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sábado, julio 07, 2018

Crisis tripartita










Para quienes nacimos hace más de cincuenta años no es tan fácil asimilar lo que pasó el domingo. Fue un suceso al que por fuerza debemos hacerle digestión lenta, pues no todos los días se viene encima un banquetazo con tal cantidad de novedades. Parece un quiebre, un parteaguas que de golpe nos hace sentir que provenimos de la prehistoria: hace cuántos millones de años el PRI echaba a andar la aplanadora electoral y con ella dejaba convertidos a sus opositores en tortilla; hace cuánto la CTM era manejada con mano de hierro por un vejete de cuyo nombre no quiero acordarme; hace cuánto la CNC cooperaba con miles de campesinos sólo útiles para el acarreo; hace cuánto vivíamos los rituales del destape, los fastos de un partido hecho a la medida de la autodenominada y gandalla “familia revolucionaria”.
Todo eso y más venía desplomándose desde hace décadas pero parecía que el desplome avanzaba en cámara Phantom. Primero fue el hachazo propinado por el delamadridismo-salinismo a los políticos de viejo cuño. La llegada de los “tecnócratas” —palabra que hoy también parece prehistórica— desplazó a quienes se habían hecho en las bregas del escalafón: antes de ser gobernador, digamos, era necesario comenzar en la juventud como ayudante C o D de algún regidor o alcalde de poca monta; si se tenía suerte, habilidad, una alta dosis de servilismo y buen padrino se podía ascender hasta una diputación, una senaduría y más. Ese paradigma moroso y funcional cambió en el PRI, partido que fue asaltado por jóvenes políticos que mezclaban los estudios en escuelas importantes con ambición, y luego por júniors sólo dotados de colmillos y amigotes voraces. El PRI volvió pues a Palacio Nacional, pero lo hizo no para pensar en un renacimiento de largo aliento, sino en una orgía de vaciamiento de las arcas públicas.
Luego el PAN y el PRD, cada cual a su modo, calcaron prácticas similares y terminaron casi en las mismas que su modelo. Tras el debilitamiento de la figura presidencial, no sólo los gobernadores operaron a sus anchas, sino que también los partidos pusieron de su parte hasta lograr que la gente los odiara-rotulara con un nombre peyorativo: “partidocracia”. Hoy los tres partidos atraviesan sus peores crisis y buscan con denuedo a los culpables para pasarles la factura. Cada uno tendrá, es de suponer, distinto futuro. Creo que en el PAN habrá lucha encarnizada por el control pero saldrá adelante; el PRI batallará más porque es una agencia de colocaciones y al haber perdido espacios no podrá disponer de huesos para su horda habitual; sobrevivirá, sin embargo, como ha sobrevivido siempre, como la yerba mala. Al que le veo menos chance de resucitar es al PRD: los Chuchos acabaron con él hace como diez años, pero se dieron cuenta de esto hasta el domingo pasado.

