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sábado, octubre 14, 2023

Fabián Vique: la microficción como centro

 











Al margen de las grandes vidrieras, sin el ruido promocional que generalmente se concentra en la novela y en abundante “no ficción”, el microrrelato ha podido abrirse brecha entre escritores, editores y lectores. Este avance fue lento durante décadas en América Latina, pero en los años recientes aceleró su marcha debido sobre todo a las nuevas tecnologías de la información: si todo es ahora rápido, a cierta literatura le convino el envase pequeño para moverse con total facilidad en un estado de Facebook o en un tweet. Así pues, de Darío, Lugones y Torri pasamos con lentitud a Borges, Arreola, Cortázar, Monterroso, Denevi, y de ahí, ya más aceleradamente, al numeroso contingente de microficcionistas que hoy exhibe nombres como los de René Avilés Fabila, Luisa Valenzuela, Raúl Brasca, Juan Armando Epple, Eugenio Mandrini, Felipe Garrido, David Lagmanovich, Ana María Shua, Guillermo Samperio, Pía Barros, Rogelio Ramos Signes, Diego Muñoz Valenzuela y muchos otros que no omito por olvido, sino para evitar una lista más o menos cansadora.

Los microficcionistas son, pues, muchísimos, y de alguna manera se conocen entre casi todos porque han sabido organizar espacios para la divulgación, edición y distribución de sus obras, como los encuentros nacionales e internacionales que suelen convocar a editores/cultores de este género y no sólo permiten la lectura y la discusión teórica, sino el intercambio de títulos publicados en todas las modalidades, desde los marcadamente artesanales hasta los profesionales, como es el caso de los libros del sello Micrópolis, del Perú; Ficticia, de México, y Macedonia, de la Argentina.

Macedonia, a propósito, es un emprendimiento individual. Lo encabeza Fabián Vique (Buenos Aires, 1966), quien además de la edición y la docencia ha practicado, a mi parecer con harta fortuna, la escritura de microficción. Si bien su labor como editor es ya digna de reconocimiento —pues es quien más ha publicado títulos de este género en la Argentina, todo desde Morón, partido del conurbano bonaerense—, Vique es un creador espléndido, y es en su obra creativa en la que deseo poner énfasis durante los renglones venideros. Tiene cinco títulos de narrativa corta, aunque las piezas de uno de ellos, La tierra de los desorientados (2007), no encajan en el ámbito de lo microficcional. Aquel primer libro muestra, sin embargo, los rasgos característicos de su trabajo escrito: el humor indeclinable y la búsqueda y el hallazgo de lo absurdo, lo paradójico, lo ridículo. Hay algo en sus ficciones amplias y brevísimas que no veo con frecuencia en sus homólogos: una suerte de desenfado o antisolemnidad que lo lleva a tratar todos sus temas como si nada importara, como si todo fuera susceptible de ser abordado sin manifestar apegos o apasionamientos. Eso le ha permitido escribir de todo, hasta de lo más insignificante, sin que uno sienta que es insustancial. Algo similar siento, por cierto, cuando leo al mexicano Marcial Fernández, par de Vique en dos ámbitos: el editorial y el creativo.

La tierra de los desorientados no es microficción pero, insisto, ya muestra el perfil de la producción ulterior de Vique. El tono humorístico está marcado desde los títulos y el “resumen”. Un cuento, por ejemplo, es “La chica que repartía flores en el leprosario”, que antes de entrar en materia tiene este epítome: “Un médico nos cuenta su historia de amor en el leprosario de General Rodríguez”; o en el cuento “Mercados alternativos”, resumido como “Un texto de gran ayuda para el inversor audaz”. La imaginación de Vique parece permanentemente irónica, zumbona, como decían los antiguos, y jamás se queda enredada en el alambre de púas del chiste fácil, sino que se expande como alegoría sutilmente crítica a comportamientos ridículos o, como ya señalé, absurdos.

En 2009 publicó Variaciones sobre el sueño de Chaung Tzu, su primer libro de microficciones. Además de la serie con las “variaciones” sobre el famoso micro chino, Vique ensarta brevedades que, creo, muestran la malicia algo macedónica (por Macedonio Fernández) que aplica recurrentemente en su escritura. En “El otro Guiness”, narra con guiño cientificista: “Cuando se sabe cerca del final, la lombriz incandescente de Paranacito emprende el camino hacia el centro de la Tierra. El fin le llega mucho antes porque la ruta es larga y además el suelo se va poniendo cada vez más duro. Pero sería canallesco medir sólo el resultado y no considerar la intención”. Más allá de la falsa moraleja, ¿no sería aplicable el caso de esta lombriz al de muchos poetas o futbolistas?

