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miércoles, octubre 03, 2018

Una bandera viva




















La onda expansiva del 68 fue tan grande que cincuenta años después sigue siendo un tema propicio para pensar en México. Tengo para mí que su verdadero saldo aún no lo vemos pese a los muchos beneficios que trajo consigo la lucha ejemplar de miles de jóvenes y no tan jóvenes, mujeres y hombres que en la etapa previa al 2 de octubre habían salido a las calles porque en el mundo, en efecto, se vivía una poderosa efervescencia cultural, pero también porque el sistema político mexicano “emanado de la Revolución” ya no daba para más en términos políticos y económicos. El autoritarismo que derivó en la matanza de Tlatelolco fue pues el punto de inflexión entre un pasado paternalista, cerrado y voraz, y un futuro que poco a poco se ha ido abriendo no como dádiva del poder, sino como resultado de luchas y reclamos populares irrenunciables.
Luego de la fecha trágica, el régimen pareció ceder un poco guiado por la mano populista de Luis Echeverría. Fue una finta, pues mientras LAE hablaba a las masas con oratoria de líder entrañable, reprimía y perseguía a cuanto movimiento le mostraba una oposición radical, de izquierda sobre todo, lo que trajo como resultado la llamada guerra sucia. En ese momento se dio el también famoso Jueves de Corpus, otra puñalada en la espalda de la voluntad juvenil.
El sexenio siguiente operó la reforma despresurizadora de Reyes Heroles. Muchas agrupaciones políticas otrora perseguidas salieron de la clandestinidad y comenzaron a articular un nuevo tipo de lucha, la que corre por la vía electoral. El régimen tomó oxígeno para dos sexenios más, pero la economía se desplomó con López Portillo y Miguel de la Madrid, quien al llegar a su sexenio tuvo que hacer añicos el débil marco democrático para imponer a Carlos Salinas mediante un fraude hoy legendario. El “sistema”, así, sobrevivió otros doce años, como muerto en vida. Luego vino la transición que tuvo más de pacto cupular que de transición, y comenzó la era de la violencia sin coto que se agudizó con la vuelta del PRI en el también sangriento sexenio que por estas semanas agoniza.
En teoría, la llegada de López Obrador a la presidencia es una especie de coincidente coronación tras medio siglo de luchas contra un régimen devastador. En parte, sólo en parte, es verdad, como también lo es que el 68 sirvió para viabilizar mayor pluralidad en los medios. Sin embargo, es pertinente insistir en que varias de las luchas anteriores al 68, y muchos reclamos del 68 mismo, tuvieron que ver con la necesidad de construir una sociedad justa en lo material, con mejor calidad de vida y oportunidades para todos. La pobreza actual de la mayor parte de los mexicanos, el insulto diario del salario mínimo, el desempleo y otras mil precariedades, obligan a que la efemérides del 2 de octubre no sea vaciada de contenido o sólo sirva como detonador de la nostalgia, sino que sea y siga siendo una bandera viva de justicia y bienestar para todos.

sábado, julio 07, 2018

Crisis tripartita










Para quienes nacimos hace más de cincuenta años no es tan fácil asimilar lo que pasó el domingo. Fue un suceso al que por fuerza debemos hacerle digestión lenta, pues no todos los días se viene encima un banquetazo con tal cantidad de novedades. Parece un quiebre, un parteaguas que de golpe nos hace sentir que provenimos de la prehistoria: hace cuántos millones de años el PRI echaba a andar la aplanadora electoral y con ella dejaba convertidos a sus opositores en tortilla; hace cuánto la CTM era manejada con mano de hierro por un vejete de cuyo nombre no quiero acordarme; hace cuánto la CNC cooperaba con miles de campesinos sólo útiles para el acarreo; hace cuánto vivíamos los rituales del destape, los fastos de un partido hecho a la medida de la autodenominada y gandalla “familia revolucionaria”.
Todo eso y más venía desplomándose desde hace décadas pero parecía que el desplome avanzaba en cámara Phantom. Primero fue el hachazo propinado por el delamadridismo-salinismo a los políticos de viejo cuño. La llegada de los “tecnócratas” —palabra que hoy también parece prehistórica— desplazó a quienes se habían hecho en las bregas del escalafón: antes de ser gobernador, digamos, era necesario comenzar en la juventud como ayudante C o D de algún regidor o alcalde de poca monta; si se tenía suerte, habilidad, una alta dosis de servilismo y buen padrino se podía ascender hasta una diputación, una senaduría y más. Ese paradigma moroso y funcional cambió en el PRI, partido que fue asaltado por jóvenes políticos que mezclaban los estudios en escuelas importantes con ambición, y luego por júniors sólo dotados de colmillos y amigotes voraces. El PRI volvió pues a Palacio Nacional, pero lo hizo no para pensar en un renacimiento de largo aliento, sino en una orgía de vaciamiento de las arcas públicas.
Luego el PAN y el PRD, cada cual a su modo, calcaron prácticas similares y terminaron casi en las mismas que su modelo. Tras el debilitamiento de la figura presidencial, no sólo los gobernadores operaron a sus anchas, sino que también los partidos pusieron de su parte hasta lograr que la gente los odiara-rotulara con un nombre peyorativo: “partidocracia”. Hoy los tres partidos atraviesan sus peores crisis y buscan con denuedo a los culpables para pasarles la factura. Cada uno tendrá, es de suponer, distinto futuro. Creo que en el PAN habrá lucha encarnizada por el control pero saldrá adelante; el PRI batallará más porque es una agencia de colocaciones y al haber perdido espacios no podrá disponer de huesos para su horda habitual; sobrevivirá, sin embargo, como ha sobrevivido siempre, como la yerba mala. Al que le veo menos chance de resucitar es al PRD: los Chuchos acabaron con él hace como diez años, pero se dieron cuenta de esto hasta el domingo pasado.

