Mostrando las entradas con la etiqueta fabián vique. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta fabián vique. Mostrar todas las entradas

sábado, julio 20, 2024

Carlos Dariel, poeta

 











Hace poco menos de dos meses estaba por concluir mi pasado viaje a la Argentina. Por razones que no viene al caso detallar, no había visto a Carlos Dariel y fue él quien insistió en organizar una reunión. Finalmente, luego de algunas dificultades para cuadrar agendas y sede, nos vimos en Castelar junto a Fabián Vique, Jorge Figueroa, José Luis Bulacio y Andrea Burucua, nuestra anfitriona, quien preparó algunas delicias porque la reunión tenía de fondo mi cumpleaños sesenta. Durante la reunión quedé al lado de Carlitos, hablamos sobre literatura y futbol, nuestros dos temas favoritos, y me regaló Bocas de ceniza, su último libro. Dialogamos de pasada sobre el prólogo que me pidió para su siguiente libro, otro poemario.

A Carlos lo conocí en 2010. Me lo presentó Vique, y de inmediato hice click con él, con su conversación amable y culta, con su amor por la literatura, los viajes, la psicología, el budismo y, claro, el futbol que en su caso era algo entrañable, una pasión inmensa e intensa aunque se expresara con mesura. Fue devoto de muchos poetas, pero para reducir el censo de sus preferencias, sé que admiraba hasta el tuétano al Teuco Castilla, a Juan Carlos Bustriazo, Whitman, Miguel Hernández, Vallejo, Borges y Juan L. Ortiz. En música, fue el más enfático johnlennonista que conocí en mi vida, y en futbol tenía dos ídolos: Rojitas, de Argentina, y Pelé, del mundo.

Carlos Di Rosa (el apellido “Dariel” era un seudónimo) nació en Buenos Aires en 1956. Trabajaba en el área contable de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales, algo así como el Pemex de Argentina), y en su carrera como escritor participó en ciclos literarios, encuentros, lecturas y presentaciones de libros sobre todo en la zona oeste del llamado Gran Buenos Aires. Como autor, público los poemarios Según el fuego, Cuestión de lugar, Donde la sed y Bajo el fulgor, y en la Primera antología de poetas de Morón, Antología sin fronteras (en México) y en la antología Cartas desde el Maule-Cartas desde Buenos Aires. Su último libro fue Bocas de ceniza, publicado en 2023. Fue padre de un hijo, Joel, especializado en sistemas de cómputo. Gran conocedor del futbol y del tenis (que practicó hasta más allá de los sesenta años), Carlos fue hincha irreductible de Boca y de la selección argentina, cuyo último campeonato, el de la Copa América, todavía pudo ver.

En 2011 estuvo en un encuentro de escritores en el estado de Hidalgo y aprovechó aquel periplo mexicano para conocer el sur, nuestras civilizaciones prehispánicas; en mayo de 2019 vino a la Feria del Libro de Coahuila, así que estuvo en Saltillo y Torreón, donde realizamos varias actividades literarias y se ganó el cariño de escritores y periodistas. Lamentablemente, un encadenamiento de malestares lo hostigó durante los meses recientes. Los encaró con sabiduría y entereza enormes, pero el jueves 18 de julio lo vencieron.

Obviamente, un hombre no cabe en una semblanza ni en los flashazos de la amistad que describí. Lo esencial de Carlos se me escapa, es cierto, pero creo que en el lapso de nuestra cercanía logré al menos vislumbrar, y esto es suficiente, al hombre sensible, inteligente y bueno que fue.

A Joel, su amado hijo, a sus amigos escritores y no escritores, mi pésame y la certeza de que Carlitos nos seguirá acompañando ahora dentro, en el “cuore” que ya es su morada en nosotros.

Descanse en paz.

sábado, octubre 14, 2023

Fabián Vique: la microficción como centro

 











Al margen de las grandes vidrieras, sin el ruido promocional que generalmente se concentra en la novela y en abundante “no ficción”, el microrrelato ha podido abrirse brecha entre escritores, editores y lectores. Este avance fue lento durante décadas en América Latina, pero en los años recientes aceleró su marcha debido sobre todo a las nuevas tecnologías de la información: si todo es ahora rápido, a cierta literatura le convino el envase pequeño para moverse con total facilidad en un estado de Facebook o en un tweet. Así pues, de Darío, Lugones y Torri pasamos con lentitud a Borges, Arreola, Cortázar, Monterroso, Denevi, y de ahí, ya más aceleradamente, al numeroso contingente de microficcionistas que hoy exhibe nombres como los de René Avilés Fabila, Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Juan Armando Epple, Eugenio Mandrini, Felipe Garrido, David Lagmanovich, Ana María Shua, Guillermo Samperio, Pía Barros, Rogelio Ramos Signes, Diego Muñoz Valenzuela y muchos otros que no omito por olvido, sino para evitar una lista más o menos cansadora.

Los microficcionistas son, pues, muchísimos, y de alguna manera se conocen entre casi todos porque han sabido organizar espacios para la divulgación, edición y distribución de sus obras, como los encuentros nacionales e internacionales que suelen convocar a editores/cultores de este género y no sólo permiten la lectura y la discusión teórica, sino el intercambio de títulos publicados en todas las modalidades, desde los marcadamente artesanales hasta los profesionales, como es el caso de los libros del sello Micrópolis, del Perú; Ficticia, de México, y Macedonia, de la Argentina.

Macedonia, a propósito, es un emprendimiento individual. Lo encabeza Fabián Vique (Buenos Aires, 1966), quien además de la edición y la docencia ha practicado, a mi parecer con harta fortuna, la escritura de microficción. Si bien su labor como editor es ya digna de reconocimiento —pues es quien más ha publicado títulos de este género en la Argentina, todo desde Morón, partido del conurbano bonaerense—, Vique es un creador espléndido, y es en su obra creativa en la que deseo poner énfasis durante los renglones venideros. Tiene cinco títulos de narrativa corta, aunque las piezas de uno de ellos, La tierra de los desorientados (2007), no encajan en el ámbito de lo microficcional. Aquel primer libro muestra, sin embargo, los rasgos característicos de su trabajo escrito: el humor indeclinable y la búsqueda y el hallazgo de lo absurdo, lo paradójico, lo ridículo. Hay algo en sus ficciones amplias y brevísimas que no veo con frecuencia en sus homólogos: una suerte de desenfado o antisolemnidad que lo lleva a tratar todos sus temas como si nada importara, como si todo fuera susceptible de ser abordado sin manifestar apegos o apasionamientos. Eso le ha permitido escribir de todo, hasta de lo más insignificante, sin que uno sienta que es insustancial. Algo similar siento, por cierto, cuando leo al mexicano Marcial Fernández, par de Vique en dos ámbitos: el editorial y el creativo.

