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sábado, abril 12, 2025

Biblioteca mínima: un librito total

 













Hace unos días —a propósito del libro Astillas de hueso de la escritora chilena Gabriela Aguilera— observé que el rasgo de la unidad temática y estilística es un mérito destacable en la composición de libros con microtextos. De hecho, la unidad es un rasgo bienvenido en casi cualquier obra, esto para que el resultado final no parezca un amasijo de retazos sin concierto. En los libros con piezas breves es, creo, imprescindible que esto ocurra; si no, la impresión general que el lector puede llevarse es la de haber atravesado un libro disperso y por lo tanto inasible. No es el caso, ni de lejos, de Biblioteca mínima (Secretaría de Cultura, 2019, Ciudad de México, 79 pp.), de Alejandro Arteaga.

El autor nació en la Ciudad de México en 1977; estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa (2006-2008). Con Sick & McFarland, Una novela pretenciosa (Universidad Veracruzana, 2016), escrita en coautoría con Alfonso Nava, ganó en 2016 el décimo Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo, y con Anfiteatro obtuvo el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2018.

Me la juego ante el peligro de parecer excesivo, pero Biblioteca mínima es un libro perfecto en su ideación y sobre todo en su ejecución. Tal vez lo haya, pero no recuerdo haber tenido en las manos un volumen similar. Se trata de una colección de textos escritos en clave de “contraportada” de libro (en la jerga editorial no se le llama así, “contraportada”, sino “cuarta de forros”). Son, claro, textos sobre libros ficticios, aunque tan verosímiles que uno desearía su posesión. Pero Biblioteca mínima no se queda allí, pues suma al costado de cada texto la portada también imaginaria de cada libro.

Tal es la idea general, un dechado de originalidad y de ironía ahora que ya todo parece haber sido inventado. Si esto es suficiente para apreciar su valor, es indispensable pensar ahora en la ejecución, irregateablemente perfecta. El tono de los textos es el que los lectores asiduos han (hemos) visto en la espalda de innumerables libros, y el diseño de las portadas, para añadir un toque de exactitud, se ciñe al estilo de ediciones reconocibles en nuestro mercado. Al final daré tres ejemplos para que se vea mejor lo que aquí destaco.

Es importante señalar que Biblioteca mínima es sobre todo un libro para lectores. Esto significa que su contenido sólo puede ser cabalmente apreciado por quienes tienen de antemano un conocimiento del libro como objeto en el que convergen algunas características recurrentes. El juego cuaja entonces cuando el lector avisado reconoce en estas páginas lo que sin duda ha visto en libros reales. Las cuartas de forros trabajadas por Arteaga recrean el tono de las que existen en la realidad como libros ya puestos a la venta con retractilado y todo, de manera que cada una resume con precisión el contenido de los libros nonatos. Asumir el tono de escritor de “cuartas” es un aprendizaje sin escuela ni teoría, así que se aprende leyéndolas, y Arteaga puso en papel su formación ante un género, por llamarlo así, sobre el que seguramente no hay mucho, o nada, escrito en términos de manual.

Uno de los escritores/editores que más cerca se arriman a la teoría de la cuarta de forros —aunque él la llame allí “solapa”— es Roberto Calasso en el libro Cien cartas a un desconocido, que reúne igual número de textos de su pluma para libros reales editados por él. En el mismo arranque del prólogo titulado “Solapa de solapas”, en obvio homenaje al “Prólogo de prólogos” de Borges, el italiano afirma: “La solapa es una forma literaria humilde y difícil, que espera todavía quien escriba su teoría y su historia. Para el editor ofrece con frecuencia la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que lo han impulsado a escoger un libro determinado. Para el lector, es un texto que se lee con sospecha, temiendo ser víctima de una seducción fraudulenta. Sin embargo la solapa pertenece al libro, a su fisonomía, como el color y la imagen de la portada, como la tipografía con la que se ha impreso. Una cultura literaria se reconoce también por el aspecto de sus libros”. Dice más, pero con esto es por ahora suficiente para saber que un editor experto como Calasso sabe el lugar que ocupa en el mundo la forma de escritura casi invisible que es la cuarta de forros.

En noviembre de 2018 intuí algo similar en una columna publicada en este espacio. Su título es “Elogio del cuartaforrista”, en cuyo segundo párrafo afirmo lo siguiente (con perdón por la autocita): “Aunque no lo creamos, tal jale supone cierto grado de especialización. Esto significa que no cualquiera que se sienta buen escritor tiene en automático las aptitudes para escribir contratapas eficaces. Quien se anime a abrazar el oficio, creo, debe tener buena prosa, capacidad de síntesis, poder de convencimiento y, lo más importante, malicia para elogiar sin parecer lambiscón, pues es obvio que estos textos deben ponerse al servicio del libro, pero es recomendable, por obvio buen gusto, que no se excedan en azucarados elogios o lluvias de confeti”.

Con ese género, por llamarlo de algún modo, Arteaga urde un libro a un tiempo inteligente y divertido, lleno de malicias. Las cuartas deben alentar la lectura del libro, deben antojar al potencial visitante de las páginas. Asimismo, deben ser cuidadosas en la calibración de los piropos, caminar casi untados a la línea que separa la recomendación sobria de la servil y por ello sospechosa. Suma a este acierto otros guiños lúdicos: la cuarta de forros de Biblioteca mínima es a su vez una de las cuartas de forros incluidas en la lista, lo que convierte al libro en libro real e imaginario al mismo tiempo, o la cuarta sobre el libro Vía de muerte, de Douglas McFarland, autor imaginario que ya había firmado otro libro imaginario de Arteaga. Para añadir ingredientes al desconcierto, entre los autores hay algunos que parecen reales (Daniel Sada, Juan Rulfo) mezclados con otros parcialmente reales por el apellido (Paz, Benesdra), y una cuarta aparece firmada al final con la sigla “JLB” y escrita con el estilo de JLB. Es, en suma, un libro armado como figura de Escher, espeso de entradas y salidas entre la fantasía y la realidad.

