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sábado, octubre 05, 2024

Mucha más gente de Leñero

 











Supongo que, como casi todos los escritores que además fueron periodistas, Vicente Leñero (Guadalajara, 1933-Ciudad de México, 2014) dejó muchos textos por imprimir o incluso, en el caso de sus materiales hemerográficos, por organizar y publicar. No todo lo que queda en carpetas sirve para llegar al libro, es verdad, pero con un poco de depuración es viable transformarlo en volúmenes asequibles para los lectores. En el caso de Leñero, no es poco lo que escribió primero para la prensa y luego, poco a poco, fue arracimando en títulos como La Zona Rosa y otros reportajes, Talacha periodística y Periodismo de emergencia. No es, ni de él ni de nadie como él, lo más valorado de su escritura, pero muchos lectores —entre los que me cuento— lo aprecian como parte significativa de su obra dado que como profesional de la escritura no sólo fue novelista y dramaturgo, sino también abundante periodista (precisamente, combinó ambas pericias en Los periodistas y Asesinato, consideradas sus dos novelas sin ficción).

Uno de los títulos de la índole que describo es Más gente así, compilación de piezas con sabor, la mayoría, a crónica. Lo leí y lo reseñé hace poco más de tres años sin saber que tenía un antecedente: Gente así. Tampoco sabía de la existencia de Mucho más gente así (Alfaguara, México, 2017, 256 pp.), que recién leí y me parece un libro atendible. Sólo me falta pues el primero para afirmar que he recorrido esta trilogía; en ella no está, insisto, el mejor Leñero, pero si aquél cuya pasión por contar la realidad lo acompañó hasta el final de sus días. Echo un vistazo en caída libre a las doce piezas que componen este título.

“Fumar o no fumar” es una crónica de su adicción al tabaco. Expone casos de escritores entregados al cigarrillo y de allí pasa a su caso y cómo luchó para vencerlo. Tuvo siete años de abstinencia, recayó y al final confiesa que ya no lo dejaría. Algo observa también sobre las campañas que amedrentan al fumador con imágenes pavorosas en las cajetillas, lo cual también me parece el colmo del mal gusto.

Amplía crónica sobre los encuentros y desencuentros periodísticos de Leñero con el subcomandante es “Al acoso de Marcos”. Describe el revuelo que causó la disputa por sus entrevistas, lo que parece la prehistoria aunque aquello ocurrió a mediados de los 90. Un fleco importante del relato es la obsesión periodística de Julio Scherer, su fervor por “la exclusiva”. Pasa rápido sobre la foto de Marcos exhibida durante el zedillato en la PGR por Juan Ignacio Zavala —el cuñado de Calderón— cuando todavía era usuario de pelo en la cabeza.

En “Yuliet” trabaja sobre la delgada línea que separa la ficción de la crónica. Yuliet es una ricachona lesbiana que asiste al taller de dramaturgia impartido por Leñero. A punta de billetes, ella lo aísla para que la apoye en la escritura de una novela autobiográfica. Trabajan en su caserón, pero ella es una escritora caótica, no respeta ninguna regla. Al final ocurre un hecho violento y el destino de Yuliet parece cerrarse con la publicación de su novela-bodrio Mis amores.

“Oraciones fúnebres” presenta tres necrológicas: de Garibay, Rascón Banda y Granados Chapa. En ellas destaca, respectivamente, la fiereza, el pleiteo contra todos, el oído para la armadura de diálogos, la enormidad de sus propósitos literarios; el fervor por hacer teatro con la realidad, la voluntad de convertir en pieza para la escena todo lo que ocurre alrededor de la vida; y la tenacidad, el silencio, la memoria y la pulcritud fría al hacer periodismo de opinión. Son excelentes semblanzas, todas escritas en función de la cercanía profesional y afectiva.

En “El casillero del diablo” arma otro texto urdido en la franja realidad-ficción. Trata sobre un libro de Enrique Maza cuyo tema fue el diablo, obra debatida y al final censurada por Roma. Allí mismo cuenta una anécdota de Fernando Zamora, amigo que se interesó por asistir a un curso sobre exorcismo. Zamora le inventa que en el cursillo conoció a un cura dizque poseído, pues la gente cercana a su vida moría misteriosamente. Es un juego que al parecer Zamora inventó para que Leñero urdiera después un documento realista a partir de la ficción, al revés de lo que sucede la mayor parte de las veces.

