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sábado, enero 18, 2025

A punta de suplementos











 

En el habla general de hoy la palabra “suplemento” remite de inmediato al mundillo de los gimnasios, a la escultura del cuerpo como requisito esencial para construir un yo atractivo, lo más lejano posible a la indeseable llegada de la vejez y la fealdad. Los suplementos son pues aquellos aditivos que acostumbra tomar quien se ejercita en un gym para ayudar a que su carrocería luzca mejor, más robusta o estilizada, según sea el objetivo que se quiera reflejar en las imprescindibles selfies.

Lamentablemente no me referiré aquí a ese tema apasionante, sino a uno de suyo aburrido y nada útil para mejorar la facha: los suplementos, aquellos tabloides o a veces revistas de papel encartados (“encartar” era el verbo que se usaba para el caso) semanalmente en algunos periódicos. Solían y suelen todavía hoy, aunque mucho menos, tratar temas específicos. Los había misceláneos, pero con frecuencia, también, abrazaban asuntos de “sociales” (hoy podríamos decir de socialités), de deportes, de ciencia, de espectáculos y a veces de cultura, fundamentalmente de cultura literaria.

Los cambios tecnológicos han dado cuenta de muchos suplementos, esto al grado de que ya son, los que quedan, excepcionales, vestigios de un pasado comunicacional agónico. Entre los más famosos supervivientes están La Jornada Semanal, Confabulario y Laberinto, de La Jornada, El Universal y Milenio, respectivamente. A ellos me asomo todavía tanto como puedo, pero es evidente que no con la misma fruición de los ochenta y noventa, mi época de oro como frecuentador de tales recipientes.

En efecto, durante las dos décadas susodichas fui lector infalible de suplementos, tanto que buena parte de mi formación en la juventud, si alguna tuve, se la debo a esos espacios añadidos a los periódicos. Comencé a leerlos y a archivarlos casi de casualidad. En 1982 yo había iniciado la carrera de Comunicación y casi al mismo tiempo el periódico habitual comprado por mi madre, La Opinión, dirigido entonces por Velia Margarita Guerrero, sumó a sus secciones dominicales el suplemento Opinión Cultural, un tabloide de ocho páginas impresas —como no podía ser de otra manera— en papel periódico. Además de la portada, contenía siete páginas con materiales sobre todo literarios, pero no notas informativas, sino artículos, ensayos, poemas, relatos, crónicas, entrevistas, reseñas y fragmentos de libros diversos. Lo encabezaron al principio Enrique Rioja del Olmo, Agustín Velarde y Saúl Rosales, y pasado un tiempo fue el último mencionado quien se encargó de coordinarlo. Durante los seis o siete años, no recuerdo con precisión, que duró, semana tras semana lo separé, lo leí y lo coleccioné, y todavía hoy conservo algunos ejemplares.

Ya picado por la adicción a esos papeles hebdomadarios y gracias a los comentarios que pescaba en las reuniones con amigos de literatura, comencé a comprar cinco o seis periódicos nacionales y uno español, sólo para extraer de ellos los suplementos culturales. Una parte de mi presupuesto como incipiente trabajador de la docencia y comunicación se iba en ese gasto que para mí era fijo e ineludible, pues me hice a la idea de formar un archivo perfecto de los suplementos que había elegido conseguir cada ocho días, sin omisión.

Así, establecí tratos con voceadores de estanquillos para que me separaran los sábados y los domingos el periódico que yo les indicaba. Cambié tres o cuatro veces de proveedor, todo con el fin de que no me fallara el apartado de Unomásuno, Excélsior, El Nacional, La Jornada, Novedades, Reforma y El País (de España), diarios a los cuales yo les extraje, al menos durante quince años seguidos (1985-2000), semana tras semana, los suplementos Sábado, El Búho, El Dominical, La Jornada Semanal, El Semanario, El Ángel y Babelia, otra vez respectivamente. Por unos dos o tres años a estas publicaciones se sumó, como regalo de Jaime Palacios Chapa, el suplemento Aquí vamos del periódico El Porvenir, de Monterrey.

