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sábado, diciembre 02, 2017

Listo Grava suelta












Grava suelta es un libro que no me disgusta aunque sea mío. Haber imaginado, escrito y ahora publicado cien relatos me demandó un esfuerzo extraño, intermitente y concentrado a un tiempo, diverso y compacto a la vez. Gracias a Antonio Ramos Revillas, responsable editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León, ayer lo presentamos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Me dio gusto que entre la concurrencia hubiera varios laguneros, como ocho, que arroparon mis palabras de presentación.
Cada vez que nace un libro propio, hay dos caminos: desentenderse, dejarlo andar, o apoyar su andanza por el mundo. Yo suelo elegir un camino intermedio: apenas sale el libro, trato de ofrecerlo al potencial lector, hacer una, dos, tres presentaciones, para luego dejarlo solo y a merced del tiempo. Confío en que Grava suelta hallará lectores. Mi amigo Fabián Vique, argentino, escribió el texto de la contratapa. Creo que lo describe bien con estas palabras:
“¿Cómo no empatizar con los libros, esos artefactos melancólicos empeñados en darle un orden al universo? Empiezan y terminan, se encauzan en géneros, se agremian en bibliotecas, carpetas, directorios. La obra de Borges o Kafka trajo al primer plano el asunto y desde entonces tenemos la llave pero nos falta la puerta. Todo bestiario, todo diccionario, toda colección participa de alguna manera de ese afán.
Detrás de los catálogos acecha la desesperación. Grava suelta, a pesar del título o precisamente por ello, se postula como uno de esos dispositivos donde lo innúmero se enumera. ¿Cómo definir entonces las piezas que lo integran? ¿Microrrelatos cortados a cuchillo? ¿Aguafuertes de la era del desconcierto? ¿Inventario de perdedores? ¿Pinturas rupestres en calles olvidadas? ¿El mundo desde sus esquirlas? No hablaré en particular de ninguno de los textos del libro, pues cada pieza podría ser el sol alrededor del cual gira todo lo demás. Es un libro para abordar en cualquier página y volverla centro. El truco radica en que el individuo, el animal o el objeto aludido en cada texto es siempre un arquetipo, a lo que podemos sumar el detalle, el giro, el adjetivo, el hallazgo en apariencia lateral. He ahí una parte de la magia de este invento. Lo demás está en tus manos, lector.
Pero quizás todo lo dicho aquí sea innecesario. Acaso baste con afirmar que el arte de Jaime Muñoz Vargas está en cada pieza de Grava suelta, el preciso y visceral artilugio que ha pergeñado”.

Foto: Fernando Fabio Sánchez, JMV, Gerardo García y Antonio Ramos Revillas. FIL Guadalajara, 1 de diciembre de 2017.

miércoles, diciembre 21, 2016

Novela













Una semana después pude decirle la verdad. La tomó tranquilamente, casi abochornado por el papelón del martes. Me había caído como caen todos estos inocentes: por un consejo de un amigo de un cuñado, esas carambolas que tiene la recomendación de mi negocio. Noté su optimismo y su ingenuidad desde el primer correo electrónico. Se trataba de una novela de 800 páginas sobre un pueblo mítico, con personajes entre mágicos y disparatados, en teoría apocalíptica y con mensaje concientizador, rollo sólo legible si se ostenta una voluntad cercana a la abnegación. Quedamos de vernos en un Starbucks, lugar en donde definiríamos los pormenores del convenio. Llegó con dos engargolados harto gordos. La novela no cabía en uno. Pensé que la llevó en papel no por miedo al robo electrónico, sino por la superstición del tamaño en la escritura literaria. Para él, su novela era buena independientemente del contenido y la prosa, es decir, sólo porque era inmensa. Quise rechazar el monstruoso ofrecimiento, pero dijo que pagaría bien la ayuda por cuidarla e imprimirla. Tengo, como cualquier microeditor de provincia, permanentes necesidades materiales, pero no tantas como para animarme a encarar tareas de ese tamaño, punto menos que infinitas. A ojo de buen lector eché un vistazo a las primeras cuartillas bajo la mirada atenta del autor. Era necesario meter mano dura a la sintaxis, pero la ortografía no parecía tan deficiente. Respiré hondo y advertí que el jale representaba una inversión larga de trabajo. Me dijo que estaba dispuesto a esperar lo que fuera, uno o dos meses. Yo había pensado en un año. Pero bueno, negociamos que en tres meses y adelante, acordamos el anticipo y a chambear. Me dio una USB y de inmediato, en casa, procedí a enderezar ese vestiglo narrativo. Revisiones veloces y aburridas fueron y vinieron, y al fin llegó a la imprenta. Contra mi recomendación, pidió imprimir dos mil. Yo pensé en 200. Hizo lo que pudo para promover su presentación y la imprenta se demoró hasta el día D. Esa tarde no teníamos libros, y calculé que hubiera sido lo mejor. La presentación avanzó tensa. Los libros (una caja con 70) llegaron casi al final del acto y el autor respiró aliviado. Luego, cuando ofreció el libro a la venta, el público compró tres. Hoy acabo de decirle que así es esto, que para empezar debimos imprimir cien, tal vez menos.

