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miércoles, enero 08, 2025

Con trabajo


 











Sé que es fallida, pero la idea del título encierra, miren pues, la palabra “contrabajo”, instrumento musical cuya ejecución y mero transporte se da, indefectiblemente, con-trabajo. En la nouvelle El contrabajo (Seix Barral, México, 1987, 92 pp.), de Patrick Süskind (Ambach, Alemania, 1949), asistimos a un monólogo que toma como pretexto aquel incómodo instrumento para contarnos algunas calamidades que son moneda común en la realidad humana. La principal, creo, es ésta: que ciertos oficios son terribles y al mismo tiempo fundamentales.

Dice más, por supuesto, todo con erudición musical, pero puedo suponer que la ya mencionada es una de sus intenciones medulares. En términos de forma, El contrabajo es una novela corta, como ya lo observé, con pedante galicismo, al llamarla nouvelle (en su origen se planteó como obra teatral, pero no representada se deja abordar como relato). La narración fluye entonces de dos maneras: una, mediante el monólogo del músico, y dos, con las acotaciones de índole teatral que de manera intermitente precisan la acción, como pespunte en cursivas, del tipo convencional en la dramaturgia: “Interrumpe la música y bebe”.

Es de notar que su tiempo objetivo no pasa de un corto rato. El subjetivo va más allá, pues toca momentos del pasado vivido por el contrabajista. Todo lo que dice es, como ya señalé, un monólogo, pero bien puede ser un soliloquio, ya que el interlocutor, si lo hay, jamás aparece ni expresa una palabra. Un detalle que mueve a pensar en la hipótesis de que el hablante está loco o al menos algo obnubilado por la ingesta de alcohol, es que bebe cerveza durante todo el rato y permanece casi fijo en su departamento insonorizado.

La cerveza y el monólogo recuerdan “Luvina”, el cuento de Juan Rulfo en el que una sola voz explica, inmóvil, cómo es aquel pueblo afantasmado y refractario a toda forma de alegría. La voz que habla en la historia de Süskind opera de modo análogo: parece que alguien llegó a su buhardilla y le preguntó qué es un contrabajo. La respuesta del músico es el monólogo por el que se resbalan nuestros ojos, una descripción que desborda las características, la historia y el uso del instrumento —panegírico y diatriba a la vez—, pues termina enumerando las heterogéneas miserias económicas, sexuales y sociales padecidas por el relator debido a su vínculo con al absurdo mastodonte de madera y cuatro cuerdas. Al final de la obra podemos acusar una suerte de abatimiento: si trabajar con el contrabajo condena a ese infierno, ¿qué podemos esperar quienes nos ganamos el pan en algo nada sublime?

Trato de no buscar flecos simbólicos en lo que leo, pero aquí atreveré una pálida excepción: el contrabajo de la historia es un símbolo de lo que pesa la existencia, cualquier existencia, cuando lo que hacemos es invisible, marginal, de octava categoría y a la vez estresante. Aprender a sobrellevar tal destino, tragarse a diario el sapo de la existencia gris que (también a diario) nos demuele, es un desafío que quizá, como lo hace el personaje de Süskind, demanda una buena y justificada y frecuente dosis de cerveza o de cualquier otro analgésico.

miércoles, marzo 08, 2023

Viejo lector de Sepúlveda












La memoria abre, no sé por qué, agujeros que es a veces imposible rellenar con la materia prima del recuerdo. Supongo que fue hace treinta años cuando, no sé dónde ni cómo, di con la nouvelle —forma algo mamilas de llamar a la novela corta— Un viejo que leía novelas de amor (Tusquets, 1993, 137 pp.), de Luis Sepúlveda (Chile, 1949-España, 2020). El entusiasmo que me despertó fue inmediato, así que poco después de aquel primer contacto tuve inmediatamente otros: Diario de un killer sentimental y Mundo del fin del mundo. No agoté, por supuesto, a Sepúlveda, escritor con una bibliografía de más de treinta títulos. De hecho, tengo dos libros más cuya lectura adeudo: Nombre de torero y Patagonia Express. Ya llegará.

Por ahora, en lugar de leer lo que me aguarda disponible del mismo Sepúlveda, he releído Un viejo que leía novelas de amor. Lo hice porque, otra vez no sé dónde ni cómo, la había perdido. El antojo de releerla me nació porque la reencontré en El Libro Usado, de la calle Falcón casi esquina con Morelos, exactamente en la misma edición tal vez extraviada en alguna de mis mudanzas. Al volver a tenerla en las manos advertí que se había abierto un pozo en mi memoria: yo sabía que me había gustado, pero sólo o casi sólo eso. Los detalles, es decir, sus personajes, sus peripecias, se me habían borrado del disco duro, y nomás retenía una modesta idea de su atmósfera selvática y su buena prosa.