miércoles, octubre 25, 2017

Heberto presente




















Dos días después de que naciera mi primera hija, acaso el acontecimiento más determinante de mi vida, yo estaba todavía en estado de shock, como sumido en una felicidad desconcertante. Algo que se había repetido millones de veces en la historia de la humanidad, ser padre, ahora me ocurría precisamente a mí. Recuerdo que a ese parto asistí sólo ensombrecido por un vago temor, pues la ignorancia del hecho por venir hizo que atravesara el momento previo como si fuera un trámite de ventanilla. Cuando, todavía dentro del quirófano, vi a mi hija, todo cambió. Fue como si con ella naciera yo también, o al menos renaciera. La felicidad fue tanta que sentí tocar sus orillas, trascenderlas incluso. Esa alegría se transformó en una especie de hipersensibilidad que a su vez se tradujo en conmoción por todo lo que me rodeaba. De natural tristón, pesimista de clóset, pasé a ver sólo luz por culpa de mi hija. No es que ella hubiera cambiado mis filias y mis fobias, sino que todo lo hizo más claro. Secretamente, ella afinó lo que yo era, me hizo captar mejor el espesor de las ideas que me habitaban.
Así, pasmado por aquel ramalazo de dicha, me agarró la noticia sobre la muerte del ingeniero Heberto Castillo Martínez (Ixhuatán de Madero, Veracruz, 23 de agosto de 1928) ocurrida el 5 de abril de 1997 en el Distrito Federal. Por la hipersensibilidad que ya mencioné, aunque sé que de todos modos lo hubiera resentido, lloré (literalmente) su deceso. Recuerdo que por esos días cometí el error de mencionar esa muerte en una clase de la universidad. No lo hubiera hecho, pues fue inevitable que se me trabara la garganta y me escurriera el llanto frente a unos alumnos que de seguro no entendieron bien a bien la razón de tanta pena por el fallecimiento de un señor que no había sido ni pariente ni amigo cercano de quien allí nomás les daba una clase de literatura.
En efecto, yo no era pariente del ingeniero y ni siquiera amigo, pero, así fuera de lejos, se trató de un ejemplo de mexicano como yo deseaba (y todavía deseo) ser. La historia que está detrás de esta admiración no es tan larga. Empieza más o menos en 1982, cuando comencé a estudiar mi carrera, la de comunicación. Para entonces, aunque sin guía, ya era buen lector de libros y periódicos, y fue al comienzo de los años universitarios cuando me aficioné con toda convicción a la revista Proceso. Durante aquellos años la compraba semana tras semana, sin falta, y en casa la leía con lupa. Por supuesto mi mundo informativo y el de todos era de papel, pues al internet le faltaban cerca de veinte años para cundir por todo el mundo. En las páginas de Proceso conocí al ingeniero, pero no tenía más antecedentes sobre la persona que estaba detrás de aquella firma.
A la altura de 1984 u 85, en alguna conversación con Saúl Rosales, quien ya había sido mi profesor en la universidad, supe que no sólo conocía a Heberto, sino que había tenido mucho trato con él. De hecho, Saúl era fundador del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) que todavía encabezaba Heberto, y dada la reciente radicación de Saúl en La Laguna, estaba en la etapa de configuración del partido en nuestra región. Sin problemas me sumé al Mexicano de los Trabajadores y comenzamos un trabajo político hormiga, pequeñito aunque, para mí, emocionante y enaltecedor.
Así supe más sobre Heberto, sobre su figura de científico y militante de izquierda, sobre su cárcel en Lecumberri y sus incansables trajines como organizador político. Había algo extremadamente valioso en su condición: capaz de hacerse millonario con su profesión de ingeniero, en la cual destacó como pocos en su tiempo, había optado por la lucha política sin tregua. Honestidad, congruencia, respeto a un ideal, inteligencia al servicio de una causa, todo se apiñó armónicamente en su persona, y eso me lo presentó desde muy joven como un sujeto a seguir.
Llegó luego el ajetreo preelectoral por la sucesión de 1988. Los partidos de izquierda, cuya militancia más numerosa estaba en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), formaron el Partido Mexicano Socialista (PMS), al que adhirió el PMT, donde yo militaba. El candidato a la presidencia que salió de esa conjunción fue Heberto, quien comenzó su campaña, como siempre, a contracorriente. Fue en ese proceso cuando lo conocí, pues vino a La Laguna para promover el voto a favor de nuestra agrupación política y su candidatura. Yo había asumido, casi porque no había de otra, labores de comunicación en el partido, y entonces dispuse mi cámara Pentax K1000 para seguir la gira del ingeniero por nuestra región.
Me lo presentaron cuando llegó, y me pareció más alto y más blanco de lo que yo imaginaba. Era muy cordial, de sonrisa bonachona, nariz chata y pelo ya completamente cano, todo echado hacia atrás en largas hebras, como lo trazó Rogelio Naranjo en el dibujo que ilustra este post. Recorrimos lugares de La Laguna como Torreón, Gómez Palacio, algunos ejidos, y le tomé tantas fotos como pude (supongo que las conservo). En todo lugar Heberto se movía con tranquila naturalidad, y muy paciente escuchaba a las personas. En Dinamita, ejido de Gómez, invitaron a toda la comitiva a comer asado rojo y arroz, y allí lo tuve frente a mí, entre otros varios comensales, pero yo no dije una palabra por temor a regarla.
Algunos meses después ya sabemos qué pasó. Salinas fue destapado por dedazo y del PRI se dio la escisión de, entre otros, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, quienes articularon un frente cuyo impulso cobró fuerza de inmediato. Heberto había sido amigo cercano de Lázaro Cárdenas, con quien recorrió muchos lugares del país, y conocía a su hijo desde hacía años. Luego de varias reuniones, el PMS hizo pública la declinación de Heberto a la candidatura por la presidencia y el apoyo de esa organización a la de Cuauhtémoc, lo que devino, como también ya lo sabemos, triunfo escamoteado, es decir, el primer fraude de nuestra era neoliberal.
Nunca más volví a ver al ingeniero Castillo. Seguí leyéndolo en Proceso y atento a su trabajo político en el recién conformado PRD y en la Cámara de Senadores. Así llegó el 5 de abril de 1997 que este año, veinte años después, recuerdo nuevamente conmovido.
Heberto Castillo Martínez es, creo, el político mexicano al que más admiro del siglo XX mexicano. A dos décadas de su muerte física, larga vida a su memoria.