miércoles, mayo 11, 2016

Básquet















Formó el equipo de básquet con diez jugadores, para disponer de cambios. Había dos altos (arriba del 1.90 es alto para estas ligas), cinco de estatura normal y tres bajitos. Se supone que era una restauración, o casi, del cuadro que habían tenido en la selección de secundaria. Dos, los altos, eran refuerzos, y con eso intentarían ganar el torneo de veteranos. Juan fue quien los entusiasmó. Juan y Facebook, más bien, pues todos se habían localizado luego de treinta años sin saber nada de nadie. ¿Y si nos juntamos otra vez?, les dijo. Para motivarlos subió una foto descolorida en la que se veían todos borrosos, pero no el trofeo del campeonato que ganaron una vez. ¿Recuerdan el equipazo que formamos?, insistió Juan. Así, los demás, incluso Lugo, comenzaron a interesarse luego de las preguntas y la foto. Juan movilizó la organización. Él inscribiría al equipo y él se encargaría de comprar los uniformes, pues no por nada era ya un microempresario próspero. El entusiasmo fluyó entonces en Facebook, tanto que por unanimidad decidieron regalarse una junta previa de preparación y quizá, más adelante, otra de entrenamiento. Y así lo hicieron. Se citaron en el apartado de una cantina céntrica. Fueron llegando uno tras otro y las carcajadas no cesaron. Las burlas, todas, estuvieron encaminadas a destacar el avejentamiento. Las panzas, las calvas y las canas ya visibles en todas esas humanidades cincuentonas detonaron carcajadas estentóreas, más aún porque estaban desinhibidas con cerveza. En la primera reunión todos incrementaron su entusiasmo y varios prometieron ponerse en forma, caminar al menos en el bosque para oxigenar los pulmones. El día del primer partido se acercaba, y Juan, quien había tomado la batuta de la organización, necesitaba fotos para las credenciales. No quiso pedirlas, y buceó un rato en las cuentas de cada Facebook para localizar una adecuada de cada uno. Fue allí cuando la vio: era Irene. Estaba en la página de Lugo, hacían pareja ya. Se supone que esa Irene había sido la más bonita del salón, y Juan le cayó encima cuando se enteró que había terminado su noviazgo con Lugo. Ella lo rechazó, y al poco tiempo volvió con el mismo, con Luguito. Supo años después que cada cual hizo su vida, que tuvieron sus hijos, que Lugo incluso trabajó varios años en El Paso. Lo que no sabía era, ahora, que por alguna extraña razón se habían reencontrado. Ella no era ya la misma Irene, aunque en las fotos conservaba algo de lo que fue; Lugo, claro, tampoco era el mismo. El único que en este caso seguía igual era Juan: su envidia por Lugo había permanecido intacta durante treinta años. A ver cómo deshacía pues el entusiasmo de los basquetbolistas. Ya no quería volver a eso. 