La tierra de los desorientados no es microficción pero, insisto, ya muestra el perfil de la producción ulterior de Vique. El tono humorístico está marcado desde los títulos y el “resumen”. Un cuento, por ejemplo, es “La chica que repartía flores en el leprosario”, que antes de entrar en materia tiene este epítome: “Un médico nos cuenta su historia de amor en el leprosario de General Rodríguez”; o en el cuento “Mercados alternativos”, resumido como “Un texto de gran ayuda para el inversor audaz”. La imaginación de Vique parece permanentemente irónica, zumbona, como decían los antiguos, y jamás se queda enredada en el alambre de púas del chiste fácil, sino que se expande como alegoría sutilmente crítica a comportamientos ridículos o, como ya señalé, absurdos.

En 2009 publicó Variaciones sobre el sueño de Chaung Tzu, su primer libro de microficciones. Además de la serie con las “variaciones” sobre el famoso micro chino, Vique ensarta brevedades que, creo, muestran la malicia algo macedónica (por Macedonio Fernández) que aplica recurrentemente en su escritura. En “El otro Guiness”, narra con guiño cientificista: “Cuando se sabe cerca del final, la lombriz incandescente de Paranacito emprende el camino hacia el centro de la Tierra. El fin le llega mucho antes porque la ruta es larga y además el suelo se va poniendo cada vez más duro. Pero sería canallesco medir sólo el resultado y no considerar la intención”. Más allá de la falsa moraleja, ¿no sería aplicable el caso de esta lombriz al de muchos poetas o futbolistas?

Veamos otro caso del mismo libro. Aquí advierto un delicado cuestionamiento al facilismo de los libros de autoayuda:

 

Para salir del pozo lo mejor es una buena escalera, lo suficientemente alta y resistente para llegar a la superficie sin tener que andar haciendo maniobras complicadas.

En su defecto, un ascensor o una cuerda bien larga y fuerte, con una roldana bien agarrada a alguna parte, y en lo posible un gorila afuera, con la fuerza y la paciencia necesarias para tirar para arriba sin hacer demasiadas preguntas.

Una vez en la superficie, actuar con naturalidad, como si tal cosa, silbando bajito.

 

O éste en el que juega con la intertextualidad en una de las variaciones que dan título al libro: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar no sabía si era una mariposa, o si era un dinosaurio que todavía estaba allí”.

Un año después, en 2010, Vique publicó su segundo lote de brevedades en La vida misma y otras minificciones. El autor persiste en la voz socarrona, y lo hace desde el prólogo. Señala que dividió el contenido en tres secciones, y aclara: “Lo importante es que la mayor parte de las piezas del primer grupo pueden pasar al segundo o al tercero, las del segundo al tercero o al primero, etcétera”. Este libro es el mejor de Vique, aunque debo decir que no conozco Peces, título casi recién aparecido en Buenos Aires.

Hacia 2012, PD Editores, de Monterrey, publicó una antología titulada Los suicidas se divierten. Reúne lo mejor de la producción de Vique. Entre sus textos está mi relato favorito, “El escupidor de Rafael Castillo”, que me sirve para cerrar el apunte y recomendar el trabajo de este escritor y editor argentino:

 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías.

Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.

Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen.

Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.

Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

Nota. Apunte publicado originalmente en Literal. Latin American Voices, EUA, en noviembre de 2016.

lunes, junio 26, 2023

Argentina 2023

 







Fueron días algo vertiginosos y cansados, pero muy gratos porque mezclaron trabajo, amistad, literatura y gastronomía. Luego del viaje a Saltillo donde el domingo 7 de mayo participé en la Feria Internacional del Libro de Coahuila con la presentación de “Leyenda Morgan” (UANL, segunda edición, 2023), el jueves 11 de mayo salimos muy temprano Maribel y yo hacia Buenos Aires. Los vuelos Torreón-Ciudad de México-Buenos Aires fueron perfectos, y el mismo día 11 aterrizamos en el aeropuerto de Ezeiza a las 10 de la noche. Paramos en un departamento casi aledaño a la avenida Corrientes esquina con Julián Álvarez, digamos que en el rumbo de Villa Crespo, cerca de la avenida Raúl Scalabrini Ortiz, el entorno donde nació el poeta Juan Gelman. Salvo por alguna lluvia esporádica, el clima que nos acompañó fue inmejorable durante toda la estancia, tanto que no demandó abrigo pesado, que por las dudas sí llevamos. Fue mi séptimo viaje a la Argentina y el primero para Maribel, así que ella compartió ahora conmigo toda la experiencia tantas veces contada en nostálgicas sobremesas de Torreón. Cargué con mi laptop para el trabajo en casa, el famoso home office que aprendimos a manejar durante la pandemia, así que los desayunos y las comidas se desahogaban en el espacio fijo que elegimos como radicación temporal, lo que significó un ahorro notable. Ya en la tarde venían los encuentros y los compromisos. El mismísimo viernes 12 a las seis de la tarde hicimos nuestra única incursión a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En el pabellón chileno era presentada “Una antología insumisa” de mi amiga Pía Barros, y allí saludé a sus paisanos chilenos Diego Muñoz Valenzuela y Paulina Bermúdez Valdebenito, y a los amigos argentinos Sandra Bianchi, Laura Nicastro, Juan Romagniolli, Leandro Hidalgo, Martín Gardella, Raúl Brasca y Fabián Vique. El sábado lo reservamos para participar en el festejo por el decimoquinto aniversario de Macedonia Ediciones, emprendimiento editorial encabezado por Vique y José Luis Bulacio. La ceremonia fue larga, de cuatro horas, y se dio en la localidad de Haedo, provincia de Buenos Aires. Entre emotivas mesas de lectura, performances teatrales, música, vino, empanadas y torta (lo que nosotros llamamos “pastel”), transcurrió aquella jornada plena de literatura y camaradería en la que tuve el gusto de participar en una mesa de microficción. Entre otros amigos, allí reencontramos a Carlos Dariel, Norah Lorenzo, Jorge Figueroa, Nanim Rekacz, Viviana Abnur y Andrea Burucua, y conocimos a Claudia Cortalezzi, Patricia Dagatti, a la cantautora Myriam Belfer y al escritor peruano Ary Malaver; en otra oportunidad saludaría también allí a Javier Ramponelli y al poeta Carlos Norberto Carbone. Al final, ya en la cena, rematamos en el restaurante Recoleta de Haedo con unas pizzas y otros platos espectaculares.