miércoles, diciembre 01, 2010

Los dos tiempos



Los tres partidos más grandes del país han optado cada uno por favorecer un tiempo específico para referirse a su viabilidad. El PAN ha escogido el presente, el PRI el pasado y el PRD (y sus satélites) el futuro. La pelea principal se da, o se ha dado, entre los dos primeros: el PAN con duros ataques al pasado que representa el PRI y éste a la tragedia que ha significado el presente desastroso que ya va para una década de achacosidades. El PRD, e insisto que sus satélites, se han quedado por descalificación con el porvenir, aunque de los tres momentos es el más especulativo, pues ni lo conocemos ni lo estamos viviendo: el futuro es siempre una ilusión.
Lamentablemente soy de los que no creen ni han creído jamás en la cacareada transición. Como lo ha ilustrado, entre otros. Jesús Silva-Herzog Márquez, hubo unos años allá por el 2001-2002-2003 en los que México padeció la enfermedad de la transicionitis. Surgieron incluso transiciólogos, verdaderos expertos en materia de cambios políticos que explicaron con todo el instrumental retórico a su disposición las características de toda transición, desde las más ásperas a las más tersas. La de México, se dijo, era inevitable, se veía venir y a final de cuentas no fue tan traumática, pues derivó de un proceso electoral incuestinablemente aseado, sin profundo trauma de cambio.
Creo que si no hubo trauma, si en efecto fue un cambio sosegado, eso se debió a que la transición no fue una transición, sino apenas un cambio de sigla, un arreglo cosmético de las cúpulas para que el país siguiera seis años por la misma ruta económica y con el plus de la ilusión democrática, una farsa.
Por eso, precisamente por eso, el conflicto fue mínimo o no lo hubo, y por eso Fox desaprovechó el bono “democrático”: las tepocatas y las víboras prietas de las que habló alguna vez eran parte del discurso supuestamente duro contra el pasado, aunque ese pasado había sido en realidad lo que le dio entidad al presente foxista, su razón de ser. ¿Y qué pasado fue el pasado de Fox? No los casi setenta años consecutivos de gobierno priísta, sino los más recientes veinte, es decir, los años de De la Madrid, Salinas y Zedillo, los tres sexenios de la carnicería tecnócrata a la que se sumó el gobierno de Fox, en teoría distinto.
El partido en el poder cambió, el arreglo pudo caminar un rato, pero como en esencia era lo mismo, un gobierno de entraña insensible, produjo lo que viene produciendo el modelito: pobres, violencia, retrocesos, antidemocracia. El clímax del shock se dio en 2006, un año que demostró el poco margen de maniobra que ya tenía el régimen para transitar las vías ortodoxas de control. Fue el año de la guerra mediática y demoscópica. Si en otras ocasiones cayó el sistema, o se sembró el miedo con magnicidios, o se creo la fantasmagoría del cambio, en 2006 todo parecía perdido y se recurrió al expediente de la guerra de los espots. Muchos empresarios mexicanos, usufructuarios inmediatos de la riqueza nacional y defensores a ultranza de la continuidad, se sumaron ilegalmente a la granizada y al fin lograron imponer, con un margen de risa, su ganador. La diferencia fue tan escasa que olía nauseabundamente a ilegitimidad. Los métodos de legitimación los hemos estado viendo en los más recientes años, saltan a la vista.
Ahora bien, volvamos al principio: el PRI postula un regreso (no dicen que al pasado porque la palabra “pasado” no goza de prestigio, pero eso nomás la insinúan); el PAN sostiene que el presente debe continuar, que, contra lo que dijo el poeta, no todo tiempo pasado fue mejor. El caso es que para algunos, entre los que me cuento, el pasado y el presente son la misma gata, pero revolcada. Por ello, en resumen, para ciertos mexicanos quizá haya sólo dos sopas: el pasado y el futuro. Tal vez, aunque vale aclarar que el futuro tiene la desventaja de que es lo único conjetural, a lo mucho un modesto sueño.