El pastiche de los textos escritos en el más acabado estilo de las cuartas es complementado por las imágenes aledañas de cada portada. Basta un poco de cercanía al mundo del libro para reconocer que también en este punto se ha tenido tremendo ojo para ofrecer al lector una atractiva galería de portadas que emulan sellos y colecciones de gran circulación. Es tan bueno el trabajo de recreación que da para presentarlo a color, recurso que fortalecería la eficacia del gesto.

Ganador del Premio Bellas Artes de Minificción Edmundo Valadés 2019, Biblioteca mínima anexa este párrafo del dictamen: “El jurado integrado por Ana Clavel, Paola Tinoco y Edson Lechuga decidió por unanimidad otorgar este premio ‘debido a su originalidad y conciencia del ejercicio literario. La cuarta de forros como género de minificción y parodia de posibilidades autorreferenciales sobre obras apócrifas inventadas; el uso del humor al servicio del pensamiento crítico y un profundo espíritu lúdico’”.

Reitero que me la juego ante el peligro de parecer excesivo, pero este librito es, de nacimiento, parte de lo mejor que se ha publicado en el género de la minficción en América Latina. Estoy seguro de que, entre otros, Arreola, Monterroso y Borges lo hubieran adoptado como digno heredero de sus libros, y aún lo envidiarían con la frase que me asaltó durante su lectura: cómo no se me ocurrió primero a mí.

Comparto tres piezas de las 33 que contiene. En la primera quiero destacar el obsesivo amor por la “y” de la onomástica cubana en el nombre de la autora y del personaje femenino, además de la referencia casi ineludible a Martí. De la segunda, el apunte habitual a la generación en la que ha sido adscrito el autor, y, en la tercera, los nombres europeos del inventor y del robot. Las portadas son pastiches de libros de Casa de las Américas, Tusquets y Minotauro que aquí también reproduzco así sea con deficiencia técnica de mi parte.

Ovnis sobre La Habana

Yanisleydi Paz













Una madrugada de 1960, mientras vuelven a casa por la orilla del malecón de La Habana, una pareja de pioneros —Yanelis Maceo y Malvito Sánchez— avista un ovni sobre el fuerte del Morro. Armado de un juego de luces sorprendente, el aparato sobrevuela el muelle y más tarde se pierde en la línea del océano. Según Malvito, se trata de un artefacto espía del Pentágono o, en el mejor de los casos, de una nave aliada del Kremlin. Según Yanelis, no es otra cosa más que la prueba fehaciente de vida más allá de los confines de la galaxia. A partir de entonces una serie de hechos fantásticos acompañarán los fugaces encuentros de los alegres adolescentes, inmiscuidos como nadie en la campaña de alfabetización emprendida a lo largo y ancho de la isla. Años más tarde, el 20 de julio de 1969, mientras la misión del Apolo 11 aluniza, luego del enésimo reencuentro en la plaza de la Revolución con un auténtico aparato venido de las Pléyades, los dos jóvenes universitarios, sobrexcitados, se trabarán en una larga discusión política y fantasiosa en la cual pondrán en tela de juicio sus más arraigados principios, refrendarán los más entre lágrimas revolucionarias y harán suyos —y para lo que venga— unos versos de José Martí: “y te busqué por pueblos / y te busqué en las nubes, / y para hallar tu alma / muchos lirios abrí, lirios azules”.

 

Sonríele a la sombra

Néstor Fedra













Tres hermanos crecen al amparo del humilde trabajo de sus padres y condicionados por los vaivenes trágicos de la economía de su país, como si en su suerte y en sus días hallara reflejo una nación entera. Esas sacudidas reiteradas los llevarán de una leve bonanza y una vida despreocupada en provincia a sufrir, como tantos, la migración impuesta y constante, la novedad del impedimento y el abandono sistemático de su arraigo, armados, a pesar de todo, por una idea que antaño siempre sostuvo a los suyos: la consigna irredenta de no abandonar su motivo a pesar de los pesares.

El galardonado poeta Néstor Fedra, cabeza visible de la mal llamada Generación Póstuma, y dueño de una prosa que invade los terrenos de lo poético, nos ofrece en esta primera novela una taimada historia de formación donde asoma ya la estética y las preocupaciones de una camada de jóvenes desesperados: la nueva vanguardia de la narrativa latinoamericana. Ni más ni menos.

 

Rossum el robot

J. C. Anakyn













El pensionado y solitario Isak Lindström alimenta su taller de juguetes e invenciones electrónicas con los desechos que halla en un tiradero de chatarra en las afueras de su pequeña ciudad. Una tarde de suerte encuentra lo que tal vez se trate del abandonado proyecto de un estudiante de ciencias: Rossum, el prototipo de un robot parlante.

Entusiasmado por la remota posibilidad de que el armatoste aún funcione, el anciano se dedica a repararlo dilatadamente hasta hacerlo hablar de nuevo. El prototipo es capaz de reconocer la media filiación de sus interlocutores y de establecer un sencillo intercambio de avisos, esa interacción ayuda a que su lenguaje y sus funciones se tornen cada vez más complejos.