“Manual para vendedores” es una crónica del engargolado que le envía un viejo amigo de la primaria, a quien no recuerda. Es vendedor. Se cita con él en un café y no cesa de contestar llamadas al celular. Leñero se va. Pasa un tiempo y se arrepiente, siente culpa y le llama. Hay una sorpresa final que no develo, lo que da a la pieza un remate de cuento.

Recuerdo escrito en primera persona del presente, “Mañana se va a morir mi padre” trata sobre el día en el que revisan a su padre por un posible tumor en el cerebro. La cosa viene de unos meses atrás, desde que su viejo entró en el deterioro anticipatorio del fin. Aparecen su hermano y su hermana, su madre, su cuñada, su esposa Estela y, claro, su padre tendido en la cama, perdida la mirada, débil, frente a un tal doctor Del Cueto. El título es elocuente: revive el día anterior a la muerte de su padre y lo que hicieron sus familiares.

“El ajedrez de Casablanca” es la historia de la jovencita Julia María, ajedrecista michoacana huérfana que en la Ciudad de México ganó una beca para mejorar su ajedrez. Vive con sus tíos y consigue el trabajo de acompañar a cierto viejo en un asilo, quien la contrata para jugar. No le paga las partidas y le regala un tablero que supuesta, que mañosamente perteneció a Capablanca. Como siempre en los relatos de Leñero, se siente la naturalidad de una prosa oscilante entre lo literario y lo periodístico, magnética.

Especie de cuento con preámbulo y conclusión, no muy logrado, es “El flechazo”. La nieta de Leñero le pide un cuento de amor. Él lo escribe. Trata sobre un joven representante de compañías farmacéuticas que está de visita en Salvatierra, Guanajuato. En el consultorio de un doctor conoce a la recepcionista Glafira y de inmediato se enamora de ella. No digo más. Es un relato simple, casi elemental y creo prescindible.

“La pequeña espina de Alfonso Reyes” aborda una acusación ¡de plagio! Al más importante escritor mexicano del siglo pasado. Hizo su defensa José Emilio Pacheco, quien al parecer dejó noqueados a los detractores que en su momento aprovecharon una bicoca para echar pestes contra el polígrafo.

Relato de una especie de administrador o lavador de dinero de los narcos tijuanenses es “La noche del Rayo López”. Desde el meollo de la delincuencia, el empleado de los criminales habla sobre los tratos entre capos, y particularmente de una fiesta donde manda “Benjamín”; también, de una reunión convocada por el pesado Félix Gallardo. Es un texto que basa su eficacia en la oralidad trocha, siempre brutal y pedestre, de los narcos.

El último texto es “Queen Federika”, una especie de memoria parcial sobre su paso juvenil por la España franquista y el regreso a América en un barco de octava categoría.

Libro misceláneo, insisto en que no es de los más importantes en la producción de Vicente Leñero; Mucho más gente así (creo que el título debió ser “mucha”) contiene piezas estimables, otras regulares y una o dos dignas de supresión y olvido. En cualquier caso, es un título cómodo, útil para la convivencia relajada con uno de los mejores escritores-periodistas que nos dio el siglo XX mexicano.

sábado, mayo 22, 2021

Casa cincuentona


 








En 1971, ya con el echeverriato a todo demagógico tren, fue publicada la primera edición de La casa que arde de noche (Joaquín Mortiz, serie Del volador), de Ricardo Garibay (Tulancingo, Hidalgo, 1923-Ciudad de México, 1999). Es, como algunos lo saben, un relato que podemos colocar en el casillero de la novela corta o nouvelle, quizá una de las más destacadas de su tipo en el mapa de la literatura mexicana. Por razones académicas, hace poco la releí y volví a sentirla vigorosa, rasposamente poética, cruda y entrañable. No me gustó lo que denomino “retratismo fonético”, esa manía heredada del criollismo inclinada a fotografiar el habla popular de una manera tan fiel que a veces torna difícil la lectura sobre todo de los diálogos; sé que el intento de los narradores que apelaron a este registro de la oralidad es captar la esencia y el flujo del habla en su estado más puro y realista, pero siento que tal camino lleva irremediablemente al envejecimiento prematuro del retrato fonético, además de que olvida un detalle importante: que no todos escuchamos igual, de ahí que fotografiar la oralidad sea riesgoso. Salvo algunos pasajes de esta índole, la famosa casa de Garibay cumple el tostón y todavía se deja revisitar con gusto, cómo no.