jueves, julio 09, 2009

México es una guardería



Las elecciones del domingo demostraron que México es una inmensa guardería subrogada que va de incendio en incendio. Así como en Sonora se invirtieron las tendencias luego de la tragedia en Hermosillo, en el país fue muy marcado el voto de castigo contra quien ha incendiado al país con una guerra irracional y quién sabe si necesaria, con una política económica que ha convertido al presidente del empleo casi en subempleado del priísmo ganón y, desde el inicio de su mandato, con torpes designaciones en su gabinete.
El usufructo que el PRI ha hecho de la novatez y la perversidad del panismo en el poder no está para disparar ninguna alegría nacional, pues tanto el pinto como el colorado son dos gallos que demostradamente han sabido hacer acuerdos de alternancia o convivencia que no afectan en lo sustancial a las mafias económicas y políticas. Baste decir que Televisa, por señalar sólo un caso, no ve con malas cámaras que llegue uno u otro, siempre y cuando esas dos opciones le cierren el paso a los sectores más amenazantes de la todavía llamada izquierda mexicana. Que pierda el PAN, que gane el PRI, que pierda el PRI, que gane el PAN… mientras así siga el carrusel, los grupos de poder enarbolarán sus triunfos como muy democráticos. Todo depende de quien arruine la guardería nacional: quien lo haga, pondrá en bandeja el triunfo de los “enemigos”.
La lección para quienes, contra cualquier debacle, aún suspiran por un gran y auténtico movimiento de izquierda que represente otros intereses y proponga una política de verdadera depuración es simple: aprender a elegir en las legítimas luchas intestinas, no guiarse por lo que digan los grandes consorcios de la comunicación y tratar de sumarse, en el grado que sea, al activismo por la causa. Suena utópico, pero no hay de otra sopa. Si el perredismo se queda atornillado en la quejumbre por su inepta dirigencia nacional, si se va con la pantalla de los ataques que los medios orquestan para ridiculizar o vapulear movimientos intragables, los resultados en el futuro podrían ser peores que los del 5 de julio. No fueron pocas las voces que se alzaron, por caso, contra el chuchato gandalla y entreguista; muchos militantes, analistas y simples simpatizantes advirtieron que esa dirigencia flácida se desmoronaría como castillo de harina al primer soplido electoral. Y eso pasó. Ortega y sus huestes se fueron abajo, entregaron cuentas paupérrimas, lo que haría prudente su germanización, es decir, que los inmolen como al dirigente del PAN, por incompetentes.
Asimismo, urge una etapa de definición en la parte más rejega del PRD. López Obrador y sus cercanos deben reacomodar las piezas en el tablero, apelar a los principios si los hay, es verdad, pero también acatar el pragmatismo requerido por los tiempos: salir o no salir del PRD, ese es el dilema. Hagan lo que hagan, deben hacerlo ya, sin demoras, pues sigo creyendo que hay muy poco tiempo para reorganizar al único movimiento severa, cínica, brutalmente atacado desde hace algunos años, pero todavía dueño de algún capital político que pueda servir para revivir en el ciudadano la posibilidad de una tercera opción, esa que nunca han dejado crecer los amafiados de las cúpulas para los que la democracia sólo tiene dos cabezas.
Mientas eso pasa, quedan tres años, o poco menos, para que el actual gobierno federal prosiga con el incendio del país. Sin la Cámara, sin la inmensa mayoría de los estados, todo indica que recibirá buen combustible, el suficiente para que sus errores sean cobrados por un priísmo ávido de ver desplomes que otra vez aseguren votos de castigo en abundancia. En síntesis, debemos prepararnos para ver el consabido espectáculo del uso electorero del desastre, la capitalización del incendio nacional a favor de las mismas camarillas de siempre. Lo dicho: México es una inmensa guardería, y subrogada.