jueves, junio 14, 2018

Delirios en la red

















Las redes sociales son hoy la pantalla donde se proyecta buena parte del ánimo ciudadano. Suelen crear, por ello, cierta credulidad en sus usuarios. En Twitter, por ejemplo, dado que uno sigue cuentas afines, sentirá que todo se cantea hacia su flanco ideológico, que todo marcha de maravilla para los nuestros. Se da el caso, incluso, del fanatismo que desorbita la credulidad y la convierte en redonda estupidez. Ocurre cuando alguien difunde información (videos, sobre todo) espesa de patrañas flagrantes pero ornamentada con alguna pátina de seriedad.
No me refiero, pues, aquí, al video chusco o paródico hoy tan de moda, sino al que se quiere pasar de lanza con sospechoso tono sobrio. Gracias a esta basura he llegado a pedir, casi a suplicar, que seamos menos laxos a la hora de estampar un like o retuitear, pues lo único que hacemos con eso es diseminar falacias. Una buena política, por ello, sería bloquear a los impulsores indiscriminados de sandeces, hacerles ver que en el reborujo actual de la comunicación no es pertinente hacer más ruido.
Sin embargo, a veces no es fácil discernir qué documento parte de la autenticidad y qué otro es un reptil engañoso. Excluyo de esta lista los videos dramatizados que buscan con descaro llevar agua a sus molinos (véase en este momento uno, sin firma y harto idiota, en el que ladrones y secuestradores piden perdón a sus víctimas tal y como “va a hacerlo ya sabes quién” con los delincuentes). No, hay otros más sutiles, como uno que vi hace poco y en realidad es, o al menos parece ser, una extraña vuelta de tuerca en el mundo de la propaganda negativa. Lo describo.
Un tipo con voz de locutor se graba a sí mismo en su computadora. Viste una playera blanca muy simple y una gorra de pelotero con el logo del PRI harto visible. Comienza con un saludo para la comunicadora Martha Debayle y luego emprende una crítica sospechosamente delirante contra los opositores de Peña Nieto. Señala que el precio de la gasolina es benéfico para la salud, ya que la gente camina más y mitiga el problema de la obesidad; apunta que el precio del dólar es ventajoso ya que si un turista llega y da un dólar de propina, es mejor que sean 20 pesos y no 14; por último, explica que el alto precio de la tortilla obliga a que la gente no se haga tacos con dos tortillas, sino con una, lo que también redunda en una mejor salud.
Este documento es tan grotesco que parece producido por los enemigos del PRI, aunque en el río revuelto ya no se sabe. Lo mejor, como digo párrafos arriba, es cerrar la puerta a lo sospechoso, bloquear lo que parezca no tener abuela.

miércoles, mayo 09, 2018

El boxeo de Meade














Dos lecturas puede tener la obstinada presencia de López Obrador en el discurso de José Antonio Meade. Antenoche, en el redivivo programa Tercer Grado, el abanderado del PRI y las rémoras del Verde Ecologista y Nueva Alianza no dejó de responder ninguna de las preguntas sin cepillar al tabasqueño. Para un espectador medianamente informado sobre la posición que viene ocupando Meade en las encuestas, no deja de ser curioso que en vez de percutir sobre AMLO debió, al menos, campechanear algunos mandobles para Anaya. No fue así: el candidato “sin militancia” sólo tenía dos palabras en la mira: Andrés Manuel, e incluso manejó una innovación: el Peje ya no nomás es culpable por el caos del futuro si es que gana, sino que en el pasado a él se han debido varias turbulencias del peso frente al dólar y otros desaguisados que, bendita sea la democracia, no han pasado a mayores gracias a que ha perdido.
Ágil y burocrático, con un discurso libreteado en casi todos sus trazos, Meade fue zafando de las preguntas que, sin ser incisivas, eran obvias: ¿Enrique Peña Nieto es honesto? Sí, es honesto, y dejemos a un lado su nombre porque él “no está en la boleta”. ¿Romero Deschamps es corrupto?, y en lugar de una respuesta rápida e incontrovertible el despliegue de una larga explicación sobre la necesidad de denunciar y acabar con la impunidad que es un terrible flagelo etcétera. Pese a la suavidad del tono en el que fue cuestionado, los lastres del partido que lo impulsa son tan grandes que Meade no pudo evitar los picotazos de la realidad. Sin freno, con un relato técnico y vertiginoso, el ex secretario de Hacienda capeaba el temporal a verbosidad turbo con tal de escurrirse pronto, y siempre con un discurso honestista, de estafas maestras, casos Odebrecht, casas blancas y demás proezas.
En toda la deshilachada entrevista lo que fue quedando claro es que los males pasados, presentes y futuros del país son hechura exclusiva de López Obrador. ¿Y algún coscorroncito para Anaya, el segundo lugar? Nada, y es aquí donde entra en escena la conjetura. Tal vez Meade no tocó al candidato del PAN para dejar volando la idea de que no le interesa, de que ese rival ya casi fue despachado al tercer puesto, o quizá, como se ha venido diciendo, porque no debe aporrear a quien, luego del 20 de mayo, podría ser su aliado en la lucha por alcanzar al puntero.
En suma, la comparecencia de Meade en Tercer Grado no ayudará a levantar, creo, su barra demoscópica. Lo que sí produjo, en todo caso, fue una cauda terrible de memes tras no recordar el título de su libro.