Conservo todavía ejemplares de aquella brega archivística, pero es obvio que a la larga había acumulado tantos que fue inevitable regalarlos por pequeños tantos a jóvenes alumnos que me iba topando en el camino magisterial. Cuando ya no hubo nadie a quien obsequiarlos, muchos los tiré tratando de no sentir dolor, para que la acción eliminatoria no fuera a tener marcha atrás.

¿Sirvió de algo toda aquella lectura de reseñas, de ensayos, de artículos desparramados en decenas de suplementos? ¿Valió la pena ir y venir cada semana al centro de Torreón para comprar al voceador los periódicos que me apartaba? ¿Tuvo algún sentido acumular tantos papeles durante tantos años? Más allá de responder estas preguntas, voy a concluir con una afirmación que doy, que me doy, cuando me preguntan o me pregunto lo mismo en relación con los demasiados libros. Quizá el fruto que a la larga me dieron los suplementos sea pobre, no materializado ahora en nada verdaderamente destacado o valioso para nadie, ni siquiera para mí, pero me pasó, e igual me pasa con los libros, que ir por ellos, leerlos, buscar algunas firmas y envidiar ciertas capacidades analíticas le dio sentido a mi juventud, la tiñó de una grata ansiedad, ya que dicha ansiedad estaba segura de que el domingo, cualquier domingo de aquellos años formativos, iba a ser anulada a punta de suplementos cuando en casa hojeara cada página de cada publicación, todo al ritmo lento que poco después aceleró la aparición del internet. El fruto o beneficio de aquella búsqueda silenciosa no estaba pues en el futuro: era en sí aquel presente de goce intelectual y estético basado en papel corriente, en papel periódico, en papel de suplemento cultural.

Nota. La imagen que ilustra el post es de uno de los suplementos que conservo, este de tipo revista con Kafka joven en su portada. Se trata de La Jornada Semanal número 185, del 27 de diciembre de 1992. 


miércoles, marzo 29, 2023

Maravilla de los acentos








Cádiz, la ciudad conquistada por Jorge Mágico González, es en estos días la sede del IX Congreso de la Lengua Española. Se iba a celebrar en Arequipa, Perú, pero la turbulencia política llevó a cambiar de planes. Esto lo supe al leer el artículo “Y usted, ¿qué español habla?”, publicado en El País por Pablo Ximénez Sandoval. Como tantos asuntos relacionados con nuestra lengua, siempre me ha llamado la atención no sólo lo atañedero a los léxicos locales, sino también, claro, a los acentos, una de las principales maravillas de las que podemos gozar quienes hablamos/escuchamos español.

Dice Ximénez Sandoval: “La inmensa mayoría de los cientos de millones de hablantes de español que hay en el mundo no pronuncian el sonido castellano de la zeta. Es decir, ese zumbido fricativo que uso yo, que soy de Madrid, al decir Zócalo o San Francisco. Cuando he estado en esos lugares es cuando me he dado cuenta de que hablo muy raro. Ni les cuento la cara que pone todo el mundo en Los Ángeles cuando oyen el nombre de la ciudad pronunciando el sonido jota bien fuerte. En México están más acostumbrados, pero no deja de ser una verdadera rareza. Si tienen la oportunidad en la vida de viajar por América, no la dejen pasar. Es una experiencia aleccionadora y un verdadero baño de humildad para un castellano. ¿Quién es el que habla español raro? ¿Toda esta gente? ¿O yo? A mí me quedó clarísimo en mis años allí quién era la minoría”.

En realidad no importa quién constituye la mayoría y quién la minoría en términos de acento, pues ninguno vale más o menos en comparación con los demás. ¿O acaso podemos pensar que el puertorriqueño es mejor que el chileno? ¿O que el uruguayo es mejor que el andaluz? ¿O que el sinaloense es mejor que el yucateco? Más entrañable y peculiarizante quizá que los modismos, el acento es uno de los más sabrosos dividendos de la dispersión del español, y es indudable que todos tenemos uno.

