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miércoles, octubre 12, 2022

Futbol abreviado

 








Hoy comienza la liguilla del futbol mexicano y, más allá de esta grata coyuntura para los adictos, veo que es una buena oportunidad para sancochar un comentario marinado en mi interior durante varios meses. Como sabemos, el fenómeno del futbol, entendido como práctica profesional, como entretenimiento televisivo y como industria multiplicadora de productos y servicios, se expandió de una manera inaudita en las décadas recientes, y es obvio que hoy comporta uno de los negocios más jugosos del planeta. Los contratos de los jugadores son el principal indicio de la plata que se mueve en todo el entramado.

Para explicar lo que el futbol era hace poco más de treinta o cuarenta años es necesario arrastrar hasta acá algunos recuerdos. En mi infancia y adolescencia vi año tras año, décadas enteras, los partidos de futbol en la televisión abierta. Los equipos se arreglaban, supongo, con una de las dos televisoras nacionales de señal libre y a cambio de fumarnos incontables anuncios comerciales veíamos los partidos sin ninguna restricción. Si uno era aficionado de Pumas o de Chivas, sintonizaba TV Azteca; si uno simpatizaba con el América o el Toluca, sin falta hallaba sus partidos en los canales de Televisa, y de allí no se movían durante años.

Con la llegada y el auge de las cadenas de cable y satelitales, y luego de internet, apareció la oportunidad de ver partidos de todo el mundo, esto a condición de pagar suscripciones específicas. Tan amplio es hoy este mercado que para algunos aficionados no fanatizados ya resultó casi imposible saber en dónde (en qué canal) jugará su equipo favorito, y suele ocurrir que sea en sistemas codificados que demandan suscripción.

Así la realidad, desde hace varios meses me resigné a ver futbol abreviado en sinopsis de YouTube, de suerte que un partido de 90 minutos me lo echo en 10, sin tiempos muertos, sólo con los goles y las acciones de peligro. Los 80 minutos restantes los he usado para leer, para escribir, pare ver más resúmenes. Si lo miro desde otro ángulo, se puede afirmar que el futbol actual ha socorrido mi formación literaria, pero no dejo de envidiar a quienes contratan, enajenación mediante, plataformas en las que devoran hasta los partidos de la primera división filipina.

sábado, abril 24, 2021

Las estratagemas de don Ernesto


 








Para recordarlo no necesito esforzarme mucho. Tenía alrededor de veinte años y ya me devoraba por dentro el fuego de la literatura, el deseo, trastabillante aún, de escribir. No tenía muchos modelos a mi alrededor, leía sin brújula y soñaba con un destino vinculado al ejercicio de las letras. Era joven, era ingenuo, “un buen muchacho, menos plata que ilusión”, como dice cierto tango. Dado que el vendaval de internet todavía no alborotaba el medio ambiente, mi obsesión por coleccionar papeles comenzó a crecer y a pegarse en mi alma como uña de gato. Compraba libros y revistas, juntaba suplementos culturales, me “formaba” como dios y el diablo me daban a entender. Además de aquellos papeles, había otra fuente de inspiración, disculpen la cursilería, para mis afanes de escritor en cierne: la televisión. Aunque suene inverosímil, la tele fue uno de los estímulos más poderosos que tuve al alcance de la vista y del oído en aquellos tiempos todavía heroicos, los ochenta.

A la vera de las telenovelas y de toda la quincalla que aparecer solía en televisión, dos o tres programas culturales daban margen a la aparición, escasa pero sostenida, de escritores. Televisa abría su horario nocturno, el menos socorrido por los televidentes, para que Octavio Paz o Juan José Arreola, en distintos momentos, hicieran de las brillantes suyas, y el periodista Ricardo Rocha, en el programa Para gente grande —que pasaba los domingos a mediodía, un horario intragable para el grueso de la población— entrevistaba frecuentemente a escritores, artistas e intelectuales de muy distintas latitudes. Por su parte, Imevisión, que sería luego TVAzteca, abría mejor cancha, dada su obligación de no ser tan “comercial”, a varios escritores. Recuerdo programas, buenos programas, con conductores como la China María Luisa Mendoza, cápsulas literarias de la dramaturga Maruxa Vilalta, monólogos del siempre cejijunto Ricardo Garibay y emisiones con el edulcorado Germán Dehesa. No era poco si lo comparamos con la tele que nos infligieron poco después.

