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sábado, enero 18, 2025

A punta de suplementos











 

En el habla general de hoy la palabra “suplemento” remite de inmediato al mundillo de los gimnasios, a la escultura del cuerpo como requisito esencial para construir un yo atractivo, lo más lejano posible a la indeseable llegada de la vejez y la fealdad. Los suplementos son pues aquellos aditivos que acostumbra tomar quien se ejercita en un gym para ayudar a que su carrocería luzca mejor, más robusta o estilizada, según sea el objetivo que se quiera reflejar en las imprescindibles selfies.

Lamentablemente no me referiré aquí a ese tema apasionante, sino a uno de suyo aburrido y nada útil para mejorar la facha: los suplementos, aquellos tabloides o a veces revistas de papel encartados (“encartar” era el verbo que se usaba para el caso) semanalmente en algunos periódicos. Solían y suelen todavía hoy, aunque mucho menos, tratar temas específicos. Los había misceláneos, pero con frecuencia, también, abrazaban asuntos de “sociales” (hoy podríamos decir de socialités), de deportes, de ciencia, de espectáculos y a veces de cultura, fundamentalmente de cultura literaria.

Los cambios tecnológicos han dado cuenta de muchos suplementos, esto al grado de que ya son, los que quedan, excepcionales, vestigios de un pasado comunicacional agónico. Entre los más famosos supervivientes están La Jornada Semanal, Confabulario y Laberinto, de La Jornada, El Universal y Milenio, respectivamente. A ellos me asomo todavía tanto como puedo, pero es evidente que no con la misma fruición de los ochenta y noventa, mi época de oro como frecuentador de tales recipientes.

En efecto, durante las dos décadas susodichas fui lector infalible de suplementos, tanto que buena parte de mi formación en la juventud, si alguna tuve, se la debo a esos espacios añadidos a los periódicos. Comencé a leerlos y a archivarlos casi de casualidad. En 1982 yo había iniciado la carrera de Comunicación y casi al mismo tiempo el periódico habitual comprado por mi madre, La Opinión, dirigido entonces por Velia Margarita Guerrero, sumó a sus secciones dominicales el suplemento Opinión Cultural, un tabloide de ocho páginas impresas —como no podía ser de otra manera— en papel periódico. Además de la portada, contenía siete páginas con materiales sobre todo literarios, pero no notas informativas, sino artículos, ensayos, poemas, relatos, crónicas, entrevistas, reseñas y fragmentos de libros diversos. Lo encabezaron al principio Enrique Rioja del Olmo, Agustín Velarde y Saúl Rosales, y pasado un tiempo fue el último mencionado quien se encargó de coordinarlo. Durante los seis o siete años, no recuerdo con precisión, que duró, semana tras semana lo separé, lo leí y lo coleccioné, y todavía hoy conservo algunos ejemplares.

Ya picado por la adicción a esos papeles hebdomadarios y gracias a los comentarios que pescaba en las reuniones con amigos de literatura, comencé a comprar cinco o seis periódicos nacionales y uno español, sólo para extraer de ellos los suplementos culturales. Una parte de mi presupuesto como incipiente trabajador de la docencia y comunicación se iba en ese gasto que para mí era fijo e ineludible, pues me hice a la idea de formar un archivo perfecto de los suplementos que había elegido conseguir cada ocho días, sin omisión.

Así, establecí tratos con voceadores de estanquillos para que me separaran los sábados y los domingos el periódico que yo les indicaba. Cambié tres o cuatro veces de proveedor, todo con el fin de que no me fallara el apartado de Unomásuno, Excélsior, El Nacional, La Jornada, Novedades, Reforma y El País (de España), diarios a los cuales yo les extraje, al menos durante quince años seguidos (1985-2000), semana tras semana, los suplementos Sábado, El Búho, El Dominical, La Jornada Semanal, El Semanario, El Ángel y Babelia, otra vez respectivamente. Por unos dos o tres años a estas publicaciones se sumó, como regalo de Jaime Palacios Chapa, el suplemento Aquí vamos del periódico El Porvenir, de Monterrey.