También, que todos podemos gozar del habla lejana. Yo tengo mis favoritos nacionales e internacionales, que no mencionaré, pero entiendo que es un asunto de mero y muy subjetivo gusto. Todos los acentos, insisto, valen igual: son la cara sonora de nuestra espléndida herramienta, el español.

miércoles, agosto 05, 2020

Del papel al Google




















Casi no queda nada sin ser modificado por las nuevas tecnologías de la comunicación. Hasta los actos más simples de la vida diaria, como caminar y respirar, por ejemplo, tienen una vinculación con herramientas que miden los pasos o las pulsaciones. Todo o casi todo, pues, es carne de aplicación, insumo para la big data. Hoy, entonces, ni careciendo de celular nos libramos de la esfera que en algún descomunal archivo guarda nuestra cara, nuestras señas generales y nuestro lugar en el mundo.
Parte de lo que se ha modificado de manera radical es nuestra manera de leer. Lo digo no sólo por los soportes y la cantidad de información en ellos disponible, sino por el acto en sí de la lectura. A diferencia de la lectura antigua en la que uno se abandonaba al libro y recorría páginas y páginas sin despegar los ojos del papel, hoy se da un fenómeno no poco frecuente. No sé cómo llamarlo, pero es algo así como el “lector googlero”, un lector que navega por las páginas (de papel) y que a la menor provocación —duda, curiosidad o lo que sea— acude a googlear datos que saltan de la hoja.
Esto es malo y bueno a la vez. Malo porque entrecorta el flujo de la lectura y en este sentido retarda y modifica su efecto estético, y bueno porque expande la enciclopedia de lo leído. Doy un caso fresco que tengo muy a la mano porque recién me ocurrió. En él se nota claramente que el libro de papel también abre la puerta a los hipervínculos siempre y cuando haya al menos, junto al libro, un celular con internet, algo ahora ordinario.
Leía Flashes sobre escritores y otros textos editoriales (Ediciones del Ermitaño, México, 2003, 133 pp.), de Jorge Herralde, editor del sello Anagrama, y dado que en sus artículos aparecían montones de escritores para mí desconocidos, googlee los nombres de algunos que despertaron mi interés. Uno de ellos fue el siciliano Gesualdo Bufalino, escritor cuya semblanza me impactó al grado de saber que debo leerlo ya, de inmediato (busquen alguna ficha biográfica sobre él y sabrán por qué lo digo). Bien. Luego de leer esa semblanza, y con el libro de Herralde en pausa, busqué algo más, y lo que encontré fue un viejo artículo de El País titulado “Don Gesualdo”. Es un texto muy bueno  firmado por el crítico español Miguel García-Posada Huelva (en la foto). Esta firma me trasladó a los noventa, década en la que todos los domingos compré El País sólo para poder leer Babelia, su suplemento cultural. Desde España llegaban a Torreón cinco o diez ejemplares de El País a la revistería Juárez, donde me separaban uno. En las páginas de Babelia me hice adicto a las reseñas bibliográficas de García-Posada, tanto que una vez cometí el ingenuo disparate de mandarle por correo ordinario una felicitación y un libro de mi cuño. Nunca recibí respuesta, supuse que mi carta se perdió en el Atlántico, pero eso no hizo mella en mi admiración por aquel crítico andaluz.
Para el nuevo milenio dejé de comprar El País y francamente ya no supe mucho sobre Babelia ni sobre García-Posada. Tras leer el libro de Herralde pasé a indagar sobre Bufalino, y tras leer algo sobre Bufalino pasé a ver un video donde García-Posada dialoga con algunos escritores en el famoso programa/tertulia de Fernando Sánchez Dragó. Luego, al leer su semblanza me enteré que murió en 2012 y que era especialista en Lorca.
Así leo hoy, y creo que así leemos muchos: ramificando todo, estirando los ecos de la lectura hasta zonas inimaginables.

