Mostrando las entradas con la etiqueta edmundo valadés. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta edmundo valadés. Mostrar todas las entradas

miércoles, enero 07, 2026

Volver a Valadés














En uno de mis vericuetos discursivos del taller literario, no sé cómo di con el tema Edmundo Valadés (Guaymas, Sonora, 1915-Ciudad de México, 1994). Mencioné mi vago recuerdo de Las dualidades funestas, recomendé El libro de la imaginación y por supuesto desemboqué en su libro más famoso: La muerte tiene permiso, volumen de cuentos que contiene su relato más leído, el homónimo del libro.

En el camino del Teatro Martínez a la casa recordé que en algún momento debía recordar la búsqueda del libro, pues me asaltó la sospecha de que no lo había visto en al menos un par de décadas. En efecto, una exploración no muy acuciosa en la biblioteca arrojó un resultado negativo: mi edición de La muerte tiene permiso no apareció. En alguna de las varias mudanzas se extravió, lo presté, no sé. No sentí pesar, pues es un libro muchas veces reeditado (un clásico mexicano) y en cualquier momento lo vuelvo a pescar en las librerías de acá.

El fin de semana fui a Educal, dentro del Museo Arocena, y encontré la grata sorpresa de ver “La muerte tiene permiso” en la colección Vientos del Pueblo, del FCE. Es el cuento independiente en un opúsculo grapado a la manera de las revistas. Su precio es fantástico: 9 pesos, ni un paquete de semillas de los que venden afuera de la lucha.

El susodicho cuento es una perla de nuestra narrativa breve, tanto que, si existiera, podría entrar en una antología de los diez mejores cuentos mexicanos. Trata, no deslizo el final, sobre el abuso de un presidente municipal a su comunidad: una comitiva de burócratas del gobierno consulta en una asamblea a los campesinos de San Juan de las Manzanas. Surge el tema del alcalde y poco a poco salen a luz sus tropelías gracias sobre todo a la denuncia de un campesino llamado Sacramento. Le suman al menos tres agravios contra la comunidad, abusos que parecen imperdonables en un funcionario que se supone no está para atropellar, sino lo contrario. Luego de deliberar, el veredicto de la mesa nos comparte una sorpresa que se ha convertido en contraseña mexicana de cierto tipo de justicia.

Es un acierto que “La muerte tiene permiso” de don Edmundo Valadés, uno de nuestros maestros del cuento, circule solo, como relato independiente. Ha sido ilustrado póstumamente por Antonio Helguera (Ciudad de México, 1965-2021).

miércoles, octubre 09, 2024

Fe y arte pintoresco


 








Hace poco, en abril, llegué a la cima del cerro San Cristóbal ubicado en el inmenso y hermoso Parque Metropolitano de Santiago de Chile. Allá arriba, al lado de la capillita coronada por la virgen, había una pared no muy amplia en la que los visitantes podían dejar algún objeto como ofrenda. Entre el barroquismo de crucifijos, estampas, veladoras, rosarios, logré dar con una pequeña imagen de la virgen de Guadalupe seguramente dejada por un turista mexicano.

Esto me recordó la costumbre bien arraigada en nuestro país de llevar exvotos a muchos santuarios importantes. Vino a mi memoria una tarde muy lejana, de hace al menos treinta años, en la que venía por carretera de Aguascalientes a Torreón e hice un alto en Plateros, Zacatecas, donde visité como turista, no como creyente, al Santo Niño de Atocha. Al lado de la nave principal, recuerdo vagamente, había algunos habitáculos en los que los peregrinos colgaban retablos, cuadros de madera, lámina u otro material en los que asentaban algún agradecimiento escrito y plasmaban un dibujo cuyo tema era el favor recibido.

Los retablos tienen en general el tamaño de una hoja de máquina apaisada, y la estética del dibujo y de la escritura exhiben la vistosa torpeza de lo popular. Aquella vez me entretuve varios minutos leyendo y viendo los dibujos, y es innegable que se trata de una práctica que, vista al margen de la fe, resulta literalmente pintoresca, pues de pinturitas se trata. Llegué a pensar incluso que de allí podría salir una antología de agradecimientos, la magia mexicana manifiesta en modo plástico.

Hice aquel recorrido y no dejé de tener en la mente el ¿microcuento? citado por Edmundo Valadés en El libro de la imaginación (FCE, México, 1970), que aquí, por breve, deseo compartir completo. ¿Podemos afirmar que la técnica cuentística de Hemingway es superada en esta pieza? Va:

EXVOTO

En una iglesia del pintoresco pueblo de Tepoztlán existe un retablo (exvoto) en el que se ve a un campesino, de hinojos, dando gracias a la Virgen por el milagro que le hizo. La leyenda al pie del cuadro dice: “Juan Crisóstomo Vargas, vecino de este lugar, da gracias con toda su contrita alma a la Santísima Virgen por el milagroso favor que le hizo la noche del 22 de mayo de 1916 al haber impedido que las fuerzas zapatistas se lo llevaran como llevaron a sus tres pobrecitas hermanas”.