miércoles, julio 08, 2009

Vuelve el jurásico



Hace una semana se escuchaban todavía estentóreas las baladronadas internéticas de Germán Martínez. La estrategia ruda, de manita de puerco y agresivo espot, no les sirvió en 2006 ni en 2009, pues en aquella ocasión el PAN logró apenas una pírrica e increíble (increíble no por asombrosa, sino porque muchos no la creímos) ventaja con la que arrebataron la presidencia y ahora, en las elecciones del domingo 5, perdieron casi todo. Lo que queda de ese prematuro naufragio sexenal es ver el aceleramiento de la maquinaria priísta para llegar con todo, como Acereros de Pittsburgh, al anhelado 2012.
La explicación que puedo hacerme de este regreso tricolor al carro (casi) completo es que no se trata de un regreso, sino de algo distinto que no sé cómo definir. Por decirlo de algún modo, es como si el PRI nunca se hubiera ido, y si alguien o algo no se va, es imposible que regrese. O sea, como el legendario dinosaurio, siempre ha estado allí. En apariencia, tras el triunfo de Fox el priato quedó con la mandíbula rota y en la lona, noqueado por los siglos de los siglos. Falso. Fox y el PAN se hicieron de la presidencia, es verdad, pero nunca del Congreso ni, mucho menos, de la mayoría de las gubernaturas. La cosa parecía, al menos, empatada, pero lo cierto era que no, que el PRI siguió teniendo el control casi completo del país, dado que el centro del poder se desplazó del presidente a los feudos estatales, concertados mínimamente por una dirigencia nacional priísta un tanto testimonial, en efecto, pero con la suficiente representatividad como para seguir dando apariencia de cohesión y fuerza partidista.
Aunado pues al poder recién descubierto por los gobernadores priístas —quienes de golpe pasaron a convertirse de marionetas del ejecutivo a seres autónomos en su corral—, Fox hizo de su mandato una farsa que lastimó severamente los principios históricos del PAN. El payaso guanajuatense, embotado (no sólo porque usaba botas, sino) por su repentino poder y su falta de altura intelectual hizo que el tricolor se fortaleciera atléticamente en los estados. Los gobernadores advirtieron muy pronto que la dinámica había cambiado, que apoyados por su dirigencia nacional, pero sobre todo por los recursos propios legales e ilegales podían acomodar piezas en la Cámara y nombrar en cada entidad sucesores cómodos sin la intromisión del centro. El triunfo del PRI el domingo 5 no es el triunfo del PRI nacional, sino de las dirigencias estatales y del apoyo recibido por cada candidato en cada uno de sus feudos. Sonora es un caso anómalo, por lo que ya sabemos; si no hubiera ocurrido ningún incendio, el seguro arrasador en ese estado sería el partido que hizo lo propio en otras cinco entidades donde hubo elecciones para gobernador.
A nadie se le oculta que las elecciones pasadas son apenas un renglón en la épica novela que escribe el PRI para cristalizar su retorno a Los Pinos. Que la boca se me haga chicharrón, pero lamentablemente creo que no queda mucho tiempo ya para que el PRD o el PAN, los dos únicos partidos que podrían dar la pelea, se recompongan y descarrilen un tren que viene a gorro. En el PAN no queda figura relevante (¿Josefina Vázquez Mota, Juan Molinar, quién?) que pueda soñar con una candidatura de peso. El PRD-PT-Convergencia o lo que resulte de esa ensalada, sigue teniendo los activos de Ebrard y López Obrador, pero uno se verá chico en el ranking y el otro será marrulleramente obstruido incluso más de lo que padeció en 2006. El camino luce libre para dos personas, y en el fondo eso fue lo que se dirimió el domingo 5: ya sabemos qué partido se adelanta hacia las elecciones de 2012 y sólo nos falta saber si su candidato es norteñamente bigotón o envaselinadamente copetón. Eso irá quedando claro en unos meses. Ni pex.