miércoles, abril 25, 2018

Debate en modo bolita













En mi infancia/adolescencia solíamos practicar un ¿juego? algo idiota que denominábamos “bolita”. No sé si todavía existe, si los jóvenes de hoy lo mantienen vivo o ya murió como han muerto el “chinchilagua”o el “brinca tu burro”. El juego no tenía reglas. Su único precepto consistía en acatar un grito. Requería que en un grupo de jóvenes alguno de ellos abrazara a otro y lo derrumbara en el suelo mientras emitía el grito de convocatoria: “¡Bolitaaaa!” En ese instante, sin perder tiempo, ya con la víctima tirada, inerme, todos los compañeros cercanos hacían eco del primer grito, gritaban a su vez “¡bolitaaa!” y comenzaban a formar una montaña humana sobre el sujeto anulado. Cierto que este juego era entre inofensivo y babotas, aunque a veces se sumaban tantos al tumulto que el sometido quedaba casi asfixiado, molido por el peso que le caía de golpe.
Cuando alguien, fortuitamente, convocaba a la bolita, la víctima no tenía escapatoria. Si de casualidad se zafaba de un primer agresor, otros acudían y lo tumbaban. El caso era hacerle bolita, montón, sin remedio. Pues bien, eso vimos el domingo en el primer debate de los candidatos a la presidencia. Cuatro contra uno, todos al unísono gritando bolita contra López Obrador, quien hizo lo que pudo para mantenerse sereno y salir adelante y con la menor cantidad posible de raspones. Ciertamente no es nada fácil que alguien escape incólume cuando el destino (o quien sea) lo elige como objetivo de la bolita. AMLO y su equipo sabían que todos, por diferentes razones, lo iban a atacar, que el instinto de pitbulls con preferencia de una sola carne iba a reinar entre sus oponentes. Y así fue. Aunque entre los cuatro se tiraron uno que otro mordisco, el propósito eje fue masacrar al candidato que encabeza hasta el momento, y por mucho, las encuestas. Creo que lo lograron a medias, no lapidariamente como esperaban, pues da la impresión de que el galvanizado a favor de AMLO sigue librándolo de mermas.
El Peje ha insistido hasta el choteo que existe una cosa horrible denominada “mafia del poder”. Muchos han convertido tal afirmación en meme, como si los hechos no demostraran que un grupo de hampones ha usurpado las tareas del gobierno no para comprar dos departamentitos, sino para hundir a todo un país. En el debate pareció visible quién se opone a tal camorra y quiénes están por mantenerla con vida. Pero bueno, en tales ejercicios se habla de corrupción, inseguridad, pobreza, impunidad y todos esos problemas abominables del país, y ninguno lo ha provocado Morena. Qué raro. Es como acusar al PRI o al PAN de la hambruna en Somalia.