miércoles, agosto 11, 2010

Corazón de la novela histórica



Me entero en El País que la escritora colombiana Consuelo Triviño Anzola ha publicado una novela histórica titulada La semilla de la ira cuyo personaje eje es José María Vargas Vila. Para quienes no lo conocen (yo mismo apenas lo ubico), Vargas Vila nació en Bogotá hacia 1860 y murió en Barcelona hacia 1933. Como escritor se caracterizó por una productividad irrefrenable de novelas, poemas, cuentos, obras de historia y política, todos con estilo empalagosamente modernista y torrencial. Pasó a la historia por eso, precisamente: fue uno de los primeros escritores latinoamericanos en encarnar, tal y como la entendemos hoy, la figura del autor bestselleresco. Sólo tengo un libro de él, una primera edición que me regaló hace como dos años mi amigo Héctor Astorga Zavala: Políticas é (sic) históricas (páginas escogidas), publicada en 1912 en París; un dato no menor: la primera página del libro está ornada con la firma de Nazario Ortiz Garza, ex gobernador de Coahuila.
El comentario sobre La semilla de la ira lo hace Dasso Saldívar, quien en 2006 publicó Gabriel García Márquez, el viaje a la semilla. Saldívar aprovecha el viaje para comentar lo que a su juicio debe ser una novela histórica. El tema me interesa desde hace mucho, por eso me retuvo, y más ahora, época en la que por celebraciones patrióticas se da una epidemia de novelas históricas de todos los pelajes.
Apunta Saldívar: “La atmósfera de profunda verdad que se respira en las páginas de La semilla de la ira, la novela que Consuelo Triviño Anzola publicó hace dos años sobre la vida y la época de José María Vargas Vila, me ha llevado a retomar mi viejo pleito con la novela histórica: ¿qué es lo que hace que las obras de este subgénero nos resulten verdaderas o falsas? Porque me parece que no depende sólo de la experiencia y el talento literarios, o de que el escritor se ciña o no a la verdad histórica, pues la novela no compite con la verdad de la Historia o de la ciencia. Pocas veces me suele atrapar pues este tipo de novelas, especialmente las que se fabrican en nuestro tiempo, pero cuando me han convencido, he quedado subyugado por el poder de convicción del relato, como me ha ocurrido recientemente con La semilla de la ira y antes con Yo, Claudio, Los idus de marzo, Memorias de Adriano, Yo, el supremo, El general en su laberinto, y, por supuesto, la más grande de todas, Guerra y paz”.
En efecto, la novela dizque histórica no compite con la escritura de la historia; es otro su objetivo, estético y no científico. Pese a ello, es necesario que contemple un imperativo: el de ser creíble. Así lo explica Saldívar: “Desde luego, la verosimilitud es el logro imprescindible para que toda novela pueda convencernos de su verdad, y ha de encarnarse en un tono, un estilo, un punto de vista y un determinado manejo del tiempo. Pero para que creamos en la verdad intrínseca de la novela histórica, que en resumidas cuentas es la visión y la emoción del escritor, tiene que haber algo fundamental y previo a todo tecnicismo, a toda literatura, y es la paciencia y la capacidad del autor para convertir la Historia y sus personajes en vivencia propia, en experiencia autobiográfica, en memoria y olvido, como quería Rilke. Sólo entonces desde ese yo, que ha asumido vicariamente otro ser, otra época y otra cultura, y sólo desde ahí, es desde donde surge el aura de lo verdadero en toda novela histórica auténtica. Por el contrario, y aunque el rigor histórico y la maestría literaria asistan al escritor, la obra puede sonarnos falsa o, cuando menos, llenarnos de dudas. De modo que así como no hay novela de verdad sin poesía, se puede afirmar que no hay novela histórica verdadera sin experiencia autobiográfica, sin asunción íntima del personaje, de su época y de su cultura, como ocurre en la vida misma”.
No sé hasta dónde sea necesario que el autor “experimente” esa vida vicaria para que luego su obra sea verosímil. Tengo la sospecha de que, para empezar, no hay una novela histórica uniforme, y que además no basta contar algo ocurrido en el pasado (lo que dicen los libros o documentos que ocurrió en el pasado, lo que de entrada es apelar a un relato para hacer otro relato) para que el adjetivo “histórica” le cuadre a una novela. En cualquier caso, lo fundamental, el corazón, está siempre en eso que Saldívar enfatiza: más que cualquier otro tipo de novela, la histórica debe envolvernos con una sábana de verosimilitud. Si no lo hace, habrá fracasado, narre o no muchos retazos de un pasado que “realmente” hayan ocurrido.