Los días siguieron avanzando con una rutina semejante a la ya descrita: trabajo de revisión de textos en la mañana, y en las tardes y noches encuentros con los amigos y la gastronomía porteña. Cuando no hubo encuentros vespertinos, llevé a Maribel a conocer algunos puntos indefectibles: la Avenida de Mayo, la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, la peatonal Florida, la avenida 9 de Julio, el obelisco, el café Tortoni, la Mafalda de San Telmo, la plaza del Congreso… Pude conversar dos tardes (ambas en el café La Ópera) con el gran escritor Enrique Medina, quien a su vez me presentó al ensayista Antonio Las Heras; saludamos a mi paisano lagunero José Juan Zapata y a Jéssica, su esposa regiomontana; vimos en su programa de radio-teatro a Alejandro Dolina, con quien cenamos en el restaurante Babieca de la avenida Santa Fe. También cenamos y charlamos amplia y muy afectuosamente en el fabuloso restaurante temático Perón-Perón con Giselle Aronson y Fernando Veríssimo, y una tarde merendamos en la cafetería Imperio con el periodista Eduardo Anguita, quien luego me entrevistó en su programa de Radio Nacional. En ese mismo lugar, pero otra tarde, nos vimos con el escritor Fernando Sorrentino y Alicia, su esposa. En el restaurante-librería Casa Tinta cenamos con Sandra Bianchi y su pareja, el periodista Rodolfo Chisleanschi. Las tardes y las noches estuvieron llenas de actividad, como el partido de futbol que vimos un lunes por la noche porque nos quedaba a cuatro cuadras: un choque entre Atlanta contra Gimnasia y Esgrima de Jujuy en el estadio Don León Kolbowski, sede de Atlanta, donde Maribel, gracias a un joven vecino de asiento, probó por primera vez el mate. Un domingo tuvimos asado en casa de Andrea Burucua, y fue Javier, su pareja, quien controló la parrilla que disfrutamos Hugo Alejandro Gómez, Dariel, Figueroa, Bulacio, Vique, Andrea (amiga de la Andrea anfitriona), Manuel (hijo de Andrea), Maribel y yo. Una tarde lluviosa conversé en el Big Joe con mi amigo Mario Berardi, también escritor, e intercambiamos libros como si fueran banderines. A quienes han colaborado en Acequias, revista de la Ibero Torreón, les di el ejemplar de papel correspondiente y mi reiterada gratitud a nombre de la Ibero Torreón. El 23 de mayo, día de mi cumpleaños, me entrevistaron en la estación Radio Cultura de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) para el programa “El país y sus escritores”, conducido por Edgardo Muller, esto en el rumbo más pirrurris de Recoleta. Y otra tarde, ésta de ventisca, saludamos en la cafetería La Giralda al gran periodista y narrador Ricardo Ragendorfer, a quien no conocíamos. Una noche volvíamos ya algo tarde al departamento y nos topamos en la calle Loyola con un establecimiento (El furor de Villa Crespo que guarda el recuerdo del maestro Osvaldo Pugliese) de donde emergían notas de tango; con curiosidad entramos y vimos bailar un rato a las parejas hipnotizadas e hipnotizantes por culpa de aquel endiablado ritmo. La única actividad mañanera que tuvimos se dio el jueves 25, cuando por instancias de Alejandro Dolina asistimos a una entrevista de radio que me hicieron en el programa La Mañana, con Víctor Hugo Morales, periodista que todos los futboleros no pueden no conocer pues fue él quien relató para la eternidad el segundo gol de Maradona a los ingleses en 1986, donde bautizó a Diego como “barrilete cósmico” (el barrilete es lo que nosotros conocemos como “papalote”). El mismo 25 en la tarde asistimos al festejo del día patrio en la Plaza de Mayo, donde la oradora fue Cristina Fernández de Kirchner, vicepresidenta argentina. En medio de estas actividades se dio el curso sobre literatura mexicana que compartí por allá, la presentación de mi libro “Entre las teclas”, en edición argentina, y un viaje a Tigre, ciudad turística bellísima a la que el domingo 28 de mayo nos condujeron Fabián y Adriana. Cuando llegó la noche anterior a nuestro regreso todavía le sacamos jugo al recorrido: Laura Nicastro y Quique Ruslender, su esposo, nos invitaron a disfrutar un asado en su departamento, del cual salí además con un jersey de Chacarita Jr., regalo de Quique, acaso el hincha número uno de los Funebreros.

¿Algo se me pasa en esta apretadísima y meramente enumerativa crónica? Mucho, todo lo inefable, como el sabor de los vinos o de mis amadas chocotortas con café, como la impagable amistad de tantos amigos y el hecho simple, elemental, de ser, de existir junto a la mujer que amo.


sábado, mayo 13, 2023

Macedónica edición

 











Hace quince años, el escritor argentino Fabián Vique sentó la primera piedra de un proyecto llamado Macedonia Ediciones. Lo hizo en su ciudad natal, llamada Morón, en la zona del llamado conurbano bonaerense. Su idea central era abrir cancha, sobre todo, a la microficción, género que, como el cuento y la poesía, tenía y sigue teniendo una presencia marginal en los sellos editoriales más poderosos. A los libros con relatos brevísimos, Macedonia añadió títulos de poesía y un poco, también, de ensayo, novela y cuentos más convencionales. En su nómina autoral destacan escritores de Argentina, pero también los hay chilenos y peruanos.

Macedonia ha sido pues un enclave de la microficción en Sudamérica, y su trabajo ha hecho pinza con otros emprendimientos importantes como el de Micrópolis (Perú), Brevilla y Letras de Chile (Chile) y Ficticia (México). Se puede decir, por ello, que si en nuestro espacio geográfico y lingüístico el cuento súbito se ha desarrollado en los recientes años, esto se debe a la labor callada y tenaz de editores con innegable vocación por una forma de escritura cada vez más frecuentada por escritores y lectores.

El trabajo de Vique se vio enriquecido por la colaboración de José Luis Bulacio, también escritor y editor. Ambos han configurado un catálogo nutrido de títulos que son evidencia de lo creativo y resistente que puede ser el deseo de difundir, a terca contracorriente, literatura al margen de los reflectores.

En la presentación de su web, los macedónicos observan: “Somos un sello independiente creado en el año 2008, en Morón, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Nuestra materia central es la Literatura.