miércoles, febrero 28, 2018

Secreto en la montaña electoral












Es más fácil predecir un meteorito que el resultado de la actual metralla cruzada entre el PRI y el PAN. Como muchos, me declaro incompetente para pronosticar el porvenir cercano de los dos candidatos, pero eso no quiere decir que eluda las delicias de la conjetura. Este escenario de guerra sobrevino luego de que ambos partidos atravesaron un amplio romance que los llevó a pactar no sólo reformas, sino la mismísima presidencia cuando Calderón desahució a Josefina y dejó la vía libre al clan de Atlacomulco, como bien lo documentó El amasiato, libro de Álvaro Delgado.
Mientras sirvió a sus intereses, Anaya jugó cerca del PRI, y esto lo demuestran muchos videos de YouTube que lo exhiben como apapachador de las reformas y, en particular, de Meade, “un mexicano del que nos sentimos profundamente orgullosos”, el único que ocupó tres secretarías de estado “en dos gobiernos emanados de distintos partidos políticos”. Tales logros del abanderado priísta, dijo Anaya, son una consecuencia “de su preparación y de su solidez técnica”, y sobre todo son una “consecuencia natural de su verticalidad y de su extraordinaria calidad humana”. Estas palabras no son ahora nada útiles, pues el equipo del mismo al que elogió, apoyado por el gobierno de Peña Nieto, está tirando a matar para desbancarlo del segundo sitio antes de que arranque formalmente la campaña.
Por su lado, Anaya ha hecho verdaderas acrobacias para quitarse de encima el bombardeo simultáneo de todo el aparato priísta y oficial en pinza. Visiblemente acompañado por Diego Fernández, personaje que en términos de imagen no ayuda mucho si uno quiere deslindarse de acusaciones relacionadas con negocios y dinero manejado en cifras millonarias, el joven queretano ha insistido en los pasivos de Meade como padre del gasolinazo y de varios desvíos en la Sedesol, ya no como el secretario destacado por su “su preparación” y “su solidez técnica”, además de acusar a la PGR de actuar para favorecer al candidato del PRI. El pleito a derivado incluso en el chismorreo tuitero. A una gracejada del panista en la que señala ver por el retrovisor al candidato priísta, Meade respondió: “No soy yo, Anaya, es Barreiro”, en alusión al cuate no reconocido por Anaya.
A estas alturas, pues, el PRI hundirá su cuchillo hasta donde quepa. Apenas hay tiempo ya para ubicarse, así sea mañosamente, en el segundo puesto y operar luego un reto mayor: ponerse un poco por debajo de AMLO antes del 1 de julio. Lo demás se resolvería con taxis y tribunales a la medida.

miércoles, agosto 16, 2017

Como las ratas













Alguna vez platicaba con un experto en ratas (sin metáfora) y me explicó que esos bichos tienen una capacidad de adaptación digna de cualquier asombro. Tal competencia la muestran en todo momento, por eso son ubicuas y prácticamente indestructibles. Por ejemplo, si no tienen buena comida a la mano, pueden recurrir a papel, a madera y hasta a polímeros, no sé; si una rendija es muy estrecha, son capaces de achiclarse (o sea, convertirse en chicle) para ingresar como si fueran una plasta de pintura en movimiento; si hay que trepar, tienen virtudes escalatorias casi circenses. En suma, son uno de los animales más capacitados por la naturaleza para encarar cualquier desafío y aguantar cualquier adversidad.
Más allá de que a ciertos políticos se les asocie con ellas (en México casi a todos), es evidente que en el PRI se encuentran los ejemplares de mayor capacidad y por ello han llegado a noventa años sin sucumbir pese a que sus resultados son, por decir lo menos, desastrosos. ¿A qué se debe esto? Como en el caso de las ratas, a su poder de adaptación, a que ante ningún reto se quedan a la expectativa, pasivas y en espera del desastre. Nada de eso. El PRI es un partido que se achicla, que como plastilina ha ido reconfigurando su organismo frente a las necesidades que le plantea la realidad por él deteriorada.
Cuando topó, en 2000, contra un muro opositor que parecía indestructible, se adaptó (comió plástico) a “la transición” con Fox y Calderón, y volvió gracias a ellos en 2012, lo que significó una catástrofe de magnitud todavía incuantificable. Ahora, luego del previsible papelón de EPN y su pandilla, es un partido impresentable, con un tercio de la simpatía electoral (su núcleo duro y los despistados que nunca faltan) que sólo necesita dos o tres mutaciones para garantizarse seis años más de poder. Una de ellas ya la “instrumentaron” (este asqueroso verbo me recuerda a las épocas de Miguel de la Madrid) con el cambio de sus estatutos para que un “simpatizante”, casi no se nota quién, pueda ser presidente. Luego vendrán las alianzas con el Partido Verde, los Chuchos y otras rémoras que elevarán aunque sea un piquito el tercio ganador, y tutti contenti.
El caso es adaptarse, como las ratas en estricto sentido, para no sucumbir y seguir haciendo de las suyas como las ratas en este caso con metáfora.