miércoles, enero 20, 2016

Gordo














El sujeto era gordo, alto y de pelo crespo, pero su rasgo más sobresaliente estaba en que se movía con la lentitud de un tráiler a punto de estacionarse. Lo vi durante cinco años, siempre en el mismo rincón del café, siempre vestido con pantalón caqui y una camisa inmensa, de cuadros chicos y desfajada. Me caía bien porque, como yo, no saludaba a nadie, simplemente entraba y a paso cansino llegaba hasta su mesa, se instalaba con dificultad y le servían un café que ya no pedía pues los meseros sabían que eso deseaba, además de una canastita con pan dulce. El gordo caía allí de lunes a viernes de seis a siete, siempre en punto, exacto como las desgracias. Cargaba un libro y leía unas páginas, bebía tres tazas y despachaba sin falla dos piezas de pan. Toda su rutina era parsimoniosa y precisa, e igual, sin decir palabra, en cámara lenta, dejaba dinero sobre la mesa, se levantaba otra vez con dificultad y salía. Recuerdo que noté algo: cuando abandonaba el local todos los comensales lo mirábamos intrigados. Seguramente había unanimidad en los pensamientos: ¿quién era ese gordo inquietante?, nos preguntábamos. La ciudad ya no es lo que era hace algunos años, cuando todos se conocían y el chisme era comunitario, pasto para mitigar el aburrimiento. Ahora podía llegar un gordo al café y aunque su presencia fuera notoria y recurrente ya se daban casos de aislamiento total, de anonimato perfecto. Cierto jueves reparé en su ausencia. Pregunté a un mesero y me dijo sólo una palabra: murió. Dije ah viendo a otro lado y no pregunté más. Pasaron unos días y una tarde llegué al café. Todas las mesas estaban ocupadas, salvo la del gordo. Fui hacia allá, me senté y pedí lo de siempre. Al día siguiente ocurrió de nuevo, caí en la mesa del gordo. Al tercer día había muchos espacios disponibles en el local, pero adrede fui a sentarme en el mismo lugar. Poco a poco, tarde tras tarde, tomé posesión de aquel espacio y repetí la rutina tal y como lo hacía el gordo, sólo que yo nomás fulminaba una pieza de pan. Aprendí a cargar libros y a simular interés en ellos. Una tarde, al salir, vi que todos me miraban. Sospecho que se preguntaban quién era yo. Me gustó vivir en ese misterio, desconcertar a la concurrencia, crearme un aura intrigante. Más que el café, más que el pan, más que el libro mentiroso, lo que comenzó a deleitarme era sentir que otros me veían como veíamos al gordo, que en paz descanse.

domingo, enero 10, 2016

De Ax y sus maravillas
























Desde hace meses traía el pendiente de subir mi presentación, y la prasentación del propio autor, Alfredo Hernández (Torreón, 1943), a El prodigioso reino de Ax (Ayuntamiento de Torreón-SEC, 2013, Torreón, 97 pp.), libro que me sigue pareciendo, a un tiempo, desconcertante y hermoso. Subsano aquí esa deuda.

De cómo tuve noticia sobre Ax
Jaime Muñoz Vargas

El 24 de mayo de 2013 fui invitado a enunciar unas palabras en el homenaje que rindió San Pedro de las Colonias, Coahuila, a dos de sus ciudadanos más valiosos: el matrimonio de la poeta Concha Luna y el dramaturgo y narrador Alfredo Hernández. Asistí gustoso, seguro de que el reconocimiento era más que merecido, pues Concha y Alfredo son, para mí y para muchos que los conocemos, dos excelentes escritores y dos de los promotores culturales más entusiastas de La Laguna.
Al final de la ceremonia tuve la suerte de conversar en corto con Alfredo. Recién había elogiado en público sus relatos breves, y le insistí que debíamos hacer algo para verlos publicados. Fue entonces cuando, ya casi en la despedida, exactamente afuera de la Casa de la Casa de la Cultura de San Pedro, Alfredo soltó a regañadientes: “Tengo por allí unos textos que quizá puedan servir para algo. Hace muchos años publiqué algunos en el DF, pero necesito revisarlos y ordenarlos, pues no he vuelto a ese material en mucho tiempo. Lo llamé ‘El prodigioso reino de Ax’, y es una relación de cosas útiles, animales diversos, plantas, flores, minerales, asesinos, salteadores, músicos, poetas y demás gentes de buen y mal natural que hicieron grande y poderoso al reino de Ax. De eso trata más o menos”.
Algo me latió al oír este sumario. Sospeché de inmediato, basado en las microficciones de Alfredo que poco antes leí con motivo del homenaje, un valor literario que provocó mi inquietud y, claro, mi respuesta más apurada: “Mándame eso, maestro. Suena muy bien”.
Pocos días después envié una carta a Alfredo para preguntarle por Ax. Le dije que no había olvidado la propuesta y que esperaba con ansia el material. Respondió que estaba trabajando, que debía releer, pulir, reordenar todo. Esperé, y luego de unas semanas me llegó la primera tanda de estampas de El prodigioso reino de Ax. Apenas clavé el ojo en las cuartillas y advertí que se trataba —así, sin avisar— de uno de los libros más inteligentes y divertidos escritos en la historia de la literatura lagunera, pues en él su autor nos lleva a un mundo remoto y delirante, un reino poblado por objetos y criaturas del más extraño pelaje que, entre otros méritos, obligan a reflexionar sobre la condición ficcional inherente a buena parte de la escritura histórica. Acuñadas con exquisita prosa, vi que las estampas sobre Ax hacían guiños de jocosa y borgesiana erudición, y con ellos nos instalaba en la certeza de que el hombre, haga lo que haga y viva en la época en la que viva, siempre será un bicho estrambótico, un creador de desvaríos, un ser más próximo a la locura que a la razón. Pensé que era fácil augurar un inmediato aprecio a las páginas de este libro, animal bibliográfico tan asombroso que también parece obra del prodigioso reino de Ax y no de la literatura amonedada habitualmente en la Comarca Lagunera. Lo demás fue trabajar un poco con Alfredo y pedir a Luis García González el trabajo de ilustración que tampoco dudo en calificar como excelente, un complemento gráfico digno de total admiración y gratitud.
En resumen, El prodigioso reino de Ax es un libro que no debemos eludir. Su imaginación y su filoso humor nos obligan a celebrar la presencia de Alfredo Hernández, una presencia que da gusto reencontrar y compartir.
Comarca Lagunera, 22, octubre y 2013