Conservo todavía ejemplares de aquella brega archivística, pero es obvio que a la larga había acumulado tantos que fue inevitable regalarlos por pequeños tantos a jóvenes alumnos que me iba topando en el camino magisterial. Cuando ya no hubo nadie a quien obsequiarlos, muchos los tiré tratando de no sentir dolor, para que la acción eliminatoria no fuera a tener marcha atrás.

¿Sirvió de algo toda aquella lectura de reseñas, de ensayos, de artículos desparramados en decenas de suplementos? ¿Valió la pena ir y venir cada semana al centro de Torreón para comprar al voceador los periódicos que me apartaba? ¿Tuvo algún sentido acumular tantos papeles durante tantos años? Más allá de responder estas preguntas, voy a concluir con una afirmación que doy, que me doy, cuando me preguntan o me pregunto lo mismo en relación con los demasiados libros. Quizá el fruto que a la larga me dieron los suplementos sea pobre, no materializado ahora en nada verdaderamente destacado o valioso para nadie, ni siquiera para mí, pero me pasó, e igual me pasa con los libros, que ir por ellos, leerlos, buscar algunas firmas y envidiar ciertas capacidades analíticas le dio sentido a mi juventud, la tiñó de una grata ansiedad, ya que dicha ansiedad estaba segura de que el domingo, cualquier domingo de aquellos años formativos, iba a ser anulada a punta de suplementos cuando en casa hojeara cada página de cada publicación, todo al ritmo lento que poco después aceleró la aparición del internet. El fruto o beneficio de aquella búsqueda silenciosa no estaba pues en el futuro: era en sí aquel presente de goce intelectual y estético basado en papel corriente, en papel periódico, en papel de suplemento cultural.

Nota. La imagen que ilustra el post es de uno de los suplementos que conservo, este de tipo revista con Kafka joven en su portada. Se trata de La Jornada Semanal número 185, del 27 de diciembre de 1992. 


miércoles, marzo 04, 2015

El neologismo papal y las goteras














Estaré publicando en Miradas al Sur, semanario político y cultural de Buenos Aires. El texto que viene es la entrada del que publiqué el domingo pasado. Completo está en la página del semanario y aquí, en este blog.

Como casa vapuleada por las lluvias y ya debilitada de su techo, la imagen actual del gobierno mexicano ha comenzado a sufrir filtraciones por todos lados, de ahí que el canciller José Antonio Meade Kuribreña ande de aquí para allá con los baldes, ahora permanentemente dedicado al control de daños, afanoso de que no se moje la alfombra tricolor. Son pues tiempos difíciles para el gobierno mexicano, y aunque en general el país de la bandera con el águila y la serpiente sobre el nopal no interese mucho en el exterior, algo va sabiéndose dentro y fuera, algo, poco a poco, llega a (y de) los periódicos del exterior y eso propicia comentarios, opiniones, juicios, conjeturas sobre un régimen en crisis y con goteras críticas provenientes de donde menos se les espera.
Hace algunas semanas, en noviembre apenas, un famoso personaje del Río de la Plata abrió una grieta importante. Debido a la resonancia mundial del caso Ayotzinapa y los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, Pepe Mujica declaró a Foreing Affairs Latinoamérica que la situación de México le parecía “terrible”, y agregó que a la distancia nuestro país le da la impresión de que es “una especie de Estado fallido, que los poderes públicos están perdidos totalmente de control, están carcomidos”. Ese puñadito de palabras bastó para que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) moviera sus engranes con el fin de motivar una “rectificación”. Y la consiguió. Muy poco después, el mandatario uruguayo “precisó”: “Las crudas noticias que nos llegan sobre las consecuencias del narcotráfico en países como Guatemala, Honduras y ahora México, nos gritan una verdadera lección de dolor (…) no son, ni serán, estas naciones, estados inocuos o fallidos”. Curiosamente, por esos mismos días, casi por esas mismas horas (el 24 de noviembre de 2014), Le Monde colocó una foto grande en su página principal, y encima de ella una frase elocuente: “La revuelta de los mexicanos contra el ‘estado mafioso’”. Una simple coincidencia.
La percepción comienza a ser generalizada: en México pasa algo grave. El narcotráfico, la violencia y la corrupción política, todo en la misma ensaladera, está armando una turbulencia imprevisible, un caos que los voceros del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto están tratando de contener dentro y fuera del país con boletines de prensa más que con acciones que en efecto desactiven los problemas y frenen las declaraciones incómodas, sobre todo las que caen como granadas desde el exterior.

