar seguí caminando como una hora y vi una especie de cueva con un rústico anuncio que ofrecía “habitaciones disponibles”. Al pie de la calle, en el umbral, una chica de edad incierta, tal vez apenas adulta y muy humilde, vendía golosinas en una caja de madera trepada sobre una de cartón. Antes de acceder a la “administración” de aquel hostal claramente sórdido —para ahorrar—, pregunté a la chica si en efecto allí había hospedajes, dado que el anuncio había sido diseñado con las pezuñas. Me respondió que sí, pero luego, dibujando una cara de genuina angustia, añadió con el acento del lugar: “Pero no entre, allí le roban a la gente”. Sus ojos abiertos, alarmados, solidarios y hermosos reflejaban que en verdad quería ayudarme, así que de inmediato reculé y huí con mi maleta de rueditas a otra parte.

Continué mi marcha por calles desconocidas, y en un puesto de periódicos y revistas pregunté por algún hotel económico. La oscura cabeza asomada en un marco de papeles me respondió que a dos cuadras, por allá, había uno. Seguí avanzando y di con el hotel Imperio situado en la esquina de la avenida Bernardo O’Higgins y calle San Alfonso. Entré ya agotado de caminar y pregunté el precio en la recepción. No era barato, pero tampoco caro, así que pagué mi estancia con desayuno incluido. Al entrar en la habitación —ni fea ni bonita— lo primero que hice fue bañarme. Luego me tendí en la cama y caí dormido como un bulto de cemento. Tras un rato de sueño, desempaqué mis cosas y vi que no traía adaptador para conectar la computadora y el celular. Decidí salir a comprar uno y de paso a buscar un sitio para comer lo que fuera. Una indicación del recepcionista del hotel me señaló buscar mi adaptador en la calle Matucana, a dos cuadras de allí. Caminé hacia el rumbo recomendado en aquella tarde espléndida, y esos primeros pasos en Santiago los recuerdo muy gratos, de un verdor pleno por los álamos y los amplios tramos con césped del camellón. Por fin estaba en la ciudad de tantos queridos y detestados hechos históricos. Me sentía dueño de la urbe, un mexicano llenándose los pulmones de Santiago. Lo que vino luego amerita párrafo aparte.

Estaba ya frente a la Estación Central del metro, en la bocacalle de O’Higgins con Matucana, sitio desde donde vi que era verdad: había allí muchos pequeños negocios de electrónica. Pero antes de avanzar por Matucana, un griterío llamó mi atención. Tras esto, vi que un tropel corría hacia mí; las caras de quienes corrían mostraban agitación, supongo que horror. No sé por qué, como hipnotizado, en lugar de sumarme a la estampida caminé de frente a ella. Algunas personas que corrían me rozaban los costados al pasar. Yo iba como ido, fascinado y curioso hasta que noté una nube no muy densa pero visible. Quise tomar una foto con el celular (creo que era Blackberry) y en eso estaba cuando la nube me llegó. Ya no pude ni encender el celular, pues sentí una picazón horrible en los ojos. Ahí fue cuando di marcha en reversa por segunda vez en el día, y con los ojos llorosos, ardientes, como si en ellos me hubieran tallado un chile xalapeño, llegué otra vez a la esquina de la calle Matucana, donde doblé y avancé media cuadra antes de encontrar la sombra de un árbol. Los ojos me ardían, saqué mi paliacate y comencé a llorar en su decorado hindú. El ardor desconocido casi no me permitía ver, y cuando abría los ojos todo lo veía acuoso, hiriente, con un picor inédito en las córneas. Necesitaba agua. Casi a tientas me desplacé hacia una tiendita cercana y pedí una botella. El encargado dijo unas palabras que no recuerdo, me pasó el agua y pagué con cualquier billete. Salí de la tienda y de nuevo busqué el resguardo del árbol bienhechor. Luego humedecí el paliacate y comencé a frotarme los ojos. Nada. Me incliné y a ciegas me derramé agua en la cara, de lado. El agua fría palió el ardor, pero tuvo que pasar como media hora para recuperar una visibilidad decente.