jueves, julio 29, 2010

Contra el toreo



Aunque lejano, no es pequeño el triunfo, o así se siente, de la abolición de las corridas de toros en Cataluña. Para quienes hemos opinado alguna o varias veces en contra de “la fiesta”, la votación en el Parlament es un motivo de alegría que permite imaginar un futuro en el que ese tipo de barbarie organizado y festejado contra los animales sea prohibido por las leyes de todos los estados. Suena a mucho, es mucho, pero Cataluña no es poca cosa como ejemplo de civilización y es previsible que otras regiones del mundo sigan el mismo derrotero.
Luego de meses dedicados al debate, ganó con 68 contra 55 votos el “no” a las corridas. Los periódicos del mundo reprodujeron la noticia porque se trata de una prohibición que pega en el blanco de algo que, se supone, atañe a una de las tradiciones culturales más arraigadas de la importante España. No basta, creo, que una actividad tenga siglos de práctica en un lugar y sea un rasgo señalado de su identidad para que tenga derecho a existir. El toreo es una actividad cruel y desigual en la que los toros sacan en proporción mayoritaria la peor parte, de ahí que sus promotores sólo puedan usar argumentos abstractos para defenderla: arte, legado cultural, valor, nobleza, fiesta, dígase lo que se diga nada de eso repara en el hecho concreto de aniquilar programada y festivamente a un animal en desventaja permanente por el simple hecho de serlo.
El País recogió ayer una serie de opiniones sobre la prohibición. La voz de taurinos y antitaurinos fue escuchada hasta el último momento; todo el polvo que levantó la polémica se convirtió, con el paso de los meses, en un paradigma de democracia cuyo desenlace no deja satisfechos a muchos, claro está, que ahora no pueden reclamar sesgo o manipulación de un voto que responde al interés de la generalidad: al menos en Cataluña, la mayor parte de la población no simpatiza ya con las corridas, lo que se vio expresado en el parlamento y sanseacabó. A continuación, cito las reacciones de algunos grupos dedicados a la defensa de los animales (nótese su felicidad):
El Refugio: Voluntarios de la organización sin ánimo de lucro El Refugio, dedicada a la prevención y denuncia del abandono y maltrato de los animales, se han mostrado “eufóricos” con la prohibición y han solicitado que haya debate “ya” en Madrid. “Es el principio del fin, el debate hay que traerlo a Madrid ya”, ha manifestado el presidente de la organización, Nacho Paunero, impulsor de la Iniciativa Legislativa Popular en la Comunidad de Madrid, que presentaron la semana pasada en el Parlamento madrileño.
Equanimal: La prohibición de los toros en Cataluña “es un gran paso para la sociedad española” y supone que “estamos entrando ya en el siglo XXI”, ha dicho el portavoz de la Fundación Equanimal, Alessandro Zara. “Es un día histórico porque por primera vez un parlamento ha utilizado un sistema democrático para evitar la financiación pública del Gobierno para el maltrato animal”, ha asegurado Zara en la Puerta del Sol, en Madrid, donde varias organizaciones antitaurinas se han reunido a mediodía para celebrar la votación.
Ecologistas en Acción: Ecologistas en Acción ha felicitado al Parlamento catalán “y a todos los habitantes del Estado español” por la prohibición, práctica [la tauromaquia] que critica por considerar que se basa “en el desprecio hacia los derechos de los animales y el disfrute con la tortura”.
ANDA: La Asociación Nacional para la Defensa de los Animales ha aplaudido la decisión del Parlamento de Cataluña por considerarla “un avance en la abolición” de esta práctica “a nivel nacional”. El portavoz de ANDA, Alberto Díaz, ha celebrado además que se haya tomado esta decisión “en una comunidad con una población importante en cuanto a número de habitantes y con un nivel cultural muy alto”.
Lo dicho: aunque lejos, el voto de Cataluña también alegra acá.