miércoles, mayo 27, 2015

El Tlacuache superado













Pensé alguna vez, en 2009, que la frase de César Garizurieta jamás iba a ser superada. Él era conocido con el apodo de El Tlacuache y más conocido todavía por haber acuñado la máxima máxima de la sabiduría cínica mexicana: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Tengo pocos datos adicionales sobre Garizurieta; sé que nació en 1904 en Tuxpan, Veracruz (la tierra de donde zarpó el Granma con rumbo a la epopeya barbuda), y que se distinguió como abogado, político y diplomático, donde confirmó en carne propia su teoría de no vivir en el error. Murió en 1961.
Pues bien, gracias a un video pudimos ver que un periodista poblano (periodista en un sentido sumamente laxo, hay que aclarar) acuñó una frase de ésas que merecen estar en letras de oro y a la vista de todos, pues ilustra a la perfección el grado de inmundicia al que ha llegado la relación entre cierto periodismo y nuestro agusanado poder político. En esta historia ni siquiera son necesarios los nombres propios, pues da lo mismo que sean quien sean los que se mueven en estos albañales.
En el video de marras (así escribían los periodistas de la vieja guardia: “de marras”) todo es corrupto, comenzando por el lenguaje, una mezcla de insolencia carretonera con fraseo pirruris, muy en el estilo privado y seudojocoso de Lorenzo Córdova. Como delincuentes de pura cepa, un periodista y un político aclaran puntos. El periodista lo chantajea: le dice al político que si no afloja diez millones, saca a la luz una grabación. El político le explica que no tiene esa suma, se escurre por peteneras y se hace el desconcertado mientras el periodista le dicta cátedra casi de manera condescendiente, como lo haría un profe sereno frente a un fósil.
Por allí, casi al final, el periodista defeca la frase luminosa: “Mi negocio es administrar la reputación de los periodistas”. Lo que no sabía es que el político lo estaba videograbando, y que luego editaría el material para dar a conocer lo que le convenía para sacarse de encima al chantajista.
Todo aquí es pútrido: el contexto del golpeteo más bajo que arrastrarse pueda en nuestro país, la maniobra del político que graba y exhibe a su enemigo, el prepotente cinismo del periodista que amaga como si tuviera todos los cochinos hilos en la mano. En fin, cierto que se trata sólo de un botón entre los muchos que seguramente hay en la mercería, pero de todos modos, dado su valor, no es descabellado que quede impreso a cincel para beneplácito de la eternidad: “Mi negocio es administrar la reputación de los políticos”. Una finura.

miércoles, abril 22, 2015

Debacle sin responsables















¿A quién arropan los criminales en el poder? No precisamente a los niños, no a los ancianos, no a las mujeres y no, para acabar pronto, a los mexicanos ajenos a esa mafia. La calidad de vida digna en México, banderita electoral del grupúsculo enquistado en el gobierno, refulge por su desastrosa ausencia y a su paso deja como secuela millones de damnificados. Lo extraño es que nadie quiere hacerse responsable de las hordas de menesterosos que carga el país, como si la desgracia hubiera sido generada espontáneamente, sin apellidos visibles.
La disolución en ácido de la responsabilidad no alcanza a desaparecer, sin embargo, todas las pistas: hay responsables por más que se hagan los distraídos y por más que se escurran culpando a los anteriores, a los mafiosos de otro tiempo. Método fácil: EPN no es responsable de su mal gobierno porque las fallas que ha enfrentado son históricas, profundas, “estructurales”, provienen de errores cometidos en el pasado y para solucionarlas son necesarios, sobre todo, “cambios” y paciencia. La mejoría está indefectiblemente ligada al futuro, jamás es un asunto vinculado al aquí y al ahora.
Pensemos en cualquier rubro de la vida social y económica del país y eso encontraremos: sólo desastres sin responsables al alcance de la mano. Por ejemplo, los salarios, el ingreso mínimo para satisfacer todas las necesidades de un trabajador y su familia. Lo que hoy gana ese sujeto es uno de los más agrios insultos a la razón, y atenta de frente contra lo elemental, lo básico: el alimento. Si el ingreso mínimo en México no alcanza para que coma un solo ser humano, uno solo, ¿de dónde queremos que alcance también para vestido, vivienda, educación, esparcimiento, salud y todo lo demás? Es un disparate, un balazo de alto calibre en la cabeza de la lógica.
Los padres que padecen ese ingreso no lograrán que sus hijos crezcan en condiciones favorables. Hay allí una brutal clausura que deriva en taras y resentimientos colectivos, en frustraciones multitudinarias. Pero los padres trabajadores no sólo no pueden apisonar el camino de sus hijos, sino el de ellos mismos para la vejez a la que avanzan. Noticias recientes describen el panorama horrendo que ya amaga: sólo cuatro de cada diez viejos (o “adultos mayores”, según el eufemismo actual) tendrán una pensión así sea ridícula (alrededor del 20% de su salario), menor incluso que la de Haití. En esto, claro, tampoco hay ni habrá responsables a la vista.