¿Por qué ocurrió esto? Lo supe después en mi viaje mal organizado: al lado de la calle Matucana se ubica uno de los planteles de la Universidad de Chile. Los estudiantes estaban enfrentando al gobierno de Sebastián Piñera por sus afanes privatizadores de todo, incluida la educación (era la época de oro como dirigente de Camila Vallejo, vocera de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile) y el poder reprimía con camiones de agua a presión, gases lacrimógenos y demás amabilidades. Eso fue habitual allá durante el 2011, pero yo no lo esperaba así de golpe, casi como bienvenida.

Ya más recuperado me coloqué en una ubicación adecuada para tomar algunas fotos de los carabineros y de la Universidad de Chile en los dos planteles de la avenida O’Higgins que me quedaban cerca: el de la Estación Central donde probé el gas pimienta y el que está frente al Palacio de la Moneda. Comparto esas modestas fotos como recién acabo de compartir mi inolvidable primer día chileno.












miércoles, octubre 11, 2017

A la casa del Che

 














En noviembre de 2011 fui invitado a participar en un encuentro de escritores celebrado en la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza, Argentina. No podía faltar porque se trataba de la primera actividad literaria que dedicaría mesas de homenaje a la figura de mi amigo David Lagmanovich, quien había muerto un año antes, en 2010. Dado que el encuentro se celebraría en tierras mendocinas, casi en la frontera con Chile, decidí comenzar mi recorrido por Santiago. A toda velocidad me puse en contacto con Diego Muñoz Valenzuela, amigo chileno y tremendo escritor, para ver qué podía organizar con el fin de que mi visita tuviera algún provecho más allá de lo turístico. Generoso como siempre, Diego me organizó una plática/lectura en la asociación Letras de Chile, y al día siguiente una cena con amigas y amigos chilenos que jamás olvidaré.
A Santiago de Chile llegué en un momento complicado. Los estudiantes se estaban enfrentado contra el gobierno de Sebastián Piñera, había disturbios fuera de las facultades y por el mundo corría como icono de esa lucha el rostro de Camila Vallejo. Mis primeras horas en Chile fueron complicadas. Bajé del avión y tomé el metro hacia el centro con el fin de buscar un alojamiento que, fiel a mis costumbres, no había reservado. Recorrí algunas calles, no tuve éxito en dos o tres hoteles a los que me aproximé, y por allí vi, ya algo desesperado, una especie de hostal ciertamente pulguiento. En la entrada a la escalera pasaba sus horas, aburrida, una chica con un pequeño negocio de golosinas, y hablé con ella.
—¿El hostal está arriba? —pregunté indicando las escaleras.
—Sí —respondió.
Apenas ascendí un escalón con mi maleta de rueditas, la chica me habló, nerviosa.
—¿Va a quedarse allí?
—Voy a preguntar si tienen espacio —dije.
—Pero no entre, allí le roben a la gente.
Bajé la escalera, le agradecí más con un gesto que con palabras, y me largué a buscar otro sitio donde no le estuvieran robado a la gente. No sé cómo fui a parar a la avenida Libertador O’Higgins y allí encontré un hotel llamado Imperio: económico, limpio y honrado. Traía poca pila en la computadora y vi que no podía cargarla: necesitaba un adaptador para el enchufe. Pregunté en la recepción dónde podía hallarlo y me dieron las señas de una calle próxima, la Matucana, llena de negocios de electrónica. Estaba a dos cuadras, y al llegar a la esquina de O’Higgins y Matucana me sorprendió una estampida de personas. Yo no sabía que estaba al lado de una facultad de la Universidad de Chile. Vi camiones de carabineros y una nube blanca en dirección a la esquina donde me quedé estático. Saqué la cámara del celular mientras la gente corría en sentido contrario, hacia mí, y no me atemorizó la espesa nube. Cuando al fin me dio el chanclazo, supe lo que era el gas pimienta. En mi rancho de La Laguna jamás han dispersado un tumulto con esa cosa horrible, así que, sin querer queriendo, la probé por primera vez. Los ojos me lloraron, irritados, tanto que perdí la visibilidad. Como pude corrí hacia la calle Matucana y cuando al fin me sentí lejos de la esquina fatal, me recargué en un árbol, saqué mi paliacate y me sequé las lágrimas forzadas. Pasaron como quince o veinte minutos, o tal vez más, y los ojos me seguían ardiendo como si me hubieran untado chile en Chile. Cuando recuperé la visión y respiré tranquilo, vi los negocios de electrónica y compré mi adaptador. Revisé mis fotos en el celular: tenía dos del gas y la multitud, un curioso trofeo en mi día inaugural por las grandes alamedas de Santiago.