A pesar del afecto que en poco tiempo le merece el humanoide, con quien pasa maratónicas jornadas de conversación sin par, Lindström descubre la peligrosa y estremecedora razón por la que se han desecho de él.

miércoles, octubre 09, 2024

Fe y arte pintoresco


 








Hace poco, en abril, llegué a la cima del cerro San Cristóbal ubicado en el inmenso y hermoso Parque Metropolitano de Santiago de Chile. Allá arriba, al lado de la capillita coronada por la virgen, había una pared no muy amplia en la que los visitantes podían dejar algún objeto como ofrenda. Entre el barroquismo de crucifijos, estampas, veladoras, rosarios, logré dar con una pequeña imagen de la virgen de Guadalupe seguramente dejada por un turista mexicano.

Esto me recordó la costumbre bien arraigada en nuestro país de llevar exvotos a muchos santuarios importantes. Vino a mi memoria una tarde muy lejana, de hace al menos treinta años, en la que venía por carretera de Aguascalientes a Torreón e hice un alto en Plateros, Zacatecas, donde visité como turista, no como creyente, al Santo Niño de Atocha. Al lado de la nave principal, recuerdo vagamente, había algunos habitáculos en los que los peregrinos colgaban retablos, cuadros de madera, lámina u otro material en los que asentaban algún agradecimiento escrito y plasmaban un dibujo cuyo tema era el favor recibido.

Los retablos tienen en general el tamaño de una hoja de máquina apaisada, y la estética del dibujo y de la escritura exhiben la vistosa torpeza de lo popular. Aquella vez me entretuve varios minutos leyendo y viendo los dibujos, y es innegable que se trata de una práctica que, vista al margen de la fe, resulta literalmente pintoresca, pues de pinturitas se trata. Llegué a pensar incluso que de allí podría salir una antología de agradecimientos, la magia mexicana manifiesta en modo plástico.

Hice aquel recorrido y no dejé de tener en la mente el ¿microcuento? citado por Edmundo Valadés en El libro de la imaginación (FCE, México, 1970), que aquí, por breve, deseo compartir completo. ¿Podemos afirmar que la técnica cuentística de Hemingway es superada en esta pieza? Va:

EXVOTO

En una iglesia del pintoresco pueblo de Tepoztlán existe un retablo (exvoto) en el que se ve a un campesino, de hinojos, dando gracias a la Virgen por el milagro que le hizo. La leyenda al pie del cuadro dice: “Juan Crisóstomo Vargas, vecino de este lugar, da gracias con toda su contrita alma a la Santísima Virgen por el milagroso favor que le hizo la noche del 22 de mayo de 1916 al haber impedido que las fuerzas zapatistas se lo llevaran como llevaron a sus tres pobrecitas hermanas”.

sábado, octubre 14, 2023

Fabián Vique: la microficción como centro

 











Al margen de las grandes vidrieras, sin el ruido promocional que generalmente se concentra en la novela y en abundante “no ficción”, el microrrelato ha podido abrirse brecha entre escritores, editores y lectores. Este avance fue lento durante décadas en América Latina, pero en los años recientes aceleró su marcha debido sobre todo a las nuevas tecnologías de la información: si todo es ahora rápido, a cierta literatura le convino el envase pequeño para moverse con total facilidad en un estado de Facebook o en un tweet. Así pues, de Darío, Lugones y Torri pasamos con lentitud a Borges, Arreola, Cortázar, Monterroso, Denevi, y de ahí, ya más aceleradamente, al numeroso contingente de microficcionistas que hoy exhibe nombres como los de René Avilés Fabila, Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Juan Armando Epple, Eugenio Mandrini, Felipe Garrido, David Lagmanovich, Ana María Shua, Guillermo Samperio, Pía Barros, Rogelio Ramos Signes, Diego Muñoz Valenzuela y muchos otros que no omito por olvido, sino para evitar una lista más o menos cansadora.

Los microficcionistas son, pues, muchísimos, y de alguna manera se conocen entre casi todos porque han sabido organizar espacios para la divulgación, edición y distribución de sus obras, como los encuentros nacionales e internacionales que suelen convocar a editores/cultores de este género y no sólo permiten la lectura y la discusión teórica, sino el intercambio de títulos publicados en todas las modalidades, desde los marcadamente artesanales hasta los profesionales, como es el caso de los libros del sello Micrópolis, del Perú; Ficticia, de México, y Macedonia, de la Argentina.

Macedonia, a propósito, es un emprendimiento individual. Lo encabeza Fabián Vique (Buenos Aires, 1966), quien además de la edición y la docencia ha practicado, a mi parecer con harta fortuna, la escritura de microficción. Si bien su labor como editor es ya digna de reconocimiento —pues es quien más ha publicado títulos de este género en la Argentina, todo desde Morón, partido del conurbano bonaerense—, Vique es un creador espléndido, y es en su obra creativa en la que deseo poner énfasis durante los renglones venideros. Tiene cinco títulos de narrativa corta, aunque las piezas de uno de ellos, La tierra de los desorientados (2007), no encajan en el ámbito de lo microficcional. Aquel primer libro muestra, sin embargo, los rasgos característicos de su trabajo escrito: el humor indeclinable y la búsqueda y el hallazgo de lo absurdo, lo paradójico, lo ridículo. Hay algo en sus ficciones amplias y brevísimas que no veo con frecuencia en sus homólogos: una suerte de desenfado o antisolemnidad que lo lleva a tratar todos sus temas como si nada importara, como si todo fuera susceptible de ser abordado sin manifestar apegos o apasionamientos. Eso le ha permitido escribir de todo, hasta de lo más insignificante, sin que uno sienta que es insustancial. Algo similar siento, por cierto, cuando leo al mexicano Marcial Fernández, par de Vique en dos ámbitos: el editorial y el creativo.