miércoles, diciembre 01, 2010

Los dos tiempos



Los tres partidos más grandes del país han optado cada uno por favorecer un tiempo específico para referirse a su viabilidad. El PAN ha escogido el presente, el PRI el pasado y el PRD (y sus satélites) el futuro. La pelea principal se da, o se ha dado, entre los dos primeros: el PAN con duros ataques al pasado que representa el PRI y éste a la tragedia que ha significado el presente desastroso que ya va para una década de achacosidades. El PRD, e insisto que sus satélites, se han quedado por descalificación con el porvenir, aunque de los tres momentos es el más especulativo, pues ni lo conocemos ni lo estamos viviendo: el futuro es siempre una ilusión.
Lamentablemente soy de los que no creen ni han creído jamás en la cacareada transición. Como lo ha ilustrado, entre otros. Jesús Silva-Herzog Márquez, hubo unos años allá por el 2001-2002-2003 en los que México padeció la enfermedad de la transicionitis. Surgieron incluso transiciólogos, verdaderos expertos en materia de cambios políticos que explicaron con todo el instrumental retórico a su disposición las características de toda transición, desde las más ásperas a las más tersas. La de México, se dijo, era inevitable, se veía venir y a final de cuentas no fue tan traumática, pues derivó de un proceso electoral incuestinablemente aseado, sin profundo trauma de cambio.
Creo que si no hubo trauma, si en efecto fue un cambio sosegado, eso se debió a que la transición no fue una transición, sino apenas un cambio de sigla, un arreglo cosmético de las cúpulas para que el país siguiera seis años por la misma ruta económica y con el plus de la ilusión democrática, una farsa.
Por eso, precisamente por eso, el conflicto fue mínimo o no lo hubo, y por eso Fox desaprovechó el bono “democrático”: las tepocatas y las víboras prietas de las que habló alguna vez eran parte del discurso supuestamente duro contra el pasado, aunque ese pasado había sido en realidad lo que le dio entidad al presente foxista, su razón de ser. ¿Y qué pasado fue el pasado de Fox? No los casi setenta años consecutivos de gobierno priísta, sino los más recientes veinte, es decir, los años de De la Madrid, Salinas y Zedillo, los tres sexenios de la carnicería tecnócrata a la que se sumó el gobierno de Fox, en teoría distinto.
El partido en el poder cambió, el arreglo pudo caminar un rato, pero como en esencia era lo mismo, un gobierno de entraña insensible, produjo lo que viene produciendo el modelito: pobres, violencia, retrocesos, antidemocracia. El clímax del shock se dio en 2006, un año que demostró el poco margen de maniobra que ya tenía el régimen para transitar las vías ortodoxas de control. Fue el año de la guerra mediática y demoscópica. Si en otras ocasiones cayó el sistema, o se sembró el miedo con magnicidios, o se creo la fantasmagoría del cambio, en 2006 todo parecía perdido y se recurrió al expediente de la guerra de los espots. Muchos empresarios mexicanos, usufructuarios inmediatos de la riqueza nacional y defensores a ultranza de la continuidad, se sumaron ilegalmente a la granizada y al fin lograron imponer, con un margen de risa, su ganador. La diferencia fue tan escasa que olía nauseabundamente a ilegitimidad. Los métodos de legitimación los hemos estado viendo en los más recientes años, saltan a la vista.
Ahora bien, volvamos al principio: el PRI postula un regreso (no dicen que al pasado porque la palabra “pasado” no goza de prestigio, pero eso nomás la insinúan); el PAN sostiene que el presente debe continuar, que, contra lo que dijo el poeta, no todo tiempo pasado fue mejor. El caso es que para algunos, entre los que me cuento, el pasado y el presente son la misma gata, pero revolcada. Por ello, en resumen, para ciertos mexicanos quizá haya sólo dos sopas: el pasado y el futuro. Tal vez, aunque vale aclarar que el futuro tiene la desventaja de que es lo único conjetural, a lo mucho un modesto sueño.