Veamos otro caso del mismo libro. Aquí advierto un delicado cuestionamiento al facilismo de los libros de autoayuda:

 

Para salir del pozo lo mejor es una buena escalera, lo suficientemente alta y resistente para llegar a la superficie sin tener que andar haciendo maniobras complicadas.

En su defecto, un ascensor o una cuerda bien larga y fuerte, con una roldana bien agarrada a alguna parte, y en lo posible un gorila afuera, con la fuerza y la paciencia necesarias para tirar para arriba sin hacer demasiadas preguntas.

Una vez en la superficie, actuar con naturalidad, como si tal cosa, silbando bajito.

 

O éste en el que juega con la intertextualidad en una de las variaciones que dan título al libro: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar no sabía si era una mariposa, o si era un dinosaurio que todavía estaba allí”.

Un año después, en 2010, Vique publicó su segundo lote de brevedades en La vida misma y otras minificciones. El autor persiste en la voz socarrona, y lo hace desde el prólogo. Señala que dividió el contenido en tres secciones, y aclara: “Lo importante es que la mayor parte de las piezas del primer grupo pueden pasar al segundo o al tercero, las del segundo al tercero o al primero, etcétera”. Este libro es el mejor de Vique, aunque debo decir que no conozco Peces, título casi recién aparecido en Buenos Aires.

Hacia 2012, PD Editores, de Monterrey, publicó una antología titulada Los suicidas se divierten. Reúne lo mejor de la producción de Vique. Entre sus textos está mi relato favorito, “El escupidor de Rafael Castillo”, que me sirve para cerrar el apunte y recomendar el trabajo de este escritor y editor argentino:

 

Todas las noches, a la una en punto, el escupidor de Rafael Castillo sale a escupir a la gente. El recorrido abarca las dos veredas de Carlos Casares, desde Don Bosco hasta las vías.

Quienes lo conocemos evitamos la zona en la media hora que dura la vuelta. Pero siempre encuentra inocentes que deambulan a merced de su boca certera.

Alberto apunta a los ojos y lanza un líquido casi blanco, no muy espeso pero de interesante volumen.

Los escupidos se asombran del buen semblante, de la discreción y hasta de la elegancia del escupidor. Nunca reaccionan. Se limpian la cara y siguen su camino. Se dice que en las mejores noches Alberto ha proporcionado más de una docena de escupitajos.

Durante el día, sin embargo, el escupidor es un hombre común y corriente. Suele decir que no le gusta el barrio y que tiene ganas de mudarse con su familia a un lugar más tranquilo.

Nota. Apunte publicado originalmente en Literal. Latin American Voices, EUA, en noviembre de 2016.