Nos deleita especialmente lo breve, aquello que en pocas palabras puede dar aquel cross a la mandíbula del que hablaba Roberto Arlt, o esa visión del mundo que proponía desde la alcantarilla Alejandra Pizarnik. Pero también hemos hecho espacio a otras especies como la novela, la crónica, al análisis del discurso, la Historia, el ensayo y la literatura infantil.

Integran nuestro catálogo autores contemporáneos que se caracterizan por sus propuestas creativas, innovadoras, arriesgadas y bellas. Voces jóvenes sobre todo, no por la contingencia de la edad, sino por la frescura de su obra.

Nuestro nombre se debe, precisamente, al más joven de los “viejos”, Macedonio Fernández, autor de obras imprescindibles como el Museo de la Novela de la Eterna y Papeles de Recienvenido.

Participamos de congresos, ferias y encuentros nacionales e internacionales dedicados a las Letras, además de colaborar con publicaciones y programas radiales orientados a lo literario. Nuestra aspiración es seguir creciendo, dando a conocer a talentosos autores de todos los rincones del país y de Hispanoamérica en su conjunto. Conducimos este colectivo incontable José Luis Bulacio, Lara Tonco y Fabián Vique.

Compartimos la felicidad de ser parte de los libros y los universos que los libros son”.

Felices quince años para Macedonia, y a festejar con ellos in situ.

sábado, octubre 02, 2021

Déjame que te explique, limeña




















Conocí a C.E. Feiling (digo, uno de sus libros) en el macedónico reducto de Fabián Vique, cueva sita en Morón, partido del llamado Gran Buenos Aires. Una tarde de 2010 hurgaba en su biblioteca y vi la extraña firma. “¿Y éste?”, le pregunté a Vique mostrándole la gorda edición de Los cuatro elementos (Norma, 2007) que contiene El agua electrizada, Un poeta nacional, El mal menor y el primer tranco de La tierra esmeralda (inconclusa), novelas que junto con el poemario Amor a Roma y poco más, constituyen la obra completa de este escritor nacido en Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1961, y muerto muy joven, de leucemia, en 1997, a la corta edad de 37 años. Mi amigo me miró de reojo, casi sin ver, y sólo dijo esto: “Ah, un genio”.
La desenfadada seguridad de la afirmación me llevó a hojear. Unos pocos párrafos después, seducido por la expresividad de la prosa y más por la confianza que tengo en el buen gusto literario de Vique, le pregunté: “¿Y dónde puedo conseguir este librote?”. La segunda respuesta fue mejor que la primera: “Llevátelo, yo luego lo busco por acá”.
En 2011 volví a Buenos Aires y no llevaba en mi lista el libro que de Feiling me faltaba, el de poesía. Pero la suerte es la suerte, y a 15 irrisorios pesos, en un botadero de Corrientes, me topé con otro título del rosarino, con Con toda intención publicado por Sudamericana en 2005. No era necesario, pero al ver su cuarta quedé cabalmente convencido de que debía llevármelo, y lo compré.
Con toda intención es un racimo de artículos/ensayos/apuntes publicados en periódicos y revistas (Página 12, Clarín, La Nación, El País de Montevideo, La Gaceta del FCE…) entre 1988 y 1997. Meses después hinqué el ojo a esas páginas, y la penetrante mirada de C.E. (Carlos Eduardo, Charlie) Feiling coincidió con el elogio que Rodrigo Fresán le dedica en el prólogo: “Lo que sí sé es que cada vez que se me presenta semejante pregunta [¿qué es la inteligencia?] (…) me respondo siempre lo mismo. Me respondo: la inteligencia en Charlie Feiling”.
Fresán no exagera, pues Feiling fue de esos sujetos superdotados para pensar, para pensar en serio, con filo de bisturí. Todo en él fue vertiginoso: licenciado en Letras por la UBA, muy joven ya era allí profesor de Latín y Lingüística, luego de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Nottingham. En 1990 abandonó la vida académica y se dedicó sin descanso, durante siete años, los siete años que le quedaban de vida, a la literatura y el periodismo cultural, con los asombrosos resultados que ya vimos.
He leído —agradado y deslumbrado, o en orden inverso— los textos periodísticos que de Feiling reunieron Gabriela Esquivada (su viuda) y Alfredo Grieco y Bavio. Todos tienen dos huellas: la del prosista que escribe a vuelatecla, y la del genio que siempre encuadra sus afirmaciones desde ángulos, bajita la mano, interesantes.
Con toda intención es un libro inconseguible en México, por eso ni siquiera hice el intento por reseñarlo, además de que lo leí, recuerdo bien, en un mes de profunda agitación laboral. Fue muy extraño lo que se impuso en mi memoria y sé que jamás me abandonará. Abrí la puerta del libro y me recibió un apunte titulado “La canción más linda del mundo”. Feiling confiesa allí su lejanía de la música. Eso no le impide afirmar, para mi asombro, esto: “la música no será nunca mi tema. Sólo mi oído de tapia me autoriza a decir que ‘La flor de la canela’ es la canción más linda del mundo”.
Digo que me asombró no porque no me guste la “La flor de la canela”, pues es una canción inmensa, sino porque uno espera, luego de tan altos antecedentes, que “la canción más linda del mundo” para un tipo como Feiling sea algo más oculto, no tan evidente como una canción latinoamericana (peruana, ya sabemos) popular y entonada en todos lados por cualquier hijo de vecino.
Casi para seguir en el extremismo, el rosarino plantea que lo embruja la interpretación de “un señor apodado ‘Bola de nieve’”, de quien cita una ficha biográfica y hace un elogio que quizá desconcierta, pero conlleva una gran carga de verdad: “Lo que hace Bola de Nieve con ‘La flor de la canela’ va más allá, hay que buscarle un parangón fuera del ámbito de la música popular (…) Bola de Nieve corre a través de ‘La flor de la canela’ a toda velocidad. En un momento, el piano y la voz se separan, tocan temas distintos: entonces sabemos de la hermosura, y desde entonces cualquier otra versión del tema de Chabuca Granda nos hace recordar a un músico cubano, gordo y negro, llamado Ignacio Villa”.
El video de You Tube es muy malo. Supongo que fue entrecortado para editarle anuncios, pero se alcanza a percibir el detalle que destaca Feiling sobre la voz y la música, es decir, cómo en cierto tramo de la interpretación parecen correr por distintas avenidas.
El gusto es misterioso, y no por nada se rompe en géneros. Cada cual tendrá su tema favorito, y cualquier argumento es válido para defender algo que nos llega. A mí, por ejemplo, que me gustan tantas canciones, tantas letras, tantas formas de asumirlas con la garganta, si me preguntan en este momento cuál es la canción más linda del mundo, diré que “Mi destino fue quererte”, del saltillense Felipe Valdés Leal, en la voz de Flor Silvestre. Pero precisaría: no es a mi modesto juicio la canción más linda del mundo, pero sí la más triste. En fin, cada quien sus gustos y sus ratos.