Días de tormenta
Los días que van del 22 al 25 de febrero fueron particularmente complicados para el gobierno mexicano. Fue como si tirios y troyanos se hubieran puesto de acuerdo para lancetear un mismo objetivo. Por esos días, el ex presidente Fox, quien pese a sus evidentes limitaciones jamás se distinguió por la continencia verbal, dijo en Hermosillo, Sonora, al norte de México, que “Al presidente Peña ya nos lo pusieron en jaque, solo le falta el jaque mate, que esperemos no llegue, pero francamente va a estar cañón [difícil] que este gobierno se recupere de la tranquiza [golpiza] de los últimos seis meses, que es desafortunada para el país”. Este triste diagnóstico quedó en casa, fue de autoconsumo, y el aparato gubernamental no movió piezas para desautorizarlo, casi como si confiara en que Vicente Fox se desautoriza por sí solo.
No ocurrió lo mismo con Alejandro González Iñárritu, el director de cine mexicano que el domingo 22 de febrero ganó el Oscar como mejor director. Aunque no se ha caracterizado por una combatividad política insistente, el Negro, como le apodan, aprovechó el foro mundial que abren los premios de Hollywood para hacer una declaración de alfombra roja, en vivo y en cadena mundial: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos (…) la generación que está viviendo en este país pueda ser tratada con el mismo respeto y dignidad que la gente que llegó antes y ayudó a construir este país de inmigrantes”.
Este breve speech ameritó inmediato control retórico de daños. El presidente Peña Nieto, en su cuenta de Twitter, le escribió como sin acusar el efecto del cross a su mandíbula: “trabajo, entrega y talento. ¡Felicidades! México lo celebra junto contigo”. Pero no fue suficiente: como al fin se trataba de un mexicano regando la sopa en el extranjero, la “precisión” plena de gerundios llegó esta vez del Partido Revolucionario Institucional (PRI, donde milita Peña Nieto): “Coincidiendo en el orgullo mexicano, es un hecho que más que merecerlo estamos construyendo un mejor gobierno. Felicidades #GonzálezIñárritu”.
Para el lunes 23 la gotera abierta durante la noche de los Oscares parecía bajo control, pero una nota cundió, primero, en las redes sociales, y después en todos los medios: en un intercambio epistolar y por lo tanto privado pero que se hizo público, el Papa había escrito que debido al avance del narcotráfico temía la “mexicanización” de Argentina. Esa palabra, ese neologismo creado por Jorge Luis Bergoglio bastó para agitar opiniones en México y para, otra vez, movilizar los baldes de la SRE: era necesario evitar que la tremenda gotera llegara a la alfombra, pues además el Pontífice había rematado, de volea y contundente, como si fuera centro delantero del San Lorenzo, esto: “Estuve hablando con algunos obispos mexicanos y la cosa es de terror”. En una primera respuesta, la SRE manifestó, mediante el canciller Meade, “tristeza y preocupación respecto de los comunicados que se hicieran de una carta privada del papa Francisco (…) México ha hecho enormes esfuerzos, ha manifestado un gran compromiso, ha señalado la necesidad que respecto a este tema se dé un diálogo amplio (…) nos parece que más que estigmatizar a México o cualquier otra región de los países latinoamericanos, lo que debiera hacerse es buscar mejores enfoques, mejores espacios de diálogo”.
Por su parte, del Vaticano salieron estas declaraciones conciliatorias: “La Santa Sede considera que el término ‘mexicanización’ de ninguna manera tendría una intención estigmatizante hacia el pueblo de México y, menos aún, podría considerarse una opinión política en detrimento de una nación que viene realizando un esfuerzo serio por erradicar la violencia (…) en ningún momento ha pretendido herir los sentimientos del pueblo mexicano”.
Claro que se trata de una respuesta diplomática más o menos previsible, pero en México fue quizá mejor recibido el neologismo papal que el comunicado de la Santa Sede.