La tierra de los desorientados no es microficción pero, insisto, ya muestra el perfil de la producción ulterior de Vique. El tono humorístico está marcado desde los títulos y el “resumen”. Un cuento, por ejemplo, es “La chica que repartía flores en el leprosario”, que antes de entrar en materia tiene este epítome: “Un médico nos cuenta su historia de amor en el leprosario de General Rodríguez”; o en el cuento “Mercados alternativos”, resumido como “Un texto de gran ayuda para el inversor audaz”. La imaginación de Vique parece permanentemente irónica, zumbona, como decían los antiguos, y jamás se queda enredada en el alambre de púas del chiste fácil, sino que se expande como alegoría sutilmente crítica a comportamientos ridículos o, como ya señalé, absurdos.

En 2009 publicó Variaciones sobre el sueño de Chaung Tzu, su primer libro de microficciones. Además de la serie con las “variaciones” sobre el famoso micro chino, Vique ensarta brevedades que, creo, muestran la malicia algo macedónica (por Macedonio Fernández) que aplica recurrentemente en su escritura. En “El otro Guiness”, narra con guiño cientificista: “Cuando se sabe cerca del final, la lombriz incandescente de Paranacito emprende el camino hacia el centro de la Tierra. El fin le llega mucho antes porque la ruta es larga y además el suelo se va poniendo cada vez más duro. Pero sería canallesco medir sólo el resultado y no considerar la intención”. Más allá de la falsa moraleja, ¿no sería aplicable el caso de esta lombriz al de muchos poetas o futbolistas?

Veamos otro caso del mismo libro. Aquí advierto un delicado cuestionamiento al facilismo de los libros de autoayuda:

 

Para salir del pozo lo mejor es una buena escalera, lo suficientemente alta y resistente para llegar a la superficie sin tener que andar haciendo maniobras complicadas.

En su defecto, un ascensor o una cuerda bien larga y fuerte, con una roldana bien agarrada a alguna parte, y en lo posible un gorila afuera, con la fuerza y la paciencia necesarias para tirar para arriba sin hacer demasiadas preguntas.

Una vez en la superficie, actuar con naturalidad, como si tal cosa, silbando bajito.

 

O éste en el que juega con la intertextualidad en una de las variaciones que dan título al libro: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar no sabía si era una mariposa, o si era un dinosaurio que todavía estaba allí”.

Un año después, en 2010, Vique publicó su segundo lote de brevedades en La vida misma y otras minificciones. El autor persiste en la voz socarrona, y lo hace desde el prólogo. Señala que dividió el contenido en tres secciones, y aclara: “Lo importante es que la mayor parte de las piezas del primer grupo pueden pasar al segundo o al tercero, las del segundo al tercero o al primero, etcétera”. Este libro es el mejor de Vique, aunque debo decir que no conozco Peces, título casi recién aparecido en Buenos Aires.

Hacia 2012, PD Editores, de Monterrey, publicó una antología titulada Los suicidas se divierten. Reúne lo mejor de la producción de Vique. Entre sus textos está mi relato favorito, “El escupidor de Rafael Castillo”, que me sirve para cerrar el apunte y recomendar el trabajo de este escritor y editor argentino:

 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías.

Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.

Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen.

Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.

Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

Nota. Apunte publicado originalmente en Literal. Latin American Voices, EUA, en noviembre de 2016.

miércoles, febrero 16, 2022

Escalar una cualidad

 







“El Malevo” (Matrioska, 2012), microrrelato de la escritora argentina Gilda Manso, muestra en cuatro párrafos el escalamiento de una cualidad, en este caso negativa. Como es breve, lo comparto entero:

“Comía la naranja sin pelarla. La partía al medio con un cuchillazo seco y la masticaba así, con cáscara. Esta costumbre le había hecho ganar el respeto de todo el pueblo. Esto, y su capacidad para desenfundar el revólver a la menor provocación.

Era conocido como El Malevo, y todos los días se sentaba en la mesa más arrinconada del bar, a la espera de algo. Todas las personas, tarde o temprano, lo buscaban para que los ayudase a solucionar problemas. El Malevo, con su revólver fácil, sus palabras escasas y sus desayunos de naranjas al mejor estilo macho que todo lo puede, tenía más poder que cualquiera.

Un mediodía de verano, arrastrando polvo y sudor, El Gigante irrumpió en el bar. Contó que venía de un pueblo remoto, huyendo del marido de alguien. Se sentó, apoyó los pies en el respaldo de la silla de El Malevo y ordenó un whisky. El Malevo lo miró con toda la incredulidad que podía permitirse y puso una mano en su arma. El Gigante no se inquietó: tomó un espléndido ananá de una frutera repleta y le pegó un mordisco feroz. Así, sin pelarlo.

El Malevo volvió a guardar la mano en el bolsillo y pagó una ronda de whiskies, por si acaso”.

Los primeros dos párrafos sirven para dibujar el perfil de El Malevo, su catadura de hombre rudo. Lo más llamativo es que devora naranjas sin eliminarles la cáscara, una costumbre que muy pocos pueden compartir. En esta parte asistimos a una especie de cliché: el del macho al que nadie en el pueblo osa contradecir, pues allí “tenía más poder que cualquiera”.

El tercer párrafo no es su contraste, sino la potenciación de la capacidad intimidatoria encarnada ahora en El Gigante, que es el mismo Malevo pero escalado hacia arriba. No sólo ostenta mayor tamaño físico, de ahí el apodo, sino algo mejor: despacha un fruto más grande, la piña, con el mismo hábito de no quitarle la cáscara, casi como si supiera que con eso se pone por encima del posible enemigo.