miércoles, julio 08, 2009

Vuelve el jurásico



Hace una semana se escuchaban todavía estentóreas las baladronadas internéticas de Germán Martínez. La estrategia ruda, de manita de puerco y agresivo espot, no les sirvió en 2006 ni en 2009, pues en aquella ocasión el PAN logró apenas una pírrica e increíble (increíble no por asombrosa, sino porque muchos no la creímos) ventaja con la que arrebataron la presidencia y ahora, en las elecciones del domingo 5, perdieron casi todo. Lo que queda de ese prematuro naufragio sexenal es ver el aceleramiento de la maquinaria priísta para llegar con todo, como Acereros de Pittsburgh, al anhelado 2012.
La explicación que puedo hacerme de este regreso tricolor al carro (casi) completo es que no se trata de un regreso, sino de algo distinto que no sé cómo definir. Por decirlo de algún modo, es como si el PRI nunca se hubiera ido, y si alguien o algo no se va, es imposible que regrese. O sea, como el legendario dinosaurio, siempre ha estado allí. En apariencia, tras el triunfo de Fox el priato quedó con la mandíbula rota y en la lona, noqueado por los siglos de los siglos. Falso. Fox y el PAN se hicieron de la presidencia, es verdad, pero nunca del Congreso ni, mucho menos, de la mayoría de las gubernaturas. La cosa parecía, al menos, empatada, pero lo cierto era que no, que el PRI siguió teniendo el control casi completo del país, dado que el centro del poder se desplazó del presidente a los feudos estatales, concertados mínimamente por una dirigencia nacional priísta un tanto testimonial, en efecto, pero con la suficiente representatividad como para seguir dando apariencia de cohesión y fuerza partidista.
Aunado pues al poder recién descubierto por los gobernadores priístas —quienes de golpe pasaron a convertirse de marionetas del ejecutivo a seres autónomos en su corral—, Fox hizo de su mandato una farsa que lastimó severamente los principios históricos del PAN. El payaso guanajuatense, embotado (no sólo porque usaba botas, sino) por su repentino poder y su falta de altura intelectual hizo que el tricolor se fortaleciera atléticamente en los estados. Los gobernadores advirtieron muy pronto que la dinámica había cambiado, que apoyados por su dirigencia nacional, pero sobre todo por los recursos propios legales e ilegales podían acomodar piezas en la Cámara y nombrar en cada entidad sucesores cómodos sin la intromisión del centro. El triunfo del PRI el domingo 5 no es el triunfo del PRI nacional, sino de las dirigencias estatales y del apoyo recibido por cada candidato en cada uno de sus feudos. Sonora es un caso anómalo, por lo que ya sabemos; si no hubiera ocurrido ningún incendio, el seguro arrasador en ese estado sería el partido que hizo lo propio en otras cinco entidades donde hubo elecciones para gobernador.
A nadie se le oculta que las elecciones pasadas son apenas un renglón en la épica novela que escribe el PRI para cristalizar su retorno a Los Pinos. Que la boca se me haga chicharrón, pero lamentablemente creo que no queda mucho tiempo ya para que el PRD o el PAN, los dos únicos partidos que podrían dar la pelea, se recompongan y descarrilen un tren que viene a gorro. En el PAN no queda figura relevante (¿Josefina Vázquez Mota, Juan Molinar, quién?) que pueda soñar con una candidatura de peso. El PRD-PT-Convergencia o lo que resulte de esa ensalada, sigue teniendo los activos de Ebrard y López Obrador, pero uno se verá chico en el ranking y el otro será marrulleramente obstruido incluso más de lo que padeció en 2006. El camino luce libre para dos personas, y en el fondo eso fue lo que se dirimió el domingo 5: ya sabemos qué partido se adelanta hacia las elecciones de 2012 y sólo nos falta saber si su candidato es norteñamente bigotón o envaselinadamente copetón. Eso irá quedando claro en unos meses. Ni pex.

sábado, marzo 07, 2009

La regresión según Crespo



A mediados de 2008 Manuel Espino puso en circulación su libro Señal de alerta. Advertía allí, recordamos, el peligro de una regresión política debida sobre todo a dos factores: los errores del PAN en el poder y el avance hacia Los Pinos de Manlio Fabio Beltrones. José Antonio Crespo, columnista de El Universal y analista del programa Primer Plano, opinó sobre el tema e hizo un planteamiento que, pese a la fugacidad del discurso opinativo, no ha caducado. Ahora sí que, como dice Manzanero, parece que fue ayer cuando escribió sobre las señales de alerta espinistas y el retroceso en marcha.
Hemos visto en poco más de dos semanas que el pacto coyuntural PRI-PAN entra a una bolsa de turbulencia en la medida en la que se acercan las elecciones de julio. Saldrán chispas, y mientras allá se dan con todo el lopezobradorismo trata de reacomodar su mensaje de verdadera oposición. El 16 de julio de 2008 Crespo vaticinó tal cual lo que ya estamos viendo:
Manuel Espino, en su libro Señal de alerta. Advertencia de una regresión política (2008), advierte a los ciudadanos, a su partido y a Felipe Calderón del riesgo de una regresión política. Eso, en caso de que en 2012 el senador Manlio Fabio Beltrones llegase a la Presidencia. Si lo hace alguien más del PRI, no hay inconveniente (sería parte de la alternancia democrática, considera Espino). El problema estriba en que la regresión política se encuentra ya en plena marcha. Y lo más lamentable es que no fue provocada por el PRI, sino por el PAN, a poco de alcanzar el poder. Espino asegura que hay una creciente percepción en sentido de que “el PAN aprendió demasiado rápido del PRI” (proceso que documentó ampliamente Álvaro Delgado en su libro El Engaño; prédica y práctica del PAN, 2007). En efecto, aprendió las mañas, pero no el oficio político de los tricolores. El “pequeño yunque”, que según Germán Martínez llevan los panistas, y el “pequeño priista”, que también albergan, de acuerdo con Calderón, se fusionaron en la peor combinación imaginable: corrupción, falta de honestidad, componendas electorales e impunidad —típicos vicios del PRI—, fusionados con ineptitud, torpeza, insensibilidad política y fariseísmo —rasgos propios del PAN—. Es el resultado de la decisión panista de conducirse según las recetas de Maquiavelo, pero sin lo que el florentino llamaba virtú politica, es decir, el talento, el oficio. Ejemplos de eso son los siguientes:
1) Espino incluye en su lista de actos ilícitos cometidos por Beltrones el tráfico de influencias. Pero nada dice acerca del que se cometió durante el gobierno de Vicente Fox, sobre todo por Marta Sahagún, de quien sólo se queja de haber querido sustituir al esposo en Los Pinos. Protesta Espino por la impunidad hacia los priistas bajo el gobierno de Calderón, pero calla la que prevaleció durante la administración de Fox.
2) Espino reconoce que el famoso desafuero era percibido por la opinión pública, no tanto como una torpe forma de manejar un asunto jurídico menor, sino una estrategia que tenía “un claro propósito político”. Y justo eso provocó la ruptura del frágil acuerdo democrático signado en 1996, pues implicó el uso del Estado para fines político-electorales. Algo reprobado por Manuel Gómez Morín, según cita Espino: ‘Un partido (gobernante)… no tiene derecho de utilizar los recursos del poder… la estructura jurídica y administrativa… para perseguir y hostilizar adversarios’. Justamente lo que hizo Fox, con lo que dio así inicio a la regresión política. 3) Espino califica a Beltrones como otro ‘peligro para México’. Pero tales caracterizaciones son en sí mismas un indicio más de regresión, pues ya vimos cómo las resuelve el PAN: si un candidato de cualquier partido se percibe como un peligro para el país o la democracia, hay que pararlo como sea

