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miércoles, mayo 23, 2018

Virajes cercanos












La sorpresa del segundo debate es que su saldo ha resultado prácticamente nulo. Si no fuera por las encuestas previamente diseñadas y los bots que ahora colocan a Meade como segundo lugar y hombre más capaz del sistema solar, todo indicaría que nada se movió luego del 20 de mayo. Si esto es verdad, se trata de una buena noticia sólo para el puntero, no así para los dos que lo siguen todavía de lejos (el Bronco se cuece aparte, en una zahúrda). Digo lo que digo porque estamos a cuarenta días de la jornada electoral y la disputa por el segundo lugar persiste en sus números sin que Pepe y Ricky, trabados ya como palitos con liga, dé su candidatura a torcer.
Los números no se movieron significativamente por tres razones: Meade, Anaya y López Obrador. En efecto, Meade salió al ruedo con su mismo esgrima técnico e inocuo, plano como el desierto de Mojave. Le echa ganas, no tropieza en sus alocuciones, arroja datos, hasta parece buena persona, pero tiene menos imán que un Godínez en horas extras. Además, carga como Pípila todo el pasado reciente de su jefe Peña Nieto, personaje cuyo gobierno está batiendo marcas en los rubros de violencia, corrupción e impunidad. En este sentido, la candidatura de Meade desafía toda lógica: clama por votos en el reino de la incredulidad y el rechazo.
Anaya salió casi igual que en el primer debate. “Habla bien” (así dicen muchos), se nota entrenado en cursos de oratoria comercial, no se descuadra, sonríe con pétrea afabilidad, se desplaza en el escenario como pastor evangélico, trata de tú y por su nombre a todos los interlocutores, termina justo a tiempo sus intervenciones, pero ahora cometió un error de cálculo: fue declarado ganador del primer debate en función de su agresividad contra AMLO, y ahora bajó el voltaje. Creo que vio una encrucijada: si agredía, iba a pasar como golpeador de tiempo completo, y si se tornaba más técnico, más Meade, quizá dejaría incólume al Peje. Eso ocurrió. Usó menos carteles, más propuestas abstractas y menos golpes, y los debates de la tele no están diseñados para el votante intelectualizado, sino para el que se deja guiar por la personalidad, por el tono, por “la química”. Los candidatos tienen encuentros con empresarios, con académicos, con comunicadores, así que los debates televisivos más bien sirven, aunque muchos quieran ver “propuestas”, para calzar bien el tacuche y ejercer el pugilismo retórico, lamentablemente.
Al contrario, AMLO ahora sí mostró los colmillos y fue mejor percibido, se reafirmó entre los suyos y quizá pueda hasta sumar. Lo cierto es que salió ileso, sigue en la punta y eso obligará pronto a un viraje de sus rivales.

miércoles, mayo 09, 2018

El boxeo de Meade














Dos lecturas puede tener la obstinada presencia de López Obrador en el discurso de José Antonio Meade. Antenoche, en el redivivo programa Tercer Grado, el abanderado del PRI y las rémoras del Verde Ecologista y Nueva Alianza no dejó de responder ninguna de las preguntas sin cepillar al tabasqueño. Para un espectador medianamente informado sobre la posición que viene ocupando Meade en las encuestas, no deja de ser curioso que en vez de percutir sobre AMLO debió, al menos, campechanear algunos mandobles para Anaya. No fue así: el candidato “sin militancia” sólo tenía dos palabras en la mira: Andrés Manuel, e incluso manejó una innovación: el Peje ya no nomás es culpable por el caos del futuro si es que gana, sino que en el pasado a él se han debido varias turbulencias del peso frente al dólar y otros desaguisados que, bendita sea la democracia, no han pasado a mayores gracias a que ha perdido.
Ágil y burocrático, con un discurso libreteado en casi todos sus trazos, Meade fue zafando de las preguntas que, sin ser incisivas, eran obvias: ¿Enrique Peña Nieto es honesto? Sí, es honesto, y dejemos a un lado su nombre porque él “no está en la boleta”. ¿Romero Deschamps es corrupto?, y en lugar de una respuesta rápida e incontrovertible el despliegue de una larga explicación sobre la necesidad de denunciar y acabar con la impunidad que es un terrible flagelo etcétera. Pese a la suavidad del tono en el que fue cuestionado, los lastres del partido que lo impulsa son tan grandes que Meade no pudo evitar los picotazos de la realidad. Sin freno, con un relato técnico y vertiginoso, el ex secretario de Hacienda capeaba el temporal a verbosidad turbo con tal de escurrirse pronto, y siempre con un discurso honestista, de estafas maestras, casos Odebrecht, casas blancas y demás proezas.
En toda la deshilachada entrevista lo que fue quedando claro es que los males pasados, presentes y futuros del país son hechura exclusiva de López Obrador. ¿Y algún coscorroncito para Anaya, el segundo lugar? Nada, y es aquí donde entra en escena la conjetura. Tal vez Meade no tocó al candidato del PAN para dejar volando la idea de que no le interesa, de que ese rival ya casi fue despachado al tercer puesto, o quizá, como se ha venido diciendo, porque no debe aporrear a quien, luego del 20 de mayo, podría ser su aliado en la lucha por alcanzar al puntero.
En suma, la comparecencia de Meade en Tercer Grado no ayudará a levantar, creo, su barra demoscópica. Lo que sí produjo, en todo caso, fue una cauda terrible de memes tras no recordar el título de su libro.