Todo es aquí una competencia de brutalidades en las que el vencido no tiene más remedio que ceder antes de ponerse en riesgo. El choque no se da, los whiskys gratis son la bandera blanca de El Malevo, quien pierde sin pelear.

sábado, diciembre 25, 2021

Diez microtextos

 







Suelo dejarlos sueltos por allí, en apuntes que se van acumulando sin una utilidad precisa. Algunos pueden ser ubicados en la categoría microrrelato, y otros ni eso, o a lo mucho aguantan como microtextos, meras ocurrencias que quizá, pese a la modestia de su envergadura, pueden expresar algo: una paradoja, una ironía o un simple guiño del ingenio. Comparto aquí diez:

Cálculos científicos

La ciencia no conoce límites. Acabo de leer que, según cuidadosas investigaciones, la fecha precisa del nacimiento de Cristo ocurrió seis años antes de lo que se cree. La conclusión es simple y deslumbrante: en verdad Cristo nació seis años antes de Cristo.

 

El típico malasuerte

Un tren le mutiló la pierna derecha, su casa se incendió, su esposa le dijo adiós, lo echaron del trabajo. Tenía tan mala suerte que el día que la buscó adrede, cuando estaba a punto de arrojarse desde un puente vio un billete de lotería, le pegó al gordo, compró un yate, se operó la nariz y las mujeres le cayeron como lluvia de mayo. Nada le salía bien en la vida.

 

Declaración de principios de la Catrina

“Lucharé contra el Halloween aunque me quede en los puros huesos”.

 

Narciso a todo tren

Las cámaras fotográficas de los celulares han prohijado una nueva profesión: el paparazzo de sí mismo.

 

Escena en el Far West

—Hola, Nick.

—¿Qué tal, Joe?

—¿Sabes qué parecemos en la barra de este salón del Lejano Oeste, tomando whisky barato y a la espera de algún forastero al que sin duda tendremos que desafiar?

—No, Joe, no sé qué parecemos.

—Pues un cliché, Nick, un maldito y sucio cliché.

 

Realismo trágico

Vine a Inglaterra porque me dijeron que aquí vivía mi asesino, un tal Jack the Ripper.

 

Cuestión de tirria

Estoy comenzando a sospechar que el futuro nos tiene mala leche.

 

Continuidad de los tragos

Sabía que era un borrachín impenitente y que jamás podría escapar de las botellas. Andaba, pues, de piquera en piquera, metido siempre en tragos y en problemas. Comprendía con dolor que sus pasos no eran los correctos, que su hígado era ya una pasa inservible, pero una poderosa fuerza interior lo movía porque en el fondo de su corazón palpitaba otra certeza: pese a su vida desastrosa y anónima, pese a sus veinte años consecutivos de ebriedad, alguna vez sería tema de un microrrelato, al menos de un minúsculo y pobre microrrelato que quizá, por qué no creerlo así, es éste.

 

Para ser preciso

—Soy hijo de Hugh Hefner.

—Bien, ¿y quién es tu madre?

—Agosto del 87.

 

Verdad de dios

El camino de la salvación espiritual está en la pobreza. Para todo lo demás existe MasterCard.

 

miércoles, octubre 13, 2021

La pasión según Cepillín

 









A Marcos le decían Cepillín, claro, porque era alto, flaco y cabezón. Los rulos negros y abundantes en la testa le daban un aire de palmera nocturna o jirafa con peluca, y aunque no tenía la complexión ideal de futbolista, su pasión más honda, su devoción más profunda era el deporte de las patadas y los goles. Pero no exactamente el futbol, hay que aclarar, sino un equipo de futbol, los Potros de Hierro del Atlante, equipo que desde hace varios años se desenvolvía en la liga de ascenso, lejos, muy lejos de sus antiguas glorias en la primera división.

El Cepillín—justo es acotar que el artículo “el” era parte de su apodo— solía discutir en las mesas de cantina con amigos igualmente futboleros. Como siempre, él quedaba un poco al margen de los debates, arrecholado en su condición de fanático un poco intruso: todos discutían sobre equipos de primera división, todos manifestaban su parcialidad hacia el América, Guadalajara, Cruz Azul, Tigres, Pumas…, todos tenían un favorito en el gran escenario de nuestro futbol. Sólo El Cepillín no. Él tenía el alma pintada de azulgrana, era atlantista hasta la médula, así que en las conversaciones quedaba siempre al margen, lo quisiera o no. Una vez se atrevió a criticar duro al América frente a un americanista: “Tú cállate, tú le vas al Atlante, no seas ridículo”.

Aquel día llegó a su casa un poco ebrio y con la púa clavada en el espíritu: era fanático de un equipo ya casi olvidado, un equipo que tenía años sin codearse con escuadras de primera. Ni sin alguna lágrima derramada en la soledad de su habitación, decidió cambiar. “Desde mañana, adiós al Atlante. Le iré a otro equipo”, pensó. De inmediato juntó sus cinco playeras del Atlante, los tres banderines y el balón con el escudo de los Potros, salió al patio y, radical, encendió una fogata donde incineró su pasión. “Desde mañana soy americanista”, se dijo convencido, y durmió.

