Mostrando las entradas con la etiqueta rubén bonifaz nuño. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta rubén bonifaz nuño. Mostrar todas las entradas

sábado, agosto 08, 2020

Lección del CEM















¿Qué tienen en común Carlos Monsiváis, Homero Aridjis, Inés Arredondo, Juan José Arreola, Rubén Bonifaz Nuño, Emmanuel Carballo, Alí Chumacero, Rosario Castellanos, Fernando del Paso, Guadalupe Dueñas, Salvador Elizondo, Carlos Fuentes, Sergio Galindo, Juan García Ponce, Ricardo Garibay, Vicente Leñero, Elena Poniatowska, Juan Rulfo, Jaime Sabines, Gustavo Sáinz, Héctor Azar, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández y Jorge Ibargüengoitia? Hay dos respuestas obvias: que son mexicanos y que son escritores. Otra respuesta posible es que todos pertenecen ya, con los asegunes que poner queramos, al canon literario mexicano; a su modo son parte, por ello, de nuestros clásicos contemporáneos.
No sé si alguna respuesta dio en otra coincidencia: alguna vez los susodichos fueron becarios del Centro Mexicano de Escritores (CME).Cierto que con CME o sin CME los escritores de la lista iban a serlo, a publicar y a ganar concursos, a dar clases y conferencias, a editar y ser parte de nuestro servicio diplomático, pero es un hecho que de algo habrá servido la beca y las reuniones en el CME para estimular, orientar y definir las carreras de quienes fueron abrazados por tal sigla. Un apoyo no es determinante para que cuaje la vocación de un escritor, pero sin duda, cuando halla tierra fértil, puede impulsar trabajos literarios ambiciosos, a veces malogrados en su ejecución inmediata, pero que favorecen la ulterior madurez del escritor.
El CME fue creado en el 1951 por iniciativa de la escritora norteamericana Margaret Shedd, quien contó con la asesoría de Alfonso Reyes. Fue una institución itinerante, y sirvió sobre todo para analizar la obra en marcha de escritores jóvenes o relativamente jóvenes.
Para quienes comenzamos a leer seriamente en los setenta/ochenta, era muy frecuente encontrar cierto dato en las solapas de los libros: además de los generales del autor como la fecha y el lugar de nacimiento, la formación académica, los premios y los libros publicados (cuando los había), no faltaba este renglón: “becario del Centro Mexicano de Escritores”. El CME se convirtió pues en una suerte de lugar mítico, en la juvenil tierra prometida de muchos escritores que en las dos últimas décadas del siglo se convertirían en vacas sagradas de nuestra literatura.
Al leer los nombres de todos los becarios es posible advertir que el apoyo, es decir, las becas y las asesorías, no garantizan la germinación de las carreras artísticas (muchos de quienes estuvieron en el CME se afantasmaron con el paso del tiempo). Si así fuera, sólo sería necesario invertir plata para ver el florecimiento de Rosario Castellanos o Juan Rulfo. La realidad es que todo tiene algo de técnico y de misterioso. Por un lado, son necesarios los apoyos, la selección honesta, el seguimiento; por otro, y he aquí lo misterioso, la suerte, el viento que a veces sopla a favor y a veces no. Así entonces, si a la rigurosa selección de los candidatos y a la crítica severa para formarlos se suma la suerte, puede ser que una institución dé con el paradero de Inés Arredondo y Jorge Ibargüengoitia, como lo hizo el CME. No es fácil, pero cualquier buena voluntad institucional —el de alguna fundación, por ejemplo— puede intentarlo.