A tal menú debo agregar un segmento televisivo que fue determinante para mi formación o lo que yo creía que era “mi formación”: la barra de programas que tenía el locutor Jorge Saldaña los sábados por la mañana. Cuando murió Saldaña, hace no tanto, recordé su proeza televisiva, y hoy vuelvo a celebrarla. Tenía el veracruzano un combo de invitados que yo escuchaba con devoción en Desayunos con Saldaña. Al terminar pasaba a pilotear otro programa, Sopa de letras, en el que un colegio de filólogos analizaba palabras, compartía definiciones y etimologías. Destacaban Arrigo Cohen Anitúa, Francisco Luguori, Alfonso Torres Lemus y otros. Poco después se sumó Ernesto de la Peña Muñoz (Ciudad de México, 1927-2012), erudito, gordezuelo, bonachón y políglota. Bastó oírlo desmenuzar el origen de alguna palabra para reconocer en él a un maestro total, apabullante. Luego me enteré de que, como suele ocurrir con los eruditos que son más bodega que fábrica, tenía una obra publicada rala, aunque tal vez no poca escrita. Ya en la década de los noventa tuve la fortuna de conocerlo cuando ofreció una conferencia en el paraninfo de la Universidad Autónoma de Chihuahua, donde grabé (en un cassette) sus palabras, una ponencia que luego transcribí y publiqué.

En la semana que declina, al acomodar libros me topé por accidente con Las estratagemas de Dios (Domés, México, 1988) que no sé dónde ni cuándo compré a cinco fierros. Al releerlo percibí una suerte de mutación: recordaba haberlo leído con dificultad, una dificultad que tornó algo ingrata su lectura. Treinta años después, ya con más info en los sesos, he disfrutado a plenitud sus relatos, su prosa a un tiempo lúdica y erudita, su adjetivación un tanto ornamental pero siempre imantada por la cercanía de figuras como la hipálage, que suele, bien usada, impregnar lo escrito de un aroma hechizante.

Pasados los años, he pescado más libros de De la Peña, un maestro poco leído, supongo, para mala fortuna no de don Ernesto, sino de sus potencialmente felices lectores.


sábado, junio 08, 2019

El pasado y Stanley















Leí hace algunos días un libro de Ricardo Ragendorfer, mejor conocido como el Patán. Este sujeto es el cronista latinoamericano que más admiro en el rubro del periodismo policial, una autoridad en esta viscosa materia. Nació en Bolivia, pero ha vivido la mayor parte de su vida en Buenos Aires, donde radica hasta la actualidad. Sé que alguna vez deambuló por el DF, ciudad en la que por cierto consiguió algunas chambas de reportero gracias a mi amigo Carlos Ulanovsky, quien también pasaba su exilio en nuestro país.
En el libro de RR (Crónicas de la vida turbia) hay una pieza que no se refiere a la realidad argentina, sino a la mexicana: su título es “El narco enamorado” y trata sobre la captura de Rafael Caro Quintero. Al atravesar esos renglones volvieron a mí algunos datos que tenía olvidados. No recordaba por ejemplo que lo pescaron en Costa Rica, y que el escándalo mayor fue que Sara Cosío lo había defendido como pareja sentimental. Pensé en lo cerca y lo lejos que nos va quedando todo cuando comenzamos a ser viejos: todo es cuestión de que veamos ciertos datos para rehidratar los recuerdos aparentemente erosionados de la memoria.
Eso me pasó hoy, o sea ayer 7 de junio. Al azar, entre las noticias que aparecen cuando uno abre cualquier web, vi que el asesinato a Paco Stanley cumplía veinte años de edad, y aunque he olvidado pormenores, el hecho fue tan explotado en los medios que inevitablemente lo relaciono con un momento exacto de mi vida.
Cuando Stanley fue acribillado yo andaba en el DF por razones laborales. Era padre primerizo y buscaba la manera de afinar mis medios de vida. Ya editaba libros, pero siempre batallaba para imprimirlos bien y a precios bajos. Alguien, no recuerdo quién, me puso en contacto con una buena imprenta del DF, llamé, acordé una cita y organicé un viaje en camión. Recuerdo que me hospedé en un modesto hotel del centro histórico y el 7 de junio de 1999, luego de desayunar ya tarde, salí en busca de la imprenta. Tenía la dirección y por preguntas supe que debía tomar el metro hasta una estación remota y luego un microbús que me llevaría al fin del mundo chilango. En el camino vi periódicos amarillistas en las manos de todas las personas: habían atestado de plomo a Paco Stanley. En un puesto callejero de comida levanté la cabeza hacia una tele en la que linchaban a Cuauhtémoc Cárdenas. Luego de dos horas, llegué asqueado a la imprenta y con la sensación de que todo se había podrido un poco más en nuestro país.