El americanismo en El Cepillín duró lo que dura una madrugada, pues temprano, apenas abrió sus enrojecidos ojos, pensó en la pira y en la humeante promesa de la noche anterior. Se talló los ojos, bostezó, se rascó un poco las bolas y entonces dijo, se dijo: “Tú cállate, tú le vas al Atlante, no seas ridículo”.

miércoles, noviembre 11, 2020

Gol del alma













Murió de viejo, a los 85, solo, viudo, en su cama y convertido en una pasita de ser humano. No puede decirse que haya vivido con lujos, jamás los tuvo, pues en sus mejores épocas pagaban nada o casi nada aunque fueras una estrella y jugaras como príncipe y con tu equipo encima, en la espalda. Don Manuel “Araña” Bustamante lo fue, fue estrella. Regional, pero lo fue. Aunque eran otros tiempos. Allí sí se jugaba, como dicen, por amor al arte, un arte que en este caso era el futbol. Se vivía entonces de otros trabajos, no del deporte aunque le llamaran “profesional”. Claro que les pagaban, pero digamos que con lo que se echaban al bolsillo se hacían de algo, de una casa o un carrito nomás, apenas de lo necesario para retirarse con cualquier cosa en las manos, no como ahora que en una o dos temporadas en primera hacen lo que no soñaban hacer los jugadores de antes en toda su vida. Bueno, pero no me pierdo. Decía que don Manuel murió de viejo, solo pero muy querido. Enviudó a los setenta, cuando ya no podía caminar. Había tenido un hijo que murió joven, en un accidente allá por Piedras Negras. El caso es que al quedar solo todos pensaban, quizá hasta él, que su vida también se apagaría, pero sobrevivió. Sobrevivió quince años. Lo asombroso es que no tenía nada, ni trabajo ni pensión ni familia ni nada, y aguantó porque en 1960 anotó un gol que salvó a nuestro equipo de caer en la segunda división. No hay video, no hay nada que lo testimonie, ni una foto siquiera, pero dicen los que vieron eso que ya nos íbamos a la segunda, faltaba tal vez un minuto para que pitara el árbitro cuando don Manuel, en aquel tiempo de treinta años a lo mucho, tomó un balón rebotado en media cancha, se quitó a dos cabrones con una finta, luego se llevó al último defensa con una carrera corta en diagonal, por su lado derecho, y cuando el portero enemigo le salió, ambos como máquinas de tren, frente a frente, don Manuel metió la pierna con todos los güevos del universo, se estrelló contra el arquero y tras el choque el baloncito de gajos salió como tornillo hacia la portería. Y claro, fue gol. Cuentan que los aficionados nuestros, que hicieron el viaje hasta Morelos con una mínima esperanza de sobrevivir como visitantes, celebraron aquello como si hubiéramos ganado una guerra contra Estados Unidos. Don Manuel llegó a nuestra región y ya jamás perdió el respeto de la gente, sobre todo de la que vivía en su barrio. Al enviudar, postrado y con achaques crecientes, no faltó que los vecinos le llevaran permanentemente de comer, o le ayudaran con su aseo, o le acercaran un doctor para sus revisiones.
Sin saberlo, hacía poco más de cincuenta años que don Manuel “Araña” Bustamante amarró la pensión de su vejez con un gol salvador, uno de esos pepinos que caen a punta de riñón, a pura dignidad, metidos con el alma, no con el pie.

sábado, octubre 05, 2019

Microhistorias de camiseta




















En Perú acaba de ser publicado Historias de camiseta (Esteban Dublín, compilador, Micrópolis, Lima, 2019, 300 pp.), microrrelatos sobre clubes de futbol. Yo colaboré con uno sobre el Santos Laguna. Comparto tres de sus micros: un argentino, un español y un mexicano:
“La costumbre de sufrir”, de Robero Perinelli: “El 4 de noviembre de 1967, Racing Club enfrentó al Celtic escocés en el Monumental de Montevideo. Lo venció 1 a 0 con un golazo del Chango Cárdenas, quien disparó desde una distancia aproximada de treinta metros del arco y metió la pelota casi en un ángulo. Por ese resultado feliz, Racing fue el primer equipo argentino en consagrarse campeón del mundo. Cada tanto, casi siempre en los aniversarios, la televisión suele pasar las imágenes de ese gol, en un blanco y negro borroso, poco definido. Yo miro la pantalla con recelo, de pie, frente al aparato y temblando de miedo, porque sé, siendo hincha de Racing, que este año o el año que viene, alguna vez ocurrirá que el chutazo de Cárdenas se va a estrellar contra el travesaño”.
“Sueños y pesadillas”, de Miguel Ángel Molina: “En el Estadio Da Luz, el reloj avanza frenético para ellos, parsimonioso para nosotros. 65 000 espectadores observan divididos cómo ellos, los favoritos, atacan desesperados, mientras que los nuestros defienden exhaustos su mínima ventaja. Hasta que llega el minuto 93 y el córner que puede voltear la final. Lo lanzan y el central del otro equipo salta buscando el remate definitivo. Pero esta vez despeja hacia su portería, permitiéndonos armar la contra y sentenciar el partido. Tras el 2-0 llega el pitido final. Un fantasma de trece letras, llamado Schwarzenbeck, desaparece para siempre de las pesadillas de miles de personas”.
“Cámara lenta”, de Alejandro Badillo: “Aquel fanático del Veracruz mira en el televisor cómo la pelota impacta el poste derecho de la portería rival, coquetea con la línea de meta y, después de un angustioso instante, llega a la red a pesar del lance del portero. Algarabía, fuegos artificiales y el trofeo del campeonato. El hombre, enfundado en su playera roja, contempla todas las noches, desde hace varios años, la misma escena en un ritual sudoroso y enfebrecido. Pulsa el botón de pausa, regresa la acción y echa a andar en cámara lenta toda la historia para disfrutar la celebración de sus héroes. En algunas ocasiones la estirada del portero es efectiva y evita el gol. Entonces el hombre regresa una y otra vez la secuencia hasta que la pelota cruza la meta y vuelven la algarabía, los fuegos artificiales y el trofeo del campeonato”. 