miércoles, mayo 15, 2019

Semana argenmex en La Laguna





















Hago eco al boletín de cosecha propia. Luego de sus participaciones de este viernes y sábado en la Feria Internacional del Libro de Coahuila, tres actividades literario-periodísticas con acceso libre sostendrán en La Laguna los escritores argentinos Carlos Dariel y Fabián Vique; este es en un esfuerzo conjunto de la Secretaría de Cultura de Coahuila, el Teatro Isauro Martínez y la Universidad Iberoamericana Torreón.
El martes 21 de mayo en el Teatro Garibay (Bravo 245 poniente, Torreón) se llevará a cabo la mesa redonda “Santos-Boca: un amistoso periodístico-literario”, en la que Vique y Dariel conversarán con Rafael Rosell y este servidor sobre futbol y periodismo en nuestros países de origen. Luego, el miércoles 22 en la Galería de Arte Contemporáneo del Teatro Martínez (Galeana y Matamoros, Torreón), los argentinos tendrán un diálogo sobre las relaciones entre la literatura argentina y la mexicana. Por último, el viernes 24 y de nuevo en el Teatro Garibay, ambos presentarán libros de su autoría: Peces, micronarrativa de Vique, y Donde la sed, poesía de Dariel. Las tres actividades comenzarán a las 7 de la tarde.
Carlos Dariel nació en Buenos Aires en 1956 y reside en la localidad de Haedo, Provincia de Buenos Aires. Poemas suyos integran diversas antologías de Argentina y del exterior y también fueron publicados en revistas gráficas y virtuales de Argentina, Brasil, Colombia, Italia y Rusia. Entre otros libros, ha publicado Según el fuego (Nostromo editores, 2004), Cuestión de lugar (de la misma editorial, 2007), Donde la sed (Macedonia Ediciones, 2010), Bajo el fulgor (Haiku) (Ediciones El Mono Armado, 2015), y ha ganado el Tercer Premio del Certamen de poesía de Editorial Baobab auspiciado por la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires (2003) y el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes (2009).
Nacido también en la Ciudad de Buenos Aires en 1966, Fabián Vique vive en Morón, Provincia de Buenos Aires. Es profesor de literatura y editor. Publicó, todo en el género microficción, La vida misma y otras microficciones (Instituto Cervantes, Belgrado 2007, Macedonia Ediciones, Buenos Aires, 2010), Variaciones sobre el sueño de Chuang Tzu (Macedonia Ediciones, Buenos Aires, 2009), Los suicidas se divierten, (Posdata Ediciones, Monterrey, 2012), Peces (Macedonia Ediciones, Buenos Aires, 2015) y Fábulas, fantasmas y fotocopiadoras (Micrópolis, Lima, Perú, 2016).

sábado, septiembre 15, 2018

Macedonia c’est moi




















Conocí a Fabián Vique en 2007. De pelo largo y enmarañado, lentes pequeñitos y una sonrisa algo volteriana, no recuerdo quién me lo presentó en San Miguel de Tucumán, ciudad a donde ambos habíamos asistido para participar en unas jornadas de minificción organizadas por la facultad de literatura de la Universidad Nacional de Tucumán, en el noroeste argentino. En una sobremesa escuché con cierta vaguedad que a aquel sujeto lo vinculaban con Serbia, de ahí que en un principio, antes de conversar con él, le atribuí un origen balcánico. En aquellas jornadas, muy concurridas por académicos y cultores multinacionales del género, nunca pude conversar con Vique. Muy al final, casi en la despedida, se acercó a mí con una actitud amistosa y me regaló un juego de copias: “No me quedaron ejemplares del libro, pero hice esta copia para vos”. Ese gesto me pareció muy generoso, pues me tomaba en cuenta como participante de las jornadas, me individualizaba.
Las copias contenían algunas páginas del libro La vida misma y otras minificciones publicado por el Instituto Cervantes, en Belgrado, hacia el 2007, así que se trataba de una edición recién salida de la imprenta. Por modestas que fueran, esas hojas representaron el paso inicial y necesario para la configuración de una amistad que dura hasta hoy, pues gracias a otros viajes y a la tecnología sé lo que está haciendo en este momento mi querido amigo Vique, vecino de la ciudad de Morón ubicada en lo que allá conocen como “conurbano bonaerense”, es decir, las localidades que rodean a la Capital Federal.
Un año después de ocurrido lo que conté en el primer párrafo, en 2008, Vique fundó solo, con las uñas, una editorial. La llamó Macedonia, y se especializó en un género: la microficción. No desdeñó, claro, la poesía, el ensayo, el cuento y la novela, y poco a poco, con menos plata que ilusión, como dice un tango, el sello editorial fue agrandando su catálogo con títulos de autores que le ofrecieron su confianza y que no se sintieron defraudados. Hoy Macedonia es, como Ficticia en México y Micrópolis en Perú, un referente importante de la microficción latinoamericana, lo que se debe al tesón de ese tipo juguetón, irónico y talentoso que es Fabián Vique.
Macedonia acaba de cumplir una década, y como varios de sus libros me acompañan en La Laguna no quise dejar pasar el onomástico para celebrar que a veces aparecen personajes como Vique. Sin creerse nada, con las herramientas de la imaginación y el trabajo, logran hacer más por la literatura que muchas instituciones juntas. Y quien no crea que Fabián es un Quijote, que lea esta anécdota. Era 2011, estábamos en un encuentro literario en Santiago del Estero, Argentina, organizado por el escritor y también querido amigo Antonio Cruz, y Vique se repartía entre las conferencias, las lecturas y la atención a su mesa de libros a la venta. En eso llegó una señorita de la localidad y preguntó a Vique (fui testigo): “Perdone, tengo un libro y ¿cómo puedo hacer para localizar al representante, editor o gerente de Macedonia en Buenos Aires?”. La respuesta de Fabián no deja de ser verdad: “Macedonia soy yo”.
Felicidades a Vique. En efecto, editorial Macedonia es él.