Tras mi periplo chileno tomé el bus a Mendoza. Atravesaría la cordillera andina de madrugada, lo que luego consideré un error, pues no pude ver el recorrido por ese paisaje legendario. Sólo recuerdo que en la madrugada, como a la una o a las dos, el camión se detuvo en un feo paraje, la aduana localizada en una especie de tendajón gigante. Los pasajeros hicimos fila para mostrar los pasaportes en la salida de un país y la entrada a otro. Me llamó la atención que el funcionario chileno y el argentino casi compartieran la misma modesta oficinita, de manera que el primero sellaba la salida, luego él mismo pasaba el documento a su colega, quien sellaba la entrada. Tras el ingreso oficial a la Argentina, un aduanal con facha de gángster italiano revisaba el equipaje sin mucha prolijidad, más bien con total desenfado.
La estancia en Mendoza da para una crónica aparte, pues fue gratísima. Esa ciudad es una belleza por sus calles plenas de verdor, por sus árboles gigantes que, colocados de acera a acera, se juntan en las copas y dan la impresión de que envuelven las avenidas como túneles. Además, es para mí la tierra entrañable de Leonardo Favio, a quien tanto he querido. Allí, en una sobremesa mendocina, alguien preguntó por mi destino inmediato. Dije que Córdoba un par de días y luego Buenos Aires, todo por tierra.
—Ah, para que vayas a la casa-museo del Che en Alta Gracia; está a menos de una hora de Córdoba.
Para entonces yo sabía de la estancia cordobesa del rosarino Guevara de la Serna, pero ignoraba que hubiera algo que recordara esa estancia y que Alta Gracia estuviera tan cerca de la capital. No figuraba en mi plan, pero lo decidí allí mismo: iría a la casa del Che.
Llegué a Córdoba una mañana muy soleada. No quise alejarme mucho de la terminal de camiones (micros, los llaman allá), así que me hospedé en el primer hotelito que apareció en el camino. Era, me di cuenta de inmediato, parada habitual de choferes, pues en el restaurante desayunaban o comían en grupos de dos o tres, todos encorbatados. Me tocó la habitación más pequeña que he ocupado jamás, y bastaba el baño para comprobarlo: en la regadera era imposible agacharse un poco, de suerte que si se me caía el jabón, era necesario salir y recogerlo desde afuera.
A la mañana siguiente tomé el micro hacia Alta Gracia. Iba con pocos pasajeros, hacía un sol espléndido, así que disfruté de lo que a mi juicio era la pampa, ese ámbito mágico que la literatura gauchesca y luego la milonga yupanquiana/larraldeana me hicieron venerar antes de conocerlo. La llanura que pude ver, si es que se trataba de la pampa, era un mar de gramilla, un espacio en el que los ojos se resbalaban sin obstáculo hacia el horizonte infinito (años después me enteré que por allí, en esa ruta, está el mausoleo en forma de ala de avión construido por Raúl Barón Biza a su esposa, la piloto Myriam Stteford). Al llegar a Alta Gracia, bajé alegre del bus y tomé un taxi.
—A la casa del Che, por favor —pedí.
El taxista no dijo palabra: casi todos los visitantes de Alta Gracia van a ese lugar, supuse. Descendí y vi el letrero: faltaban dos horas para que el museo abriera sus puertas. Luego apareció junto a mí una pareja de extranjeros. Eran dos jóvenes algo hippiosos, con rastas él, flaco, lácteo y feo; ella de pelo corto a la garçon (como dice un tango), rubia, de grandes y hermosos ojos turquesa, medio mugrosa pero sexi porque dentro de los andrajos había una especie de aeromoza sueca. Me pareció que el tipo no hablaba ni gota de español, pero ella sí. La chica me preguntó primero en inglés si el museo estaba en funciones. Con mi inglés cavernícola le pregunté si hablaba español, y dijo que sí.