Mi primer contacto con este librito se dio a mediados de los ochenta, cuando lo compré gracias a la edición y el tiraje masivo alentado por la SEP durante el sexenio de De la Madrid. La serie que ponía esos volúmenes a la mano de casi cualquier transeúnte se llamó Lecturas Mexicanas, y sus libros aparecían uno por semana para la venta en puestos de periódicos. Eran tan económicos que hasta yo pude comprar todos los títulos de la primera y segunda series. La idea de la SEP era coordinarse con editoriales comerciales mexicanas para reimprimir libros que previamente habían salido con sus respectivos sellos. Al contratar un título, lo publicaban con el logo de la editorial y de la SEP al alimón, y salía con un tiraje de setenta mil ejemplares. En un país de tirajes más bien ralos, de dos o tres mil ejemplares a lo sumo, poner en marcha grandes tiradas garantizaba que cada libro llegara a donde tenía que llegar: las manos del lector.

Así fue como di con La casa que arde de noche, número 45 de la segunda serie de Lecturas Mexicanas. Al volver otra vez sus páginas me reencuentro con la historia del prostíbulo clavado en el desierto del norte mexicano, cerca de la frontera con Estados Unidos. Mucho de atemporal, de onírico, de aneblado tiene la atmósfera del lugar, y la poesía del relato es como un oxímoron que embellece lo terrible, lo ruin, como en el hermoso trazo que describe la condición del todopoderoso Eleazar, quien tras una larga ausencia vuelve al lupanar que alguna vez fue suyo: “La Alazana no se da cuenta de que Eleazar sufre sin saberlo una fatiga que se le ha asentado en la raíz de los huesos; que es muy difícil que aún haya algo que lo anime. Cuanto ella pueda hacer u ofrecerle, Eleazar lo ha tenido varias veces desde hace mucho tiempo. Ningún espectáculo, ningún olor, ninguna violencia, ningún goce, nada del mundo oscuro puede sorprenderlo ni conmoverlo ni despertarle apetito. Siete años de ausencia, que aquí sólo él conoce, fueron siete años pasados en los más intrincados recovecos de lo que no debe saberse. Fracasó en su intento de ser gran empresario del vicio, pero chapoteó ahí, se hundió ahí hasta las narices, se saturó de la tristeza que absorbe el cuerpo voraz y continuamente ahíto. Su espíritu aletargado acabó apagándose, y ahora sus ojos sólo ven lo que han visto hasta la saciedad, y no pueden ver la posibilidad de otra existencia, otro modo de vivir”.

Como este momento tiene muchos la novelita, todos al servicio de un relato en el que Eleazar, la Alazana, Esperia y Sara se debaten en una casa que más que casa es una sucursal, como tantas en la realidad, del infierno.

sábado, abril 24, 2021

Las estratagemas de don Ernesto


 








Para recordarlo no necesito esforzarme mucho. Tenía alrededor de veinte años y ya me devoraba por dentro el fuego de la literatura, el deseo, trastabillante aún, de escribir. No tenía muchos modelos a mi alrededor, leía sin brújula y soñaba con un destino vinculado al ejercicio de las letras. Era joven, era ingenuo, “un buen muchacho, menos plata que ilusión”, como dice cierto tango. Dado que el vendaval de internet todavía no alborotaba el medio ambiente, mi obsesión por coleccionar papeles comenzó a crecer y a pegarse en mi alma como uña de gato. Compraba libros y revistas, juntaba suplementos culturales, me “formaba” como dios y el diablo me daban a entender. Además de aquellos papeles, había otra fuente de inspiración, disculpen la cursilería, para mis afanes de escritor en cierne: la televisión. Aunque suene inverosímil, la tele fue uno de los estímulos más poderosos que tuve al alcance de la vista y del oído en aquellos tiempos todavía heroicos, los ochenta.

A la vera de las telenovelas y de toda la quincalla que aparecer solía en televisión, dos o tres programas culturales daban margen a la aparición, escasa pero sostenida, de escritores. Televisa abría su horario nocturno, el menos socorrido por los televidentes, para que Octavio Paz o Juan José Arreola, en distintos momentos, hicieran de las brillantes suyas, y el periodista Ricardo Rocha, en el programa Para gente grande —que pasaba los domingos a mediodía, un horario intragable para el grueso de la población— entrevistaba frecuentemente a escritores, artistas e intelectuales de muy distintas latitudes. Por su parte, Imevisión, que sería luego TVAzteca, abría mejor cancha, dada su obligación de no ser tan “comercial”, a varios escritores. Recuerdo programas, buenos programas, con conductores como la China María Luisa Mendoza, cápsulas literarias de la dramaturga Maruxa Vilalta, monólogos del siempre cejijunto Ricardo Garibay y emisiones con el edulcorado Germán Dehesa. No era poco si lo comparamos con la tele que nos infligieron poco después.