miércoles, febrero 04, 2009

Propaganda con touchdown



El domingo pasado estaba bien vulgarote con mis cacahuatotes, con mi cervezota, con mis amigotes y con mis parientotes echándome el supertazón en una televisionzota (o televisionsota, que no hay jurisprudencia ortográfica sobre ese aumentativo), es decir, estaba como cualquier ciudadano del mundo cuando a la brava, sin decir agua va, el canal interrumpió su señal para recetar urbi et orbi una sobredosis de anuncios políticos de casi infumable producción. Mi primera reacción fue el desconcierto. Pensé que se trataba de un error, pero cuando la situación se repitió (en ese momento atacaban con furia los Aceleros de Písbur, como les dicen en mi barrio) vi clarito que en realidad era una estrategia propagandística muy bien orquestada por las televisoras. Ante tan buena puntada no cupe de alegría: por fin nuestro duopolio mediático había dejado de ser la mierda que tradicionalmente es, y con gran inteligencia diseñó un plan de cobertura política digno de un pueblo güevón al que no le interesan los choros electorales ni en licuado.
Sé bien hoy que las televisoras están siendo acribilladas. Sus críticos les atribuyen infantilismo, encono, golpismo, maldad, rencor, pues al haberse quedado sin el pastelote de los espots parece que andan enfurruñadas como adolescentes a los que les quitaron el celular, como Peñas Nietos a los que no les concedieron la candidatura o como Fabiruchis a los que no les han dado para sus tunas. Quienes se obstinan en ver una jugada berrinchuda de Televisa y TV Azteca señalan que, a la malagueña salerosa, los dos leviatanes de la comunicación en México acordaron en lo oscurito (cancha en la que suelen dar grandes batallas, hay que reconocerlo) la transmisión de cortes para cuchilear (perdón por ese tecnicismo del argot canino) al público telenviciado contra los partidos políticos y el IFE. El analista Javier Corral ha llegado al exceso de calificar el hecho como “porrismo mediático”.
Pero no. Tanto Televisa como TV Azteca han decidido poner fin a su proverbial ruindad y aunque sea de manera muy poco delicada le abrieron un paréntesis, por fin, a la política en medio de las frivolidades que nada dejan. Fue así como tuvieron la chula ocurrencia de armar una campaña de seducción subliminal que permitiera a la ciudadanía en pleno una oportunidad mínima de adoctrinamiento. Algún genial estratega de los medios vio con claridad que hacía falta un México más politizado, más conciente, más participativo. Como la tele jamás hará nada para dar aunque sea una embarrada de politización seria, el plan fue aprovechar la producción de los partidos y del IFE para encajarla en medio de las trasmisiones que gozan de millones y millones de televidentes. Por primera vez en nuestra historia, pues, un anuncio del IFE, del PRI, del PAN, del PRD y demás fue visto por cantidades inauditas de público. Es de suponer que muchos mexicanos mentaron madres, pero también es lógico inferir que al calor de las chelas y de los pases interceptados algo se quedó en la memoria colectiva. El plan, entonces, no es tan malo, aunque el mecanismo nos parezca ahora un tanto burdo o estúpido. Si así no fuera, los anuncios de los partidos estarían condenados, como siempre, a horarios y canales de octava categoría, a segmentos televisivos en los que competirían contra fajas, pomadas reductivas y métodos para ponerse bien mameyes en una semana. Con la maravillosa idea de pasar la propaganda en medio del supertazón o de programas semejantes, las televisoras han aprovechado la cautividad del público y su embriaguez real o metafórica, lo que sirve sobremanera para inocular cualquier información subliminal, en este caso política.
Cierto que Televisa y TV Azteca han sido y son, en general, basura, las dos empresas más antidemocráticas que arrastrarse puedan en el reino de este país, pero lo que hicieron el fin de semana es una prueba, contra Darwin, de que son manejadas por seres humanos, aunque usted no lo crea.