Introducción al prodigioso reino de Ax
Alfredo Hernández

Aquel que fue declarado territorio estéril por los descubridores ingleses y portugueses, lugar proclamado maldito por los viajantes que posteriormente rescataron unos cuantos manuscritos conservados hasta la época presente, fue el reino de Ax cuyo recuerdo estuvo a punto de desaparecer. Un yermo de planicies inmensas cubiertas con un manto milenario de sal guarda las reliquias de aquel país que se desarrolló entre el prodigio y la locura de sus gobernantes, más lo segundo que lo primero. Historiadores de todo el mundo en todas las épocas han intentado penetrar en el misterio del lugar y el tiempo de este reino.
Más espesa que la capa salina que cubrió el territorio es la conjura que se propuso borrar todo rastro del paso de los hombres de Ax sobre la tierra. Esa confabulación provocó en muchas mentes el deseo de saber más de lo que las tradiciones y leyendas han transmitido. Contando con los amarillentos y quebradizos papeles de que ya dimos noticia, muchos alientan la esperanza de encontrar aquellas ciudades con palacios de muros de esmeralda.
Algunas mentes brillantes lograron penetrar en el misterio y acordaron mantener en secreto la historia para que los hombres del futuro, tú y yo, buscáramos nuestro propio camino sin las referencias de lo sorprendente que esconde la memoria de Ax.
De la colección de documentos conservados en la biblioteca del venerable J. L. Casares pudo extraerse el «Nova Totivs Terrarvm Orbis Geographica Ac Hydrographica Tabula, del auct: Henr: Hondio». En ese mapa, realizado en el primer tercio de 1600, aparece un espacio abajo del «Mar de India», la región «Terra Australis Incognita» que algunos identifican como asiento del reino perdido. El padre G. de Ockham, poco antes de ser excomulgado por el papa Juan XXII, descartó esa idea y propuso buscar en el lugar que hoy es conocido como Triángulo de las Bermudas, muy cerca del sitio donde se dice que se encontraron ruinas que confirman la existencia de la Atlántida.
En cuanto a la época del florecimiento de la cultura de Ax, nadie se pone de acuerdo, pues si bien Pitágoras emplea como metáfora la belleza física de todos los hombres y mujeres de aquel territorio, Tucídides introduce en La guerra del Peloponeso a uno de los embajadores griegos que tiene conocimiento exacto del lugar preciso donde se desarrolló la grandeza de aquel pueblo, sólo que éste no pronuncia palabra en todo el encuentro con los lacedemonios. Pero hay más todavía. Artistas, filósofos, historiadores, religiosos y buscadores de tesoros manejan secretamente algunos trozos de información que intercambian en medio de rigurosos acuerdos y luego cada uno a su manera intenta reconstruir el mapa real donde se ubica el lugar que ha motivado tantos afanes. Han pasado muchos años desde que el primero de estos hombres dio a conocer la estatuilla de bronce de la reina Tit en aquel oscuro museo de historia natural de un remoto poblado boliviano, confirmando con ello la existencia de lo que hasta entonces sólo había sido conjetura.
Todo lo referente a los hechos que ningún historiador quiere registrar, han sido transmitidos de boca a oído. Aún no hay nada escrito, salvo estos pocos registros recuperados del arca de hierro de un anticuario egipcio muerto en extrañas circunstancias. Pero esa es otra historia y no se relatará en estos documentos por temor a caer en imprecisiones o falsedades.

viernes, octubre 07, 2011

Entrevista para la Internacional Microcuentística



Hace unas semanas contesté algunas preguntas de la Internacional Microcuentística. Me las envió el escritor Martín Gardella, quien coordina ese espacio disponible en internet. He aquí el resultado.