A tal menú debo agregar un segmento televisivo que fue determinante para mi formación o lo que yo creía que era “mi formación”: la barra de programas que tenía el locutor Jorge Saldaña los sábados por la mañana. Cuando murió Saldaña, hace no tanto, recordé su proeza televisiva, y hoy vuelvo a celebrarla. Tenía el veracruzano un combo de invitados que yo escuchaba con devoción en Desayunos con Saldaña. Al terminar pasaba a pilotear otro programa, Sopa de letras, en el que un colegio de filólogos analizaba palabras, compartía definiciones y etimologías. Destacaban Arrigo Cohen Anitúa, Francisco Luguori, Alfonso Torres Lemus y otros. Poco después se sumó Ernesto de la Peña Muñoz (Ciudad de México, 1927-2012), erudito, gordezuelo, bonachón y políglota. Bastó oírlo desmenuzar el origen de alguna palabra para reconocer en él a un maestro total, apabullante. Luego me enteré de que, como suele ocurrir con los eruditos que son más bodega que fábrica, tenía una obra publicada rala, aunque tal vez no poca escrita. Ya en la década de los noventa tuve la fortuna de conocerlo cuando ofreció una conferencia en el paraninfo de la Universidad Autónoma de Chihuahua, donde grabé (en un cassette) sus palabras, una ponencia que luego transcribí y publiqué.

En la semana que declina, al acomodar libros me topé por accidente con Las estratagemas de Dios (Domés, México, 1988) que no sé dónde ni cuándo compré a cinco fierros. Al releerlo percibí una suerte de mutación: recordaba haberlo leído con dificultad, una dificultad que tornó algo ingrata su lectura. Treinta años después, ya con más info en los sesos, he disfrutado a plenitud sus relatos, su prosa a un tiempo lúdica y erudita, su adjetivación un tanto ornamental pero siempre imantada por la cercanía de figuras como la hipálage, que suele, bien usada, impregnar lo escrito de un aroma hechizante.

Pasados los años, he pescado más libros de De la Peña, un maestro poco leído, supongo, para mala fortuna no de don Ernesto, sino de sus potencialmente felices lectores.


sábado, agosto 08, 2020

Lección del CEM















¿Qué tienen en común Carlos Monsiváis, Homero Aridjis, Inés Arredondo, Juan José Arreola, Rubén Bonifaz Nuño, Emmanuel Carballo, Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Fernando del Paso, Guadalupe Dueñas, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Sergio Galindo, Juan García Ponce, Ricardo Garibay, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Gustavo Sáinz, Héctor Azar, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández y Jorge Ibargüengoitia? Hay dos respuestas obvias: que son mexicanos y que son escritores. Otra respuesta posible es que todos pertenecen ya, con los asegunes que poner queramos, al canon literario mexicano; a su modo son parte, por ello, de nuestros clásicos contemporáneos.
No sé si alguna respuesta dio en otra coincidencia: alguna vez los susodichos fueron becarios del Centro Mexicano de Escritores (CME).Cierto que con CME o sin CME los escritores de la lista iban a serlo, a publicar y a ganar concursos, a dar clases y conferencias, a editar y ser parte de nuestro servicio diplomático, pero es un hecho que de algo habrá servido la beca y las reuniones en el CME para estimular, orientar y definir las carreras de quienes fueron abrazados por tal sigla. Un apoyo no es determinante para que cuaje la vocación de un escritor, pero sin duda, cuando halla tierra fértil, puede impulsar trabajos literarios ambiciosos, a veces malogrados en su ejecución inmediata, pero que favorecen la ulterior madurez del escritor.
El CME fue creado en el 1951 por iniciativa de la escritora norteamericana Margaret Shedd, quien contó con la asesoría de Alfonso Reyes. Fue una institución itinerante, y sirvió sobre todo para analizar la obra en marcha de escritores jóvenes o relativamente jóvenes.
Para quienes comenzamos a leer seriamente en los setenta/ochenta, era muy frecuente encontrar cierto dato en las solapas de los libros: además de los generales del autor como la fecha y el lugar de nacimiento, la formación académica, los premios y los libros publicados (cuando los había), no faltaba este renglón: “becario del Centro Mexicano de Escritores”. El CME se convirtió pues en una suerte de lugar mítico, en la juvenil tierra prometida de muchos escritores que en las dos últimas décadas del siglo se convertirían en vacas sagradas de nuestra literatura.
Al leer los nombres de todos los becarios es posible advertir que el apoyo, es decir, las becas y las asesorías, no garantizan la germinación de las carreras artísticas (muchos de quienes estuvieron en el CME se afantasmaron con el paso del tiempo). Si así fuera, sólo sería necesario invertir plata para ver el florecimiento de Rosario Castellanos o Juan Rulfo. La realidad es que todo tiene algo de técnico y de misterioso. Por un lado, son necesarios los apoyos, la selección honesta, el seguimiento; por otro, y he aquí lo misterioso, la suerte, el viento que a veces sopla a favor y a veces no. Así entonces, si a la rigurosa selección de los candidatos y a la crítica severa para formarlos se suma la suerte, puede ser que una institución dé con el paradero de Inés Arredondo y Jorge Ibargüengoitia, como lo hizo el CME. No es fácil, pero cualquier buena voluntad institucional —el de alguna fundación, por ejemplo— puede intentarlo.