sábado, septiembre 15, 2018

Macedonia c’est moi




















Conocí a Fabián Vique en 2007. De pelo largo y enmarañado, lentes pequeñitos y una sonrisa algo volteriana, no recuerdo quién me lo presentó en San Miguel de Tucumán, ciudad a donde ambos habíamos asistido para participar en unas jornadas de minificción organizadas por la facultad de literatura de la Universidad Nacional de Tucumán, en el noroeste argentino. En una sobremesa escuché con cierta vaguedad que a aquel sujeto lo vinculaban con Serbia, de ahí que en un principio, antes de conversar con él, le atribuí un origen balcánico. En aquellas jornadas, muy concurridas por académicos y cultores multinacionales del género, nunca pude conversar con Vique. Muy al final, casi en la despedida, se acercó a mí con una actitud amistosa y me regaló un juego de copias: “No me quedaron ejemplares del libro, pero hice esta copia para vos”. Ese gesto me pareció muy generoso, pues me tomaba en cuenta como participante de las jornadas, me individualizaba.
Las copias contenían algunas páginas del libro La vida misma y otras minificciones publicado por el Instituto Cervantes, en Belgrado, hacia el 2007, así que se trataba de una edición recién salida de la imprenta. Por modestas que fueran, esas hojas representaron el paso inicial y necesario para la configuración de una amistad que dura hasta hoy, pues gracias a otros viajes y a la tecnología sé lo que está haciendo en este momento mi querido amigo Vique, vecino de la ciudad de Morón ubicada en lo que allá conocen como “conurbano bonaerense”, es decir, las localidades que rodean a la Capital Federal.
Un año después de ocurrido lo que conté en el primer párrafo, en 2008, Vique fundó solo, con las uñas, una editorial. La llamó Macedonia, y se especializó en un género: la microficción. No desdeñó, claro, la poesía, el ensayo, el cuento y la novela, y poco a poco, con menos plata que ilusión, como dice un tango, el sello editorial fue agrandando su catálogo con títulos de autores que le ofrecieron su confianza y que no se sintieron defraudados. Hoy Macedonia es, como Ficticia en México y Micrópolis en Perú, un referente importante de la microficción latinoamericana, lo que se debe al tesón de ese tipo juguetón, irónico y talentoso que es Fabián Vique.
Macedonia acaba de cumplir una década, y como varios de sus libros me acompañan en La Laguna no quise dejar pasar el onomástico para celebrar que a veces aparecen personajes como Vique. Sin creerse nada, con las herramientas de la imaginación y el trabajo, logran hacer más por la literatura que muchas instituciones juntas. Y quien no crea que Fabián es un Quijote, que lea esta anécdota. Era 2011, estábamos en un encuentro literario en Santiago del Estero, Argentina, organizado por el escritor y también querido amigo Antonio Cruz, y Vique se repartía entre las conferencias, las lecturas y la atención a su mesa de libros a la venta. En eso llegó una señorita de la localidad y preguntó a Vique (fui testigo): “Perdone, tengo un libro y ¿cómo puedo hacer para localizar al representante, editor o gerente de Macedonia en Buenos Aires?”. La respuesta de Fabián no deja de ser verdad: “Macedonia soy yo”.
Felicidades a Vique. En efecto, editorial Macedonia es él.

sábado, octubre 10, 2015

Segundo ¡Basta!




















Una idea excelente de escritoras chilenas fue retomada  —los elegantes ahora dicen “replicada” — en 2014 por sus homólogas argentinas. Me refiero al libro ¡Basta!, cien mujeres contra la violencia de género (Asterión, Santiago de Chile, 2011, 115 pp.). Tres años luego, cien mujeres argentinas fueron pues convocadas para articular un proyecto afin: escribir cada una un microrrelato y llevar a la imprenta un libro homónimo pero, claro, con otras señas editoriales: Macedonia, Buenos Aires, 2014, 108 pp. Todas las historias comparten un par de características: son breves, cada una de no más de una página, y todas se refieren a alguna expresión de la violencia de género, desde el acoso al feminicidio (llamado “femicidio” en argentina).
Reseñé el primer libro en marzo del año pasado, y lo que dije sobre él vale lo mismo para éste: “El libro me deslumbró por lo que tiene de hecho consumado pero más por lo que tiene de idea. Imaginé a las chilenas en la solicitud del material: era necesario convocar a cien compañeras escritoras para que cada una apoquinara una microficción sobre el tema. Supuse que en otras latitudes no sería fácil concluir tal emprendimiento, pues aquí y allá, en muchas partes, el trabajo colectivo y solidario se ha tornado muy difícil ante las inercias dominantes de la ganancia y el individualismo”.
De las cien compiladas ahora por Amor Hernández, Fabián Vique, Leandro Hidalgo, Miriam Di Gerónimo y Sandra Bianchi, comparto tres piezas brevísimas y me pregunto si ya es hora de proponer el ¡Basta! mexicano.
“El juez decidió absolver al acusado de infligir vejaciones a su mujer.
El reo supo muy bien administrar las dosis de malos tratos, todo a su debido tiempo, sin sobrepasarse” (“Más sería abuso”, de María Elena Lorenzín).
“El sol de mediodía hace arder la piel. El hombre no puede despegar sus ojos —como si fuesen manos— de la cara, del cuerpo de la mujer. Muy cerca se oye el rumor del río. Por el viejo puente de madera avanzan lentamente los bueyes.
El pueblo está quieto. La gente, adormilada.
El hombre comienza a caminar. La mujer está inmóvil. Ni siquiera siente el miedo.El hombre se acerca: paso a paso, paso a paso…”. (“El puente”, Mirta Zago).
“Lo peor no es el dolor del cuerpo, la magulladura del alma, el ojo amoratado.
Lo peor es despertarse cada mañana y descubrir que todavía está allí”. (“Lo peor”, Graciela Falbo.