Arrecia la granizada
El martes 24 comenzaron las repercusiones en la opinocracia mexicana. Uno de los primeros en comentar con cierta amplitud las palabras papales fue el columnista Julio Hernández López, del periódico La Jornada. El periodista hizo un breve recuento de las condiciones epistolares en las que se dio la declaración de Francisco, para luego considerar que el Papa no programó viaje a México y sí a EU y algunos países de Sudamérica; luego recordó que el nuncio había estado en Ayotzinapa para decir a los familiares de los estudiantes que “Francisco está con ellos”. O sea, algunos signos de solidaridad, así sea tenues, del clero con afectados por la violencia en México.
En su columna Campos Eliseos del martes (El Universal, uno de los diarios más influyentes del país), Katia D’Artigues observó un detalle peculiar expresado también con peculiar sintaxis: “Lo que sí ahora entiendo yo es cómo se sentían los colombianos hace unos años cuando aquí en México se hablaba del peligro de la ‘colombianización’ de México”. Ciertamente en los noventa, durante el gobierno de Ernesto Zedillo, en México se temía a la “colombianización” —que así era planteada—, de manera que esto de los neologismos con gentilicio no suena del todo nuevo en suelo azteca.
En su editorial del miércoles 25, La Jornada resume la actuación reciente del servicio exterior mexicano en relación a sus dificultades para contener la granizada: “En estos meses la cancillería mexicana ha debido procesar, entre otras, observaciones críticas del presidente saliente de Uruguay, José Mujica; el de Bolivia, Evo Morales, y el de Estados Unidos, Barack Obama; de legisladores del Parlamento Europeo; del Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada (CED); de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y de organismos independientes como Amnistía Internacional”, en suma, mucho laburo, como dicen los argentinos, para evitar que el techo —la imagen— del gobierno mexicano en el extranjero se venga a tierra.
Por su parte, hasta Joaquín López-Dóriga, conductor del noticiero televisivo más visto del país (del archipresidencialista grupo Televisa), señaló en su columna de Milenio que hay sutiles diferencias entre Francisco y el gobierno mexicano. Lo planteó en estos términos: “El mensaje pegó en el casco del gobierno de México, donde había pegado el misil anterior, nuclear, del anuncio de que no vendría a México este año ni el próximo, cuando en el encuentro del 7 de junio del año pasado, en la biblioteca del Palacio Pontificio del Vaticano, el papa Francisco dijo al presidente Peña Nieto que sí, y le autorizó anunciarlo en público como lo hizo. El aplazamiento indefinido de esa visita ha provocado algo que va más allá del malestar en Los Pinos y en la Cancillería, donde hay quienes lo toman como un pontificio desaire”. Los Pinos es la residencia oficial del Ejecutivo mexicano.
Jenaro Villamil, reportero y articulista de la revista Proceso y del portal Homozapping, entró así al tema: “Que se calle el Papa, que se calle Obama, que se calle Clinton, que enmudezca González Iñárritu, que dejen de indagar los reporteros extranjeros, que se vayan los forenses argentinos, que la ONU deje de juzgar y que dejen en paz a este gran gobierno que ha decidido responder ‘golpe por golpe’ la ola de críticas y animadversión que genera su actitud ante cada expediente conflictivo. Esta parece ser ‘la línea’ de Los Pinos. No lo dicen así, por supuesto, pero las respuestas y las correcciones tienen el tufo regañón de quien no sabe cómo salir de una para entrar a otra crisis”.
En suma, la carta de Francisco agitó el avispero de la opinión pública mexicana, y si bien es cierto que muchos mexicanos rechazaron el parecer del máximo representante del clero católico, otros tantos, acaso resignados, vieron que el Pontífice había atinado, gracias a la información de los obispos emplazados en México, que ciertamente en el país de la virgen de Guadalupe la cosa está “de terror”.
En su artículo del viernes 27 de febrero (publicado en Milenio Laguna), el historiador Sergio Antonio Corona Páez ha resumido bien todo este asunto: “En días pasados, diversas organizaciones no gubernamentales de carácter internacional han denunciado a nuestro país como una nación con una crisis humanitaria. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU y Human Rights Watch así lo han hecho. Diputados del Parlamento Europeo han llegado a la misma conclusión.  Incluso el papa Francisco, enterado por los informes de los obispos mexicanos, menciona un hipotético e indeseable proceso de ‘mexicanización’ para la Argentina. De esta manera, México se convierte en paradigma del estado fallido, en gran medida gobernado por narcopolíticos, tiranizado por los grupos de poder a costa de los derechos humanos. Es una verdadera tragedia que un país como el nuestro, llamado a ser grande tanto por su historia y su población como por sus recursos, se haya convertido en una nación de dudosa categoría. (…) La verdadera tragedia es que, como nación, México ha optado no por el ejercicio de la justicia, sino por el amañamiento y las inconfesables complicidades del poder político y económico a costa del bien de los ciudadanos. Esto es la ‘mexicanización’”.