miércoles, junio 10, 2015

La rueda del infortunio














País asombroso. Luego de no sé cuántas décadas en marcha decidida hacia el desastre, cada día con peores indicadores en todo, los mexicanos volvemos al principio y actuamos como si no pasara nada. Es, como dicen, un círculo vicioso: no pasa nada porque no actuamos y no actuamos porque no pasa nada. Y aquí seguimos, de vuelta a lo mismo aunque cada vez que volvemos quedemos en peores circunstancias. Es increíble.
Con el voto duro en las manos, sumado al voto movilizado con dádivas y al no -voto del abstencionismo y ahora también del anulado, ni un pelo se le mueve a la realidad poselectoral. Si acaso, algunos leves avances y retrocesos partidistas, pero nada que termine por evidenciar un cambio genuino en el futuro. Digamos, para no sonar pesimistas, que todo sigue como seguía: el país paralizado y la depredación con la puerta todavía abierta, cada día con menos pudor de quienes atraviesan por allí para continuar con el saqueo.
¿Y qué elecciones pueden funcionar cuando el arbitraje no es neutral y cuando los mismos partidos operan sólo para repartirse tajadas de pastel y cuando los gobiernos encaminan recursos públicos al clientelismo y cuando sólo queda un margen testimonial a la verdadera disidencia? Es poco lo que puede hacerse sobre la mesa de juego cuando se pelea en contra de tantas cartas marcadas.
El Partido Verde, por ejemplo, ya no tuvo empacho en ocultar su condición delincuente. Ni las formas cuidó al evidenciar que se trataba del brulote diseñado desde el poder para incendiar los puertos del proceso electoral. El mismísimo día de los comicios, cuando la veda propagandística debe ser respetada ya no porque lo manda la ley sino por lealtad en la contienda, los rufianes del tucán orquestaron una campaña de difusión en Twitter. Usaron celebridades —macacos de la farándula y estrellas del deporte— para simular una espontánea avalancha de apoyo. ¿Y las sanciones? Si no hubo antes, no habrá luego, así que esa gavilla de bandoleros verdes alcanzará con fondos públicos y mil triquiñuelas una buena cantidad de curules donde, entre otras cosas, seguirá alcanzando más fondos públicos y más curules, todo impune.
Otra novedad es la del Bronco “independiente”. Simulación, despilfarro, lucha entre grupos mafiosos del mismo signo, y todo esto es vendido ahora como triunfo “independiente”.
Mientras esto pasa, los intereses de México siguen al margen. Lo que vimos otra vez fue la ya muy previsible rueda del infortunio, no de la fortuna. Eso nunca.

domingo, marzo 23, 2014

La tarde-noche de aquel 23














Faltaban dos o tres años para que internet comenzara la invasión de los hogares, así que en marzo de 1994 todavía nos informábamos sólo con los periódicos y las revistas, la radio y la televisión. Se suponía que los medios electrónicos eran los más veloces, y lejos estábamos de imaginar que cerca de veinte años después las redes sociales permitirían diseminar una noticia por todo el mundo a sólo unos segundos de haberse dado.
Llegué aquel miércoles 23 de marzo a casa luego de ofrecer un par de clases en la universidad. Me faltaban exactamente dos meses para cumplir treinta años, era soltero y tenía un cuartito independiente en casa de mis padres. Mi biblioteca, la cama, una mesa de trabajo y la maravillosa máquina de escribir Olympia color guinda estaban allí. Creo recordar que también contaba para entonces con la tele Hitachi en blanco y negro que agarraba la señal con un gancho de ropa en calidad de antena. El caso es que llegué como a las siete o poco más, encendí la tele y al primero que vi y oí fue a Javier Alatorre, ya para entonces el lector de noticias estelar en TV Azteca.
Al principio me desconcertó que estuviera fuera de su horario. Algo había pasado. Luego lo dijo claramente, pero todavía sin datos precisos: habían atentado en Tijuana contra el candidato del PRI a la presidencia. Al parecer dos o tres balazos. Hacía enlaces un tanto torpes, no se sabía mucho en Tijuana y menos en el DF. Lo único verdaderamente cierto en ese momento era que el candidato había sido llevado con urgencia a un hospital, grave.
Poco después, casi a las nueve, en cadena nacional, el vocero de la campaña del PRI, Liébano Sáenz, dio la noticia: el candidato estaba muerto.
Lo que ocurrió después ya lo sabemos. Jamás se supo bien a bien qué pasó. Muchas pistas fueron borradas, quizá hasta cambiaron al asesino material, fiscales especiales fueron y vinieron, el país se puso más tenso que de costumbre, corrió un río de tinta, pero con claridad no se supo nada de nada.
Siempre he creído que la orden salió del lugar del que se sospechaba más, pero no podía decirse. Ni entonces ni ahora, pues de alguna forma ese poder sigue vigente y es muy grande, grandísimo, inmenso, el mayor del país desde 1988 o poco antes.