miércoles, junio 06, 2018

Elogio del escupidor















No recuerdo con exactitud los detalles, pero fueron más o menos los siguientes: desde no sé dónde, Esteban Dublín me escribió para informarme que estaba organizado una especie de antología colectiva de microficciones con el auspicio o el aval, algo así, de La Internacional Microcuentística. A cincuenta escritores les preguntarían cuál era su minificción favorita, y con la lista resultante se armaría la colección. Pensé en lo obvio: Monterroso, Cortázar, Samperio, Shua… alguien así, un consagrado del género. Supuse que muchos de los invitados iban a inclinarse por algún escritor ya muy visible, y entonces recordé el grato sabor que siempre me han dejado los relatos micro de Fabián Vique. Bueno, pensé, y cuál de todos elegir entre la gran cantidad de historias súbitas creadas por el oriundo de Morón, mi amigo Vique. Entonces, de golpe, me llegó el recuerdo de “El escupidor de Rafael Castillo”, un microrrelato perfecto, y tal fue mi propuesta.
“El escupidor…” es un dechado de creatividad, exactitud y humor. El planteamiento es inmediato: en el primer párrafo sabemos el cuándo, el quién, el qué y el dónde, una proeza de la condensación narrativa. El segundo párrafo describe, mediante un narrador innominado en primera persona, a quienes ya conocen las andanzas del escupidor. La información del tercer párrafo despliega el cómo, y de paso obtenemos el nombre propio del protagonista. El último párrafo, dos renglones, baja la velocidad de la historia y nos informa que este tipo extraordinario es en realidad un sujeto ordinario, lo cual puede verse como una paradoja: quiere mudarse de Rafael Castillo, localidad del partido de La Matanza en el conurbano bonaerense, porque, suponemos, allí hay gente como él, lo que de paso recuerda la famosa boutade del club atribuida a Groucho Marx. De hecho, todo el texto es paradojal, pues el acto grotesco de escupir a la gente es contado como si fuera el de dar las buenas tardes.
Celebro además la puntería —puntería similar a la de Alberto— de ciertos adjetivos: “boca certera”, “buen semblante”, “interesante volumen”. En fin, creo que se trata de un estupendo microrrelato, un ejemplo que podemos tener a la mano cuando alguien nos pregunte qué es una microficción y qué puede hacerse para que un puñado de palabras llegue a ser memorable.
Aquí dejo la pieza:

El escupidor de Rafael Castillo
Fabián Vique 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías. 
Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.
Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen. Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.
Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

sábado, diciembre 02, 2017

Listo Grava suelta












Grava suelta es un libro que no me disgusta aunque sea mío. Haber imaginado, escrito y ahora publicado cien relatos me demandó un esfuerzo extraño, intermitente y concentrado a un tiempo, diverso y compacto a la vez. Gracias a Antonio Ramos Revillas, responsable editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León, ayer lo presentamos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Me dio gusto que entre la concurrencia hubiera varios laguneros, como ocho, que arroparon mis palabras de presentación.
Cada vez que nace un libro propio, hay dos caminos: desentenderse, dejarlo andar, o apoyar su andanza por el mundo. Yo suelo elegir un camino intermedio: apenas sale el libro, trato de ofrecerlo al potencial lector, hacer una, dos, tres presentaciones, para luego dejarlo solo y a merced del tiempo. Confío en que Grava suelta hallará lectores. Mi amigo Fabián Vique, argentino, escribió el texto de la contratapa. Creo que lo describe bien con estas palabras:
“¿Cómo no empatizar con los libros, esos artefactos melancólicos empeñados en darle un orden al universo? Empiezan y terminan, se encauzan en géneros, se agremian en bibliotecas, carpetas, directorios. La obra de Borges o Kafka trajo al primer plano el asunto y desde entonces tenemos la llave pero nos falta la puerta. Todo bestiario, todo diccionario, toda colección participa de alguna manera de ese afán.
Detrás de los catálogos acecha la desesperación. Grava suelta, a pesar del título o precisamente por ello, se postula como uno de esos dispositivos donde lo innúmero se enumera. ¿Cómo definir entonces las piezas que lo integran? ¿Microrrelatos cortados a cuchillo? ¿Aguafuertes de la era del desconcierto? ¿Inventario de perdedores? ¿Pinturas rupestres en calles olvidadas? ¿El mundo desde sus esquirlas? No hablaré en particular de ninguno de los textos del libro, pues cada pieza podría ser el sol alrededor del cual gira todo lo demás. Es un libro para abordar en cualquier página y volverla centro. El truco radica en que el individuo, el animal o el objeto aludido en cada texto es siempre un arquetipo, a lo que podemos sumar el detalle, el giro, el adjetivo, el hallazgo en apariencia lateral. He ahí una parte de la magia de este invento. Lo demás está en tus manos, lector.
Pero quizás todo lo dicho aquí sea innecesario. Acaso baste con afirmar que el arte de Jaime Muñoz Vargas está en cada pieza de Grava suelta, el preciso y visceral artilugio que ha pergeñado”.

Foto: Fernando Fabio Sánchez, JMV, Gerardo García y Antonio Ramos Revillas. FIL Guadalajara, 1 de diciembre de 2017.

miércoles, octubre 05, 2016

Gallina












Lo que cuento es real. Andaba en Nueva York con mi amigo Fabián Vique, argentino, cuando vimos una gallina por la quinta avenida, muy cerca del hotel donde paramos para asistir a VI Encuentro Internacional de Literatura Surrealista organizado por la Universidad de Miami Campus Minnesota. El caso es que caía la tarde, íbamos de regreso al hotel y vimos la gallina. La seguimos, intrigados por su paso seguro y la certeza de que sería apachurrada por algún brutal neumático. La gallina, sin embargo, hacía alto en las esquinas, esperaba el rojo, avanzaba como si conociera todo el mecanismo de la vida en esa urbe. Vimos que entró a un bar, que con inglés perfecto pidió una cerveza y que bebió en paz, como burócrata cansado frente a la barra. Nosotros aprovechamos para pedir un par de Heinekens hasta que, por fin, la gallina pegó un salto desde el asiento alto y sin respaldo, y salió entera, campante. Fabián y yo no lo creíamos. Fuimos con el cantinero y le dijimos que aquello era insólito. El bárman, un joven de evidente origen puertorriqueño, respondió: “Jajaja, es lo ma nolmal, en Nueva Yolk ya nada nos asombla. Jajaja”. Poco después seguimos bebiendo y no sé si fue el asombro o fue el cansancio lo que nos mantuvo en silencio. Al bar entraban personajes de todas las calañas, como se ve en las películas. No faltó el tipo solitario, la mujer con facha de resbalosa, el grupito de amigos que chocan tarros porque seguramente les ha ido bien en un negocio. Cuando todo parecía haber regresado a la normalidad, la gallina volvió alpub, caminó entre algunas mesas y alcanzó el baño. Tardó un rato en salir, pero daba la impresión de que nadie la había visto, de que nadie se asombraba ante esa realidad que sólo por encima parecía graciosa y era lo contrario. Tras un rato de expectativa, la gallina salió oronda del baño y volvió a tomar la calle sin perturbar a nadie en el bar y sin que nadie la perturbara. Fabián, al margen de toda exaltación, con su habitual serenidad, resumió la escena en forma de microrrelato clásico: “No sé si somos nosotros soñando una gallina en Nueva York o una gallina en Nueva York soñando con nosotros”.

sábado, octubre 10, 2015

Segundo ¡Basta!




