sábado, marzo 22, 2014

Nadie te espera
















Hay una afirmación de Ricardo Garibay en Oficio de leer (Océano, 1996) que me deslumbra: “Un paradero literario es una frase donde hay que detenerse”. Esta frase es pues, también, un “paradero”. La siento justa porque siempre que leo, y también cuando escucho, hay puñados de palabras que logran decir más que otros, como si fueran sentencias o aforismos o axiomas involuntarios. Esas frases pueden salir de la pluma de Voltaire o de la boca del compita que nos cambia la Firestone en una vulka, todo depende del misterioso encanto que contenga la pizca de palabras.
Recuerdo una. Oriundo del interior argentino, un padrote fracasado (ignoro si esto es un pleonasmo) recuerda su llegada a Buenos Aires. Aparece en el cuento “El precio del amor”, de Ricardo Piglia, y su imagen se me quedó adherida a la memoria. Cuando el personaje narrador describe su llegada a la capital, dice: “En esta ciudad de mierda, ¿te das cuenta? Uno llega, piensa que lo están esperando. Cuando quiere acordarse, está perdido, triturado”. Toda su tragedia ulterior estuvo cifrada entonces en ese comienzo: “Uno llega, piensa que lo están esperando”, pero en realidad no hay una sola persona que de veras tenga los brazos abiertos, la mano tendida para ayudar.
Cuando el hombre es joven y por necesidad debe dejar su primer espacio —el pueblo-útero que lo arropó en los años de primera formación—, es frecuente su tendencia a pensar que alguien, quien sea, estará esperando del otro lado de los cerros o del agua. La realidad es otra, por eso al personaje de Piglia le va como le va: es triturado. Ocurre casi lo mismo —no sé por qué siempre lo he pensado así— con el escritor muy joven acosado por el ansia de publicar. Hoy existe la válvula despresurizadora de las redes sociales y los blogs para compartir lo primero que va saliendo de la impetuosa vena, pero el libro sigue firme como fetiche ideal para paliar las urgencias de quien desea darse a conocer como “escritor” y tal vez, por qué no, alcanzar el estrellato.
Por experiencia vivida y leída sé que es muy difícil resistir la punzada de publicar recién agrietado el cascarón. Cuando alguien descubre que escribir es “lo suyo”, no falta que antes de articular algo decoroso, lo que sea, ya se imagine firmando libros y estremeciendo a la humanidad con párrafos y estrofas más bien calisténicos, de mero calentamiento. En esta etapa no cabe por lo general ni un átomo de escepticismo. Eso viene luego, después de publicar dos o tres libros y darse cuenta de que la gente recibe esas creaturas como quien recibe el martes. En tal momento se demuestra la verdadera vocación: si uno es triturado por la indiferencia y de todos modos sigue dándole al teclado, allí está clara.
Ser Rimbaud es un tanto complicado, así que es muy común que los primeros y apresurados libros sólo tengan un valor curricular. Quizá, si el escritor avanza y cuaja, la crítica los ubicará como embriones de lo que luego llegó, rastreará en ellos las preocupaciones que después se convirtieron en el hueso y la carne de la obra madura. Pienso por ejemplo en ¡Écue-Yamba-O!, Fervor de Buenos Aires y Los jefes, libros de los que sus autores (Carpentier, Borges y Vargas Llosa, respectivamente) hablaron siempre como quien confiesa sus pecados juveniles.
No veo mal, sin embargo, que el joven escritor (o a veces no tan joven) quiera publicar con la premura de una ambulancia. Lo que debe saber, aunque duela, es que nadie estará esperando y quizá nadie, jamás, vaya a hacerlo. Si prosigue pese a esto, muy bien. Si no, también.