miércoles, febrero 04, 2009

Propaganda con touchdown



El domingo pasado estaba bien vulgarote con mis cacahuatotes, con mi cervezota, con mis amigotes y con mis parientotes echándome el supertazón en una televisionzota (o televisionsota, que no hay jurisprudencia ortográfica sobre ese aumentativo), es decir, estaba como cualquier ciudadano del mundo cuando a la brava, sin decir agua va, el canal interrumpió su señal para recetar urbi et orbi una sobredosis de anuncios políticos de casi infumable producción. Mi primera reacción fue el desconcierto. Pensé que se trataba de un error, pero cuando la situación se repitió (en ese momento atacaban con furia los Aceleros de Písbur, como les dicen en mi barrio) vi clarito que en realidad era una estrategia propagandística muy bien orquestada por las televisoras. Ante tan buena puntada no cupe de alegría: por fin nuestro duopolio mediático había dejado de ser la mierda que tradicionalmente es, y con gran inteligencia diseñó un plan de cobertura política digno de un pueblo güevón al que no le interesan los choros electorales ni en licuado.
Sé bien hoy que las televisoras están siendo acribilladas. Sus críticos les atribuyen infantilismo, encono, golpismo, maldad, rencor, pues al haberse quedado sin el pastelote de los espots parece que andan enfurruñadas como adolescentes a los que les quitaron el celular, como Peñas Nietos a los que no les concedieron la candidatura o como Fabiruchis a los que no les han dado para sus tunas. Quienes se obstinan en ver una jugada berrinchuda de Televisa y TV Azteca señalan que, a la malagueña salerosa, los dos leviatanes de la comunicación en México acordaron en lo oscurito (cancha en la que suelen dar grandes batallas, hay que reconocerlo) la transmisión de cortes para cuchilear (perdón por ese tecnicismo del argot canino) al público telenviciado contra los partidos políticos y el IFE. El analista Javier Corral ha llegado al exceso de calificar el hecho como “porrismo mediático”.
Pero no. Tanto Televisa como TV Azteca han decidido poner fin a su proverbial ruindad y aunque sea de manera muy poco delicada le abrieron un paréntesis, por fin, a la política en medio de las frivolidades que nada dejan. Fue así como tuvieron la chula ocurrencia de armar una campaña de seducción subliminal que permitiera a la ciudadanía en pleno una oportunidad mínima de adoctrinamiento. Algún genial estratega de los medios vio con claridad que hacía falta un México más politizado, más conciente, más participativo. Como la tele jamás hará nada para dar aunque sea una embarrada de politización seria, el plan fue aprovechar la producción de los partidos y del IFE para encajarla en medio de las trasmisiones que gozan de millones y millones de televidentes. Por primera vez en nuestra historia, pues, un anuncio del IFE, del PRI, del PAN, del PRD y demás fue visto por cantidades inauditas de público. Es de suponer que muchos mexicanos mentaron madres, pero también es lógico inferir que al calor de las chelas y de los pases interceptados algo se quedó en la memoria colectiva. El plan, entonces, no es tan malo, aunque el mecanismo nos parezca ahora un tanto burdo o estúpido. Si así no fuera, los anuncios de los partidos estarían condenados, como siempre, a horarios y canales de octava categoría, a segmentos televisivos en los que competirían contra fajas, pomadas reductivas y métodos para ponerse bien mameyes en una semana. Con la maravillosa idea de pasar la propaganda en medio del supertazón o de programas semejantes, las televisoras han aprovechado la cautividad del público y su embriaguez real o metafórica, lo que sirve sobremanera para inocular cualquier información subliminal, en este caso política.
Cierto que Televisa y TV Azteca han sido y son, en general, basura, las dos empresas más antidemocráticas que arrastrarse puedan en el reino de este país, pero lo que hicieron el fin de semana es una prueba, contra Darwin, de que son manejadas por seres humanos, aunque usted no lo crea.