martes, octubre 04, 2011

Cuentos para no matar y recordar



Los libros primerizos suelen ser ingenuos. Con mucha frecuencia, no dicen nada o lo poco que dicen lo enuncian tan mal que al lector no le queda otra reacción más que la obvia: recular a medio camino, rajarse, como decimos los mexicanos, o zafar, como dicen los argentinos. Son contados los casos, por otra parte, en los que el libro inaugural de un escritor insinúa más fortalezas que debilidades. Un cuento, un poema, ciertos rasgos de estilo, alguna malicia en la focalización de la realidad humana, algo nos sugiere el hacedor de un primer libro que nos lleva a pensar en su futuro, un futuro cargado de mejores frutos. Más escasos y sorprendentes son los primeros libros que así, de golpe, sin avisar, como si fuera fácil, nos muestran un trabajo que deja la desconcertante impresión de obra bien peinada, lista para merecer opiniones favorables.
Un ejemplo del último caso es Cuentos para no matar y otros más inofensivos, primer libro de Giselle Aronson, conjunto de relatos que poco a poco, página tras página, va aprobando los ítems que podemos establecer para juzgarlo estimable. Oriunda de Gálvez, provincia de Santa Fe, Aronson vivió en Rosario y actualmente reside en Haedo, provincia de Buenos Aires. Es fonoaudióloga y terapeuta del lenguaje. Forma parte del colectivo Heliconia y participó en el taller literario Domingo Faustino Sarmiento del municipio de Morón. Ha publicado en revistas tanto virtuales como físicas, y algunos de sus cuentos han sido incluidos en antologías. Muchos de sus trabajos están disponibles en el blog nocheluz.blogspot.com, que ella administra.
El primer libro édito de Giselle Aronson está dividido en tres estancias: “Cuentos para no matar”, “Excepcionalmente cotidiano” y “Perplejismos”. En total suman 46 piezas de extensión variada: las más amplias, de cuatro páginas; las más cortas, de un renglón. En todas late un rasgo que, por visible, no puede ser omitido: su noción del cuento como recinto cerrado y autosuficiente. Lo primero que destaca pues es el riguroso concepto de cuento que Aronson maneja. En una época en la que reina el gusto por el relato de estructura desenfadada, ese cuento que basa su eficiencia en el puro brillo de la prosa o en cierto enfoque de la anécdota, la escritora santafecina sujeta sus historias a una idea del género harto compacta, escrupulosa con los detalles que van configurando estructuras sólidas, redondas a la manera cortazareana.
Todos los textos de este libro —no exagero y, si exagero, puedo decir “la mayoría”—, tienen la vista puesta en los finales, pues ya se sabe que, dígase lo que se diga, los grandes cuentos son siempre aquellos que han sido escritos para desembocar en un punto cuya luz ilumina retrospectivamente el cuerpo del relato. El truco es el mismo, y con ese truco deben operar los cuentistas de la mejor escuela: los cuentos caminan con la mirada al frente, sí, pero también con ojos en la nuca; a medida que el relato avanza el autor distribuye pistas, esas pequeñas marcas que tanto celebramos en los grandes arquitectos de cuentos, huellas con “proyección ulterior” como las llamó, inmejorablemente, Borges. Tales detalles, siempre colocados con malicia, son los puntos emergentes de la famosa historia B trepada a la historia A, según la propuesta de Piglia. Los lectores asistimos en estos cuentos a un espectáculo de prestidigitación: creemos caminar por una historia determinada, visible, evidente (la historia A), pero en realidad nos es contada una más (la historia B) que discurre secreta, oculta, evasiva, tenuemente. Cuando esas dos historias siamesas, la explícita y la soterrada, nos son contadas con un velo de incertidumbre, sin que recibamos información a carretadas, con el esquema de iceberg que deseaba Hemingway, el cuento deviene pieza de orfebrería capaz de deslumbrar si no por su perfección, sí por un apetito de perfección que en arte es, per se, mucho.
Este propósito, el de articular ficciones breves con sabor a cuento clásico y no mero desahogo, no es flaco mérito en un primero libro. Aronson ha gobernado cada una de sus historias con rigor y elegancia, y además con otra virtud sutil: los cuentos no se sienten fríos, mecánicos, sino trabajados con garra, con pasión, con ánimo de escudriñar la complicada condición humana en diferentes estados de crisis. Los aciertos del libro se manifiestan desde la entrada. El cuento “Imperceptible”, el primero, por ejemplo, narra una escena de vida muy común, la de la esposa que poco a poco ve alejarse, casi sin meter las manos, el amor de su pareja. Digo adrede “casi sin meter las manos” porque todo el cuento está organizado para que en su cierre comprobemos que el énfasis en la pasividad era un amague, una finta con “proyección ulterior”.