Una idea excelente de escritoras chilenas fue retomada  —los elegantes ahora dicen “replicada” — en 2014 por sus homólogas argentinas. Me refiero al libro ¡Basta!, cien mujeres contra la violencia de género (Asterión, Santiago de Chile, 2011, 115 pp.). Tres años luego, cien mujeres argentinas fueron pues convocadas para articular un proyecto afin: escribir cada una un microrrelato y llevar a la imprenta un libro homónimo pero, claro, con otras señas editoriales: Macedonia, Buenos Aires, 2014, 108 pp. Todas las historias comparten un par de características: son breves, cada una de no más de una página, y todas se refieren a alguna expresión de la violencia de género, desde el acoso al feminicidio (llamado “femicidio” en argentina).
Reseñé el primer libro en marzo del año pasado, y lo que dije sobre él vale lo mismo para éste: “El libro me deslumbró por lo que tiene de hecho consumado pero más por lo que tiene de idea. Imaginé a las chilenas en la solicitud del material: era necesario convocar a cien compañeras escritoras para que cada una apoquinara una microficción sobre el tema. Supuse que en otras latitudes no sería fácil concluir tal emprendimiento, pues aquí y allá, en muchas partes, el trabajo colectivo y solidario se ha tornado muy difícil ante las inercias dominantes de la ganancia y el individualismo”.
De las cien compiladas ahora por Amor Hernández, Fabián Vique, Leandro Hidalgo, Miriam Di Gerónimo y Sandra Bianchi, comparto tres piezas brevísimas y me pregunto si ya es hora de proponer el ¡Basta! mexicano.
“El juez decidió absolver al acusado de infligir vejaciones a su mujer.
El reo supo muy bien administrar las dosis de malos tratos, todo a su debido tiempo, sin sobrepasarse” (“Más sería abuso”, de María Elena Lorenzín).
“El sol de mediodía hace arder la piel. El hombre no puede despegar sus ojos —como si fuesen manos— de la cara, del cuerpo de la mujer. Muy cerca se oye el rumor del río. Por el viejo puente de madera avanzan lentamente los bueyes.
El pueblo está quieto. La gente, adormilada.
El hombre comienza a caminar. La mujer está inmóvil. Ni siquiera siente el miedo.El hombre se acerca: paso a paso, paso a paso…”. (“El puente”, Mirta Zago).
“Lo peor no es el dolor del cuerpo, la magulladura del alma, el ojo amoratado.
Lo peor es despertarse cada mañana y descubrir que todavía está allí”. (“Lo peor”, Graciela Falbo.

viernes, octubre 09, 2015

Aquí nada queda lejos











Uno viaja de varios modos. Como turista, para conocer lugares lindos y hacerse selfis con segundos planos que no dejen duda sobre el lugar visitado; como trabajador, para desahogar chambas en las que no es posible olvidar la recolección de facturas que luego justificarán los viáticos; como vago, de mochilero, para experimentar un sentimiento casi extinto de aventura y tolerancia voluntaria a las incomodidades; como prófugo, para escapar de algún apuro que puede ser judicial o simplemente doméstico, familiar.
Salvo el último, creo haber hecho viajes de todo eso, y ahora añadiría otro: el viaje para vivir en carne propia una realidad que no me pertenece. Explico. En mayo de 2004 hice mi primer viaje a la Argentina; en julio de 2015, el sexto. En todos los recorridos he aprendido, claro, algo nuevo, y a estas alturas creo que puedo moverme por la Capital Federal y por el conurbano bonaerense con algo de confianza, sin miedo ya a perderme o a caer en sitios inconvenientes en horas peligrosas. Con internet, nadie lo ignora, esto es más fácil, pues se tienen a la mano mapas de todo lugar hasta con vistas reales de cada calle, de cada casa o negocio. Pero el contacto en corto es distinto, pone a prueba aptitudes de orientación y determina un conocimiento más detallado de los espacios. Si uno va en un tour colectivo, por ejemplo, ve ciudades en greña, museos, avenidas, parques, edificios, y el cálculo del tiempo está milimétricamente controlado por los guías, no se diluye en búsquedas y preguntas a oficiales de tránsito. En viajes sin guía, buena parte del tiempo se escurre en vagar, en no atinar a la primera cuando buscamos un sitio, en revisar y ver los planos, en orientarse.
Así me fue en el viaje reciente. Decidí parar, por ahorro, no en un hotel, sino con Fabián Vique, amigo radicado en Morón, ciudad ubicada al oeste de la Capital Federal, en el llamado “Gran Buenos Aires” o conurbano. Buena parte de mis actividades, sin embargo, estaba programada para ser despachada en el microcentro, digamos que en el espacio del Obelisco, uno de los más conocidos símbolos porteños. La distancia en coche de Morón al Obelisco demanda, creo, poco más de media hora, como cuarenta minutos a lo mucho, y sin tráfico quizá menos.
Obligado por las circunstancias, debí usar tres tipos distintos de transporte para ponerme en el centro de la Capital desde Morón. Ya en otras ocasiones lo había hecho, conocía la ruta, pero esta vez mis recorridos fueron muchos, casi uno diario durante quince días, y todos de ida y vuelta. Podría decir que fue espantoso, pero no sería justo con la experiencia vivida: andar esos trayectos en bus, tren y metro fue la forma más directa de contactar la realidad para sentir el genuino agobio del trabajador común y corriente de la ciudad, un agobio que en muchos casos los convierte en personajes de Roberto Arlt. Sólo así se aprende —y se aprehende— una ciudad.
El recorrido comenzaba en la moronense avenida Eva Perón, cerca de su conocida Base Aérea; allí tomaba el bus, como veinte minutos, hasta la estación de trenes. Tomaba luego el Sarmiento, una de las líneas de ferrocarril suburbano, y pasaba como diez estaciones hasta Once, lo que sumaba unos cuarenta minutos al recorrido. Después, una media hora más de metro (subte, le dicen allá) hasta el centro, es decir, como media hora más. El total final era como de hora y media, y podía ser mayor si me tocaba hacer abordajes en hora pico.
Mientras hacía esos viajes internos por la ciudad, pensé muchas veces en que tal vivencia era una especie de caja china: dentro de mi viaje a la Argentina había muchos pequeños viajes más, cada uno con destino a lugares y situaciones distintas. También pensé, era inevitable no pensarlo, en mi rutina como trabajador lagunero: de lunes a viernes hago quince minutos de ida y quince de vuelta desde, más o menos, la alameda de Torreón hasta la Universidad Iberoamericana. Antes pensaba que estaba lejos, pero hoy me queda clarísimo que en las ciudades grandes un traslado que demanda ese tiempo (media hora en total) es un privilegio, un lujo.
No fui a Buenos Aires a medir distancias ni a conocer rutas de camiones, trenes y subterráneos, sino a otros asuntos acaso menos inmediatos, pero el recorrido diario de tres horas ida y vuelta me curó de espanto: jamás volveré a pensar que en La Laguna hay algo que quede lejos.