sábado, diciembre 13, 2008

La izquierda chucha



Aunque, por lo visto, en materia futbolera mis pronósticos (que más bien son mis deseos, no tanto mis pronósticos) no anden muy atinados en la finalísima que ya parece tener dueño choricero, todavía me quedan algunas ganas de profetizar y adivino que la izquierda chucha se irá quedando sola hasta convertirse en una versión reloaded de aquella izquierda aguilartalamantina que tanta risa causaba en la polaca nacional. Hay, creo, un error de cálculo en los actuales gerentes del perredé chuchófilo: están seguros que tienen las armas para llegar fuertes a las elecciones y que pueden conservar lo que han ganado, pero la realidad los desengañará cuando la hora llegue. Esgrimo las dos razones en las que apoyo tal afirmación.
Lamentablemente, por un vicio no de del PRD sino de la (de)formación política que acusa el ciudadano actual y con mayor claridad el mexicano, la gente parece tener necesidad del caudillo, del líder carismático que guía infaliblemente hacia el futuro. Lo ideal sería que no ocurriera eso, que el votante abrazara proyectos, plataformas, ideas de sociedad, pero no ocurre así: pesa más el punch de un mesías (sea tropical o no) llegado como del más allá en plan discursivamente salvador, que el partido y sus ideologías. Por supuesto, no hay carisma que por sí solo arrastre masas en la actualidad. Ahora se necesita mucho más que eso, pero sin el magnetismo del semidiós no se puede hacer demasiado. El que lo dude, que le pregunte a Santiago Creel: durante meses gozó de la mejor plataforma televisiva, pero su proverbial opacidad no le granjeó más que derrotas y, como en el caso de una concentración programada en Yucatán, mítines a los que concurrió una cantidad extraordinaria de ciudadanos: tres. El carisma no lo es todo, pero sin él no hay presupuesto que levante una campaña. En el PRD chucho, que yo sepa, nadie está que pueda juntar a cincuenta personas en el zócalo. Los orteguistas y los graquistas y los zavaletistas andan orondos porque acordaron bajar la guardia frente a Los Pinos, pero toparán con pared cuando vean que en su estructura no hay un solo militante capaz de provocar ese misterioso afecto colectivo que produce, bien o mal, el caudillo de nacencia.
El otro factor es el opuesto. Si algún simpatizante hay con un cierto grado de conciencia participativa es el perredista. Eso explica que, cuestionable o no, sea el único que en los años recientes haya llenado zócalos y plazas, más durante los periodos de efervescencia electoral. Esa participación expresada en el acto público también se manifiesta en la observación del ajedrez informativo. Aunque los medios, sobre todo los electrónicos, lo han minimizado, el capital de simpatías del que gozan los opositores al chuchismo sigue siendo alto. Muchos antichuchitas, militantes o no, vieron como inevitable y necesaria la ruptura y la salida luego de que Jesús Ortega se alzó con la victoria vía tribunales, y aunque Encina jugó a dos bandas es un hecho que el divorcio ya se dio y es irreversible. El éxodo va a ser gradual, pues, y lo ha comenzado el senador Monreal, pues más de uno sabe que la izquierda ya de por sí rabanona (pero al menos oponente en la intransigencia de su discurso) del lopezobradorismo no es nada con los chuchos tan cerca de Calderón.
No hay bola mágica que pueda asegurar un porvenir preciso a la embrollada política mexicana. Lo único que tengo más o menos claro es que Convergencia y el PT han olfateado astutamente el porvenir: saben que en cualquier momento por allá tendrá necesidad de recalar un mesías carismático. Ya nomás hay que esperarlo algunos mesesitos.