Lo mismo pasa con el que sigue, titulado “Otra”, contado secamente desde la perspectiva de una amante que no ve la hora en la que, por fin, su hombre la saque de esa condición percibida socialmente como ominosa. De nuevo, Aronson no desea que el conflicto (siempre hay, como en todo cuento bien nacido, un conflicto en estas historias) sea lo único destacable: le preocupa la estructura, le preocupa mucho, esto al grado de cuadrar todo el andamiaje narrativo para que se justifique con precisión quirúrgica una sola palabra en el relato: la última.
Con gusto un llega pues al tercero, al cuarto, al quinto relatos, comprobando pieza tras pieza que cada historia es un microcosmos cerrado y al mismo tiempo comparte rasgos con los demás para lograr un conjunto armónico, un-li-bro-de-cuen-tos armado, no un apiñamiento arbitrario de narraciones cortas.
La violencia intrafamiliar, la rutina de la vida cotidiana, el tedio en el que derivan muchas relaciones de pareja, el asco de convivir con monstruos alguna vez quizá queridos, todo eso y más es encarado por Aronson con ojo agudo para escoger los rasgos salientes y al mismo tiempo ordinarios de la ruindad humana, ésa que todos ejercemos a diario y tal vez sin darnos cuenta en el entorno más cercano. Algo de David Lynch o de los hermanos Cohen anda entonces en relatos como “Cambio de menú”, donde asistimos a la violencia extrema sin necesidad de guerras mundiales o barrios neoyorkinos o laberintos en mercados turcos. En “Escenas veraniegas de la vida familiar”, por caso, es evidente la ironía desde el título: el eje de esa “vida familiar”, narrado con una especie de “cámara subjetiva” que se desplaza por la playa, es la sofocante rutina de un macho proveedor, una hembra sumisa y unos hijos que seguramente están mamando el modelo para repetirlo cuando sean adultos.
Hay muchos cuentos con el tema de la venganza en este primer libro de Giselle Aronson (“After office”, “Final”…), y uno de ellos es perfecto, el texto más acabado, a mi parecer, de todos los Cuentos para no matar… Me refiero a “La misión”, obra que resume con claridad las virtudes de los demás: es un relato con rostro político en el que una trama densa es compactada en la acción de una mujer cuya tarea parece parte de un movimiento colectivo, pero en realidad es un emprendimiento personal, una venganza dictada por el respeto a la memoria de sus antepasados. En este cuento es casi trasparente, dicho sea de paso, el afán de la autora por crear textos esféricos, y eso se logra a veces con hábiles reiteraciones de lo enunciado al principio en el final.
La segunda parte del libro, “Excepcionalmente cotidiano”, contiene textos más cortos y menos cargados de violencia, "más inofensivos". Aquí Aronson maneja un tono más relajado, trenza ficción con realidad (“Ellos y nosotros”), juega con equívocos (“Terror en la puerta”), expone paradojas irónicas (“Impertérrita”) o traza gratas fantasías (“Sólo Andrea”, “Absentia”).
La estancia final, “Perplejismos”, acoge sólo microrrelatos, textos que en ningún caso rebalsan una página. Concentradas, las microficciones de Aronson conservan el punch de los cuentos colocados en las secciones precedentes. Todas son punzantes, algunas tienen aire de aforismo o de prosa poética, y sólo en uno o dos casos son francamente algo distinto a la microficción (“Pregunta técnica”). El editor, Fabián Vique, acertó al ornar la contratapa con uno de los brevísimos, un texto para antologar (“Pedido”):

—Sólo te pido una cosa —susurró ella cuando descubrió que él se había propuesto quitarle la ropa.
—Lo que quieras.
—Que parezca amor.


La fuerza de latigazo que tiene la frase final de “Pedido” es la misma que, en racimo, propinan en la conciencia del lector estos Cuentos para no matar… Giselle Aronson (o la mona del cuento final, no sabemos) ha dado, en suma, un primer paso firme hacia la configuración de una obra que merece, con justicia y desde ya, la atención del lector.

Ciudad de México, 2, octubre y 2011


Cuentos para no matar y otros más inofensivos, Giselle Aronson, Macedonia, Buenos Aires, 2011, 87 pp.