sábado, agosto 08, 2015

Llenar los vacíos















Ese tipo de verbos no me gusta, pero qué se le puede hacer; alguien los acuña y entran a la conversación o al periodismo sin que haya poder humano capaz de detenerlos. El más feo de todos fue el usado en una campaña de empadronamiento: “fotocredencializar”. Espantoso y por supuesto ya extinto. El que me detiene aquí es “ciudadanizar”, que es igualmente feo aunque trata de expresar algo digno: la suma y la participación de los ciudadanos en espacios antes sólo ocupados por los gobernantes y sus aparatos.
En países como los nuestros, con lastres atávicos, “estructurales”, dejar todo en manos del gobierno ya es inviable. La participación ciudadana es fundamental por varias razones: no sólo porque supone el planteo de demandas nacidas en el seno de la propia ciudadanía, sino porque las viabiliza y muchas veces las opera, esto en todas o casi todas las áreas de la vida comunitaria, como la cultural.
Pongo un ejemplo recién vivido. Ahora que estuve en Buenos Aires fui invitado a varios “ciclos” de literatura. Esa modalidad, llamada genéricamente así, “ciclo”, consiste en la organización de lecturas, presentaciones de libros y algo de música. Grupos de amigos arman cada mes una mesa. Los dos conductores dirigen y tienen invitados. Las sedes son cafés, bares, hoyos de la ciudad, espacios privados donde no faltan el trago y la cenita. Ese es el arreglo con los dueños de los establecimientos: el ciclo les acarrea clientes un viernes o un sábado de cada mes. Las convocatorias caminan por las redes sociales y los ciclos más acreditados ya casi ni las necesitan, sólo quizá el recordatorio.
Lo fundamental en este caso es que no son pocos ciclos y que todos son emprendimientos ciudadanos. Para mí es evidente que en materia de presupuesto para la cultura, México es una potencia, de ahí que acá no existan ciclos así como no es tan alto el número de autores que se autoeditan. En el caso de los ciclos que vi en Buenos Aires, es obvio que llenan una zona sin cobertura gubernamental.
Pero aquí y allá, los ciudadanos deben participar de alguna manera en el espacio público, cada uno según sus intereses o apetitos. Es el caso del ciclismo visible aquí, en La Laguna. No se trata sólo de una práctica deportiva y/o recreativa, sino de una respuesta ante el secuestro del espacio público debido al miedo provocado hace poco por la hiperviolencia. De una manera abierta, contundente, los ciudadanos hicieron su parte, se organizaron, salieron a la calle y allí siguen. Es una pequeña pero muy significativa victoria en una realidad atestada de males.

sábado, agosto 01, 2015

Muy bien Hecho en Bs. As.




















Fabián Vique cruza comentarios de trabajo con el poeta Carlos Riouspeyrous y los escucho al sesgo, sin interrumpirlos. Estamos en el café (allá le llaman “bar”) El Federal ubicado en Perú y Carlos Calvo, en San Telmo. Comienza a anochecer y el frío se agranda poco a poco en el exterior. Junto a una racha helada entra un canillita (es decir, un repartidor de periódicos) y nos ofrece un pequeño tabloide. Fabián pausa su charla y compra un ejemplar. Pregunto de inmediato qué periódico es y Fabián responde: “Lo arma un colectivo”. No entiendo bien, pero saco veinte pesos y compro uno. Continúa la conversación de trabajo entre mi amigo editor y el poeta Riouspeyrous mientras hojeo con serena curiosidad mi ejemplar de Hecho en Bs. As.
Poco después de volver las primeras páginas advierto lo interesante del producto. Impreso a color en papel austero, Hecho en Bs. As. tiene muchas peculiaridades. Me dicen que la idea original es inglesa, pero yo sólo conozco de momento el ejemplar que compré en San Telmo. Afortunadamente, es un número de aniversario. Se trata del ejemplar 180 correspondiente a julio de 2015. Con él, Hecho en Bs. As. cumplió quince años de circulación en las calles de la Capital Federal argentina.
No es poco mérito si nos asomamos a las características de esta publicación. Confieso desde ahora que me deslumbró, y que quizá esos veinte modestos pesos fueron los mejor gastados en mi reciente viaje. Para empezar, y a propósito de precios en tapa, en efecto cuesta veinte pesos, pero abajó luce un cintillo aclaratorio: “$13,00 del precio de tapa es para el vendedor”. O sea, esta publicación, sin renunciar a la calidad de los contenidos, es un emprendimiento social para apoyar a hombres y mujeres en situación de calle. Hay, claro, mecanismos para que esto funcione y no derive en otra cosa. Por ejemplo, los vendedores están identificados y cada ejemplar luce sellado con un número que corresponde al de la identificación. Además, cada uno de los vendedores sólo se moviliza en un área específica de la ciudad. Esos y otros candados evitan que el proyecto se desvirtúe y termine siendo el negocio de un grupúsculo o un pretexto oblicuo para fomentar la mendicidad.
Hecho en Bs. As. garantiza su reproducción con los siete pesos de cada ejemplar vendido y, como ya dije, atiende bien, con total seriedad, la calidad de sus contenidos. Es un pequeño puñado de papel, pero me sorprendió su creatividad en todos los sentidos. Por eso insisto: fueron veinte pesos “gastados” con enorme gusto.