Releer un libro tan breve no es meritorio, y menos si es así de ágil. Fue este rasgo —su fluidez, su transparencia— lo que le granjeó millones (sí: millones) de ejemplares vendidos, numerosas traducciones e incluso la adaptación al cine. Ahora que lo pienso, quizá supe de este libro gracias a su éxito, gracias a que la crítica lo acogió como valiosa novedad hace treinta años, en 1993.

Como siempre en estos casos, temía que la novelita “se me cayera de las manos”, que no me agradara tres décadas después. Y no: me agradó tanto o más que en la primera lectura, de manera que, así sea a destiempo, la recomiendo. Algo en ella (el estilo de su humor y, claro, el entorno donde su ubica, la selva ecuatoriana) me recuerda a García Márquez, aunque sin realismo mágico.

¿De qué trata? Bueno, se me acabó el espacio. Pero no batallen: Un viejo que leía novelas de amor es fácil de conseguir y más aún de leer.

sábado, mayo 22, 2021

Casa cincuentona


 








En 1971, ya con el echeverriato a todo demagógico tren, fue publicada la primera edición de La casa que arde de noche (Joaquín Mortiz, serie Del volador), de Ricardo Garibay (Tulancingo, Hidalgo, 1923-Ciudad de México, 1999). Es, como algunos lo saben, un relato que podemos colocar en el casillero de la novela corta o nouvelle, quizá una de las más destacadas de su tipo en el mapa de la literatura mexicana. Por razones académicas, hace poco la releí y volví a sentirla vigorosa, rasposamente poética, cruda y entrañable. No me gustó lo que denomino “retratismo fonético”, esa manía heredada del criollismo inclinada a fotografiar el habla popular de una manera tan fiel que a veces torna difícil la lectura sobre todo de los diálogos; sé que el intento de los narradores que apelaron a este registro de la oralidad es captar la esencia y el flujo del habla en su estado más puro y realista, pero siento que tal camino lleva irremediablemente al envejecimiento prematuro del retrato fonético, además de que olvida un detalle importante: que no todos escuchamos igual, de ahí que fotografiar la oralidad sea riesgoso. Salvo algunos pasajes de esta índole, la famosa casa de Garibay cumple el tostón y todavía se deja revisitar con gusto, cómo no.

Mi primer contacto con este librito se dio a mediados de los ochenta, cuando lo compré gracias a la edición y el tiraje masivo alentado por la SEP durante el sexenio de De la Madrid. La serie que ponía esos volúmenes a la mano de casi cualquier transeúnte se llamó Lecturas Mexicanas, y sus libros aparecían uno por semana para la venta en puestos de periódicos. Eran tan económicos que hasta yo pude comprar todos los títulos de la primera y segunda series. La idea de la SEP era coordinarse con editoriales comerciales mexicanas para reimprimir libros que previamente habían salido con sus respectivos sellos. Al contratar un título, lo publicaban con el logo de la editorial y de la SEP al alimón, y salía con un tiraje de setenta mil ejemplares. En un país de tirajes más bien ralos, de dos o tres mil ejemplares a lo sumo, poner en marcha grandes tiradas garantizaba que cada libro llegara a donde tenía que llegar: las manos del lector.

Así fue como di con La casa que arde de noche, número 45 de la segunda serie de Lecturas Mexicanas. Al volver otra vez sus páginas me reencuentro con la historia del prostíbulo clavado en el desierto del norte mexicano, cerca de la frontera con Estados Unidos. Mucho de atemporal, de onírico, de aneblado tiene la atmósfera del lugar, y la poesía del relato es como un oxímoron que embellece lo terrible, lo ruin, como en el hermoso trazo que describe la condición del todopoderoso Eleazar, quien tras una larga ausencia vuelve al lupanar que alguna vez fue suyo: “La Alazana no se da cuenta de que Eleazar sufre sin saberlo una fatiga que se le ha asentado en la raíz de los huesos; que es muy difícil que aún haya algo que lo anime. Cuanto ella pueda hacer u ofrecerle, Eleazar lo ha tenido varias veces desde hace mucho tiempo. Ningún espectáculo, ningún olor, ninguna violencia, ningún goce, nada del mundo oscuro puede sorprenderlo ni conmoverlo ni despertarle apetito. Siete años de ausencia, que aquí sólo él conoce, fueron siete años pasados en los más intrincados recovecos de lo que no debe saberse. Fracasó en su intento de ser gran empresario del vicio, pero chapoteó ahí, se hundió ahí hasta las narices, se saturó de la tristeza que absorbe el cuerpo voraz y continuamente ahíto. Su espíritu aletargado acabó apagándose, y ahora sus ojos sólo ven lo que han visto hasta la saciedad, y no pueden ver la posibilidad de otra existencia, otro modo de vivir”.

Como este momento tiene muchos la novelita, todos al servicio de un relato en el que Eleazar, la Alazana, Esperia y Sara se debaten en una casa que más que casa es una sucursal, como tantas en la realidad, del infierno.