jueves, agosto 13, 2009

Narcoletras mexicanas en España



La edición más reciente de Babelia, suplemento cultural de El País, periódico de España, contiene cuatro platillos sobre narcoliteratura mexicana, aunque uno trata sobre La reina del sur, el ya no tan reciente libro del cartagenero Arturo Pérez-Reverte. Son “Contar la violencia”, de Lolita Bosch; “Dueños de la calle”, de Élmer Mendoza; “Novela de sangre y polvo”, de Sergio González Rodríguez y “Un mundo imposible”, sobre la mencionada novela de Pérez-Reverte. Estos artículos no pueden ni pretenden, por supuesto, agotar el tema, pero llama mi atención que despierten el interés de lectores tan alejados al fenómeno del narco al estilacho mexicano.
Sé que todo está globalizado, que en la actualidad el mal y el bien (sobre todo el primero) tienen imbricaciones mundiales y que ahora sí todos somos contemporáneos de todos al menos, como insinúo, en el reparto de las desgracias, pero de eso a que lectores como los españoles inviertan tiempo y comprendan libros que se refieren a cuernos de chivo, música de banda y decapitados, me parece que hay una distancia. ¿Hasta dónde es literariamente comunicable el inframundo del narco? ¿No hay en todas las novelas sobre el tema (aunque sea) un leve registro de humor negro para narrar las peripecias de esa realidad atroz? ¿Qué tanto puede un escritor ser fiel y serio al momento de ingresar al cosmos temático de la narcada? Me hago esas preguntas porque desde que el narco mexicano comenzó a ser literatura sentí que todo se iba a quedar en aproximación, que las entrañas de nuestra delincuencia jamás iban a ser descritas con precisión, pues no hay escritor que de lleno haya metido su pellejo en esa realidad, de ahí que en poca o mucha medida todo deba colgarse de la ficción, de la invención, del timbre irónico con el que suelen ser tratados los antihéroes simpaticones de cualquier literatura.
Hay, por supuesto, nobles y legítimos esfuerzos ya reconocidos y aplaudidos por los lectores y la crítica. Narradores mexicanos tenemos que, con buenas fuentes de información y con poderoso olfato, han metido sus narices en ollas retacadas de podredumbre moral. Uno de ellos, sin duda, es Élmer Mendoza, quien aporta a Babelia un texto breve pero no por ello menos interesante, sobre todo porque hace para los españoles un boceto de las finísimas personas que se han apoderado de la vida cotidiana en muchas ciudades del nuestro país. Mendoza, en “Dueños de la calle”, subraya para lectores distantes lo que es habitual por acá, principalmente en el norte: “Dueños de la calle. Las mujeres que los siguen son rubias, hermosas como flor que muta cada día. Las presumen como si hubieran leído a Enrique Serna: ‘Nadie puede decir que es hombre si no ha estado en brazos de una mujer bonita’. Se mueven en hummers, avionetas y autos de lujo. Sus botas exóticas, camisas de seda, joyas y lentes de marca, valen miles de dólares. La policía se les cuadra. Los buscan los políticos y algunos futuristas les muestran proyectos increíbles. Tienen su música y lo mejor: no sueñan. Ni despiertos. ¿Para qué? Lo tienen todo. Les gusta ostentar, que se sepa que llegaron o que están allí; que son los jefes, los que provocan las mejores sonrisas y los gestos aprobatorios más resueltos. Pagan la música y el trago, y escuchan solicitudes de ayuda. Hacen negocios en efectivo y son los dueños de la calle”. Un párrafo después: “Los demás, los numerosos pobres, la perrada, saben que sólo siguiendo su ejemplo cambiarán de estatus; saben que el trabajo asalariado sólo enriquece a los patrones y correrán el riesgo. Quieren pasear en camionetas del año, que las chicas los admiren y que la policía se haga la vista gorda. El billete verde es el que vale. También son los que morirán pero tampoco importa. Dejarán suficiente para que se construya una tumba grande con columnas, una cúpula de azulejos verdes o naranja y un espacio donde luzcan sus fotos y sus objetos más preciados. A través del cristal de la puerta todos sabrán quién fue. Le compondrán corridos y la familia contará sus hazañas”. Esos son los narcos nuestros de cada día, o casi.