miércoles, febrero 04, 2009

Propaganda con touchdown



El domingo pasado estaba bien vulgarote con mis cacahuatotes, con mi cervezota, con mis amigotes y con mis parientotes echándome el supertazón en una televisionzota (o televisionsota, que no hay jurisprudencia ortográfica sobre ese aumentativo), es decir, estaba como cualquier ciudadano del mundo cuando a la brava, sin decir agua va, el canal interrumpió su señal para recetar urbi et orbi una sobredosis de anuncios políticos de casi infumable producción. Mi primera reacción fue el desconcierto. Pensé que se trataba de un error, pero cuando la situación se repitió (en ese momento atacaban con furia los Aceleros de Písbur, como les dicen en mi barrio) vi clarito que en realidad era una estrategia propagandística muy bien orquestada por las televisoras. Ante tan buena puntada no cupe de alegría: por fin nuestro duopolio mediático había dejado de ser la mierda que tradicionalmente es, y con gran inteligencia diseñó un plan de cobertura política digno de un pueblo güevón al que no le interesan los choros electorales ni en licuado.
Sé bien hoy que las televisoras están siendo acribilladas. Sus críticos les atribuyen infantilismo, encono, golpismo, maldad, rencor, pues al haberse quedado sin el pastelote de los espots parece que andan enfurruñadas como adolescentes a los que les quitaron el celular, como Peñas Nietos a los que no les concedieron la candidatura o como Fabiruchis a los que no les han dado para sus tunas. Quienes se obstinan en ver una jugada berrinchuda de Televisa y TV Azteca señalan que, a la malagueña salerosa, los dos leviatanes de la comunicación en México acordaron en lo oscurito (cancha en la que suelen dar grandes batallas, hay que reconocerlo) la transmisión de cortes para cuchilear (perdón por ese tecnicismo del argot canino) al público telenviciado contra los partidos políticos y el IFE. El analista Javier Corral ha llegado al exceso de calificar el hecho como “porrismo mediático”.
Pero no. Tanto Televisa como TV Azteca han decidido poner fin a su proverbial ruindad y aunque sea de manera muy poco delicada le abrieron un paréntesis, por fin, a la política en medio de las frivolidades que nada dejan. Fue así como tuvieron la chula ocurrencia de armar una campaña de seducción subliminal que permitiera a la ciudadanía en pleno una oportunidad mínima de adoctrinamiento. Algún genial estratega de los medios vio con claridad que hacía falta un México más politizado, más conciente, más participativo. Como la tele jamás hará nada para dar aunque sea una embarrada de politización seria, el plan fue aprovechar la producción de los partidos y del IFE para encajarla en medio de las trasmisiones que gozan de millones y millones de televidentes. Por primera vez en nuestra historia, pues, un anuncio del IFE, del PRI, del PAN, del PRD y demás fue visto por cantidades inauditas de público. Es de suponer que muchos mexicanos mentaron madres, pero también es lógico inferir que al calor de las chelas y de los pases interceptados algo se quedó en la memoria colectiva. El plan, entonces, no es tan malo, aunque el mecanismo nos parezca ahora un tanto burdo o estúpido. Si así no fuera, los anuncios de los partidos estarían condenados, como siempre, a horarios y canales de octava categoría, a segmentos televisivos en los que competirían contra fajas, pomadas reductivas y métodos para ponerse bien mameyes en una semana. Con la maravillosa idea de pasar la propaganda en medio del supertazón o de programas semejantes, las televisoras han aprovechado la cautividad del público y su embriaguez real o metafórica, lo que sirve sobremanera para inocular cualquier información subliminal, en este caso política.
Cierto que Televisa y TV Azteca han sido y son, en general, basura, las dos empresas más antidemocráticas que arrastrarse puedan en el reino de este país, pero lo que hicieron el fin de semana es una prueba, contra Darwin, de que son manejadas por seres humanos, aunque usted no lo crea.