Terminal
En nuestra gustada sección “Comentarios en fuera de lugar”, va: me platica un amigo que vivió la anécdota más bochornosa del mundo. Estaba en el estadio y cuando siguió el turno de las suculentas porristas, hizo un comentario al interlocutor ocasional que le tocó al lado: “Mire nomás esa chamaca, está buenísima”. El tipo respondió: “Es mi hija”. Sonrojado, mi amigo buscó una salida urgente: “No, ella no, sino la que está al ladito”. El tipo respondió: “También es mi hija”. Mi amigo, ya acorralado, no quiso arriesgarse otra vez y tuvo que escurrirse con un comentario salvavidas: “¿Usted cree que el Santos pueda empatar en el segundo tiempo?”.

jueves, noviembre 13, 2008

Colofón del “cochinero”



Cuando el pasado 16 de marzo terminaron las elecciones del PRD hubo un concierto de voces que comentó, casi en plan celebratorio, el “cochinero” resultante de aquellas internas tan accidentadas. Inmejorable resultó para la mayor parte de la prensa esa demostración de caos y chanchullos perpetrados por tirios chuchos y troyanos encinistas. Era, al fin, una prueba más, y contundente, de las maneras harto primitivas de hacer política que tanto ha ejercitado la “izquierda” mexicana. Si ellos no son capaces de ponerse de acuerdo, se cacareó en los medios, ¿cómo quieren que les sea aceptado el argumento de que ganaron en 2006 y cómo quieren que, dado su connatural salvajismo, se les entregue el poder? Las elecciones de marzo 16 fueron un desastre producido por los propios errores del PRD, cierto, pero también por la permanente cooptación ejercida sobre sus cuadros más dóciles.
La impresión que dejó en la mayor parte de los simpatizantes sin vela en el entierro fue que, en efecto, el llamado “cochinero” fue entreverado y laberíntico, y que no había poder humano capaz de desenredarlo sin padecer la merma del escepticismo. Todo quedó, pues, en impasse, en maraña de votos buenos, nulos, fantasmales, marrullerías, zancadillas, gargajos a la cara y puñaladas por debajo de la mesa. En esa situación, poca confianza despertaba cualquier resultado “oficial”, y menos simpatía generó la bravucona y temporaria imposición de Guadalupe Acosta Naranjo, político atornillado a las órdenes de Jesús Ortega, es decir, un moderado, un conciliador, como se les llama en la prensa nacional a los perredistas que tienen la jugosa habilidad de decir que sí, aunque con muchos rodeos discursivos de pantalla, a las iniciativas del gobierno federal cuestionado por el ala radical.
Ahora que por unanimidad el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) determinó revocar la declaración de nulidad en los comicios para elegir al presidente nacional y secretario general del PRD, emitida por la Comisión Nacional de Garantías (CNG), se da, varios meses después de la atropellada elección, la victoria al chuchismo navarretismo. Se veía venir, así que la oportunidad queda abierta al otro PRD: reconstruirse con lo que queda, sin tantos disparates y pensando quizá, ahora sí, en otro partido.

Terminal
En nuestra gustada sección “Dedicatorias inmortales”, va: el mejor tratado que conozco sobre el arte de la dedicatoria se llama “Arte de la dedicatoria” y está en el libro Disertación sobre las telarañas; en él, Hugo Hiriart, su autor, especula sobre el uso más atinado de ese renglón apapachatorio que suele encabezar ciertos trabajos; da ejemplos hipotéticos: el mejor, éste: “Para toda la humanidad, menos para Enrique Krauze”. Yo también he sido dedicatario; más de un amigo me ha regalado algo, algún texto de su cosecha. El más grande y generoso ha sido Miel de maple, primer libro de cuentos de Miguel Báez, que me fue otorgado íntegramente. De todas las dedicatorias que he recibido, sin embargo, sólo una no me gustó; afortunadamente, leí el original antes de ser publicado y puede impedirla. La rechacé por el uso de cierta palabra; como sabemos, algunos términos tienen connotaciones ambiguas en el español de México. Por ejemplo, si uno dice “chile”, esa palabra puede referirse al aditivo picante y comestible o a cierto objeto corporal de naturaleza venérea. Eso pasaba en la dedicatoria que rechacé; decía: “Para Jaime Muñoz, este grano de mi mazorca literaria”. Obviamente, la palabra “mazorca” suena allí maldosa, poco adecuada para alguien que, como yo, sabe cuidarse de cabrones albureros (nota: hoy jueves a las 8 de la noche estará Higo Hiriart en el Museo de la Revolución; por allí nos vemos).