sábado, febrero 22, 2014

Elogio del elogio















Creo que las palabras le pertenecen a don Rubén Bonifaz Nuño y creo que las conocí por medio de Gilberto Prado Galán, quien a su vez las supo gracias al escritor cubano Alejandro González Acosta: cuentan que en una ceremonia de reconocimiento alguien pronunció un discurso de elogio sobre la figura de Bonifaz con Bonifaz allí presente. Al concluir, el poeta y traductor veracruzano comenzó su agradecimiento con la frase inmortal: "Gracias por estos elogios, desmesurados pero justos". Lo dijo riendo, claro, como paradójica ocurrencia, como risueño autoapapacho.
La escena me lleva a pensar en el problema del elogio dentro de la vida artística, particularmente en la literaria. Le digo problema porque lo es, ya que en general es mal visto que alguien propine elogios y más mal visto es, o al menos visto con suspicacia, que alguien los reciba y en lugar de sonrojarse se muestre complacido.
El elogio despierta sospechas porque siempre que elogiamos queda volando el apriori de la amistad o el interés. "Ah, lo elogia porque es su cuate", pensamos; o "Ah, lo elogia porque es el que le invita las cervezas". No hay pues elogio que pase limpio como eso y nada más, como reconocimiento sincero al trabajo de alguien, más allá de que ese alguien sea camarada o lance las chelas cada fin de semana. Cabe aclarar que los elogios tienen su proporción, y a esos me estoy refiriendo. Si digo, por ejemplo, que el joven poeta municipal ya está a punto de ser Pessoa, o que la novela de la señora fulana está al nivel de Madame Bovary, caigo no en el elogio, sino en el disparate.
Hace años, cuando yo tenía la mitad de la vida que tengo ahora, y armado cuchilleramente con el ímpetu propio de esa etapa postpuberta, pensaba que sólo merecían elogio a) Los escritores encumbrados, aquellos que eran el pasto de la crítica más sesuda; y b) Los cuates o mis cercanos que a mi atrabancado juicio no se chupaban el dedo. A todos los demás había que desterrarlos del Olimpo.
Hoy veo este rollo de manera muy distinta. Sigo queriendo elogiar a los a) y los b), pero también me conmueven los artistas locales acaso ingenuos, esos que sin formación de grandes ligas y sin aspavientos intentan algo. Los he visto y leído. Sus textos reflejan un previsible candor, pero aun en esos casos asoma la voluntad de crear. Quizá no los elogiaría en público, pero tampoco los deturparía con el avieso propósito de hacerlos mole. Antes de intentar eso, primero me preguntaría para qué. ¿Para evitar que manchen la Gran Literatura?  ¿Para que no se la crean? ¿Hacen realmente daño a las sacrosantas letras? Segundo, ¿no tenemos todos el legítimo derecho de expresarnos aunque nuestras herramientas sean precarias? ¿Es mejor ese viejito viendo tele o intentando describir el huizache más bonito de su pueblo con un soneto maltrecho? Detrás del afán por desterrarlos del Parnaso hay una profunda mirada inquisitorial, un insensato deseo de encender hogueras para que no cunda la herejía de escribir mal.
He aprendido además que mientras avanza la carreta artística los melones se acomodan solos. Ahora prefiero que los melones inmaduros sigan allí, gozando los mismos derechos que los jugosos. Por eso me conmocioné hasta lindar con la alegría durante aquel encuentro de escritores en el que, en efecto, leyeron muchos incipientes y hubo algo de tedio. Traté de escucharlos a todos, pese a que muchos eran increíblemente principiantes. Leyó poemas amorosos, incluso, un joven poeta con síndrome de Down, y no salí de mi asombro cuando vi leer a un hombre de avanzada edad, bajito de estatura, delgado, calvo, moreno y a todas luces nervioso; tuve la suerte de estar cerca de otro escritor de esa localidad, a quien le pregunté por el viejito: "Es sastre, pero hace intentos por escribir", me dijo.
Pensé luego: ¿qué derecho tendría yo para negarme a que ese hombre lea en un encuentro de escritores? Ninguno. ¿Aquello era un encuentro de "escritores buenos" o de escritores a secas? Tuve la certeza de que en ese afán de ser terribles, malditos y a veces ridículamente afectados y ensoberbecidos, los escritores terminan siendo risibles Torquemadas.
A ese hombre le dedicaría un solo elogio: alentarlo para que siga escribiendo. Hoy no se me ocurre mejor camino.