jueves, septiembre 30, 2010

Precio de la inseguridad



Suelo sentirme mal en lugares sobrepoblados de guaruras. Así me sentí hace como dos semanas. Buscaba la dirección de un cliente editorial en cierta colonia fufurufa de Torreón y de repente me vi metido en una madriguera de guardaespaldas. Era una callecita con casas muy lujosas, todas tirándole a lo obsceno, esas residenciotas en las que jamás se ven los dueños y parecen inaccesibles hasta para un comando de la CIA encabezado por Sylvester Stallone y Chuck Norris (ambos con cuchillo entre los dientes). Allí, mientras desde el coche a vuelta de rueda veía los números de cada humilde búnker, sentí que desde varias trocas y desde las banquetas me miraba una bien distribuida horda de guaruras. Me sentí poco menos que un azquel y como pude escapé, con la mejor cara de Gutierritos que me sale cuando noto que me ven con suspicacia abusona los vigilantes, cualquiera que sea su rango (como los de Sanborns, quienes hablan con su pedorro radio a no sé dónde apenas entra uno a la tienda).
La anécdota de los guaruras terminó con una pincelada de hermosa plasticidad: mientras yo escapaba de aquel incómodo lugar, un guarro (apócope deformado y fresón de “guarura”) llegaba con dos megabolsas de pollo, cada una con cuatro contenedores blancos y cuadrados de los que sirven para colocar las raciones de comida. La imagen me acompañó durante un rato, pues pensé en lo que costaría cada escolta si consideramos sueldo, comida, armas, vehículo, combustible y seguro (social y de vida). Luego pensé en algo peor y acaso más sutil: ¿cuánta fuerza de trabajo, cuánta creatividad se desperdicia es las innumerables chambas de vigilancia que en el México de hoy son las únicas que han aumentado de todo el mercado laboral? Ahí dejé mis sesudas anotaciones en el aire y olvidé el asunto.
Ayer lo recordé al leer una nota de El Universal sobre el costo per cápita anual, según la Concamin, por concepto de seguridad: casi diez mil pesos. No sé si es mucho o poco, pues para saberlo debemos contrastar esa cifra con lo que paga cada ciudadano en otros países. Por el tono de la declaración, sin embargo, parece que es mucho: “La Confederación de Cámaras Industriales de México (Concamin) aseguró que en un año cada persona en el país destina 770 dólares en promedio (9 mil 640 pesos) en temas relacionados con la inseguridad, cifra equivalente a 7% del Producto Interno Bruto”. Luego añade: “Salomón Presburger, presidente del organismo, comentó que de los 770 dólares, 2.1% se destina al concepto de transferencias (víctimas a victimarios); 0.8% al pago de seguros contra la inseguridad, y el restante a la contratación de seguridad, pública y privada”.
Desde una perspectiva nada numérica pero sí social, es en lo que pienso cuando veo contingentes dedicados al patrullaje, esas camionetas que a veces llevan seis o más elementos cada una. ¿Cuánto le cuesta eso al país? ¿Por qué el malévolo e inconsulto capricho de un gobierno genera una sangría de ese tamaño ante una realidad plagada de carencias de lo básico como alimento, vivienda, vestido y educación?
Sé que hay una relación estrecha entre pobreza e inseguridad, pero jamás dejará de parecerme ingrato que la prioridad del gobernante sea armar y vigilar sin que por otro lado reciba impulso una guerra infinitamente más importante: la guerra contra la inequidad. Al final, en todo hay o debe haber política y por ahora no es nada oportuna en términos sociales la famosa cruzada contra el Mal. Un poco de suspicacia, sólo un poco, permite apreciar que la guerra que en este sexenio ha provocado un desangramiento real y otro metafórico (el de los dineros) quiso servir en un principio para legitimar y controlar (parece título de Foucault) y en el futuro podrá ser un instrumento para vigilar y castigar (ahora sí es un título de Foucault). Sea como fuere, es lamentable que tanto dinero sea invertido en la triste lucha contra la inseguridad y a favor de la intimidación.