sábado, diciembre 24, 2016

Décadas














Hubo un tiempo en el que no pasaba nada, en el que su organismo atravesaba días y noches sin sufrir ni sombra de dolencia, incólume. Eso no duró poco. Fueron años, lustros, décadas, cuatro décadas enteras, todas con días de 24 horas, todas con horas de sesenta minutos, sin un solo malestar, ni el más pequeño. La vagancia, los juegos, las vacaciones enteras en trajines físicos no dejaban traslucir la existencia del cansancio. La máquina estaba nueva, y así, como nueva aunque no lo fuera, duró por más de cuatro décadas. Luego, algo más allá de los cuarenta, muy entrados los cuarenta, casi al rasguñar el medio siglo, algo pasó. Sin avisar, silencioso como el avance de un felino, el tiempo llegó con su zarpazo y comenzaron los avisos. Un día cualquiera fue al consultorio de la compañía movido por un simple dolor de cabeza. El doctor le dijo siéntese, le colocó el brazalete, manipuló la bombita con manguera y vio el resultado de la presión. Mala señal. “Tome esto y venga mañana”. Y al día siguiente sucedió lo mismo, aunque en los hechos no era lo mismo, sino algo peor, pues confirmaba la mala situación: la presión se movía en rangos peligrosos. “Siga tomando la pastilla que le di y vuelva mañana”. Los días fueron pasando hasta que la pastilla logró establecer el equilibrio. “Tendrá que tomar esto de ahora en adelante, todos los días, y caminar y cambiar de hábitos alimenticios”. Ni siquiera fue necesario esperar que el cuerpo le diera más malas noticias de manera gradual. El médico se encargó de evitar rodeos. “Debe ver su corazón, ir con un especialista. Casi tiene cincuenta y ha llegado la hora de revisarse con ciudado”. Bien. No pasa nada. De una forma secreta siempre esperó esto, el primer aviso serio del cuerpo, y ya había llegado. Lo que no esperaba es lo que vino después: luego del primer aviso se sucedieron los otros. El cardiólogo no había sido muy optimista y hace dos días apareció algo nuevo: sin reparar en las consecuencias acomodó varias cajas y con una de ellas sintió el jalón en la espalda baja. Pensó que el dolorcito sería pasajero, pero ahora veía que no, que tendido en la cama, inmovilizado por el dolor, sólo esperaba que eso no fuera a multiplicarse ni le diera peores noticias. Pero era mucho soñar. El tiempo bueno había pasado.

sábado, diciembre 17, 2016

Gimnasia




















Imposible borrarlo de la cabeza, imposible. Diez años después luego del golpe me animé a ver el video. Por supuesto que yo conocía su éxito, las miles de veces que fue reproducido en YouTube, pero durante todos estos años me mantuve lejos de la secuencia porque la imaginaba atroz, y ahora veo que no fue para tanto. Caí de espalda, casi me rompí la clavícula izquierda, pero hay algo allí que ayuda a mitigar el mal momento. En fin. Entré al video y vi a Olga con el micrófono en mano, con su voz inentendible y chillona, vestida de payasita. Poco antes de aquella fiesta me llamó. “Héctor, ¿sigues haciendo gimnasia?”. Le respondí que sí, que cada vez le dedicaba menos tiempo pero que sí, seguía en la gimnasia. La verdad, llamarla así, “gimnasia”, era desmesurado. Me gustaba aprovechar los tres aparatos del gym dedicados a la gimnasia olímpica: unos aros, un caballo con arzones que jamás pude dominar y unas barras paralelas. Además, echaba maromas en un piso más o menos blando usado en el local para el baile reductivo. Esa era toda mi gimnasia, y por eso me llamó Olga. “Quiero pedirte un favor. Como me dedico a la animación de fiestas infantiles, hoy en la tarde tengo una. Los padres del niño dicen que les encantaría, y pagarían lo que fuera necesario, para que tuviéramos un Hombre Araña. Ya conseguí el disfraz, pero me falta el amigo que quiera usarlo. Pensé en Roberto, mi hermano, pero es algo gordo y no se vería bien. ¿Te animas? Son 500 pesos por aparecer diez minutos y tomarte fotos con el festejado”. La oferta parecía irrechazable, y además tenía mucho de favor. Esa tarde caí en la fiesta y esperé mi oportunidad. Al oír que mencionaban al Hombre Araña, yo saldría de un vestidor improvisado, y así lo hice. Pegué dos o tres maromas que salieron muy bien, luego otra, y cuando corrí a la pared para hacer una vuelta invertida, un pie se resbaló y adiós todo. Tuve que levantarme, sentí que me rodaban las lágrimas y ni siquiera podía sobarme. Me mantuve cuanto pude en cuclillas, casi como araña. Yo sabía que la gente pensaba en mí, que suponía mi dolor, pero no podía verlo. Diez años después lo pienso así: el video chusco no lo es tanto porque la máscara me protegió. De haberse visto mi rictus, mi gesto, la burla hubiera sido peor.