sábado, junio 20, 2009

Bunge estuvo aquí



Siempre he tenido la impresión de que los laguneros no sabemos apreciar lo que tenemos y, menos todavía, lo que esporádicamente nos llega de fuera. Doy un ejemplo; hace dos años, en mayo de 2007 si mi memoria no cascabelea, vino a Torreón, traído por la UAdeC, el doctor Mario Bunge. La invitación se la hizo el doctor Roberto Tuda Rivas, de la Facultad de Economía. Ignoro por qué razón no había un auditorio lleno a tronar para ver y oír a Bunge, sino un aula con apenas quince personas que, me cuento, lo atendimos deslumbrados. Puedo presumir, no me apena, que me tomé una foto con él, que es un intelectual de peso apabullantemente completo.
Lo mismo o algo similar pasó en noviembre de 2007, cuando vino el poeta Juan Gelman. Los alcaldes laguneros no fueran a recibir a esa eminencia, lástima, y se perdieron así el privilegio de codearse con quien poco después sería reconocido con el premio Cervantes. En otro momento contaré la anécdota sobre el libro que me envió.
Vienen muy de vez en vez esos tipazos y nos pasan de noche, así que cuando encuentro comentarios como el que citaré, no puedo no pensar que andamos muy lejos del aprecio por lo verdaderamente valioso. Cito algunos párrafos de la reseña “La fuerza de Mario Bunge” publicada recién (13, junio, 09) en el suplemento cultural Babelia del El País de España; su autor es Jesús Mosterín, quien se refiere al libro Filosofía política: Solidaridad, cooperación y democracia integral (Gedisa, 2009): “Mario Bunge, que en septiembre cumple 90 años, es el filósofo hispano (en sentido amplio) más importante de su generación. Nacido en Argentina, se doctoró con el físico austriaco Guido Beck, aunque pronto dejó la física por la filosofía. Después de sonados encontronazos con peronistas y militares, en 1963 tuvo que abandonar Argentina. Tras una estancia en Estados Unidos y en Alemania, se estableció definitivamente en Canadá, en Montreal, en cuya Universidad McGill él y Marta, su mujer, obtuvieron sendas cátedras de filosofía y matemáticas. Trabajador infatigable, todavía no ha reducido su pasmoso ritmo de producción. Su ingente obra está destinada a promover una visión sistémica y materialista del mundo. Todavía su penúltimo libro, A la caza de la realidad (Gedisa, 2006), constituye una vigorosa y penetrante defensa del realismo materialista, entendiendo por materia lo mutable o cambiante, por contraposición a la inmutabilidad de las ficciones y de los constructos abstractos de la matemática. (…) La obra está dedicada a su padre, médico, parlamentario e impulsor de la justicia social en Argentina, que transmitió sus ideales progresistas al joven Bunge, cuya primera empresa consistió en fundar una Universidad obrera. Cuando ya estaba en Canadá, durante la dictadura del general Onganía, sus obras fueron quemadas en el patio de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, junto a las de Marx. Cuando en 1982 los militares argentinos invadieron las islas Malvinas, y muchos intelectuales blandengues, como el mismo Ernesto Sabato, se dejaron llevar por un patrioterismo irracional a apoyar la acción de la dictadura, los realmente lúcidos, como Borges y Bunge, mostraron su completo desacuerdo. (…) En el prólogo leemos que ‘la mayoría de los filósofos políticos han sido inanes, por haberse limitado a comentar ideas políticas de otros’. Este reproche nadie se lo haría a Bunge, que no tiene pelos en la lengua y es lo contrario de un escolástico: es un auténtico surtidor de ideas originales, iluminadoras a veces y otras insuficientemente digeridas y precisadas. El matiz no es lo suyo y con frecuencia se lo ha comparado al elefante en la cristalería, pero hay que reconocer que se trata de un elefante filosófico magnífico, lleno de fuerza y empuje intelectual”. Y pensar que Bunge estuvo en Torreón. Tal vez sea el hombre más lúcido que ha pisado estas tierras y ni cuenta nos dimos.
o
Nota del editor: en la imagen, Roberto Tuda con Mario Bunge en la UAdeC-Torreón. La foto es mía.