1) ¿Qué denominación prefieres para el género brevísimo y por qué?
Uso tres casi indistintamente: microrrelato, micronarración y microficción (también con el prefijo mini). Si me forzaran a usar uno, optaría por micronarración, pero en las tres denominaciones veo insinuados los rasgos del texto cortísimo narrativo. Todo lo que sea corto y no necesariamente narrativo (el aforismo, la prosa poética…) queda englobado, de una manera más abarcadora y sin dejos minusvalorativos, como microtexto. Por narrativo entiendo al texto en prosa que, así sea en un palmo de papel, cuenta una “historia”, pone en funcionamiento un dispositivo verbal en el que el o los personajes desean algo, así sea muy tenuemente, y avanzan hacia su objetivo hasta obtenerlo o no obtenerlo.

2) Has publicado libros de diversos géneros. ¿Cuándo y donde surgió tu interés por el microrrelato?
Tengo contacto con el microrrelato (sin llamarle así hasta 1999) desde que comencé a leer con la idea de escribir mis propios textos, lo que ocurrió allá por mis 17 o 18 años, es decir, en 1982 u 83. Creo que los libros de Arreola fueron los que me hicieron ver que en una página o menos podía ser contada, eficazmente, una “historia”. Luego supe de Cortázar, de Monterroso (gracias a Saúl Rosales tengo la primera edición, de 1959, de Obras completas y otros cuentos, donde aparece “El dinosaurio”), de Torri. Más adelante, casi al llegar a los treinta años, leí a Papini y a Schwob; tanto el Gog como Vidas imaginarias me reiteraron la posibilidad de relatar con brevedad y malicia. De hecho, entre julio y agosto de 1991 publiqué en dos partes (conservo esas revistas) una aproximación que denominé “El cuento de pronto acabar”, donde además de reflexionar sobre la narración breve armé una especie de muestra con microrrelatos. Por mi falta de información en aquel momento no les llamé así (microrrelatos o microficciones o micronarraciones), pero es claro que me refería a eso y los ejemplos que di fueron muchos y contundentes, como “Sadismo y masoquismo”, de Enrique Anderson Imbert:

Escena en el infierno.
Sacher-Masoch se acerca al Marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
—¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
El Marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:
—No.

Entre los autores que cité estaban Arreola, Borges, Monterroso, Papini, Cortázar, Samperio, Valadés, Avilés Fabila y muchos más, de manera que para esas fechas ya tenía buen contacto con lo micronarrativo aunque no usara tal prefijo en esa palabra.

3) Como escritor, ¿qué elementos consideras que debe tener un microrrelato para ser eficaz?
Debe contar algo, plantear la presencia de un personaje (o dos o tres), no sé, al que le ocurre algo, lo que sea, que se resuelve con una frase paradójica, humorística, enigmática. Cuando digo “historia” o “personaje” lo hago consciente de que enuncio esto en un sentido peculiar, pues todo puede estar apenas insinuado: en “El dinosaurio” es claro que el protagonista, alguien que estaba dormido, está implícito en el verbo “despertó”. ¿Qué “objetivo” tiene? Seguramente que se borre lo que recién ha soñado. ¿Y cuál es el “desenlace”? Malo, pues el sueño no se desvanece cuando el “personaje” termina de dormir. Pues bien, todo esto ha sido expresado (o mejor: insinuado) en siete eficaces palabras, por tanto creo que en el microrrelato deben estar presentes un quién y un qué capaces de emitir insinuaciones que resuelven, con una ágil gambeta, la “historia” o la jugada, para seguir con la metáfora futbolera, en un pedacito de cancha. Pese a lo dicho, hay micros que parecen fugarse de este conato de descripción y son eficaces por su intertextualidad, por un calambur, por una sola palabra incluso. Como ocurre en los otros géneros, cualquier definición de micorrelato corre el riesgo de ser insuficiente y quedar anulada ante la realidad de la escritura.


4) Desde la perspectiva teórica, ¿cómo ves al microrrelato frente a otros géneros en términos estilísticos y comerciales? ¿Crees que haya un futuro editorial para el microrrelato?