sábado, diciembre 10, 2016

Finiquito












En la desesperación todo es posible, todo, incluso que yo haya tenido esta idea. La situación se había complicado tanto que estuve a punto de autofiniquitarme. No lo hice por cobarde, aunque la vengo pensando desde hace años. Lo que me atemoriza es el método: tirarme de un puente, ingerir algún veneno, recurrir a una modesta soga o terminar con un balazo en la campanilla. No sé. Lo pensé muchas veces y nada me convenció. Sé que pensarlo tanto, en el fondo, era cobardía pura, pero me engañaba pensando que en cualquier oportunidad tomaría la decisión de utilizar el mejor recurso. Mientras tanto crecieron los problemas. Todo se agrandó hasta llegar a niveles de alarido. Mantuve la calma no por serenidad, sino porque sabía que contaba con una solución cabal, instantánea. Entonces, cuando al fin estuve convencido de que no había otro camino, llegó la solución: por una carambola de esas que sólo ofrece la realidad, caí en la oficina mugrosa de un politiquillo famoso por haber atravesado todos los pantanos y seguir de pie, convertido en una lacra pero asombrosamente bien atornillado al poder y todavía medrando de las arcas municipales. No explicaré cómo llegué allí, pero el supuesto era, por decir lo menos, estúpido: en teoría yo trabajaba de matón. El trabajito consistía en desaparecer a alguien, en borrar del croquis local a un enemigo del patrón. Se supone que yo tenía un arma. Me dio los detalles sobre el sujeto en un fólder apropiadamente rojo, y allí mismo la primera parte del pago amarrado con una liga. Salí del edificio y la realidad me pareció más grande, como afantasmada por una poderosa sensación de lejanía. Lo que hice fue dejar el dinero a mi mujer, avisar al sujeto para que huyera y luego retirarme sin explicar más. Compré algunas latas de comida, agua, varios paquetes de cigarros. Luego alquilé una habitación de hotel barato y me metí a esperar, a dejar que pasara el tiempo. Aquí he visto televisión, sólo televisión, y no he querido escribir nada. Calculé que en cinco días se les agotaría la paciencia, pero erré: fue en cuatro. Cuando escuché que tocaban la puerta sentí que por fin la espera había acabado. Ya no sería necesario el veneno, la soga ni el balazo, mi balazo. Aquellos hombres defraudados me darían el finiquito.

miércoles, diciembre 07, 2016

Aguinaldo















En el camino a casa se descompuso el bocho. Yo iba contento, pues por primera vez en quince años gozaba el privilegio de tener un aguinaldo. No era mucho, sólo quince mil pesos, pero al menos serviría para planear algunas compras, no quedar anulado y viendo pasar la alegría como en diciembres anteriores. Iba entonces contento con mi plata nueva y en ese mismo momento el coche, un VW ya más viejo que el acorazado de Potemkin, comenzó a toser hasta que se detuvo en pleno periférico. Ya había amenazado, desde hace dos semanas, con sucumbir a mi trote, pero aguantó hasta que sospechó, como si fuera un ser humano, que me cayó la plata. Por eso se descompuso. Llamé al mecánico y me dijo que no podía pasar, que rentara una grúa. Me dio el teléfono y bueno, decidí llamar. Los de la grúa dijeron que serían mil pesos sólo por arrastrar el bocho hasta el taller, y sin remedio acepté. Ya en el taller esperé el dictamen del mecánico, también sin remedio. Una hora bastó para que me diera la suma de problemas acumulados en el motor y la suma de todo lo demás: piezas y mano de obra, seis mil pesos. Me pidió cuatro de anticipo y ni modo nuevamente, se los di. Tomé un taxi para llegar a casa, pero a medio camino llamó Irma: estaba en el sanatorio, en urgencias, pues el niño se rompió un brazo al tropezar en la escalera. En vez de Seguro Social o Cruz Roja, no sé por qué mierdas se le ocurrió buscar servicio médico privado. Desvié pues el rumbo del taxi y caí apurado en el sanatorio. Mi pequeño ya estaba casi listo para salir, pues hallé a Irma en el área de administración. Serían cinco mil pesos por todo, incluido el suministro de un medicamento para el dolor (del cual nos dieron la receta). Tomamos otro taxi a casa y allí dentro hice cálculos: grúa, mil; mecánico, seis mil; sanatorio, cinco mil. Todavía me quedaban tres del aguinaldo, una baba, pero algo es algo. Al bajar del taxi, lamentablemente, vi que en la puerta de la casa estaba Raúl, mi cuñado. Apenas lo vi, recordé el acuerdo: le dije que este día le pagaría los 2500 pesos que me prestó hace un mes. Se los di, fingí que no pasaba nada y entré a casa convertido en un insecto más pinche que Gregorio Samsa. Me quedaban 500 pesos, pero Irma pronto los pulverizó: “Dame unos 500 pesos para ir al súper, no hay nada en el refri”.

sábado, diciembre 03, 2016

Planes














El plan de Karla no era novedoso. De hecho me recordó una película de Pedro Infante, lo que muestra su pobre imaginación. Había terminado con su novio pero aún le tenía ley, como decían también en las películas de aquella época. Era mi amiga de la universidad, habíamos egresado juntos tres años antes, y claro, en el fondo siempre me latió la idea de ser algo más que su amigo, como reza la cumbia del Buki. Pero ella entró con novio a la carrera, siguió con novio y salió con novio, así que nunca me dejó margen de maniobra. Me resigné, aprendí a verla como si fuera una prima o algo parecido, aunque en el fondo de mis huesos siempre me mantuve alerta. Ella cortó y quería encelar a su ex. Me pidió salir, coincidir en los lugares públicos a los que el tipo asistía y dar la impresión de que ella y yo "andábamos quedando" (así dijo). Acepté por una sola razón: por imbécil. Karla conocía los movimientos de su ex, los logares que frecuentaba, así que allí nos apersonábamos para dejar volando la idea de que casi casi éramos lo que no éramos. Ella me tomaba de la mano en la mesa y reía teatralmente, como si le encantara mi conversación. Un día pisó el acelerador y me dio un beso leve, de esos que van hacia el cachete pero logran pellizcar una orillita de la boca. Algo en mí palpitó abajo, y puede ser que en ella también, no sé. Andábamos un poco bebidos de más, así que en el coche caímos en una especie de noviazgo sin actuación. A la manaña siguiente, sin embargo, todo seguía igual, y dos semanas después Karla volvió con su ex pese a que me confesó que aquello era más una rutina que otra cosa. El que no quedó bien fui yo, pues no me la sacaba de la mente. Ahora le pedí a una amiga que fingiera ser mi novia para aterrizar con falaz espontaneidad en los lugares que frecuentaba Karla. No sé, pequeña y lo que sea, una esperanza sí me dejó bien clavada el plan de Karla.