—Sí, sólo que abrirá hasta dentro de dos horas —le informé como si yo supiera mucho del asunto.
Nos quedamos un rato en silencio. Es un decir, pues la azafata hippie conversó en un idioma inextricable (¿polaco, finlandés, noruego?) con su pareja mientras yo seguía estirando el cuello desde la verja hacia el jardín de la casa-museo. Noté que los europeos no eran de mucho hacer migas con un tipo al que seguramente notaron ya en la ancianidad, y me separé de ellos un poco para preguntar a un jardinero el lugar hacia donde estaba la zona centro de Alta Gracia. Me indicó el camino, y sin despedirme de la pareja puse patas a la obra.
El día era, lo recuerdo así, bellísimo, con un clima templado y una luz intensa y transparente, precisamente el clima terapéutico que los médicos habían recomendado para paliar el asma del pequeño Ernesto. Caminé varias callecitas y en todas lucían casas que imaginé de estilo alpino, como ésas que hemos visto en almanaques con paisajes suizos. Un poco después noté algo extraño: la pareja me seguía. No para alcanzarme, sino para avanzar por la ruta que me había marcado el trabajador del museo. Recuerdo que pasé al lado de un lago, de una como misión jesuítica, y al fin di con el micromicrocentro. Era casi mediodía y vi muchos estudiantes. Entré al primer restaurantito que sentí adecuado y pedí una hamburguesa con papas y “gaseosa”, como allá le llaman a nuestro refresco. Hice tiempo viendo hacia la calle. Dos o tres veces vi pasar a la pareja hippie. Claro, en una hora ya habían recorrido todo el centro y daban vueltas por los mismos rumbos.
Cuando llegó el momento emprendí el regreso hacia el museo. Soy muy orientado y no necesito piedritas para desandar mis pasos, como Hansel y Gretel, así que volví por el camino ya conocido. Y otra vez, como una aparición, capté de lejos, detrás de mí, a los europeos. Llegué y ahora sí: abierto. Pagué una cuota y entré. El museo es un recorrido por las habitaciones de la casa. Contiene cartas, fotografías y algunos efectos personales del Che y su familia. Me asombró que tuviera tantos visitantes pese al aislamiento del lugar. No era un tumulto, ciertamente, pero al menos sí recorríamos la casa una veintena de personas, todas por grupitos en diferente habitación. El museo es modesto, pero limpio y bien curado. Pude tomar fotos con total impunidad, aunque las condiciones de luz no fueran buenas en el interior.
En todas las fotos del Che, incluso en las de su niñez, el Che es el Che. El rostro jamás le cambió, de manera que en una colectiva familiar o con amigos es innecesario señalar en dónde se ubica él. El museo es un lindo espacio y a él entré contento, tal vez prejuiciado por la admiración que siempre —pese a los textos ideológicamente hostiles y lejanos— le he tenido a ese sujeto extraño, carismático, querido por tantos, despreciado por otros más.
El recorrido no es largo, pero da esa impresión porque hay muchos papeles, muchas cédulas, y la gente se detiene a leer. El retrete de la casa tiene un letrero que advierte al visitante, con cierto humor involuntario, su condición de pieza del museo, para que nadie vaya a confundirlo. Luego, al fondo de la casa, en el patio trasero, hay una tienda de souvenires, y allí termina todo.
Bueno, no todo. Al salir registré fotográficamente el maravilloso bronce del Che niño que luce en la entrada de la casa. Luego le pedí a alguien que me ayudara con un click junto a ese pequeño que sería más adelante un personaje con imán mundial, un sujeto que físicamente, nomás físicamente, moriría ejecutado el 9 de octubre de 1967, hace cincuenta años, tras ser aprendido en Bolivia por el ejército de este país en colaboración con la siempre hacendosa inteligencia norteamericana.

Nota. Salvo la última, tomé yo las fotos que aderezan este post.