jueves, marzo 26, 2009

Guiness laguneros



Leo la sección frívola de El Universal (una de mis favoritas) y encuentro una noticia que me forza (lo conjugación correcta es “fuerza”, pero el verbo forzar también suena bonito así, como dicho en italiano) una reflexión sobre las capacidades laguneras para batir marcas y entrar, por fin, al selecto libro Guiness de los récords. La nota a la que me refiero aborda “Los records (sic, sin tilde en récords) sexuales”, y en su sumario nos hace una pregunta-anzuelo: “¿Querés (sic, como dicho en argentino) conocer las marcas numéricas que registran los campeones en cuestión de sexo?”, y concluye: “Los siguientes son los hechos más insólitos y datos curiosos extraídos del libro Guiness”.
Luego de esas dos líneas de aperitivo, entramos al mundo de los atletas venéreos, aquellos héroes de la humanidad que han alcanzado la gloria gracias a su formidable calentura. Lamentablemente la nota casi no da nombres, sólo consigna las proezas. Por ejemplo, el récord de eyaculación: “Para quienes dudaban de que las mujeres también pudieran eyacular, una fémina alcanzó nada menos que una distancia de tres metros de eyaculación. Nada que envidiar al género masculino...”. Inmediatamente después, un ser humano superdotado: “Si bien muchos se jactan de ser inigualables en cuestiones de cama, posiblemente nadie supere el record (sic) del hombre que tuvo el mayor número de relaciones sexuales a lo largo de toda su vida: ¡52.000 en apenas 30 años!”. Dos más, los últimos que cito; el del “padre-niño”: “Aunque hace poco fue noticia que en Inglaterra un niño de apenas 13 años fue padre, en la zona de Sharnbrook se registra un record todavía menor. Su nombre es Sean Stewart y tenía sólo 12 años cuando tuvo a su hijo en 1988”; y el récord orgásmico: “Dedicado a quienes ni siquiera pueden llegar al orgasmo al menos una vez, esta mujer logró acabar 138 veces en una hora. Una duda: ¿cómo se puede asegurar que no haya fingido ni uno?”.
Como la empresa Guiness admite que la humanidad intente batir cualquier marca, incluidas las más imbéciles que uno logre imaginar, se me ocurre que los laguneros podemos hacer algunas propuestas interesantes. Todo es cuestión de organizarnos. Van algunas ideas.
1. Podemos sugerir que Guiness venga a cotejar un censo de población y compruebe que La Laguna cuenta con la ciudad con el mayor número de torreonenses en el mundo. Esa ciudad, para quienes todavía no lo sepan, es nada menos que Torreón. De paso podemos romper otros interesantes récords: una tras otra, la ciudad con el mayor número de lerdenses, de gomezpalatinos, de tlahualilenses, de sampetrinos y etcétera. Seríamos imbatibles.
2. La comarca donde se venden más loches mixtos en el universo. Como aquí fue inventado ese rústico y populachero baguette, es prácticamente imposible que otra región en el mundo nos arrebate la supremacía en dicho renglón. En el mismo viaje podemos quebrar otra marca: la de consumo directo de chiles serranos crudos, pues así se acompaña la ingesta de un lonche mixto como dios manda. Este récord también lo podríamos batir con gorditas.
3. Nuestra región puede levantarse con un Guiness en extracción irracional de agua de manto acuífero agotado y arsenicoso para consumo de vacas y desastre de toda una comunidad. ¿Quién nos ganaría en ese rubro?
4. Otro Guiness que podríamos asegurar es el de cochinero en parques y paseos públicos cuando hay aglomeración de ciudadanos. Ninguna comunidad como la nuestra para dejar (véase los lunes el Bosque Venustiano Carranza) un lugar público hecho cagada luego de pasearnos por allí.
5. El récord que nadie se animaría a disputarnos es el de obra pública más costosa e inútil de la humanidad: el DVR. Lo construyeron con millones de pesos, no sirvió para nada y luego lo demolieron. Para Ripley (o para Guiness), nadie pisó un milímetro de bote por ese delito.