miércoles, septiembre 02, 2009

Instantáneas de Garibay



He descrito ya, no recuerdo cuándo ni dónde, que la fama de volcán que tenía Ricardo Garibay (1923-1999) no me impidió acercarme a él para pedirle una entrevista. No sé cómo le hice, pero nervioso y todo me acerqué para solicitar que platicáramos. Yo no tenía qué perder, así que con algo de cinismo me aproximé a él luego de que despachó una conferencia mañanera en el paraninfo de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Mi sorpresa fue grande cuando dijo que estaba cansado, pero que me esperaba en el café de su hotel a las cinco de la tarde. Y allá fui. Creo que aquello ocurrió en 1993 o 94. Conversé con Garibay como tres horas, luego publiqué la larga entrevista y nunca se la mandé, pues me daba pavor imaginar su opinión sobre el vaciado de las respuestas. Luego lo vi otra vez, cuando lo presenté en una Feria del Libro organizada por la UIA en el Casino de los Industriales, en Torreón.
Por supuesto, mis referencias sobre este escritor hidalguense eran varias y diversas antes de conocerlo: lo había leído (La casa que arde de noche, Beber un cáliz), lo había visto en la tele (sus huraños monólogos en Imevisión) y lo leía muy seguido, casi cada semana, en su columna de Proceso. Debido a esos antecedentes, porque el viejo era duro de roer y no se doblaba con cualquier sabandija, mi encuentro con él fue revelador: lejos de ser bronco me trató con una deferencia que hasta la fecha me impresiona.
Por todo eso veo con gusto que ahora lo estén recordando a propósito de su décimo aniversario luctuoso. No fue, por su carácter, el más celebrado de los escritores mexicanos, pero creo que su obra se irá imponiendo como una de las más consistentes en la narrativa mexicana del siglo XX. De hecho, poco a poco, apagado el vendaval de su personalidad en vivo, va quedando lo mejor de aquel hombre: su literatura, una literatura que nos introduce a mundos recios y realistas, al fango, al dolor y la violencia, a la desolación del ser humano frente al ser humano. Sobre él han opinado muchos que lo conocieron y que, como yo, probaron que su gesto agrio era tal vez la coraza tras la que se escondía un sujeto con grandes deseos de conversar y compartir experiencias. Ahora, pues, al cumplir diez años de muerto, nada como echarle un ojo a cualquiera de sus libros, que por otro lado no son densos ni aparatosos.
Para dibujar mejor a Garibay traigo cuatro instantáneas de colegas suyos que lo trataron y lo leyeron: “Ricardo Garibay aparece como un artesano riguroso de la palabra eclipsado por la fuerza de una personalidad malhumorada, a veces estrepitosa, orgullosa hasta el enfado. Algo en él recuerda a Ernest Hemingway: el culto del hombre rudo, la devoción machista, aparejada a un deportivo virtuosismo del cuento real. Era, ¿quién lo duda?, un asceta del sueño y de la fantasía, a los que nunca sucumbió. Su musa no venía del trasmundo: era mundana e hiperrealista. Se complacía en los diálogos callejeros, en las pendencias del pugilato, en los discretos encantos de la miseria y en las variedades de la experiencia arrabalera, en la fauna y en la comedia urbana” (Adolfo Castañón). “Con todo y su aspereza, sus modos de relación en los que solió primar la jactancia, hizo amigos buenos que le durarían toda la vida. Su inteligencia fue sólida y flexible, ávida de novedades y leal a sus pasiones” (Juan José Reyes). “A pesar de que haya sido un hereje, hecho por el cual no fuera tan reconocido como se lo merece, Garibay utilizó el lenguaje del vulgo para hacer grandes obras maestras, ese lenguaje que se hereda del pueblo, de la gente que hace la lengua”, (Agustín Ramos). “Garibay era un torrente de talento y cultura, de justa agresividad. Implacable y severo, no toleraba torpezas ni lo impresionaban los talentos surgidos al amparo de la publicidad” (René Avilés Fabila). Como podemos apreciar, la admiración por Ricardo Garibay sigue creciendo, lenta pero ininterrumpidamente.