En sentido estricto, no hay géneros buenos ni malos, sino, en todo caso, tratamientos afortunados y desafortunados. ¿La novela es mejor que el microrrelato aunque sea un best seller infumable? No podemos afirmar eso. Todo género tiene su encanto y desafía de manera distinta a quien lo trabaja y a quien lo decodifica. Ahora bien, en el mercado editorial es un hecho que excepto la novela, nada se salva, nada tiene esperanza de éxito comercial. Los poemas, los cuentos, el teatro no venden y por tanto no tienen plataformas de despegue “comercial”. El ensayo tiene espacio en el mercado siempre y cuanto no sea literario, es decir, se vende bien cuando aborda hechos de coyuntura, problemas políticos, historias tan cercanas como truculentas, asuntos de moda. En ese contexto, la narrativa en micro debe encontrar (como la poesía, como el cuento clásico) sus canchas y sus lectores. Sus catapultas no serán las grandes editoriales, por supuesto, sino las instancias culturales oficiales o las universidades, y también las editoriales independientes que hipotéticamente nacen para captar y promover lo que el mercado desprecia o al menos no acoge. Como a la poesía, como a todo, a la narrativa en micro le ha venido a favorecer el tiempo que vivimos: un tiempo acelerado, entrecortado, de flashazos, y también, obvio, las nuevas tecnologías, el internet que en su infinitud abre espacio para todos.

5) Como lector, ¿cuáles dirías que son los libros o autores infaltables en una biblioteca de un escritor que se quiere dedicar a la microliteratura?
Monterroso, Arreola, Schwob y sus Vidas imaginarias, el Papini del Gog y del Libro negro, el Cortázar de los cronopios…, Ana María Shua (de quién es, a mi ver, el mejor micro que jamás he leído, el cuento número 117 de La sueñera: “¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio”), mucho de lo que hizo Edmundo Valadés en la revista El cuento y los trabajos críticos, antológicos y creativos de David Lagmanovich.

6) Administras un blog, tienes Facebook. ¿De qué manera crees que influyen hoy las nuevas tecnologías en la microficción?
Tengo un blog: rutanortelaguna.blogspot.com, pero no publico allí mis micros aunque sí he reseñado libros o comentado asuntos relacionados con el tema. También tengo Facebook, donde aparezco con mi nombre, y este espacio sólo lo uso como aparador chismográfico. Otra plataforma, ideal para el microtexto, por cierto, es Twitter, donde me entreno en la síntesis forzada por el corsé de 140 caracteres. Creo que en Twitter (el mío es @rutanortelaguna) han aparecido, y aparecen a diario, excelentes microrrelatistas aunque no tengan conciencia de que lo son. Eso de que no sepan que son microrrelatistas casi consumados es lo de menos: lo que importa allí es la creatividad, el minirrelato chispeante y eficaz, ficticio o real, no la conciencia del género practicado.

7) ¿Cuáles son tus futuros proyectos en relación a la microficción?
Tengo un libro inédito titulado Arte de miniaturía, pero al parecer no me ha convencido y por eso seguirá siendo inédito. No escribo micros de manera “profesional”, es decir, no me los planteo deliberadamente. Los voy escribiendo de a poco, conforme van naciendo y sin quererlo, siempre a la vera de otras actividades de escritura. Eso sí, leo mucha micronarrativa y participo en encuentros sobre el género. Quizá este asunto me interesa más como lector que como hacedor, lo que por cierto no me hace sentir mal.

8) Además de la literatura, ¿qué otras cosas te apasionan?
El futbol, la lucha libre, el boxeo, el periodismo, cierta música, editar libros, trabajar en talleres literarios, la fotografía y el arte gráfico en general, el español y sus recovecos, la política, la gastronomía callejera, el cine, caminar, el whisky, el café y la Coca-Cola, dormir, despertar, conversar y navegar/boludear en muchos espacios propicios de internet.

Para poder conocerte desde otro lado, por favor completa los siguientes interrogantes:
Un cuento... “La intrusa”.
Una película... Los olvidados.
Una canción… “Coplas del payador perseguido” de Yupanqui.
Una comida… Los tacos.
Una ciudad... Buenos Aires.
Una frase... “Un amigo es uno mesmo en otro pellejo”.
Un equipo de fútbol… Dos: Cruz Azul y Santos Laguna, mexicanos.
Tu mayor logro como escritor: Tener la sospecha de que, pese a todo, sigo siéndolo.
Por favor, indícanos y transcribe aquí un microrrelato de tu autoría que te guste mucho, para publicarlo junto a la entrevista.

Microrrelato total
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel José Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?