sábado, marzo 07, 2009

La regresión según Crespo



A mediados de 2008 Manuel Espino puso en circulación su libro Señal de alerta. Advertía allí, recordamos, el peligro de una regresión política debida sobre todo a dos factores: los errores del PAN en el poder y el avance hacia Los Pinos de Manlio Fabio Beltrones. José Antonio Crespo, columnista de El Universal y analista del programa Primer Plano, opinó sobre el tema e hizo un planteamiento que, pese a la fugacidad del discurso opinativo, no ha caducado. Ahora sí que, como dice Manzanero, parece que fue ayer cuando escribió sobre las señales de alerta espinistas y el retroceso en marcha.
Hemos visto en poco más de dos semanas que el pacto coyuntural PRI-PAN entra a una bolsa de turbulencia en la medida en la que se acercan las elecciones de julio. Saldrán chispas, y mientras allá se dan con todo el lopezobradorismo trata de reacomodar su mensaje de verdadera oposición. El 16 de julio de 2008 Crespo vaticinó tal cual lo que ya estamos viendo:
Manuel Espino, en su libro Señal de alerta. Advertencia de una regresión política (2008), advierte a los ciudadanos, a su partido y a Felipe Calderón del riesgo de una regresión política. Eso, en caso de que en 2012 el senador Manlio Fabio Beltrones llegase a la Presidencia. Si lo hace alguien más del PRI, no hay inconveniente (sería parte de la alternancia democrática, considera Espino). El problema estriba en que la regresión política se encuentra ya en plena marcha. Y lo más lamentable es que no fue provocada por el PRI, sino por el PAN, a poco de alcanzar el poder. Espino asegura que hay una creciente percepción en sentido de que “el PAN aprendió demasiado rápido del PRI” (proceso que documentó ampliamente Álvaro Delgado en su libro El Engaño; prédica y práctica del PAN, 2007). En efecto, aprendió las mañas, pero no el oficio político de los tricolores. El “pequeño yunque”, que según Germán Martínez llevan los panistas, y el “pequeño priista”, que también albergan, de acuerdo con Calderón, se fusionaron en la peor combinación imaginable: corrupción, falta de honestidad, componendas electorales e impunidad —típicos vicios del PRI—, fusionados con ineptitud, torpeza, insensibilidad política y fariseísmo —rasgos propios del PAN—. Es el resultado de la decisión panista de conducirse según las recetas de Maquiavelo, pero sin lo que el florentino llamaba virtú politica, es decir, el talento, el oficio. Ejemplos de eso son los siguientes:
1) Espino incluye en su lista de actos ilícitos cometidos por Beltrones el tráfico de influencias. Pero nada dice acerca del que se cometió durante el gobierno de Vicente Fox, sobre todo por Marta Sahagún, de quien sólo se queja de haber querido sustituir al esposo en Los Pinos. Protesta Espino por la impunidad hacia los priistas bajo el gobierno de Calderón, pero calla la que prevaleció durante la administración de Fox.
2) Espino reconoce que el famoso desafuero era percibido por la opinión pública, no tanto como una torpe forma de manejar un asunto jurídico menor, sino una estrategia que tenía “un claro propósito político”. Y justo eso provocó la ruptura del frágil acuerdo democrático signado en 1996, pues implicó el uso del Estado para fines político-electorales. Algo reprobado por Manuel Gómez Morín, según cita Espino: ‘Un partido (gobernante)… no tiene derecho de utilizar los recursos del poder… la estructura jurídica y administrativa… para perseguir y hostilizar adversarios’. Justamente lo que hizo Fox, con lo que dio así inicio a la regresión política. 3) Espino califica a Beltrones como otro ‘peligro para México’. Pero tales caracterizaciones son en sí mismas un indicio más de regresión, pues ya vimos cómo las resuelve el PAN: si un candidato de cualquier partido se percibe como un peligro para el país o la democracia, hay que pararlo como sea