miércoles, enero 10, 2018

El revés de un tuit











El domingo 7 Meade salió con domingo 7: envió un tuit de esos que seguramente van a pasar a la historia de los tuits políticamente inauditos. Fue redactado así: “Hay que hablar claro: a México le duele profundamente que Javier Duarte haya traicionado con corrupción a la población. A los priístas les duele que él haya lastimado su prestigio”.
Alfonso Reyes —siento pena por citarlo en estas miserias— tiene un texto maravilloso titulado “El revés de un párrafo”. Allí, el polígrafo regiomontano analiza minuciosamente un puñado de palabras y permite que veamos sus íntimos engranes. Gracias a este sencillo experimento advertimos que no hay producto escrito, por elemental que parezca, ajeno a la complejidad. Para decirlo de otra manera, debajo de las palabras siempre hay un mundo de sentidos, una telaraña de connotaciones.
Esto lo podemos ver en el ya citado tuit de Meade. Por ejemplo, que primero diga “Hay que hablar claro”, como aceptando que antes no lo había hecho. Luego, el titubeo que implica afirmar primero que “a México le duele” y luego que “A los priístas les duele”, como si no supiera bien a quién le duele; no sé a los priístas, pero creo que a los mexicanos en general no les duele, pues no se sienten traicionados. Se siente traicionado quien deposita confianza en alguien, y dudo mucho que los mexicanos hayan tenido alguna vez confianza en un sujeto como Duarte de Ochoa. En todo caso, a los mexicanos no les duele, sino les irrita. Otro detalle de esa misma frase: Duarte no sólo se pasó de rosca con corrupción, que por otro lado no sería excepcional. Es casi lo de menos, asombrosamente, en este caso, pues en su contra hay acusaciones sociales y periodísticas que lo vinculan al auspicio de crímenes mayores (la muerte de varios periodistas en Veracruz es apenas el pico de un iceberg abultado de historias siniestras). Por último, la frase “A los priístas les duele que él haya lastimado su prestigio” es ambigua debido al posesivo “su”: ¿cuál prestigio? ¿El del PRI o el de Duarte? Pese a esto, en ninguno de los casos existía tal prestigio, pero sería mejor si la idea fuera precisa.
En resumen, las frases del precandidato del PRI son, todas, un monumento a la mugre, pero no son inútiles. En el tuit sobre Duarte hay gran oportunismo: Meade andaba en Veracruz, el tema era inevitable y resultaba mucho mejor expelerlo ahora y no a cinco días de las elecciones. Bien pensado.

miércoles, diciembre 06, 2017

El pinto y el colorao














Todavía es temprano para hacer cálculos sobre la contienda de 2018, pero desde ya se avizora que en el redondel electoral sólo quedarán dos gallos: el pinto del PRI y el colorao de Morena (por aquello de que sigue teniendo algo de rojo). El segundo es un viejo conocido del público y los medios, pues desde hace más de quince años ha acaparado las vidrieras ora para caer bien a muchos y ora por ser considerado el más grande peligro para México, un peligro equiparado principalmente, y de paso risiblemente, a Chávez y a Maduro, artificiosa semejanza que por estas fechas se encuentra en proceso de reciclaje.
En cuanto al gallo pinto, José Antonio Meade, se sabe mucho menos, pues antes del destape se había manejado con low profile —digámoslo así para sonar como algunos elegantes que hablan en la tele— pese a la importancia de las carteras que ocupó durante los gobiernos de Felipe el Siniestro y Enrique el Ladrón. Hoy, con los reflectores mediáticos en la jeta, hemos ido sabiendo quién es, cómo habla, a qué le tira este mexicano cuando sueña. Por ejemplo, hoy se sabe por doquier que es de ascendencia irlandesa y otras curiosidades por el estilo.
La entrevista de El País, por ello, dejó ver el rostro híbrido, mixturado, viscoso entre la mesura del tecnócrata y el cantinflismo del emblemático chapucero priísta. Ante una pregunta relativamente fácil, en vez de responder, como se dice en el mundo de la ciencia, al chile, el señor Meade se escurrió con una explicación que retrata de puerco entero el hacer faccioso del poder y su permanente creación de excusas para mantener sano el ya de por sí vigoroso corpus de la impunidad. A la pregunta “¿Usted está dispuesto a investigar casos de corrupción de esta Administración, involucre a quien involucre?”, que debió ser respondida con un “sí” sereno, el señor Meade dio pábulo a los memes de tuiter con esta paparrucha: “Es que me parece que caemos de nuevo en el planteamiento personal. Tenemos que movernos en un esquema en el que la pregunta no sea válida. Un esquema que funcione para todos, en donde el acceso a la justicia y a la rendición de cuentas sea igual para cualquier funcionario. Vamos a funcionar bien cuando la pregunta deje de tener mérito. Cuando alguien piensa: ‘El problema depende de’ es que no entiende el problema de fondo”.
Más claro, imposible. Lo que debemos hacer es, pues, movernos en un esquema que nos permita bucear en el chapopote.